Homenaje a las disonantes…- ensayo, reseña

Escrito por estido estido - 5/06/2011 - Nadie opinó aún

Ya que dentro de poco se celebrará otro Bloom’s Day, nos sumamos a la celebración con un…

Homenaje a las disonantes: a Mr. Leopold Bloom, in memoriam

La urbe moderna exige el acoplamiento de sus habitantes a su ritmo constante y circular. Así, el hombre se vuelve una pieza prescindible de un organismo en el cual la vida y la muerte no son antagonistas, sino meras variables estadísticas. En ese contexto, aparentemente, el ser humano común, aquel que no está en función de poder visible, ha perdido el sentido de la existencia. Sin embargo, la obra de Joyce, con ironía diabólica, a través de uno de sus personajes –Leopold Bloom– nos devela la trascendencia de la vida de cualquier ser humano.

La sonrisa se le desvaneció mientras seguía andando: una pesada nube cubría el sol lentamente, sombreando la ceñuda fachada de Trinity. Pasaban tranvías uno tras otro, al centro, a las afueras, campanilleando. Palabras inútiles. Las cosas siguen lo mismo día tras día: pelotones de policías saliendo, volviendo: tranvías yendo, viniendo. Aquellos dos chiflados vagando por ahí. Dignam, quitado de en medio a toda marcha. Mina Purefoy con la barriga hinchada en una cama gimiendo para que le saquen a tirones un niño. Nace uno por segundo en algún sitio. Otro muere cada segundo. Desde que eché de comer a los pájaros cinco minutos. Trescientos estiraron la pata. Otros trescientos nacidos, lavándoles la sangre, todos están lavados en la sangre del Cordero, balando meee.
Una ciudad entera pasa allá, otra ciudad entera viene, pasando allá también: otra viniendo, pasando. Casas, filas de casas, calles, millas de pavimentación, ladrillos en pilas, piedras. Cambiando de manos. Este propietario, ése. El dueño de la casa no se muere nunca, dicen. Otro se mete en su ropa cuando le llega el aviso de dejarlo. Compran todo el sitio a fuerza de oro y sin embargo siguen teniendo todo el oro. Hay una estafa ahí, no sé dónde. Amontonados en ciudades, erosionados siglo tras siglo. Pirámides en la arena. Construidas sobre pan y cebolla. Esclavos. Muralla de la China. Babilonia. Grandes piedras que han quedado. Torres redondas. El resto escombros, suburbios extendiéndose, chabolas. Las casas de Kerwan saliendo como hongos construidas de viento. Refugio para la noche.
Nadie es nada.
Ésta es realmente la peor hora del día. La vitalidad. Apagada, sombría: odio esta hora. Me siento como si me hubieran comido y vomitado. [Joyce, 1990: 202]

Dublín, 1 p.m.: La ciudad ha detenido su marcha circular para llenar el estomago. Una ligera pausa en el constante transcurrir de las horas que invariablemente serán las mismas cada día. La rutina agobiante, que puede causar enfermedades “posmo”, ha de reflejarse en Bloom como un sentimiento de hastío. De Bangkok a La Paz, de norte a sur, de oriente a occidente, las ciudades atrapan en su ritmo circular a los habitantes, obligándolos a marchar al compás de su batuta. Qué sentido puede tener la vida de un hombre común en tales circunstancias. Qué de especial puede tener ser una nota reemplazable de una sinfonía que se ejecuta a diario, y más aún, ser una nota disonante. Porque eso es Bloom, la nota disonante: el ser que no encaja en la partitura.

Poldy –como le llaman afectivamente– reflexiona sobre el fluir citadino, metonomizado en la figura de policías y tranvías. Un fluir que en ningún caso puede remitirnos a la metáfora del río, sino más bien a ese fluido sanguíneo, ese constante bombeo de la misma sangre que circula por las venas, consumiéndose y renovándose, partiendo del corazón y retornando a él. Pues sí, la urbe posee esas características, y de esa forma, podemos servirnos de William Humble, conde de Dudley, y Lady Dudley, quienes salieron en carroza de la residencia virreinal comenzando por la verja de abajo de Phoenix Park (p. 278), para recorrer las arterias de ese organismo viviente llamado Dublín. En este “tour”, patrocinado por Joyce, se nos devela la constante ebullición de los microorganismos que coexisten dentro del cuerpo mayor. Éstos, como cualquier otro de su condición, necesariamente deben adaptarse a la existencia del ente que los acoge. Bloom no es la excepción, pero a diferencia de los demás, no consigue adaptarse plenamente, a pesar del esfuerzo que pone en ello.

Como dijimos antes, Leopold es la nota disonante, es el ser que no termina de encajar en su entorno. Estigmatizado por su herencia judía y migrante, no consigue instaurarse en el imaginario colectivo como irlandés: el ciudadano –Ciudadano– no lo admite como igual. ¿Acaso no es la situación de millones de personas en cualquier urbe del mundo? Tal como dice Pound [1971: 408]: Los detalles del plano de las calles (de Dublín, en Ulises) son locales; pero Leopold Bloom es ubicuo. ¿No vemos lo mismo en ciudades como La Paz? Un Quispe se vuelve Quisbert –Virag se vuelve Bloom– para poder insertarse en la sociedad donde desea pertenecer. Este mismo ser deja sus costumbres y las cambia por otras que sean “mejor vistas”, todo con el fin de no discordar. ¿Logra su objetivo? No. La ciudad lo acoge, pero en la periferia. El judeocatólico del Ulises no acepta esa “hospitalidad”. Tal como él piensa, las ciudades son grandes piedras que han quedado, torres redondas, el resto escombros, suburbios extendiéndose, chabolas. Él no quiere ser de los suburbios, no quiere volverse escombros, no quiere vivir en una chabola; más bien quiere habitar en la torre, en el omphalos, en el núcleo, en el corazón mismo de donde fluye la vida. Así, nuestro israelirlandés se instala en la urbe, aunque eso significa sufrir un destierro –¿o entierro?– en el mismo lugar que él reclama y anhela como suyo.

La ciudad renueva su sangre: cada segundo uno nace y otro muere, piensa Bloom. En este día ordinario –16 de junio de 1904– Leopold asiste a un entierro y a un nacimiento. Paddy Dignam ha muerto y la señora Purefoy dio a luz. Vida y muerte conviviendo en un mismo espacio. Conviven en Dublín y también lo hacen en Bloom. Poldy carga sus muertos –Rudolph y Rudy–, pero también lleva consigo un enorme apego a la vida. En el entierro de Dignam explicita esto cuando piensa que hay mucho que ver y oír y tocar todavía. Sentir seres calientes cerca de uno (p. 161). Recordemos que la palabra “bloom” en español es “floreciente”. Pues nuestro personaje es un ser floreciente, un microcosmos en el cual, al igual que en la ciudad, la vida esta en constante ebullición. Y, ¿no es así cualquier persona? ¿No es acaso todo ser humano un fluir de vida? En ese sentido, todos son algo, o como lo expresa Bloom, nadie es nada.

Pero, ¿qué siente Bloom por Dublín? ¿Cuál es su relación con una ciudad tan ingrata con él? De hecho, es una relación caótica, pues a pesar de que él quiere pertenecer a esa ciudad –ese país– no puede desligarse de su herencia judía. Recordemos que en el accidentado encuentro que tiene con el Ciudadano, éste le pregunta a quemarropa: ¿Cuál es su nación? A lo que Bloom responde: Irlanda. Yo nací aquí. Irlanda. Pero más adelante aclara: Y yo pertenezco a una raza, también, que es odiada y perseguida. También ahora. En este mismo momento. En este mismo instante (pp. 344–345). A partir de este momento, el pacífico y siempre controlado Leopold, comienza a responder a las agresiones verbales y será salvado de una golpiza por Martin Cunningham. Antes habíamos mencionado que la historia transcurre durante un día común y corriente, por lo tanto, podemos inferir que es común también que Bloom enfrente agresiones diariamente. Él quiere pertenecer a un organismo, cuyos anticuerpos –ciudadanos de pura cepa– lo rechazan constantemente. El Ciudadano encarna ese repudio hacia Bloom, y en sus discusiones podemos apreciar, en alguna medida, la relación de Poldy con Dublín. Se podría decir que lo único que une a Bloom con Dublín es la necesidad de pertenecer a algún lado, la necesidad de no ser un paria. El hecho de que le haya tocado vivir en esa ciudad hace que él la quiera asumir como suya y, probablemente, lo mismo habría ocurrido si hubiera vivido en Tokio o Milán; es decir, Bloom no es irlandés, a pesar de haber nacido en Irlanda, pues él no se siente como tal. Y eso no solamente se debe a la exclusión de que es objeto por parte de los dublineses, sino también a su herencia cultural. En efecto, el pueblo judío, aunque desparramado por el mundo, es siempre un solo pueblo, por lo cual, Leopold pertenece a él. Pero claro, tal como se va observando en todo el libro, Bloom está ligado a la materia, a lo corpóreo, a lo tangible. Él no puede concebir pertenecer a un pueblo abstracto, a un pueblo que no tiene una determinada posición geográfica. Una nación es la misma gente viviendo en el mismo sitio (p. 344), dice en su conversación con el Ciudadano; y el pueblo, o la nación judía, no queda enmarcada dentro de esa idea. Pues bien, Bloom no quiere pertenecer a ese pueblo, aunque los dublineses así lo consideren; él quiere pertenecer a Irlanda, un país tangible, concreto. Es por eso, tal vez, que él se muestra respetuoso en extremo con los dublineses, pues respeta esa pertenencia auténtica, eso que él no goza.

La idea de pertenencia es muy importante para él, así lo demuestra cuando le dice a Stephen que tiene derecho a vivir de su pluma a la busca de su filosofía como pueda tenerlo el campesino, ya que ambos pertenecen a Irlanda, por lo que ambos son igualmente importantes (p. 550). Stephen ironiza sobre la idea de ser importante simplemente por pertenecer Irlanda, cosa que queda lejos del entendimiento de Bloom. Obviamente, pues Leopold sólo tiene la necesidad de pertenecer, de sentirse parte de. Y qué mejor forma de pertenecer a una ciudad que siendo su empleado. Quizá por eso, en medio de las fantasías que se viven en la zona de los prostíbulos, Bloom se “convierte” en burgomaestre: el empleado principal de la ciudad.

Pero volvamos al sendero original. Nuestro personaje es un microcosmos dentro de un cuerpo mayor –vida dentro de la vida–. Cierto que es rechazado, mas eso no le resta vitalidad. De cierta forma, la ciudad se nutre de esa vida individual, pequeña, insignificante a sus ojos, pues, parafraseando a Broch, podríamos decir que ella se construye sobre los millones y millones de existencias individuales anónimas y, sin embargo, concretas que la pueblan [Broch, 1970: 34]. Claro que esa individualidad se pierde con el anonimato, pues esas millones de existencias se convierten en una masa uniforme, un especie de batería cuya energía es consumida por la ciudad; mas no por eso dejan de ser el espíritu de la urbe, ya que, como dice Loayza, la ciudad es, sobre todo, sus habitantes [1982: 51]. Y en ese sentido, Bloom es parte de la ciudad, pues la habita, aunque no es pertenencia de ella.

Entonces, ¿será que el sentido de la vida de un hombre común, absorbido dentro de una masa anónima por el apetito voraz de una ciudad moderna, es el orgullo de ser parte de ella? Tal vez la urbe misma se encarga de hacernos creer que es así. Sin embargo, aunque Bloom habita y, por eso, es parte de Dublín, él no se siente dublinés. Es decir, no tiene el orgullo de pertenecer a la ciudad. ¿Podríamos, entonces, afirmar que su vida no tiene sentido? Claro que no. Otras grandes obras de la literatura, como Bouvard y Pécuchet, nos han mostrado que lo importante no es de dónde se parte, ni a dónde se llega, sino el camino, el recorrido, la constante búsqueda y lo que en ella se encuentra. Así, la existencia de Bloom cobra sentido en su infatigable lucha por pertenecer a una ciudad ingrata y en las cosas que apre(h)ende en su recorrido. Todo ser humano, conforme con su existencia, orgulloso, desde su anonimato, de ser parte de un organismo poderoso, jamás emprenderá una odisea como la de Bloom, porque, precisamente, su propio conformismo, su ingenua credulidad en ser algo del todo, se lo impedirán. En ese sentido, tal como dice Jack Power –uno de los personajes del libro–, ese Bloom tiene algo de artista (p. 127).

La ciudad devora, absorbe, masifica, convierte a todos en notas de una partitura que ejecuta sin descanso, marcando el ritmo a placer con su batuta inmisericorde; pero, de tanto en tanto, aparece una disonante, aunque pase desapercibida en medio del bullicio circular; una “Bloom” que es mirada con desprecio por las que se hallan correctamente ubicadas en las líneas del pentagrama. En efecto, Bloom no es despreciado por judío, aunque así lo parezca, sino por ser distinto, por ser el eterno inconforme, el que busca el porqué a su existencia y, de esa manera, cuestiona lo establecido.

Sí, estamos de acuerdo, Bloom es un ser común, pero, paradójicamente, no es un común cualquiera. Como todos los demás, habita y, por lo tanto, es parte de la ciudad, pero a diferencia del resto, él no pertenece a ella. Y aunque no se dio cuenta, esa es su virtud: no tener dueño. Maliciosamente irónico, Joyce ha creado un personaje que lucha, sin saberlo, por vaciar de sentido su existencia, por su derecho al conformismo. Pero sólo tenemos un día de su brega, que, sin embargo, es un día que se repite cada vez que se lee el libro, por cuantos lectores tienen el privilegio de hacerlo. Y a fuerza de tanta lectura, su odisea se ha hecho inmortal, Bloom ha salido del anonimato y, además, su lucha ha tenido –para él– buen fin: pertenece a Dublín: cada 16 de junio, en esa ciudad, se celebra el “Bloom’s day”. Confieso que lo diabólico de Joyce para con su propio personaje me causa gracia, pero no por eso puedo dejar de rendir mi homenaje a todas las disonantes del mundo, a aquellas que han tenido la suerte de no pasar por la pluma de un escritor que las inmortalice y las vuelva propiedad de alguien, y especialmente a una: Mr. Leopold Bloom, quien muy lejos de nuestra realidad, de nuestra dimensión espacio-temporal, en ese mundo en el que seguramente terminó sus días, libre de la tiranía del autor y de las fantasías del lector, y ajeno –infelizmente para él– a todos los homenajes mundanos, luchando –ojalá sin conseguirlo– por pertenecer a la urbe, yace entre la tumba de Paddy Dignam y la de “el del Macintosh”.

Referencias bibliográficas:

BROCH, Hermann
1970     “James Joyce y la época actual”.

JOYCE, James
1990   Ulises. Madrid, Lumen.

LOAYZA, Luis
1982 “Sobre el Ulises”, en revista hueso húmero, Nos. 12–13, Lima.

POUND, Ezra
1971 “Ulysses”, en Sobre Joyce, Barcelona, Barral Editores.

DESCARGA EL ULISES AQUÍ

El Tren de la tristeza- Hibrido

Escrito por disfonia disfonia - 26/05/2011 - Nadie opinó aún

A continuación comparto otra forma de ver la vida. La cuestión no es ser locomotora, vagón camarote o coche comedor, sino la forma en que nos vamos enganchando y desenganchando unos de otros.

 

Fernando Yipper[1] publica por primera vez en el blog.

 

 

  Permanecer en un mismo recorrido es una condena, es una celda de miles de kilómetros, pero una cárcel al fin. De una u otra manera, el sistema ferroviario es eso, esquizoides yendo y viniendo de pared a pared de una habitación, tratando de alcanzar lo que vendrá y escapando de lo que ya fue, y no estamos locos por eso: sino por el hecho de considerar que éste es el ejercicio de nuestra libertad; saber usar el libre albedrío para decidir seguir encerrados.

 Vamos uno atrás de otro. Vos, desconocida locomotora a vapor del pasado, que no se llega a ver detrás del humo -a veces por la oscuridad del túnel; otras, quizás porque seas un fantasma de lo que nunca fue-, posiblemente ni sepas cómo mirar atrás, porque todas tus luces están para adelante, y así tiene que ser, porque ese es el designio de las locomotoras.

 Al toque ella, vagón camarote, donde varios pueden quedarse a dormir, pero nadie puede permanecer para siempre, porque su alma está puesta en la obcecada firmeza de no soltarse de la locomotora; para ella, desprenderse seria quedarse en medio de la vía, sin posibilidad de avanzar ni retroceder, no puede dejar de estar aferrada, como si el pertenecer a ese convoy en movimiento, donde no puede ver para adelante, fuera tener vida, ya que es lo único que le sale elegir.

 Pegado a ella voy yo, un vagón de carga cerrado, donde los paquetes van acumulándose en el trayecto y a fuerza de malabares los trato de llevar ordenados, no porque sea mi felicidad, sino porque ocuparme de mi carga y de los polizones que a veces albergo, me entretiene de saberme envuelto en esta formación de la que lo mejor quizás seria descarrillar y quedar tendido en la llanura, al costado de la vía, ruedas para arriba, mirando el cielo en la noche, sin escuchar los chirridos de ella (tratando de seguir en fila) o los míos, de porfiar  no perder de vista su parte de atrás, por el deseo de algún día poder verla de frente, sin más que nosotros dos, sin formar parte del tren de la tristeza.

 Atrás mío hay de todo: furgones de cola, tanques, playos, comedores, que se van acoplando o desacoplando más de una vez, sin darse cuenta en qué se engancharon, ni por qué los desenganchan soltando el acople, porque sabemos que viajar así, no lleva a ningún destino razonable.

 Casi todas las apuestas reconocen ganadora a la posibilidad de terminar en una vía muerta, una en la que, si no cruzamos algún desvío antes, terminemos todos como grotescos hierros retorcidos, humeantes, estrellados contra un talud de melancolía que no sabremos superar parando antes, por culpa de nuestra tonta naturaleza de vagón, que no puede mirar adelante ni cuestiona la puta vía a la que está subido.

 


[1] El autor se presenta así: NACI UN DÍA QUE DIOS ESTABA ENFERMO, COMO DIJO VALLEJO. LLEVO VARIAS VIDAS, META VIVIR NOMÁS, Y ME QUEDAN OTRAS TANTAS POR RECORRER. EN ESTA PRESENTE ESCRIBÍ UN HIJO, PLANTé UN LIBRO Y TUVE UN ÁRBOL, AHORA VOY POR EL RESTO… mi biografía ya se empezó a escribir,  bajo el nombre de prontuario.

Dos poemas- poesía

Escrito por Hefesto Hefesto - 23/05/2011 - Nadie opinó aún

Naturaleza muerta, J.P. Witkin

Naturaleza muerta (J.P. Witkin).

La navaja del instante corta racimos de uvas y de dedos. Tobillos y tentáculos. Banquete abierto. Macerar blanco. Expectante. La carne es un tiesto. Un lento brote la muerte. Cáscaras lechosas. Tinta derramada del cuerpo. El semen de la luz. Uvas blancas. Uvas negras. Esa costura soy. Esa unión tejedora en el pecho.

**********************************

El perro (Francisco Goya)

El perro (Goya)

Cuesta nuestra

de cada día

costra nuestra

de cada noche

los sesos a flor de tierra

y el cuerpo

abriéndose paso en la arena

movediza del tiempo.

Ah, cuerpo nuestro

de cada día

haciéndose / deshaciéndose entre soles desérticos.

Incorporarse entonces

es un acto de fe

emerger cuando algo

se nos hunde irremediablemente.


Libelorgasmis- Hibrido

Escrito por corigangar corigangar - 18/05/2011 - Nadie opinó aún

tu2

 

Tu piel tiene un dejo a mostaza, mezclado con la amargura de un yogurt vencido y sin embargo me embriaga y  acompaña bien la agilidad con la que, dando pequeños saltitos, te mueves por el cuarto. De la cama al baño, del baño al estudio, como si insistieras en buscar las margaritas silvestres del deseo entre mis libros.

 Cuando en la memoria pase revista al repertorio de prosas melosas que te harán honor más tarde, mirarás mi silencio esparcido entre las sábanas con esa tu figura de Geisha de porcelana “made in China”. Con la timidez escondida en las uvas huecas que tienes por pupilas, alabarás vanamente el estilo tai en mis cortinas, el gato egipcio en mi mesita de noche.

Luego te acercarás realizando  pequeños círculos hasta verte acorralada entre la pared y el lado derecho de la cama. Mi lengua evadirá tus movimientos con cómicos aleteos, dibujando espinas en el aire para recibir a tus caderas pretenciosas. Yo escogeré perderme en las arrugas de las paredes y de reojo, acomodaré el  pliegue de tu nalga izquierda para que guarde simetría con la derecha, tú criticarás las sabanas, mis dientes, mi cabello y te zambullirás asfixiando con tu espalda los resortes del colchón.

Con la palabra cansada en la palabra, escucharé la forma en que dirás que eres radiante, deliciosa, una “bitch” envuelta en seda, luego, de un lenguetazo, amordazaré  tu bombardeo egocéntrico y dibujaré un verso en tu oreja más larga. Bajaré por tu cuello, tomaré aire en tu hombro afilado y en picada celebraré la humedad de la pepa de ciruela que tanto ama tu dedo medio derecho.

Tú hablarás y acariciarás con palabras tu ombligo, luego de un carajazo me pedirás que no suspire,  que succione tus muslos de papel salado, que repte con mi lengua de lija tu geografía de norte a sur, para luego celebrar el Ecuador de tu carne.

Cuando se evaporen los temblores de las sábanas, me mirarás con flojera y prepararás un  porro que adormezca las huellas de mi  orgasmo barroco. Luego, inevitablemente, ocurrirá lo siguiente:

Yo estudiaré la forma de tus aureolas, descomponiendo la acidez de lluvia de tu entrepierna entre mi paladar y mis amígdalas, luego mientras suspiro, te escucharé caminar por la casa.

Tú respirarás meciendo tus nalgas rojizas,  irás a la cocina, tomarás el sacacorchos de mi abuelo y abrirás una antigua botella de vino tinto. Estudiarás la foto de mi perro en el mueble de la sala, te soplarás la nariz, llenarás una copa, tomarás un pica hielo del bar y lo usarás para agarrarte el cabello y volverás bamboleante a la cama.

Yo, tomaré la copa de tus manos y seduciré con tres gotas a tu ombligo, luego de veinte minutos haré que  mi lengua  vuele inquieta, enumerando  cada vértebra tuya y despierte nuevamente al  rosa ácido de tu vientre.

Tú  esperarás que actúe y luego, en mitad de mi primera confesión, te sentarás, de golpe, sonreirás, sonreiré y luego, con el frío de acero, despertarás  a mi pierna derecha.

Yo no reclamaré,

tú tomarás la copa y  caminarás veinte pasos.

Yo pediré tú retorno,

tú abrirás la puerta.

Yo gritaré tú nombre,

tú romperás la copa.

Me levantaré,

te alejarás.

Me sacaré el pica hielos  de la pierna, miraré la herida en flor,

mirarás el pasillo y te pondrás mi abrigo.

Yo dibujaré gota a gota tú nombre en la huella de tus pasos,

tú, criticarás mi mala caligrafía.

Yo pediré disculpas,

tú dirás -no me gustan las mujeres.

Yo sentiré la sangre coagulándose en mi pierna,

tú, de un portazo, me sacarás de tu vida.

 

 

 

 

Y el Tinta Fresca 2010 es para…- anuncio

Escrito por urbandino urbandino - 15/05/2011 - 12 opiniones

[Leer el texto completo]