“No hay mal que dure 200 años”- microensayo, opinión
Escrito por corigangar
- 29/09/2010 - Nadie opinó aún

Paola Senseve Tejada
Paola R. Senseve Tejada es egresada de la carrera de psicología, actualmente es editora de la Revista Gourmet Pimenta y profesora de literatura del Colegio Francés. Se desempeña también como gestora cultural, organizando diversas actividades en la ciudad de Santa Cruz. En 2008 ganó el II Concurso Nacional de Escritores Nóveles de la Cámara del Libro y Petrobrás con el libro de cuentos Vaginario. Sus cuentos y poemas han sido publicados en varias antologías y sus artículos en diversas revistas, páginas y periódicos del país.
Urbandina agradece el aporte de esta joven escritora cruceña y comparte a continuación la mirada que realiza sobre el estado de las artes y la literatura en Santa Cruz.
Veinticuatro horas al día, siete días a la semana, trescientos sesenta y cinco días al año. El tiempo parece ser monótono, circular y de repente todo puede ser diferente dependiendo del lugar. En Santa Cruz las cosas parecen tener su propio ritmo, incluso el tiempo. Los vientos de septiembre nos aceleran, el calor de fin de año nos aletarga y el gélido frío de medio año, nos paraliza. Los colores de la ciudad, verde y blanco, no solo son metáfora, el aire que se respira es húmedo y tiene un peso específico. A los cruceños nos determinan las condiciones climáticas, los colores de nuestra bandera, la geografía que nos regala horizontes sin final para donde sea que miremos, la historia que nos revela que nos adaptamos a los cambios rápidamente, que los sobrevivimos y por sobre todo, la hermosa sensación de que hay todavía mucho por lograr. Somos desde las vísceras y es desde ahí mismo desde donde proviene nuestro arte, nuestra música, nuestra literatura: una mezcla entre impulsividad y honestidad, ambas características de lo inevitable. Septiembre es el mes que nos hace recordar y revivir esas sensaciones y este 2010 es supuestamente mucho más especial, ya que los cruceños estamos celebrando nuestro Bicentenario libertario; pero en realidad poco tienen que ver esos doscientos años con los procesos que está viviendo ahora el departamento. Un par de semanas atrás se inauguró uno de los eventos artísticos más importantes de la ciudad: la Bienal de arte, dentro de la cual, una de las obras presentes es la de Roberto Unterladstaetter (ganador de la versión pasada). Se trata de un cuadro gigante que ocupa casi toda una pared de nuestra Casa de la Cultura Raúl Otero Reiche, que está pintado con letras negras, grandes y claras sobre un fondo blanco que dicen: “No hay mal que dure 200 años”.

Pues bien, Santa Cruz es básicamente eso, la esperanza, la posibilidad de un futuro mejor y la desesperación por equilibrar un futuro que nos ha embestido bruscamente, ya que el crecimiento económico del departamento ha sido desmesurado y se ha dado en un periodo corto de tiempo, por lo que la globalización y las riquezas nos han encontrado en pañales en lo que respecta a otros aspectos, como el cultural, artístico y literario. Pero desde aquí, ya no hay vuelta atrás, los espacios se están abriendo, los artistas están produciendo, y la población en general se está comenzando a empapar de esta “cultura urbana” que está rebalsando por todos lados. Lo altamente positivo de la situación cruceña en el arte es que, como hay una evidente carencia de academia -lo que resulta en carencia de crítica-, hay un incremento impresionante en los niveles de producción. Sí, resulta una contradicción, pero como mencionaba antes, los procesos de Santa Cruz son especiales. ¿Entonces, cuál es la situación del artista cruceño?, ¿del escritor?. Se forma de manera autodidacta, toma cursos, tiene que salir al exterior, volver y seguir luchando con un medio que es, al mismo tiempo, la idea perfecta de un paraíso abierto donde hay aplausos y espacios para el rubro, y que es hostil también. Es entonces una situación que responde a las características de un contexto poco favorecedor y que aún así se desemboca en resultados positivos. La literatura también se adscribe a este patrón y de manera muy particular, porque es tal vez la expresión artística más íntima e individual y hasta llegar a su público objetivo –el lector– tiene que pasar por un proceso o demasiado largo –como es el caso de una publicación en formato físico– o demasiado corto –en el caso de los medios alternativos como los blogs y demás herramientas de difusión en red–.
Al escritor cruceño no lo respalda la academia, ni la venia de algún padrino experimentado, porque todos son prácticamente huérfanos y autónomos. El escritor cruceño decide lo que lee, decide cuándo escribir y cómo hacerlo, sin tener que enfrentarse a paradigmas ni presiones. ¿Entonces, qué pasa? Pues, confusión. ¿Entonces qué hace el escritor? Produce y lo hace con una libertad que no cuenta con más parámetros que el círculo de artistas al que se adscribe. La población cruceña parece ávida de literatura y arte en general, hay una apertura interesante a las expresiones culturales, pero también hay situaciones que hacen pensar exactamente lo contrario, como que en menos de 3 meses distintos artistas presentaron denuncias públicas por casos de censura infundada. ¿Y luego qué? Nomás confusión. El artista cruceño produce confundido.
El escritor cruceño, más específicamente, vive amparado en el sueño dorado de ganar un premio o de acceder a alguna de estas editoriales que cada vez publican a más autores nuevos y jóvenes; en todo caso, ambos radican en la esperanza de golpes de suerte. Los premios, que funcionan como impulsos juegan un papel importante en el círculo cultural cruceño, que de alguna manera se ha manejado bajo las bases de una tradición social –no confundir con farándula– donde el reconocimiento es importante y a partir de ahí se pueden forjar los cimientos de una especie de “carrera literaria”. Y claro, la profesionalización literaria en Santa Cruz es menor, pero la producción es vasta y esto permite también el posicionamiento natural de una serie de parámetros que pasan a regir los estándares de calidad y al mismo tiempo abren consideradamente el abanico de lectores heterogéneos que encuentran propuestas a sus gustos dentro de la oferta nacional.
El escritor cruceño, escribe y produce confundido y aislado, porque por un lado se sabe esencialmente distinto al paceño, cochabambino, tarijeño, etc., y de alguna forma mira hacia fuera, pero hacia un afuera que está bastante lejos de su yo. Cabe aclarar que cuando digo que el artista cruceño produce confundido, no lo subestimo en lo más mínimo. Es más bien una característica que se ve reflejada en su obra. De alguna la literatura contemporánea cruceña han sobrepasado los temas de compromiso social, de folklorismo –desde el más tradicional y típico, hasta el moderno– y se ha concentrado en el individuo primero que es el escritor mismo; en la ironía, en el cotidiano de un departamento que está bullendo, que es histérico, tempestuoso y a la par es manso, parsimonioso y sigue viviendo con los resabios de lo que fue un pequeño pueblo alguna vez. Una sumatoria de características, con todas sus excepciones, por supuesto.

Una mirada panorámica de lo nuevo, de lo joven, sin tomar en cuenta la tradición y aquellos consagrados que se las arreglan también para adaptarse al ritmo actual y ambiguo de la ciudad. ¿La literatura cruceña está en pañales?; tal vez, sí. Los autores tienen ganas, puras ganas y brío. A veces les toca hacer malabarismos para conseguir consolidar una obra.
Un montón de nombres vienen a mi cabeza, y aquí se corre el riesgo de omitir a muchos, muchísimo, pero lo haré solo para dar ejemplo del arcoíris de tonos llamativos y distintos que configuran la literatura cruceña. Están por ejemplo Maximiliano Barrientos y Liliana Colanzi con una especie de ficción intimista, con personajes perdidos que se pierden en las inmensidades de sus pensamientos y cuyas acciones son mínimas. Tenemos a Emma Villazón, cuya poesía es desentendida y parece situarse en medio de la nada, flotante, ajena; inventa personajes y cuenta historias en sus versos.
Tenemos a Pablo Carbone, poeta también, anclado en un romanticismo que suele mezclarse con lo más cotidiano y duro de la ciudad. Pablo Osorio, con una poesía traviesa y juguetona, fuertemente irónica y calculada. Darwin Pinto, dueño de una prosa desgarradora, de un lenguaje potente que no se esconde en nada; creador de historias macabras, de personajes oscuros. Oscar Gutiérrez, amante de la ciudad, su poesía es envidiablemente “feliz”, sus imágenes poéticas tienen el sello inconfundible de la identidad cruceña y al mismo tiempo son universales.
Edson Hurtado, poeta sinvergüenza, cuyas temáticas –sexo, homosexualidad, perversiones, en su mayoría– se asientan en el colchón un lenguaje amable y musical. Claudia Peña, dueña de un lenguaje dulcísimo que cuenta historias fuertes y realistas. Carlos Valverde, conocidísimo por su literatura erótica. Oscar Barbery Suárez, cuentista calculador, amante del humor, por lo general describe personajes y lugares cruceños actuales. Giovanna Rivero, sólida e irreverente, sus historias son bastante oníricas, sus personajes son puntuales y crudos al igual que las acciones de estos. Y todo esto sin contar con los que faltan y aquellos cuya producción no ha salido aún a la luz, o que lo hacen por otros medios. Por último cabe preguntar: ¿mejorarían las cosas si Santa Cruz tuviera una carrera de literatura?, ¿si hubiera una academia establecida y formal de arte? Tal vez sí o tal vez para la etapa del proceso que estamos viviendo ahora, lo necesario sea esta libertad abrumadora que tienen los artistas en general. Gracias a eso dan ven cosas mágicas y únicas en el departamento, como por ejemplo, las colaboraciones entre fotógrafos, pintores, cineastas, músicos, escritores y otros para la realización de obras en conjunto. Es evidente que hoy en día, como no podía ser de otra manera, vivimos un auge de crecimiento de centros culturales, de actividades diversas, de gestores culturales –que son emprendedores y también autodidactas– , de trabajo en los barrios y mucho más, mucho más. Con esas premisas es fácil predecir, en pleno Bicentenario, que “no hay mal que dure 200 años”.





