Globalización, el principal reto para toda identidad- ensayo
Escrito por disfonia
- 17/06/2010 - Una opinión

Hoy por hoy, para bien o para mal, la fuerza que imprime una cultura sobre otra es un hecho innegable; fuerza que en la mayoría de los casos no supone un acto de violencia, como la entenderíamos en otros contextos. Se trata más bien de la acción continua, del acto y no del hecho, por el cual vamos adoptando formas y costumbres que tradicionalmente no practicábamos y que muchas veces van en desmedro de lo que sí se había practicado por años y años en un lugar determinado. Como digo, hoy por hoy, es difícil y casi inútil escapar de prácticas y valoraciones ya globales; así, halloween puede provocarme indiferencia, pero esto no pasa con mis sobrinos o primos, ni ocurrirá con mis hijos, aunque yo me desgaste explicando que las brujas no existen y que es más interesante hablar con el abuelito muerto al día siguiente. Si bien es triste en algunos casos compartir prácticas nuevas y cambiar gradualmente la vara con la que se medía antaño lo “bueno” y lo “malo”, es práctico en otros casos, y necesario para no quedarnos en las antípodas del mundo sin poder tender un diálogo efectivo con el resto de la humanidad. Lo ideal, sin lugar a dudas, sería cultivar la capacidad de practicar una especie de bilingüismo cultural que permita al habitante global de este y otros mundillos comunicarse realmente en, al menos, dos niveles: el “propio” –como si éste no fuera otro dado, otro impuesto, otro aprendido por el amor y la necesidad– y diría, para seguir con esta lógica, el “impropio”, es decir, el que viene de “afuera” y que por “fuerza” tengo que integrar a mi existencia para vivir “mejor”.
Aunque por lo general no deja de resultar inútil regodearse en el conflicto que supone el separar lo mío de lo que no lo es, o aclarar a capa y espada la cuna de cada práctica que veo más allá de mis dominios, de cada hacer o desarrollo que intuyo familiar, es inevitable que no salte la fibra más sutil de nuestra noción de pertenencia, patria, nacionalidad o marka, cuando vemos atropellado lo que creemos un derecho: el derecho de propiedad –diríamos–, un ejercicio de justicia. Cuando nos sentimos ignorados y víctimas de un atropello cultural, un “¡eso es mío!” sale con uñas y dientes exigiendo más un reconocimiento como sujetos creadores que la interrupción de una práctica que, lejos de preocuparnos, debería llenarnos de orgullo. Calculo que a un argentino le da absolutamente igual lo que se haga con el Tango, mientras se tenga claro que éste nació en los arrabales porteños. Vaya uno a saber, sin embargo, qué era ese tango en sus inicios, acaso una pálida sombra de lo que hoy en día es. Lo mismo con cualquier otro género. Tendríamos que estar seriamente afectados de la vista, y con esto digo del entendimiento, para no reconocer que el desarrollo de toda práctica es y ha sido posible a partir del contacto con otra cosa que la confrontaba en su sustancia. A partir del otro miro y entiendo lo que soy. Todo lo que no soy es un reflejo para verme y entenderme y reconstruirme, ¿cierto? De igual forma, cada hacer ha crecido y se ha fortalecido desde su propia transformación a partir del encuentro con lo totalmente ajeno y con eso que lo retaba a ser distinto.
No propongo, entonces, volver al uso medieval de no firmar nada y dejar la obra, el invento o la creación en la total orfandad, como legado a la humanidad de un alma sin identidad ni pasado, pero sin duda la lucha por el reconocimiento de los orígenes, que a esto se reduce todo conflicto actual de pseudo pertenencia cultural, debería ser llevada por un camino que participe activamente en ese diálogo con todo lo que no es eso mismo que se busca asentar clara y firmemente.
Ya que lo “cultural” en su sentido extenso comprende casi todo, quiero hablar de una práctica que dialoga y confirma así lo que es, a partir de su filosofía como base de su práctica científica. De esta forma, no sólo podremos ver cómo un saber se construye mejor desde el punto de vista nosológico, sino cómo permite establecer acuerdos y “puentes hechos de palabras”, como diría Benedetti, con otros saberes y prácticas, a fin de encontrar equivalencias que vayan más allá de quién los vio, intuyó, descubrió y expresó primero, para apuntar a un fin común que, sin olvidar las procedencias, rescata la sabiduría del hombre en general para ser usada por los hombres en particular. Hablo concretamente de la Medicina Tradicional Oriental y su impacto actual en el mundo occidental.
Seamos prácticos. Hasta que no se nos explica y convence de lo que pueden hacer unas agujitas por nuestras vidas cuando tenemos dolores de cabeza, poco nos importa saber si el yin o el yan están desequilibrados, o si los meridianos están atrofiados o si no estoy recorriendo mi propio TAO. Lo que queremos una aspirina, y si el dolor es muy grave dos o tres, porque nuestra fe está puesta en lo que consideramos un conocimiento probado científicamente; esto es, un fármaco, una eficacia comprobada con sello de laboratorio. Por qué entonces el éxito inusitado –que segura estoy, ha traspasado ya los umbrales de la moda o la experimentación– de la acupuntura, la homeopatía y toda la medicina alternativa en general. La respuesta es simple, y no por eso menos sorprendente. Según el doctor Antonio Carlos Nogueira, director en España del Centro de Enseñanza de la Medicina Tradicional China, lo que ha alejado a la medicina oriental de la occidental, o mejor dicho, lo que ha alejado a los posibles pacientes de otro tipo de prácticas, distinta a la mal llamada “científica” occidental, ha sido el grado de poesía que encontramos en la medicina tradicional oriental(1). Su alto grado metafórico para representar los órganos y los dolores, las influencias de unos órganos sobre otros, el poder de la relatividad, la noción de energía que produce el salto orbital del electrón, entre muchos, ha sido el principal obstáculo para comprender y creer en otra forma de curación. Pero, si se nos explica que el llamado TAO o CHI’, por recurrir a la terminología más elemental, hace referencia a la Energía universal y que los Canales Energéticos son los meridianos, y que estos meridianos forman conjuntos inseparables –por ejemplo, los meridianos del hígado, corazón, bazo páncreas forman uno, junto con el pulmón, el riñón, el corazón y los órganos sexuales ya que corresponden a la misma función orgánica, y que por eso se llaman YIN, y se oponen al Triple calentador que regula las funciones respiratorias, digestivas y urinarias, y es de la naturaleza YANG– muy posiblemente podamos interesarnos en acceder a otro tipo de cura, y lo que es mejor, a la sanación. Pues bien, esto es lo que un grupo cada vez mayor de médicos de formación occidental está haciendo actualmente; es decir, estudiar, aprender y traducir dicho conocimiento a una parte del mundo que ignoraba que estas corrientes comparten la idea de que la materia no es sino energía con mayor o menor grado de condensación (léase vibración), y sus postulados se apoyan en los conocimientos más avanzados de la Física Cuántica y una concepción holográfica del universo. “Ha habido que esperar hasta el siglo XX para entender que lo que afirma la Medicina Tradicional China se sustenta en los conocimientos de la Física moderna. Que lo que se creía un cuerpo doctrinal de carácter meramente filosófico y exento de toda base científica está avalado por los conocimientos más modernos, de vanguardia” (Nogueira), y lo que es más importante: que no es exagerado esperar que detrás de todo conocimiento que se tilde de científico debe haber una filosofía, y detrás de toda filosofía, un pensamiento poético. Las equivalencias son importantes, pero no lo trascendental cuando se trata de traducir un saber, sea en el área que sea. Lo realmente importante bajo todo punto de vista es el develamiento significativo, la presentación de otra visión de mundo, de otro lenguaje y otra sensibilidad que prevalezca más allá de las combinaciones posibles, de la industrialización de la curación por la energía, y cualquier posible fusión entre los últimos aparatos y sus fines últimos, que son siempre de una trascendencia mayor a la recuperación del órgano. Un saber así enfocado, siempre está por delante del último grito de la modernización constante de la maquinaria científica.
De forma sorprendente, aunque quizá no tanto, la Medicina Tradicional Oriental, ahora más conocida como acupuntura bioenergética o como psiconeuroacupuntura, por ejemplo, nos permite tras el nombre cientifizado, acceder a lo importante de esta migración de saber de una cultura a otra. Occidentalmente, no deja de haber resistencia a una visión de mundo distinta, a un nombrar las cosas, las enfermedades, las curaciones de forma extraña, poco exacta a nuestros oídos acostumbrados a las “algias” y a las “itis”, pero día a día hay una mayor comprensión, aceptación y práctica de una mirada alternativa de la salud y la enfermedad. Este es un buen ejemplo de lo que es la integración de un saber, de un práctica tradicionalmente ajena a una cosmovisión, y que no permite una manipulación convenienciera, desleal o plagiadora por parte de sus usuarios, cada vez mayores en el mundo, porque desde el silencio y la sabiduría que le son propias a estas culturas han planteado detrás del hacer o el performance incomprensible para tantos, un pensamiento, una poesía, un lenguaje y una expresión única que no puede asimilarse parcialmente. No, si se buscan efectos reales.
Quién puede evitar hoy por hoy el flujo arbitrario y hasta inexacto de conocimiento; ante quién elevaríamos una queja eficaz contra el uso o la práctica de lo que consideramos “propio”. La única garantía, si la hay, del respeto y el reconocimiento efectivo de un posible origen no radica sino en un pensamiento, un lenguaje y un hacer que trasciendan la representación vacía, caduca, enferma o desgastada; es decir, de una práctica cultivada como un saber que se afirme en el mundo precisamente desde el encuentro con lo que no es.
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(1) Entrevista concedida a la revista Discovery Salud. No 122.




