Una ciudad sin culpas llamada Potosí- reseña

Escrito por disfonia disfonia - 15/09/2010 - 2 opiniones

Cuando pienso en los escritores cochabambinos que han y están produciendo buena literatura en y para el país, me es imposible no mencionar a Potosí 1600, ya que la calidad de esta novela deja en claro por qué su autor, Ramón Rocha Monroy, ganó el Premio nacional de novela el 2002.

Potosí 1600 es ante todo una construcción de la palabra, que abarca a su vez una construcción histórica, paródica, culinaria, mágica y barroca en todo el sentido de la palabra, por lo que podría escribirse en torno a esa burbuja de efímero resplandor folios de folios. De hecho, me extraña que sólo exista una tesis de licenciatura sobre ella, pero claro, deja de extrañarme, si pensamos en cuánto se lee en Bolivia, y en especial, libros que demandan un poquito más de atención e intención al lector. En suma: el respeto que tengo hacia esta novela me lleva a dedicarle las siguientes líneas, pensando especialmente en el lector que aún no ha ingresado en sus páginas, a partir de los aspectos que a mí me dejan conmovida, trasportada, muerta de risa y fascinada, sobre lo que pudo haber sido la historia de un Potosí en el siglo XVI, una tierra a la cual ningún milagro le era ajeno.

Empecemos señalando las historias que se cruzan y se tejen en esta narración que Rocha Monroy escribe “inspirado” en las crónicas de la Villa de Arzans Orsúa y Vela.

  • El amor de dos jóvenes –Pilar y Nicolás– que pasan las de Caín para estar juntos, debido a las diferencias nacionalistas de sus padres: vizcaínos y castellanos, que se asientan en Potosí continuando con las rencillas que llevaban a en España, en Potosí exacerbadas.

Mas ¿no me dejo llevar por una ilusión que al cabo se convertirá en desengaño cruel? ¿No habrá interpuesto sus ilusiones mi pobre fantasía a vuestra inocente mirada? Decidme si me equivoco, si alimento vanas pretensiones y soplad así las brasas que me consumen para reducirme de una vez a cenizas, pero no me hagáis esperar inútilmente, pues mi corazón, que yo creí recio y bien templado, se agita como una paloma cautiva y ya no sé de mí ni de cuento me rodea. (2002: 98)

  • La llegada a Potosí de la tropa de actores disfrazados de santos que logran asentarse allí por años de años, gracias al fervor de la gente que nunca dudó que la mismísima Candelaria y su corte había decidido instalarse en la Villa.

La Mamita de la Candelaria no era ajena al festejo, lo mismo que los arcángeles que en medio del regocijo general se confundían con demonios rezagados que no pudieron huir por el camino a Oruro y cruzaban aros y aros del ardiente líquido al punto de danzar juntos unas marchas que tenían un tanto de infernales y otro tanto de celestiales.

La fiesta amenazaba terminar cuando la virgen en persona pidió silencio y presentó a su ilustre comitiva: San Nicolás. San Benito, San Ramón Nonato, la Ñatita y el viejo, a quien La Candelaria llamaba el Cerro rico. Todos recibieron estruendosos aplausos. (2002: 50)

  • La historia del nacimiento de los 40 Nicolases, primeros niños que lograron sobrevivir a las inclemencias del tiempo en Potosí, como fruto de la intervención de San Nicolás, que en lugar de un santo bien pudo haber sido uno de los actores de la tropa (¿el Viejo?).

Ah, qué muchacho Nicolás. Mi hijo. Un día llamé al Arcángel San Gabriel y le di el encargo para Leonor, sí ¿la conoces? El arcángel debía anunciarle que la había preñado. ¿Quién? ¿Su marido? Por favor, si ni la tocaba. ¿Pero quién, entonces? Yo quería que alguien mío naciera aquí, a mis pies, y lo logré. Lo concebí con la puta de Babilonia y me presté el vientre de Leonor, y un padre putativo que, debo decirlo, fue un buen padre, aunque más puto que las arañas. (2002: 146)

  • Finalmente, la presencia del Bachiller enviado por la Audiencia de Charcas para intervenir en el conflicto entre los azogueros y la supuesta Corona, que dirige cartas tanto al oidor de la Audiencia, como a su “noble y cachondo amigo”, a quien escribe las más sinceras confesiones acerca del alma de la villa.

Recuerda lo que te digo, mi amigo y mi velador: Semen retentum venenum est. En Potosí hay demasiada dignidad; nada hiere más a un vizcaíno, pero también a un castellano o andaluz o extremeño o criollo, que le toquen su dignidad. Dignidad sin mancha, acrisolada dignidad, elevado a la dignidad de… como si la dignidad fuera la única virtud cardinal del hombre. ¿Digo blasfemias? Domine non sum dignus. De mí sé decir que no es la dignidad el atributo que más aprecio en mi persona, sino la humanidad, el asombro diario de respirar, de contemplar las riquezas de este mundo, de oír laúdes y voces femeninas, de saborear lo dulce, o salado y lo picante, de embriagarme de vino y de amor, de cumplir con mis entrañas, de visceralmente vivir. (2002: 156)

Si el lector teme quedar perplejo y perdido frente a este desfiladero de personajes y pendencias, no debe preocuparse, porque Rocha Monroy hilvana estos hilos históricos, económicos, políticos, amorosos, culinarios y hasta míticos, de una forma sorprendente, de tal manera que el producto, tras una lectura atenta, no genera confusión, sino un efecto maravilloso. En todo caso la confusión recreada obedece a la intención de poner en escena todas las posibilidades al mismo tiempo; la falta de solemnidad, la ironía, la intervención de factores no controlados humanamente. Pero ojo, no propiamente al estilo garcíamarquesiano, sino al estilo potosino: esto es, llevando al límite la ambigüedad de lo posible. El Potosí de Rocha Monroy es un espacio que logra poner en acción los límites de la realidad y la ficción, de lo que históricamente se ha concebido como “bien”, “real” o “probable” frente a un suepuesto “mal”, “mentira” o “posible”. Es natural a la lógica del relato, que no es ajena a la lógica de la Villa, la presencia de arcángeles y demonios celebrado en franca borrachera no se sabe qué –¿el gozo de vivir?–; encuentros sobrenaturales son constantes en una tierra con una gran vocación para el placer. Es decir, la moral, lo inmoral, adecuado, impropio o inconveniente, se confunden en la historia hasta anularse, lo que es más que una representación carnavalesca o paródica, siendo más bien la confirmación de un nuevo estado de valores, en una tierra aparentemente maldita y olvidada de la mano del Señor. En un escenario así, es perfectamente dable que el padre de los Nicolases hubiese sido un ángel, el demonio o el mismo Cerro, personificado en el Viejo (un actor). Con todo, no puedo dejar de valorar el trabajo de Rocha Monroy entorno a lo que puede considerarse como la “suspensión de la certidumbre”. Si nos regimos a un registro, queda claro que evidentemente la Candelaria es Pilarica, y los santos, los actores, y el Viejo, un hombre alucinado y, en fin, el escenario completo, una impostura que mentes crédulas, herederas del Medioevo, no pusieron en duda, de tal suerte que nosotros, lectores avezados, podemos comprender y admirar cómo así se suscitan los hechos y cuáles sus consecuencias. Sin embargo, esta postura “realista y racional”, no cancela en absoluto la posibilidad del asombro y lo inexplicable; de esa posibilidad que conecta a Potosí con el milagro, con la magia, con esa lógica que supera todo entendimiento y que hizo de la Villa un lugar donde “el cerro ha inventado una ciudad sin culpas, tan lejos de la Santa Inquisición que la larga mano de la justicia no se atreve a subir tan alto, donde hasta los cóndores sufren de sorojchi, que es como se llama en lengua india el mal de altura, que hasta los jugadores del virreinato de buenos Aires aducen como justificación de sus pérdidas” (véase el guiño a la derrota de la selección Argentina frente a la nuestra en las eliminatorias para el Mundial del 1992).

Esta es una novela digna de leerse y disfrutarse, una parodia abierta a la historia, el revés de lo que fue –asentado en una rigurosa investigación histórica–, el retrato del imaginario del habitante de la Villa, de lo que hace nuestra visión del mundo y la vida, así como la posibilidad a lo que bien pudo haber sido.

Literaturas bicentenarias- anuncio

Escrito por urbandino urbandino - 15/09/2010 - Nadie opinó aún

Desde hoy y hasta fin de mes, en Urbandina realizaremos un “homenaje literario” por los bicentenarios de Cochabamba y Santa Cruz. De ambos departamentos han surgido escritores valiosos para las letras bolivianas, por lo que consideramos justo reconocer sus respectivos aportes.

Dicho sea de paso, muchas felicidades a nuestros hermanos cochabambinos y cruceños.

La nueva rabia- reseña

Escrito por telemaco telemaco - 10/09/2010 - Nadie opinó aún

La nueva rabia: el fracaso en la reconstrucción de un personaje fundacional

Así como ocurre en el cine, en la literatura las secuelas dejan por lo general mucho que desear. Incluso escritores que aprecio y admiro mucho, como Osvaldo Soriano, han fracasado en la labor de otorgar un futuro alternativo a alguna historia querida. Recuerdo la desesperación con la que me hice enviar desde Santiago su primera novela, Triste, solitario y final (emocionado en parte por lo bello del título), y mi posterior desilusión al descubrir que las nuevas peripecias en las que Soriano enredaba a Phillip Marlowe, el entrañable detective de Chandler, no me movían en lo absoluto. Por supuesto, es un juicio personal, pues también recuerdo haber leído en alguna parte que Cortázar le envió una carta de elogio tras haber leído la novela. Sin embargo, el maravilloso cuento “El fin”, en el que Borges le da muerte a Martín Fierro en una pelea a cuchillo, es la prueba de que es posible retomar un personaje literario y darle un nuevo y digno destino.

Roberto Arlt deja en vilo al lector de su novela El juguete rabioso (1926) cuando abandona a su protagonista adolescente, Silvio Astier, en un momento de incertidumbre. Tras haber fracasado en el ingreso a la sociedad usualmente narrado en una novela de aprendizaje; Astier, en un acto de redención poco común, traiciona a su amigo el Rengo a manos de Arsenio Vitri, un empresario acomodado, a quien le pide a cambio un trabajo en Comodoro, al Sur de Buenos Aires. En este punto comienza La nueva rabia (2008), en la que el argentino Marcelo Eckhardt retoma la historia y lanza al protagonista a una serie de cavilaciones pseudo-intelectuales acerca de una sociedad argentina decadente.

Mientras que el narrador/personaje de Arlt puede ser tanto cómplice como crítico del adolescente en sus tribulaciones, el de Eckhardt está absolutamente desmarcado de ese primer sujeto y pierde la ambigüedad que enriquece algunas escenas inolvidables de El juguete rabioso, como los arrebatos de piromanía de Astier. En esta “segunda entrega”, el protagonista, ahora llamado Nicolás Radek (cambio de nombre dudosamente justificable incluso si el lector recuerda al líder comunista Karl Radek, tildado de traidor por Stalin y posteriormente asesinado), se convierte en un personaje bonachón con una conciencia social desmesurada, quien de hecho escribe por “una convicción ética”, para que su “relato ayude a quienes lo lean”. Si bien el personaje de Arlt se puede permitir decir: “baldía y fea como una rodilla desnuda es mi alma”, es imperdonable para el de Eckhardt, sobretodo al develarse desde un principio como un narrador ya maduro (aparentemente capaz de comprender su ingenuidad pasada) soltar la obviedad siguiente: “verdad y amor son dos sentimientos que pueden producir buenas ideas que cambien, si todos lo deseáramos, el mundo”.

En cuanto al lenguaje, Eckhardt prescinde de la ironía: su narrador pierde la mordacidad que lo caracteriza en ciertos episodios de El juguete rabioso y se permite observaciones que no escapan a la simpleza y la cursilería: “la injusticia es el gran mal. Debemos ser justos. Alzarnos contra la injusticia”. El autor tampoco retoma la utilización del lenguaje popular rescatado por Arlt o los arcaísmos o neologismos más que en contadas ocasiones y sin una finalidad clara. El texto está plagado de lugares comunes: “llegar a sus ojos era entrar en un mar”, que terminan siendo casi un recurso humorístico.

Esta secuela pretende ser una novela de ideas, las acciones son escasas y bastante pobres. El idilio entre Radek y Sara (su futura esposa) no requiere más que un par de miradas para consumarse; el reencuentro con el Rengo (con el obsequio final del Martín Fierro que previsible y convenientemente para la denuncia social, no puede leer por cuenta propia) estropea el sentido de la redención; el encuentro con un Borges joven es totalmente absurdo y tiene como único fundamento aparente la conocida angustia del poeta acerca de la argentinidad – una de las inquietudes de Radek es que se siente un “extrangertino”-. Por lo demás, éste y la entrevista con Perón sólo sirven para que el narrador introduzca con mayor facilidad divagaciones literarias o políticas según el caso.

La historia adquiere un tinte de denuncia social simplona y hace una interpretación política argentina y mundial de los años cuarenta exenta de la empatía y la comprensión que caracterizaba al primer Astier en temas tabúes como la homosexualidad. Radek no va más allá de tildar de locos y de animales a quienes no comparten su ideología. Eckhardt retoma la novela de Arlt casi un siglo después y en parte su incapacidad de reproducir el lenguaje y mantener la solidez de un personaje fundacional de la literatura argentina se debe tal vez a la separación temporal entre ambos. Hay que reconocer que Eckhardt al menos toma el riesgo de llevar a Astier/Radek al Sur, ese lugar mítico en las letras argentinas. De todas formas, es difícil, pasada la última página y al hacer un balance general de la novela, no recordar aquella famosa frase de Malraux: “la mala literatura está llena de buenos sentimientos”.

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BONUS

De nuestra “Biblioteca Pirata” puedes descargar tres novelas de Roberto Arlt: El juguete rabioso, Los siete locos y Los lanzallamas.

Rendez-vous- cuento

Escrito por Hefesto Hefesto - 7/09/2010 - 7 opiniones

Un cuento de la sección “Viajes”

Rendez-vous

Toulouse, 25 de abril

Querido amigo:

Aunque no lo creas, hoy he visto al diablo.

No es una mujer hermosa. No es un anciano venerable, ni mucho menos uno de esos engendros que pueblan la Biblia y los tratados de demonología.

Es una nena; sí, una nena que espera frente a la panadería. Lleva un vestido raído, unos zapatitos negros, el pelo recogido, y esos ojos como brasas miran fijos la vitrina llena de panes y de dulces. Me inclino sobre ella, le pregunto: “¿Y tu papá?”

Entonces, en un relámpago de hambre, me mira y mira las bolsas llenas de pan y de dulces. Esos ojos me miran, amigo, y me sujetan de inmediato las entrañas. “Quiero…”, dice, y señala las bolsas.

Nada más decirlo –me pregunto si en verdad lo dijo o si lo adiviné en su mirada–, meto la mano en una de las bolsas y saco lo mejor del pan y de los dulces.

La impaciencia de los mordiscos, del tragar ansioso, sin tregua, me llega al estómago hastiado, trabajado por los jugos gástricos. “¿Y tu papá?”, insisto.

Por toda respuesta, ella me tiende una mano tímida primero, torpe después, y finalmente tembleque –no sé si de goce o de vergüenza–. Y he aquí el sol de mediodía sobre nosotros, haciendo más desiertas las calles del domingo polvoriento.

No puedo evitar un estremecimiento al ver esas uñas negras, llenas de un emplasto parecido a la tierra y a la sangre, agarrarse del pan como de una rama en su caída hacia el abismo. “Me las comí”, dice ella, casi roja de vergüenza.

Más rojo yo, echando vistazos significativos hacia el interior de la panadería, le tiendo finalmente la mano, decidido a llevarla al albergue o a la gendarmería o al hospital o adonde sea que uno debe llevar a una nena así.

Pero le gustó mi casa. ¿De qué habrá servido que le dorara la píldora a la puerta de la gendarmería, frente al albergue, a las gradas marchitas del hospital? Un llanto incontenible, salido de madre y lleno de unos chillidos de la entraña del alma, regaba las aceras, la calzada vacía, trepaba como yedra hasta los balcones abiertos, publicando mi desgracia. En cambio, a la vista de mi pobre apartamento, de nuevo las brasas encendidas –agradecidas– y los zapatitos sobre el parqué antes de balancearse suspendidos del sillón de mis lecturas.

Tú sabes mejor que nadie, amigo mío, el vacío que tengo en las manos, en los pasos, desde hace tanto tiempo. La presencia puede borrarse –no la ausencia. Y te confieso que las manos y los pasos de mi hija y de su madre poblaron mi casa, casi físicos, hasta el día de hoy.

Tú sabes mejor que nadie que sería incapaz de hacerle daño a nadie –y menos a una niña–. Fíjate bien, entonces, en cómo sucedieron las cosas.

Bueno, llega la hora de cenar y la nena no se ha movido de su sitio. Mira fijamente el parqué, sin pestañear, casi sin respirar. Se derraman las sombras del anochecer y parece extasiada.

Unos escriben que el demonio habla latín; otros, que mezcla el italiano y el español. Lo cierto es que el demonio no habla. Desdeñoso del lenguaje humano, no condesciende a las palabras. No obstante, sabe hacerse oír mágicamente.

La prueba: susurrante cada sílaba, impregnada la voz por la saliva, sale de sus finos labios, sí, de su boquita inocente, una terrible amenaza. Se dirige a mí, lo sé. Estoy preparando la cena y levanto la vista y sorprendo sus ojos fijos en mis ojos. Bajo la vista; hago de cuenta que no he oído nada. Y el cuchillo sigue cortando los instantes en nerviosas rajas de silencio. “¿No quieres ducharte?”, me animo después de un silencio lleno hasta el borde.

Y, al volver en mí, la nena sale ya de la ducha, con una toalla envuelta en el cuerpecito, y otra, a manera de turbante, en la cabeza. Al quitársela, me deslumbra la cascada rubia de su pelo. ¡Cómo estaría de sucia para engañar a estos ojos mortales!

A la mesa, veo que agarra una muñeca. No es sólo una muñeca. Siento vértigo de sólo verla, después de años, a la mesa. “¿No tienes hambre?”, le pregunto.

Por toda respuesta, la nena aprieta –estruja– la muñeca contra su pecho. “¿No tienes hambre?”, repito con un hambre sin nombre.

Por toda respuesta, la nena balancea sus piernas desnudas. Entonces se oye, extraño tictac, el sonido pegajoso de sus pies descalzos sobre el parqué. “¿Tienes papá?”, le pregunto.

No contesta. Mira fijamente el salero y balancea las piernas desnudas. A unos metros, veo los zapatitos rotos, vacantes. Al volver la vista me doy cuenta de lo irremediable.

Ya le ha abierto la boca a la muñeca. Ya le ha abierto, con la punta del cuchillo, una brecha que sangra su inocente contenido. Y sin mover los labios, la llama por su nombre: “Josefina”, dice (pero sin decirlo) y le mete sal por la pobre boca de trapo. “¿Cómo sabes su nombre?”, le grito, eufórico de pronto.

Fogatas prendidas por un viento infernal, esos ojos me miran como si quisieran crucificarme. En un impulso ciego, el diablo destapa el salero y derrama toda la sal sobre la comida. Me asalta entonces (aún me atormenta) el penetrante olor del azufre. Y aunque no lo creas, en la montaña de sal humeante, distingo el rostro de mi hija que grita desaforada.

Pero me despierta el ruido de un plato hecho añicos y el llanto –el rugido– que atrae como un imán a la vecina. Y cuando me fijo, veo a la nena con la toalla en los pies y un alarido implacable en el pecho desnudo. Y cuando me fijo, tengo al vecindario a la puerta, que me mira con asco, al tiempo que los gendarmes me sacan a empellones de mi propia casa.

Nadie quiere oír lo que tengo que contar. Hasta el abogado me dijo con sorna: “Siga así: el asilo es mejor que la cárcel”. Como si fuera poco, soy latino. Y para colmo de males, todos creen que no existes, sólo porque no contestas al teléfono. Ya lo sé, no he dado signos de vida en meses, pero no olvides, François, que eres mi único amigo.

Seré viudo, huraño, todo lo que tú quieras; pero eso sí: no estoy loco. Locos están aquellos que se persignan al oír el nombre de Satán de mi boca ensangrentada por los golpes. Porque cuando lo has visto cara a cara, sabes –en un relámpago– que Dios no existe. Y en la noche de la celda brilla como nunca Su terrible ausencia.

REFERENCIA

Guillermo-Augusto Ruiz, EL FUEGO Y LA FABULA, La Paz, Editorial Gente Común, 2010.

Otro día en el paraiso- crónica, opinión

Escrito por perrorabioso perrorabioso - 3/09/2010 - 33 opiniones

Alguna vez se ha preguntado ¿por qué existe esa cantidad infinita de alojamientos en la zona de Villa Dolores? ¿Será porque el turismo es un gran negocio y la ciudad tiene una cantidad considerable de visitantes y turistas? Si pensó en lo anterior, no se engañe, esa no es la respuesta.

Pero así como le pido que no se engañe, tampoco se sienta mal. Conozco profesionales de las ciencias humanas, sociales y otras áreas que ignoran este segmento de la realidad y es verdad que no tienen la obligación de saberlo y preocuparse por ello, ya que, viviendo en el país de la mediocridad, yo también podría hacer flamear a los cuatro vientos mi ignorancia en miles de ámbitos que no son de mi especialidad y no sentirme mal por ello, ya que mi obligación como boliviano, seguramente es cuidar la perpetuidad de mis ingresos, olvidando que soy parte de algo llamado sociedad o en su mejor y más familiar expresión, formamos parte de algo que en los últimos tiempos está en boca de todos: comunidad.

Así, siendo parte de esta comunidad que tiene sus problemas como cualquier otra, casi nadie sabe -ni siquiera los que deberían- qué es la Violencia Sexual Comercial. Saber que es esta problemática social, ayudaría a entender las razones para que proliferen un sinfín de alojamientos donde decenas de menores edad, varones y mujeres desde los nueve años, son abusados sexualmente por gente que aprovechando su condición de soledad, abandono, necesidad, o dependencia, someten a estas niñas y niños a los peores ultrajes que se puedan imaginar.

¿Usted creería que alguien sería capaz de clavar un cuchillo en la vagina de una adolescente de quince años que estaba con cuatro meses de embarazo? ¿No? ¿Usted creería que existen pederastas que buscan a niños pequeños para llevarlos a vivir a sus casas y los obligan a tener relaciones sexuales a cambio de comida y fichas de juegos electrónicos? ¿Tampoco?

Si, es un mundo horrible este que a algunos niños y niñas les toca afrontar cada día, que al igual que muchos, piensan lejano e improbable de conocer.

Yo lo hice por tres años y seis meses, en las  sempiternamente caóticas calles de La Ceja de El Alto y creo que podría contar peores historias que estas, las cuales he visto, sin exagerar, casi a diario.

Podría contar por ejemplo, que la policía disfruta de prenderles fuego a los chicos y chicas que inhalan Thiner, usando el propio inhalante que usan los chicos y chicas para espantar el frío, el hambre y la soledad. Podría contar como disfrutan quemándoles los pies después de robarles lo que ellos han robado y que es peor cuando los chicos se niegan o se revelan, ya que les espera el paseo: cuando se los llevan atados a las motos hasta los confines de la ciudad para golpearlos a gusto y después de quitarles los zapatos, abandonarlos a ver si con un poco de suerte, mueren.

Podría contar que en septiembre del año 2008, la policía se llevó a varios chicos al Bosquecillo de Pura Pura para encerrarlos en una construcción y echarles gas lacrimógeno, hasta que pidan piedad y perdón de rodillas y que fruto de esto, un adolescente de quince años, y con problemas de consumo de alcohol, murió en medio de espantosas agonías en un alojamiento de la calle cinco de Villa Dolores, y que, no obstante esto, un órgano de prensa de El Alto tomó fotos morbosas de su cuerpo hinchado siendo trasladado en una ambulancia, con el amarillo título de: “Alcohólico muere en alojamiento”.

Puedo contar de los niños que roban tortas en los puestos callejeros de la calle cuatro de la avenida Antofagasta el día de la madre, para llevar un regalo y conseguir de algún modo el perdón o el beneplácito de sus padres y poder volver al hogar que se les ha negado, aunque sea un ratito. Podría contar de los niños y niñas que duermen en los árboles de la Plaza Cívica o de la Avenida 6 de marzo y que se amarran a las ramas con sus cinturones para dormir una noche en paz.

Yo podría contar cada una de las historias de los trece niños, niñas, jóvenes y bebés, que he enterrado en esos tres años y medio, los cuales murieron: acuchillados, de frío, por intoxicación, enfermos, en peleas o simplemente por indiferencia.

Podría, claro que podría, como que también podría hacerse la denuncia a la Policía -que alguna vez se hizo- y entonces, probablemente ingresaríamos en el campo de la metafísica, ya que comprenderá que estamos en Bolivia, y claro que eso no es un pecado ni una mala suerte, dejémoslo que para los que sin fines literarios han tenido que lidiar con la justicia en este país, esta es simplemente una cuestión estadística: un maleante más, un maleante menos, qué más da.

Podríamos acudir a las organizaciones que trabajan con ellos, que llegada la hora, pese a sus esfuerzos y la nula ayuda que reciben del gobierno, poco o nada pueden hacer, por temor a la “comunidad” y a las represalias vecinales que los acusan de “fomentar y proteger a los cleferos”.

Sin querer ser amarillista ni sensacionalista, podría contar todo esto, pero a veces escucho a la gente decir que es mejor así; que mientras menos maleante haya es mejor, que es mejor matarlos a todos, y ya no me dan ganas de contar nada.

No me dan ganas de contarle nada a la gente que ha olvidado que son niños, y que si están allá, durmiendo en las casetas de  cajeros automáticos y en los árboles de las plazas a quince grados bajo cero en el invierno alteño, es porque es un lugar mejor que sus casas. No me dan ganas de contarle nada a la gente que ignora que estos chicos están con cuatro o cinco enfermedades venéreas o VIH, ardiendo en fiebres mortales sin nadie que repare en su presencia si no es para golpearlos, prenderles fuego o aliviar su lujuria para después decirles putas y drogadictos. No me dan ganas de contarle nada a aquellos que no saben que si estas putas y drogadictos de menos de dieciochos años están adiestrando perros para que los cuiden de la policía, de los guardias municipales o de la seguridad privada, es porque los prefieren y confían más en ellos antes que en sus padres.

El fin de semana pasado murió el Panetón, un chico de dieciséis años que no sabía el porqué de su apodo. Algunos chicos cuentan que en una navidad se comió un panetón entero con una jarra de chocolate en menos de dos minutos y que de ahí, le quedó la chapa. Otros aseguran que fue por el lunar grandote que tenía en la mejilla izquierda. No se sabe, tampoco se sabe quiénes lo mataron a golpes y cuchillazos en un “Local” de La Ceja.

Así, en medio de bares donde los menores de edad beben lo que les da la gana y son buscados por adultos enfermos para usar sus cuerpos; en medio de alojamientos donde cientos de chicos comparten habitaciones por precios módicos, en medio del monumento al Che, en medio de este escenario donde se dan aparatosas redadas policiales, en represalia cuando un agente ha sido ajusticiado o el caso ha sido mediatizado a punta de imágenes morbosas y detalles sórdidos, en medio de todo esto, amanece en El Alto y para los chicos de la Ceja, solamente es otro día en el paraíso.

Oscar Martínez
Ciudadano