Tu nombre- cuento

Escrito por anig anig - 25/07/2010 - 4 opiniones

–¿Vamos al Valle de las Ánimas?
–Ok.

Partimos con una botella de vino en noche de “auto de buen gobierno”. En la tranca escondí la botella debajo de mis pies. Al llegar al lugar preciso las dos montañas, los dos apus, el Illimani y el Mururata, nos miraban brillantes. Las estrellas les regalaban su luz o al revés. Hacía frío. Nos abrazamos. La Cruz del Sur estaba casi sobre la ciudad. Se dice que el 3 de mayo al amanecer, la Cruz del Sur se sitúa sobre el Illimani. Hablamos, contamos, nos abrazamos y luego felices bajamos al auto para tomarnos el delicioso vino y para charlar y enamorar. La ciudad nos mira, nos interroga, los apus están detrás de nosotros. Pregunto por el nombre de la ciudad. Nada responde, nadie habla, hemos quedado mudos de luces, vino y viento helado.

Busco tu nombre, lo despierto en los olores, lo respiro en la neblina. Corro a buscarlo, me tropiezo en el adoquín, me sumerjo en la alcantarilla, me columpio en tus heladas. No lo encuentro, no lo habito. Cinco de la mañana, hiela. Tu voz se me niega. Siete de la mañana, el sol sobre mí, los apus amanecen nublados, su ausencia es tu nombre. La noche sabe de tu voz, tu nombre lo dice. La neblina cruje, tu nombre suena escondido en los dos Apus que nos bautizaron.

Estoy sentada aquí, en el mismo lugar, con el mismo cigarrillo y con el miedo de poder contarte en un cuento, de querer enterrarte mis uñas en tu costado, porque si te cuento, si te escribo, te puedes quedar en estas páginas y no salir nunca más. Es el miedo, dueño de mis ficciones, que quiero exorcizar y quitar de estas letras que te escriben para convertirlo en profecía, nuestra profecía. El vino se ha acabado, nuestras bocas se han cansado de ahogar silencios. El nombre de la ciudad sigue siendo la incógnita que nos ha derrumbado, que ha terminado en alud de casas derrumbadas como naipes, nos hemos enterrado en lodo, en granizo, en ausencias.

Si busco tu nombre en las palabras, me voy a volver sorda. No es tu nombre, tiene que ser tu voz. Gritas, murmullas, callas y la voz que te conoce está ausente. No sé llamarte, no sé escucharte, no te conozco sino a partir de mí misma cuando busco tus rincones para llorar. Te miro de noche, te respiro.

Hay algunas cosas que se han quedado en mi retina, (no en mis oídos, vivo sorda a tu voz): una vez bajando a pie desde la Ceja, las quebradas, los perros y los basurales. Otra vez en Alpacoma, el lugar desde donde se miran dos ciudades, la sin nombre y Alpacoma, y desde allí sólo la luz de las montañas mirando. Tú sin sonar, sólo estándote, mirándonos.

Me abismas los ojos, los oculto en mi vértigo, los descuelgo desde tus alturas, me abismas los dientes, los tiemblo de frío, los lleno de viento. Quieres nombrarnos antes de que descubramos tu nombre, antes de que descubramos la grieta que separa, antes que nuestros propios nacimientos te puedan dar nombre.

¿Qué puedo reclamarte? ¿La piel de los otros? ¿El cúmulo de recuerdos que me habitan por propio deseo de no olvidarlos? ¿Puedo reclamarte tu silencio cuando muchas voces me están hablando y yo las hablo? ¿Qué te puedo decir que no te hayan dicho mis gestos? ¿Cómo puedo nombrarte si ya te han nombrado? Me suenas en todas tus calles, espero tu grito. Me sumerjo en este ruido que no deja de sonar en mi cabeza. No puedo ni siquiera disculparme porque yo soy todas esas voces, todos esos golpes, todas esas pieles y las traigo a tu lado porque así es como me siento completa, así es como espero que me alcances y me digas tu nombre. ¿Cómo hago para callar el ruido? Cómo hago desaparecer todos los sentimientos, todos los amores. ¿Cómo hago para esperarte en silencio? No puedo reprocharte tu repentina ausencia, tu falta, tu lejanía hecha montañas.

Tal vez nunca te escriba un cuento, tal vez nunca te dicte unos versos de amor. Tal vez no te dé nunca puñaladas, ni te quite la grasa de tu costado; tal vez nunca te imagine asesinada por mis manos. Tal vez. Pero eso es lo que me mueve a amarte y nunca te lo voy a decir, sólo lo voy a mirar en tus ojos.

No sé qué nos hemos hecho, tal vez nos hemos encontrado y listo; tal vez las montañas, los achachilas, no sé…

De la literatura, su carrera- crónica

Escrito por estido estido - 23/07/2010 - Nadie opinó aún

Río Fugitivo, qué esp’s eso”, decía un crítico de retaguardia, refiriéndose al nombre de una ciudad ficcional imaginada por un escritor cochabambino de cuyo nombre no quiso acordarse, añadiendo a la ninguneada: “Macondo, Comala, esos son nombres que quedan grabados, esos son nombres que realzan la ficción”. Y yo, para mis adentros, soliloquiando, “Caraspas –me dije–, este señor nunca ha debido escuchar de La Paz, seguro en su carnet dice nacido en Chuquiago”. Porque si de ficción hablamos, qué mejor nombre que “La Paz”, así con mayúsculas hasta en el artículo; ¿acaso hay alguna ciudad que se llame “El Amor”, “La Felicidad” o, en el peor de los casos, “El Odio”, “La Venganza”? No pues, así con tanta alharaca, sólo se llama esta ciudad. Claro que para nosotros es común, ni le damos bola a todo lo que implica el nombrecito; particularmente yo, nunca había reparado en las connotaciones del ínclito nombre; pero sucedió que una noche, hace algunos años, durante una guitarreada internacional en un boliche cusqueño de mala muerte, un sujeto me preguntó a quemarropa: “Y, tú, men, en dónde vives”. Con absoluta naturalidad, aunque también con un aire de soberbia, respondí: “Yo vivo en La Paz”, haciendo que el sujeto abriera sus achinados ojos y, mirando a su vecino, exclamase: “Puuuuucha, pata, este men está avanzado, nosotros sólo vivimos en la gloria”, e inmediatamente me ofreciese un porro babeado, como para sellar una amistad que les asegurara pasaporte libre a mi terruño. Y a pesar de que traté de remediar el malentendido, “Paceño soy”, diciendo, el sujeto ya no quería bienentender: “No, men, no eres paceño –me decía–, eres gurú”.

Y hasta metafísico ha resultado tal apelativo, pudiendo incluso ganarse un lugarcito en la garganta pisquera del Papirri, es decir, una vez incorporado a la metafísica popular, ¡uy cará!, pues méritos para engrosar la letra de ese tema no le faltan; si no, cómo se puede explicar que un comentarista deportivo, en un programa femenino matinal, durante el segmento de opinión política, haya expresado, hace tiempo ya, de manera enfática e incluso con gesto poético denotado por una sutil rima: “Con mucha tristeza, distinguida teleaudiencia, debo referirme a un luctuoso suceso que está ocurriendo en estos momentos, precisamente en este instante, hoy mismo, mientras les hablo, debo comunicarles, repito, con mucha congoja, que en La Paz hay guerra del gas”. ¡Uy cará!

Como el nombre de la ínclita puede asumir distintos sentidos en distintos contextos, alguito de esa virtud, de alguna manera, ha debido nomás heredarnos a todos los cholos que hemos nacido en este hueco. Sólo así se puede entender que un cruceño, que ya vive cincuenta años en La Paz, hable siempre como camba, y que un paceño, que apenas vive dos semanas en Santa Cruz, hable siempre como camba también. Inconciente virtud camaleónico–lingüística poseen los urbandinos. Como si nada, de repente, sin querer queriendo, a uno ya se le pega el acento de otro. Y no es una exageración de esta virtud paceña; bástenos con recordar lo ocurrido durante la visita del príncipe Felipe de Borbón, quien había llegado para presenciar la posesión del primer presidente indio de Bolivia. Un promisorio valor del servicio diplomático, distinguido alumno de la academia del rubro, fue pomposamente designado “jefe de protocolo, con carácter exclusivo, para y durante la visita de la delegación española”. Es decir, en lenguaje más corriente, lo pusieron de llevaytrae del Delfín. Labor que no tuvo que desempeñar por más de tres horas, ya que el futuro Rey de España llegó acompañado por un selecto grupo de viejos diplomáticos, entrenados, específicamente, para coordinar esas tareas de manera profesional y eficiente. Sin embargo, durante esas tres horas, nuestro promisorio diplomático hizo las presentaciones de rigor, indicó dónde quedaban los baños, se tomó unas siete fotos con el príncipe, se hizo autografiar la camisa, en fin, convivió nomás con los españoles, hasta que, dado que ni sospechaba que los bostezos, las consultas continuas al reloj y las cabeceadas del mimado de doña Sofía eran indirectas para que ahuecara el ala, tuvo que ser un corpulento guardaespaldas quien de buena forma le dijera: “Os pido un favor, id hacia la puerta y cerradla, pero ¡por fuera, coño!”. Nuestro jefe de protocolo, meditando esas palabras por unos segundos, comprendió la indirecta y, guiñándole el ojo al gorilón, le respondió: “Hoztiaz, creo que ya ze me hizo tarde”, y avanzó, seguramente con la intención de despedirse, y de una última foto, hacia el príncipe, pero la enorme masa del guardaespaldas le bloqueó el paso, por lo que no tuvo más remedio que sacar una fotito desde ahí nomás, al estilo paparazzi, y despedirse casi a gritos de Felipín: “Ea, zu alteza, que ya me voy, que fue un guzto conocedle, bienvenido zoiz en mi paiz, y bueno, hazta mañana”. El gorila español, pensando que el indiecito se estaba burlando de su castellano acento, a punto estuvo de partirle la crisma, mientras que Felipe respondió, a guisa de recompensa, con una sonrisa, pues pensó que el indiecito se estaba esforzando por pronunciar adecuadamente el idioma de Cervantes.

El peligro de esta virtud paceña es que lo camaleónico se extienda de la lengua al cerebro; y eso, la experiencia cotidiana lo demuestra. Así lo expusieron, en diálogo público, a través de las ondas de una radioemisora, un par de sindicalistas empeñados en demostrar lo incoherente de las autonomías. “De qué pueblo cruceño se puede hablar –señalaba uno– si estadísticamente está demostrado que el cuarenta por ciento de la población en Santa Cruz es colla, el cincuenta por ciento es descendiente de collas, el ocho por ciento son chinos y el dos por ciento son croatas. Entonces, ¿de qué cruceñidad hablan?”. “Es que con engaños hacen que nuestros hermanos nos odien –apuntó el otro sindicalista–. Como los maltratan, rápido tienen que hablar igual que los cambas, para camuflarse, y así se vuelven come collas, o sea, antropófagos, caníbales, a–cha–ca–che–ños, y para convencerlos, les hacen gritar ‘viva la autonomía’, diciéndoles que la autonomía es la ley para la legalización de autos chutos”. Y acaso estas afirmaciones puedan tener asidero en un graffiti aparecido en una pared cruceña, en el que, con letras enormes y verdes, dejaba leer: “Mueran los collas de mierda”, y debajo de esta frase, entre paréntesis y con letra menuda, aclaraba: “(menos papá y mamá)”. [...]

El Monolito- crónica

Escrito por urbandino urbandino - 21/07/2010 - 4 opiniones

En septiembre de 2003, se realizó en La Paz el encuentro de escritores y escritoras del sur: Surescrituras. El discurso inaugural de dicho evento fue encomendado a la poeta, narradora y ensayista paceña Blanca Wiethüchter (1947 – 2004), quien optó por no hacer el típico discurso de circunstancia, sino más bien leer una crónica, a modo de presentar, a los amigos que nos visitaban, la ciudad de La Paz, sus habitantes, sus costumbres y, por qué no, sus pajas.

El Monolito

Hace no muchos meses, en la noche del 15 al 16 de marzo, se realizó un evento particularmente importante y emotivo en esta altísima ciudad, bautizada por sus fundadores, como Nuestra Señora de La Paz. Tan exaltado fue el acontecimiento que esta Nuestra Señora pareció olvidar el recato y descubrir sus maneras de ser “así”. No puedo evitar ponerlos en antecedentes.

En 1932, fue encontrado y desenterrado en Tiahuanacu, —pueblo prehispánico pensado por los aymaras como el taipicala, la piedra del medio, pues consideraban que este pueblo estaba en medio del mundo—, fue encontrado, digo, por un señor Benett y desenterrado por un Sr. Posnansky, un monolito esculpido en piedra, de siete punto treinta metros de altura, de 20 toneladas de peso y de turbante desconocido. En homenaje al explorador, el ídolo se llamó “Monolito Bennet”, extraviando no sólo su nombre aymara, “Pachamama, la diosa de la tierra del Panllevar”, que es muy posible que no fuera el original, sino también su naturaleza femenina, esculpida sobre las espaldas por múltiples trenzas al estilo de la casi extinguida comunidad de los chipayas. En 1933, esta impresionante imagen del Panllevar, labrada en piedra, fue trasladada a La Paz, a la Alameda, hoy día El Prado. Verdad o no, unos dicen que el cielo lloró a mares durante la mudanza y otros, que ingresó triunfalmente en la ciudad parada sobre la plataforma de un tranvía. En 1940 fue transportada a Miraflores, el barrio deportivo de La Paz, y colocada en un templete semi-subterráneo, construido a imitación del de Kalasasaya, donde fue hallada, como una promesa de santuario y Museo al aire libre. También esa vez, así cuentan, se cayó el cielo al suelo.

Ahí se detuvo Pachamama de Panllevar. Había perdido a sus fieles pero no a sus visitantes. Así, todo estos años, a la intemperie. Los estragos del tiempo no dejaron de manifestarse pronto. La boca malograda despistó el contorno, los dientes, a estas alturas, ya no se perciben, la nariz ensanchada como está, ha desorientado el perfil, pero las lagrimas se están. A su izquierda, quedó también la solidaria acompañante, Pajsimama, la madre luna, siempre según parecer aymara ; juntas, quien sabe cuantos años, pues ambas pertenecen a la misma época. De lo que fue una no esbelta pero alta escultura de 8 metros según calculan, queda una cabeza en piedra gris de un metro y 20 centímetros, con el mismo itinerario que Panllevar, pero no destino. A Pajsimama le fue arrancado el cuerpo por medio de explosivos. Es ahora solo cabeza, sin pies ni manos, lo que no impidió transportarla, al igual que a su compañera de ruta. La mutilación de la madre luna, se hizo por doble codicia: buscar piezas de oro en el interior de aquel pétreo cuerpo femenino, aduciendo investigar el misterio de la construcción de Tiahuanacu, pues nadie pudo resolver nunca, —ni los aymaras—, el misterio de quién edificó la ciudad santa, ni de donde sacaron aquellos impresionantes bloques, no existiendo canteras en kilómetros a la redonda y, en segundo término, no buscar sólo oro en las entrañas de esta piedra peinada, sino la técnica secreta de “amasar las piedras”. Pero no encontraron nada.

La polémica sobre la bondad de un retorno al sitio de origen de Pachamama de Panllevar, fue larga y minuciosa. Lo cierto es que hace ya rato las gentes no tenían acceso al Templete en Miraflores, impedidos como estaban por una altísima reja. La justificación del levantamiento de semejante baluarte se la podría encontrar tal vez, en las inscripciones sobre las murallas antiguas y que los guardianes del templete sospechaban ser recientes: “Marcelo ama a Lorena”. De manera que después de largas disquisiciones y para que “esta plaza no siga siendo objeto de la indiferencia pública y para que las piezas puedan ser debidamente admiradas y apreciadas” se decidió devolverla a Tiahuanacu, previa construcción de un hermoso Museo en el pueblo. Decir que el retorno legítimo de Pachamama de Panllevar, se justifica, además de lo dicho, porque en Tiahuanacu ya casi no existe nada para mostrar, es decir demasiado. Según malas lenguas hay un mundo por desenterrar y si bien un Chachapuma está en el Museo del Hombre en París, es necesario confesar de inmediato que en Tokio, en Valencia, en Praga, en Berlín y en Washington pernoctan a diario restos invalorables de la cultura Tiahuanacota. De verdad. Vayan a ver.

*** *** ***

El traslado iba a hacerse efectivo esa noche de marzo. En realidad ya habían comenzado los trabajos de excavación 10 días antes, pero para el tramo final se pensó en socializar el acontecimiento. Al Monolito había que decirle civilizadamente adiós.

A las 19 horas del día 15 la plazoleta estaba en rebalse. La Paz estaba impactada. El barrio de Miraflores, lo mismo. “Cómo le van a hacer esto a nuestro barrio” decían. Pero el sagrado ídolo se iba, Nuestra Señora de La Paz perdía a uno de sus custodios.

Se habían reunido las voces de la ciudad. Por un lado señoras, sentadas como montañas, luciendo sus mantas de vicuña, pañuelo o mandil en mano, murmuraba en aymarol, entre voces apenas audibles, la funesta decisión: ay qué será de nosotros, Tatito, ahuracito, qué será de nosotros, ay qué será: maldición es, diluvio es, sangre es…”

“Profanación, profanación”, clamaban algunos corazones entre sollozos mal contenidos. En tanto, pronunciados por labios distintos y pintados, se deletreaba en ritmo femenino: Espíritu Santo, sálvanos; protégenos, Santísima Trinidad “todas las noches llora el Monolito, ay Jesús, Jesús María, todas las noches se pasea el Monolito.

Palpitaban voces, por todas partes se oían las voces:

—Lo que digo tiene fundamento científico, el Monolito Bennet tiene diseñado en su espalda un calendario agrario. 12 meses con 30 días cada uno, dividido en tres semanas de a 10 días cada uno.
—¿Quieres decirme que han inventado la pólvora?
—Te aseguro que es un almanaque agrario y tiene que ver con la Puerta del Sol…

Musicalmente interrumpía otra fonética —Ay Achachilas, abuelos, Ayúdennos en este trance…Ay Tomás Huanca, ay Fortunato Condori, ayudadnos con vuestra alma…—, para continuar en otro de los flancos de la muchedumbre:

—En Tiahuanacu hablaban puquina, no aymara, hermanito. Tiahuanacu en su origen no tiene nada que ver con los aymaras.
—Sí, pero yo he leído que tiene que ver con los extraterrestres.
—No hermanito, nada que ver, fueron los sobrevivientes de la Atlántida y como tales eran atlantes, at-lan-tes
—Y si fueron atlantes, ¿por qué han desaparecido sin dejar rastro?
—¿Y para qué querían un almanaque agrario los extraterrestres? Si han llegado aquí, ya sabrían pues todo eso, ¿no vé?

Mientras otras bocas, más calmadas, de individuos empaquetados en chamarras de plástico, auguraban para el Monolito Benett un futuro glamoroso y saludable en su nueva vivienda.

Sí, se oían otras lenguas. Entre ellas el alemán y como siempre el inglés. Nadie podía quedarse callado, como si las palabras, dichas a esta altura, pudieran salvar a quienes las pronunciaban de la responsabilidad del traslado. “Yo he dicho que no se lo lleven, yo hey dicho. Ya ven, maldición era”. Pero todos sabían que era inevitable porque ya las autoridades lo habían decidido y las autoridades estaban a punto de llegar. Además, tantos días que los arqueólogos y los ingenieros trabajaban en eso.

—Que acaso no saben, el Monolito esconde otras cosas —decían los chamarreros de cuero—. Pero dicen que ya las han sacado los alemanes. Porque, primero, hay que saber que el templete subterráneo éste, no es igual al original, porque en este han metido símbolos nazis. Ellos son los que han ocultado tesoros debajo del Monolito. Dicen que son dos tubos de oro labrados por los mismos germanos y que, escuchen esto: fueron los alemanes (te apuesto que neonazis, porque estos desgraciados se las saben todas) los que financiaron la limpieza del Monolito antes de su traslado para luego sacarlo de aquí. Nadie sabe el contenido de los tubos, pero te apuesto lo que quieras que ya no existen porque ya se los han llevado.

Unos otros del nosotros afirmaban también a viva voz la urgencia absoluta de quedarse, “de no irse para nada, dure lo que dure, tarde lo que tarde,” pues el monolito estaba asegurado en diez millones de dólares y “vaya uno a saber lo que las autoridades son capaces de cometer por 10 millones de dólares ¡hay que vigilar, hermanito, hay que mirar si pescamos algo. Escucha, la estrategia, dicen, es hacerlo caer, lo quieren dejar caer, destruir, Plaf, hermanito, ¿te das cuenta? Qué bestias, ¿no? Qué fácil, no… La gente mira: un accidente. Pero yo te juro por lo más santo que los denuncio, carajo, ya me van a conocer a mí. Te lo juro, porque ya basta de jugar con nosotros. No hay que dejarlos. No lo vamos a permitir. Mientras más ojos mejor. No nos van a timar”.

Y aún otros, del mismo nosotros, aseguraban que debajo de Monolito se escondían ciertos mapas que iban a permitir, finalmente, saber la antigüedad de Tiahuanacu. ¿No sería ese el contenido de los tubos? Cabría preguntarse. Y todavía otros afirmaban que, dentro de un feto de llama allabajo, se hallaría uno de los dedos del Inca, el índice para más datos. La cosa hervía.

Para el evento la Alcaldía había contratado a la Jazz Band y a la extraordinaria Luzmila del Carpio. Los Mallkus, expresamente invitados y transportados en minibuses desde el Altiplano, ahí estaban, emponchados ahora y agrupados en un rincón que habían inventado ellos mismos. Es extraño el talento que tienen para inventar rincones. ¿no les parece? Ahí estaban gentes de la prensa, artistas de toda índole y público en general. Los Mallkus murmuraban todo el rato, dice que decían que ya no querían aguantar los abusos. Pero no se oía. Y dice que decían también oraciones, todo el rato, pero no se oía, mascaban coca y tomaban alcohol, y no se oía. Y dice que entre ellos hay un yatiri esperando que lo saquen al Monolito. ¿Qué hará?. Lo challará pues. No se sabe… Se habían traído músicos que tocaban Sikus de Italaque. Uno de ellos parecía sumamente importante. Se rumoreaba que era primo legítimo del Mallku de los Mallkus, Felipe Quispe. No sabemos si Felipe Quispe estaba por ahí. Pero quién sabe. Con ellos nunca se sabe.

Desde el palco de los arqueólogos que estaban parados al borde del templete, ahí donde podían mirar desde arriba las manipulaciones del ingeniero y del obrero, con miles de ojos atentos encima, esperando algún milagro. “¿Qué milagro? No sé, siempre hacen milagros estos”, provenía la voz clara y definida del saber sin susurros.

—Yo soy ateo, Doctor, creo en la ciencia, creo en la tecnología. Lo demás es opio para el pueblo.
—Que “ocurrente”, Doctor, pero hay que respetar el sentimiento popular. Es un ídolo y pertenece a su habitat religioso.
—Esta bien, está bien, no trato de ser irrespetuoso.

Un estudiante cercano a los arqueólogos, grabadora en mano registraba toda la conversación. Decían que estaba haciendo su tesis en Harvard o en Yale, o tal vez en Corneille o dónde sería. Como siempre, hermanito, sacan materia prima de aquí y nos la devuelven registrada en inglés. Oh yes.

Ya habían pasado muchas horas desde las horas 19 y el Monolito Bennet seguía en manos del que manejaba el martillo hidráulico. Había cantado Luzmila; la Jazz Band le metió durante una hora. Todos los actos programados ya se habían sucedido. Solo los sikus seguían dándole de vez en cuando. Todos sabían que había maleantes rondando y que era mejor tener cuidado con las carteras. Estos aprovechan precisamente estos ratos… Pero la cosa no avanzaba para nada. Las guaguas lloraban. Algunas madres, para divertir a sus chicos, les contaban adivinanzas; A ver, chicos, a ver si saben esta: Qué cosa es/ qué cosita es/ hay un señor que teniendo pies no anda, teniendo manos, está tieso, teniendo ojos no ve. ¿Qué cosa es esto? Los tres chicos adormilados y hartos y estupefactos no atinaban a responder. —Qué es pues eso, mamita. —Nayra qala jaquiwa hijito, El Monolito pues, no ves que lo estamos mirando.

Gran parte de la gente se iba y venían otros o los mismos ya no se sabía. Vendedoras de café y sandwhicheras. Los teléfonos móviles iban y venían ofreciendo llamadas. La tensión iba en aumento. Súbitamente un hombre se saca su sombrero y sin previa inquietud comienza por gritar “hora” tratando de apurar el trance. Su reclamo no cae en saco roto y una parte del público ahora alborotado clama impaciente: “hora, hora”, mientras el restante intenta hacerlos callar. “Silencio, carajo, esto no es un espectáculo”.

Cundió la noticia como pólvora, la hora del Monolito se fijó para el amanecer. Benett partía con las primeras luces del sol. La gente debía aguantar. Extrañamente comenzaron a aparecer más personas que se acomodaron a codazo limpio. De pronto se hizo un silencio espeluznante. El hombre del martillo hidráulico emergió del Templete y simplemente se fue sin decir esta boca es mía. El público estaba estupefacto. Si todavía nada estaba listo. Los Mallkus dejaron de mascar, una pareja de gritar, las señoras sacaron sus pañuelos. Después de varios minutos incomprensibles y expectantes para todos llega el desayuno para los arqueólogos: api con llauchas. Un rumor cada vez más frenético anuncia el desconcierto del abandono del hidráulico. El ingeniero, a la intemperie, se queda con martillo y sin obrero. No sabe qué hacer y nadie sabe qué hacer, y no le dan nada, ni empanadas ni nada. Entonces decide seguir trabajando solo. La salida del sol se hacía inminente. Los arqueólogos comen y luego se ponen todos una chamarra azul. Las chamarras azules de los arqueólogos sugieren cambios. A callar. Llegan gentes de la Alcaldía y fotógrafos que inmediatamente acosan a los arqueólogos con el clic. Un gran rumor de beneplácito recorre al público. Aplausos por las fotos y aplausos por la honorable Alcaldía que ahora reparte galletas y estickers en forma de Monolito. Pero las mujeres lloran porque se va el Monolito. Dicen que el diluvio de febrero lo causó la idea de trasladar el Monolito. Que van a poner una réplica exacta. Pero que eso no es lo mismo. Peor se va a enojar el Monolito. Los Mallkus no dicen nada y siguen bebiendo alcohol. Y nadie los oye. Mientras comen galletas y piden café llegan dos enormes grúas. Los arqueólogos reaccionan calzándose de inmediato gorritas también azules. Los fotógrafos cumplen y más fotos. Las grúas están en posición. Otro silencio mortal. Ha llegado el momento, se lo siente en la atención, en la respiración, en el sudor, en las gorras cuando súbitamente irrumpe el silencio una escandalosa banda de músicos tocando la diablada, bajando por una de las calles que dan a la Plaza, acompañados por bailarines disfrazados de Mentisanes, Cevimines Inti, y los Tónico Inti con cuernos de toro. De inmediato reaccionan los financiadores del evento con sus banderines de Tosalcos y ambas empresas entran en polémica. Alcos envía por la policía que aparece rauda y apresa y carga a mentisanes y cevimines a una camioneta, pues la empresa farmaceútica Inti no había pagado ningún derecho de publicidad en el acontecimiento. En respuesta, la indignada banda responde interpretando “Viva Santa Cruz, bella tierra de mi corazón”, que no tenía nada que ver con los monolitos, porque en el trópico, según se sabe, no estuvieron nunca los extraterrestres. Sólo en la Isla de Pascua y en el Altiplano boliviano, hablando del Sur.

¡Ay hermano, qué melancolía, qué sol negro de la melancolía me invade…!

Pero a todo esto, el Monolito estaba ya en el aire, asido por las dos grúas. Se tambalea. La gente grita. Se balancea. Ulular generalizado. Los Mallkus permanecen acuclillados, susurran en aymara, pero nadie los oye, las señoras se desmayan entre sus pañuelos. Gritos y suspiros. Se oyen todos los idiomas a la vez. Los arqueólogos se abrazan, piden otra fotografía antes de saltar al interior del Templete; los periodistas enloquecidos sacan fotografías del Monolito que ahora va a aterrizar con cierta prudencia en la plataforma de un trailer. Mientras los periodistas se abrazan, un desconocido brazo azul se eleva desde las profundidades del templete mostrando una cabeza de llama. Aplausos y lágrimas. Los Mallkus se levantan, Los chamarreros de cuero se levantan, las señoras se levantan, los banderines de la Alcos se levantan. Todos corren hacia el Monolito que ahora yace sobre el trailer a la orilla del templete. Lo tocan, lo challan con alcohol, lo bañan en hojas de coca, le oran, le rezan, las plegarias se escuchan hasta la Florida por las montañas, hasta el Lago. No hay lengua trabada. Se elevan los globos de la Alcos. El enorme motorizado hasta ahora impaciente con las manos y las hojas de coca y el alcohol, parte finalmente, para dar una vuelta de popularidad alrededor de la plazuela. Llanto generalizado hasta que el trailer se orienta rumbo al Altiplano. La gente se queda ojaleando.

Ese mismo día lo llevaron por todos los pueblos cercanos al camino que lleva a Tiahuanacu para que la gente tenga la oportunidad de despedirse y otras para recibirlo.

Ahora está en el Museo del pueblo de Tiahuanacu, desde el 23 de marzo, que es nuestro día del mar perdido.

Ciudad ladrillo- fotografía

Escrito por chochoe chochoe - 19/07/2010 - 2 opiniones

 

Ciudad de ladrillo- Hibrido

Escrito por corigangar corigangar - 19/07/2010 - Nadie opinó aún

La montaña, con el paso de los años, se fue poblando de las vidas atraídas por el llamado de La Paz. Algunas llegaron rodando del altiplano y sembraron, generación a generación, su sangre en la ciudad; otras subieron de la hoyada, ahuyentadas por los edificios. Ambas hicieron la ladera de ladrillo que en las noches late como polvo de miles de estrellas estornudadas por el cielo.

En la ladera oeste, hay un sendero de concreto que baja desde La Ceja de El Alto, al que llaman las mil gradas. Esta culebra de cemento que empieza en las antenas, lleva las vidas que descienden a trabajar en la periferia o en la lejana zona sur. De igual forma, contra la gravedad, trae las historias de quienes retornan de la ciudad con su cansancio a cuestas.

El que habita en la “ciudad ladrillo” sabe de la distancia a partir del ascenso y el descenso. El norte está arriba, el sur abajo; el este y el oeste se proyectan ascendiendo también por los cerros. Sin duda el habitante de los barrios que trepan sabe de su lugar a partir de la presencia de los cerros. Por eso no sorprenden el asombro y desorientación cuando el habitante de la hoyada llega al llano, ya que para el urbandino, norte y sur no tienen sentido sin el arriba o el abajo. Por eso se pierde, por eso está incompleto sin la presencia de la montaña.

La ciudad en la ladera, como geografía que late, sostiene con paciencia en sus espaldas los ladrillos que la habitan. Sin embargo cuando llueve se cansa y sacude todo, vidas incluidas; con fuerte estruendo se ablanda y exhala mazamorra, estornudando catres, calaminas, muebles y cuerpos.

La ladera tose con dolor en época de lluvias, y sobre todo por las noches. Es un hecho misterioso que a muchos perturba, y a otros alumbra, el que los derrumbes se produzcan antes del alba, en aquella hora donde las vidas entregan confiadas su sueño a la montaña.

La ciudad de ladrillo, sin embargo, insiste en seguir trepando y en llenarse de más vidas, desafiando el dolor en el cuerpo de la montaña; así es como debe ser, así es como seguirá siendo.

Visitar la exposición virtual “Ciudad ladrillo”, de Roberto Dorado