0. En Veracruz se baila el mejor danzón
Hace casi 160 años, en Cuba nació el danzón, ritmo que se popularizó rápidamente y trascendió fronteras, teniendo gran acogida en Veracruz, región mexicana que lo adoptó e incorporó a su repertorio popular, a tal punto que, hoy en día, “el danzón es mucho más mexicano que cubano”, según afirma Rosario Manzanos, periodista cultural, investigadora y, sobre todo, eximia bailarina de danzón, en una entrevista que le efectúa Jorge González.
Dicha aseveración –sumada a la que figura como título de la entrevista: “En Veracruz se baila el mejor danzón”– tal vez provoca molestia en algunos cubanos y quizá tengan argumentos para rebatirla, pero no pueden negar que después de un proceso de apropiación cultural, el danzón se ha convertido, legítimamente, en una manifestación artística representativa del pueblo veracruzano.
En el ámbito de la antropología cultural, “apropiación” y “legitimidad” no son conceptos incompatibles, pues el primero no es empleado para connotar robo, plagio o usurpación, sino para señalar el fenómeno consistente en la acomodación, adecuación y/o resignificación de elementos culturales por parte de una comunidad en su propio contexto.
En tal sentido, no hay nada de malo en que Vercaruz se apropiara del danzón; de hecho, es un fenómeno cultural que se ha dado a lo largo de la historia humana, y que, seguramente, seguirá ocurriendo mientras los pueblos experimenten procesos dinámicos de intercambio, reelaboración y (re)creación cultural.
Rosario Manzanos explica que el antropólogo mexicano Bonfil Batalla “tiene un cuadro donde habla de elementos culturales ajenos y decisiones propias; es la decisión de un colectivo que decide apropiarse y darle su propio significado a una manifestación cultural. Cuando esto sucede, hay una apropiación cultural y posteriormente se genera una cultura propia. Quiere decir que el danzón veracruzano es una cultura propia en estos momentos y a nadie le importa lo que puedan pensar los cubanos al respecto”.
“En Veracruz se baila el mejor danzón”, opina Manzanos. “Gracias a que nosotros lo inventamos”, piensan en Cuba.
1. El diablo anda suelto (y baila en grupo)

Debido a la influencia del cristianismo, en muchas regiones del mundo se originaron danzas folclóricas que tienen como figura central al diablo, cada una con características propias (musicales, coreográficas, simbólicas, etc.), incluso en la representación iconográfica del demonio.
En Bolivia, específicamente, antes de la creación de la república, el esfuerzo evangelizador de los sacerdotes, quienes vieron por conveniente representar los siete pecados capitales mediante una coreografía alegórica, devino en baile urbano, conciliando elementos autóctonos y occidentales para originar la Diablada, danza emblemática del pueblo Orureño que ha sido incorporada al folclor de otras regiones.
A principios del siglo XX, la Diablada comenzó a bailarse en Puno, Perú, y, a partir de entonces, se integró al patrimonio folclórico de esa región, ya que, como en el caso del danzón, se produjo un proceso de apropiación cultural. Por tanto, con total legitimidad, los puneños pueden afirmar que la Diablada es parte de su folclor. Sin embargo, este fenómeno cultural conlleva un rasgo particular: los danzantes peruanos no reconocen que la Diablada, tal como se representa en Puno, es originaria de Bolivia (lo contrario ocurre con el danzón, pues los mexicanos no niegan su origen cubano).
Algunos intelectuales peruanos plantean que la Diablada es una danza de la cultura andina y, por tanto, no tiene “nacionalidad”. Incluso se mencionan dos argumentos que apuntan a sostener la tesis de que la Diablada tiene origen peruano: 1) que los jesuitas, en su afán evangelizador, crearon una representación coreográfica de los siete pecados capitales, para que, a través del canto y la danza, fuese más fácil transmitir a los nativos de Juli (Perú) ciertos aspectos de la doctrina religiosa, allá por el siglo XVI; 2) que cuando se creó la danza, Oruro formaba parte del territorio peruano (recordemos que hasta 1825 gran parte de la actual Bolivia se conocía como Alto Perú).
Como ya dijimos, la influencia cristiana dio pie al nacimiento de diversos bailes en los que los habitantes originarios de América representaron la figura del demonio; es decir, lo ocurrido en Juli también sucedió en muchas regiones del continente, no sólo por la labor de los misioneros jesuitas, sino por la de sacerdotes de otras órdenes. Así, en el pueblo de Paria, Oruro, la representación de los siete pecados capitales fue evolucionando hasta adquirir las características de la Diablada que actualmente se baila en Bolivia y Puno.
Por otra parte, no importan los límites territoriales de la colonia ni de la época republicana para definir la pertenencia de las manifestaciones folclóricas, pues en esto, “las cosas no son de partida nacionales; son locales o regionales”, como indica el reconocido investigador chileno Manuel Dannemann en una entrevista concedida a Rosario Mena. Para él, es erróneo asociar lo folclórico exclusivamente a lo rural o autóctono, ya que “la cultura es necesariamente dinámica, tiene procesos y cambios. Y cuando, por motivos a veces inexplicables, algunas expresiones de la cultura logran adoptar gran fuerza y enraizarse en un grupo, mantenerse en la tradición de ese grupo y ser representativas de su identidad, y cohesionar a los miembros de esos grupos, aunque sean de diversas condiciones sociales y orígenes, entonces se convierten en folclor”.
Según Rosario Mena resume las ideas de Dannemann, “la fuerza identitaria y de cohesión social, y la reelaboración de la cultura, que es una sola, dinámica y, necesariamente, tradicional, definen para él lo folclórico de una manifestación. Sin importar su origen ni su antigüedad. Ni siquiera su carácter nacional”.
Estos conceptos apoyarían, en primera instancia, el argumento peruano de que la Diablada no tiene nacionalidad; sin embargo, al mismo tiempo, implican que es bastante difícil, si no imposible, que un origen compartido (lo aymara y lo cristiano) de lugar a procesos culturales que produzcan manifestaciones folclóricas idénticas en distintos lugares o comunidades.
Enrique Cuentas Ormachea, investigador peruano, escribió un artículo extenso donde plantea que la Diablada es “una expresión de coreografía mestiza del altiplano del Collao”, e incluso menciona que habría sido originada en su país. No obstante, algunas partes del texto traicionan la intención del autor:
La “Diablada”(…) se ejecutó por primera vez en Oruro, Bolivia, en 1789(…) Posteriormente, la danza se propagó a otros lugares del altiplano(…)
La Diablada se presentó en Puno el 2 de febrero de 1918, en la festividad de la Virgen de la Candelaria. Bajo el nombre de “Los Vaporinos” se formó un grupo de trabajadores de los barcos de la Peruvian Corp., que surcaban las aguas del Lago Titicaca. Ellos alquilaron los trajes de la danza y una banda de músicos al bailarín boliviano Pedro Pablo Corrales, quien era reconocido como maestro de “Diablada”.
Las primeras máscaras de Diablada proceden del taller del mascarero boliviano Antonio Vizcarra. A partir de 1956, los artesanos puneños Alberto y Ramón Velásquez incursionaron en este arte(…)
La Diablada Puneña desde 1922, hasta 1965, fue diferente de la Boliviana. La transformación se debió a que las limitaciones económicas del grupo de “Vaporinos”, que introdujo la primera Diablada, no les permitió sufragar los costos de alquiler de una banda de músicos, sustituyéndola por una banda de “Sicu-Morenos”, compuesta por instrumentistas de sicus o zampoñas(…)
Como se aprecia en estos fragmentos, la investigación de Cuentas establece que recién en 1918 la Diablada fue bailada en Puno, e implícitamente, que fue “importada” de Bolivia. Pero, según él, dicha “importación” es, en realidad, un retorno lógico y natural de esta danza a su lugar de origen.
Lo cierto es que, a casi un siglo de la primera representación en Puno, la Diablada se ha incorporado al patrimonio folclórico de esa región peruana, mediante un proceso de apropiación cultural que legitima su práctica y desarrollo como manifestación del folclor puneño, más allá de su origen. Sin embargo, aunque el origen sea secundario en la formación, enraizamiento, reelaboración y manifestación de lo folclórico, no por ello debe ser ignorado o tergiversado. En este sentido, la Diablada, tal como se la baila en nuestro país y Puno, es de origen boliviano (claro que sería más adecuado decir: orureño).
2. Por qué me enamoré de ti…

Al igual que los diablos orureños, los caporales paceños fueron adoptados por el pueblo de Puno, que en 1979 se enamoró de la danza creada por los hermanos Estrada y presentada por primera vez en la entrada del Gran Poder de 1972.
Víctor y Vicente Estrada, junto con otros muchachos de su barrio (Chijini), bailaban danzas autóctonas en peñas de La Paz durante la década de los 60, cuando la música folclórica era “mal vista”, al ser considerada como música de (y para) indios. En 1969 asistieron a la presentación de un grupo de comunarios de Tocaña (gestionada por el empresario Alberto Pacheco) y quedaron impresionados con la saya afro-yungueña. Esto los inspiró para inventar la danza de los Caporales, bautizada así porque su atuendo se diseñó imitando la vestimenta del “caporal” de Tocaña, “un viejo negro de buzo, blusa y sombrero de ala ancha(…), que tenía un machete y dos cascabeles en las botas con los que anunciaba su presencia”, según relata Vicente Estrada en un reportaje de La Razón.
El ritmo de la tuntuna sirvió de base musical para la creación de los pasos, cuya característica principal era (y sigue siendo) el despliegue de agilidad en secuencias de saltos, volapiés y otras piruetas que causaron sensación en el público que presenció el debut de la danza hace casi cuarenta años.
En poco tiempo, se fundaron otras fraternidades de caporales y el baile se enraizó en la cultura paceña, desde donde se extendió hacia otras regiones del país y el extranjero. El ritmo caporal, además, se incorporó a la música folclórica gracias a la fecunda labor de compositores bolivianos que crearon un amplio repertorio en menos de dos décadas, y varios grupos lo difundieron allende nuestras fronteras (pese a que algunos cometieron el error de denominarlo “saya”).
La rapidez con que la danza de los Caporales se popularizó y convirtió en manifestación folclórica boliviana también se dio en el proceso de apropiación cultural que experimentó en Puno. Pero en este caso particular, los danzantes peruanos sí reconocen que los Caporales provienen de Bolivia. Por eso, llama la atención que algunos académicos del país vecino comenzaran a plantear versiones alternativas sobre el origen de esta danza, con argumentos que giran en torno a las similitudes culturales originarias entre Bolivia y Perú. Por ejemplo, indican que la tuntuna es un ritmo que también está presente en su repertorio folclórico; que en Perú también hay una gran comunidad de afrodescendientes; que el pueblo aymara es uno solo, pese a los límites fronterizos actuales; que la danza de los caporales es una manifestación cultural autóctona de los aymaras y, por tanto, tan peruana como boliviana.
Tales argumentos no tienen asidero, ya que los Caporales no corresponden al ámbito rural ni son parte de la cultura ancestral. No hay dudas sobre su origen y fecha de creación; es más, incluso se conoce la identidad de sus creadores. Danza urbana, no rural; danza moderna, no ancestral; danza folclórica, no autóctona: los Caporales nacieron en el Gran Poder de La Paz.
3. Bailando se entiende la gente
“Asimilación”, “antropofagia” y “apropiación” son términos que, asociados a lo cultural, se convierten en conceptos teóricos para definir algunos fenómenos que responden a procesos culturales específicos. En ningún caso estos conceptos implican algún sentido peyorativo o se emplean para establecer la supuesta supremacía de una manifestación cultural sobre otra similar.
Quizá el mejor ejemplo de asimilación cultural se encuentra en la mitología romana. El Imperio Romano conquistó Grecia y asimiló su mitología; de este modo, poetas como Virgilio y Ovidio construyeron un corpus mitológico de carácter fundacional. Gracias a ese proceso, la humanidad goza de “La Eneida” y “Las metamorfosis”, entre otras obras que legaron los vates romanos.
La Diablada se convirtió en manifestación folclórica tras un proceso de antropofagia cultural, en el que se “digirieron” elementos de culturas foráneas para darles nuevos sentidos y producir una expresión propia. Lo que proviene de la religión occidental es lo más evidente, pero también hay pequeños detalles, como los dragones –que no corresponden a la cultura andina–, cuya incorporación al atuendo de esta danza se debe a que un minero boliviano encargó al bordador reproducir en su traje la imagen del dragón que estaba impresa en los envoltorios del té Hornimans.
Así, la Diablada es una de tantas otras manifestaciones folclóricas latinoamericanas que se originaron por un fenómeno antropofágico. Y debido, probablemente, a la cercanía geográfica y las similitudes socio-culturales, el pueblo de Puno se apropió de esta danza, incorporándola a su folclor a través de un proceso que, hoy por hoy, la legitima como expresión cultural puneña.
La danza de los Caporales también ha sido apropiada por el pueblo de esa región peruana, y su práctica se ha extendido hasta la costa, donde hay danzantes limeños que todos los años viajan a Puno para bailar en honor de la Virgen de la Candelaria.
Igual que los veracruzanos respecto al danzón, los puneños dicen que en Perú se baila el mejor caporal. Todo es cuestión de gustos, pero lo cierto es que no habría posibilidad de realizar ninguna evaluación estética si los hermanos Estrada no hubieran creado esta danza en la zona paceña del Gran Poder hace 38 años.
Bailemos, entonces, genuinos Caporales y Diablada, tanto en Perú como en Bolivia, pues ambas danzas, más allá de sus orígenes y procesos de formación, son manifestaciones folclóricas que enriquecen las culturas de ambos países y dan lugar a pensar que la globalización no sólo desparrama enlatados, Halloween, McDonalds, etc., sino también permite dinámicas culturales que hacen crecer el patrimonio intangible de la humanidad.