Una ciudad sin culpas llamada Potosí- reseña
Escrito por disfonia
- 15/09/2010 - 2 opiniones

Cuando pienso en los escritores cochabambinos que han y están produciendo buena literatura en y para el país, me es imposible no mencionar a Potosí 1600, ya que la calidad de esta novela deja en claro por qué su autor, Ramón Rocha Monroy, ganó el Premio nacional de novela el 2002.
Potosí 1600 es ante todo una construcción de la palabra, que abarca a su vez una construcción histórica, paródica, culinaria, mágica y barroca en todo el sentido de la palabra, por lo que podría escribirse en torno a esa burbuja de efímero resplandor folios de folios. De hecho, me extraña que sólo exista una tesis de licenciatura sobre ella, pero claro, deja de extrañarme, si pensamos en cuánto se lee en Bolivia, y en especial, libros que demandan un poquito más de atención e intención al lector. En suma: el respeto que tengo hacia esta novela me lleva a dedicarle las siguientes líneas, pensando especialmente en el lector que aún no ha ingresado en sus páginas, a partir de los aspectos que a mí me dejan conmovida, trasportada, muerta de risa y fascinada, sobre lo que pudo haber sido la historia de un Potosí en el siglo XVI, una tierra a la cual ningún milagro le era ajeno.
Empecemos señalando las historias que se cruzan y se tejen en esta narración que Rocha Monroy escribe “inspirado” en las crónicas de la Villa de Arzans Orsúa y Vela.
- El amor de dos jóvenes –Pilar y Nicolás– que pasan las de Caín para estar juntos, debido a las diferencias nacionalistas de sus padres: vizcaínos y castellanos, que se asientan en Potosí continuando con las rencillas que llevaban a en España, en Potosí exacerbadas.
Mas ¿no me dejo llevar por una ilusión que al cabo se convertirá en desengaño cruel? ¿No habrá interpuesto sus ilusiones mi pobre fantasía a vuestra inocente mirada? Decidme si me equivoco, si alimento vanas pretensiones y soplad así las brasas que me consumen para reducirme de una vez a cenizas, pero no me hagáis esperar inútilmente, pues mi corazón, que yo creí recio y bien templado, se agita como una paloma cautiva y ya no sé de mí ni de cuento me rodea. (2002: 98)
- La llegada a Potosí de la tropa de actores disfrazados de santos que logran asentarse allí por años de años, gracias al fervor de la gente que nunca dudó que la mismísima Candelaria y su corte había decidido instalarse en la Villa.
La Mamita de la Candelaria no era ajena al festejo, lo mismo que los arcángeles que en medio del regocijo general se confundían con demonios rezagados que no pudieron huir por el camino a Oruro y cruzaban aros y aros del ardiente líquido al punto de danzar juntos unas marchas que tenían un tanto de infernales y otro tanto de celestiales.
La fiesta amenazaba terminar cuando la virgen en persona pidió silencio y presentó a su ilustre comitiva: San Nicolás. San Benito, San Ramón Nonato, la Ñatita y el viejo, a quien La Candelaria llamaba el Cerro rico. Todos recibieron estruendosos aplausos. (2002: 50)
- La historia del nacimiento de los 40 Nicolases, primeros niños que lograron sobrevivir a las inclemencias del tiempo en Potosí, como fruto de la intervención de San Nicolás, que en lugar de un santo bien pudo haber sido uno de los actores de la tropa (¿el Viejo?).
Ah, qué muchacho Nicolás. Mi hijo. Un día llamé al Arcángel San Gabriel y le di el encargo para Leonor, sí ¿la conoces? El arcángel debía anunciarle que la había preñado. ¿Quién? ¿Su marido? Por favor, si ni la tocaba. ¿Pero quién, entonces? Yo quería que alguien mío naciera aquí, a mis pies, y lo logré. Lo concebí con la puta de Babilonia y me presté el vientre de Leonor, y un padre putativo que, debo decirlo, fue un buen padre, aunque más puto que las arañas. (2002: 146)
- Finalmente, la presencia del Bachiller enviado por la Audiencia de Charcas para intervenir en el conflicto entre los azogueros y la supuesta Corona, que dirige cartas tanto al oidor de la Audiencia, como a su “noble y cachondo amigo”, a quien escribe las más sinceras confesiones acerca del alma de la villa.
Recuerda lo que te digo, mi amigo y mi velador: Semen retentum venenum est. En Potosí hay demasiada dignidad; nada hiere más a un vizcaíno, pero también a un castellano o andaluz o extremeño o criollo, que le toquen su dignidad. Dignidad sin mancha, acrisolada dignidad, elevado a la dignidad de… como si la dignidad fuera la única virtud cardinal del hombre. ¿Digo blasfemias? Domine non sum dignus. De mí sé decir que no es la dignidad el atributo que más aprecio en mi persona, sino la humanidad, el asombro diario de respirar, de contemplar las riquezas de este mundo, de oír laúdes y voces femeninas, de saborear lo dulce, o salado y lo picante, de embriagarme de vino y de amor, de cumplir con mis entrañas, de visceralmente vivir. (2002: 156)

Si el lector teme quedar perplejo y perdido frente a este desfiladero de personajes y pendencias, no debe preocuparse, porque Rocha Monroy hilvana estos hilos históricos, económicos, políticos, amorosos, culinarios y hasta míticos, de una forma sorprendente, de tal manera que el producto, tras una lectura atenta, no genera confusión, sino un efecto maravilloso. En todo caso la confusión recreada obedece a la intención de poner en escena todas las posibilidades al mismo tiempo; la falta de solemnidad, la ironía, la intervención de factores no controlados humanamente. Pero ojo, no propiamente al estilo garcíamarquesiano, sino al estilo potosino: esto es, llevando al límite la ambigüedad de lo posible. El Potosí de Rocha Monroy es un espacio que logra poner en acción los límites de la realidad y la ficción, de lo que históricamente se ha concebido como “bien”, “real” o “probable” frente a un suepuesto “mal”, “mentira” o “posible”. Es natural a la lógica del relato, que no es ajena a la lógica de la Villa, la presencia de arcángeles y demonios celebrado en franca borrachera no se sabe qué –¿el gozo de vivir?–; encuentros sobrenaturales son constantes en una tierra con una gran vocación para el placer. Es decir, la moral, lo inmoral, adecuado, impropio o inconveniente, se confunden en la historia hasta anularse, lo que es más que una representación carnavalesca o paródica, siendo más bien la confirmación de un nuevo estado de valores, en una tierra aparentemente maldita y olvidada de la mano del Señor. En un escenario así, es perfectamente dable que el padre de los Nicolases hubiese sido un ángel, el demonio o el mismo Cerro, personificado en el Viejo (un actor). Con todo, no puedo dejar de valorar el trabajo de Rocha Monroy entorno a lo que puede considerarse como la “suspensión de la certidumbre”. Si nos regimos a un registro, queda claro que evidentemente la Candelaria es Pilarica, y los santos, los actores, y el Viejo, un hombre alucinado y, en fin, el escenario completo, una impostura que mentes crédulas, herederas del Medioevo, no pusieron en duda, de tal suerte que nosotros, lectores avezados, podemos comprender y admirar cómo así se suscitan los hechos y cuáles sus consecuencias. Sin embargo, esta postura “realista y racional”, no cancela en absoluto la posibilidad del asombro y lo inexplicable; de esa posibilidad que conecta a Potosí con el milagro, con la magia, con esa lógica que supera todo entendimiento y que hizo de la Villa un lugar donde “el cerro ha inventado una ciudad sin culpas, tan lejos de la Santa Inquisición que la larga mano de la justicia no se atreve a subir tan alto, donde hasta los cóndores sufren de sorojchi, que es como se llama en lengua india el mal de altura, que hasta los jugadores del virreinato de buenos Aires aducen como justificación de sus pérdidas” (véase el guiño a la derrota de la selección Argentina frente a la nuestra en las eliminatorias para el Mundial del 1992).
Esta es una novela digna de leerse y disfrutarse, una parodia abierta a la historia, el revés de lo que fue –asentado en una rigurosa investigación histórica–, el retrato del imaginario del habitante de la Villa, de lo que hace nuestra visión del mundo y la vida, así como la posibilidad a lo que bien pudo haber sido.




