Globalización, el principal reto para toda identidad- ensayo

Escrito por disfonia disfonia - 17/06/2010 - Una opinión

Hoy por hoy, para bien o para mal, la fuerza que imprime una cultura sobre otra es un hecho innegable; fuerza que en la mayoría de los casos no supone un acto de violencia, como la entenderíamos en otros contextos. Se trata más bien de la acción continua, del acto y no del hecho, por el cual vamos adoptando formas y costumbres que tradicionalmente no practicábamos y que muchas veces van en desmedro de lo que sí se había practicado por años y años en un lugar determinado. Como digo, hoy por hoy, es difícil y casi inútil escapar de prácticas y valoraciones ya globales; así, halloween puede provocarme indiferencia, pero esto no pasa con mis sobrinos o primos, ni ocurrirá con mis hijos, aunque yo me desgaste explicando que las brujas no existen y que es más interesante hablar con el abuelito muerto al día siguiente. Si bien es triste en algunos casos compartir prácticas nuevas y cambiar gradualmente la vara con la que se medía antaño lo “bueno” y lo “malo”, es práctico en otros casos, y necesario para no quedarnos en las antípodas del mundo sin poder tender un diálogo efectivo con el resto de la humanidad. Lo ideal, sin lugar a dudas, sería cultivar la capacidad de practicar una especie de bilingüismo cultural que permita al habitante global de este y otros mundillos comunicarse realmente en, al menos, dos niveles: el “propio” –como si éste no fuera otro dado, otro impuesto, otro aprendido por el amor y la necesidad– y diría, para seguir con esta lógica, el “impropio”, es decir, el que viene de “afuera” y que por “fuerza” tengo que integrar a mi existencia para vivir “mejor”.

Aunque por lo general no deja de resultar inútil regodearse en el conflicto que supone el separar lo mío de lo que no lo es, o aclarar a capa y espada la cuna de cada práctica que veo más allá de mis dominios, de cada hacer o desarrollo que intuyo familiar, es inevitable que no salte la fibra más sutil de nuestra noción de pertenencia, patria, nacionalidad o marka, cuando vemos atropellado lo que creemos un derecho: el derecho de propiedad –diríamos–, un ejercicio de justicia. Cuando nos sentimos ignorados y víctimas de un atropello cultural, un “¡eso es mío!” sale con uñas y dientes exigiendo más un reconocimiento como sujetos creadores que la interrupción de una práctica que, lejos de preocuparnos, debería llenarnos de orgullo. Calculo que a un argentino le da absolutamente igual lo que se haga con el Tango, mientras se tenga claro que éste nació en los arrabales porteños. Vaya uno a saber, sin embargo, qué era ese tango en sus inicios, acaso una pálida sombra de lo que hoy en día es. Lo mismo con cualquier otro género. Tendríamos que estar seriamente afectados de la vista, y con esto digo del entendimiento, para no reconocer que el desarrollo de toda práctica es y ha sido posible a partir del contacto con otra cosa que la confrontaba en su sustancia. A partir del otro miro y entiendo lo que soy. Todo lo que no soy es un reflejo para verme y entenderme y reconstruirme, ¿cierto? De igual forma, cada hacer ha crecido y se ha fortalecido desde su propia transformación a partir del encuentro con lo totalmente ajeno y con eso que lo retaba a ser distinto.

No propongo, entonces, volver al uso medieval de no firmar nada y dejar la obra, el invento o la creación en la total orfandad, como legado a la humanidad de un alma sin identidad ni pasado, pero sin duda la lucha por el reconocimiento de los orígenes, que a esto se reduce todo conflicto actual de pseudo pertenencia cultural, debería ser llevada por un camino que participe activamente en ese diálogo con todo lo que no es eso mismo que se busca asentar clara y firmemente.

Ya que lo “cultural” en su sentido extenso comprende casi todo, quiero hablar de una práctica que dialoga y confirma así lo que es, a partir de su filosofía como base de su práctica científica. De esta forma, no sólo podremos ver cómo un saber se construye mejor desde el punto de vista nosológico, sino cómo permite establecer acuerdos y “puentes hechos de palabras”, como diría Benedetti, con otros saberes y prácticas, a fin de encontrar equivalencias que vayan más allá de quién los vio, intuyó, descubrió y expresó primero, para apuntar a un fin común que, sin olvidar las procedencias, rescata la sabiduría del hombre en general para ser usada por los hombres en particular. Hablo concretamente de la Medicina Tradicional Oriental y su impacto actual en el mundo occidental.

Seamos prácticos. Hasta que no se nos explica y convence de lo que pueden hacer unas agujitas por nuestras vidas cuando tenemos dolores de cabeza, poco nos importa saber si el yin o el yan están desequilibrados, o si los meridianos están atrofiados o si no estoy recorriendo mi propio TAO. Lo que queremos una aspirina, y si el dolor es muy grave dos o tres, porque nuestra fe está puesta en lo que consideramos un conocimiento probado científicamente; esto es, un fármaco, una eficacia comprobada con sello de laboratorio. Por qué entonces el éxito inusitado –que segura estoy, ha traspasado ya los umbrales de la moda o la experimentación– de la acupuntura, la homeopatía y toda la medicina alternativa en general. La respuesta es simple, y no por eso menos sorprendente. Según el doctor Antonio Carlos Nogueira, director en España del Centro de Enseñanza de la Medicina Tradicional China, lo que ha alejado a la medicina oriental de la occidental, o mejor dicho, lo que ha alejado a los posibles pacientes de otro tipo de prácticas, distinta a la mal llamada “científica” occidental, ha sido el grado de poesía que encontramos en la medicina tradicional oriental(1). Su alto grado metafórico para representar los órganos y los dolores, las influencias de unos órganos sobre otros, el poder de la relatividad, la noción de energía que produce el salto orbital del electrón, entre muchos, ha sido el principal obstáculo para comprender y creer en otra forma de curación. Pero, si se nos explica que el llamado TAO o CHI’, por recurrir a la terminología más elemental, hace referencia a la Energía universal y que los Canales Energéticos son los meridianos, y que estos meridianos forman conjuntos inseparables –por ejemplo, los meridianos del hígado, corazón, bazo páncreas forman uno, junto con el pulmón, el riñón, el corazón y los órganos sexuales ya que corresponden a la misma función orgánica, y que por eso se llaman YIN, y se oponen al Triple calentador que regula las funciones respiratorias, digestivas y urinarias, y es de la naturaleza YANG– muy posiblemente podamos interesarnos en acceder a otro tipo de cura, y lo que es mejor, a la sanación. Pues bien, esto es lo que un grupo cada vez mayor de médicos de formación occidental está haciendo actualmente; es decir, estudiar, aprender y traducir dicho conocimiento a una parte del mundo que ignoraba que estas corrientes comparten la idea de que la materia no es sino energía con mayor o menor grado de condensación (léase vibración), y sus postulados se apoyan en los conocimientos más avanzados de la Física Cuántica y una concepción holográfica del universo. “Ha habido que esperar hasta el siglo XX para entender que lo que afirma la Medicina Tradicional China se sustenta en los conocimientos de la Física moderna. Que lo que se creía un cuerpo doctrinal de carácter meramente filosófico y exento de toda base científica está avalado por los conocimientos más modernos, de vanguardia” (Nogueira), y lo que es más importante: que no es exagerado esperar que detrás de todo conocimiento que se tilde de científico debe haber una filosofía, y detrás de toda filosofía, un pensamiento poético. Las equivalencias son importantes, pero no lo trascendental cuando se trata de traducir un saber, sea en el área que sea. Lo realmente importante bajo todo punto de vista es el develamiento significativo, la presentación de otra visión de mundo, de otro lenguaje y otra sensibilidad que prevalezca más allá de las combinaciones posibles, de la industrialización de la curación por la energía, y cualquier posible fusión entre los últimos aparatos y sus fines últimos, que son siempre de una trascendencia mayor a la recuperación del órgano. Un saber así enfocado, siempre está por delante del último grito de la modernización constante de la maquinaria científica.

De forma sorprendente, aunque quizá no tanto, la Medicina Tradicional Oriental, ahora más conocida como acupuntura bioenergética o como psiconeuroacupuntura, por ejemplo, nos permite tras el nombre cientifizado, acceder a lo importante de esta migración de saber de una cultura a otra. Occidentalmente, no deja de haber resistencia a una visión de mundo distinta, a un nombrar las cosas, las enfermedades, las curaciones de forma extraña, poco exacta a nuestros oídos acostumbrados a las “algias” y a las “itis”, pero día a día hay una mayor comprensión, aceptación y práctica de una mirada alternativa de la salud y la enfermedad. Este es un buen ejemplo de lo que es la integración de un saber, de un práctica tradicionalmente ajena a una cosmovisión, y que no permite una manipulación convenienciera, desleal o plagiadora por parte de sus usuarios, cada vez mayores en el mundo, porque desde el silencio y la sabiduría que le son propias a estas culturas han planteado detrás del hacer o el performance incomprensible para tantos, un pensamiento, una poesía, un lenguaje y una expresión única que no puede asimilarse parcialmente. No, si se buscan efectos reales.

Quién puede evitar hoy por hoy el flujo arbitrario y hasta inexacto de conocimiento; ante quién elevaríamos una queja eficaz contra el uso o la práctica de lo que consideramos “propio”. La única garantía, si la hay, del respeto y el reconocimiento efectivo de un posible origen no radica sino en un pensamiento, un lenguaje y un hacer que trasciendan la representación vacía, caduca, enferma o desgastada; es decir, de una práctica cultivada como un saber que se afirme en el mundo precisamente desde el encuentro con lo que no es.

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(1) Entrevista concedida a la revista Discovery Salud. No 122.

Apuntes caníbales- reseña

Escrito por Hefesto Hefesto - 13/06/2010 - 5 opiniones

Sobre La carretera, de Cormac McCarthy

En esta gran novela, con la que el estadounidense Cormac McCarthy ganó el premio Pulitzer 2007, se reactualiza de forma impresionante una problemática relegada, desde hace tiempo ya, ora al exotismo, ora a la patología: la del canibalismo. En efecto, La carretera sitúa el problema de la antropofagia en el centro mismo de una poderosa reflexión sobre el humanismo.

Llega otro invierno. El fin del mundo ya es historia. Nadie sabe lo que realmente pasó o, quizá, a nadie le interese. ¿Qué importa el pasado histórico cuando el hambre –un hambre tan urgente como corrosiva– le recuerda al hombre su verdadera prioridad? En efecto, esta situación final retrotrae al hombre a su origen primitivo (In my end is my beginning, escribió T.S. Eliot): el instinto de supervivencia a ultranza. Sí, el apocalipsis ha tenido lugar, pero éste ha perdido totalmente su sentido de revelación para quedarse con el de fin del mundo. De corte definitivo. No hay revelación ni la habrá en toda la novela. La verdadera razón del fin del mundo nunca es elucidada, y el lector debe limitarse a adivinar un conflicto nuclear, sumado tal vez a los efectos devastadores del cambio climático. Sin embargo, conforme avanza en esa carretera desolada con los héroes, va realizando que el meollo de la novela no consiste en qué pasó ni en el porqué. No hay respuestas, sólo preguntas. Y sobre todo una que, me parece, el poeta francés Henri Michaux formuló en uno de sus magníficos fragmentos:

Al decir “la civilización occidental”, piensas en “tu civilización”. Si permanecieras solo en la tierra, aunque ésta estuviera intacta todavía (y aun con algunos de tu especie), ¿qué es lo que lograrías hacer funcionar nuevamente de “tu” civilización? (Poteaux d’angle, 1981. La traducción es mía.)

La reflexión de Michaux es llevada al extremo en la ficción de MacCarthy. No es sólo la civilización occidental la que desaparece, sino toda civilización. La tierra, lejos de estar intacta, ha quedado reducida a un soporte, vacío y hostil, propicio para la muerte. Pero, en el fondo, ambos autores plantean la misma pregunta: ¿Qué queda de un ser civilizado cuando cae el telón de la civilización? ¿Acaso todo lo que creemos “nuestro” –identidad, cultura, conciencia– pende de un hilo?

Es invierno. Un hombre y su hijo avanzan tomados de la mano, tan épicos como patéticos, por una carretera hacia la costa sureña de un territorio devastado por el fuego, la hambruna, las enfermedades, pero también el saqueo y la anarquía. ¿Por qué hacia el sur? ¿Por qué hacia la costa? Al parecer, en el hombre titila la esperanza de encontrar un clima en que resultaría posible sobrevivir; también siente el deseo de que su hijo (nacido durante el apocalipsis) vea el mar por primera vez. Secretamente, adivinamos que el hombre busca un motivo para no matar al niño. Estas dos razones, física y metafísica respectivamente, los empujan por el camino, en una verdadera peregrinación hacia ninguna parte.

El frío y la humedad resultan opresivos. La lluvia eterna de la ceniza borra los contornos de las cosas, cubre la nieve abundante, ensuciándola. El sol es anémico y fantasmal. Ya no calienta. Ya no hay pájaros ni peces ni animales terrestres. Su presencia queda relegada a los pocos libros que la entrañable pareja lleva en un carrito de supermercado (vestigio irónico, desportillado recuerdo del consumismo, que acabó por devorar el mundo) junto con sus pocas pertenencias –entre las cuales, cuando tienen suerte, brillan latas de conserva halladas por milagro durante alguna de sus arriesgadas pesquisas en las ruinas–.

Precisamente, este riesgo, constante y ubicuo, consiste en la posibilidad de toparse, en cualquier momento, con uno de esos gangs salvajes que asolan la carretera, las urbes ruinosas y los campos muertos a ambos lados del camino. Estos grupos están formados por hombres y alguna mujer (en general, embarazada), pero nunca por niños ni ancianos. Armados con tubos de hierro y algún arma de fuego, se desplazan en camiones desvencijados o a pie (la falta de gasolina es casi total), toman presos, los despojan, los violan y devoran. Al hombre le quedan sólo dos balas en el revólver, justo lo necesario para, eventualmente, pegarse un tiro y matar al niño antes de caer en las manos de los caníbales. Un día el hombre y su hijo llegan a una casa. Allí descubren una chimenea donde cuelgan ollas que, al parecer, han servido hace poco; arriba, entre otras cosas, encuentran una pila de zapatos. Tienen una sospecha, pero el hambre es superior a cualquier otro instinto. En la cocina, encuentran una trampa cerrada. El hombre rompe la cerradura, baja la escalera con el niño y, a la luz de su linterna, ambos descubren un verdadero ganado humano, esperando. Una persona, sentada en el centro, luce muñones en el inicio de brazos y piernas: los caníbales, se entiende, ahorran sus recursos, comiendo miembro por miembro y manteniendo viva, el mayor tiempo posible, a la res humana. Así pues, el canibalismo resulta de una necesidad, pero se revela como una nueva cultura: no salvajismo, sino cálculo y ahorro, cocina y medicina (la utilización del fuego para cocer la carne y la cauterización de las heridas).

Pero esta escena no me impresionó tanto como otra hacia el final de la novela. Es noche cerrada. Ya cerca de la ansiada costa sureña, el padre ve que un grupo de tres personas –dos hombres y una mujer con un embarazo avanzado– pasan no muy lejos, aunque sin notar su presencia. Decide esperar a que pasen y se alejen de ellos. Días después, halla en el camino los rescoldos de una fogata; sabe (no puede ser de otra manera) que se trata de los restos de ese trío. El olor de carne chamuscada precede el hallazgo. En ese momento, a padre e hijo, el olor de carne les resulta doloroso de tan rico; pero luego descubren, sobre las cenizas, los restos calcinados de un recién nacido. Entonces comprendemos porqué, en ese mundo pos apocalíptico, no hay niños. Y también porqué los pocos personajes que padre e hijo encuentran por el camino observan al niño ora con ansias, ora con asombro. Asombro al ver que el padre no se comió lo que, de alguna forma, le pertenece por derecho: su hijo, cuya carne podría ofrecerle la posibilidad de durar un poco más (en ese mundo, para no abusar del lenguaje, preferimos el verbo durar al de vivir).

Después de la Historia, después de la disolución total de las leyes sociales y, por tanto, morales, después de la última esperanza depositada en Dios o en el hombre o en la ciencia o en la Madre Naturaleza –la cual parece ensañarse con los últimos supervivientes, haciéndoles vivir rigores e inclemencias sin precedente, pero que, simple y llanamente, está muerta–, en el corazón del caos, donde casi todos los hombres comen carne de su propia carne y, así, anulan lo último que se pierde, es decir la esperanza, ¿cómo reflexionar sobre la ética?

A través de este canibalismo cultural y generalizado, McCarthy plantea el problema de la ética y el humanismo fuera de los campos social e histórico.

La novela, en efecto, divide a la humanidad en dos grupos: los antropófagos y los otros, una minoría, que llamaremos resistentes. Aun más allá de la esfera social, la ética es posible y necesaria, parece afirmar la historia del trayecto incansable, y al parecer absurdo, que llevan a cabo los protagonistas hacia la promesa del calor y la luz ilusoria de la costa, trayecto que también constituye una búsqueda tácita de otros resistentes. Así pues, el objetivo profundo del viaje es reanudar el lazo social, el cual resulta, en cierto modo, religioso (eso es, etimológicamente, la religión: ligar a las personas gracias a una creencia o un modo de vida). Reanudar con la cultura y el humanismo –el fuego prometeico– es una misión que, al padre, le da el ánimo de levantarse cada mañana, enfermo y cubierto de ceniza, para continuar la marcha hacia el sur. Y es por eso que padre e hijo se dicen portadores del fuego. Y es por eso que, en un momento dado, el padre le confiesa a un viejo encontrado a la vera del camino que, para él, su hijo es un dios. Qué peligroso, responde el otro de forma memorable, qué peligroso andar por esta carretera con un dios. Pues si dios –cualquier dios– es quien nos concede el día y la noche, es decir, el tiempo –por oposición a la duración desprovista de humanidad de los caníbales–, así como el ánimo –el ánima– de seguir, y la luz de la ética, la afirmación del padre no puede ser más certera.

Esta situación es llevada al límite de lo imaginable. El hombre, muy enfermo, se sabe condenado a corto plazo. El día que padre e hijo llegan al mar, descubren una extensión infinita de aguas grises que apenas se mueven. La playa está cubierta de cadáveres de peces y pájaros. El mar es una decepción. Pero, aun así, siguen caminando, siguen buscando comida, siguen acampando lejos de la ruta para no tener sorpresas fatales, siguen haciendo el fuego de campamento que los mantendrá con vida, una noche más, en el seno de esa noche eterna (la luz del día se reduce de forma inexorable, los árboles se caen solos, el oxígeno escasea). Aun en esas condiciones, padre e hijo siguen su camino, sobre la tierra muerta, irremediablemente.

El final de esta novela, que no voy a revelar, es tan misterioso como el principio (un acierto, pues el origen y el fin del hombre, que yo sepa, permanecen en la oscuridad). Sólo diré que, en un párrafo magnífico, desgajado sólo en apariencia de la historia, se nos habla de los seres que habitaron, alguna vez, bajo el agua, donde todo era más antiguo que el hombre. Se nos recuerda así que la humanidad no es más que un misterio dentro de otro mayor, que nos excede y que, sin duda, nos sobrevivirá. En él, somos un trazo nada más. Un trecho de camino. Un caminar en ese trecho. Un verbo en la noche.

Frente al nihilismo, esta fábula visionaria nos transmite, desnuda y fresca, la esencia del humanismo. Intensa metáfora de nuestro mundo, que devoramos sin ver la sangre humana correr en nuestras manos.

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La novela se puede descargar de nuestra biblioteca pirata o presionando Aquí

El Cholo Burgués- cuento

Escrito por perrorabioso perrorabioso - 10/06/2010 - 7 opiniones

El cholo burgués

De todo el circo mediático que se ha armado alrededor de mi arresto y de la cantidad de sandeces y las conjeturas más extrañas que sobre mi humilde persona y mi caso se andan diciendo por la prensa, la que me parece más chistosa es esa que han inventado algunos intelectuales de lentes gruesos y melenas rimbombantes. Estos caballeros estudiosos del alma y la sociedad afirman que según la reciente taxonomía sociológica, soy un cholo burgués o mejor dicho un “neo cholo burgués”.

Hubiese querido que la abuela este viva para decirle que era una chola burguesa y ver qué cara ponía. Claro que ya tenía yo mis sospechas de que la Avelina era burguesa, de la realeza o algo así y estas sospechas no eran para nada infundadas; por ejemplo: ese enjambre de sirvientas que recibían la mercadería desde las cuatro de la mañana, abrían la tienda a las seis en punto, le preparaban el desayuno a las siete, el almuerzo a las doce, y la cena a las siete, afirmaban el hecho de que la abuela era no más una chola burguesa. A mí ya me parecía raro que la sigan hasta el baño en procesión y por lo menos una vez al mes se vaya con su séquito de criadas a las aguas termales de Viscachani, donde  cuatro cholitas fortachonas le lavaban la espalda y le hacían masajes en la espalda y los brazos.

La cara que hubiese puesto la Avelina. Ella no era ninguna chola burguesa, era la chola monarca, la chola reina, la chola master como dirían los jóvenes. La Avelina y el Gabriel me han enseñado que burgueses son esos que se rompen la espalda todos los días para mantener sus viditas pendientes de un hilo, con un pie al borde del abismo y el otro en una cáscara de plátano y que cuando escuchan la palabra “inflación” tiemblan al mismo tiempo que aflojan los esfínteres. Bueno, yo no sé mucho de estas exquisiteces sociales,  pero la Avelina abría la boca sólo para dar órdenes y nada más. Las sirvientas le daban sopa por cucharadas y ella toda ufana usaba babero y pañal geriátrico, es decir que cada cierto tiempo alguien le tenía que limpiar el culo y otras cosas más. La Avelina era mi abuela, y a pesar de que el único gesto cariñoso que tuvo conmigo en toda su vida fue regalarme 100 pesos el día de mi primera comunión, he aprendido a quererla igual que los otros  34 nietos con los cuales me disputaba su cariño, es decir, con silenciosa veneración e idolatría.

Ella siempre estaba ahí, en el medio del comedor como un repollo gigante que de rato en rato emitía algún gargajeo gutural para que alguna de sus vasallas le cumpla una orden. Cuando he visto “Starwars” a los once años, tenía la seguridad de que se habían inspirado en ella para crear al personaje de “Java da hut”, pero después me di cuenta que la abuela tenía su poder de carne y hueso, lo cual nos hacía tenerle miedo.

Una de las cosas más locas y disparatadas que se han dicho sobre el origen y naturaleza de esta nuestra mentada prosperidad, es que la hemos heredado de la Avelina y/o que hemos hecho un pacto con el diablo. Cuando era chico, estos inventos y chismes de la gente me hacían llorar, porque me decían t´ara, negro, adobe, indio con plata y otras cosas más. Por eso no hablaba con nadie, me iba del colegio a mi casa y viceversa, no tenía ni un amigo. Gracias a Dios, mis papás han comprendido que los q´aras pálidas (así les digo de cariño a los culiblancos) jamás me iban a aceptar en un colegio como el Saint Patrick.

Cuando me han cambiado a un colegio más modesto cerca de mi casa, recién he podido cultivar y explotar mi talento con la plata. Cabe aclarar que hasta la muerte de la Avelina, no habíamos heredado ni un peso y aún después hemos tenido que pelear cada centavo como hienas, pero así y todo ya teníamos no más una buena plata con mis papás; plata con la que hemos comprado unos camiones llenos de harina y Azúcar de  Argentina que en los tiempos de la UDP hemos vendido literalmente como oro.

La devoción es un capítulo aparte: tengo la impresión de que más que amor por el Señor del Gran Poder, mi papá y toda mi familia le tenía miedo. Si mi papá no iba a la diana del amanecer en la fiesta de mayo: castigo, ya no había venta. Si no se peleaba por la fraternidad para entrar al rote del preste del señor: castigo, la policía y la aduana subía la coima, se arruinaban los camiones, se perdía la carga. Si no donaba algo a la iglesia: los Quispes, los Patzis, los Irustas conseguían mejores lugares en las ferias.

Así, con este miedo que a mi papá le gustaba llamarle fe, ha empezado a bailar llamerada desde muy joven hasta casi fines de los años ochenta cuando ya estaba cansadito el viejo. De todos modos, mi papá era el hijo menor de la Avelina Zabaleta y yo su penúltimo nieto, entonces teníamos que bailar como ya era tradición en la familia, es decir, todos bailan desde que aprenden a caminar.

El abuelo no daba la talla de bailarín pero si de comerciante; él ha sido el primero en sugerir la idea de bailar morenada con los Señores Maquineros, por nada más la Avelina casi lo excomulga y después lo vota de la casa; pobre abuelo Gabriel, pero al final  tenía razón. Un día los ha reunido a mis tíos y los ha convencido de su teoría diciendo: ¿Si no bailamos con los contrabandistas, mañana o pasado como vamos a querer vender otras cosas que no sean abarrotes, quinua, azúcar y arroz?

El abuelo Gabriel tenía claro que con el fin de la UDP, había llegado el fin de la especulación, lo que significaba a su vez el ocaso del negocio familiar. La familia tenía cinco panaderías  y ahora había pan en cualquier esquina. La familia tenía toneladas de azúcar y harina que atestaban los galpones de la calle Gallardo y la Max Paredes, ahora el quintal valía la mitad de lo que valía hace un par de meses. ¿Qué hacer entonces?  ¡Tener fe en el Señor! Nada más.

La fe existe, la fe es vida. Se baila por fe; no por fe en tener plata, sino por fe en estar bien. Se baila por la fe para que no falte nada, que tengamos protección; eso me ha explicado mi papá.

Eso de la fe también lo he escuchado de mis tíos, los hermanos de mi papá. Tengo nueve tíos, de los cuales siete son varones y  tres son mujeres. Algunos de mis tíos y tías, en su mayoría se han casado con gente de la familia de joyeros de la  avenida Buenos Aires y otros con algunos que hacen muebles en la calle León de la Barra. Ellos tenían sus propias fraternidades, pero por amor, devoción a sus parejas o miedo de las influencias de la Avelina, se venían a la Llamerada de los Señores de Pucarani.

En el barrio todo ha cambiado de un momento a otro, cuando se ha empezado a notar que los Señores Maquineros  estaban acumulando mucho poder. De traer maquinitas de coser Singer y una que otra bicicleta, de la noche a la mañana se han aparecido con radios, televisores, refrigeradores y ya cansados de estarse con pequeñeces,  de una vez se han comprado la mitad de la producción japonesa y han empezado a vender artículos electrónicos y línea blanca como pan caliente. De la misma manera, al tiempo que aumentaban y surtían su mercadería, construían galerías y salones de fiestas intergalácticas por la Zona Gran Poder. Hoy por hoy se mandan unas fiestas jodidas de tres días cómo mínimo y traen a los grupos de cumbia del momento desde México o Argentina. Mis tíos estaban convencidos de que a los ojos del “SGP” (Señor del Gran Poder)  las fiestas y el derroche que los Señores Maquineros hacían, eran más devotas, agradables y sacrificadas a los ojos de Dios y de ahí que su sacrificio devenía en prosperidad, porque ya lo dice la biblia: Se siembra lo que se cosecha.

Mi tío Hugo ha dicho que el rato que estos maquineros se metan a transportar o vender abarrotes, chau negocio y la familia se va la mierda. La Avelina escuchaba mientras masticaba coca y como de costumbre no decía nada. Parecía que no le importaba que estuviéramos en peligro de extinción, pero como si fuese cosa del diablo o brujería, de un día para otro la Chichis Zabaleta, una de mis primas mayores, ha aparecido enamorada del Franz Poma, el dueño de la Galería más grande de electrodomésticos del Gran Poder.

A dos años del matrimonio de la Chichi, se ha fundado el bloque Pucarani en la fraternidad “Auténtica Morenada Genuina de los por siempre rebeldes Señores Maquineros devotos novenantes del Señor Jesús del Gran Poder” Hasta ahora no me explico cómo ha entrado todo el nombre de la fraternidad en el estandarte que ha donado mi papá, que créanlo o no, tiene hilos de oro. A mí se me hace que le han alargado el nombre para que entre más hilo en las letras, pero bueno, la gente los conoce como “Los Maquineros” y punto.

Capellón bordado con dragones de colmillos filosos y flores azules y doradas; chaleco amarillo con tonos verdes azulados. Pechera negra, buzo de tela piel de lobo amarillo con bordados negros y rojos; botas blancas con detalles de lentejuelas brillosas. La máscara con la descomunal lengua colorada de negro sediento y la Matraca de pila “Rayovac”. Los Colq´e Tikas, que son los mejores bordadores de la calle los Andes según muchos, se esmeran con los trajes de los Señores Maquineros, para los cuales hacen diseños exclusivos que se dice piden hasta en Perú. Así tal cual lo describí era mi traje de moreno la primera vez que he bailado. Yo he debutado de Achachi Galán, nada de ser barrilito de la última tropa.

Yo había bailado llamerada desde que tenía seis años, pero la primera vez que he bailado morenada ha sido los dieciocho años, como premio por salir bachiller. Sin ayuda de nadie, ese año he conseguido mis primeros tres mil dólares vendiendo papel de reciclaje. A lo largo del año recolectaba las carpetas y cuadernos pasados de todo mi colegio y de otras escuelas a donde iba a recoger el papel con la carretilla de un amigo, además de ir de casa en casa recaudando papel que le vendía a un judío que vivía por la Plaza Israel en San Pedro. De esta forma he podido pagar mi traje, las cuotas de la banda y todo lo demás. Cómo habrá resonado mi éxito en los negocios, que hasta la Avelina estaba feliz porque yo había sido el nieto que estaba innovando en la familia.

Algunos años después, mis papás se han enojado con los Señores Maquineros por el divorcio de una prima con otro tipo de la fraternidad; yo he dejado de bailar porque me he dado cuenta que así como bailar morenada te ofrece las mejores oportunidades de negocios, pelearse con la fraternidad más poderosa te traía otras nefastas consecuencias, tal cual es mi caso.

Nunca me ha interesado mucho la universidad, sobre todo porque no me dejaba tiempo para mis negocios. Después de lo del papel, me he metido a reciclar plástico  y con un socio hemos abierto una fábrica de mangueras industriales y de revestimiento de cables eléctricos de cobre; era una fábrica chiquita pero daba buena plata. Unos años después, cuando estaba queriendo llevar mis productos al Perú aprovechando que teníamos que bailar con los Maquineros en la fiesta de Desaguadero, he visto que el negocio era llevar garrafas de gas y diesel. Lo malo de este negocio es que era “ilegal” aunque en Bolivia lo “ilegal” siempre es un concepto bastante subjetivo.

La cosa es que  gracias a ese negocio me he asociado con el Chino Mojica, un peruano que tenía su gasolinera en Puno. A él le llevaba los camiones cisternas de diesel y las garrafas de gas. La verdad es que hacíamos un negocio redondo. Tan amigos éramos que lo he invitado a bailar con los Señores Maquineros y ni qué decir que ha sufrido lo indecible en la entrada del Gran Poder por no ponerse hombreras. Al final ha resultado siendo más amigo de los de la fraternidad que yo, que dicho sea de paso, por la cantidad de plata que tenía ya podía ser el preste mayor, pero la macana es que en ese entonces al igual que ahora, no tenía señora y era demasiado joven.

Poco tiempo después se ha venido la hecatombe: rimero se ha muerto la Avelina; después la familia se ha peleado por la herencia y a esto le han sucedido los divorcios de primos y primas que ha hecho que el Bloque Pucarani desaparezca y ni su nombre figure en el salón de honor de la sede social de los Señores Maquineros.

Yo sólo miraba y no quería meterme en líos, así que pensé que los negocios iban a seguir igual, pero el Chino Mojica, que ya era un Señor Maquinero bien reconocido,  me ha cerrado todas las puertas en Puno y ya nadie me quería recibir diesel ni gas; ni siquiera el azúcar de mi hermano que siempre se vendía bien.

A todo esto, un día que estaba en Puno buscando un nuevo socio aprovechando la fiesta de la Candelaria, he visto como lo han dilapidado a un borracho boliviano por mear y vociferar necedades en la estatua de un Ekeko bien grandote que habían tenido en una plaza de allá, por lo que he decidido irme corriendo para no correr la misma suerte. En esa misma fiesta he visto que una fraternidad de morenada estaban usando unos trajes igualitos a los que usaban los Señores Maquineros, pero más lindos. Entonces le he sacado unas fotos para mostrarles a los bordadores Colq´e Tikas y cuando lo he hecho han palidecido y me han empezado a insultar y casi me pegan, no han querido entender que yo nada tenía que ver con los trajes de la fraternidad peruana que se supone eran el diseño que tenían para el próximo año.

Después del escándalo de los Colq´e Tikas y de los Señores Maquineros que me acusaban de traidor y maleante, me han acusado formalmente y con citación judicial por ladrón; acusado de dizque robar los diseños de los trajes, traficar máscaras de morenada y diablada, partituras y letras de canciones no estrenadas aún. de haber sabido que eso era negocio, le metía… pero era completamente inocente.

Un día con amenazas de por medio, me han citado a la policía y al llegar ya me estaba esperando gente del gobierno; ahora, gracias a la nueva constitución, pesa sobre mí una acusación de traición a la patria. El presidente en persona ha dicho (muy a su estilo) que si no prospera la pena de muerte, me iban a desterrar por atentar contra la revolución cultural y cometer el delito de brindar información ancestral clave al enemigo neoliberal que pretende adueñarse de nuestro patrimonio cultural, oral e intangible que es orgullo del país y la humanidad. Eso por citar lo más grave y lo más chistoso es que no tengo ni un cargo por contrabando de gas o diesel; por suerte digo yo.

Desde mi celda donde tengo un televisor, veo como los de la Asociación de Conjuntos folklóricos del Gran Poder junto con las Asociaciones de Oruro, de Chutillos, de la Virgen de Guadalupe y otros cientos de querellantes culturales, entre los que figuran estudiantes de secundaria y universitarios, están haciendo una vigilia en la plaza afuera de la cárcel para que me den la pena mayor y me pudra tras las rejas.

Al que cuida mi celda lo conozco: es un Señor Maquinero. El juez, el fiscal y hasta los policías que me han arrestado son Señores Maquineros. El que presenta las noticias en la televisión y pide “severidad y castigo ejemplar para este mal boliviano traidor”, el Ministro de Cultura y la mitad del gabinete, son Señores Maquineros. El mismísimo presidente ha sido trompetista en la banda de los Señores Maquineros.

El único que no es Señor Maquinero es el inútil del abogado defensor y mi compañero de celda que es “Negrito del Ayacucho” que al igual que yo, está abandonado de la mano del señor.

En fin, como decía mi papá: sólo queda tener fe. ¿Fe en qué? No sé, tener fe no más. Total, eso es la fe ¿no?

Punto y Raya- cuento

Escrito por corigangar corigangar - 5/06/2010 - 7 opiniones

Cuánto cuestas, cuánto vales, amor mío…

La madrugada del 19 de febrero del año 2004, en mitad de la Plaza de Puno apareció una cabeza, estaba destrozada en la parte de atrás, sin embargo, aún se podía ver por delante el que antes fue un rostro sonriente. Aquel bonachón que regalaba fortuna a quien lo respetara había sido decapitado y, peor aún, el autor de tan terrible hecho había meado su rostro sin cuerpo. La población en su conjunto decidió vengar con sus propias manos dicha afrenta, el Alcalde lideró los actos de justicia y hasta los niños llevaron una piedra en la mano para cobrar venganza. Aquel día no faltaron los gritos, discursos encendidos, tampoco la cerveza, y menos la auténtica y genuina morenada del lugar.

J nació en 1978, diez años después ayudaba a su padre a bordar trajes de moreno en el taller “La Venerada” de la calle Illimani. A su corta edad, bordaba con una gran aguja al ritmo de las composiciones del Jacha Flores. Sus oídos celebraban la cadencia innata de sus hombros al ritmo de morenadas como “Mantilla de Vicuña” y o “Mirando tus ojitos”. Puntada, movimiento, puntada, movimiento, iba dando forma a las figuras de trajes de moreno y faldas de Chinas. Para J, aquellas morenadas eran el arrullo que permitía que, al ritmo de matraca, su corazón cantara y viviera lo que su padre gritaba cada vez al amanecer. “¡Sin llorar!”, se decía J en silencio con cada bordada, venerando y respetando la tradición Cocani de la familia.

En el taller de su padre, por casi veinte años fue la morenada la que infló su pecho. De la misma forma, durante esos años, su padre esperó que fuera la aguja de bordador el instrumento que cosiera el futuro firme de Cocani en la vida de su hijo. A sus once años, J sentía que la fuerza de la sangre y la morenada eran irrompibles, como la costura del hilo de los trajes que cosía, y que, no importando a qué precio, como le enseñó su padre, él iba a defender lo genuino y lo auténtico de nuestro folclore ante cualquier vecino ladrón.

J creció bordando, esperando el día que junto a los Cocanis bailaría por primera vez en el Carnaval de Oruro. Se imaginaba de rodillas, expresando su gratitud y devoción a la “Mamita del Socavón”, única patrona del Pagador. Sin embargo, los años se encargaron de delinear otro futuro para J. Con los años, su romance de infancia con la morenada, fue perdiendo intensidad, y al modelo incuestionable de “El Moreno” se le fue cayendo el maquillaje. Borrachera tras borrachera y sopapo tras sopapo, su padre hizo que J dejara de escuchar al Jacha Flores con orejas de amor idealizado, y se abriera a nuevos ritmos, mirara otros trajes y absorbiera otras posturas.

J terminó el colegio a fuerza de dedos pinchados, y un día, con más terquedad personal que impulso familiar, ingresó a la universidad. En las aulas, los troskos de Urus se encargaron de presentarle un enemigo más fuerte que cualquier vecino roba danzas: el capitalismo. Frente a este monstruo de siete cabezas, las máximas patrióticas de su padre –“No hay en el mundo hombre como el Moreno que respeta a su tradición y a la Vírgen”, o “Cuídate de pajpaku peruano vendiéndote crema medicinal”– se vinieron abajo.

J absorbió fácilmente el discurso de que todos los males de Latinoamérica eran culpa de los gringos y que todos los países deberían unirse frente a las injusticias neoliberales del capitalismo. Desde ese momento dejó de importarle ser Cocani y asumió la postura de la “patria grande” y la importancia de unirse con los vecinos, para construir un solo continente comunista.

El J “Loro” (como despectivamente se conoce a los Troskystas) dejó de ver el bordado con la mística de moreno para entenderlo como una simple fuente de ingreso y reproducción de mecanismos de explotación de la nueva burguesía chola. Se volvió uno más de esos universitarios convencido de que quemando llantas iba a impedir la capitalización de las empresas estatales. J asumió un fanatismo y un afán de reivindicación absurdo, ya no defendía la danza, sino, según él, algo más grande, una lucha política. El antes orgulloso bordador de trajes de moreno, de padre Cocani y madre nieta de palliri, se convirtió en un revolucionario estudiante de sociología y cambió la aguja por los libros. El hilo dorado se tornó cada vez más débil ante la contundencia de Marx y Trotsky, y el Chullu del Jacha Flores empezó a volverse pequeño frente a la boina del Che.

J, los siguientes años, asumió un fanatismo por la música de la nueva trova de los años setenta. Cambió los discos de Rupay y Boliviamanta por la música de Silvio Rodríguez, Violeta Parra y Víctor Jara. J cambió, se aculturizó dirían algunos, y se volvió igual de cerrado que su padre en su postura ideológica. Desvalorizó el valor de las danzas folclóricas por sí solas, sosteniendo que eran un simple acto de sincretismo entre las expresiones de la cultura aymara y los rituales católicos de adoración a la Virgen impuestos por los españoles durante la colonia a fuerza de látigo y sometimiento.

Adoptó como bandera revolucionaria la canción “Punto y Raya” de Núñez y Nazoa, que decía: …entre tu pueblo y mi pueblo hay un punto y una raya, la raya dice no hay paso y el punto vía cerrada, por que esas cosas no existen si no que fueron trazadas para que mi alma y la tuya estén siempre separadas. Aquel estribillo sería, hasta el día que definió su vida años después, la nueva bandera musical de J y su forma de justificar que las fronteras entre nuestros pueblos habían sido políticamente impuestas.

Así fue que empezó a relativizar lo que en su infancia era un dogma sagrado y asumió la sentencia: “la morenada como el tango es de quien la baila”. J sostenía que no veía nada malo que en el norte de Chile bailen diablada y que la Virgen de cualquier pueblo tenga el mismo derecho que la Virgen del Socavón a ser venerada con danzas folclóricas, si eso a la gente le hacía feliz. Aquella postura, para el padre de J, fue una tremenda afrenta y una traición equiparable a la conversión al catolicismo de un hijo judío. J hirió no sólo el sentir patriótico de su padre, sino  la sangre y tradición familiar. Como tiro de gracia, al concluir sus estudios rompió contacto con su padre, dejando de trabajar como bordador en “La Venerada”.

Pasaron los años, J creció y se volvió un fanático defensor de la integración de los pueblos de Latinoamérica y la construcción de una sola identidad, más allá de las fronteras geográficas. Su postura se vio reforzada  el año 2003, cuando formó parte activa de las luchas de Octubre que derrocaron a quien, en  1997, había vendido el país. Más aún, alentado por los aíres de cambio impulsados por gobiernos populistas de la región, reforzó su visión de una Latinoamérica unida y la patria grande. J sostenía que había que desterrar de una vez por todas los chauvinismos patrioteros como: “el tango es argentino no uruguayo”, “el pisco es Peruano no Chileno”, “los caporales son genuinamente bolivianos” o “la arepa es venezolana y no colombiana”. Al final de cuentas, sostenía, burlándose de una expresión cruceña, “el sudaca de la patria grande nace donde quiere y baila lo que le da la gana”.

Una sola cosa no cambió con los años y no pudo ser cuestionada por su nueva postura “neo revolucionaria latinoamericana”: su respeto a la festividad de Alasita e idolatría al Ekheko, el cual, según J, nunca le había fallado. Cada año, en Alasita compraba su pequeño ídolo bigotón y lo ponía en la sala de su casa. Lo hacía fumar, lo hacía beber y lo hacía cómplice de sus luchas personales y revolucionarias.

J, si bien relativizaba la cultura y defendía la unidad latinoamericana como un hecho político y cultural, al mismo tiempo, no toleraba que cuestionaran su fanatismo supersticioso por el Ekheko. Así es, las emociones humanas y la superstición más de una vez se imponen a la razón adquirida por los libros. J había dejado de coser trajes y de añorar ser moreno, pero jamás había dejado de creer y defender el único pedazo de tradición personal, encarnado en la festividad de Alasitas y el Ekheko.

En esa medida, J era la imagen viva de la contradicción cultural: era Bolivarista y defendía a gritos al Real Madrid; escuchaba música trova y también disfrutaba la morenada. En el ámbito musical, sostenía que no importaba de dónde venía la música, sino hacia dónde iba –el folclore es una expresión cultural de nuestros pueblos, pero no exclusiva de quien lo crea, es un bien común, afirmaba–.

J vivió sosteniendo esta postura y, alentado por el logro de haber ayudado en sus épocas de estudiante a sacar a palos a un presidente neoliberal, sintió que hacía lo correcto. Sin embargo, a fines del año 2003, en uno de esos congresos de sociología que se dio en La Paz pasó algo que cambió su vida y desbarató sus posturas teóricas. J se enamoró de M, una enigmática mujer peruana de ojos de vicuña. La conoció casualmente, bailando morenada en uno de esos lugares de la calle Illampu, y ese encuentro despertó lo más básico de su niñez; esa mujer encarnaba las imágenes de su infancia de bordador, la causa de los lamentos de su padre borracho, el olor del poncho de vicuña de su padre y el crujir de la matraca del Jacha. M era para J la abstracción de la morenada hecha mujer.

J había bebido sólo dos cervezas al encontrar a M, por tanto, estaba convencido que lo que sentía era fruto de una absoluta lucidez y que no exageraba al decir que ella encarnaba en su piel canela la morenada hecha mujer. Su cabello hasta la cintura acariciaba sus caderas que, cual matraca, crujían al bailar. A J le bastó ese encuentro y, luego de mirarla y bailar con ella, el hechizo quedó completo al sentir el aroma de su pequeña boca y sus palabras de aguja bordando en su corazón la M de su nombre.

M tenía un tono de voz tímidamente enérgico que envolvía y definía el qué y el cómo. J sólo acabó aceptando que esa warmi era el inicio de su destino. Dicen que el amor cambia los lentes, vuelve a la razón absurda y “dos tetas tiran más que dos bueyes”. En el caso de J, se podría decir que el cabello de M lo enganchó del cuello y sus caderas de matraca lo fueron arrastrando. En una sola noche perdió razón y voluntad y, ante los ojos de M, se volvió lelo. Ella, antropóloga de ascendencia Quechua, él, sociólogo de raíz aymara; al ritmo de morenada, en una sola noche traspasaron fronteras. J, como en la canción punto y raya, creyó que lo que las líneas del mapa separaba, el amor se estaba encargando de unir gracias a M.

Prendado de los hipnóticos ojos de aquella peruana, J hizo lo inimaginable para conquistarla, entre eso, vulnerar el recuerdo sagrado de su infancia. Como ofrenda, decidió alterar las morenadas emblemáticas del Jacha Flores que cantaba de niño con su padre y declaró su amor a M susurrándole al oído: “Mi linda peruanita, mirando tus ojitos soy tu matraca”. Afirmó, sin importarle el plagio, que ese verso era inspiración suya, y cantó repetidas veces aquel estribillo al oído de M esperando alguna respuesta, pero sólo recibió una mirada de esas que dicen “todavía no es tiempo”.

No importan mucho los detalles de qué pasó durante los tres meses que estuvieron juntos a la distancia, antes del final abrupto; bastará con decir que, luego de aquel encuentro, M tuvo la capacidad de sostener el romance en vilo hasta que le dio la gana, y disfrutó viendo cómo J se convertía en la caricatura de “un Moreno” a sus pies.

J cometió dos pecados por culpa de aquella mujer, los que a la postre fueron su sentencia: robarle a su padre un disco de Boliviamanta dedicado por el Jacha Flores y aceptar la invitación a bailar Morenada junto a M.

M, con aquella perversa seducción femenina, probó a su “morenito” y aceptó que se entregaría a él la noche de la entrada de la Virgen de la Candelaria en Puno, sólo si aceptaba bailar primero morenada con ella en la fraternidad “Los Invencibles, fieles y auténticos morenos de Puno”. M le prometió que en la noche, al terminar la entrada, permitiría que él dejara su máscara de moreno en la mesa de su cuarto, y ella, como acto de entrega eterna, sellaría el encuentro abriéndole sus caderas de matraca y dejándolo bailar morenada sobre su cuerpo hasta culminar, según ella, el más bello acto de amor intercultural: “Una China puneña siendo un solo cuerpo con un Moreno orureño”.

J, a sus 24 años, firme en la convicción de que la morenada en Oruro o en Puno era sólo una danza, antepuso las ganas de morder las caderas de matraca de M a su historia familiar y a la fuerza de la tradición. Sin pensarlo dos veces, alquiló un traje de moreno de “Doña Sabina”, competencia de “La Venerada”.

A las 7 de la mañana del 17 de febrero del 2004, J tomó la flota a Puno. El 18 de febrero, J, de la mano de M, se arrodilló por primera vez envuelto en traje de moreno frente a una Virgen. La Virgen de la Candelaría lo miró ausente, mientras estuvo arrodillado por algo más de cinco minutos. La mente de J, durante ese tiempo, estuvo llena de todo menos de plegarias; pensó, entre otras cosas, lo siguiente: 1) el ofrecimiento a su padre de arrodillarse juntos ante la Virgen del Socavón, 2) las ganas de probar la cerveza Cuzqueña, 3) cómo pagarle a Doña Justa los 100 bolivianos del traje sin que supiera su padre, 4) en cuánto le apretaban las botas alquiladas, 5) en cuánto duelen las rodillas aburriéndose en una iglesia y 6) ¿de qué color serán los pezones de M?

Al salir de la Iglesia, todos los bailarines de la fraternidad se congregaron en el extremo norte de la ciudad. Antes de formar y de que empezara a sonar la banda, M abrió una cuzqueña fría y se la ofreció a J, ambos bebieron del pico de la botella e intercambiaron saliva y deseo.

Hasta ahí todo hubiera estado bien y la morenada hubiera cumplido su rol de simplemente cortejo antes del coito. Sin embargo, hay cosas que no salen como uno quiere. En ese momento, J recibió lo que consideró el castigo a su primer pecado. En mitad de la plaza vio una estatua de un Ekheko: era más alto que el de La Paz y con menos barriga, con tonguito ridículo y encima sin bigote. Aquella estatua, con una sonrisa burlesca, parecía decirle: “ahí está pues, el sudaca nace donde quiere… y el Ekheko, también”.

A los diez minutos de ese encuentro y antes de ponerse la mascara de moreno, fue a una cabina de la plaza para llamar a Doña Sabina y decirle que el traje que le alquiló tenía mal el bordado de la pechera y que por  su culpa bailaría mal en la entrada. Firmemente, le dijo que no le pagaría el saldo. Sin embargo, J, en vez del reclamo que esperaba de Doña Sabina, recibió la noticia que fue su segundo castigo: la bordadora, con la voz entrecortada, le contó que su padre acababa de morir, luego de resistirse a un asalto. Aparentemente, al volver a casa, tambaleante, cantando morenada, como habituaba hacer cada domingo, se encontró con dos tipos que le trataron de robar su poncho de alpaca. Él se resistió y un tipo con acento peruano le metió dos puñaladas y lo dejó desangrándose en la acera, sin poncho y sin sombrero.

J recordó a su padre, se miró el traje y encontró más de un hilo mal bordado, salió de la cabina y, cuando estaba a punto de mandar todo al diablo, M le dio un beso y le dijo “esta noche te espero”. J sabía que no había retorno y decidió continuar lo empezado, asumió que todo era un castigo del Ekheko por haber profanado la memoria del Jacha y haber dado la espalda a su padre. J decidió bailar hasta sangrar y, sin llorar, se puso la mascara. Escuchó su corazón culposo torturándolo como matraca y, en silencio, como cuando bordaba, empezó a moverse, pero su bamboleo no tuvo alma.

J, al ritmo de “cultural andino moreno genuino que viva Puno”, aceptó pagar su pena. A las diez de la noche terminó de bailar y “sin llorar” se quitó la mascara, buscó un bar en la plaza y bebió hasta inflar su cuerpo de pis peruano y adormecer los gritos de su padre en la memoria. M sin duda estaría esperándolo en su casa, como habían pactado, sin embargo, J cambió de planes y, luego de maldecir la canción “punto y raya”, caminó en círculos, tratando de entender en qué punto de sus sueños políticos todo había fracasado.

J se dirigió al centro de la plaza y, esquivando bailarines igual o más ebrios que él, llegó a los pies de la estatua de aquel Ekheko, meó a sus pies y le gritó: “¡El verdadero está en La Paz, carajo, tú eres muy alto y con sonrisa de pajpaku!”. Los borrachos primero rieron y luego vieron cómo, tambaleando, J se trepó a la estatua y con una piedra, que apareció de quién sabe dónde, empezó a golpear la cabeza del Ekheko. La estatua era un armazón de hierro y el resto yeso, por lo que bastaron cinco golpes para degollarla. La cabeza cayó al suelo y, pese a romperse, mantuvo intacta la sonrisa burlesca.

En poco tiempo, la gente lo rodeó; J se quedó parado junto a la cabeza del Ekheko y, mirando hacia el sur, cantó: “con los ojos llorosos y el corazón partido regreso a ti”. En pocos minutos la plaza se llenó de gente y la multitud vio cómo J empezó a hacer pis en los restos de la cabeza que yacía en el suelo. “¡Está ofendiendo lo nuestro, profanando nuestra cultura!”, gritó la turba borracha antes de rodear a J. A los pocos minutos llegó el Alcalde, quien dio el visto bueno para lo que vendría después.

A más de diez cuadras del lugar, M ya no esperaba, sólo escuchaba los ruidos de su catre, el eco de sus gemidos en la ventana y los aullidos con tufo a Cusqueña de un caporal del Desaguadero sacudiendo sus caderas. M, con rabia, hundió sus uñas en la espalda del Caporal y maldijo a J.

Mientras M gritaba de placer, J, siguiendo a su moreno interior, empezó a bailar en mitad de la plaza. Recibió la primera pedrada de manos del Alcalde, la cual le abrió un corte profundo en mitad de la frente, J se lamió la sangre y siguió bailando. Había destruido la imagen del auténtico Ekheko puneño en el día de la fiesta de la Virgen de Candelaria y eso era bastante para recibir cien pedradas. “Sin llorar, sin llorar”, fue lo último que se escuchó antes de que una lluvia de piedras callara la voz de J y tiñera de sangre su pechera mal bordada.

J murió luego de dos horas de torturar al pueblo con gritos de dolor en ritmo de morenada. Cuando dejó de gritar, fue meado por turnos por todas las autoridades legítimas de Puno, menos el Cura. Su cuerpo fue escondido y, días después, llevado al lago Titikaka como ofrenda; le pusieron una piedra en los pies y dejaron que el lago se encargara de guardar al ofensor de Puno.

Al día siguiente, pocos hablaron del hecho, el código de silencio del pueblo, más la cerveza, hicieron lo suyo. M, despechada, salió a buscar a J y nunca lo encontró. Puno dio vuelta la página, el Alcalde mandó a reconstruir la estatua, esta vez en bronce, para asegurarse de que no ocurriera lo mismo. Al final de la tarde, el Alcalde dio un discurso encendido sobre la importancia de defender la cultura peruana y sus expresiones genuinas.

Un año después de aquel hecho, en el taller “La Venerada” de la calle Illimani, ahora propiedad de Doña Sabina, se alquilaron cien trajes de moreno, sesenta para Oruro y cuarenta para Puno. En una silla, parecida a la que alguna vez ocupó J, se podía ver a un chico de 12 años que, mientras bordaba y movía los hombros al ritmo de morenada, soñaba con el día que bailaría por primera vez morenada.

 

 

 

 

El caporal “genuino”- opinión

Escrito por estido estido - 2/06/2010 - 11 opiniones

Cultural Andino el umbral divino,
bailando contigo…(negrita)
caporal genuino…

Esa es la estrofa de la discordia en la canción “Mi corazón contigo está”, cuya letra fue escrita por algunos miembros del Centro Cultural Andino de Puno. Malentendidos de por medio, se le adjudicó la autoría a los muchachos del grupo boliviano Llajtaymanta, quienes, en realidad, fueron contratados para componer la música e interpretar dicho caporal.

El asunto causó tanto revuelo en nuestro medio, que incluso el Ministerio de Culturas vio la necesidad de intervenir, citando al director de Llajtaymanta, Orlando Andia, para que –según notas de prensa– “informe y aclare las circunstancias y razones por la cuales compuso una canción con ritmo de caporal para una fraternidad peruana que practica esta danza, adjudicándole el carácter de genuino”.

Tal como indican algunos medios periodísticos, Andia habría aceptado que se cometió un error y que “modificarían la letra de la polémica composición, a la vez de garantizar que la entidad peruana que compró el tema se abstenga de usar y difundir la letra originalmente cuestionada”. No sé cuán fidedigna sea esta información, ya que, al no ser autor de la letra, Andia no puede modificarla y, por otra parte, tampoco puede evitar que el Centro Cultural Andino use y difunda la canción.

A mi modo de ver –a base de lo leído en los periódicos–, Llajtaymanta procedió mal, pero no al componer e interpretar la música de “Mi corazón contigo está”, sino al aceptar sumisamente el berrinche de la ministra Zulma Yugar. En primer lugar, los Llajtaymanta debieron aclarar que la letra no había sido compuesta por ellos, y si la ministra continuaba exigiendo explicaciones, tenían dos opciones: responder con cinismo tajante o diplomacia lingüística.

La primera opción probablemente habría originado reacciones adversas, pero habría puesto punto final a la controversia, al manifestar un argumento irrebatible: “¡Compusimos la canción porque nos dio la gana!”. La segunda opción habría extendido el debate a otros ámbitos, lo cual hubiera sido como “pasar la bolita” y, por ende, salir del ojo de la tormenta; bastaba con recurrir al diccionario y citar la definición de “genuino”:

genuino, na.
(Del lat. genuīnus).
1. adj. Auténtico, legítimo. Interés genuino. Versión genuina.
2. adj. Propio o característico. Producto genuino de una época.

Como se puede apreciar, la letra del caporal criticado utiliza “genuino” con el primer significado, pues no dice “caporal genuino del Perú”. En ese sentido, pese a los arranques de patrioterismo, no hay nada cuestionable: el caporal de Puno es genuino, en tanto auténtico (no es un caporal de mentiritas, ¿cierto?).

Más allá de estas cuestiones domésticas, la reacción de la ministra y de gran parte de los bolivianos es, hasta cierto punto, comprensible, si se considera el contexto macro de la situación: desde hace algunos años, varias danzas folclóricas de Bolivia (caporales, morenada y diablada, principalmente) están siendo representadas en países vecinos (Chile y Perú) como si fuesen parte de su patrimonio cultural; es decir, sin reconocer a Bolivia como país de origen de dichas danzas.

Lo lamentable es que, fuera de rasgarse las vestiduras, las autoridades no hacen nada concreto para reivindicar nuestras manifestaciones folclóricas. Y no me refiero a reclamos formales vía cancillería o acciones por el estilo, que tienen poco o ningún efecto sobre la opinión pública internacional. Los turistas que visitan Puno, por ejemplo, durante la festividad de la Candelaria, no saben nada de los entretelones diplomáticos, y se quedan con la idea de que la diablada y los caporales son bailes peruanos.

Hay que invertir bastante para promocionar a Bolivia como destino turístico, haciendo hincapié, sobre todo, en las expresiones culturales propias de cada región. Para ello, además de spots y material gráfico, se debe organizar algunas actividades de carácter internacional (festival internacional de caporales, por ejemplo) y financiar investigaciones multidisciplinarias sobre el origen, desarrollo, semántica, etc., de las danzas folclóricas nacionales.

El fin no debe ser, en ningún caso, impedir que nuestros bailes sean representados en países vecinos, ni tampoco acusarlos de plagio, sino consolidar en el imaginario global y en los registros académicos su origen boliviano.

Este tema (relacionado con asimilación y antropofagia cultural) será tratado en siguientes artículos, sin la pretensión de desmerecer manifestaciones culturales similares a las nuestras o reclamar propiedad sobre ellas. En síntesis, la cuestión no es si el caporal de Puno es genuino (que sí lo es) o si es parte del patrimonio cultural puneño (que también lo es), sino presentar argumentos válidos que sustenten el origen de la danza.