“No hay mal que dure 200 años”- microensayo, opinión

Escrito por corigangar corigangar - 29/09/2010 - Nadie opinó aún

Paola Senseve Tejada

Paola R. Senseve Tejada es egresada de la carrera de psicología, actualmente es editora de la Revista Gourmet Pimenta y profesora de literatura del Colegio Francés. Se desempeña también como gestora cultural, organizando diversas actividades en la ciudad de Santa Cruz.   En 2008 ganó el II Concurso Nacional de Escritores Nóveles de la Cámara del Libro y Petrobrás con el libro de cuentos Vaginario. Sus cuentos y poemas han sido publicados en varias antologías y sus artículos en diversas revistas, páginas y periódicos del país.

Urbandina agradece el aporte de esta joven escritora cruceña y comparte a continuación la mirada que realiza sobre el estado de las artes y la literatura en Santa Cruz.

Veinticuatro horas al día, siete días a la semana, trescientos sesenta y cinco días al año. El tiempo parece ser monótono, circular y de repente todo puede ser diferente dependiendo del lugar. En Santa Cruz las cosas parecen tener su propio ritmo, incluso el tiempo. Los vientos de septiembre nos aceleran, el calor de fin de año nos aletarga y el gélido frío de medio año, nos paraliza. Los colores de la ciudad, verde y blanco, no solo son metáfora, el aire que se respira es húmedo y tiene un peso específico. A los cruceños nos determinan las condiciones climáticas, los colores de nuestra bandera, la geografía que nos regala horizontes sin final para donde sea que miremos, la historia que nos revela que nos adaptamos a los cambios rápidamente, que los sobrevivimos y por sobre todo, la hermosa sensación de que hay todavía mucho por lograr. Somos desde las vísceras y es desde ahí mismo desde donde proviene nuestro arte, nuestra música, nuestra literatura: una mezcla entre impulsividad y honestidad, ambas características de lo inevitable. Septiembre es el mes que nos hace recordar y revivir esas sensaciones y este 2010 es supuestamente mucho más especial, ya que los cruceños estamos celebrando nuestro Bicentenario libertario; pero en realidad poco tienen que ver esos doscientos años con los procesos que está viviendo ahora el departamento. Un par de semanas atrás se inauguró uno de los eventos artísticos más importantes de la ciudad: la Bienal de arte, dentro de la cual, una de las obras presentes es la de Roberto Unterladstaetter (ganador de la versión pasada). Se trata de un cuadro gigante que ocupa casi toda una pared de nuestra Casa de la Cultura Raúl Otero Reiche, que está pintado con letras negras, grandes y claras sobre un fondo blanco que dicen: “No hay mal que dure 200 años”.

Pues bien, Santa Cruz es básicamente eso, la esperanza, la posibilidad de un futuro mejor y la desesperación por equilibrar un futuro que nos ha embestido bruscamente, ya que el crecimiento económico del departamento ha sido desmesurado y se ha dado en un periodo corto de tiempo, por lo que la globalización y las riquezas nos han encontrado en pañales en lo que respecta a otros aspectos, como el cultural, artístico y literario. Pero desde aquí, ya no hay vuelta atrás, los espacios se están abriendo, los artistas están produciendo, y la población en general se está comenzando a empapar de esta “cultura urbana” que está rebalsando por todos lados. Lo altamente positivo de la situación cruceña en el arte es que, como hay una evidente carencia de academia -lo que resulta en carencia de crítica-, hay un incremento impresionante en los niveles de producción. Sí, resulta una contradicción, pero como mencionaba antes, los procesos de Santa Cruz son especiales. ¿Entonces, cuál es la situación del artista cruceño?, ¿del escritor?. Se forma de manera autodidacta, toma cursos, tiene que salir al exterior, volver y seguir luchando con un medio que es, al mismo tiempo, la idea perfecta de un paraíso abierto donde hay aplausos y espacios para el rubro, y que es hostil también. Es entonces una situación que responde a las características de un contexto poco favorecedor y que aún así se desemboca en resultados positivos. La literatura también se adscribe a este patrón y de manera muy particular, porque es tal vez la expresión artística más íntima e individual y hasta llegar a su público objetivo –el lector– tiene que pasar por un proceso o demasiado largo –como es el caso de una publicación en formato físico– o demasiado corto –en el caso de los medios alternativos como los blogs y demás herramientas de difusión en red–.

Al escritor cruceño no lo respalda la academia, ni la venia de algún padrino experimentado, porque todos son prácticamente huérfanos y autónomos. El escritor cruceño decide lo que lee, decide cuándo escribir y cómo hacerlo, sin tener que enfrentarse a paradigmas ni presiones. ¿Entonces, qué pasa? Pues, confusión. ¿Entonces qué hace el escritor? Produce y lo hace con una libertad que no cuenta con más parámetros que el círculo de artistas al que se adscribe. La población cruceña parece ávida de literatura y arte en general, hay una apertura interesante a las expresiones culturales, pero también hay situaciones que hacen pensar exactamente lo contrario, como que en menos de 3 meses distintos artistas presentaron denuncias públicas por casos de censura infundada. ¿Y luego qué? Nomás confusión. El artista cruceño produce confundido.

El escritor cruceño, más específicamente, vive amparado en el sueño dorado de ganar un premio o de acceder a alguna de estas editoriales que cada vez publican a más autores nuevos y jóvenes; en todo caso, ambos radican en la esperanza de golpes de suerte. Los premios, que funcionan como impulsos juegan un papel importante en el círculo cultural cruceño, que de alguna manera se ha manejado bajo las bases de una tradición social –no confundir con farándula– donde el reconocimiento es importante y a partir de ahí se pueden forjar los cimientos de una especie de “carrera literaria”. Y claro, la profesionalización literaria en Santa Cruz es menor, pero la producción es vasta y esto permite también el posicionamiento natural de una serie de parámetros que pasan a regir los estándares de calidad y al mismo tiempo abren consideradamente el abanico de lectores heterogéneos que encuentran propuestas a sus gustos dentro de la oferta nacional.

El escritor cruceño, escribe y produce confundido y aislado, porque por un lado se sabe esencialmente distinto al paceño, cochabambino, tarijeño, etc., y de alguna forma mira hacia fuera, pero hacia un afuera que está bastante lejos de su yo. Cabe aclarar que cuando digo que el artista cruceño produce confundido, no lo subestimo en lo más mínimo. Es más bien una característica que se ve reflejada en su obra. De alguna la literatura contemporánea cruceña han sobrepasado los temas de compromiso social, de folklorismo –desde el más tradicional y típico, hasta el moderno– y se ha concentrado en el individuo primero que es el escritor mismo; en la ironía, en el cotidiano de un departamento que está bullendo, que es histérico, tempestuoso y a la par es manso, parsimonioso y sigue viviendo con los resabios de lo que fue un pequeño pueblo alguna vez. Una sumatoria de características, con todas sus excepciones, por supuesto.

Una mirada panorámica de lo nuevo, de lo joven, sin tomar en cuenta la tradición y aquellos consagrados que se las arreglan también para adaptarse al ritmo actual y ambiguo de la ciudad. ¿La literatura cruceña está en pañales?; tal vez, sí. Los autores tienen ganas, puras ganas y brío. A veces les toca hacer malabarismos para conseguir consolidar una obra.

Un montón de nombres vienen a mi cabeza, y aquí se corre el riesgo de omitir a muchos, muchísimo, pero lo haré solo para dar ejemplo del arcoíris de tonos llamativos y distintos que configuran la literatura cruceña. Están por ejemplo Maximiliano Barrientos y Liliana Colanzi con una especie de ficción intimista, con personajes perdidos que se pierden en las inmensidades de sus pensamientos y cuyas acciones son mínimas. Tenemos a Emma Villazón, cuya poesía es desentendida y parece situarse en medio de la nada, flotante, ajena; inventa personajes y cuenta historias en sus versos.

Tenemos a Pablo Carbone, poeta también, anclado en un romanticismo que suele mezclarse con lo más cotidiano y duro de la ciudad. Pablo Osorio, con una poesía traviesa y juguetona, fuertemente irónica y calculada. Darwin Pinto, dueño de una prosa desgarradora, de un lenguaje potente que no se esconde en nada; creador de historias macabras, de personajes oscuros. Oscar Gutiérrez, amante de la ciudad, su poesía es envidiablemente “feliz”, sus imágenes poéticas tienen el sello inconfundible de la identidad cruceña y al mismo tiempo son universales.

Edson Hurtado, poeta sinvergüenza, cuyas temáticas –sexo, homosexualidad, perversiones, en su mayoría– se asientan en el colchón un lenguaje amable y musical. Claudia Peña, dueña de un lenguaje dulcísimo que cuenta historias fuertes y realistas. Carlos Valverde, conocidísimo por su literatura erótica. Oscar Barbery Suárez, cuentista calculador, amante del humor, por lo general describe personajes y lugares cruceños actuales. Giovanna Rivero, sólida e irreverente, sus historias son bastante oníricas, sus personajes son puntuales y crudos al igual que las acciones de estos. Y todo esto sin contar con los que faltan y aquellos cuya producción no ha salido aún a la luz, o que lo hacen por otros medios. Por último cabe preguntar: ¿mejorarían las cosas si Santa Cruz tuviera una carrera de literatura?, ¿si hubiera una academia establecida y formal de arte? Tal vez sí o tal vez para la etapa del proceso que estamos viviendo ahora, lo necesario sea esta libertad abrumadora que tienen los artistas en general. Gracias a eso dan ven cosas mágicas y únicas en el departamento, como por ejemplo, las colaboraciones entre fotógrafos, pintores, cineastas, músicos, escritores y otros para la realización de obras en conjunto. Es evidente que hoy en día, como no podía ser de otra manera, vivimos un auge de crecimiento de centros culturales, de actividades diversas, de gestores culturales –que son emprendedores y también autodidactas– , de trabajo en los barrios y mucho más, mucho más. Con esas premisas es fácil predecir, en pleno Bicentenario, que “no hay mal que dure 200 años”.

La cuentística cruceña- microensayo, reseña

Escrito por urbandino urbandino - 25/09/2010 - 5 opiniones

Este 27 de septiembre, se presentará el libro Lo nuestro, 200 años de cuento en Santa Cruz, cuyo contenido está conformado por una variada y amplia selección de cuentos, escritos a lo largo de los dos últimos siglos en el departamento más grande de Bolivia, lo cual implica que esta antología es, probablemente, la mayor y más representativa muestra de la narrativa cruceña. El responsable de la antología es Homero Carvalho Oliva, quien gentilmente nos cedió el permiso para publicar el texto que figura como prólogo del libro.

La ciudad de Santa Cruz nos habita*

“Un cuento, en última instancia, se mueve en ese plano del hombre donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran una batalla fraternal [....] y el resultado de esa batalla es el cuento mismo, una síntesis viviente, a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia…”.
Julio Cortázar

La literatura boliviana es tan rica como la de cualquier lugar del mundo. Sin embargo, así como nos falta hacernos conocer fuera de nuestras fronteras también nos falta conocernos entre nosotros. Hemos vivido, hasta algunas décadas, una historia de olvidos, como bien lo ha señalado en reiteradas oportunidades el historiador y novelista Alcides Parejas, en la que los escritores del Oriente boliviano, en general, y en Santa Cruz, en particular, no eran conocidos ni reconocidos en el país oficial, el de las postales altiplánicas y Palacios Quemados y mucho menos eran incluidos en los textos escolares ni en las investigaciones bibliográficas que se publicaban sobre los autores bolivianos y sus obras.

Algunos datos de este crónico olvido los hemos señalado en el prólogo a Santa Cruz, Antología de poesía, un dramático inventario del olvido. El poeta, novelista e historiador Ruber Carvalho Urey hace notar de manera extraordinaria muchas de estas omisiones en su Manual de Historia de Bolivia, una visión desde la llanura; libro en el que repasa la indiferencia y el marginamiento en el que vivieron estos territorios desde la Colonia, pasando por la República, hasta llegar a nuestros días.

El país está cambiando, la historia parece interpelarnos, vivimos tiempos de supuesta inclusión, sin embargo, para que nos tomen en cuenta es necesario luchar, hacer notar que existimos y que también somos Bolivia: un ejemplo patético del olvido se dio con el tema de “las novelas claves de la literatura boliviana”, donde fuimos nuevamente excluidos de la lista oficial. En esa ocasión reclamé mediante una carta a las autoridades pertinentes y logré generar todo un movimiento intelectual para que el Ministerio de Culturas ampliara el debate, la discusión dio como resultado la justa incorporación de autores orientales en el inventario final.

En el Manual de Historia de Bolivia, una visión desde la llanura, Ruber cita a Tristán Marof, un intelectual de izquierda que en 1936 afirmaba que “Bolivia es el altiplano” y reprochaba que “no obstante, su debilidad como nación, Bolivia se dio el lujo de llamar colonias a las vastas regiones del noroeste y del sudeste… Santa Cruz, Tarija y el Beni”. Éramos la colonia de la sede de gobierno. Parece que todavía lo somos, tenemos que dejar de ser el altiplano, para que podamos ser nación con todo lo que eso significa institucionalmente hablando, una sola nación en la que su diversidad cultural sea su fortaleza y no su debilidad como lo es hasta hoy. No basta decir que ya somos “Estado plurinacional” si desde la sede de gobierno nos siguen marginando.

El literato inglés Keith Richards, experto en literatura boliviana, que ha contribuido a la enciclopedia de cultura popular Latin America: Media Arts and Literature, afirma en la introducción a la Narrativa del trópico boliviano que “la búsqueda de una expresión literaria propia en la zona Oriental de Bolivia ha tenido que pasar por un largo proceso, empezando con una etapa durante la cual era vista por los forasteros como región prácticamente acultural”, aunque parezca exagerado, así fue; y por eso la realización del Taller del Cuento Nuevo, entre 1985 y 1986, dirigido por el poeta, novelista y periodista Jorge Suárez que incluyó a catorce jóvenes narradores, constituyó un hito en el posicionamiento de nuestra literatura a nivel nacional. Si bien es cierto que en Santa Cruz ya había escritores de muy buena factura, su obra no era conocida y se escribía para el campanario, la publicación de los cuentos de los participantes en dicho taller mostró la calidad de los cuentistas incluidos, cuentistas que no solamente eran de Santa Cruz, sino también del Beni y el Chaco. Este fue un taller que dio como fruto a algunos de los más importantes narradores nacionales, que luego se fueron incorporando en el panorama de la literatura nacional. A los escritores orientales nadie nos regaló nada, hemos ido ganando nuestro espacio con talento y esfuerzo y ahora somos reconocidos tanto en Bolivia como en el mundo, prueba de ello es que, a partir de la década de los noventa, muchos de nuestros autores empezaron a figurar en antologías nacionales e internacionales.

Sabemos que la literatura es un espacio en el que se integran la realidad, la ficción y el texto. La literatura —en tanto palabra— va creando la realidad, la ordena de acuerdo a la estética de cada uno de sus creadores y a los valores culturales que el medio nos brinda. Así, al escribir en Santa Cruz de la Sierra lo hacemos habitados por la ciudad, por la región; la cultura local nos va marcando a fuego, y aunque nuestros temas sean universales y escribamos sobre otros ámbitos y latitudes, lo hacemos insuflados por el alma de la región donde nacimos o de donde nos criamos o de donde decidimos vivir.

La narrativa escrita en Santa Cruz es una de las más interesantes y complejas tanto de Bolivia como de América, nació de una manera costumbrista para crear y fortalecer la identidad regional, como todas las literaturas lo hacen, y se fue enriqueciendo con las corrientes mundiales, especialmente las latinoamericanas, hasta dar con registros propios. La cuentística cruceña también pasó por las épocas oscuras de las dictaduras militares y fue rebelde, tomó partido y asumió su compromiso social y político; la democracia le devolvió la libertad de creación y ahora los autores trabajan con un mayor compromiso con la palabra y se abre tanto a la realidad social, económica y política como a sus mundos interiores en propuestas intimistas, existencialistas y también de ciencia ficción. De una literatura eminentemente localista ha pasado a ser nacional y universal, con una nueva concepción del lenguaje y de las formas literarias.

Hoy, los cuentos de los autores aquí reunidos expresan el español que se habla en Santa Cruz, sus arcaísmos, sus sesgos, sus acentos provinciales e incorporan una infinidad de palabras de los idiomas o lenguas nativas que enriquecen el lenguaje cruceño, brindándole nuevos significados a las palabras traídas por los españoles. Esta fusión no es particular, tiene que ver con la historia de América; el boom literario latinoamericano se explica, entre otras cosas, por este encuentro de lenguajes. Si bien el español que trajeron a partir de 1492 ya era rico en palabras, términos y expresiones, y podía ofrecer a los escritores de la vieja y monárquica España todos los giros que quisiera para nombrar el mundo por ellos conocido, no fue suficiente para nombrar lo que veía cuando llegó al Nuevo Mundo, tuvo que reinventarse incorporando las lenguas y la cosmovisión nativas tanto al lenguaje hablado como a la manera de mirar el mundo y el universo. Por eso y mucho más, es que la grande y maravillosa Cien años de soledad “nos” narra, recordemos cuando el narrador omnisciente cuenta que “el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

Ahora bien, remitámonos a los autores incluidos en esta muestra antológica, Alfredo Flores, un clásico de la literatura cruceña, con novelas como La Virgen de las Siete Calles, nos brinda, en prosa poética, una visión nostálgica de lo que pudo ser la vida en la Santa Cruz la Vieja, durante la primera fundación de esta ciudad peregrina; un hermoso y conmovedor relato. La prosa espléndida de Raúl Otero Reiche nos introduce al drama de la vida en el campo; y la vida en la Santa Cruz pueblerina del siglo pasado nos es devuelta en la prosa de Roger de Barneville. El lenguaje literario de Enrique Kempff Mercado es preciso, sin artificios, ni falsos ornamentos, sin duda alguna uno de nuestros más talentosos escritores.

En la literatura escrita en Santa Cruz hay cuentos que tienen como telón de fondo el mundo indígena, tal es el caso de Guido Bravo Rodríguez, Félix Bascopé Gonzáles, Alfredo Ibáñez y Freddy Estremadoiro que nos muestran, a su manera, lo que sería la remota cosmovisión de los pueblos de este lado del mundo. Hemos incluido también cuentos que buscan rescatar las tradiciones y leyendas populares como es el caso de Germán Coimbra; otros buscan mostrar lo local citadino tal cual lo hace exprofesamente Orestes Harnés con un cuento en el que se evidencia el habla coloquial del pueblo antiguo, así como el español casi colonial usado por Severo Vásquez, en un cuento en el que disfrutamos de palabras como “manifestóse”. Sin embargo, en esa búsqueda hay un rasgo que distingue nuestra narrativa, y es el humor, tan ausente en la literatura del Altiplano por ejemplo. Otros rescatan las formas del habla costumbrista de una determinada región del departamento de Santa Cruz como es el caso de Hernando Sanabria y Paz Padilla Osinaga, el espacio lingüístico de lo que es y lo que fue la provincia Vallegrande; el peculiar estilo de Paz Padilla lo ha hecho merecedor de premios y de estudios académicos.

En muchos casos llaman la atención los personajes femeninos tratados de una manera reverencial por los autores masculinos, reflejando la fuerte presencia de la figura materna que en el Oriente es muy posesiva. La mirada femenina está presente en los cuentos tanto de Blanca Elena Paz, poseedora de una hermosa como evocadora prosa poética que en este trabajo en particular nos lleva a la imagen de la muerte. Maestría que se da también en la siempre irreverente Giovanna Rivero, de la cual incluimos un trabajo donde ratifica su experiencia cuentística en un texto sobre el mundo doméstico, un cuento que parece tierno y light, pero que posee un final desconcertante y rotundo. Gigia Talarico se enfrenta de manera intimista a un tema delicado como es el de los discapacitados mentales y lo hace con un fino humor. En la mirada de Vicky León están los colonizadores, esa otra realidad que, hasta hace algunos años, nadie quería mirar en Santa Cruz y que ahora se presenta como los “otros”. Paola Senseve, la más joven de esta selección, juega de manera sensual y fantasiosa con un alter ego imaginario. En las obras de todas ellas, más que en la de los narradores, hay un giro entrañablemente poético.

Osvaldo Ramos es un escritor que no puede olvidar su oficio de periodista, escribe como si nos estuviera contando una crónica, que en este caso tiene que ver con la inefable política. Carlos Valverde aporta un nuevo registro a la cuentística cruceña: el erotismo, con un cuento sobre el descubrimiento del sexo y la sexualidad. En Juan Simoni hay un juego extraordinario con el ethos chaqueño y el singular personaje Cruz Durán, un feliz hallazgo de este sorprendente escritor. En Gustavo Cárdenas, con un lenguaje citadino y moderno, relata un partido de fútbol donde el Rey Pelé es la presencia omnipresente. No podíamos dejar de incluir un microcuento, un subgénero que ya posee muchos seguidores en Santa Cruz, y para el efecto elegimos un brevísimo texto de Oscar Barbery Suárez que resuelve magistralmente un caso con una imagen muy querida en el devocionario católico cruceño.

Los jóvenes buscan su propia voz y hoy por hoy son un huracán literario que amenaza con llevarse a vivos y muertos, tres ejemplos de esta generación son Maximiliano Barrientos, Roger Otero y Darwin Pinto, a quienes quizá los une una íntima complicidad en la búsqueda de un lenguaje depurado y la evidencia de una narrativa perversamente urbana, que en el cuento de Pinto Cascán está más cerca de la novela corta. Si algo une a los escritores de mi generación con los escritores que ahora emergen creo es un compromiso mayor con el lenguaje y una libertad absoluta para elegir los temas. Tal vez eso le debemos a la democracia, ya no necesitamos escribir apurados por el compromiso político de intelectuales orgánicos al servicio de una causa ideológica por justa que esta sea.

Hubiésemos querido incluir El otro gallo de Jorge Suárez, una nouvelle o cuento largo, en el que proyecta mágicamente la estampa de Luis Padilla Sibauti, el Bandido de la Sierra Negra, un personaje de ficción similar al tipo de personas tan gratas al imaginario cruceño; un imaginario en el que son comunes los contadores de historias que son el antecedente mismo de la literatura. No hemos podido incorporar este cuento a esta selección porque sus derechos de autor le pertenecen a otra casa editorial.

No hemos querido ingresar al análisis preciso de los temas y argumentos de cada uno de los cuentos, preferimos que sea el lector quien vaya descubriéndolos y los vaya disfrutando como nosotros lo hemos hecho. Simplemente hemos querido brindarles un repaso por las formas cruceñas de narrar. Cada autor posee su propio estilo y sus propias obsesiones que las desarrollan de manera consciente.

Desde 1974, que se publicó Cuentistas cruceños de la Sociedad de Escritores y Artistas de Santa Cruz, no se había realizado en Santa Cruz una antología que incluya a escritores de diversas épocas. Sin embargo, esta muestra no pretende ser definitiva ni mucho menos; sin duda alguna que hay muchos otros narradores, especialmente jóvenes, que ya se están destacando en un escenario cada vez más competitivo como es el de la literatura nacional; pero podemos afirmar, convencidos, que tenemos muy buenos narradores y narradoras para decirlo de la manera políticamente correcta. Si América es un continente de cuentistas, Santa Cruz es una región de narradores. Y este libro al decir de Mario Vargas Llosa, en Viaje a la ficción, es una invitación a “soñar juntos, convocados por las palabras de otro soñador —hablador, cuentista, juglar, trovero, dramaturgo o novelista— para de este modo conjurar nuestros miedos y escapar a nuestras frustraciones, realizar nuestros anhelos recónditos, burlar a la vejez y vencer a la muerte y, vivir el amor, la piedad, la crueldad y los excesos que nos reclaman ángeles y demonios que arrastramos con nosotros, multiplicando de esta manera nuestras vidas al calor del fuego que chisporrotea de esa otra vida, impalpable, hechiza e imprescindible que es la ficción”.

Para las noticias bibliográficas hemos optado por uniformar los datos a cuatro o cinco líneas por autor, es cierto que había mucho más que decir acerca de algunos autores ya consagrados, pero esta selección no pretende ser crítica, ni un compendio de sus obras.

Concluimos este breve prólogo citando el trabajo de Claudia Bowles, quien afirma que la narrativa cruceña “continuará buscando describir y edificar la totalidad secreta de la vida, incorporando coherencia y sentido a la existencia del hombre”, y también una cita de la introducción de Jorge Suárez al libro del Taller del Cuento Nuevo en el sentido de que “el escritor, como organizador del texto literario, es su efecto más tangible y no, rigurosamente, su inventor. Rulfo es el producto de Comala y no Comala es el producto de Rulfo” o al decir de René Zabaleta Mercado que señalaba que en Bolivia cada “valle es una patria, es un compuesto en el que cada pueblo viste, canta, come y produce de un modo particular y hablan lenguas y acentos diferentes…”. Convencido de esta verdad me ratifico: la ciudad de Santa Cruz nos habita y no es meramente enunciativo que nos nombremos “cruceños”, es porque lo cruceño es el espíritu que nos contiene.

Homero Carvalho Oliva
Santa Cruz de la Sierra, Bolivia

Otoño de 2010

* Título puesto por URBANDINA (extraído de una frase del presente texto).

Cochabambinos literatos- opinión

Escrito por urbandino urbandino - 22/09/2010 - 3 opiniones

Claudio Ferrufino-Coqueugniot –ganador del prestigioso premio Casa de las Américas por su novela El exilio voluntario– nos ofrece una particular y ácida visión sobre la literatura y los literatos de Cochabamba, entre otras cositas…

Literatos cochabambinos o cochabambinos literatos

El 2002, en la Nueva Orléans que todavía no había arrasado Katrina, el fraile Xavier Albó dijo, peyorativamente creo, que en Bolivia los literatos “tenían que ser” cochabambinos. Aseveración con muchos cabos, sobre todo viniendo de un hombre –inteligente– que más gusta de tratos y placeres con y del diablo, que los supuestos de la roída sotana que no lleva. Allí, en una conferencia de Estudios Bolivianos, tres escritores, cochabambinos –claro–, leían los frutos de sus quién sabe qué, con todo derecho. Albó, la noche antes, había dado una charla que versaba sobre el Mallku y Evo –aymaras ambos, recalcó–, con ribetes apologéticos que hoy vemos plasmados en la dura realidad del reino de los curacas hipócritas que soñó, como hipócrita sacerdote es él.

Pero no es Albó ni sus pecados nefandos lo que interesa, sino ese su “literatos cochabambinos”, que arroja la pregunta de si es en este precioso valle –cada vez más sucio y cada vez más precioso desde afuera– donde el lugar, la región, la idiosincrasia, son los que forman y predominan en la psiquis del vasto número de escribientes, yo incluido, por encima de lo simplemente literario.

Ser cochabambino implica, según nos ve el resto del país, cierta malicia no exenta de maldad, celos, envidias, rencores, esquizofrenias que tal vez traen las deliciosas comidas… –un picante de maní, un chorizo de origen dudoso y de inmortal sabor, locotos, garapiñas, chichas blancas y cafés– mezclas olímpicas, pero también letales que, añadidas a un sol que calienta los adobes –así parezcan camas, aroma de eucalipto y susurrar de molles– crean un ambiente de bucolismo, desidia, inmovilidad y diría, pero no por los alcoholes, contemplación… Todo lo que en teoría debiese ser enemigo de una producción literaria calificada.

El cochabambino escribe ¡y cómo! Basta revisar la hojarasca retórica de los manes de la patria, los doctores del Alto Perú, no me refiero a los grandes, que sí hubo en Chuquisaca, sino a los tinterillos que ajustaron sus ambiciones al despertar de una era nueva que abría inmensas posibilidades. De allí venimos; esa es nuestra tradición local.

Discernir que algo falta a la literatura boliviana, a la cochabambina en este particular, no busca los exabruptos de quienes se sentirán ofendidos por palabras de este tono. Pero, al igual que en casi cada aspecto de nosotros como país –donde las cosas se hacen a medias, o no se hacen–, se encuentra la manera más sencilla; se elude el sacrificio, la investigación; se prefiere el manipuleo de las relaciones, los compradazgos y amigueríos, a lo duro y difícil que significa progresar, y sobre todo crear. Entonces, decíamos, al igual que el país, la literatura nacional tiende a balbuceos que son suficientes para el mercado y la admiración zonal, pero que no se desparraman más allá de sus fronteras, y si lo hacen, es también utilizando los hilos que el cochabambino sabe tan bien manejar, ofreciendo una imagen falsa, aprovechándose de la infimidad de lo nuestro afuera, donde, si alguien hay, llega a ser el tuerto-rey de aquella nación de ciegos. Lo hace el reyezuelo Morales para embobar la estúpida candidez de los malintencionados y fementidos liberales y revolucionarios en la vieja y culposa Europa.

Entonces, ya que la tangente parece irse volando ¿hay o no hay una literatura cochabambina? Hay escritores, algunos buenos. Existen búsquedas, algunas valiosas, pero el ambiente carga tanta negatividad que el color ocre se adueña del panorama e impide ver (como las quemazones inducidas de los que quieren lotear los parques nacionales y crecer un universo de coca de efímera vida en un país ya sin bosques). La respuesta la darían los cochabambinos en una reunión cualquiera de diez, de veinte personas, donde el individuo que afirme haber escrito algo tropezará con que sus diez, veinte acompañantes de mesa, son todos escritores, todos poetas, ensayistas, científicos, cazadores, futbolistas, aviadores, entomólogos, patólogos, valientes, vergudos, mujeriegos, desalmados, peleadores, y poetas al fin, que pueden ver en las rosas el amor de sus amores, y en la obra de sus rivales deficiencias que ojalá sean (ojalá no…) resueltas a largo plazo. ¿Cómo escribir así?

Claudio Ferrufino-Coqueugniot
19/09/2010

Una Filosofía del Vientre- reseña

Escrito por perrorabioso perrorabioso - 20/09/2010 - Una opinión

Crítica de la Sazón Pura

Normalmente hablo de libros y autores de forma extremista. Una vez que concluyo una lectura, en caso de esta me haya gustado, puedo decir: este libro es bueno, buenísimo, lo máximo, lo mejor escrito hasta ahora, una novela –o lo que sea- nunca antes vista, magnífico, estupendo, etc. Y salpico estos comentarios con pasajes o frases que se me quedan dando vueltas en la cabeza por días y que después recuerdo casi íntegramente de memoria para utilizarlo en alguna farra o en clases.

Lo digo así porque soy un tipo pasional, además que no tengo madera, pasta ni alma de crítico y sobre todo porque soy un simple lector que se deja llevar con la emoción de la lectura que encuentro que es muy de cada quién y que se relaciona no solamente con el conocimiento y expectativas que pueda tener del autor o de la obra, sino del momento que atravieso.

Eso para aclarar el por qué “La Crítica de la Sazón Pura” del bien amado Ramón Rocha Monroy, es un libro al que le tengo mucho cariño, porque ha sido leído parte por parte, cada quince días durante más de un año.

Me explico: sucede que este no es un libro de mil quinientas páginas o de lectura pesada. En principio era una columna del desaparecido quincenal “El Juguete Rabioso” con la adaptación del título del célebre tratado de Kant, “Crítica de la Razón Pura” nombre que mediante las dilecciones patafísicas de Ramón, se transforman en la columna que terminó convirtiéndose en un libro de anécdotas y reflexiones culinarias, donde desfilan un sinfín de personajes, platos, lugares, recetas, ingredientes, humor y melancolías típicas de un hombre que se define de tres etnias: Valluno, epicúreo y sibarita.

Corría pues el año 2001 y me encontraba a un año de terminar la universidad de forma relativamente digna después de cinco años de angustias permanentes. Haciendo mis horas prácticas en un Banco de esos que abundan por la avenida Camacho, mi única distracción en mis horas libres, aparte de dormir debajo de mi escritorio, era leer el juguete Rabioso. De principio lo hice por unos artículos literarios sobre Juan Recacoechea y al final del periódico me encontré con la columna “Crítica de la Razón Pura”

Desde la primera vez que leí la columna con el artículo: “Danos hoy la cerveza de cada día” donde se cuenta del encuentro de Ramón con el alcalde de Tiwanaku en Italia y como Ramón le invitó unas cervezas para tranquilizarlo ya que el honorable andaba bastante deprimido, hasta que después de la tercera, el alcalde apareció pidiendo una caja de cervezas para practicar la vieja reciprocidad aymara y pedir una caja de cerveza, en La Paz, en Italia o en la China, es algo que hace, como dice el Ramón: Todo paceño que se precia.

¿Alguna vez escuchó por qué el Chuflay se llama Chuflay? Yo lo aprendí leyendo esa columna; una historia de trenes y angloparlantes con problemas de escasez etílica. No le voy a contar yo algo que merece ser leído y disfrutado, pero se la dejo rodando ahí y haga como yo: sorprenda a sus amistades en las reuniones donde se liba el Chuflay con su erudición alcohólica o mejor aún, divierta a alguna extranjera –rubia o pelirroja- con sus exóticas explicaciones en una mesa del Bocaysapo para que después se anime a terminar sendas jarras de la bebida con usted, que después le propondrá terminar la velada… por ahí.

Leyendo y aprendiendo cómo comportarse en la mesa, los días pasaban lentos y yo esperaba ansioso el nuevo número del “Juguete Rabioso” para leer caminando en la calle y el ascensor “La Crítica de la Sazón Pura” y releerlo antes del almuerzo o en el minibús, siempre con la sensación de que las columnas están quedando muy cortas.

De ahí, que me animé a experimentar algunas cosas en la cocina y en los restaurantes. Al principio daba un poquito de miedo, pero animado por la fantástica visión de recrear lo leído, terminaba haciéndolo: pedir ají de fideos en los restaurantes italianos o un supervitamínico en un vaso con tetas en el Dumbo. O Crear un tour de la comida en La Paz que en teoría y según las indicaciones debería terminar en el hospital Gastroenterológico o en el Psiquiátrico, eso salvando las distancias con Cochabamba.

Como eran días aciagos los de esos años en los que me dedicaba de alma vida y corazón a la psicología, el banco y la loca de mi novia, no hallaba otro solaz que pensar sobre qué escribir. En ese entonces no conocía los blogs y se me ocurrió crear mi propia columna que debería ser una guía gastronómica de La Paz, que describa la atención y la comida de Restaurantes hasta salchipaperías de barrio, pasando por caseras ambulantes y claro… al fin y al cabo pensaba hacer una mala imitación de lo escrito por el Ramón. Gracias a Dios, con el tiempo he comprendido que eso era un buen ejercicio y nada más. Ejercicio para los billetes y los paladares. Ya en la columna se había escrito de todo, desde los “Tratados del ají de fideo” hasta los “Huevos pasados” y la estupidez de los hoteles que se empecinan en cocinar “insípidos panecillos” teniendo la sagrada marraqueta en cualquier esquina.

Se habla desde Ricardo Pérez Alcalá hasta Myriam Baptista Gumucio, pasando por Lenin y Alfredo Medrano. Entonces concluí que la gastronomía es un cuestión altamente sensorial y emocional; una experiencia que debe ser construida con la ayuda de gente sabia que haya viajado y probado las manos de la gente que lo ha recibido en todas las latitudes. Esto puede ser alguna pequeña comunidad perdida del altiplano donde un antropólogo estudia “La Dieta Aymara” ante la que se estremece Ramón ante la sola posibilidad de verse sometido a esta por la eternidad, hasta los miedos y escándalos de un Chef Frances que está a punto de ver su obra destruida por las picardías y malignidad del escritor que amenaza con echar salsa tabasco a un exótico plato francés.

Un libro es una aventura y personalmente creo que esta fue una aventura de lugares poco comunes y desconocidos. Cochabamba tiene la fama que tiene con la comida y no es necesaria que se hable o se escriba de eso, pero aparte de que el autor sea Cochabambino –y sugiere que en el aeropuerto de Cochabamba se haga un letrero donde diga: Bienvenidos a Cochabamba, no somos como dicen” y que esta fama tiene mucha de cierta, el reconocimiento de lo boliviano en sus comidas, no con chauvinismos regionales, sino con las anécdotas y el conocimiento que el mundo le ha dado y que como lo ha comprobado la antropología estructuralista: la Gastronomía es uno de los pilares de los sistemas culturales. Yo me quedo con las imágenes de la cocina en Cochabamba y con los recuerdos de mi abuela; me quedo con lo cholo y las relfexiones de lo mestizo, propio e irrepetible en la llajwa que se hace con los eróticos movimientos de caderas de las cholas en los batanes. Me quedo con las imágenes de un libro, de una columna y de un autor memorable.

El único problema, es que soy un neurótico y que eso me ha impedido terminar de leer las columnas finales. Sucede que en el Juguete Rabioso, salía la publicidad del Bar “La Obertura” un café bar de Sopocachi donde solía encontrarme con mi ex novia en momentos felices y tristes. Entonces, cuando la hecatombe del amor te hace reconfigurar tus lecturas y te hace brotar nuevos temores, el sólo hecho de abrir o ver el periódico en el puesto de ventas, era un acto de tortura para mi pobre corazón. Con pena, me olvidé de la Crítica de la Sazón Pura hasta que felizmente, un par de años después, supe que se convirtió en un libro. Con los ánimos y los latidos repuestos por el reconfortante paso del tiempo, compré el libro, lo terminé de leer, cogí el teléfono para invitar a cenar a mi ex con la cena de la paz y aunque no aceptó y me evadió con excusas, fui al bar de siempre para repetir: Una Cerveza fría cada tres minutos por favor. Hay libros que uno nunca olvida y por supuesto, personas y tiempos tampoco, pero ese ya es otro cuento.

La narrativa de Edmundo Paz Soldán- ensayo

Escrito por urbandino urbandino - 16/09/2010 - 4 opiniones

De la revista TONOS, extractamos esta aproximación a la narrativa de uno de los escritores más prolíficos de Bolivia y, con toda seguridad, el más reconocido a nivel internacional, Edmundo Paz Soldán, autor cochabambino cuya obra -aunque muchos no quieran admitirlo- es un referente insoslayable de la literatura contemporánea nacional.

ACTUALIZACIÓN (23/09/10): Edmundo Paz Soldán nos ha enviado un cuento inédito, “Billy Ruth”, que puede ser descargado AQUÍ o desde nuestra Biblioteca Pirata.

La narrativa de Edmundo Paz Soldán o cómo llegamos a ser sueños digitales (1)

Jesús Montoya Juárez

Si la teoría había buscado en las heterotopías latinoamericanas, si los textos de Borges y Macedonio habían abierto el debate sobre la cuestión “Modernidad/Posmodernidad”, fijando la atención de Foucault, Barth, Hassan o Baudrillard(2), es el “género de la teoría” (Jameson 1985) el que sirve ahora como intertexto para una literatura que se observa a sí misma como posmoderna.

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es uno de los autores de su generación que mejor ha logrado hacer confluir en su literatura la integración de la cultura masiva y las tecnologías de la comunicación, cine, televisión, internet, MUDs. Fotografía digital, con la preocupación filosófica de estirpe borgiana por el conflicto realidad / simulacro y las posibilidades y las complicidades del discurso artístico en una contemporaneidad mediada por el espectro de las tecnologías de la comunicación audiovisual. En efecto, textos como Por favor rebobinar o Las películas de mi vida, de Fuguet, Mantra, del argentino Rodrigo Fresán, o las novelas Sueños digitales o El delirio de Turing de Paz Soldán, visitan la tradición cultural de la literatura latinoamericana desde el planteamiento de que ya no es posible marcar las distancias con lo masivo, desde la aceptación de que la ecología mediática “ha invadido todo y es la vía de acceso a la representación” (Amar Sánchez, 2000: 165).

Los personajes de Paz Soldán, navegando en la dicotomía apocalípticos-integrados, acaban mostrándose indefensos en una Latinoamérica imaginada, en un espacio urbano de la Bolivia que se despliega en la novela. Río Fugitivo vuelve a versionar la ciudad latinoamericana, al modo en que, entre otros, Onetti hiciera en la estela de Faulkner, ahora dibujando un espacio urbano atravesado por lo que la teoría posmoderna ha calificado de “simulacro” audiovisual, en un momento en el que lo real ya ha despegado hacia su irrealidad. Una Latinoamérica afectada de los movimientos de población transnacionales, globalizada, atravesada por las marcas socio-culturales consecuencia del neoliberalismo, y, junto a ésta, el dibujo del horizonte de identidad en crisis de la clase media latinoamericana en extinción o en fuga, en una reescritura desde lo audiovisual de la novela del dictador en una democracia neoliberal. Tanto en El delirio de Turing, como en Sueños digitales encontramos la preocupación por la reconfiguración del individuo en la nueva ecología mediática, por los límites del arte, por su capacidad de activar líneas de fuga, de resistencia y agencia de la literatura en competencia con los medios, que resultará interesante dilucidar.

La omnipresencia de la videocultura y la medialidad ha influido decisivamente en la reflexión teórica sobre la posmodernidad. Para Jameson, uno de los principales teóricos de lo posmoderno, la virtualidad y los medios son elementos clave en la construcción del espacio y tiempo posmodernos, descritos por él en sus ya clásicos ensayos con las metáforas del “pastiche” y la “esquizofrenia” (Jameson 1991, 2002). Representar el espacio como “pastiche” supone conciliar elementos de culturas diversas y productos incluso catalogados como de mal gusto o “kitsch”, reciclarlos e incorporarlos como códigos del discurso artístico. El tiempo como “esquizofrenia”, confiere al presente una relación problemática con el pasado histórico, que se percibe como un conjunto de presentes desconectados entre sí. Para la sociedad actual se hace difícil elaborar una imagen global de su presente, de ahí que, para Jameson, la sensación de realidad se esté perdiendo ante la omnipresencia de infinidad de imágenes fragmentadas y contradictorias de lo real que saturan la capacidad de interpretación de los sujetos y caen rápidamente en el olvido (Jameson 1991, 2002). Una idea similar desarrolla Baudrillard, para quien la “sociedad del espectáculo”, con el desarrollo de los medios de comunicación, deviene “sociedad de la ceremonia”, la alienación moderna, en “éxtasis de la comunicación”, convirtiendo la realidad en un simulacro que se propone obscenamente como más real que lo real (Baudrillard 1994). Para Baudrillard la realidad se anula en un vanishing point (punto de desvanecimiento) con su transformación en “imágenes en tiempo real” (Baudrillard 1997). Sólo percibimos el simulacro que ha llegado a suplantar a lo real mismo. Frente a la oportunidad post-física de Vattimo, con cada nueva adquisición tecnológica, con cada aceleración, piensa Virilio, el ser humano se enfrenta si no a un fin, sí a una pérdida: “no hay adquisición sin pérdida. No hay adquisición tecnológica sin pérdida a nivel de lo viviente, de lo vital”. Lo que es cierto a nivel del espacio reducido es también cierto respecto de la memoria” (Virilio 1997: 54).

En Sueños digitales, del diferente uso de los elementos tecnológico-televisivos, de sus diversas soluciones narrativas y conexiones con el contexto cultural latinoamericano de fin de siglo, se desprenden actitudes que superan la tradicional oposición apocalípticos/integrados que a propósito de la expansión posmoderna de la mass culture esbozara Umberto Eco (Eco 2004). La crítica latinoamericana, en relación con una idea similar a la “oportunidad” postmetafísica de cierto posmodernismo, interpreta la fragmentación de los Metarrelatos como incertidumbre y, a la vez, como desafío, el de la construcción de nuevos proyectos utópicos desde la intemperie, la periferia de las ruinas de una Biblioteca que se había constituido en metáfora de la Modernidad (Achugar 1994) o con las esquirlas o cenizas de las utopías de los años sesenta (Hopenhayn 1994), ahora que la desarticulación de las voces totalizadoras de la Modernidad, o de su “lado oscuro”, la Colonialidad (Mignolo 2003) así lo permiten. Como lo expresa Volek “[…] el contexto posmoderno es más propicio para la reinvención de la identidad latinoamericana; porque fue mucho más difícil, para el latinoamericanismo, buscar una identidad a través de conceptos importados que lo colocaban en posición de inferioridad” (Volek 1994: 9).

Sueños digitales (2000), promueve un concepto de real que poco tiene que ver con las categorías del realismo tradicional, cuestiona decididamente el verosímil realista(3) convirtiéndose en la mejor descripción de la pérdida de densidad de la realidad de que hablan teóricos del posmodernismo filosófico, desde Debord a Vattimo. Junto a esta descripción de la irrealidad de lo real se da en la novela la tematización de la tensión entre la posibilidad-imposibilidad de una utopía en el arte; se trata, por tanto, una presentación autorreflexiva del simulacro, una reflexión sobre la incidencia e interrelación de tecnología, literatura y vida, en conexión, desde nuestra perspectiva, con la teoría posmoderna y la crítica cultural latinoamericana. [...]