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	<title>URBANDINA</title>
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	<description>La Paz, desde su nombre, es ficción...</description>
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		<title>Presentacion del libro de cuentos El fuego y la fabula</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Jul 2010 14:57:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Hefesto</dc:creator>
				<category><![CDATA[anuncio]]></category>

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		<description><![CDATA[
QUERIDOS URBANDINOS:
LA EDITORIAL GENTE COMUN Y EL ESPACIO SIMON I. PATIÑO TIENEN EL HONOR DE INVITARLOS A LA PRESENTACION DEL LIBRO DE CUENTOS -GANADOR DEL PREMIO NACIONAL DE LITERATURA SANTA CRUZ DE LA SIERRA 2009- EL FUEGO Y LA FABULA, DE GUILLERMO-AUGUSTO RUIZ. LA PRESENTACION SE LLEVARA A CABO EN EL ANEXO DEL ESPACIO SIMON [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter size-medium wp-image-1602" title="tapa_Fabula_y_fuego[1]" src="http://www.trestribuscine.com/urbandina/wp-content/uploads/2010/07/tapa_Fabula_y_fuego11-207x300.jpg" alt="tapa_Fabula_y_fuego[1]" width="207" height="300" /></p>
<p style="text-align: justify;">QUERIDOS URBANDINOS:</p>
<p style="text-align: justify;">LA EDITORIAL GENTE COMUN Y EL ESPACIO SIMON I. PATIÑO TIENEN EL HONOR DE INVITARLOS A LA PRESENTACION DEL LIBRO DE CUENTOS -GANADOR DEL PREMIO NACIONAL DE LITERATURA SANTA CRUZ DE LA SIERRA 2009- <em>EL FUEGO Y LA FABULA</em>, DE GUILLERMO-AUGUSTO RUIZ. LA PRESENTACION SE LLEVARA A CABO EN EL ANEXO DEL ESPACIO SIMON I. PATIÑO (AV. ECUADOR, ESQ. BELISARIO SALINAS), EN LA CIUDAD DE LA PAZ, HOY JUEVES 29 DE JULIO A PARTIR DE LAS 19H. HABRA VINO DE HONOR Y, DESPUES, VELADA EN LA CHOPERIA. LOS ESPERAMOS!</p>
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		<title>Un recorrido por la Periférica Blvd.</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Jul 2010 10:00:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>urbandino</dc:creator>
				<category><![CDATA[entrevista]]></category>

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		<description><![CDATA[
Hace varios años, la revista literaria “La lagartija emplumada” entrevistó al escritor paceño Adolfo Cárdenas, autor de varios libros de cuentos y de la exitosa novela Periférica Blvd.. En dicha entrevista, Adolfo, fiel a su estilo y personalidad, formuló algunas declaraciones que, en su momento, motivaron distintas reacciones. Transcribo unas cuantas:
Lo chicha, para mí, es [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img src="http://www.trestribuscine.com/estido/fotos/adolf16.jpg" alt="" /></p>
<p style="text-align: justify;">Hace varios años, la revista literaria “La lagartija emplumada” entrevistó al escritor paceño Adolfo Cárdenas, autor de varios libros de cuentos y de la exitosa novela Periférica Blvd.. En dicha entrevista, Adolfo, fiel a su estilo y personalidad, formuló algunas declaraciones que, en su momento, motivaron distintas reacciones. Transcribo unas cuantas:</p>
<p style="text-align: justify; padding-left: 30px;"><em>Lo chicha, para mí, es apenas una de las categorías del barroco, entonces, al ser La Paz barroca, en algunos de sus estratos tiene que ser necesariamente chicha, pero no al revés.</em></p>
<p style="text-align: justify; padding-left: 30px;"><em>Nosotros, que nos sentimos  habitantes de la urbe por excelencia, evidentemente nos vamos a sentir pisoteados por un escritor bonaerense que vendrá a decir: “Pero viejo, este, Buenos Aires es la tutti”. Al mismo tiempo, vendrá un británico y le dirá al argentino: “Qué te pasa a vos, pobre muchacho, Europa es el gran mundo”. Pero eso no le quita categoría a La Paz, digamos, como la urbe mayor de esta republiqueta.</em></p>
<p style="text-align: justify; padding-left: 30px;"><em>&#8230;una de las cosas que debería haber mantenido La Paz es esa centralidad en el término de la oferta cultural, pero ahoritita, la única oferta cultural que tiene La Paz son los prostíbulos de la Pérez Velasco&#8230;</em></p>
<p style="text-align: justify; padding-left: 30px;"><em>&#8230;la entrada del Gran Poder es una triste parodia de lo que es Oruro.</em></p>
<p style="text-align: justify; padding-left: 30px;"><em>Tristemente, en nuestro medio todavía no tenemos psicópatas que se dediquen a balear a la gente.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Retomando algunos puntos de aquella entrevista, días atrás dialogamos con Adolfo sobre ciertos aspectos de La Paz, mientras hacíamos un recorrido por la Periférica Blvd. real. He aquí las palabras del escritor más representativo de esta ciudad:</p>
<p style="text-align: center;"><object type="application/x-shockwave-flash" data="http://www.trestribuscine.com/estido/player_flv_multi.swf" width="440" height="249"><param name="movie" value="http://www.trestribuscine.com/estido/player_flv_multi.swf" /><param name="allowFullScreen" value="true" /><param name="FlashVars" value="config=http://www.trestribuscine.com/estido/medioteca/flv_config_cardenas16.txt" /></object></p>
<p style="text-align: center;"><strong>* * * * * * * * BONUS * * * * * * * *</strong></p>
<p style="text-align: justify;"><strong>1.</strong> Grabación de la entrevista a Adolfo Cárdenas en “La lagartija emplumada” (2004):</p>
<p style="text-align: center;"><object type="application/x-shockwave-flash" data="http://www.trestribuscine.com/estido/player_mp3_multi.swf" width="300" height="50"><param name="movie" value="http://flash-mp3-player.net/medias/player_mp3_multi.swf" /><param name="FlashVars" value="config=http://www.trestribuscine.com/estido/medioteca/config_adolfo-lagartija.txt" /></object></p>
<p style="text-align: justify;"><strong>2.</strong> Transcripción editada de la entrevista a Adolfo Cárdenas en “La lagartija emplumada” (<a href="http://www.trestribuscine.com/estido/textos/entrevista-cardenas.pdf">descargar AQUÍ</a>).</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>3.</strong> Un cuento de Adolfo: “Hoy Fricasé hoy” (<a href="http://www.trestribuscine.com/urbandina/wp-content/textos/textos1/186.pdf">descargar AQUÍ</a> o en nuestra Biblioteca Pirata)</p>
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		<title>Algunas miradas de y sobre La Paz</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Jul 2010 21:42:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>urbandino</dc:creator>
				<category><![CDATA[ensayo]]></category>

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		<description><![CDATA[Omar Rocha Velasco, literato y docente de la Carrera de Literatura de la UMSA, nos ofrece este ensayo sobre dos grandes escritores paceños que dieron vida a esta ciudad en sus textos.
Algunas miradas de y sobre La Paz I

Una ciudad es lo que se dice de ella y quienes mejor dicen de las ciudades son, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><strong><em>Omar Rocha Velasco, literato y docente de la Carrera de Literatura de la UMSA, nos ofrece este ensayo sobre dos grandes escritores paceños que dieron vida a esta ciudad en sus textos.</em></strong></p>
<h3 style="text-align: center;"><strong>Algunas miradas de y sobre La Paz I</strong></h3>
<p style="text-align: center;"><img src="http://www.trestribuscine.com/estido/fotos/rochaspic.jpg" alt="" /></p>
<p style="text-align: justify;">Una ciudad es lo que se dice de ella y quienes mejor dicen de las ciudades son, sin duda alguna, los poetas, los escritores, los artistas, los que construyen las ciudades desde lo simbólico, los que le dan nombre a las cosas, los que permiten que habitemos desde las palabras espacios que, de lo contrario, sólo otorgarían mudez e impasibilidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Una reconstrucción de las ciudades desde la literatura, permite repensar nuestro origen como habitantes de un espacio donde confluyen muchas dimensiones –geografías, paisajes, lenguas, tiempos históricos, etc. Es manifiesto que la literatura indaga la condición urbana del hombre contemporáneo,  consigue cartografiar construcciones simbólicas colectivas. Así, el lenguaje es capaz de expresar la conciencia y sentimientos de la ciudad, incluso hasta cifrar ciudades: su historia, su presente y futuro.</p>
<p style="text-align: justify;">Cada ciudad tiene su impronta, su marca, ciertas imágenes las gobiernan, cierta aura, en palabras de Walter Benjamin, las rodea. Así, Portugal es la ciudad fundada míticamente por Odiseo, la ciudad de los viajeros, la ciudad que mira de frente al mar y observa en él la posibilidades del navegar. Granada es la ciudad que reúne culturas, que fusiona lo musulmán con lo católico, es la ciudad en la que se respira un aire moro bajo el dominio de los reyes católicos. La impronta de Potosí es el pasado colonial.  ¿Cuál es el caso de la ciudad de La Paz? Algunas ideas:</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Sáenz y la doble fisonomía de la ciudad de La Paz</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Se ha criticado mucho la lectura que se limita a un entrampamiento en la imagen de Sáenz como el bohemio y borracho de la ciudad: poca lectura, mucha identificación, mucho mito. Cada vez esa imagen está quedando más lejos, las personas que lo han conocido y han seguido una imagen, una impronta, siguen vivas, pero otros lectores que no lo han conocido se van añadiendo a los seguidores no ya de un mito, sino de un lenguaje, de una forma de conocimiento que tiene que ver con la literatura, con preocupaciones por el imaginario de la ciudad de La Paz.</p>
<p style="text-align: justify;">Los alcances simbólicos nos remiten a la creación de imágenes que inventan, y no sólo describen, la forma de habitar un lugar. La vivencia poética que se nos regala, determina un tipo de imaginación que nos enfrenta a la &#8220;cara invisible de la ciudad&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">La frase con la que Jaime Saenz inicia la novela <em>Felipe Delgado</em>, considerada por él mismo su obra más importante, es: &#8220;Llovía a torrentes&#8221;, y la imagen nos proporciona una condensación de lo que en todos sus escritos se encuentra. No se trata de una garúa o una llovizna, es una caída de agua radical que empapa y compromete, sin dar lugar a vacilaciones ni a sequedades, como dice una evocación de Sergio Suárez Figueroa, &#8220;Aquí no hay <em>tutías</em>, las cosas se arreglan a bala&#8221;. Es una novela que tiene garra. Felipe Delgado comparte con un personaje poético de Nicanor Parra y con Armando Costas, personaje de la novela <em>Aguafuertes</em> de Roberto Leytón el irse a tomar unas copas dejando a sus padres enfermos en el lecho de muerte. El personaje de Nicanor Parra termina dormido debajo de una mesa y Armando Costas se va con una señorita en vez de ir a la botica a comprar la receta que esperaban en la casa. Felipe Delgado se va a tomar unas copas y llega tarde al último pedido de su padre que era morir en gracia divina. Sin embargo, Felipe Delgado llega con un cura, antes de la muerte de Vitoretti, un italiano loco.</p>
<p style="text-align: justify;">En La Paz, se nos presenta el umbral de una nueva forma de conocer una ciudad, en la que es posible descubrir &#8220;una cara que se muestra y otra que se esconde a nuestros ojos&#8221;. Cada palabra puede ser un germen que regala algo: pensemos en aquella hermosa identificación del río Choqueyapu con la avenida Montes “dejándose escuchar su estruendo en la alta noche y, como lejanamente, a ciertas horas del día, cuando el ruido de la ciudad disminuye” (Sáenz). Este “lugar” que precisamente Jaime Saenz recoge es una de las tantas evidencias del tiempo persiguiendo a una palabra, transfiriéndole los infinitos deseos de un escritor que la comienza a imaginar.</p>
<p style="text-align: justify;">Asumir esta doble fisonomía como un conocimiento que se abre, esta vez desde la literatura, a la posibilidad de un cambio de perspectiva en la construcción de una ciudad, no sólo engendra un cambio de perspectiva, sino que nos devuelve la posibilidad de habitar un espacio todavía no conquistado y por ende nuevamente fundado.</p>
<p style="text-align: justify; padding-left: 60px;">&#8230;algo tan terriblemente desconocido que, al no poder ocultarse más allá de lo desconocido, busca la forma de lo conocido, tornándose tanto menos conocido, cuanto más desconocido bajo la forma de lo conocido. A lo que yo me pregunto: ¿podrá haber maravilla más espantable que el hacerse invisible una cosa a fuerza de volverse visible? (Saenz).</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>La narrativa de René Bascopé Aspiazu</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Toda la narrativa de René Bascopé Aspiazu tiene un solo escenario: la ciudad de La Paz, y más todavía, los conventillos de la ciudad de La Paz. Cada uno de sus cuentos y cada una de sus novelas es la historia de lo que acontece en alguno de los cuartos de ese conventillo grande que es su obra misma. René Bascopé Aspiazu no se propuso precisamente una reflexión sobre la escritura, sin embargo, y a pesar de ello, se puede establecer que Bascopé Aspiazu fusiona la escritura y la posibilidad de ser &#8220;artista&#8221; con la ciudad de La Paz. Él encontró una particular forma y un particular lugar de creación como si surgieran de los caprichos de la ciudad misma. Esto lo vemos, por ejemplo, en el relato de su encuentro con el ciego Macario Lugones, este hombre, mendigo por convicción y profundamente artista, había alcanzado una apariencia que armonizaba con su ciudad, tenía el rostro habitado por la viruela, usaba lentes de carey envejecido y portaba un violín. Por otro lado, Bascopé observa que Macario Lugones se pertenecía a sí mismo y a las plazuelas de Chijini, a sus callejuelas y al portal de la iglesia del Gran Poder, donde arrancaba a su violín sonidos que reunían todas las posibles variedades del lamento (1994, 71-72). Bascopé encuentra un artista en Lugones, no sólo por la pulsación del instrumento, sino por su armonía con la ciudad, por la mendicidad lograda. Macario Lugones es parte de la ciudad, logra &#8220;engranar&#8221; en ella, es parte de los lugares que habita.</p>
<p style="text-align: justify;">La escritura para René Bascopé Aspiazu, por otro lado, está poblada de nostalgia, no sólo como recuerdo o memoria, sino como posibilidad de prolongar infinitamente las plenitudes, una especie de detención arrancada al paso del tiempo. Y esta posibilidad de escribir desde la nostalgia, no es otra cosa que la mirada que el artista construye desde su espacio habitado. Así, la puerta de la iglesia es inseparable de la pulsación y la detención del tiempo, efectos, ambos, de la mirada nostálgica. &#8220;En ese sentido la nostalgia es la búsqueda del tiempo perdido –del amor perdido– por Proust o Macario Lugones (&#8230;) Y en esa búsqueda uno hace cosas como tocar el violín en la puerta de una iglesia o escribir un poema. Y uno toca el violín hasta alcanzar insospechados matices y variantes. Y uno escribe poemas eternizando –sin querer– imágenes y sensaciones”. El cuento <em>Niebla y Retorno</em> expresa en la frase de la abuela del protagonista toda esta forma de enfrentarse al paso del tiempo: &#8220;ella sabía que mis primeros años no eran sólo ceniza&#8221;. Los objetos –una pila que servía a todos los vecinos, por ejemplo–, las personas, los cuartos, son generadores de una escritura que se sostiene en recoger aquello que la ciudad ofrenda desde una falta, una pérdida, un vacío poblado.</p>
<p style="text-align: justify;">Sería un error, pues, calificar la narrativa de Bascopé como una aventura &#8220;épica&#8221; que cruza las fronteras de lo social y lo urbano, llevándonos a explorar, al mejor estilo <em>boy scout</em>, tierras novedosas, no descubiertas, marginadas. La insistente oscilación en el borde, y aquí se vislumbra un movimiento de dos caras (más allá y más acá del sauce), nos muestra que el abismo no es ni eterna, ni necesariamente un espacio vacío. Está habitado por aquellos que poseen la llave de sus secretos: las prostitutas en su desplazamiento (de la Conde Huyo a Caiconi), trazan y cambian los destinos de la ciudad y viceversa. La visión de La Paz, convoca, en Bascopé, a los colores del adobe mojado: &#8220;Sus primeras y últimas luces se encienden y es inevitable que una absurda y vaga tristeza lo invada a uno, más aún cuando ha escampado&#8221;. Los sonidos de la ciudad después de la lluvia, los juegos de los niños en el patio, la señora separando el cabello para hacerse una trenza, el señor a punto de echar agua al inodoro, todo cobra una significación diferente, vistas las cosas desde la calle del conventillo, donde está el patio, desde donde se ve el cuarto que habita René Bascopé Aspiazu.</p>
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		<title>Tu nombre</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Jul 2010 10:00:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>anig</dc:creator>
				<category><![CDATA[cuento]]></category>

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		<description><![CDATA[
–¿Vamos al Valle de las Ánimas?
–Ok.
Partimos con una botella de vino en noche de “auto de buen gobierno”. En la tranca escondí la botella debajo de mis pies. Al llegar al lugar preciso las dos montañas, los dos apus, el Illimani y el Mururata, nos miraban brillantes. Las estrellas les regalaban su luz o al [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img src="http://www.trestribuscine.com/estido/fotos/apus.jpg" alt="" /></p>
<p style="text-align: justify;">–¿Vamos al Valle de las Ánimas?<br />
–Ok.</p>
<p style="text-align: justify;">Partimos con una botella de vino en noche de “auto de buen gobierno”. En la tranca escondí la botella debajo de mis pies. Al llegar al lugar preciso las dos montañas, los dos apus, el Illimani y el Mururata, nos miraban brillantes. Las estrellas les regalaban su luz o al revés. Hacía frío. Nos abrazamos. La Cruz del Sur estaba casi sobre la ciudad. Se dice que el 3 de mayo al amanecer, la Cruz del Sur se sitúa sobre el Illimani. Hablamos, contamos, nos abrazamos y luego felices bajamos al auto para tomarnos el delicioso vino y para charlar y enamorar. La ciudad nos mira, nos interroga, los apus están detrás de nosotros. Pregunto por el nombre de la ciudad. Nada responde, nadie habla, hemos quedado mudos de luces, vino y viento helado.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Busco tu nombre, lo despierto en los olores, lo respiro en la neblina. Corro a buscarlo, me tropiezo en el adoquín, me sumerjo en la alcantarilla, me columpio en tus heladas. No lo encuentro, no lo habito. Cinco de la mañana, hiela. Tu voz se me niega. Siete de la mañana, el sol sobre mí, los apus amanecen nublados, su ausencia es tu nombre. La noche sabe de tu voz, tu nombre lo dice. La neblina cruje, tu nombre suena escondido en los dos Apus que nos bautizaron.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Estoy sentada aquí, en el mismo lugar, con el mismo cigarrillo y con el miedo de poder contarte en un cuento, de querer enterrarte mis uñas en tu costado, porque si te cuento, si te escribo, te puedes quedar en estas páginas y no salir nunca más. Es el miedo, dueño de mis ficciones, que quiero exorcizar y quitar de estas letras que te escriben para convertirlo en profecía, nuestra profecía. El vino se ha acabado, nuestras bocas se han cansado de ahogar silencios. El nombre de la ciudad sigue siendo la incógnita que nos ha derrumbado, que ha terminado en alud de casas derrumbadas como naipes, nos hemos enterrado en lodo, en granizo, en ausencias.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Si busco tu nombre en las palabras, me voy a volver sorda. No es tu nombre, tiene que ser tu voz. Gritas, murmullas, callas y la voz que te conoce está ausente. No sé llamarte, no sé escucharte, no te conozco sino a partir de mí misma cuando busco tus rincones para llorar. Te miro de noche, te respiro. </em></p>
<p style="text-align: justify;">Hay algunas cosas que se han quedado en mi retina, (no en mis oídos, vivo sorda a tu voz): una vez bajando a pie desde la Ceja, las quebradas, los perros y los basurales. Otra vez en Alpacoma, el lugar desde donde se miran dos ciudades, la sin nombre y Alpacoma, y desde allí sólo la luz de las montañas mirando. Tú sin sonar, sólo estándote, mirándonos.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Me abismas los ojos, los oculto en mi vértigo, los descuelgo desde tus alturas, me abismas los dientes, los tiemblo de frío, los lleno de viento. Quieres nombrarnos antes de que descubramos tu nombre, antes de que descubramos la grieta que separa, antes que nuestros propios nacimientos te puedan dar nombre.</em></p>
<p style="text-align: justify;">¿Qué puedo reclamarte? ¿La piel de los otros? ¿El cúmulo de recuerdos que me habitan por propio deseo de no olvidarlos? ¿Puedo reclamarte tu silencio cuando muchas voces me están hablando y yo las hablo? ¿Qué te puedo decir que no te hayan dicho mis gestos? ¿Cómo puedo nombrarte si ya te han nombrado? Me suenas en todas tus calles, espero tu grito. Me sumerjo en este ruido que no deja de sonar en mi cabeza. No puedo ni siquiera disculparme porque yo soy todas esas voces, todos esos golpes, todas esas pieles y las traigo a tu lado porque así es como me siento completa, así es como espero que me alcances y me digas tu nombre. ¿Cómo hago para callar el ruido? Cómo hago desaparecer todos los sentimientos, todos los amores. ¿Cómo hago para esperarte en silencio? No puedo reprocharte tu repentina ausencia, tu falta, tu lejanía hecha montañas.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Tal vez nunca te escriba un cuento, tal vez nunca te dicte unos versos de amor. Tal vez no te dé nunca puñaladas, ni te quite la grasa de tu costado;  tal vez nunca te imagine asesinada por mis manos. Tal vez. Pero eso es lo que me mueve a amarte y nunca te lo voy a decir, sólo lo voy a mirar en tus ojos.</em></p>
<p style="text-align: justify;">No sé qué nos hemos hecho, tal vez nos hemos encontrado y listo; tal vez las montañas, los achachilas, no sé&#8230;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>De la literatura, su carrera</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Jul 2010 10:00:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>estido</dc:creator>
				<category><![CDATA[crónica]]></category>

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		<description><![CDATA[
“Río Fugitivo, qué esp&#8217;s eso”, decía un crítico de retaguardia, refiriéndose al nombre de una ciudad ficcional imaginada por un escritor cochabambino de cuyo nombre no quiso acordarse, añadiendo a la ninguneada: “Macondo, Comala, esos son nombres que quedan grabados, esos son nombres que realzan la ficción”. Y yo, para mis adentros, soliloquiando, “Caraspas –me [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img src="http://www.trestribuscine.com/estido/fotos/illipluma.gif" alt="" /></p>
<p style="text-align: justify;">“<em>Río Fugitivo</em>, qué esp&#8217;s eso”, decía un crítico de retaguardia, refiriéndose al nombre de una ciudad ficcional imaginada por un escritor cochabambino de cuyo nombre no quiso acordarse, añadiendo a la ninguneada: “<em>Macondo</em>, <em>Comala</em>, esos son nombres que quedan grabados, esos son nombres que realzan la ficción”. Y yo, para mis adentros, soliloquiando, “Caraspas –me dije–, este señor nunca ha debido escuchar de La Paz, seguro en su carnet dice <em>nacido en Chuquiago</em>”. Porque si de ficción hablamos, qué mejor nombre que “La Paz”, así con mayúsculas hasta en el artículo; ¿acaso hay alguna ciudad que se llame “El Amor”, “La Felicidad” o, en el peor de los casos, “El Odio”, “La Venganza”? No pues, así con tanta alharaca, sólo se llama esta ciudad. Claro que para nosotros es común, ni le damos bola a todo lo que implica el nombrecito; particularmente yo, nunca había reparado en las connotaciones del ínclito nombre; pero sucedió que una noche, hace algunos años, durante una guitarreada internacional en un boliche cusqueño de mala muerte, un sujeto me preguntó a quemarropa: “Y, tú, men, en dónde vives”. Con absoluta naturalidad, aunque también con un aire de soberbia, respondí: “Yo vivo en La Paz”, haciendo que el sujeto abriera sus achinados ojos y, mirando a su vecino, exclamase: “Puuuuucha, pata, este men está avanzado, nosotros sólo vivimos en la gloria”, e inmediatamente me ofreciese un porro babeado, como para sellar una amistad que les asegurara pasaporte libre a mi terruño. Y a pesar de que traté de remediar el malentendido, “Paceño soy”, diciendo, el sujeto ya no quería bienentender: “No, men, no eres paceño –me decía–, eres gurú”.</p>
<p style="text-align: justify;">Y hasta metafísico ha resultado tal apelativo, pudiendo incluso ganarse un lugarcito en la garganta pisquera del Papirri, es decir, una vez incorporado a la metafísica popular, ¡uy cará!, pues méritos para engrosar la letra de ese tema no le faltan; si no, cómo se puede explicar que un comentarista deportivo, en un programa femenino matinal, durante el segmento de opinión política, haya expresado, hace tiempo ya, de manera enfática e incluso con gesto poético denotado por una sutil rima: “Con mucha tristeza, distinguida teleaudiencia, debo referirme a un luctuoso suceso que está ocurriendo en estos momentos, precisamente en este instante, hoy mismo, mientras les hablo, debo comunicarles, repito, con mucha congoja, que en La Paz hay guerra del gas”. ¡Uy cará!</p>
<p style="text-align: justify;">Como el nombre de la ínclita puede asumir distintos sentidos en distintos contextos, alguito de esa virtud, de alguna manera, ha debido nomás heredarnos a todos los cholos que hemos nacido en este hueco. Sólo así se puede entender que un cruceño, que ya vive cincuenta años en La Paz, hable siempre como camba, y que un paceño, que apenas vive dos semanas en Santa Cruz, hable siempre como camba también. Inconciente virtud camaleónico–lingüística poseen los urbandinos. Como si nada, de repente, sin querer queriendo, a uno ya se le pega el acento de otro. Y no es una exageración de esta virtud paceña; bástenos con recordar lo ocurrido durante la visita del príncipe Felipe de Borbón, quien había llegado para presenciar la posesión del primer presidente indio de Bolivia. Un promisorio valor del servicio diplomático, distinguido alumno de la academia del rubro, fue pomposamente designado “jefe de protocolo, con carácter exclusivo, para y durante la visita de la delegación española”. Es decir, en lenguaje más corriente, lo pusieron de llevaytrae del Delfín. Labor que no tuvo que desempeñar por más de tres horas, ya que el futuro Rey de España llegó acompañado por un selecto grupo de viejos diplomáticos, entrenados, específicamente, para coordinar esas tareas de manera profesional y eficiente. Sin embargo, durante esas tres horas, nuestro promisorio diplomático hizo las presentaciones de rigor, indicó dónde quedaban los baños, se tomó unas siete fotos con el príncipe, se hizo autografiar la camisa, en fin, convivió nomás con los españoles, hasta que, dado que ni sospechaba que los bostezos, las consultas continuas al reloj y las cabeceadas del mimado de doña Sofía eran indirectas para que ahuecara el ala, tuvo que ser un corpulento guardaespaldas quien de buena forma le dijera: “Os pido un favor, id hacia la puerta y cerradla, pero ¡por fuera, coño!”. Nuestro jefe de protocolo, meditando esas palabras por unos segundos, comprendió la indirecta y, guiñándole el ojo al gorilón, le respondió: “Hoztiaz, creo que ya ze me hizo tarde”, y avanzó, seguramente con la intención de despedirse, y de una última foto, hacia el príncipe, pero la enorme masa del guardaespaldas le bloqueó el paso, por lo que no tuvo más remedio que sacar una fotito desde ahí nomás, al estilo paparazzi, y despedirse casi a gritos de Felipín: “Ea, zu alteza, que ya me voy, que fue un guzto conocedle, bienvenido zoiz en mi paiz, y bueno, hazta mañana”. El gorila español, pensando que el indiecito se estaba burlando de su castellano acento, a punto estuvo de partirle la crisma, mientras que Felipe respondió, a guisa de recompensa, con una sonrisa, pues pensó que el indiecito se estaba esforzando por pronunciar adecuadamente el idioma de Cervantes.</p>
<p style="text-align: justify;">El peligro de esta virtud paceña es que lo camaleónico se extienda de la lengua al cerebro; y eso, la experiencia cotidiana lo demuestra. Así lo expusieron, en diálogo público, a través de las ondas de una radioemisora, un par de sindicalistas empeñados en demostrar lo incoherente de las autonomías. “De qué pueblo cruceño se puede hablar –señalaba uno– si estadísticamente está demostrado que el cuarenta por ciento de la población en Santa Cruz es colla, el cincuenta por ciento es descendiente de collas, el ocho por ciento son chinos y el dos por ciento son croatas. Entonces, ¿de qué cruceñidad hablan?”. “Es que con engaños hacen que nuestros hermanos nos odien –apuntó el otro sindicalista–. Como los maltratan, rápido tienen que hablar igual que los cambas, para camuflarse, y así se vuelven come collas, o sea, antropófagos, caníbales, a–cha–ca–che–ños, y para convencerlos, les hacen gritar ‘viva la autonomía’, diciéndoles que la autonomía es la ley para la legalización de autos chutos”. Y acaso estas afirmaciones puedan tener asidero en un graffiti aparecido en una pared cruceña, en el que, con letras enormes y verdes, dejaba leer: “Mueran los collas de mierda”, y debajo de esta frase, entre paréntesis y con letra menuda, aclaraba: “(menos papá y mamá)”.<span id="more-1555"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Ahora bien, no se puede negar que los paceños se han repartido por toda Bolivia. De hecho, aquí, en La Paz, debe haber unos ciento treinta y nueve paceños, pocos más, pocos menos, porque la mayoría ha partido en misión colonizadora, o collanizadora, si se quiere. Y obviamente, los que quedamos estamos sujetos a los embates de distintas culturas intra, inter y transnacionales, que ya sea con raeggeton, chacarera, hip hop o damas de compañía,  de a poquito nos van volviendo menteabiertas, dizque. Y ante tal situación, los paceños demostramos otra virtud: buenos rateros somos. No como esos choros vulgares que descalzan a un borrachín tendido en la acera y se ponen los zapatos aunque les queden como canoas; no, nosotros primero ubicamos un buen par de cachos, luego llevamos al propietario a una cantina y le hacemos farrear hasta que nos jure amistad eterna, que es, precisamente, cuando le pedimos una prueba de su amistad: “A ver, si eres mi cuate, cambiaremos gambas”, y el otro, ingenuo, ni siquiera espera que terminemos la propuesta para sacarse los zapatos y ponerlos sobre la mesa. Así, salimos de la cantina bien borrachos, medio estrenando calzado y, además, con un amigo eterno. Por si no fuera poco semejante despliegue de histrionismo, convirtiendo un delito en un arte, tenemos la suficiente percepción estética como para darnos cuenta de si los cachos nos quedan bien o no; entonces, si parecemos payasos o nuestro dedo gordo está siendo comprimido, desechamos los zapatos, pero nos quedamos con los huatitos, porque esos sí pueden llegar a servirnos. De este, de aquel, vamos tomando las cosas que nos gustan, para renovar el vestuario. En este sentido, no debe resultarnos extraño que una de las canciones más collas, una de las que más veces ha debido ser dedicada a las 73 paceñas que quedan en este hueco, intitulada diminutivamente, igualito como hablamos en chiquitito, sea un taquirari. Para los que no sepan a cuál canción me refiero, os ilustro: “Collita”, popularizada por Wara en la voz de Dante Uzquiano. Y como este, hay varios taquiraris ultra collas, o qué ritmo creen que tienen “Yungueñita”, “Coroiqueñita”, por citar algunos. Claro que el Óscar García, rascándose su barba, nos diría que no son taquiraris; que, en todo caso, alguna vez pretendieron ser taquiraris, pero más temprano que tarde, huayño nomás se han vuelto.</p>
<p style="text-align: justify;">Y quizás tenga razón, sobre todo, si cambiamos el verbo robar, por otro, que no es el mismo, pero es igual, ubicado en el “Diccionario de coba” del Victor Hugo Viscarra, esto es: “nacionalizar”. Claro, así la cosa cambia. No robamos, sino más bien, nacionalizamos, internalizamos, hacemos nuestro algo. De esta manera, con este otro verbo, resulta que no nos hemos robado el taquirari, lo hemos nacionalizado, o sea, en sencillo, lo hemos vuelto paceño, pues. Y así, no sólo nacionalizamos zapatos o sus huatitos, sino también cumbia, timbales, dragones, futbolistas, arquitectura, tecnología, cine, escultura, prensa, radio, y un largo etcétera, lo cual no implica que seamos saco de aparapita saenciano, hecho de puro parches –aunque la imagen no deje de seducir–, pues, más bien, somos el aparapita que se las ingenia para financiarse el trago, agenciarse un saco parchado e incluso conseguirse un Saenz que lo escriba en el papel y lo inscriba en el imaginario.</p>
<p style="text-align: justify;">De tanto nacionalizar, algún rato le tenía que tocar turno a la literatura. Por lo que no es difícil imaginar a un grupo de urbandinos encopados, en la década del 60, celebrando el 20 de octubre como buenos cholos: hasta el 30, que ha debido ser cuando, dándole reposo a la muñeca y al cubilete, empezaron a protestar airadamente por la soberbia porteña, heredada a sus escritores. “Qué siempre se habrán creído estos gauchos, sólo porque hablan italiano ya se dan ínfulas de escritores”, diría alguno, iniciando nuestra historia. Y seguirían los otros, envalentonados por la cerveza:<br />
<em>–Se creen europeos, pues, hermanito, pero nada que ver, indios blancos nomás son.<br />
–Cierto, che; además, ¿qué figura literaria importante ha querido vivir en Buenos Aires? Nadie, ¿no ve? Mientras que acá, a nuestra mamita de La Paz, Cervantes se quería venir a radicar, Cer–van–tes, viejitos, ningún piojo tuerto, ni bibliotecario ciego.<br />
–Verdad es lo que dices, por eso yo siempre he manifestado que el Quijote tiene un espíritu chuquta.<br />
–Ya ya ya, esto es mucho bla-bla, en vez de ordeñar bilis, haremos algo.<br />
–Meta, viejito, qué hacemos, yo me apunto.<br />
–Tenemos que fundar la Carrera de Literatura, porque saben una cosa&#8230; ¡no hay!.<br />
–Tienes toditita la razón, hermano: no hay.<br />
–Claro pues, por eso tenemos que fundarla, así vamos a aprender italiano para joderlos a los gauchos.<br />
–Qué italiano, ni qué full de huevo, ¡vamos a aprender latín!<br />
–Bien dicho y bien pensado, hermano, vamos a aprender latín en italiano.<br />
–Ya, che, a este vecino córtenle el trago. Vamos a aprender latín para que los gauchos no nos entiendan.<br />
–A ver, a ver, creo que nos estamos desviando. Primero, ¿de acuerdo todos en fundar la Carrera de Literatura?&#8230; &#8230; &#8230; &#8230; &#8230; &#8230; &#8230; &#8230; &#8230; &#8230; &#8230; &#8230; Bueno, como el que calla otorga, asumo que es mayoría absoluta. Entonces, yastá, ya tenemos carrera, que es lo importante, luego decidiremos quién la va a dirigir.<br />
–Pucha, viejito, si Cervantes hubiera venido, a él lo habríamos nombrado director.<br />
–No seas burro, si Cervantes hubiera venido, ya estaría muerto.<br />
–Y eso qué importa, ¡póstumo, pues, director póstumo lo nombrábamos!</em></p>
<p style="text-align: justify;">Y si así no fue como sucedió, da lo mismo, pues lo que importa es que así podría haber sucedido. Ya que, finalmente, la literatura no es certeza, sino potencia.</p>
<p style="text-align: justify;">Y desde ese no tan lejano 1966, muchas cosas han cambiado en la Literatura, en su Carrera, en el país y en el mundo. De hecho, muchos de los antiguos estudiantes, ahora veteranos catedráticos, protagonizaron una especie de golpe de estado, con el objetivo de cambiar el rumbo que había tomado la Carrera, pues ellos no consideraban que hubiese que aprender latín para que los gauchos no nos entendieran, siendo suficiente para dicho fin, nuestra lengüita camaleónica. De esa forma, con la seguridad de hacer lo correcto, pero también seguros de que, en el futuro, gracias a su propio ejemplo, ellos mismos serían volteados por los cuervos que habrían de criar, asumieron el mando de nuestra Carrera. En ella me formé y en ella aprendí a reírme de la tristeza y llorar por la alegría; en ella descubrí que la literatura también se hace en las paredes o en las charlas de cantina; en ella descubrí que La Paz es todo, menos paceña, y que ese todo es más paceño que La Paz, porque el diálogo incesante de las culturas que pueblan este hueco, no sólo inventa ficciones cotidianas, sino también ficciones históricas, cuando no existenciales, nutriéndose de las múltiples voces, por tanto, palabras, que configuran este espacio imaginario.</p>
<p style="text-align: justify;">De la literatura, su carrera está en La Paz; de La Paz, su literatura, en libros, paredes, cantinas&#8230; en fin, en todo aquello que refleja y mantiene la ficción primigenia de este hueco: su nombre.</p>
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		<title>El Monolito</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jul 2010 10:00:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>urbandino</dc:creator>
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En septiembre de 2003, se realizó en La Paz el encuentro de escritores y escritoras del sur: Surescrituras. El discurso inaugural de dicho evento fue encomendado a la poeta, narradora y ensayista paceña Blanca Wiethüchter (1947 &#8211; 2004), quien optó por no hacer el típico discurso de circunstancia, sino más bien leer una crónica, a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.trestribuscine.com/estido/fotos/b-wiethuchter.jpg" alt="" align="left" /></p>
<p style="text-align: justify;">En septiembre de 2003, se realizó en La Paz el encuentro de escritores y escritoras del sur: Surescrituras. El discurso inaugural de dicho evento fue encomendado a la poeta, narradora y ensayista paceña Blanca Wiethüchter (1947 &#8211; 2004), quien optó por no hacer el típico discurso de circunstancia, sino más bien leer una crónica, a modo de presentar, a los amigos que nos visitaban, la ciudad de La Paz, sus habitantes, sus costumbres y, por qué no, sus pajas.</p>
<h3 style="text-align: center;"><strong>El Monolito</strong></h3>
<p style="text-align: justify;"><strong>H</strong>ace no muchos meses, en la noche del 15 al 16 de marzo, se realizó un evento particularmente importante y emotivo en esta altísima ciudad, bautizada por sus fundadores, como Nuestra Señora de La Paz. Tan exaltado fue el acontecimiento que esta Nuestra Señora pareció olvidar el recato y descubrir sus maneras de ser “así”. No puedo evitar ponerlos en antecedentes.</p>
<p style="text-align: justify;">En 1932, fue encontrado y desenterrado en Tiahuanacu, —pueblo prehispánico pensado por los aymaras como el taipicala, la piedra del medio, pues consideraban que este pueblo estaba en medio del mundo—, fue encontrado, digo, por un señor Benett y desenterrado por un Sr. Posnansky, un monolito esculpido en piedra, de siete punto treinta metros de altura, de 20 toneladas de peso y de turbante desconocido. En homenaje al explorador, el ídolo se llamó “Monolito Bennet”, extraviando no sólo su nombre aymara, “Pachamama, la diosa de la tierra del Panllevar”, que es muy posible que no fuera el original, sino también su naturaleza femenina, esculpida sobre las espaldas por múltiples trenzas al estilo de la casi extinguida comunidad de los chipayas. En 1933, esta impresionante imagen del Panllevar, labrada en piedra, fue trasladada a La Paz, a la Alameda, hoy día El Prado. Verdad o no, unos dicen que el cielo lloró a mares durante la mudanza y otros, que ingresó triunfalmente en la ciudad parada sobre la plataforma de un tranvía. En 1940 fue transportada a Miraflores, el barrio deportivo de La Paz, y colocada en un templete semi-subterráneo, construido a imitación del de Kalasasaya, donde fue hallada, como una promesa de santuario y Museo al aire libre. También esa vez, así cuentan, se cayó el cielo al suelo.</p>
<p style="text-align: justify;">Ahí se detuvo Pachamama de Panllevar. Había perdido a sus fieles pero no a sus visitantes. Así, todo estos años, a la intemperie. Los estragos del tiempo no dejaron de manifestarse pronto. La boca malograda despistó el contorno, los dientes, a estas alturas, ya no se perciben, la nariz ensanchada como está, ha desorientado el perfil, pero las lagrimas se están. A su izquierda, quedó también la solidaria acompañante, Pajsimama, la madre luna, siempre según parecer aymara ; juntas, quien sabe cuantos años, pues ambas pertenecen a la misma época. De lo que fue una no esbelta pero alta escultura de 8 metros según calculan, queda una cabeza en piedra gris de un metro y 20 centímetros, con el mismo itinerario que Panllevar, pero no destino. A Pajsimama le fue arrancado el cuerpo por medio de explosivos. Es ahora solo cabeza, sin pies ni manos, lo que no impidió transportarla, al igual que a su compañera de ruta. La mutilación de la madre luna, se hizo por doble codicia: buscar piezas de oro en el interior de aquel pétreo cuerpo femenino, aduciendo investigar el misterio de la construcción de Tiahuanacu, pues nadie pudo resolver nunca, —ni los aymaras—, el misterio de quién edificó la ciudad santa, ni de donde sacaron aquellos impresionantes bloques, no existiendo canteras en kilómetros a la redonda y, en segundo término, no buscar sólo oro en las entrañas de esta piedra peinada, sino la técnica secreta de “amasar las piedras”. Pero no encontraron nada.</p>
<p style="text-align: justify;">La polémica sobre la bondad de un retorno al sitio de origen de Pachamama de Panllevar, fue larga y minuciosa. Lo cierto es que hace ya rato las gentes no tenían acceso al Templete en Miraflores, impedidos como estaban por una altísima reja. La justificación del levantamiento de semejante baluarte se la podría encontrar tal vez, en las inscripciones sobre las murallas antiguas y que los guardianes del templete sospechaban ser recientes: “Marcelo ama a Lorena”. De manera que después de largas disquisiciones y para que “esta plaza no siga siendo objeto de la indiferencia pública y para que las piezas puedan ser debidamente admiradas y apreciadas” se decidió devolverla a Tiahuanacu, previa construcción de un hermoso Museo en el pueblo. Decir que el retorno legítimo de Pachamama de Panllevar, se justifica, además de lo dicho, porque en Tiahuanacu ya casi no existe nada para mostrar, es decir demasiado. Según malas lenguas hay un mundo por desenterrar y si bien un Chachapuma está en el Museo del Hombre en París, es necesario confesar de inmediato que en Tokio, en Valencia, en Praga, en Berlín y en Washington pernoctan a diario restos invalorables de la cultura Tiahuanacota. De verdad. Vayan a ver.</p>
<p style="text-align: center;">*** *** ***</p>
<p><img src="http://www.trestribuscine.com/estido/fotos/monolito.jpg" alt="" align="right" /></p>
<p style="text-align: justify;">El traslado iba a hacerse efectivo esa noche de marzo. En realidad ya habían comenzado los trabajos de excavación 10 días antes, pero para el tramo final se pensó en socializar el acontecimiento. Al Monolito había que decirle civilizadamente adiós.</p>
<p style="text-align: justify;">A las 19 horas del día 15 la plazoleta estaba en rebalse. La Paz estaba impactada. El barrio de Miraflores, lo mismo. “Cómo le van a hacer esto a nuestro barrio” decían. Pero el sagrado ídolo se iba, Nuestra Señora de La Paz perdía a uno de sus custodios.</p>
<p style="text-align: justify;">Se habían reunido las voces de la ciudad. Por un lado señoras, sentadas como montañas, luciendo sus mantas de vicuña, pañuelo o mandil en mano, murmuraba en aymarol, entre voces apenas audibles, la funesta decisión: ay qué será de nosotros, Tatito, ahuracito, qué será de nosotros, ay qué será: maldición es, diluvio es, sangre es…”</p>
<p style="text-align: justify;">“Profanación, profanación”, clamaban algunos corazones entre sollozos mal contenidos. En tanto, pronunciados por labios distintos y pintados, se deletreaba en ritmo femenino: Espíritu Santo, sálvanos; protégenos, Santísima Trinidad “todas las noches llora el Monolito, ay Jesús, Jesús María, todas las noches se pasea el Monolito.</p>
<p style="text-align: justify;">Palpitaban voces, por todas partes se oían las voces:</p>
<p style="text-align: justify;">—Lo que digo tiene fundamento científico, el Monolito Bennet tiene diseñado en su espalda un calendario agrario. 12 meses con 30 días cada uno, dividido en tres semanas de a 10 días cada uno.<br />
—¿Quieres decirme que han inventado la pólvora?<br />
—Te aseguro que es un almanaque agrario y tiene que ver con la Puerta del Sol&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Musicalmente interrumpía otra fonética —Ay Achachilas, abuelos, Ayúdennos en este trance…Ay Tomás Huanca, ay Fortunato Condori, ayudadnos con vuestra alma&#8230;—, para continuar en otro de los flancos de la muchedumbre:</p>
<p style="text-align: justify;">—En Tiahuanacu hablaban puquina, no aymara, hermanito. Tiahuanacu en su origen no tiene nada que ver con los aymaras.<br />
—Sí, pero yo he leído que tiene que ver con los extraterrestres.<br />
—No hermanito, nada que ver, fueron los sobrevivientes de la Atlántida y como tales eran atlantes, at-lan-tes<br />
—Y si fueron atlantes, ¿por qué han desaparecido sin dejar rastro?<br />
—¿Y para qué querían un almanaque agrario los extraterrestres? Si han llegado aquí, ya sabrían pues todo eso, ¿no vé?</p>
<p style="text-align: justify;">Mientras otras bocas, más calmadas, de individuos empaquetados en chamarras de plástico, auguraban para el Monolito Benett un futuro glamoroso y saludable en su nueva vivienda.</p>
<p style="text-align: justify;">Sí, se oían otras lenguas. Entre ellas el alemán y como siempre el inglés. Nadie podía quedarse callado, como si las palabras, dichas a esta altura, pudieran salvar a quienes las pronunciaban de la responsabilidad del traslado. “Yo he dicho que no se lo lleven, yo hey dicho. Ya ven, maldición era”. Pero todos sabían que era inevitable porque ya las autoridades lo habían decidido y las autoridades estaban a punto de llegar. Además, tantos días que los arqueólogos y los ingenieros trabajaban en eso.</p>
<p style="text-align: justify;">—Que acaso no saben, el Monolito esconde otras cosas —decían los chamarreros de cuero—. Pero dicen que ya las han sacado los alemanes. Porque, primero, hay que saber que el templete subterráneo éste, no es igual al original, porque en este han metido símbolos nazis. Ellos son los que han ocultado tesoros debajo del Monolito. Dicen que son dos tubos de oro labrados por los mismos germanos y que, escuchen esto: fueron los alemanes (te apuesto que neonazis, porque estos desgraciados se las saben todas) los que financiaron la limpieza del Monolito antes de su traslado para luego sacarlo de aquí. Nadie sabe el contenido de los tubos, pero te apuesto lo que quieras que ya no existen porque ya se los han llevado.</p>
<p style="text-align: justify;">Unos otros del nosotros afirmaban también a viva voz la urgencia absoluta de quedarse, “de no irse para nada, dure lo que dure, tarde lo que tarde,” pues el monolito estaba asegurado en diez millones de dólares y “vaya uno a saber lo que las autoridades son capaces de cometer por 10 millones de dólares ¡hay que vigilar, hermanito, hay que mirar si pescamos algo. Escucha, la estrategia, dicen, es hacerlo caer, lo quieren dejar caer, destruir, Plaf, hermanito, ¿te das cuenta? Qué bestias, ¿no? Qué fácil, no&#8230; La gente mira: un accidente. Pero yo te juro por lo más santo que los denuncio, carajo, ya me van a conocer a mí. Te lo juro, porque ya basta de jugar con nosotros. No hay que dejarlos. No lo vamos a permitir. Mientras más ojos mejor. No nos van a timar”.</p>
<p style="text-align: justify;">Y aún otros, del mismo nosotros, aseguraban que debajo de Monolito se escondían ciertos mapas que iban a permitir, finalmente, saber la antigüedad de Tiahuanacu. ¿No sería ese el contenido de los tubos? Cabría preguntarse. Y todavía otros afirmaban que, dentro de un feto de llama allabajo, se hallaría uno de los dedos del Inca, el índice para más datos. La cosa hervía.</p>
<p style="text-align: justify;">Para el evento la Alcaldía había contratado a la Jazz Band y a la extraordinaria Luzmila del Carpio. Los Mallkus, expresamente invitados y transportados en minibuses desde el Altiplano, ahí estaban, emponchados ahora y agrupados en un rincón que habían inventado ellos mismos. Es extraño el talento que tienen para inventar rincones. ¿no les parece? Ahí estaban gentes de la prensa, artistas de toda índole y público en general. Los Mallkus murmuraban todo el rato, dice que decían que ya no querían aguantar los abusos. Pero no se oía. Y dice que decían también oraciones, todo el rato, pero no se oía, mascaban coca y tomaban alcohol, y no se oía. Y dice que entre ellos hay un yatiri esperando que lo saquen al Monolito. ¿Qué hará?. Lo challará pues. No se sabe&#8230; Se habían traído músicos que tocaban Sikus de Italaque. Uno de ellos parecía sumamente importante. Se rumoreaba que era primo legítimo del Mallku de los Mallkus, Felipe Quispe. No sabemos si Felipe Quispe estaba por ahí. Pero quién sabe. Con ellos nunca se sabe.</p>
<p style="text-align: justify;">Desde el palco de los arqueólogos que estaban parados al borde del templete, ahí donde podían mirar desde arriba las manipulaciones del ingeniero y del obrero, con miles de ojos atentos encima, esperando algún milagro. “¿Qué milagro? No sé, siempre hacen milagros estos”, provenía la voz clara y definida del saber sin susurros.</p>
<p style="text-align: justify;">—Yo soy ateo, Doctor, creo en la ciencia, creo en la tecnología. Lo demás es opio para el pueblo.<br />
—Que “ocurrente”, Doctor, pero hay que respetar el sentimiento popular. Es un ídolo y pertenece a su habitat religioso.<br />
—Esta bien, está bien, no trato de ser irrespetuoso.</p>
<p style="text-align: justify;">Un estudiante cercano a los arqueólogos, grabadora en mano registraba toda la conversación. Decían que estaba haciendo su tesis en Harvard o en Yale, o tal vez en Corneille o dónde sería. Como siempre, hermanito, sacan materia prima de aquí y nos la devuelven registrada en inglés. Oh yes.</p>
<p style="text-align: justify;">Ya habían pasado muchas horas desde las horas 19 y el Monolito Bennet seguía en manos del que manejaba el martillo hidráulico. Había cantado Luzmila; la Jazz Band le metió durante una hora. Todos los actos programados ya se habían sucedido. Solo los sikus seguían dándole de vez en cuando. Todos sabían que había maleantes rondando y que era mejor tener cuidado con las carteras. Estos aprovechan precisamente estos ratos&#8230; Pero la cosa no avanzaba para nada. Las guaguas lloraban. Algunas madres, para divertir a sus chicos, les contaban adivinanzas; A ver, chicos, a ver si saben esta: Qué cosa es/ qué cosita es/ hay un señor que teniendo pies no anda, teniendo manos, está tieso, teniendo ojos no ve. ¿Qué cosa es esto? Los tres chicos adormilados y hartos y estupefactos no atinaban a responder. —Qué es pues eso, mamita. —Nayra qala jaquiwa hijito, El Monolito pues, no ves que lo estamos mirando.</p>
<p style="text-align: justify;">Gran parte de la gente se iba y venían otros o los mismos ya no se sabía. Vendedoras de café y sandwhicheras. Los teléfonos móviles iban y venían ofreciendo llamadas. La tensión iba en aumento. Súbitamente un hombre se saca su sombrero y sin previa inquietud comienza por gritar “hora” tratando de apurar el trance. Su reclamo no cae en saco roto y una parte del público ahora alborotado clama impaciente: “hora, hora”, mientras el restante intenta hacerlos callar. “Silencio, carajo, esto no es un espectáculo”.</p>
<p style="text-align: justify;">Cundió la noticia como pólvora, la hora del Monolito se fijó para el amanecer. Benett partía con las primeras luces del sol. La gente debía aguantar. Extrañamente comenzaron a aparecer más personas que se acomodaron a codazo limpio. De pronto se hizo un silencio espeluznante. El hombre del martillo hidráulico emergió del Templete y simplemente se fue sin decir esta boca es mía. El público estaba estupefacto. Si todavía nada estaba listo. Los Mallkus dejaron de mascar, una pareja de gritar, las señoras sacaron sus pañuelos. Después de varios minutos incomprensibles y expectantes para todos llega el desayuno para los arqueólogos: api con llauchas. Un rumor cada vez más frenético anuncia el desconcierto del abandono del hidráulico. El ingeniero, a la intemperie, se queda con martillo y sin obrero. No sabe qué hacer y nadie sabe qué hacer, y no le dan nada, ni empanadas ni nada. Entonces decide seguir trabajando solo. La salida del sol se hacía inminente. Los arqueólogos comen y luego se ponen todos una chamarra azul. Las chamarras azules de los arqueólogos sugieren cambios. A callar. Llegan gentes de la Alcaldía y fotógrafos que inmediatamente acosan a los arqueólogos con el clic. Un gran rumor de beneplácito recorre al público. Aplausos por las fotos y aplausos por la honorable Alcaldía que ahora reparte galletas y estickers en forma de Monolito. Pero las mujeres lloran porque se va el Monolito. Dicen que el diluvio de febrero lo causó la idea de trasladar el Monolito. Que van a poner una réplica exacta. Pero que eso no es lo mismo. Peor se va a enojar el Monolito. Los Mallkus no dicen nada y siguen bebiendo alcohol. Y nadie los oye. Mientras comen galletas y piden café llegan dos enormes grúas. Los arqueólogos reaccionan calzándose de inmediato gorritas también azules. Los fotógrafos cumplen y más fotos. Las grúas están en posición. Otro silencio mortal. Ha llegado el momento, se lo siente en la atención, en la respiración, en el sudor, en las gorras cuando súbitamente irrumpe el silencio una escandalosa banda de músicos tocando la diablada, bajando por una de las calles que dan a la Plaza, acompañados por bailarines disfrazados de Mentisanes, Cevimines Inti, y los Tónico Inti con cuernos de toro. De inmediato reaccionan los financiadores del evento con sus banderines de Tosalcos y ambas empresas entran en polémica. Alcos envía por la policía que aparece rauda y apresa y carga a mentisanes y cevimines a una camioneta, pues la empresa farmaceútica Inti no había pagado ningún derecho de publicidad en el acontecimiento. En respuesta, la indignada banda responde interpretando “Viva Santa Cruz, bella tierra de mi corazón”, que no tenía nada que ver con los monolitos, porque en el trópico, según se sabe, no estuvieron nunca los extraterrestres. Sólo en la Isla de Pascua y en el Altiplano boliviano, hablando del Sur.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Ay hermano, qué melancolía, qué sol negro de la melancolía me invade…!</p>
<p style="text-align: justify;">Pero a todo esto, el Monolito estaba ya en el aire, asido por las dos grúas. Se tambalea. La gente grita. Se balancea. Ulular generalizado. Los Mallkus permanecen acuclillados, susurran en aymara, pero nadie los oye, las señoras se desmayan entre sus pañuelos. Gritos y suspiros. Se oyen todos los idiomas a la vez. Los arqueólogos se abrazan, piden otra fotografía antes de saltar al interior del Templete; los periodistas enloquecidos sacan fotografías del Monolito que ahora va a aterrizar con cierta prudencia en la plataforma de un trailer. Mientras los periodistas se abrazan, un desconocido brazo azul se eleva desde las profundidades del templete mostrando una cabeza de llama. Aplausos y lágrimas. Los Mallkus se levantan, Los chamarreros de cuero se levantan, las señoras se levantan, los banderines de la Alcos se levantan. Todos corren hacia el Monolito que ahora yace sobre el trailer a la orilla del templete. Lo tocan, lo challan con alcohol, lo bañan en hojas de coca, le oran, le rezan, las plegarias se escuchan hasta la Florida por las montañas, hasta el Lago. No hay lengua trabada. Se elevan los globos de la Alcos. El enorme motorizado hasta ahora impaciente con las manos y las hojas de coca y el alcohol, parte finalmente, para dar una vuelta de popularidad alrededor de la plazuela. Llanto generalizado hasta que el trailer se orienta rumbo al Altiplano. La gente se queda ojaleando.</p>
<p style="text-align: justify;">Ese mismo día lo llevaron por todos los pueblos cercanos al camino que lleva a Tiahuanacu para que la gente tenga la oportunidad de despedirse y otras para recibirlo.</p>
<p style="text-align: justify;">Ahora está en el Museo del pueblo de Tiahuanacu, desde el 23 de marzo, que es nuestro día del mar perdido.</p>
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		<title>Ciudad ladrillo</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Jul 2010 22:15:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>chochoe</dc:creator>
				<category><![CDATA[fotografía]]></category>

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		<description><![CDATA[]]></description>
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		<title>Ciudad de ladrillo</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Jul 2010 21:19:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>corigangar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Hibrido]]></category>

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		<description><![CDATA[
La montaña, con el paso de los años, se fue poblando de las vidas atraídas por el llamado de La Paz. Algunas llegaron rodando del altiplano y sembraron, generación a generación, su sangre en la ciudad; otras subieron de la hoyada, ahuyentadas por los edificios. Ambas hicieron la ladera de ladrillo que en las noches [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img src="http://www.trestribuscine.com/estido/fotos/ladrillo-p.jpg" alt="" /></p>
<p style="text-align: justify;">La montaña, con el paso de los años, se fue poblando de las vidas atraídas por el llamado de La Paz. Algunas llegaron rodando del altiplano y sembraron, generación a generación, su sangre en la ciudad; otras subieron de la hoyada, ahuyentadas por los edificios. Ambas hicieron la ladera de ladrillo que en las noches late como polvo de miles de estrellas estornudadas por el cielo.</p>
<p style="text-align: justify;">En la ladera oeste, hay un sendero de concreto que baja desde La Ceja de El Alto, al que llaman las mil gradas. Esta culebra de cemento que empieza en las antenas, lleva las vidas que descienden a trabajar en la periferia o en la lejana zona sur. De igual forma, contra la gravedad, trae las historias de quienes retornan de la ciudad con su cansancio a cuestas.</p>
<p style="text-align: justify;">El que habita en la “ciudad ladrillo” sabe de la distancia a partir del ascenso y el descenso. El norte está arriba, el sur abajo; el este y el oeste se proyectan ascendiendo también por los cerros. Sin duda el habitante de los barrios que trepan sabe de su lugar a partir de la presencia de los cerros. Por eso no sorprenden el asombro y desorientación cuando el habitante de la hoyada  llega al llano, ya que para el urbandino, norte y sur no tienen sentido sin el arriba o el abajo. Por eso se pierde, por eso está incompleto sin la presencia de la montaña.</p>
<p style="text-align: justify;">La ciudad en la ladera, como geografía que late, sostiene con paciencia en sus espaldas los ladrillos que la habitan. Sin embargo cuando llueve se cansa y sacude todo, vidas incluidas; con fuerte estruendo se ablanda y exhala mazamorra, estornudando catres, calaminas, muebles y cuerpos.</p>
<p style="text-align: justify;">La ladera tose con dolor en época de lluvias, y sobre todo por las noches. Es un hecho misterioso que a muchos perturba, y a otros alumbra, el que los derrumbes se produzcan antes del alba, en aquella hora donde las vidas entregan confiadas su sueño a la montaña.</p>
<p style="text-align: justify;">La ciudad de ladrillo, sin embargo, insiste en seguir trepando y en llenarse de más vidas, desafiando el dolor en el cuerpo de la montaña; así es como debe ser, así es como seguirá siendo.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.trestribuscine.com/urbandina/1544/chochoe/ciudad-ladrillo">Visitar la exposición virtual &#8220;Ciudad ladrillo&#8221;, de Roberto Dorado</a></p>
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		<title>Dos imágenes de la ciudad: Cerruto y Saenz</title>
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		<pubDate>Sat, 17 Jul 2010 10:00:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>urbandino</dc:creator>
				<category><![CDATA[ensayo]]></category>

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		<description><![CDATA[Rubén Vargas -poeta y literato paceño- nos ofrece una entrada de lectura a las poéticas de Óscar Cerruto y Jaime Saenz -paceños también-, considerados como los principales poetas de vanguardia en Bolivia.

0.
Ya que se trata de mirar-reflexionar sobre la ciudad, propongo, de modo muy sumario, dos imágenes de ésta en la poesía boliviana contemporánea. La [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><strong><em>Rubén Vargas -poeta y literato paceño- nos ofrece una entrada de lectura a las poéticas de Óscar Cerruto y Jaime Saenz -paceños también-, considerados como los principales poetas de vanguardia en Bolivia.</em></strong></p>
<p style="text-align: center;"><img src="http://www.trestribuscine.com/estido/fotos/16puerta.jpg" alt="" /></p>
<h3 style="text-align: justify;">0.</h3>
<p style="text-align: justify;">Ya que se trata de mirar-reflexionar sobre la ciudad, propongo, de modo muy sumario, dos imágenes de ésta en la poesía boliviana contemporánea. La primera corresponde a la poesía de Óscar Cerruto (1912-1981); la segunda, a la poética de Jaime Saenz (1921-1986). El referente de ambas imágenes es la ciudad de La Paz, aunque, casi no hay necesidad de decirlo, lo que estos poetas hacen es inventar, en el más alto sentido, una ciudad. Y el poder de esa invención se plasma en imágenes que pueden operar –de hecho la hacen– ese complejo proceso de reconocimiento y desconocimiento que mejor define la noción de imagen que aquí interesa.</p>
<h3 style="text-align: justify;">1.</h3>
<p><img src="http://www.trestribuscine.com/estido/fotos/16cerruto.jpg" alt="" align="left" /></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Estrella</em> <em>segregada</em> (1973) es uno de los nudos más importantes de la obra poética de Óscar Cerruto. El libro se abre con el poema “El resplandeciente” (Illimani en lengua aymara) en el que emerge con toda nitidez una imagen de la ciudad. Esta imagen se construye con una lógica opositiva: la montaña, arriba, y a sus pies la ciudad. La montaña –“enigma de fulgor y escalofrío”, “pira mineral”, “casa de los hálitos astrales”, “ardua torre”– asiste a un “hervidero de la vehemencia” que se teje a sus pies, a la “comedia carcomida por el tiempo del disturbio”, al río del “débito y la fábula”, a las “cancerosas calles tatuadas por el orín y las blasfemias”, a la “plaza que huele a epitafios”. En esta imagen, la eternidad de la montaña se opone a la agonía de la ciudad. El tiempo del mito se contrasta con el tiempo de la historia, del poder, que todo lo degrada. Pero la contundencia de esta oposición –tiempo mítico / tiempo de la historia– no debería llevar a equívocos. No tienen una valoración positiva el primero y negativa el segundo. El tiempo mítico en la poesía de Cerruto también está definitivamente clausurado, como puede verse ya en <em>Patria de sal cautiva</em> (1958) donde la historia ha convertido a los hombres de esta tierra en una “raza de réprobos”, “alcurnia de proscritos”, los dioses han enmudecido y ha sido abrogada “la altura de la dicha por el légamo del tiempo” (“Los dioses oriundos”).  El tiempo de la historia, de la caída, por su parte, es trabajado en toda su intensidad en <em>Estrella segregada</em>. La imagen de la ciudad en la poesía de Cerruto es, entonces, una imagen sombría, despiadada, acorralada entre un pasado que ya no puede decir nada y un presente carcomido por las “herramientas del dolo”. Frente a esto está la palabra poética, pero esta palabra no redime, testimonia: “Sólo publica el desprecio” (“Rayo contradictor”). Cerruto no cede al fácil expediente de mitificar la palabra poética. Si algún recurso hay contra el desastre de la historia es el silencio: “Una sola palabra / la no pronunciada / porque en ella está / inscrita / la dispersión de lo que amas”  (“El pozo verbal”).</p>
<h3 style="text-align: justify;">2.</h3>
<p><img src="http://www.trestribuscine.com/estido/fotos/16saenz.jpg" alt="" align="right" /></p>
<p style="text-align: justify;">La obra de Jaime Saenz –tanto su poesía como su prosa narrativa– está a travesada por una imagen de la ciudad. Esta imagen se construye y se desarrolla a partir de una oposición: exterioridad / interioridad. Pues, como lo dice en <em>Imágenes</em> <em>paceñas</em> (1980), “mientras una se exterioriza la otra se oculta”. Y casi no es necesario decir que a Saenz le interesa la última. En la poesía de Saenz, la imagen de la ciudad no es ni una geografía ni una historia, es un “estado” (como el Illimani, “se está”), aunque sin éstas esa ciudad no es posible: Saenz, sin localismos ni chauvinismos, es un poeta de la ciudad de La Paz. La ciudad para Saenz es el territorio de una búsqueda. Y esa búsqueda, como lo es por lo demás la dinámica de toda su obra, es la búsqueda de la realidad verdadera y de la unidad esencial. Así, para acceder a la realidad verdadera hay que atravesar el mundo de las apariencias y para llegar a la ciudad verdadera hay que atravesar la ciudad de las apariencias. Es un viaje o una peregrinación. Ya en su primer libro (<em>El escalpelo</em>, 1955), ese recorrido está motivado por la obediencia a las señales que hacen los espectros de la ciudad “que tienen el don del viaje y del olvido”. La imagen de la ciudad de Saenz está asociada a la interioridad –que no subjetividad, como se ha querido ver la poesía de Saenz–, a la noche –uno de sus libros esenciales se llama así–, a la oscuridad del cuerpo. La ciudad de Saenz es una ciudad interior, no marginal. La marginalidad supone una lógica horizontal, del centro a la periferia. La lógica de la ciudad de Saenz es, más bien, vertical (así se llama una de las revistas que dirigió): va de la superficie a la profundidad. Por eso la temporalidad de esta ciudad no es necesariamente la de la historia, si se entiende a ésta como una continuidad progresiva, sino más bien la del desplazamiento hacia un centro: “En las profundidades del mundo existen espacios muy grandes / –un vacío presidido por el propio vacío, / que es causa y origen del terror primordial, del pensamiento y del eco” (<em>Recorrer esta distancia</em>, 1973). La condición para emprender este recorrido, que llevaría a la revelación del “júbilo” y de la realidad verdadera es “saber decir adiós”, es el aprendizaje del “estar muerto”, que no es lo mismo que morir. Es, en suma, el despojarse de las apariencias para asumir la autenticidad. La imagen de la ciudad en la obra de Saenz es, entonces, una imagen “densa”: se construye por capas que progresan hacia la interioridad. Es también, en esta medida, una metáfora de su propia escritura: en esa interioridad, en el centro, aguarda una escritura, la verdadera. Esta escritura, sin embargo, es innombrable y sólo podemos saber de ella a través de las escrituras que la rodean.</p>
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		<title>¡Oh, linda La Paz! ¿Oh, bella ciudad?</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Jul 2010 10:00:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>disfonia</dc:creator>
				<category><![CDATA[cuento]]></category>

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		<description><![CDATA[
&#8220;Objetos de la Balsa”, de David Weiss (1982). Según Sandro Alberti, la imagen refleja tensión entre belleza y fealdad.
 
Son las once de la noche, y lejos de tener sueño, una vez anestesiado el dolor de mi pierna rota, no puedo hacer más que pensar en lo aciago de este día.
¿Era simple fatalidad –o llamémosle destino– [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"><a href="http://www.trestribuscine.com/estido/fotos/david-weiss-g.jpg" target="_blank"><img src="http://www.trestribuscine.com/estido/fotos/david-weiss-p.jpg" alt="Objects from the raft" /></a><br />
<span style="font-size: xx-small;"><em>&#8220;Objetos de la Balsa”, de David Weiss (1982)</em>. Según Sandro Alberti, la imagen refleja tensión entre belleza y fealdad.</span></p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">Son las once de la noche, y lejos de tener sueño, una vez anestesiado el dolor de mi pierna rota, no puedo hacer más que pensar en lo aciago de este día.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Era simple fatalidad –o llamémosle destino– que haya yo tenido que salir de mi casa a la hora acostumbrada para subirme a un minibús que decidiría cambiar de ruta tras un “vamos tomar Kantutani, trancadostá la Arce”, haciendo oídos sordos a mi “pero, maestro, yo voy a la Capitán Ravelo…”, y mis peores pensamientos formando un remolino de malos deseos –“lo voy a denunciar, cómo que está trancada la Arce, y cómo sabe finalmente, ¿tiene un monitor o algo que le avisa qué calles están trancadas?”–, pero a nadie pareció importarle. Algunas quejas, más bien amagues de quejas, creí percibir y nada más: ¿resignación total en esas caras aparentemente meditabundas? No sé. A estas alturas, creo que detrás de todo lo sucedido durante el día hubo más que un mal de ojo, o un toque de mala suerte.</p>
<p style="text-align: justify;">Tras el natural exabrupto luego de bajar donde pude para abordar la 6 de Agosto, no me quedó más remedio que apurar el paso, porque a quién le importa que se hayan cambiado las rutas de las calles con igual resultado –es decir, el mismo número de vías que suben y bajan, sólo que al revés– y tengamos los ciudadanos que adaptarnos como mejor podamos al orden del nuevo caos. Digo, bajaba apurando el paso y comprobando que no había ningún problema en la Avenida Arce para haber tenido que cambiar la ruta prevista, y que la única razón del chofer era subir más rápido, puesto que tenía el minibús completo, y más que completo, porque subí con un hombrecito pisándome los pies, sentado frente a mí –que iba en el primer asiento de atrás al lado de la ventana– acomodado como sea entre el voceador y yo, y con cara de felicidad por haber encontrado hueco en lo que, imagino, sería el único minibús que lo llevaba a destino. Inútil es negar que en ese momento una mezcla de molestia y pena se apoderó de mi garganta que no reclamó el atropello a los 25 cm. cuadrados de piso que me correspondían, y tuvo que conformarse con resoplar la injusticia y el eventual peligro de recargar así el vejestorio que ya va con alguien de más, que es el propio changuito voceador, para subir en el primer hueco que se encuentre a una cholita y su wawita y la muñequita de su wawita, pero qué se puede hacer…</p>
<p style="text-align: justify;">Había resuelto, entonces, dejar de gastar mis dos neuronas tratando de encontrar las ventajas ocultas de nuestro modus vivendi, cuando ya en la Avenida 6 de Agosto, desplegando un paso apresurado hacia mi trabajo, tratando de adelantar a dos viejitos que avanzaban a uno por hora, meto mi pie, qué digo mi pie, ¡la pierna entera!, a un huecaso de casi un metro de extensión existente ahí, porque –luego sabría– a la Alcaldía se le había ocurrido sacar de trecho en trecho uno de esos bloques de piedras que forman las aceras para ¿plantar florcitas?, ¿arbolitos bebés? –sólo Dios sabe–, dejando esos semipozos para que gente como yo, que no adivina obstáculos, se rompa la pierna y vaya a llorar a su casa o alguna radio caritativa tamaña desgracia.</p>
<p style="text-align: justify;">Fue dar un paso al vacío y, antes de que mi cabeza se agachara para ver dónde estaba el pedazo de suelo faltante, mi rodilla derecha ya había impactado contra el filo de la siguiente piedra, y yo, con el atontamiento, sólo me preguntaba cómo había llegado allí abajo en una calle con total apariencia de normalidad. Tenía toda la pierna izquierda metida, lo que es decir la mitad de mi humanidad, y la golpeada rodilla derecha, que molestaba cada vez más, me impedía asentar la pierna. Con todo el cuerpo torpe, no sabía ni qué parte mover para volver al nivel tierra; sin embargo, quedaba claro que algo grave estaba pasando porque un malestar desgarrante me llegaba hasta la sien. No exagero cuando digo que el golpe de pierna ha sido lo más doloroso que he sentido en mi vida.</p>
<p style="text-align: justify;">Luego del calor que abruptamente sentí en la cara –fruto del papelón de la caída y posterior desaparición de medio cuerpo–, lo que realmente tuve fueron nauseas. Dos jóvenes me sacaron, literalmente, del hueco mientras la gente próxima me veía aletargando el paso. La herida sangraba, por lo que su “tienes nomás que ir al hospital” fue aceptado por mi cara ya deformada por el dolor, dolor que, reitero, se iba trasformando en unas especiales ganas de vomitar. Paré un taxi y le dije que me llevara al Hospital Virgen de Copacabana porque, recordando que tengo un tío paco, fue el primer lugar que se me ocurrió. Ahora que pienso, también podía haber enganchado alguna clínica de la 6 de Agosto, pero con el tráfico de esa hora, mi subconsciente captó que la ruta hacia la Plaza España podía ser la más despejada. Pese al padecimiento que sufría, mi mente, pulcra todavía, pensaba en que era mejor abstenerme de revolcarme de dolor en el asiento trasero, como hubiera querido, porque, pobre tipo, luego le tocaría limpiar la sangre o hasta podrían confundirlo con un cogotero al ver las manchotas sobre una tela bastante suciecita, para ser sinceros. No obstante, al chofer no le importó mis buenas intenciones que, ya sé, no las conocía, cuando, aun viendo que me desangraba por la pierna derecha, contestó una llamada a su celular. “¿Qué hijaaa? No todavía, con pasajero estoy… No… no, spera nomás pues, en 15 minutos voyastar… Queeé… ya…., pero llamalo pavisarle`ps, ya… ya…”, y yo, “¡Ya pues, maestro! Rápido, ¡estoy maaaal!!!”, y pienso si no habrá una ley de tránsito que prohíba hablar alegremente por celular a los conductores, pero en mi caso es el colmo, “ya, ya, después hablamos, ¿ya…?”, y frena en seco en el Hospital, estampando mi herida en el asiento de adelante. Busco, en un esfuerzo sobrehumano, monedas en mi bolsillo para pagarle, agradeciendo dentro de todo que esto no hubiera ocurrido de noche, porque evidentemente hubiera tenido que someterme a un regateo de nunca acabar, y en mi estado hubiera terminado pagándole lo que pida, y sin cambio, obviamente.</p>
<p style="text-align: justify;">Bajo como puedo del taxi y no sé cómo no le he dejado ni una gota de mi preciosa sangre en todo el traqueteo, pero cada paso es un sufrimiento imposible de narrar. Le pregunto a un policía por dónde entro, y se limita a señalar con su dedote el camino hacia Emergencias, mientras pienso, “¿no será posible que avise a alguien para que me ayude a caminar o me consiga una silla de ruedas?”, y le digo casi llorando, “no puedo caminar, ¿me puede ayudar?”, y medio que me estira la jeta, pero se aproxima sin saber cómo darme el hombro.</p>
<p style="text-align: justify;">Avanzar con el buen hombre fue más complicado que caminar agarrándome de la pared, pero cuando lo consigo y atravesamos la puerta de un consultorio mínimo, encuentro a dos enfermeras que me preguntan qué es lo que me había pasado, a lo que respondo a gimoteos que creía que me había roto la pierna. Ambas se limitan a mirar y no se atreven ni a tocarme el pantalón, mientras yo suplico que llamen a un médico o que me den algo para el dolor, pero ellas sólo dicen “sí… sí…”, y van y vienen no sé a dónde y me dejan con mi sola alma en la camilla, sintiendo una orfandad telúrica y un exceso de saliva en mi boca que pronto estalla en una franca vomitadera.</p>
<p style="text-align: justify;">Luego de un rato, llega un tipo vestido de blanco, que asumo que es doctor, y ya a los gritos le digo que me dé algo por amor a Dios, que no puedo con el dolor, que ya hasta he buitreado; pero no, me engaño, porque el sujeto de blanco me dice que me calme, que va a llamar al doctor. “Entonces quién coño es este tipo”, pienso, y miro con ojos de perro a una de estas señoritas nerviosas y le digo que me dé algo, que sea buena, y casi me caigo de bruces cuando me dice comedida: “sí, no se preocupe, el doctor ya está llamando para ver qué le puede dar”. ¡Queeeé! ¡Cóoomo!, le digo, o al menos trato; ¡cómo que llamando!, ¿a quién?, ¿y le dice doctor? Y ahí me doy cuenta que todavía no me he muerto porque decido que nadie que esté vestido de blanco y se haga llamar doctor, y no sepa qué mierda darme, va a tocar mi pierna. Pero en eso vuelve a entrar ese nefasto ser y me dice “ya está&#8230; más bien no va a tener que comprar de una farmacia, habiámos tenido”, y abre una gaveta y saca algo que introduce en un catéter que luego clava en mi vena.</p>
<p style="text-align: justify;">Unos minutos después creo haber recuperado la conciencia como para maldecirlos con las fuerzas que aún me quedan e incorporarme para salir. Las enfermeras hacen el intento de impedir que me levante y no me queda otra que mentarles la madre, sus dos dedos de frente, su inoperancia, su modo de ser, lo que creo que son sus mayores aspiraciones y lo que considero, tanto como deseo, sea el final de sus días. Al medicucho, ¡qué digo medicucho!, al aprendiz de inyectador le escupo en la cara mi dolor y todo el dolor del mundo juntos, culpándolo del sufrimiento del pobre y del que no puede gritarle como yo, y cual Cuasimodo vuelvo a, prácticamente, arrastrarme hasta la puerta, tirándoles 50 pesos, que es lo primero que veo en mi billetera –acto que hice con repudio y gozo, lo confieso–. Paré un taxi pidiéndole que me lleve a la Clínica Rengel, y dar la vuelta la Plaza España me costó la tarifa normal. Nadie se apiadó de mi miseria.</p>
<p style="text-align: justify;">No puedo decir que este último recinto sanitario sea menos ruin que el anterior. Aunque terminaron poniéndome el hueso en su lugar, antes de preguntar por lo que me pasaba, me preguntaron si tenía filiación a algún seguro, y cuando yo clamaba por atención, otra vez al borde del derrumbe, replicaron que de eso dependía la habitación a asignarme. Supongo que tengo que celebrar el contar con una póliza que me cubre la consulta, y lamentar que por estar en periodo de carencia tendré que prestarme plata de mi primo para pagar la intervención. Mis siguientes cuatro sueldos estarán destinados a eso.</p>
<p style="text-align: justify;">Es triste, pero de sentir, diría que ahora no siento nada, ni en el cuerpo ni en la mente. No hay dolor, no hay hambre, no hay rabia, ni ganas de nada que no sea mirar el plafón de esta habitación para dos. En unos meses podré usar mi pierna como antes, me dijeron, y olvidaré este momento. Mejor dicho, terminaré de darle un sentido irremediable, un sentido que ya comienza a gestarse y viene apoyado por la radio de algún gil que parqueó su auto cerca a la Clínica, y escucha a todo volumen esa canción lamentosa de los Enanos que, irónicamente, ahora empiezo a comprender.</p>
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