“No hay mal que dure 200 años”- microensayo, opinión

Escrito por corigangar corigangar - 29/09/2010 - Nadie opinó aún

Paola Senseve Tejada

Paola R. Senseve Tejada es egresada de la carrera de psicología, actualmente es editora de la Revista Gourmet Pimenta y profesora de literatura del Colegio Francés. Se desempeña también como gestora cultural, organizando diversas actividades en la ciudad de Santa Cruz.   En 2008 ganó el II Concurso Nacional de Escritores Nóveles de la Cámara del Libro y Petrobrás con el libro de cuentos Vaginario. Sus cuentos y poemas han sido publicados en varias antologías y sus artículos en diversas revistas, páginas y periódicos del país.

Urbandina agradece el aporte de esta joven escritora cruceña y comparte a continuación la mirada que realiza sobre el estado de las artes y la literatura en Santa Cruz.

Veinticuatro horas al día, siete días a la semana, trescientos sesenta y cinco días al año. El tiempo parece ser monótono, circular y de repente todo puede ser diferente dependiendo del lugar. En Santa Cruz las cosas parecen tener su propio ritmo, incluso el tiempo. Los vientos de septiembre nos aceleran, el calor de fin de año nos aletarga y el gélido frío de medio año, nos paraliza. Los colores de la ciudad, verde y blanco, no solo son metáfora, el aire que se respira es húmedo y tiene un peso específico. A los cruceños nos determinan las condiciones climáticas, los colores de nuestra bandera, la geografía que nos regala horizontes sin final para donde sea que miremos, la historia que nos revela que nos adaptamos a los cambios rápidamente, que los sobrevivimos y por sobre todo, la hermosa sensación de que hay todavía mucho por lograr. Somos desde las vísceras y es desde ahí mismo desde donde proviene nuestro arte, nuestra música, nuestra literatura: una mezcla entre impulsividad y honestidad, ambas características de lo inevitable. Septiembre es el mes que nos hace recordar y revivir esas sensaciones y este 2010 es supuestamente mucho más especial, ya que los cruceños estamos celebrando nuestro Bicentenario libertario; pero en realidad poco tienen que ver esos doscientos años con los procesos que está viviendo ahora el departamento. Un par de semanas atrás se inauguró uno de los eventos artísticos más importantes de la ciudad: la Bienal de arte, dentro de la cual, una de las obras presentes es la de Roberto Unterladstaetter (ganador de la versión pasada). Se trata de un cuadro gigante que ocupa casi toda una pared de nuestra Casa de la Cultura Raúl Otero Reiche, que está pintado con letras negras, grandes y claras sobre un fondo blanco que dicen: “No hay mal que dure 200 años”.

Pues bien, Santa Cruz es básicamente eso, la esperanza, la posibilidad de un futuro mejor y la desesperación por equilibrar un futuro que nos ha embestido bruscamente, ya que el crecimiento económico del departamento ha sido desmesurado y se ha dado en un periodo corto de tiempo, por lo que la globalización y las riquezas nos han encontrado en pañales en lo que respecta a otros aspectos, como el cultural, artístico y literario. Pero desde aquí, ya no hay vuelta atrás, los espacios se están abriendo, los artistas están produciendo, y la población en general se está comenzando a empapar de esta “cultura urbana” que está rebalsando por todos lados. Lo altamente positivo de la situación cruceña en el arte es que, como hay una evidente carencia de academia -lo que resulta en carencia de crítica-, hay un incremento impresionante en los niveles de producción. Sí, resulta una contradicción, pero como mencionaba antes, los procesos de Santa Cruz son especiales. ¿Entonces, cuál es la situación del artista cruceño?, ¿del escritor?. Se forma de manera autodidacta, toma cursos, tiene que salir al exterior, volver y seguir luchando con un medio que es, al mismo tiempo, la idea perfecta de un paraíso abierto donde hay aplausos y espacios para el rubro, y que es hostil también. Es entonces una situación que responde a las características de un contexto poco favorecedor y que aún así se desemboca en resultados positivos. La literatura también se adscribe a este patrón y de manera muy particular, porque es tal vez la expresión artística más íntima e individual y hasta llegar a su público objetivo –el lector– tiene que pasar por un proceso o demasiado largo –como es el caso de una publicación en formato físico– o demasiado corto –en el caso de los medios alternativos como los blogs y demás herramientas de difusión en red–.

Al escritor cruceño no lo respalda la academia, ni la venia de algún padrino experimentado, porque todos son prácticamente huérfanos y autónomos. El escritor cruceño decide lo que lee, decide cuándo escribir y cómo hacerlo, sin tener que enfrentarse a paradigmas ni presiones. ¿Entonces, qué pasa? Pues, confusión. ¿Entonces qué hace el escritor? Produce y lo hace con una libertad que no cuenta con más parámetros que el círculo de artistas al que se adscribe. La población cruceña parece ávida de literatura y arte en general, hay una apertura interesante a las expresiones culturales, pero también hay situaciones que hacen pensar exactamente lo contrario, como que en menos de 3 meses distintos artistas presentaron denuncias públicas por casos de censura infundada. ¿Y luego qué? Nomás confusión. El artista cruceño produce confundido.

El escritor cruceño, más específicamente, vive amparado en el sueño dorado de ganar un premio o de acceder a alguna de estas editoriales que cada vez publican a más autores nuevos y jóvenes; en todo caso, ambos radican en la esperanza de golpes de suerte. Los premios, que funcionan como impulsos juegan un papel importante en el círculo cultural cruceño, que de alguna manera se ha manejado bajo las bases de una tradición social –no confundir con farándula– donde el reconocimiento es importante y a partir de ahí se pueden forjar los cimientos de una especie de “carrera literaria”. Y claro, la profesionalización literaria en Santa Cruz es menor, pero la producción es vasta y esto permite también el posicionamiento natural de una serie de parámetros que pasan a regir los estándares de calidad y al mismo tiempo abren consideradamente el abanico de lectores heterogéneos que encuentran propuestas a sus gustos dentro de la oferta nacional.

El escritor cruceño, escribe y produce confundido y aislado, porque por un lado se sabe esencialmente distinto al paceño, cochabambino, tarijeño, etc., y de alguna forma mira hacia fuera, pero hacia un afuera que está bastante lejos de su yo. Cabe aclarar que cuando digo que el artista cruceño produce confundido, no lo subestimo en lo más mínimo. Es más bien una característica que se ve reflejada en su obra. De alguna la literatura contemporánea cruceña han sobrepasado los temas de compromiso social, de folklorismo –desde el más tradicional y típico, hasta el moderno– y se ha concentrado en el individuo primero que es el escritor mismo; en la ironía, en el cotidiano de un departamento que está bullendo, que es histérico, tempestuoso y a la par es manso, parsimonioso y sigue viviendo con los resabios de lo que fue un pequeño pueblo alguna vez. Una sumatoria de características, con todas sus excepciones, por supuesto.

Una mirada panorámica de lo nuevo, de lo joven, sin tomar en cuenta la tradición y aquellos consagrados que se las arreglan también para adaptarse al ritmo actual y ambiguo de la ciudad. ¿La literatura cruceña está en pañales?; tal vez, sí. Los autores tienen ganas, puras ganas y brío. A veces les toca hacer malabarismos para conseguir consolidar una obra.

Un montón de nombres vienen a mi cabeza, y aquí se corre el riesgo de omitir a muchos, muchísimo, pero lo haré solo para dar ejemplo del arcoíris de tonos llamativos y distintos que configuran la literatura cruceña. Están por ejemplo Maximiliano Barrientos y Liliana Colanzi con una especie de ficción intimista, con personajes perdidos que se pierden en las inmensidades de sus pensamientos y cuyas acciones son mínimas. Tenemos a Emma Villazón, cuya poesía es desentendida y parece situarse en medio de la nada, flotante, ajena; inventa personajes y cuenta historias en sus versos.

Tenemos a Pablo Carbone, poeta también, anclado en un romanticismo que suele mezclarse con lo más cotidiano y duro de la ciudad. Pablo Osorio, con una poesía traviesa y juguetona, fuertemente irónica y calculada. Darwin Pinto, dueño de una prosa desgarradora, de un lenguaje potente que no se esconde en nada; creador de historias macabras, de personajes oscuros. Oscar Gutiérrez, amante de la ciudad, su poesía es envidiablemente “feliz”, sus imágenes poéticas tienen el sello inconfundible de la identidad cruceña y al mismo tiempo son universales.

Edson Hurtado, poeta sinvergüenza, cuyas temáticas –sexo, homosexualidad, perversiones, en su mayoría– se asientan en el colchón un lenguaje amable y musical. Claudia Peña, dueña de un lenguaje dulcísimo que cuenta historias fuertes y realistas. Carlos Valverde, conocidísimo por su literatura erótica. Oscar Barbery Suárez, cuentista calculador, amante del humor, por lo general describe personajes y lugares cruceños actuales. Giovanna Rivero, sólida e irreverente, sus historias son bastante oníricas, sus personajes son puntuales y crudos al igual que las acciones de estos. Y todo esto sin contar con los que faltan y aquellos cuya producción no ha salido aún a la luz, o que lo hacen por otros medios. Por último cabe preguntar: ¿mejorarían las cosas si Santa Cruz tuviera una carrera de literatura?, ¿si hubiera una academia establecida y formal de arte? Tal vez sí o tal vez para la etapa del proceso que estamos viviendo ahora, lo necesario sea esta libertad abrumadora que tienen los artistas en general. Gracias a eso dan ven cosas mágicas y únicas en el departamento, como por ejemplo, las colaboraciones entre fotógrafos, pintores, cineastas, músicos, escritores y otros para la realización de obras en conjunto. Es evidente que hoy en día, como no podía ser de otra manera, vivimos un auge de crecimiento de centros culturales, de actividades diversas, de gestores culturales –que son emprendedores y también autodidactas– , de trabajo en los barrios y mucho más, mucho más. Con esas premisas es fácil predecir, en pleno Bicentenario, que “no hay mal que dure 200 años”.

La cuentística cruceña- microensayo, reseña

Escrito por urbandino urbandino - 25/09/2010 - 5 opiniones

Este 27 de septiembre, se presentará el libro Lo nuestro, 200 años de cuento en Santa Cruz, cuyo contenido está conformado por una variada y amplia selección de cuentos, escritos a lo largo de los dos últimos siglos en el departamento más grande de Bolivia, lo cual implica que esta antología es, probablemente, la mayor y más representativa muestra de la narrativa cruceña. El responsable de la antología es Homero Carvalho Oliva, quien gentilmente nos cedió el permiso para publicar el texto que figura como prólogo del libro.

La ciudad de Santa Cruz nos habita*

“Un cuento, en última instancia, se mueve en ese plano del hombre donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran una batalla fraternal [....] y el resultado de esa batalla es el cuento mismo, una síntesis viviente, a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia…”.
Julio Cortázar

La literatura boliviana es tan rica como la de cualquier lugar del mundo. Sin embargo, así como nos falta hacernos conocer fuera de nuestras fronteras también nos falta conocernos entre nosotros. Hemos vivido, hasta algunas décadas, una historia de olvidos, como bien lo ha señalado en reiteradas oportunidades el historiador y novelista Alcides Parejas, en la que los escritores del Oriente boliviano, en general, y en Santa Cruz, en particular, no eran conocidos ni reconocidos en el país oficial, el de las postales altiplánicas y Palacios Quemados y mucho menos eran incluidos en los textos escolares ni en las investigaciones bibliográficas que se publicaban sobre los autores bolivianos y sus obras.

Algunos datos de este crónico olvido los hemos señalado en el prólogo a Santa Cruz, Antología de poesía, un dramático inventario del olvido. El poeta, novelista e historiador Ruber Carvalho Urey hace notar de manera extraordinaria muchas de estas omisiones en su Manual de Historia de Bolivia, una visión desde la llanura; libro en el que repasa la indiferencia y el marginamiento en el que vivieron estos territorios desde la Colonia, pasando por la República, hasta llegar a nuestros días.

El país está cambiando, la historia parece interpelarnos, vivimos tiempos de supuesta inclusión, sin embargo, para que nos tomen en cuenta es necesario luchar, hacer notar que existimos y que también somos Bolivia: un ejemplo patético del olvido se dio con el tema de “las novelas claves de la literatura boliviana”, donde fuimos nuevamente excluidos de la lista oficial. En esa ocasión reclamé mediante una carta a las autoridades pertinentes y logré generar todo un movimiento intelectual para que el Ministerio de Culturas ampliara el debate, la discusión dio como resultado la justa incorporación de autores orientales en el inventario final.

En el Manual de Historia de Bolivia, una visión desde la llanura, Ruber cita a Tristán Marof, un intelectual de izquierda que en 1936 afirmaba que “Bolivia es el altiplano” y reprochaba que “no obstante, su debilidad como nación, Bolivia se dio el lujo de llamar colonias a las vastas regiones del noroeste y del sudeste… Santa Cruz, Tarija y el Beni”. Éramos la colonia de la sede de gobierno. Parece que todavía lo somos, tenemos que dejar de ser el altiplano, para que podamos ser nación con todo lo que eso significa institucionalmente hablando, una sola nación en la que su diversidad cultural sea su fortaleza y no su debilidad como lo es hasta hoy. No basta decir que ya somos “Estado plurinacional” si desde la sede de gobierno nos siguen marginando.

El literato inglés Keith Richards, experto en literatura boliviana, que ha contribuido a la enciclopedia de cultura popular Latin America: Media Arts and Literature, afirma en la introducción a la Narrativa del trópico boliviano que “la búsqueda de una expresión literaria propia en la zona Oriental de Bolivia ha tenido que pasar por un largo proceso, empezando con una etapa durante la cual era vista por los forasteros como región prácticamente acultural”, aunque parezca exagerado, así fue; y por eso la realización del Taller del Cuento Nuevo, entre 1985 y 1986, dirigido por el poeta, novelista y periodista Jorge Suárez que incluyó a catorce jóvenes narradores, constituyó un hito en el posicionamiento de nuestra literatura a nivel nacional. Si bien es cierto que en Santa Cruz ya había escritores de muy buena factura, su obra no era conocida y se escribía para el campanario, la publicación de los cuentos de los participantes en dicho taller mostró la calidad de los cuentistas incluidos, cuentistas que no solamente eran de Santa Cruz, sino también del Beni y el Chaco. Este fue un taller que dio como fruto a algunos de los más importantes narradores nacionales, que luego se fueron incorporando en el panorama de la literatura nacional. A los escritores orientales nadie nos regaló nada, hemos ido ganando nuestro espacio con talento y esfuerzo y ahora somos reconocidos tanto en Bolivia como en el mundo, prueba de ello es que, a partir de la década de los noventa, muchos de nuestros autores empezaron a figurar en antologías nacionales e internacionales.

Sabemos que la literatura es un espacio en el que se integran la realidad, la ficción y el texto. La literatura —en tanto palabra— va creando la realidad, la ordena de acuerdo a la estética de cada uno de sus creadores y a los valores culturales que el medio nos brinda. Así, al escribir en Santa Cruz de la Sierra lo hacemos habitados por la ciudad, por la región; la cultura local nos va marcando a fuego, y aunque nuestros temas sean universales y escribamos sobre otros ámbitos y latitudes, lo hacemos insuflados por el alma de la región donde nacimos o de donde nos criamos o de donde decidimos vivir.

La narrativa escrita en Santa Cruz es una de las más interesantes y complejas tanto de Bolivia como de América, nació de una manera costumbrista para crear y fortalecer la identidad regional, como todas las literaturas lo hacen, y se fue enriqueciendo con las corrientes mundiales, especialmente las latinoamericanas, hasta dar con registros propios. La cuentística cruceña también pasó por las épocas oscuras de las dictaduras militares y fue rebelde, tomó partido y asumió su compromiso social y político; la democracia le devolvió la libertad de creación y ahora los autores trabajan con un mayor compromiso con la palabra y se abre tanto a la realidad social, económica y política como a sus mundos interiores en propuestas intimistas, existencialistas y también de ciencia ficción. De una literatura eminentemente localista ha pasado a ser nacional y universal, con una nueva concepción del lenguaje y de las formas literarias.

Hoy, los cuentos de los autores aquí reunidos expresan el español que se habla en Santa Cruz, sus arcaísmos, sus sesgos, sus acentos provinciales e incorporan una infinidad de palabras de los idiomas o lenguas nativas que enriquecen el lenguaje cruceño, brindándole nuevos significados a las palabras traídas por los españoles. Esta fusión no es particular, tiene que ver con la historia de América; el boom literario latinoamericano se explica, entre otras cosas, por este encuentro de lenguajes. Si bien el español que trajeron a partir de 1492 ya era rico en palabras, términos y expresiones, y podía ofrecer a los escritores de la vieja y monárquica España todos los giros que quisiera para nombrar el mundo por ellos conocido, no fue suficiente para nombrar lo que veía cuando llegó al Nuevo Mundo, tuvo que reinventarse incorporando las lenguas y la cosmovisión nativas tanto al lenguaje hablado como a la manera de mirar el mundo y el universo. Por eso y mucho más, es que la grande y maravillosa Cien años de soledad “nos” narra, recordemos cuando el narrador omnisciente cuenta que “el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

Ahora bien, remitámonos a los autores incluidos en esta muestra antológica, Alfredo Flores, un clásico de la literatura cruceña, con novelas como La Virgen de las Siete Calles, nos brinda, en prosa poética, una visión nostálgica de lo que pudo ser la vida en la Santa Cruz la Vieja, durante la primera fundación de esta ciudad peregrina; un hermoso y conmovedor relato. La prosa espléndida de Raúl Otero Reiche nos introduce al drama de la vida en el campo; y la vida en la Santa Cruz pueblerina del siglo pasado nos es devuelta en la prosa de Roger de Barneville. El lenguaje literario de Enrique Kempff Mercado es preciso, sin artificios, ni falsos ornamentos, sin duda alguna uno de nuestros más talentosos escritores.

En la literatura escrita en Santa Cruz hay cuentos que tienen como telón de fondo el mundo indígena, tal es el caso de Guido Bravo Rodríguez, Félix Bascopé Gonzáles, Alfredo Ibáñez y Freddy Estremadoiro que nos muestran, a su manera, lo que sería la remota cosmovisión de los pueblos de este lado del mundo. Hemos incluido también cuentos que buscan rescatar las tradiciones y leyendas populares como es el caso de Germán Coimbra; otros buscan mostrar lo local citadino tal cual lo hace exprofesamente Orestes Harnés con un cuento en el que se evidencia el habla coloquial del pueblo antiguo, así como el español casi colonial usado por Severo Vásquez, en un cuento en el que disfrutamos de palabras como “manifestóse”. Sin embargo, en esa búsqueda hay un rasgo que distingue nuestra narrativa, y es el humor, tan ausente en la literatura del Altiplano por ejemplo. Otros rescatan las formas del habla costumbrista de una determinada región del departamento de Santa Cruz como es el caso de Hernando Sanabria y Paz Padilla Osinaga, el espacio lingüístico de lo que es y lo que fue la provincia Vallegrande; el peculiar estilo de Paz Padilla lo ha hecho merecedor de premios y de estudios académicos.

En muchos casos llaman la atención los personajes femeninos tratados de una manera reverencial por los autores masculinos, reflejando la fuerte presencia de la figura materna que en el Oriente es muy posesiva. La mirada femenina está presente en los cuentos tanto de Blanca Elena Paz, poseedora de una hermosa como evocadora prosa poética que en este trabajo en particular nos lleva a la imagen de la muerte. Maestría que se da también en la siempre irreverente Giovanna Rivero, de la cual incluimos un trabajo donde ratifica su experiencia cuentística en un texto sobre el mundo doméstico, un cuento que parece tierno y light, pero que posee un final desconcertante y rotundo. Gigia Talarico se enfrenta de manera intimista a un tema delicado como es el de los discapacitados mentales y lo hace con un fino humor. En la mirada de Vicky León están los colonizadores, esa otra realidad que, hasta hace algunos años, nadie quería mirar en Santa Cruz y que ahora se presenta como los “otros”. Paola Senseve, la más joven de esta selección, juega de manera sensual y fantasiosa con un alter ego imaginario. En las obras de todas ellas, más que en la de los narradores, hay un giro entrañablemente poético.

Osvaldo Ramos es un escritor que no puede olvidar su oficio de periodista, escribe como si nos estuviera contando una crónica, que en este caso tiene que ver con la inefable política. Carlos Valverde aporta un nuevo registro a la cuentística cruceña: el erotismo, con un cuento sobre el descubrimiento del sexo y la sexualidad. En Juan Simoni hay un juego extraordinario con el ethos chaqueño y el singular personaje Cruz Durán, un feliz hallazgo de este sorprendente escritor. En Gustavo Cárdenas, con un lenguaje citadino y moderno, relata un partido de fútbol donde el Rey Pelé es la presencia omnipresente. No podíamos dejar de incluir un microcuento, un subgénero que ya posee muchos seguidores en Santa Cruz, y para el efecto elegimos un brevísimo texto de Oscar Barbery Suárez que resuelve magistralmente un caso con una imagen muy querida en el devocionario católico cruceño.

Los jóvenes buscan su propia voz y hoy por hoy son un huracán literario que amenaza con llevarse a vivos y muertos, tres ejemplos de esta generación son Maximiliano Barrientos, Roger Otero y Darwin Pinto, a quienes quizá los une una íntima complicidad en la búsqueda de un lenguaje depurado y la evidencia de una narrativa perversamente urbana, que en el cuento de Pinto Cascán está más cerca de la novela corta. Si algo une a los escritores de mi generación con los escritores que ahora emergen creo es un compromiso mayor con el lenguaje y una libertad absoluta para elegir los temas. Tal vez eso le debemos a la democracia, ya no necesitamos escribir apurados por el compromiso político de intelectuales orgánicos al servicio de una causa ideológica por justa que esta sea.

Hubiésemos querido incluir El otro gallo de Jorge Suárez, una nouvelle o cuento largo, en el que proyecta mágicamente la estampa de Luis Padilla Sibauti, el Bandido de la Sierra Negra, un personaje de ficción similar al tipo de personas tan gratas al imaginario cruceño; un imaginario en el que son comunes los contadores de historias que son el antecedente mismo de la literatura. No hemos podido incorporar este cuento a esta selección porque sus derechos de autor le pertenecen a otra casa editorial.

No hemos querido ingresar al análisis preciso de los temas y argumentos de cada uno de los cuentos, preferimos que sea el lector quien vaya descubriéndolos y los vaya disfrutando como nosotros lo hemos hecho. Simplemente hemos querido brindarles un repaso por las formas cruceñas de narrar. Cada autor posee su propio estilo y sus propias obsesiones que las desarrollan de manera consciente.

Desde 1974, que se publicó Cuentistas cruceños de la Sociedad de Escritores y Artistas de Santa Cruz, no se había realizado en Santa Cruz una antología que incluya a escritores de diversas épocas. Sin embargo, esta muestra no pretende ser definitiva ni mucho menos; sin duda alguna que hay muchos otros narradores, especialmente jóvenes, que ya se están destacando en un escenario cada vez más competitivo como es el de la literatura nacional; pero podemos afirmar, convencidos, que tenemos muy buenos narradores y narradoras para decirlo de la manera políticamente correcta. Si América es un continente de cuentistas, Santa Cruz es una región de narradores. Y este libro al decir de Mario Vargas Llosa, en Viaje a la ficción, es una invitación a “soñar juntos, convocados por las palabras de otro soñador —hablador, cuentista, juglar, trovero, dramaturgo o novelista— para de este modo conjurar nuestros miedos y escapar a nuestras frustraciones, realizar nuestros anhelos recónditos, burlar a la vejez y vencer a la muerte y, vivir el amor, la piedad, la crueldad y los excesos que nos reclaman ángeles y demonios que arrastramos con nosotros, multiplicando de esta manera nuestras vidas al calor del fuego que chisporrotea de esa otra vida, impalpable, hechiza e imprescindible que es la ficción”.

Para las noticias bibliográficas hemos optado por uniformar los datos a cuatro o cinco líneas por autor, es cierto que había mucho más que decir acerca de algunos autores ya consagrados, pero esta selección no pretende ser crítica, ni un compendio de sus obras.

Concluimos este breve prólogo citando el trabajo de Claudia Bowles, quien afirma que la narrativa cruceña “continuará buscando describir y edificar la totalidad secreta de la vida, incorporando coherencia y sentido a la existencia del hombre”, y también una cita de la introducción de Jorge Suárez al libro del Taller del Cuento Nuevo en el sentido de que “el escritor, como organizador del texto literario, es su efecto más tangible y no, rigurosamente, su inventor. Rulfo es el producto de Comala y no Comala es el producto de Rulfo” o al decir de René Zabaleta Mercado que señalaba que en Bolivia cada “valle es una patria, es un compuesto en el que cada pueblo viste, canta, come y produce de un modo particular y hablan lenguas y acentos diferentes…”. Convencido de esta verdad me ratifico: la ciudad de Santa Cruz nos habita y no es meramente enunciativo que nos nombremos “cruceños”, es porque lo cruceño es el espíritu que nos contiene.

Homero Carvalho Oliva
Santa Cruz de la Sierra, Bolivia

Otoño de 2010

* Título puesto por URBANDINA (extraído de una frase del presente texto).

Menos amarillo, más ácido: el “Home sweet home” televisivo- microensayo, opinión

Escrito por estido estido - 11/01/2010 - 6 opiniones

Gabriel Arraya, boliviano, vive casi una década en Estados Unidos. Hace labores de jardinería en un poblado suburbio de Virginia, actividad que le permite ganar lo suficiente como para cubrir sus gastos y, además, mandar algunos dólares a su familia. Pero, ya que la vida de Gabriel no es muy interesante, aprovechemos el espacio para hablar de algo más.

Entre las antiguas series televisivas cuya temática gira entorno a la convivencia familiar, quizá “La pequeña casa de la pradera” ocupe un sitial de privilegio en la memoria del público, ya que en ella se explota al máximo el imaginario de la familia perfecta. Charles y Caroline Ingalls conforman la pareja ideal, son, como se dice, el uno para el otro; tan trabajador él como ella, tan bondadosa ella como él, tan amorosos, honestos y nobles los dos. Sólo Charles merece el amor de Caroline, y ella es la única a quien él podría amar; en cierto modo, los une la imposibilidad de querer a otro (como pareja). En la familia Ingalls todo es amor, comprensión y solidaridad; se prodigan afecto, se brindan ayuda… se aman, en resumidas cuentas.

La televisión gringa de esa época produjo varias series que reflejaban los “problemas” cotidianos de la típica familia norteamericana (“Ocho son suficientes”, “El show de Bill Cosby”, “Lazos familiares”, “Blanco y negro”, etc.). En todas ellas, además de la felicidad, el común denominador era el mensaje positivo que enaltecía valores humanos necesarios para la unión y estabilidad hogareña.

En ese contexto, fue una apuesta arriesgada producir y emitir “Married with children” (Matrimonio con hijos), serie que rompió esquemas al ofrecer una visión completamente opuesta al “Home sweet home”, combinando sátira y humor negro para representar la convivencia diaria de una familia norteamericana: los Bundy.

Si Charles y Caroline son la pareja perfecta, Al y Peggy son la antipareja perfecta. Como los Ingalls, los Bundy son el uno para el otro, pero por motivos inversos. Al es holgazán, desidioso, cínico, deshonesto, defectos que comparte con su esposa; ellos no están juntos por la imposibilidad de querer a otro, sino por la imposibilidad de que otro los pueda querer. En la familia Bundy, la mezquindad, las frases hirientes y las burlas son pan de cada día; entre sus miembros no parece existir ningún lazo afectivo; de hecho, Al repudia el cuerpo de su esposa y elude la intimidad conyugal constantemente. Sin embargo, nunca cede a la tentación de echarse una canita al aire, pues, más allá de la sátira, de los antivalores, de la mirada crítica, las transgresiones de “Married with children” tienen un límite: la santidad del matrimonio. Esto devela el mensaje subliminal de la serie: si cometiste la estupidez de casarte, ¡te aguantas las consecuencias!, pues un hogar jamás debe desintegrarse.

Dos años después de la aparición de los Bundy, la televisión nos presentó a otra familia poco convencional: los Simpson. Marge y Homero son la pareja dispareja; él es tonto, envidioso, egoísta, flojo, inculto… (añádanle cualquier defecto, seguro lo tiene), mientras que ella es, en resumen, todo lo contrario. A diferencia de los Ingalls y los Bundy, que sí son tal para cual, los Simpson no tienen nada en común (fuera de los hijos, claro). Entonces, ¿qué los mantiene unidos? El amor que se tienen, dirán algunos, pero me parece que eso no basta para soportar la vida con el cerdo de Homero (para amarlo, Marge debe tener mucho corazón; para acostarse con él, mucho estómago).

En cierto episodio, harta de las estupideces que comete, Marge expulsa de casa a su cónyuge. Al borde de la locura e indigencia, Homero realiza un último intento por recuperar a su esposa, diciéndole: “Te ofrezco lo que nadie más puede ofrecerte: ¡total y absoluta dependencia!”. Así descubrimos qué es lo que une a esta pareja dispareja: él depende de ella y, en realidad, todo depende de ella. Es decir, el pilar de ese hogar clase media norteamericano es la mujer que asume el rol de ama de casa, resignando sueños o ambiciones en pro de la unión y estabilidad familiar.

Con similar receta, una década después surgió otra familia “animada”: los Griffin. Peter –tan feo y defectuoso como Homero– junto a Lois –tan abnegada y cándida como Marge– son otra pareja dispareja, a la que se suman personajes inusuales –como Bryan, un perro que habla y posee gran cultura, y Stewie, el hijo menor, un sociópata en potencia que está empecinado en matar a su madre– para dar forma a “Family guy” (“Padre de familia”). La diferencia entre esta serie animada y su predecesora podría definirse, básicamente, tal como explican los productores: “Family guy” es “menos amarilla, más ácida”. Sin embargo, el punto en que convergen sus respectivas tramas es el rol que asignan a la esposa: ama de casa, pilar del hogar.

Si en “Married with children” el mensaje encubierto iba dirigido al hombre, en “Los Simpsons” y “Family guy” se dispara el dardo moralista contra la mujer, pero con un giro radical: si cometiste la estupidez de casarte con un estúpido… no lo abandones, pues él depende de ti; tú eres la reina del hogar, no abandones a tus súbditos. Al Bundy asumía el matrimonio como una condena que debía cumplir; Lois y Marge lo asumen como una elección que les proporciona algo próximo a la felicidad. En todo caso, las tres series mantienen la ilusión, cada cual a su modo, del “Home sweet home” gringo.

Lo cierto es que “Family guy” ofrece una visión más contemporánea, digamos, de las relaciones matrimoniales. El hogar se mantiene firme, pero sin que ello implique respetar a rajatabla los votos acordados ante el altar. De ahí, entre otras cosas, proviene su “acidez”. Por el contrario, “Los Simpsons” optan por una visión más conservadora (o más amarilla, como dirían los fanáticos de la otra serie). Comparemos dos episodios de ambas series para ejemplificar lo dicho:

1. Homero se siente atraído por Margo, una nueva compañera de trabajo, quien, además de ser bonita, tiene sus mismos gustos y vicios. Por una serie de casualidades, llegan a compartir la misma habitación de hotel, situación que hace crecer sus apetitos carnales, pero, en el último momento, Homero se echa atrás. El episodio termina mostrando a Homero y Marge, en el mismo hotel, a punto de hacer el amor. El giro moralista resalta y enaltece la fidelidad, el amor, el matrimonio, la familia…

2. Peter descubre en la cama a Lois y Bill Clinton. Ella, luego de pedirle disculpas, le dice que se debe acostar con otra para quedar a mano. Peter acepta, pero la mujer que elige es su suegra. Pese a no estar muy de acuerdo, Lois organiza la fantasía de Peter, convenciendo a su madre de participar en el enredo. Lois los deja solos y, cuando está a punto de salir de la casa, Peter la alcanza y le dice que no puede hacer el amor con nadie más que con ella, asegurándole que su infidelidad ha sido perdonada. El episodio finaliza mostrando a Bill Clinton y Peter en la cama; éste último dice: “Realmente eres bueno”. El giro ácido profana los valores inculcados y defendidos por el “establishment”, además de sacar ronchas a los moralistas, homofóbicos y demás; no obstante, es incapaz de amargar la dulzura del hogar ni corroer los cimientos del matrimonio.

Pese a que, en distintos grados, “Married with children” y las dos series animadas ofrecen una visión crítica respecto la sociedad estadounidense, jamás ponen en duda el “sueño americano”, sobrevalorado al extremo en sus respectivos argumentos, pues las tres plantean que un hombre inculto, sin educación, sin talento, sin buena apariencia, con un empleo mediocre, puede mantener a su familia sin apoyo económico de la esposa, tener casa propia, auto y todas las comodidades del mundo moderno.

Así, con amor o sin este, desde la dulzura empachosa de los Ingalls, hasta la acidez corrosiva de los Griffin, la televisión gringa produce enlatados que distribuye en varios países, especialmente en los del tercer mundo, promocionando el “sueño americano” implícito en el “Home sweet home” que reflejan.

Gabriel Arraya, vio todas esas series y, siendo él mejor parecido que Al Bundy, teniendo un título universitario e incluso gran cultura universal, asumió, hace ocho años, que en Norteamérica podría tener las oportunidades que su país natal no le había ofrecido. Allí trabajaría duro hasta pagar la primera cuota de una casa, donde volvería a estar junto con su familia para disfrutar las bondades del “establishment”. A fin de nunca olvidar esa meta, destinó cinco dólares de su primer salario a la compra de un adorno, que en cuatro o cinco años, calculaba, colocaría en el lugar más visible de la sala, ayudado por su esposa, cuando, ya reunidos, tomasen posesión de su nueva casa y el “sueño americano” pasase de lo onírico a lo real.

Hoy, como todas las noches, al volver al estrecho departamento que comparte con dos compatriotas, tres dominicanos y un panameño, miró el adorno durante algunos minutos: un cuadro que lleva inscrita la frase “Home sweet home”. Abrazándolo contra el pecho, cayó dormido profundamente; necesita descansar, pues mañana debe continuar arreglando los jardines de los Bundy, los Simpson, los Griffin…

Marcos o el símbolo de una seductora forma de luchar- microensayo, opinión

Escrito por disfonia disfonia - 7/01/2010 - 2 opiniones

La revolución no debe tener un rostro. Es un imaginario posible, un paisaje que se completa con el rostro amado, según Deleuze. Y es eso lo que precisamente ha venido haciendo sin querer queriendo –como diría el Chavo- el Subcomandante Marcos, devenido objeto del deseo sexual de cuanta mujer simpatiza con la causa y lo ve por televisión, como si en esto o contra esto también estuviera dirigida la lucha. ¿Acaso se puede amar una sombra, un medio rostro, un paisaje revolucionario?

Lo interesante del caso es que sinceramente dudo que su club de fans, incrédulo o ignorante de mayores ideologías más allá de la seducción que ejerce este mostrar apenas, velando el resto que (nos) fascina -porque permite imaginárnoslo-, esté preparado para ver su rostro descubierto, si en el fondo la clausura de lo real es la que revolotea nuestros suspiros. La clausura de todo, menos de aquellos ojos, y su voz. Ojalá nunca se quitara el pasamontañas, lo deseamos con toda sinceridad. Preferimos imaginarlo. Para qué verlo si sus ojos que cambian de color al compás de la luz –la prensa también lo ha dicho- nos bastan; si escuchándolo hablar ya hemos imaginado lo que quisiéramos escuchar, y más.

Es realmente interesante cómo se configura el deseo. No se me viene a la mente un símil femenino, una enmascarada que apure en grado similar los corazones, porque She-ra, Gatúbela, la Mujer Maravilla, etc., muestran -muestran mucho- y precisamente por eso son deseadas, pero Marcos no. Así, la figura del enmascarado es una figura que desde niñas hemos conocido con Batman, El Zorro, etc.; héroes que deben ocultar su identidad y nos enamoran pese o por eso mismo. Qué manía de amar lo incierto, lo desconocido, lo inaccesible y misterioso pero, si nos preguntan, la boca se nos llenaría de adjetivos para justificar esta loca atracción, porque al final de cuentas, lo cierto es que Batman y El Zorro eran hombres guapos, cuyo desenmascaramiento en todo caso servía para ganar adeptos, confirmando que la belleza de sus actos era el eco a una belleza física particular. Sin embargo, el caso de Marcos es distinto o, digamos, especial. Su rostro es el de un desconocido, por lo que le pediríamos encarecidamente, una vez más, no desprenderse de su pasamontañas, que así es perfecto. Perfecto en cuanto icono que sabe cubrir y velar para mantener el deseo.

Podemos, haciendo uso de nuestra imaginación irrestricta, soñar con que lo conocemos y que nos rapta (con la violencia justa y necesaria), y que le vemos la cara y que nos gusta, y que nos enamora, y que deja a todas sus posibles amantes por nosotras, y que deja de paso la guerrilla y se convierte en un amante, protector y ejemplo de compañero y padre, y… Ese sueño siempre terminaría descolgado y sin posibilidad de un final… agradable, porque la verdad es que esa última imagen no calza con la naturaleza de nuestro amado, por lejano, Marcos.

Sor Juana decía que el verdadero amor es el no correspondido, ya que en tanto no espera nada del otro, ninguna reciprocidad, ningún hacer, es perfecto. ¿Será entonces, que las seguidoras de Marcos nos perfeccionamos en el arte del deseo?, ¿que estamos un peldaño más arriba?, ¿que estamos aprendiendo a amar? Vaya uno a saber. Lo cierto es que el mito del amor cortés se repite hasta nuestros días y es carne en nuestras carnes. La imagen del enmascarado guerrillero postmoderno todavía es capaz de sacarnos de nuestra agobiadora cotidianeidad. Si yo llego a verlo en la tele o veo una foto suya en la prensa, lo admito: detengo todo afán para perderme en el misterio de lo que hoy en día es el símbolo de una seductora forma de luchar.

De lo asombroso a lo siniestro- microensayo, opinión

Escrito por disfonia disfonia - 25/12/2009 - 2 opiniones

Una breve reflexión sobre el talento

Acabo de tener conocimiento, gracias al youtube (http://www.youtube.com/watch?v=xwBww_pi1c0&feature=related), de estos niños rusos de ¿cuatro?, ¿cinco?, ¿seis años?, protagonistas de un espectáculo que circula como “maravilloso” en muchos sitios web. No sé si “maravilloso” sea el término, pero “impresionante”, seguro. Se trata de dos pequeños que realizan acrobacias, pruebas de fuerza levantándose de manera impresionante uno al otro, y bailando con la gracia levemente torpe de un niño de esa edad- esa que justamente los hace adorables- sumada, sin embargo, a una fuerza descomunal para criaturas tan pequeñas.

Hablando sobre el tema, he confirmado lo normal de estas prácticas en Rusia, China y algunos países, ex soviéticos en su mayoría. Aparentemente este duro entrenamiento desde edades así de cortas es común. No obstante, muy común no debe ser cuando estos nenitos se presentaron en un programa de televisión mostrado lo que eran capaces de hacer -y no ejercicios de entrenamiento para algún día llevar a cabo el espectáculo que presentan-, pretendiendo ganar un concurso en Rusia estilo American Idol, en su versión todo vale.

Bien merecido lo tendrían, porque es sin duda impactante; sin embargo, no dejo de percibir en medio de la inocencia y la, llamémosle, ternura que despiertan, un toque de lo siniestro. Lo que maravilla en realidad es la edad de los niños haciendo ejercicios a cualquier edad costosos, verlos comprometidos y responsables mostrando que es posible y que no cuesta nada ejercer ese domino sobre el cuerpo, la fuerza y el propio peso, a la manera de un juego disciplinadamente logrado: “Mira como levanto a mi hermanita con una mano, y de paso yo me sostengo con un solo pie”. Resulta que eso había sido posible -y nosotros tantos años sin saberlo-, así como posible es que una niña de once años quede embarazada y sea madre o que un niño de esa edad porte un arma y juegue a Rambo. De esta forma se abre un espacio entre la ingenuidad y la deformación de lo natural que alienta la cultura en su propio nombre.

Freud definía lo siniestro como aquello que siendo familiar debería permanecer oculto, demostrando que el ser humano se familiariza con las cosas a partir de aquello que ve, pero también, y de manera más profunda, a partir de aquello que no ve. Por lo tanto, las cosas que para nosotros son bellas, inocentes, sublimes, etc. lo son en vista de lo que no se ve, antes de lo que sí se ve en ellas. Borges decía al respecto que “el efecto estético es la inminencia de una revelación que no llega a producirse”. Es decir, las cosas bellas, nefastas, aceptables, crueles, etc., nos con-mueven más por lo oculto que guardan, por su propio misterio, que por lo evidente que manifiestan. Pero, qué ocurre si de repente esa fuerza última que produce un determinado efecto emerge a la luz. De acuerdo a Freud “una suerte de terror se adhiere a los objetos o lugares conocidos y familiares que pertenecen al periodo más precoz del sujeto” (“Lo siniestro”, 1919).

Ver a estas criaturas es darse cuenta que los niños pueden hacer esto, que no son seres del todo frágiles, ingenuos y desvalidos que precisan nuestra protección y guía, sino lo contrario también. Lo qué no sé, en todo caso, es si es precisamente placer lo que podemos sentir en esta contemplación, en este descubrimiento. No sé si es belleza. A mí, por el contrario, el espectáculo me proporciona cierto rechazo; me sorprende sin conmoverme, me trae a la mente, con una constancia molesta, que se trata de nenitos que aún no aprenden a multiplicar y están haciendo algo que no sé si les toca hacer, aunque para ellos se trate prácticamente de un juego. Tal vez es esa falta de conciencia en ellos la que me perturba, y en general me perturba en todos los seres que tienen en sus manos poderes y saberes que no terminan de entender cómo pueden ser usados.

Sólo una cosa es cierta, y al menos yo lamento desde ya: el trabajo que resta a las nuevas generaciones de gimnastas y bailarines luego de haber visto el nivel de estos hermanitos. Lograr hacer esto a los diez, doce o quince años no tendrá ninguna gracia.