La muerte en sus ojos- Hibrido

Escrito por corigangar corigangar - 30/08/2010 - 3 opiniones

I. El oficio de vivir con la muerte

El 27 de agosto de este año se cumplieron 60 años de la muerte de Cesar Pavese. Si siguiera vivo hubiera cumplido 102 años, sin embargo a Pavese, no le interesaba una vida centrada en acumular vejez, por eso  decidió interrumpir la cuenta de los años suicidándose en una pequeña habitación de un hotel de Turín. Tenía 42 años el día de su muerte.

Aquellos que no enfrentan o no les interesa vencer la soledad interior deciden irse antes, Pavese lo sabía: la nada, fuente de su vocación, fue también su condena. “Para todos tiene la muerte una mirada” decía quien  prefirió morir en completa lucidez y plena conciencia de sus actos, mirando de frente a los ojos de la muerte  antes que ella, en una vejez adormilada, se los muestre.

El día de su muerte Pavese dejó sobre la mesita de noche de la pieza del hotel,  un ejemplar de su obra “Diálogos con Léuco”, junto a su conocida nota final de despedida: “Perdono a todos y a todos pido perdón. No chismeen demasiado” Ese día también llevaba consigo: su diario personal “El Oficio de Vivir”, un cuaderno con sus últimos poemas y diez y seis frascos con pastillas para dormir. Antes del viaje a la muerte hizo tres llamadas telefónicas, invitando a comer a tres diferentes mujeres, ninguna quiso, ninguna pudo.

Pavese murió porqué supo que era hora de irse y punto, lo hizo luego de recibir un premio literario por su libro “El bello verano”. Una muestra más de que su muerte era el punto final a su obra. Pavese encarnaba en su melancolía a cuestas, la angustia (esa Sartriana) hacia la nada, expresada en frases como “Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata por que un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada”

El oficio de vivir bajo la sombra de la muerte, para Pavese era el reflejo de una agotadora relación con la gente, forma de ver la vida que plasmó en su poesía. La decisión de Pavese de marcharse fue absolutamente personal y meditada, en extremo coherente con su desesperanza. Al final suicidares fue, un acto lúcido de poner punto final a su obra.

Pavese se fue por que quería, reconociendo, ya desde sus cuarenta años que el suicidio estaba presente, de forma insistente, como única forma de enfrentar la muerte. “Todo esto da asco, basta de palabras, un gesto. No escribiré más.”, dijo Pavese en las páginas de su diario que concluyó nueve días antes de morir.

II. La diosa blanca

Pavese hasta el día de su muerte creyó en la fuerza del mito, en la medida de que para él la mitología era un lenguaje, un medio de expresar con lo simbólico una gran sustancia de significados. Pavese se valió del mito como forma de expresar simbólicamente su realidad. El mito traspasó la ficción para instalarse en su vida, no fue por azar que el día de su muerte dejó su libro de coloquios míticos “Diálogos con Leucó” como…“ un testimonio de sus inquietudes sin respuesta, un recorrido por un paisaje antiguo, como un paseo entre sombras y fantasmas de otros tiempos. Entremezclados los ecos de la infancia y las siluetas de diosas y héroes de una cálida y ambigua familiaridad, voces antiguas para expresar angustias y dudas de siempre…” (Extracto de: Diálogos con Leuco, ensayo sobre Cesar Pavese por Carlos García Gual)

Pavese no sólo como poeta y novelista, sino como ensayista e intelectual se preocupó por leer varios tipos de mitologías, pero probablemente la griega, por su riqueza la consideraba incomparable y de una gran “madurez mítica”

¿Por qué Diálogos con Leuco? Leucó es un diminutivo de Leucótea “La diosa blanca”, quien era una divinidad menor, lejos de los grandes dioses del Olimpo. Leuco tuvo una sola  aparición importante en la Odisea, se presentó para auxiliar a Odsieo, quien se encontraba zarandeado en su balsa por una furiosa tempestad enviada por Poseidón.

En la Odisea Leucótea salva la vida de Odiseo después de que Calipso le dejara regresar a su casa y le ofreciera para ello una endeble balsa. Poseidón, al ver la embarcación, la hizo añicos con la palma de su mano, sumergiéndose el héroe hasta el fondo del mar. Su fortalaeza física le permite salir a la superficie antes de morir ahogado. Allí le esperaba Leucótea, convertida en gaviota para despistar a Poseidón. Le ofreció un velo mágico que, atado a su cintura, le libraría de ahogarse si volvía a sumergirse. Odiseo le obedeció y, en lugar de aferrarse a los restos de la embarcación, se alejó nadando del lugar. Dos días después  llegó a nado a Feacia.

El velo mágico de Leucó, es usado por Odiseo como forma de evitar el naufragio, pero sólo por un tiempo; al final cuando nuevamente esté a salvo nuevamente, Odiseo deberá enfrentarse a la inquietud cotidiana, es decir a la realidad, de vivir. Quedarse con el velo en el agua sería morir, permanecer en el mito sería a su vez no vivir.

En “Diálogos con Leuco”  Leucótea aparece en los coloquios de un Pavese inspirado en la Odisea. Pavese en la obra trabaja el motivo recurrente de la inmortalidad divina enfrentada a la existencia mortal, ambas condiciones que para Pavese se revelan como insatisfactorias. Leucótea, he aquí tal vez el nexo de el mito con la vida de Pavese, antes de ser una diosa era una mujer mortal. Decide, fruto de la desesperación, suicidarse lanzándose al mar. Sin embargo no muere, los dioses le conceden el extraño privilegio de salvarla de la muerte y es redimida por un acto, leído por Pavese, de “capricho divino”, emergiendo luego del fondo del mar en condición de diosa para ayudar a Ulises.

Pavese recurrente en vida con el hecho suicida, pareciera que hubiera escogido el mito exacto  de una diosa condenada a volver de la muerte,  una mujer que insatesfecha y agobiada por la  vida, decide lanzarse al mar; sin embargo los dioses: caprichosos, mezquinos y que calman su aburrimiento jugando con el destino no se lo permiten. Leuco no muere, pero tampoco retorna del todo a la vida, queda entrampada en una existencia eterna. Leuco se hace inmortal, permaneciendo en una eternidad inservible y  repitiendo el que a su vez es mandato y castigo eterno salvar a otros de la muerte.  Este juego entre la inmortalidad divina y una existencia mortal, ambas insatisfactorias, es el que recoge Pavese de la historia de Leucótea, para plasmar su relación con la muerte.

Aparentemente Pavese en su relación con la vida prefería el mito, tal vez por eso “diálogos con Leucó” era la obra que mejor lo definía, llegó a escribir, poco antes de su suicidio que era su “carta de presentación ante la posteridad” quizás por eso dejó junto a su cadáver el libro de aquellos coloquios míticos con la mitología griega, como un testimonio de sus inquietudes sin respuesta.

Algo sin duda buscó Pavese en su último instante de vida, en la última charla con Leucotea. Quizás fue una puerta al mar de la eternidad de la diosa blanca, un acto de esperanza por ser recibido en  sus aguas, quien sabe deseando la misma tortuosa inmortalidad de la Diosa Blanca.

Tal vez Pavese decidió fundirse con la Diosa Blanca, como un acto de redención y perdón, buscando que el mito se haga cuerpo en  su muerte y  sean “los ojos de Leucó” los únicos que miren su partida.  El encuentro con el mito como forma de abrochar su vida, con la simbología que usó para soportarla, fue  el símbolo último que nos dejó. Pavese escogió el mito de una suicida que luego devino en diosa para entablar un diálogo en vida con la muerte y dejar que sea ella, desde “Diálogos con Leucó”, la única testigo de la verdadera razón de su partida.

Nota: El texto recoge se basa en el  Ensayo de Carlos García Gual sobre Cesar Pavese, del cual  recoge algunas citas textuales.

III. Un poema de Pavese

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo.
Tus ojos serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así lo ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino.
Cesar Pavese

Aguafuertes paceñas: Cementerio General- Hibrido

Escrito por estido estido - 24/08/2010 - 3 opiniones

Cada día, al menos diez féretros atraviesan el enorme pórtico de piedra del Cementerio General. Para algunos muertos, es el ingreso hacia su última morada; para otros, el umbral del olvido. Aunque eso sólo se puede saber con el paso del tiempo.

Ocho años, exactamente, al cabo de los cuales, los difuntos son desalojados para dar cabida a nuevos inquilinos. Entonces, si algún deudo lo tramita y financia, sus restos se trasladan a sepulcros pequeños; de lo contrario, pasan al depósito, embutidos en bolsas nailon, donde se apilan junto a otros huesos olvidados, antes de convertirse en ceniza anónima.

Como sea, siempre hay gente visitando a sus muertos: oran, dejan flores, encienden velas y, dependiendo de cada bolsillo, incluso contratan los servicios de un coro de rezadores infantes o de un guitarrero que interpreta la canción preferida del difunto.

Luego que las puertas del cementerio se cierran, únicamente se escuchan murmullos y pasos de las almas que aún se aferran a su pasado terrenal, según dicen los vecinos del barrio. Pero ese bullicio fantasmagórico bien podría tener otro origen: sin pagar el alquiler de la tumba y, lo que es peor, sin haber fallecido, algunos desposeídos se dan modos para pernoctar en el cementerio, cobijándose del frío o la lluvia en las fosas que han sido desocupadas durante el día.

“El cementerio no se expande”, observó Saenz, con acierto e intuición poética, hace seis lustros; como él suponía, los viejos muertos deben ceder sus tumbas cada vez más pronto en favor de los nuevos. A este paso, la expresión metafórica “Que en paz descanse”, inscrita en muchas lápidas, necesitará una adición que convalide su sentido: “…un par de años siquiera”.

Publicado en el suplemento “Ideas” del periódico Página Siete (06/06/10)

Rolling Stones- cuento

Escrito por anig anig - 20/08/2010 - 3 opiniones


Streets of love

I must admit you broke my heart, calle del amor. Debo admitir que rompiste mi corazón, street of love. Estoy esperando que el toborochi frente a mi casa florezca, que llegue finalmente el otoño donde hace un año te encontré y luego buscarte en el tiempo una y otra vez. Entonces roto estaba también mi corazón, y allí estabas, apoyada en la barra con el vaso solitario entre tus manos, apunté y acerté a tus ojos que me miraban curiosos. Luego fue un torbellino de juegos y coqueteos que terminaron, cómo no, en intensas horas de piel. Muchas veces no quise admitir que algo en mí estaba volviendo a revivir, que mi corazón queriendo recuperarse estaba nuevamente latiendo. Y fuiste tú quien le puso el pegamento para luego volverlo a romper. Admito que me rompiste el corazón y admito que estoy llorando. The awful thruth is awful sad.

Las montañas fueron una vez testigos de ese desencuentro. Yo sólo queriendo recuperar mi corazón y tú entregándolo. No lo supe ver y luego el miedo tuyo y la valentía mía en total disonancia. Ahora tengo el corazón en ruinas, unas ruinas que duelen en todo el cuerpo, que se alojan en mi ojo adolorido, en mi cerebro que recrimina mis piernas. Ruinas una vez más, piedras que ruedan.

Estoy tan cansado de seguir buscando lo que tal vez no existe, tan cansado de querer lo imposible. Y las historias se repiten una y otra vez, se me repiten tantas veces que las conozco de memoria y aún sigo interpretándolas como si no las conociera, como si fuera la primera vez. Cartas que van sin respuesta, mensajes que se quedan en el silencio, los teléfonos que no admiten más que mi tono de voz en vergonzosa súplica. Tantas señales, tantos gritos diciéndome “una vez más no te quisieron” y vuelvo a la tragicomedia de mis amores. Mis historias me usan para reírse en mi cara estúpidamente llorosa, estúpidamente amante and I, walk the streets of love and they’re full of tears. Estos días el otoño me duele tanto, while lovers laugh and music plays I stumble by and hide my pain.

El hombre que cagaba plata- cuento

Escrito por Hefesto Hefesto - 12/08/2010 - 3 opiniones

Érase una vez, en un lugar de cuyo nombre ya nadie quiere acordarse, una pareja de lo más común que, sin proponérselo, es decir por accidente, tuvo un hijo anormal, el cual se convirtió con el paso del tiempo en el hombre más rico del mundo.

Este hecho de por sí insólito tuvo su origen y desarrollo en otro más insólito aún, pues desde muy temprana edad el niño dio muestras de talento económico o, según como se vea, de inclinación escatológica. Como se dice en buen cristiano –si bien vulgarmente, con una propiedad ajena al lenguaje literario–, el niño cagaba plata. Sí, eso mismo: la criatura no salía nunca del baño sin un fajo de billetes en la mano. ¿De qué nacionalidad? Todo es relativo. Dicen las malas lenguas (que en realidad son buenas, pues ayudan a llenar los blancos de la Historia) que si el nene comía comida criolla, daba pesos; que si engullía Sushi, daba yens; que si se deleitaba con una buena hamburguesa, luego salía triunfante del “trono” con dólares tan verdes y nuevos como ya no se ve, salvo tal vez (ordenados dentro de un eterno maletín negro) en las películas de gánsteres y mafiosos.

Pronto el niño fue globalizado por partida doble: por un lado, devoraba una variedad alucinante de comidas del mundo, aunque siempre en función del cambio del día y, a veces, de los caprichos de los padres fascinados por el prodigio; por otro, conforme se fortalecía el dólar, el adolescente se especializaba en el fast-food, y terminó siendo la imagen viva del globo terráqueo, no sólo por obeso sino también porque, cubierto de rojos archipiélagos y cráteres blancuzcos, no podía menos que hacer pensar en la riqueza natural de nuestro planeta. Pero dicen que a pesar de todo fue feliz, y dicho sea de paso, es lo que emana de la célebre foto, tomada por un paparazzi, en que –sonriente bajo la lluvia de flashes– sale de una discoteca del brazo de cierta ex-Miss Universo quien, en ese preciso instante, le ayudaba a subir un escalón. Además, si no creció de modo conveniente, en cambio sí se reprodujo como Dios manda, multiplicándose en una gran familia de multinacionales, que se implantaron en la India, la China y la Cochinchina, fruto de sucesivas deslocalizaciones, las cuales generaban ganancias tan espectaculares, que hasta suplían por sí solas las crecientes lagunas originadas por la caída drástica de su productividad anual –o anal–.

Un buen día, no obstante, resultó inútil la acción conjunta del ejército de médicos que lo atacaba a diario en su mansión, recetándole drogas variopintas –y en muchos casos, como más tarde señalaron los forenses, ilegales y todo–, pues ya nada que se hubiera inventado en farmacéutica parecía surtir efecto en aquel elefante cansado. Y he aquí que, en cuestión de meses, el hombre se consumió hasta semejar un perro raquítico. Y así fue hasta el jueves aciago en que se supo que había cagado el último billete y se nos vino encima la crisis financiera y negros nubarrones se cernieron sobre el mundo.

Un tal cabo Juan- cuento

Escrito por perrorabioso perrorabioso - 9/08/2010 - 3 opiniones

Pienso que el hecho de haber ido a los doce años a la morgue para ver lo que quedaba de mi padre, me da una especie de inmunidad al asco y las emociones que suelen producir las situaciones en las que se tiene que atravesar un mar de cadáveres destripados,  morados, hinchados y pestilentes, cuidándose de no pisarles los brazos o los charcos de sangre que emanan.

Recibo una llamada de la policía: piden hablar con la trabajadora social, -no está la licenciada- le respondo. La voz al otro lado del teléfono pregunta con mucha amabilidad quién soy -Le habla el abogado de la institución-, digo. Va a disculpar, doctor… extiende la r para que caiga en cuenta de que quiere saber mi nombre. Como es lunes en la mañana, digo mi apellido con fastidio y mala gana.

Se identifica, es el jefe de la división de homicidios, capitán Fausto Nina. Después de un saludo breve decide ir al grano, toma aire y dispara. Sabe, a horas siete y media de la mañana y por denuncia de los vecinos, los agentes de la división de homicidios Benedicto Mayta y Fernando Aguilar procedieron a realizar el levantamiento legal  del cadáver de un menor “NN” de sexo masculino de aproximadamente quince a veinte años de edad con características de bebedor consuetudinario que ha sido hallado en posición decúbito dorsal en la zona denominada “los brujos” con una botella insertada en el recto… y sin ningún otro signo de violencia.- Se le termina el aire en la palabra recto y tragando aire a modo de respirar logra terminar de dar el informe. Su silencio me dice que espera una respuesta, pero yo sólo he escuchado las palabras: homicidios, cadáver, menor, bebedor y botella en el recto. Me hago una imagen de la escena mientras me froto el trasero. No sé qué decir. -Qué pena- respondo en voz baja.

-¿Pena? Pregunta el policía con lo último de paciencia que le queda. –Mire Doctor, no sé si será una pena, lo único que sé es que ustedes hacen escándalo cada vez que los levantamos a esos colos y no les avisamos. Le ruego que vengan  lo más antes posible a la división de homicidios de la Policía Técnica Judicial del distrito para ver si lo reconocen al muerto, hasta luego.-

Todos los edificios de la policía son verdes y blancos, lo que me hace pensar que eso de la esperanza y la pureza son cuestiones legales o puras mamadas psicológicas. En la puerta de la PTJ, hay tres cosas que se pueden encontrar eternamente y a toda hora del día: Policías comiendo; tipos encorbatados con maletines bajo el brazo hablando con gente vestida de luto y tinterillos que ofrecen llenar cartas y formularios en sus máquinas de escribir portátiles.

Procuro pasar desapercibido y me saco la corbata en la esquina, aunque dentro de mí sé que eso no va a bastar porque aquí en el distrito, a los abogados se nos reconoce por estar vestidos como mafiosos italianos vendiendo pomadas en medio de un mercado chino.

El piso del patio de la policía está lleno de grasa mecánica y la gente que la atraviesa anda resbalándose y maldiciendo a todo el mundo. Cuatro oficiales  irrumpen a carcajadas con una bolsa negra, de la cual extraen un pantalón totalmente ensangrentado; uno de ellos alarga una manguera y empieza a limpiar el pantalón con un débil chorro de agua. La sangre del pantalón empieza a gotear sobre las manchas de aceite y forma un charco marrón y tornasol. Los otros policías lanzan monedas al aire. Están haciendo una apuesta. El perdedor se lamenta e insulta a sus compañeros que satisfechos sonríen y le alcanzan un par de bolsas de basura que se pone en las manos a modo de guantes y extrae algo del bolsillo del pantalón. Es una billetera: después de hacer varias muecas de asco, encuentra el documento de identidad. –¡Ahistá carajo! me debes veinte lucas, estaba entre treinta y treinta cinco años. Los otros policías por incrédulos se van a cerciorar de que sea verdad y ofrecen pagarle en otra. Me he quedado parado mirando la escena, por lo que Arminda, la trabajadora social, me llama varias veces por mi nombre. Subimos dos pisos y un letrero borroso nos indica que estamos en el lugar indicado: La división homicidios de la PTJ.

-¿El Capitán Nina? no se encuentra pues, no va a venir. Está en un caso toda la mañana-responde fastidiado y sin levantar la vista un policía chamuscado por el sol, con la nariz guinda y lentes de cristal ámbar, mientras picotea con el dedo índice una viejísima máquina de escribir “Olimpia” que exhibía el código de su inventario en la parte trasera donde se veía la lejana fecha de su inventariado 09/23/86.

En el escritorio algunos papeles desordenados, eran aplastados por un platillo con un sándwich de huevo a medio comer que hacía de pisapapeles. El policía, después de ver las identificaciones de nuestra organización, se despabila milagrosamente, identificándose cómo el oficial de homicidios Mayta.

–¡Claro! El chico que hemos levantado esta madrugada. Parece que se ha desangrado por que le han atravesado una botella por el recto. Aunque puede también que se le haya ido la mano con la clefa o  el trago y se ha congelado. O puede ser todo al mismo tiempo jajajaja. Mayta suelta una risotada ignorando la cara de indignación de Arminda. Se lame el dedo índice de la mano derecha y empieza a hojear un cuaderno escolar de cien hojas, repleto de manchas de grasa y ají donde se lee con tinta azul, una lista de los cuerpos encontrados en los últimos días y en el que en el mejor de los casos figuraba el sexo ya que todos se anotaban NN y la edad aproximada.

Nada extraña la indulgente ineficiencia de Mayta que de todo y nada ríe, buscando la mejor forma de congraciarse. De pronto irrumpe en el ambiente una señora que por su aspecto parece una comerciante muy humilde. Carga un niño en la espalda que duerme con un pan chupado en la mano y los cabellos en la boca. Pregunta algo en aymara; Arminda y yo nos miramos las caras ya que no entendemos ni una palabra. Mayta le señala con un gruñido la parte trasera de la oficina que se separa de todo el ambiente por una especie de pared falsa de madera. La señora agradece con lágrimas en los ojos y gimoteando se dirige al rincón indicado. Aparta una silla y empieza a llorar desconsoladamente. ¡Justicia! Grita varias veces. No alcanzo a ver a quién le pide justicia ni con quien habla con tanta vehemencia. Debe ser alguien importante pienso, seguro es el Capitán Nina y este Mayta nos está mamando, maquino. La señora, se suena la nariz se me queda mirando y sin saber que soy aogado me dice: – ay doctor, cómo me lo van a hacer así esos desgraciados, malditos, agárrenlo pues-. Me incomodan los hipos sufridos de esa mujer, por lo que resuelvo no responderle y evitar mirarla. Mayta y Arminda conversan y bromean de lo más normal, se ve que para ellos estas escenas no son nada nuevas.

-Cálmese señora, lo vamos a agarrar, vaya no más tranquilita- le dice Mayta como para deshacerse de ella. La señora mete su mano en la profundidad de sus senos desde donde extrae una bolsa mulicolor llena de dinero y se marcha sin despedirse. Estoy seguro de que se trata de un tipo de soborno, indignado por el hecho de que aparte del dolor y la circunstancia dramática por la que se ve que está atravesando esta mujer, se atrevan a sonsacarle de repente sus últimos centavos, decido encarar a Mayta – ¿hay que darle plata al Capitán Nina para que nos atienda?- Arminda y Mayta no me dan la más mínima importancia y siguen conversando. Levanto la voz -Qué si hay que pagar algo para hablar con el Capitán Nina- Arminda me da un codazo en medio de mis costillas y Mayta se pone serio.

-Ya le he dicho que el capitán no está, joven, perdón, licenciado o doctor… Allá atrás está el cabo Juan, el mejor policía de aquí del distrito y tal vez del país sino del mundo- Mayta se pone de pie y le hace un guiño a Arminda. -¿lo quiere conocer? me pregunta. Arminda añade a lo dicho por Mayta; -andá a conocerlo al cabo Juan, bien buena gente es- y suelta una carcajada. Recomponiendo la seriedad me dice. – andá,  además tarde o temprano vas a tener que hablar con él para algún casito, ¿no ve oficial? Mayta se vuelve a sentar –si joven, perdón, licenciado o doctor… vaya a verlo ahorita que esta desocupadito.

Sospecho que algo raro está pasando, todo ese ambiente de misterio en una oficina mugrosa de la policía  tiene que tener algo de interesante. Siento que ambos me desafían con la mirada; alentado por la incredulidad y la desconfianza que percibo en ellos, dejo mi maletín en el piso y busco palabras que ayuden a justificar mi presencia cuando me encuentre cara a cara con el tal cabo Juan. El corazón me empieza a latir más rápido y siento las manos mojadas. Me acerco decididamente al lugar donde debería estar el mejor policía del distrito, de la ciudad o del mundo con paso largo y acelerado. A pesar de que no hay más de cinco metros de distancia hasta allá, toda una eternidad de pensamientos inundan mi cabeza.  Llego al diminuto recinto donde está el cabo Juan. La silla estaba fuera de su sitio tal como la había dejado la mujer. Dirijo la mirada al escritorio donde veo un pequeño altar con flores, candelabros y ceniceros. En el medio del altar, una pequeña caja de madera con una ranura posterior que le da apariencia de alcancía, tiene pegado un papel que dice: CUOTAS VOLUNTARIAS PARA MEJORA DE PROCESOS INVESTIGATIVOS.

Las velas están prendidas; los nardos se ven radiantemente blancos y frescos.

El cabo Juan y yo nos vemos directo a los ojos, por así decirlo, ya que el está usando unas oscuras gafas tipo “Ray ban”; me acerco y veo que tiene los huecos de los ojos llenos de algodón y que entre sus dientes de calaca, fuma un L&M ligth que le da un aire de calavera autosuficiente y petulante, Su gorra de policía más que de cabo parece de capitán y un montón de mistura blanca le da un aire de haber llegado de una fiesta. Claro, soy un completo pelotudo, debería haberme imaginado que el cabo Juan era una calavera; una ñatita, otra más de las oscuras tradiciones de ese distrito que se estaba empezando a parecer al infierno.

Intento poner cara de estar tranquilo y no hago ninguna pregunta, aunque ya el Mayta y Arminda se han reído hasta cansarse. El oficial Mayta me mira desde su silla y me dice:

–hay que tener fe joven licenciado, perdón, doctor; hay que tener fe. Para salir de la casa hay que tener fe, para trabajar hay que tener fe; hasta para estar con las mujeres hay que tener fe. Para todo siempre hay que tener fe, sin fe no hay nada. Nada siempre no hay. Si al cabo Juan le pide con fe, agarra ladrones, asesinos, responde preguntas y disuelve maleficios. Todo le avisa en sueños, hay que tener fe. El mismísimo comandante en persona viene a preguntarle al cabo Juan, cuando hay casos graves y el presidente le presiona diciendo que su cabeza va a reemplazar a la del cabo Juan. Por eso cada viernes se lo trae cigarro importado y trago caro; y el cabo Juan no falla, cumple. Bueno, claro que a la fe hay que ayudarla a veces pues doctor, por eso se piden unos pesitos para comprar cigarrillos y traguito de vez en cuando. No se compra cigarro ni trago con fe pues, es lo malo.-

Sigo en silencio avergonzado por mi poca fe. Mayta pide que le sigan a donde estaba el cuerpo del niño que estaban buscando. Yo sé que la morgue no está aquí, está en otro distrito, por lo cual dudo si vamos a tomar un coche para ir a la morgue o que. Como nadie dice nada, pregunto: -disculpe oficial Mayta, ¿en qué vamos a ir a la morgue?- Mayta y Arminda no dejan de caminar y me responde –La morgue está cerrada por refacción, hemos habilitado una morgue mobil, ahí está el cuerpo- cómo no sé qué carajo es una morgue mobil, prefiero dejar de hacer de estúpido, me acuerdo de tener fe y no pregunto más- atravesamos la calle, Mayta se vuelve loco y empieza a gritar – ¡A ver, que les he dicho carajo! Fuera, fuera, no sean irrespetuosos pues, no ves que esta es la morgue mobil, cómo vas a estar vendiendo mandarinas en la puerta de la ambulancia, digo de la morgue mobil, fuera, fuera ahorita los voy a cargar.- Fastidiados los vendedores empezaron a esgrimir todo tipo de razones que Mayta no quería escuchar. Al final, cuando levantaron el puesto de mandarinas y maní que estaba en la puerta trasera de una vieja ambulancia Toyota que estaba siendo usado como anaquel, Mayta sacó un par de bolsas de su bolsillo y me dijo

-un poquito atrás vaya doctor cuidado con el olor- Arminda se tapa la mitad de la cara con la chompa, veo que no puedo hacer lo mismo con mi camisa, así que utilizo mi corbata como pañuelo. Mayta pelea más de tres minutos para abrir la puerta de la ambulancia que parece que se encuentra atascada; maldice mientras jala el sujetador de la puerta poniéndose morado de rabia y luego dice –como ya no podemos usar la morgue de la ciudad, tenemos que taquear a todos los cuerpos aquí hasta que la alcaldía haga una morgue, van a disculpar-… de pronto la puerta se abre y el golpe del olor termina de espantar a los vendedores, pero acerca a unos cuantos curiosos a los que no les importa  ese olor a sangre quemada, carne podrida y pescado soleado que flotaba como un vaho espeso por la acera. Mayta trepa a la ambulancia con prestancia. Siempre con bolsas plásticas en las manos, arrincona unos cuerpos que perdieron el orden de caja de lápices en el que fueron acomodados. Esquivo unas bolsas de basura y ropa deshecha; no le importa pisar los cuerpos, al fin, después de buscar debajo de una pila de cuerpos y acercando con esfuerzo un cuerpo menudo pregunta, -¿este es?. Arminda voltea y me mira sorprendida. Así es, lo conocíamos, cuando estaba vivo le decían el chino Tintaya, un chico de 12 años que trabajaba en los buses que iban a la ciudad y al que siempre se lo veía con bolsas llenas de clefa.

Ahora, El chino Tintaya ya no tiene la apariencia siniestra que la ocasión ameritaba. Más al contrario y por sus ojos, parece que de alguna forma estaba enojado por el hecho de que hayamos tardado tanto en encontrarlo. Arminda me dice  al oído -Lo tendremos que enterrar hoy, ya está podrido-. Así es, el chino no es el único podrido, podridos estamos todos, podridos de la vida y podridos de la muerte. Pienso en las palabras que voy a usar para redactar mi carta de renuncia y huir de ese infierno que se llama La ceja de El Alto; los curiosos, satisfechos de alimentar su morbosidad, se van, los vendedores de fruta miran de reojo para reacomodarse ni bien nos vayamos. Ayudo a cerrar la ambulancia, Mayta mira su reloj y cómo se da cuenta de que ya era hora de almorzar, se va sin despedirse.