Cuento: “Verónica”- foro
Añadido por urbandino
- Una opinión
AUTOR: Danny Echerri
PAÍS: Cuba
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La barriga se infla como un globo. Las piernas están salpicadas por lunares de fango; unos lunares que van hasta los tobillos. Nadie sabe de donde salió Verónica. Con su mirada de perro san bernardo. Su pelo que sostenía basuritas y mostraba horquetillas de un rojo pálido, como de alambre fino.
Verónica se apareció en el antro hace más de cinco meses. Ajena a las miradas de burla. Con un brazo enyesado se paró en el centro. Se quitó la ropa y comenzó a cantar en su jerga. Levantaba el brazo del yeso hasta los ajustadores, y dejaba ver los garabatos, como tatuajes en una estatua.
Yo estaba atrás y retuve su voz, que se deslizaba por mi cabeza confundiéndose con risas y aplausos, otra, otra, otra, todos gritaban, hasta que la sacaron desnuda y le dijeron borracha, no hagas más esos espectáculos.
La mirada de Verónica no tiene matices. El contacto con los otros es a través de su voz desafinada, y de sus estridentes silbidos. Ella nunca me miró. Pero dejó que la tomara de la mano y permitió que le acariciara los tatuajes del yeso, que la levantara y la guiara hasta mi casa. A mi pedazo de tablas cubierto por tejas.
No puso resistencia cuando toqué sus muslos verdes, como pan enmohecido. Su sexo esponjoso. Avinagrado por el sudor y la fatiga. Dejó que el agua de la ducha recorriera su cuerpo, y poco a poco el brillo de su piel se fue apagando. El verde de sus muslos roció las losas del piso. Los lunares de las piernas saltaron como escarabajos nocturnos en la luz.
En la cama, Verónica cantaba sus letras incomprensibles. No me detuvo. La abracé y dejé su yeso en mi espalda, estrujándome. Ella repetía sus palabras. Cantaba en su idioma, en la lengua que se inventó. Su tono monocorde en mi oído, yo más adentro de ella.
La levanté. Ella se puso la ropa y se fue a la calle. Esperaría la noche para volver al antro. Para subir sus manos hacia los senos caídos, deprimidos por el tiempo.
Ahora canta de nuevo. Pero no la dejan quitarse la ropa. Nadie sabe lo que pasó. Tampoco Verónica sabe que me siento obligado a cantar en su idioma, la jerga que me dijo en el oído no me canso de repetirla. Estoy dentro de su globo, tal vez un poco más pequeño, pero ese globo también soy yo.
El yeso sigue en su brazo, y el piso del antro le devuelve los lunares que le quité. El tiempo la vuelve a cubrir de verdes, y micelios y esporas que invaden su anatomía. A mi dejó unos cuantos piojos que murieron en la primera cura.
En estos momentos, cuando todo el mundo ríe y pide otra, otra, otra, que se quite la blusa. Se convierte en la misma que conocí hace cinco meses, cantando desde dentro y aunque no lo entienda, no se va de mí.
No obstante. Su canto a ratos, se me confunde, no me parece el mismo. Detrás se escucha un metal diferente, bajo, como un eco que le sale por las orejas, los lagrimales. Un eco que voltea y se agita, preso entre el abdomen y la espalda.
Ella lo percibe también. Se tapa la boca, y escucha, debe estar escuchando ese eco que la hace parecer ventrílocuo. Solo yo lo noto. El eco logra articular palabras. Verónica me ha dejado su idioma en mi cabeza. Yo por mi parte le regalé el mío, que le infla su barriga como un globo. La gente se ríe: “quién habrá sido, verdad que hay gente para todo”. Nadie tiene por qué enterarse. El eco en su barriga no soy yo. Pero bueno, es casi como si lo fuera.
