Quieto, una novela sin ficción- reseña

Escrito por disfonia disfonia - 8/04/2010 - 3 opiniones

Este libro puede herir mi sensibilidad. Así comienza Quieto, “una novela sin ficción”, como declara su autor -Mario Serra-, narrador y enigmista español, que cubre siete años en la vida de su hijo Lluis, “alias Llullu que nació con una grave encefalopatía que la ciencia no ha podido definir”.

Tras la lectura de este libro, no pretendo reseñarlo, aunque tal vez termine haciéndolo, puesto que las razones que me han hecho leerlo dos veces ya, no han sido de interés literario en sí, o solamente, sino la fascinación de un relato no ficticio que es, paradójicamente, la construcción literaria de una historia que podría ser cualquier cosa menos literaria, y supongo que eso se debe a que Serra es, además de padre de un niño con una actividad mental que alcanza sólo el 15% y sobre el que versa este libro, un verdadero escritor.

Al margen de haber publicado miles de crucigramas y varios tratados de ludolingüística, el oficio queda claro con sólo acercarnos a las primeras páginas de esta obra, que yo calificaría como autoficción. Serra cuenta, reflexiona, interpreta, relata y dramatiza en el sentido literal del término, lo que es vivir con un hijo que sufre un 85% de discapacidad mental, lo que no deja de ser una cruel ironía del destino, puesto que vaya uno a saber cómo se entiende que un padre que se gana la vida gracias el uso del intelecto, tenga un hijo que pertenece, como él, tiernamente lo plantea, a otra etnia, a “un estado a menudo expuesto al aguijón del dolor, pero en el que predomina el regocijo y cierto grado de embeleso”. Y en este sentido, lo que más valoro de la “novela” es la ausencia de victimización o fatalidad; de pedido de aceptación o de ayuda para niños como su hijo al que sería fácil recurrir para conmover al sensible lector. Serra con el gesto del buen escritor trabaja a partir de imágenes que guarda, que se le quedan inscritas en la mente o en alguna libreta, un aspecto de la vida y del ser, a partir de la convivencia con un niño que no progresa adecuadamente; que fascina tanto como angustia y que además es su hijo.

Al fin y al cabo, con las piezas de esta bitácora del dique seco he pretendido componer un espejo. Dorian Gray vendió su alma al diablo para poder ser, más que inmortal, invariable, mientras los estragos del tiempo iban modificando el aspecto del retrato invisible que había escondido en la buhardilla. Así se invierte el proceso. Nuestro hijo ni es invisible ni es el retrato de nadie, aunque se parezca a sus padres y a su hermana. Él y los que son como él actúan de espejos. Todos los que nos miramos en ellos un poco a fondo envejecemos de un modo distinto. Si Dorian Gray hubiese conocido a un Llullu nunca se habría conformado con la invariabilidad de los presuntos inmortales. Habría aprendido a mirar en vez de querer ser mirado. A envejecer. Muy probablemente no habría querido ser retratado, sino retrato.

Mirar es lo que justamente hace Serra y lo que nos invita a hacer. Está de más decir que luego de la lectura de este libro algo cambia en nuestra forma de ver no sólo a estos seres enigmáticos, sino al mundo que les rodea y al mundo que nos rodea. “Él y los que son como él actúan de espejos. Todos los que nos miramos en ellos un poco a fondo envejecemos de un modo distinto”, y a riesgo de sonar un poco cursi, admito abiertamente que después de acceder a la visión de esta otra forma de vida y de convivencia con esta vida, es más la emoción que la justicia ante una escritura trabajada la que hoy me lleva a hablar de ella. Serra es un narrador cuidadoso con la realidad, supuestamente inmediata y referencial que nos está presentado, no menos ameno y emotivo, pero sobre todo ingenioso en la forma de contar a partir de anécdotas y de extractos especiales en la vida de su hijo y en la suya propia lo que fácilmente se llamaría una biografía, pero que no registra hechos o contratiempos, sino pedazos de realidad que habitualmente no vemos. ¿No es ese el sentido de la escritura y el oficio del escritor sensible?

Así, el autor-padre-narrador-personaje es en la primera parte del libro el foco desde donde podemos ver lo que habitualmente preferimos no ver, pero en la segunda mitad, ahí donde por un delicado trabajo de amoroso montaje fotográfico lo vemos correr, es Llullu quien seguramente nos diría:

No me puedo olvidar de cómo se llama mi padre, ni de las historias que me cuenta, ni de los meneos que me pega cuando intenta vestirme, ni de su olor a intermitente de tabaco, ni de los gritos que suelta cuando me dice Llullu, cómo-estááás, ni puedo olvidar que por culpa suya todos me conocen por este nombre que empequeñece la boca de quien lo pronuncia (…)

No me acuerdo de nada, yo, y nada olvido (…) Nunca podré olvidar las palabras que no recuerdo haber escuchado ni leído ni dicho.

Quieto es una novela sin ficción que crea realidad, y esta paradoja la hace altamente recomendable para cualquier lector que guste de las sorpresas; a cualquier lector que, como yo, se acerque a un libro buscando un registro de enfermedad y se encuentre con la escritura de una historia capaz de promover más escritura, porque está sustentada en un modo de ver que sin mucho alarde enseña a ver.

Mukhtir- ensayo, reseña

Escrito por estido estido - 3/04/2010 - 3 opiniones

Una entrada de lectura sobre “Dochera”, cuento que, gracias a la gentileza de Edmundo y Marcelo Paz Soldán, y con el permiso de la editorial Nuevo Milenio, se puede descargar AQUÍ (o en nuestra biblioteca pirata).

MUKHTIR

La seducción, según Baudrillard, plantea un juego con sus propias reglas, perturbando el orden establecido, cosa que podemos apreciar en “Dochera”, cuento de Edmundo Paz Soldán. Sin embargo, en este relato, la seducción no sólo consigue alterar el orden, sino que instaura uno nuevo, es decir, determina el paso de un orden a otro, el salto a una dimensión paralela donde el protagonista asume el rol de Dios, de creador supremo, de Hacedor.

Todas las tardes la hija de Inaco se llama Io, Aar es el río de Suiza, Somerset Maugham ha escrito La luna y seis peniques, y Philip Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? El símbolo químico del oro es Au, Ravel ha compuesto el Bolero y hay puntos y rayas que indican letras. Insípido es soso, las iniciales del asesino de Lincoln son JWB, las casas de campo de los jerarcas rusos son dachas, Puskas es un gran futbolista húngaro, Verónica Lake es una famosa femme fatale, héroe de Calama es Avaroa y la palabra clave de Ciudadano Kane es Rosebud.
(fragmento de “Dochera”)

Todas las tardes de Benjamín Laredo están enmarcadas en la realidad absoluta, en los referentes concretos que proporcionan los libros del saber humano. El misterio que propone en sus crucigramas no es más que un tenue velo presto/pronto a ser retirado por una buena enciclopedia o el caudal de conocimiento que puede albergar el cerebro. Esta aparente seducción no es más que una proposición con masculinidad ofensiva. Ofensiva, por la simpleza con que está planteada; masculina, porque impone una discriminación segura y un criterio absoluto de veracidad (tal como Baudrillard considera lo masculino). Los asiduos “llenadores” de crucigramas aceptan tal propuesta, no porque estén efectivamente seducidos por ella, sino más bien porque conocen la forma de evitar ser seducidos: basta con abrir un diccionario y comenzar a llenar los cuadros vacíos, no hay trampas, no hay nada inefable, no hay feminidad, es decir, de acuerdo con Baudrillard, no hay insolubilidad que perturbe el orden establecido.

Laredo vive rutinariamente. Después de almorzar, se pone un terno negro, se engalana para comenzar su trabajo cotidiano, siempre acompañado de una botella de vino tinto y el concierto de violín de Mendelssohn; cobra sus cheques diariamente, a excepción de sábados y domingos, y regresa a casa con las palabras, y sus definiciones, revoloteando en su cabeza. Todo lo que le rodea está sujeto a un orden, a las leyes del idioma. Así, mientras camina por la calle, no puede dejar de definir lo que ve a su alrededor: “Todo le parecía radiante, incluso el mendigo sentado en la acera con la descoyuntada cintura ósea que termina por la parte inferior del cuerpo humano (seis letras), y el adolescente que apareció de improviso en una esquina, lo golpeó al pasar y tenía una grotesca prominencia que forma el cartílago tiroides en la parte anterior del cuello (cuatro letras)”. Todo está (pre)definido, no hay misterios, no hay nada que altere su rutina. Un antiguo desengaño amoroso parece haberlo remitido a tal condición; ni siquiera los intentos de seducción de la secretaria del periódico logran perturbarlo: no seduce ni es seducido.

Sin embargo, tal situación cambia cuando el azar interviene en su vida, marcándole un encuentro con Dochera, una misteriosa mujer a quien sólo consigue arrancarle el nombre. A partir de ese instante, Laredo se convierte en seductor, no sólo de la mujer que ama –o cree amar–, sino también de los fanáticos del crucigrama. Esa especie de ritual –engalanamiento– que precede a todas su creaciones cobra ahora una nueva dimensión, pues él trata de enviar un mensaje/proposición a la mujer que lo ha trastornado. La seducción es del orden de lo ritual, el sexo y el deseo son del orden de lo natural, dice Baudrillard. Pero no sólo es el ritual del engalanamiento, también está el ritual del crucigrama mismo: la preparación minuciosa, el mensaje que sólo puede entender la destinataria y, finalmente, la construcción de una ilusión, la (re)escritura del mundo.

Sí, Laredo intentará seducir, atraer a Dochera a su espacio y, al mismo tiempo, seducirá –ahora en serio– a los que diariamente entablaban un duelo con él en la página A14 del periódico. Seducirá, porque el misterio que sus crucigramas comienzan a proponer perturba el orden; se alejan de la masculinidad para revestirse de un carácter femenino, en tanto insoluble, que atrapa a sus fanáticos en un juego alejado de la ley, en un juego que se rige por reglas propias. Como dice Baudrillard, la seducción no es un espacio de deseo, sino de juego y desafío; y ambos están planteados en los crucigramas/mensajes de Laredo, que aparte de manifestar una transgresión, materializan el ritual de seducción al que apela para encontrar a Dochera. La transgresión seduce a los jugadores; el ritual intenta seducir a la mujer misteriosa.

Claro que Benjamín también está siendo seducido, no por Dochera, sino por el halo de misterio que la envuelve, por la imposibilidad de definirla, de asignarle un número de letras. Como si se tratara de casillas vacías en medio de un crucigrama, Laredo intenta recordar/rellenar una imagen que correspondiera con la nariz aguileña, la tez morena y la quijada prominente, la expresión entre recelosa y asustada. ¿Un rostro entrevisto en la infancia, en una sala de espera en un hospital (…)? ¿En la puerta del cine de barrio, a la hora de la entrada triunfal de las chicas de minifaldas rutilantes (…)? No hay enciclopedia a la que pueda recurrir; su vida se ha transformado en un crucigrama inconcluso. En este caso, la seducción parece ser autónoma, ajena a la voluntad de Dochera, aunque, por el desenlace del cuento, cabe suponer que, si bien en un principio sólo es su misterio lo que seduce, luego de leer y entender los mensajes de Laredo, ella se transforma, voluntariamente, en seductora, alejándose de Benjamín, retrasando el contacto, perturbando completamente el orden en que él había vivido siempre. Así, la estrategia que ella emplea resulta efectiva, pues –siguiendo con Baudrillard– la seducción es una estrategia de desplazamiento (se-ducere: llevar a parte, desviar de su vía). Laredo ha sido desviado de su vía; se ha alejado de las leyes del crucigrama o, mejor dicho, las ha transgredido para poder seducir a Dochera. Laredo ha penetrado en el juego que plantea la seducción: es seductor que mientras más intenta seducir, más seducido queda.

Aparentemente, Dochera ha decidido no responder a Laredo; mantener el misterio, o acrecentarlo, permaneciendo como espejismo. Seducir es morir como realidad y producirse como ilusión, dice Baudrillard, de modo que la estrategia de la seducción es la de la ilusión. Entonces, Dochera, para Benjamín, no es realidad, es ilusión. Como realidad, como la mujer del mechón blanco y la quijada prominente, le provocó deseo; como ilusión, lo sedujo.

La voluntad de Laredo es seducir a Dochera, pero, involuntariamente, ha seducido a los que llenan sus crucigramas; el mismo efecto del misterio los seduce. Los crucigramas se tornan irresolubles y, aunque es posible que paulatinamente los jugadores se vayan habituando y logren llenar algunas casillas, nadie podría imaginar que el Hacedor –tal como lo llaman en su ciudad– hubiese rebautizado a Caracas como Senzal, y a Venezuela, como Zardo; que Piedras Blancas sea ahora un anagrama de su apellido; que cintura sea doluth o que los pekineses sean zendalas. Los diccionarios, las enciclopedias, han perdido valor; el orden ha sido alterado, las leyes transgredidas, el desafío ha sido planteado y los jugadores han aceptado las reglas: la seducción se ha cumplido. Sin embargo, Laredo no quiere seducir a los jugadores, sino a Dochera.

Los dos participan en un desafío, cada quien utiliza las armas que tiene al alcance para logra su meta: no ser seducidos. Como indica Baudrillard, si bien la seducción es una pasión o un destino, es la pasión inversa la que triunfa más a menudo: la de no ser seducido. Luchamos por fortalecernos en nuestra verdad, luchamos contra el que quiere seducirnos. Renunciamos a seducir por miedo a ser seducidos. Todos los medios son buenos para escapar de ello. Van desde seducir al otro sin tregua para no ser seducido, hasta hacer como si uno estuviera seducido para poner término a cualquier seducción. En efecto, Laredo y Dochera se están seduciendo el uno al otro, pero parece que lo hicieran como un modo de defensa para evitar ser seducidos. En Dochera, esto resulta prácticamente obvio, pues en las líneas finales del cuento, nos damos cuenta de que ella ha recibido los mensajes de Laredo, lo que implica que todo el tiempo ella optó por no responder, por mantener el misterio, por desviar (se–ducere) a su contendiente; ello indica su deseo de no ser seducida, de no ceder ante todo el ritual desplegado por Laredo y, sin embrago, continuar con la seducción, llevarla hasta el límite. Por su parte, Laredo intenta seducirla, pero esa seducción está funcionando como defensa, pues, en realidad, lo que pretende es develar el misterio, llenar las casillas en blanco que corresponden a la pista de Dochera; pretende apartar las apariencias –el halo de misterio–, con lo cual la seducción –de ella hacia él– acabaría, ya que, como expresa Baudrillard, al apartar las apariencias la ausencia de verdad sale a la luz.

Y así ocurre: nuevamente el azar hace que Benjamín se encuentre con Dochera. Inútil es que ella escape, que prolongue el misterio, su fuerza radicaba en el ocultamiento; sólo le resta tender la mano e invitar a Laredo a subir al taxi: el ritual del Hacedor tuvo éxito. Pero él ha apartado las apariencias, Dochera ya no es el misterio, la ilusión, sino, la realidad, parte de un mundo que ya no significa nada para él. Así, Dochera pasa a ser Mukhtir, siete letras que llenan las casillas vacías del crucigrama existencial de Laredo.

Juego doblemente perverso: la mujer que ha querido ser más deseada que deseante, seductora no seducida, que ha deseado el deseo del otro, sin su halo de misterio ya no es deseada, es seducida; no tiene al otro ni a su deseo. El hombre, maestro del ritual, seductor paciente que ha transgredido las leyes, que ha logrado la inflexión en su vida, evita ser seducido, lo que conlleva terminar el juego e instaurarse de nuevo en un orden, aunque en un mundo distinto –una ciudad distinta: Delora–, en un espacio donde él dicta las normas. Así, Laredo ha llenado las casillas vacías de su vida, siete letras que no corresponden a Dochera, sino a Mukhtir. Él ha pasado a otra dimensión, donde en vez de consultar libros para crear los crucigramas, está inventando un universo particular, nombrando todos sus elementos, dotando a las palabras del poder propio del Hacedor.

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Referencias bibliográficas:
BAUDRILLARD, Jean. De la seducción. Cátedra, Madrid, 1998.
PAZ SOLDÁN, Edmundo. “Dochera”. En: Dochera y otros cuentos. Nuevo Milenio, Cochabamba, 1998.