Cuento: “Voyeur”- foro

Añadido por urbandino urbandino - 2 opiniones

AUTOR: Javier Mariscal
PAÍS: Perú

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Ah, Marcela. No sabe que la observo desde aquí, no sabe que hace meses esta pequeña distancia entre nosotros es cada vez más breve. Pero algo distrae mi atención de su ventana: es el maldito olor, la exasperante náusea que me atrapa y que sacudo a manotazos sobre el cuerpo tumbado en la vetusta alfombra.

Este edificio es viejo, siempre ha sido viejo. Cuando llegamos recuerdo especialmente la cara de Néstor y Carlitos, haciendo gestos idiotas mientras iba de la mano de mi madre hacia las escaleras, casi conscientes de mi odio anticipado, de mi rabia. La puerta desvencijada no sabía contener los horribles murmullos, las largas tardes de niños corriendo y gritando en el pasillo, niños distintos, tan distintos a mí, decía mamá. Sé que mi palidez les asustaba o molestaba, huí más de una vez de una rencorosa y gratuita paliza en las escaleras, crecí eludiendo miradas de soslayo. Y mirando de soslayo también.

Néstor supo que lo odiaba el día que cayó por las escaleras y se fracturó el brazo. Recuerdo a mamá gritando, golpeando, diciendo algo sobre mi podrida herencia, la herencia de un padre que yo jamás vi. No le repliqué en ese momento, pero sabía de sus impulsos; la sorprendí con frecuencia cortándose el cabello a tirones con una gillette, o mordiéndose la mano izquierda, llorando sentada en el suelo de la cocina. Sabía que en esos momentos no debía dejarle verme; todavía llevo algunas huellas de su cólera en los brazos y en la espalda, y no me atrevo a entrar en su cuarto por las noches, aun cuando murió hace tres años. El cuarto está idéntico a como lo recuerdo de niño, incluso el agobiante aroma de incienso y madera vieja que no sé cómo arrancarme de las narices cuando se me impregna, y entonces froto mi rostro contra la tela de los muebles y las cortinas y el piso y descubro ese otro olor antiguo de la casa.

No me quedé nunca ciego, ¿eh, mamá? Por más que lo gritaras cien veces cada vez que entrabas a mi cuarto y me hallabas pegado a la ventana, mirando a través del tragaluz hacia la habitación del piso inferior, descubriendo los secretos de una niña convirtiéndose en mujer: ah, Marcela. Sé que sabías que observaba. Sé que te desvestías esperando que en el resquicio entre la cortina y la pared estuviera mi ansiosa mirada puesta en ti, sé cuanto te place torturarme. Nunca pude hablarte, nuestro único intercambio fue una imprecación tuya, al subir las escaleras y tropezar contigo, ¿recuerdas? Me insultaste sonriendo, maliciosa y segura de ti, de tu poder sobre mí. Corrí a mi cuarto, alcancé apenas a llegar para vomitar. Esa noche observé por primera vez tu entrega a un muchacho del edificio, obscenamente abiertas las cortinas y tu boca.

Todos odiábamos a tu madre: melindrosa y pérfida, arpía prestamista, peleaba con cada vecino por una razón distinta; le gritaba a quien pudiera gritarle y esparcía sucios rumores a diestra y siniestra, se solazaba en comentar la supuesta locura de mi madre. Sé lo que decía sobre el “cara pálida”, el niño con el ojo malo del último piso. ¿Qué le importaban mis ojos? Nunca hablé de los rumores que se gritaban casi, sobre su pasado promiscuo y esto y lo otro, sobre una hija que le seguía los pasos y se acostaba con medio edificio. Lo que no soporté fue que golpeara a mi puerta y que a voz en cuello me reclame, por fisgón y asqueroso y pervertido y no sé cuánto más, el día en que me descubrió robando tu ropa interior del tendedero. Me escabullí hacia mi cuarto velozmente, pero me persiguió con la voz chillona y angustiante que tan mal ponía a mamá, y no supe en qué momento la arrastré hacia dentro y la golpeé secamente contra la columna, oyendo ese ruido de tablón crujiendo, callándola por fin, casi satisfecho. Han pasado más de dos días, sé que la están buscando, hoy temprano espié la agitación en tus manos mientras hablabas con los dos hombres de verde.

He decidido dejar el cuerpo en el cuarto de mamá, vestirlo con las ropas que aún quedan de ella e imaginar que es una segunda muerte, un segundo e irónico suicidio. Tal vez el olor se entremezcle con los aromas de madera rancia y zapatos viejos que gobiernan la tétrica habitación. Y voy a quedarme pegado a la ventana. Si es que tengo poco tiempo para disfrutar de esta soledad, quiero que lo pasemos así, juntos (yo mirando, tú dejándote mirar). Si solamente pudiera contener la peste, y los impertinentes rumores que hoy temprano empezaron a colarse por debajo de mi puerta. ¡Claro que yo la odiaba!

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