El exilio de Helena, por Albert Camus- traducción

Escrito por Hefesto Hefesto - 30/04/2010 - Nadie opinó aún

Con motivo del cincuenta aniversario de la muerte de Albert Camus (1913-1960), las librerías francesas (así como, sospecho, las del mundo entero) se han llenado de reediciones y ediciones especiales de la obra del escritor francés de origen argelino, premio Nobel de literatura 1957. De modo que, medio siglo después de estrellarse contra un árbol a la vera de la carretera que lo conducía a París, Camus está más vivo que nunca. Tal vez la sombra inmortal de sus páginas esté destinada a la tarea de Sísifo, la de recomenzar eternamente su lección de vida: gracias a la conciencia del absurdo y ante la sensual indiferencia del mundo, rebelarse; alcanzar un amor clarividente de nuestra condición: por la herida de la lucidez, acercarnos al sol. Camus no es, como a veces se piensa, un filósofo del absurdo. Por una parte, Camus es ante todo un escritor, un artesano de la palabra: su prosa, ya lírica y solar, ya cruda y cortante, sus novelas y cuentos técnicamente impecables, sus cautivantes ensayos –los de El verano (1954), libro del cual sacamos “La belleza de Helena”, mezclan de forma magistral elementos de la crónica de viaje y la reflexión filosófica, todo ello vehiculado por una prosa clara y poética a un tiempo–, constituyen una prueba irrefutable de ello, y, dado el caso, podrían prescindir de la no menos valiosa obra filosófica que las acompaña. Por otra parte, el absurdo es, en su visión del mundo, sólo el primer peldaño que conduce a la rebelión, individual o colectiva, del hombre. Así, creo encontrar en las primeras palabras de “El exilio de Helena” (1948) la elegante paradoja que podría cristalizar su visión de la existencia: lo “trágico solar”. En una Europa en ruinas, en un mundo por reconstruir, Camus analiza la tragedia del pensamiento moderno, que empujó a la humanidad a la cumbre de la barbarie. Después de Auschwitz y de Hiroshima, Camus acusa al positivismo dominante –la fe a ultranza en el progreso a través de la razón y la ciencia–, de haber quebrado los límites que, paradójicamente, la razón impone. Resulta dramática la pérdida de la gracia y la belleza, simbolizada por la figura mítica de Helena; pero Camus no se limita a criticar, demoler ciertos vicios del pensamiento moderno, sino que nos pone en la vía para reconstruirlo sobre bases sólidas. La proposición de recuperar la lúcida modestia o el orgullo de nuestra ignorancia elemental, así como el equilibrio y la mesura de los clásicos griegos –por oposición a la razón pasional de los modernos–, dibuja el movimiento, característico en Camus, que va de la lucidez en las tinieblas a una firme voluntad de luz. Inútil añadir que este ensayo no ha perdido vigencia; al contrario, en el contexto del cambio climático –provocado precisamente por los excesos modernos–, su mensaje cobra plenitud de sentido, haciéndose tan urgente como admonitorio. He aquí el ensayo (la traducción es mía):

El Mediterráneo tiene su trágico solar que no es el de las brumas. Ciertas tardes, sobre el mar, al pie de las montañas, cae la noche sobre la curva perfecta de una pequeña bahía y, de las aguas silenciosas, sube entonces una plenitud angustiada. Uno puede comprender en este lugar que si los griegos llegaron a la desesperación, fue siempre a través de la belleza, y lo que ésta tiene de opresivo. En esta desdicha dorada, culmina la tragedia. Nuestro tiempo, al contrario, ha alimentado su desesperación en la fealdad y las convulsiones. Es por ello que Europa sería innoble, si el dolor pudiera serlo alguna vez.

Hemos exiliado la belleza, los griegos tomaron las armas por ella. Primer diferencia, pero que viene de lejos. El pensamiento griego se ha escudado siempre en la idea de límite. No forzó nada a fondo, ni lo sagrado, ni la razón, porque nada negó, ni lo sagrado, ni la razón. Tomó en cuenta todo, equilibrando la sombra con la luz. Nuestra Europa, al contrario, lanzada a la conquista de la totalidad, es hija de la desmesura. Niega la belleza, como niega todo lo que no exalta. Y, aunque de forma diversa, no exalta sino una sola cosa: el imperio futuro de la razón. Hace retroceder en su locura los límites eternos y, de inmediato, oscuras Furias se abaten sobre ella y la desgarran. Némesis vieja, diosa de la mesura, no de la venganza. Todos aquellos que sobrepasan el límite son castigados sin piedad por ella.

Los griegos que reflexionaron durante siglos sobre lo que es justo no podrían comprender para nada nuestra idea de justicia. La equidad, para ellos, presuponía un límite, cuando todo nuestro continente se convulsa  en busca de una justicia que quiere total. En el alba del pensamiento griego, Heráclito ya imaginaba que la justicia pone límites en el mismo universo físico. “El sol no sobrepasará sus límites, si no las Furias sabrán descubrirlo.” Nosotros, que hemos desorbitado el universo y la mente, nos reímos de esta amenaza. Encendemos en un cielo ebrio los soles que queremos. Pero no por ello los límites dejan de existir, y lo sabemos. En nuestras demencias más extremas, soñamos con un equilibrio que hemos dejado atrás y que pensamos, ingenuamente, reencontrar al final de nuestros errores. Infantil presunción, y que justifica que pueblos niños, herederos de nuestras locuras, conduzcan hoy nuestra historia.

Un fragmento atribuido al mismo Heráclito enuncia simplemente: “Presunción, regresión del progreso.” Y, varios siglos después del efesino, Sócrates, ante la amenaza de una condena a muerte, no se reconocía otra superioridad que ésta: lo que ignoraba, no creía saberlo. La vida y el pensamiento más ejemplares de esos siglos concluyen con una orgullosa confesión de ignorancia. Al olvidar esto, olvidamos nuestra virilidad. Preferimos la potencia que remeda la grandeza, Alejandro primero y luego los conquistadores romanos que los autores de nuestros manuales, por una incomparable vileza de alma, nos enseñan a admirar. Hemos conquistado a nuestra vez, desplazado los límites, dominado el cielo y la tierra. Nuestra razón ha hecho el vacío. Por fin solos, acabamos nuestro imperio en el desierto. ¿Qué imaginación tendríamos, pues, para concebir este equilibrio superior en que la naturaleza se compensaba con la historia, la belleza, el bien, y que traía la música de los números hasta en la tragedia de la sangre? Damos la espalda a la naturaleza, la belleza nos da vergüenza. Nuestras miserables tragedias acarrean un olor a oficina y chorrean sangre de color tinta aceitosa.

Es por ello que resulta indecente proclamar hoy que somos los hijos de Grecia. O es que, entonces, somos sus hijos renegados. Poniendo la historia sobre el trono de Dios, avanzamos hacia la teocracia, como aquellos a quienes los griegos llamaban bárbaros y a quienes combatieron hasta la muerte en las aguas de Salamina. Si queremos comprender bien nuestra diferencia, debemos interrogar a quien, de entre nuestros filósofos, es el verdadero rival de Platón. “Sólo la ciudad moderna –osa escribir Hegel– ofrece a la mente el terreno en que puede cobrar conciencia de sí misma.” Vivimos así la época de las grandes ciudades. Deliberadamente, el mundo ha sido amputado de lo que sustenta su permanencia: la naturaleza, el mar, la colina, la meditación de las tardes. Ya no hay conciencia sino en las calles, pues ya no hay historia sino en las calles, tal es el decreto. Y tras él, nuestras obras más significativas dan fe del mismo prejuicio. Uno busca en vano los paisajes en la gran literatura europea desde Dostoievski. La historia no explica ni el universo natural que existía antes que ella, ni la belleza que está por encima de ella. Ha decidido, pues, ignorarlos. Mientras que Platón lo contenía todo, el sinsentido, la razón y el mito, nuestros filósofos no contienen más que el sinsentido o la razón, porque cerraron los ojos para lo demás. El topo medita.

Es el cristianismo que empezó a sustituir la contemplación del mundo por la tragedia del alma. Pero, al menos, se refería a una naturaleza espiritual y, a través de ella, mantenía cierta fijeza. Muerto Dios, no quedan sino la historia y la potencia. Desde hace mucho tiempo que todo el esfuerzo de nuestros filósofos no ha apuntado sino a reemplazar la noción de naturaleza humana por la de situación, y la armonía antigua por el impulso desordenado del azar o el movimiento despiadado de la razón. Mientras que los griegos ponían a la voluntad los límites de la razón, nosotros pusimos para terminar el impulso de la voluntad en el seno de la razón, que de esta forma se hizo asesina. Los valores para los griegos preexistían a toda acción, marcando precisamente sus límites. La filosofía moderna pone sus valores al final de la acción. No son, sino que están haciéndose, y no los conoceremos completamente sino al término de la historia. Con ellos, el límite desaparece, y como difieren las concepciones sobre lo que serán, como no hay lucha que, sin el freno de esos mismos valores, no se extienda indefinidamente, hoy los mesianismos se enfrentan y sus clamores se funden en el choque de los imperios. La desmesura es un incendio, según Heráclito. El incendio gana, Nietzsche se ve excedido. Ya no es a martillazos cómo Europa filosofa, sino a cañonazos.

Con todo, la naturaleza todavía está aquí. Opone sus cielos tranquilos y sus razones a la locura de los hombres. Hasta que el átomo arda también y concluya la historia con el triunfo de la razón y la agonía de la especie. Pero los griegos nunca dijeron que el límite no podía ser excedido. Dijeron que existía y que aquel que osara sobrepasarlo sería castigado sin piedad. Nada en la historia de hoy puede contradecirlos.

La mentalidad histórica y el artista desean ambos rehacer el mundo. Pero el artista, obligado por su naturaleza, conoce sus límites que la mentalidad histórica ignora. Es por ello que el fin de esta última es la tiranía cuando la pasión del primero es la libertad. Todos aquellos que luchan hoy por la libertad combaten, en última instancia, por la belleza. Por supuesto, no se trata de defender la belleza por sí misma. La belleza no puede prescindir del hombre y no daremos a nuestro tiempo su grandeza y su serenidad como no sea siguiéndolo en su desgracia. Ya nunca más seremos solitarios. Pero no es menos cierto que el hombre no puede prescindir de la belleza y es lo que nuestra época finge ignorar. Se radicaliza para alcanzar el absoluto y el imperio, quiere transfigurar el mundo antes de haberlo agotado, ordenarlo antes de haber comprendido. Diga lo que diga, deserta este mundo. Ulises puede escoger en la isla de Calipso entre la inmortalidad y la tierra de la patria. Escoge la tierra y, con ella, la muerte. Una grandeza tan sencilla hoy nos resulta extraña. Otros dirán que nos falta humildad. Pero, mirándola bien, esta palabra es ambigua. Igual que esos bufones de Dostoievski que se jactan de todo, suben a las estrellas y acaban por exponer su vergüenza en el primer lugar público, nos falta solamente ese orgullo del hombre que es la fidelidad a sus límites, el amor clarividente por su condición.

“Odio mi época”, escribía antes de su muerte Saint-Exupéry, por razones que no difieren mucho de aquellas de las cuales he hablado. Pero, por muy turbador que resulte, ese grito, viniendo de él que amó a los hombres por lo que tienen de admirable, nosotros no lo adoptaremos. ¡Qué tentación, sin embargo, a ciertas horas, de apartar la vista de este mundo descarnado y sombrío! Pero esta época es la nuestra y no podemos vivir odiándonos. No ha caído así de bajo sino tanto por el exceso de sus virtudes como por la grandeza de sus defectos. Lucharemos por aquella que, de entre sus virtudes, viene de lejos. Los caballos de Patroclo lloran a su amo muerto en la batalla. Todo está perdido. Pero el combate se reanuda con Aquiles y la victoria espera al final, porque la amistad acaba de ser asesinada: la amistad es una virtud.

Reconocida la ignorancia, la negación del fanatismo, los límites del hombre y el mundo, el rostro amado, la belleza al fin, he aquí el terreno en que convergeremos con los griegos. En cierta forma, el sentido de la historia de mañana no es el que creemos. Reside en la lucha entre la creación y la inquisición. A pesar de lo que les costarán a los artistas sus manos vacías, podemos esperar su victoria. Una vez más, la filosofía de las tinieblas se disipará sobre el mar resplandeciente. ¡Oh idea luminosa, la guerra de Troya se lleva a cabo lejos del campo de batalla! También esta vez caerán los muros de la ciudad moderna para entregar, “alma serena como la calma de los mares”, la belleza de Helena.

Otra carta a don Evo Morales- opinión

Escrito por estido estido - 26/04/2010 - 7 opiniones

Mi hombría es aceptarme diferente
Ser cobarde es mucho más duro
Yo no pongo la otra mejilla
Pongo el culo compañero
Y esa es mi venganza

“Manifiesto”, Pedro Lemebel

Un amigo, que es miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, me contó que no tomaba café porque su doctrina religiosa considera pecaminoso consumir ciertas sustancias, como la cafeína; sin embargo, me llamaba la atención que sí tomase Coca Cola. Él aclaró mi duda contándome que, hace muchos años, los “mormones” sí tenían prohibido consumir esa gaseosa, pero luego de que la empresa amenazara al Presidente de la iglesia (profeta) con entablar una demanda por perjurio y perjuicios, la prohibición quedó sin efecto.

Si algo tiene de bueno el subdesarrollo, es que se puede decir y hacer muchas cosas que en el “primer mundo” no serían toleradas. Así, por ejemplo, la piratería es incontrolable en Latinoamérica o nuestro presidente, Evo Morales, puede arremeter verbalmente contra la Coca Cola y la industria avícola con total desparpajo, como ocurrió recientemente durante la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático (CMPCC), realizada en Cochabamba. No obstante, considerando que don Evo Morales representa al país, no sería raro que la Coca Cola entablase una demanda internacional contra el Estado boliviano, cosa que, más allá de ser o no legitima, podría representar un perjuicio económico para el país.

Dejando de lado esa posibilidad, lo evidente es que las palabras del mandatario originaron la reacción inmediata de la comunidad internacional. En síntesis y sin eufemismos, Evo Morales fue tildado de ignorante y homofóbico, debido a que en el discurso de inauguración de la CMPCC, él manifestó, entre otras cosas, que “el pollo (refiriéndose a las aves de granja) tiene hormonas femeninas, por eso los hombres, cuando comen ese pollo, tienen una desviación en su ser como hombres”.

De inmediato, representantes del gobierno salieron en defensa del presidente, respaldando sus afirmaciones y acusando a la prensa de intentar empañar el evento; a nadie se le ocurrió siquiera sugerir que lo expresado por el presidente pudo haber sido un lapsus. Imagino que los defensores del mandatario desestimaron la trillada, aunque razonable y efectiva, excusa del lapsus, pues, como pocas veces, don Evo Morales optó por leer su discurso, de modo que lo expresado en este, se supone, habría sido meditado con calma y seguramente redactado con la colaboración de asesores.

Entonces, es posible inferir que las declaraciones del presidente no sólo reflejan su opinión personal, sino también la posición del gobierno respecto al tema; esto es, que el gobierno boliviano considera la homosexualidad como una “desviación”, ocasionada por el consumo de ciertos productos (en este caso, los pollos de granja), lo cual, además de ofender a la comunidad gay, resulta incoherente con la nueva visión del Estado. Libertad, tolerancia, respeto a la diversidad, inclusión y demás conceptos quedaron en “off side” luego del discurso leído por don Evo Morales.

En Santiago de Chile, en 1986, durante un acto político organizado por lideres de izquierda, el escritor Pedro Lemebel leyó un manifiesto, del cual transcribo los siguientes fragmentos:

(…) No necesito disfraz
aquí está mi cara
hablo por mi diferencia
defiendo lo que soy (…)
(…) A usted le doy este mensaje
Y no es por mí
yo estoy viejo
y su utopía es para las generaciones futuras
Hay tantos niños que van a nacer
con una alita rota
y yo quiero que vuelen, compañero
que su revolución
les dé un pedazo de cielo rojo
para que puedan volar.

Si Lemebel está presente en un mitin de la izquierda chilena, probablemente no sea porque pertenezca a esa tendencia, sino más bien porque el régimen militar que gobernaba a Chile en ese tiempo había condenado a los homosexuales a una marginalidad denigrante, situándolos en una posición colindante con la delincuencia. Así, él solicita que, de triunfar la revolución, una parte de la utopía sea compartida con sus compañeros. Lemebel pide un “pedazo de cielo rojo”, un lugar en el centro, pide la posibilidad de alejarse del margen, pide el reconocimiento de su diferencia.

Del mismo modo, la comunidad gay de Bolivia seguramente pensó que un “proceso de cambio”, una revolución social, conllevaría mayores oportunidades de obtener respeto y reconocimiento para su opción sexual; sin embargo, las palabras de nuestro presidente hacen pensar que la homosexualidad va a seguir siendo considerada como algo anormal, una “desviación”, lo cual implica que aún deberá pasar mucho tiempo para que la “tercera opción” tenga derechos similares a los de la ciudadanía heterosexual.

Bueno, cambiando un poco de tema, en el mencionado discurso, don Evo Morales también manifestó que la calvicie, “que parece normal, es una enfermedad. En Europa, casi todos son calvos y esto es por las cosas que comen, mientras que en los pueblos indígenas no hay calvos porque no tenemos esas cosas; pónganme como ejemplo a mí, por si acaso(…) De aquí a cincuenta años, todo el mundo será calvo, por tanto ni habrá peluqueros, será un desempleo”.

A consecuencia de esto, la Federación de Peluqueros se reunió de emergencia para analizar el vaticinio presidencial y pronunciarse sobre el tema. Mi peluquero, que es el secretario ejecutivo de dicha federación, sabiendo que yo presto servicios de corrección de estilo, me pidió que les ayudase redactar una carta dirigida al primer mandatario. Como es difícil decirle no a alguien que tiene tijeras cerca de tu cuello, tuve que aceptar su pedido. He aquí la versión final de la misiva:

Señor
Don Evo Morales Ayma
Exelentísimo Presidente del
Estado Plurinacional de Bolivia
Presente

De nuestra mayor consideración:

Apreciado presidente, en primer lugar queremos felicitarlo por el trabajo que realiza en favor de nuestra querida patria y reiteramos nuestro apoyo incondicional al proceso de cambio que usted encabeza.

En segundo lugar, queremos manifestarle la preocupación que nos ha provocado sus sabias y visionarias palabras, referidas al incierto futuro de nuestra profesión. Usted nos hizo dar cuenta que los productos transgénicos atentan contra la salud capilar de los seres humanos y, por ende, representan un peligro inminente para nuestras fuentes de trabajo.

Si bien el problema recién sería grave dentro de 50 años, no podemos dejar de pensar en nuestros hijos, que son los peluqueros del futuro, pues este oficio, como muchos otros, se transmite de generación en generación. Mi bisabuelo, por ejemplo, era sastre, pero luego de un incendio, sólo pudo rescatar sus tijeras y, así, se inició en el mundo de la peluquería. Luego, le enseñó el oficio a mi abuelo, quien a su vez se lo enseñó a mi padre; él nos heredó sus tijeras a mí y a dos de mis hermanos, quienes ya llevamos varios años aportando nuestro granito de arena al embellecimiento de los bolivianos.

Por eso, el Comité Ejecutivo de la Federación de Estilistas, Peluqueros y Peinadoras, afiliada a la Confederación Nacional de Trabajadores Estéticos, en reunión de emergencia determinó:
1.Condenar el consumo de productos transgénicos, así como también a las industrias que los producen.
2.Exigir la nacionalización de la Coca Cola, los Pollos Copacabana, Burger King y otras empresas que comercializan productos nocivos para el cabello, y que el Estado se encargue de remplazar los insumos dañinos por insumos naturales, bendecidos por nuestra Pachamama.
3.Realizar una huelga de tijeras caídas, además de un bloqueo nacional de caminos, hasta que nuestras demandas sean atendidas.
4.Otorgar atención gratuita al señor Presidente y a todo su gabinete, y un descuento del 50% en todos nuestros servicios a los parlamentarios de la bancada oficialista.

Sin otro particular, nos despedimos de usted felicitándolo por su magnífica cabellera y agradeciéndole por ser el único mandatario que ha tenido en consideración el futuro de nuestro gremio.

No sé si las declaraciones de don Evo Morales tienen asidero científico, pero, por las dudas, voy a procurar disminuir mi consumo de comida chatarra y bebidas gaseosas, habida cuenta que, desde hace un par de años, vengo notando que mi cabellera ha perdido volumen y, como se dice popularmente, ya se me ve el “blader”.

El amor en la WEB: un paseo por sus páginas- ensayo, opinión

Escrito por disfonia disfonia - 22/04/2010 - 5 opiniones

Desde hace un tiempo que tengo ganas de escribir sobre el tema, y esto debido a que, si bien serán muchos los que han reflexionado al respecto, el hecho en sí es algo que no termina de agotarse, como no lo hace ningún espacio que plantee novedad desde su propia existencia y desde las formas que ésta va adquiriendo. Hablo de estos portales donde, a través de un interesante protocolo, el solitario usuario puede encontrar pareja; estos simpáticos sitios donde uno, a semejanza de una vitrina, se expone para, desde el silencio más seductor, avisar a los internautas que está solo y busca… he aquí lo interesante, porque se busca de todo en esta fauna supuestamente desolada, pero pletórica de vida, inquietudes, deseos de plenitud o de sólo fines de semana de farra en pareja y luego adiós, tras la cuota de placer o displacer encontrado. Se busca compañeras de viaje y esposas, madre de los hijos aún por venir, relaciones sin compromiso, “lo que surja”, hombres íntegros y afectuosos porque odiamos la mentira y la rutina, pero amamos a los niños, la “vuena” literatura y la música clásica, sólo relaciones a largo plazo, chicos que midan más de 1,75 por favor, etc., pretendiendo dar la mejor radiografía de nosotros mismos para gustar y para que alguien a través de un clic, cuyo derecho costó un importe –¡chicas no pagan!–, pueda acceder a nuestro “perfil” y decirnos algo así como “hola, soy lo que buscas”, “tu perfil se me hace interesante”, “veo que tenemos cosas en común”.

En este sentido, así como hay gente que ignora lo que busca y que está, por lo tanto, “abierta a todo” hay, por el contrario, gente que cree saber exactamente lo que quiere y lo pone con pelos y señales; otros sólo tienen una idea de lo que no quieren y ya, y otros, los dignos de análisis, están exhibiéndose por el simple amor a la búsqueda.

¿Qué lleva a la gente a instalarse frente a una pantalla y comenzar a repasar rostros y descripciones y datos y más datos (ciertos, falsos, a medio hacer) en torno a otro ser? Sospecho que muchas razones, partiendo de la consabida soledad, timidez, falta de tiempo, pereza, pero también un instinto voraz que pretende economizar tiempo a cambio de la mayor ganancia; entonces “contactar” (sin tacto) con la mayor cantidad de gente posible viene precedido por una lógica que no parte de un criterio de selección, sino de acumulación, sabiendo que por cada 10 acercamientos virtuales con suerte se accederá a 3 personas y con más suerte podrá conocerse (con tacto) a un@ –cálculo de probabilidades señalado por emparejadores profesionales–.

Está también el lado inverso de la tortilla. Aquel que utiliza estos portales como un filtro eficiente para contactar y repeler luego, sin mayores excusas, a siete perfiles poco interesantes. Tras una lectura veloz de un anuncio estilo “soy una persona normal, apasionado, tierno, al que le gusta salir con sus amigos y pasarlo bien. Busco una chica fiel sincera a la que le guste pasar buenos momentos y no sea celosa”, por poner una muestra entre miles del mismo tipo, el usuario puede “eliminar” al contactante sin mayor explicación o disculpa, y creo que dicha facilidad es uno de los mejores aspectos de estas páginas; la posibilidad que da el anonimato de contactar y rechazar en cantidades fascinantes a un montón de gente, lo que es un hecho en sí tan positivo como cruel, sin duda. Pero las cosas son como son y, por lo general, el enamoradizo usuario sabe a lo que va y a la lógica a la que está entrando. Sabe que tras el beso, guiño, flechazo, solicitud de amistad, etc. –según la página–, puede venir una réplica del otro lado que, a su vez, puede generar una mayor aproximación, o puede venir nada más que el silencio. Puede encontrarse también con insultos, frases inadecuadas, propuestas indecentes, insistentes u obsesiv@s que simplemente no entendieron desde el silencio un “no, no quiero”.

Pero, ¿es sólo la practicidad lo que hace que estas páginas capten cientos de usuarios cada día? En su peor vertiente, yo creo que es el anonimato y la pluralidad de identidades que se pueden crear lo que protagoniza los acercamientos. “Me acerco desde lo que no me atrevo a ser” parece ser la idea. Hablo, pregunto, ofrezco y dejo ver aquello que no sé si lograré mantener luego, porque “luego” es un espacio en construcción permanente tanto en lo virtual, como en el eventual espacio real, que en algún momento tendría que llegar. No necesariamente desde la mentira y la mala fe se construyen ciberidentidades, sino desde la necesidad de acceder al otro desde mi mejor perfil, y claro, se dirá que eso es lo que hace el amor siempre, en cualquier formato, pero la cuota extra en estos casos es que este tipo de conquista va a sufrir una ruptura, un cambio de sistema, de lógica, de rigor, de espontaneidad y registro cuando pase al soporte “real” y se encuentre con dos ojos y una voz, un olor y texturas varias que aprender a tejer –¿de nuevo?– con el otro. En el fondo, chateando o por mail siempre estamos manteniendo una cita a ciegas –“abstenerse las que no tengan foto, por favor”–, aun conociendo el riesgo que eso demanda, lo que no parece importar, sino todo lo contrario: ilusionar.

Pero, por otro lado, en su vertiente más legal, encontramos gente que con toda la solidez del caso puede decir de una sola y sin temores lo que es, lo que tiene y lo que desea. Nada de ambigüedades y de consentimientos, nada de buscar agradar; se trata en estos perfiles de ponderar la rigurosidad, lo que veo altamente positivo, puesto que nos llevan a un espacio donde los criterios de verdad o mentira no juegan, porque lo que juega es el lenguaje, y por lo tanto, el sentido. Estos perfiles son verdaderos accesos a mundos desconocidos que seducen más por lo que son como tal, que por ser un medio de conocimiento de su transcriptor; son, diría, indiscutibles accesos a una verdad, verdad del ser y sus posibilidades, y verdad de un discurso, de una interlocución posible, de una realidad que vive en la pantalla y fuera y que llegan a mí en su aspecto más y menos inmediato, lo que no deja de ser seductor. Si ese usuario promete un romance es al final, de verdad, lo menos importante.

Por último, en esta clasificación grossa y que no contempla sutilezas y posibles combinaciones, estas páginas nos presentan el perfil del “tercer tipo”. Algo así como un androide que pretende establecerse en la virtualidad sin pedir más, y construye desde ahí puentes hechos de palabras –al mejor estilo Benedetti– con el sexo opuesto, y con la finalidad de tenerlos, verlos y disfrutarlos en sí mismos. Gente que posiblemente sólo en secreto aspire a conocer a gente, porque en lo palpable no lo busca o necesita y se alimenta de la relación virtual asignándole un valor epistolar que se mantiene sorprendentemente ahí, sin aumentar ni decrecer, casi del tipo de diálogo que se mantiene con la conciencia. Son los menos, evidentemente.

Ahora bien, no se necesita ser particularmente “algo” para tener un perfil en una web de búsquedas y encuentros; es decir, no se necesita ser particularmente lindo o feo, o acomplejado u ocupado o masificado o elitista con respecto a los gustos, sino, y básicamente, ser curioso y –como en la vida– estar dispuesto a jugar con las reglas dadas, esto es no sólo responder a preguntas estilo “cuánto debería medir su pareja ideal” o aficiones, excursiones, hijos, ingresos, color de ojos, etc., sino aceptar el protocolo establecido y que se va estableciendo durante el contacto con el otro. Así, algunos usuarios disponen de alguna presentación esforzada que envían sin cambios ni correcciones a todas las personas con las que pretenden contactar, ¿creerán que es una gran idea pensar una sola vez con mediana profundidad y utilizar el resultado con todas? Quizá. Los hay, en abundancia, reticentes a colgar una foto y los que se niegan a responder si no ven una en el perfil que los contacta, revelando en el hecho cosas tan simples y profundas, que seguramente mostrarán más de él o ella que la exigencia en sus gustos.

Pero retomando la idea central de lo que estas páginas parecen ofrecer –que es básicamente la posibilidad de acceder a otro ser–, nos encontramos frente al conocimiento mismo como acto alrededor del cual giran todas nuestras intenciones, y para esto hay quienes prefieren pasar al terreno “real” cuanto antes, y quienes prefieren mantener la virtualidad antes de generar otro tipo de acercamiento. El motivo suele ser casi siempre el mismo –excluyendo los casos antes mencionados en los que la virtualidad representa posibilidades harto reales de otro tipo de relacionamiento– y gira casi siempre en torno a la confianza que pueda darse o no al sujeto en cuestión. Pasar cuanto antes al “vivo y directo” para no ser engañado y poder “yo” sacar mis propias conclusiones, como si la vista, el oído y mis (des)corazonadas fueran los mecanismos de mayor fiabilidad en el tiempo presente y futuro, o lo contrario: mantener la ciberconversación por un tiempo mayor, también para no ser engañado, porque en el camino se me irán revelando datos que aseguren la eficacia de mi búsqueda.

Supongo que ambas vías tienen las mismas posibilidades de éxito o fracaso; es decir, las mismas posibilidades de verdad o de error, ya que si bien los sentidos pueden ser más fiables que las palabras, también es cierto que los sentidos no pueden captar cosas que las palabras pueden explicar con precisión –al final queda visto que en las interacciones cara a cara, cuando se comienza el conocimiento de alguien, es más difícil bajar a las profundidades y más bien se opta por andar en la superficie– y allí apunto: la confianza en una relación surgida por internet no debería dejar de ponderar la verdad, sin duda, pero sí encontrarla y crearla por otros medios; esto es a partir de las palabras y su coherencia, de las redes de significaciones con sentido, de las no rupturas, de los no vacíos, de la no falta de sustancia y no de lo inmediatamente comprobable, porque lo comprobable, lo fácilmente visible, en la vida en general no es augurio de ningún tipo de éxito –“Vi que de verdad no es calvo y tiene sentido del humor porque se reía de todo. Es cierto que tiene una moto, porque llegó en ella. Escucha cuando yo hablo (me mira fijo). No parece sicológicamente desquiciado. Puedo confiar.”–, y nadie va a creerse una sarta de adjetivos sólo porque sean dichos o escritos; pero bueno, se miente en la red y se miente fuera de ella.

Como vemos, no deja de ser interesante y divertido cómo el mundo está metido ahí con toda su flora y fauna. De allí que preguntas tan inocentemente tontas como “¿Qué hace alguien como aquí?” susciten respuestas tan simples como “Lo mismo que tú, evidentemente”; veo, busco, hablo (lo que no significa que no pueda hacerlo de otras formas) o ¿es que estos portales están hechos para “feos” que de paso tienen que ser solteros? o ¿es que la gente atractiva tiene que estar por fuerza acompañada? O ¿en el fondo está mal visto que alguien contacte sin mediación de terceros con otro alguien para algo, sea lo que sea? Vaya uno a saber, pero lo cierto es que hoy por hoy, con todo lo que nos distancia del pasado y sus usos de conquista, construir ilusiones sigue siendo una opción deseable; no pienso en ilusiones como imposibilidades o engaños, sino como formas de mantener posibilidades de trascendencia a la rutina, a la mezquindad de cotidiano con sus fatigas diarias, y a los caminos transitados que desembocan en opciones por demás conocidas. Al final, qué se busca en sitios como estos, ¿será siempre y simplemente pasar el rato o enamorarse? Lo dudo.

Cangrejos bolivianos- opinión

Escrito por estido estido - 17/04/2010 - 8 opiniones

Muchos años atrás, cuando TASA era la única empresa que proveía el servicio de telefonía, los teléfonos públicos funcionaban con fichas cuya venta era exclusividad de la Asociación de Invidentes, pues sus dirigentes –según las malas lenguas– amedrentaron a otras asociaciones (de Minusválidos, de Sordomudos, de Escritores, etc.) que también reclamaban participación en el mercado, de modo que obtuvieron el monopolio sin mayores problemas.

Con la aparición de los teléfonos “tarjeteros”, el negocio de las fichas cayó en picada. La solución era obvia: se debía conseguir el monopolio para la comercialización de tarjetas. Y esa, precisamente, fue la principal propuesta de los tres candidatos que, esa época, postularon a la secretaría ejecutiva de la Asociación de Invidentes. La campaña electoral –según cuentan– fue bastante reñida, apelando, unos y otros, a la “guerra sucia”, lanzando acusaciones a diestra y siniestra, con el objetivo de perjudicar a los adversarios.

En el debate final –dicen algunos testigos–, la situación se tornó crítica, ya que los candidatos, dejando en segundo plano la discusión de las propuestas, se atacaron mutuamente, incluso sacando a relucir aspectos de sus vidas privadas. “El Juan la pega a su mujer todas las noches”, había afirmado uno, lo que originó la reacción airada del agraviado, que se defendió, primero con palabras (“¿Te consta? ¿Vos me has visto?”), y luego, repartiendo bastonazos, 95% de los cuales impactaron en la humanidad de sus mismos correligionarios políticos. En síntesis, dice que se entabló una batalla campal, cuyo resultado no fue fatal, gracias a que la mayoría de los golpes se lanzaron al aire. Sin embargo, eso impidió que la Asociación de Invidentes tuviese representantes y, por ende, que pudiese obtener el monopolio del “mercado tarjetero”.

Seguramente, los tres candidatos buscaban lo mejor para su gremio, es decir, tenían una meta común; pero cada uno proponía un camino distinto para llegar a dicha meta. Cada uno creía que su camino era mejor que el propuesto por los otros; peor aún, cada uno creía que su camino era el único posible. Así, ya que ninguno estaba dispuesto a aceptar el liderazgo de los otros, prefirieron no tener líderes y, ni modo, perder el monopolio que habría beneficiado a los tres candidatos y a sus respectivos seguidores, o sea, a todos los miembros de la asociación.

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Hace diez años, aproximadamente, un docente nos contó la siguiente anécdota:

Un señor entra en un restaurante y ordena un plato de cangrejos. El mesero le dice que, si lo desea, puede escoger los cangrejos que le van a servir. El cliente acepta y, guiado por el mesero, va hasta la bodega del restaurante, donde hay dos barriles. El mesero dice:
–Puede escoger los cangrejos de estos dos barriles.
–¿Hay alguna diferencia entre los cangrejos de uno y otro barril? –pregunta el cliente.
–Sí. En el barril que no tiene tapa, hay cangrejos europeos, y en el destapado, bolivianos.
El cliente, intrigado, pregunta nuevamente:
–¿Y por qué un barril esta con tapa y el otro no?
–Si no tapamos el barril de los cangrejos europeos –contesta el mesero–, éstos se escapan. El de los bolivianos no necesita esa precaución, pues cuando alguno trata de escapar, los demás lo agarran.

Más allá del efecto humorístico, mediante esta breve historia, el docente quería ilustrar uno de los aspectos negativos de la mentalidad boliviana. Obviamente, no se puede generalizar, sin embargo, tampoco se puede negar que, en lo hechos, los bolivianos solemos ponernos trabas a diario y en cualquier situación.

Si se designa a X persona como director técnico de la selección, de inmediato se pronuncian voces en contra; si un escritor es incluido en una antología, pronto surgen observaciones, cuestionando tal inclusión; si alguien plantea la solución a un problema, no faltan quienes se oponen a que sea puesta en práctica; si… etc., etc.

Al parecer, no podemos tolerar el éxito del prójimo; es más, somos incapaces de apoyar a otro para que alcance éxito. Y no nos importa si ese éxito no sólo representa un logro personal, sino un beneficio general. Entonces, es “comprensible” que en las elecciones de la Asociación de Invidentes, los candidatos hubieran preferido ponerse zancadillas en lugar de aceptar la victoria ajena y, luego, trabajar en conjunto para alcanzar la meta común.

* * * * *

Desde que el partido gobernante, el MAS, popularizase la expresión “proceso de cambio”, ningún actor político o social ha objetado el fondo de la misma. De hecho, la mayoría indica que este proceso fue pensado e impulsado, aunque no con tanto brío, por ellos o sus partidos, cuando estuvieron a cargo de la administración del Estado. Fuera de que eso sea verdad o no, lo cierto es que todos coinciden en la necesidad de cambio, pero discrepan en la forma de llevar a cabo el proceso.

Personalmente, creo que los partidos tradicionales tuvieron su oportunidad y la desaprovecharon; sin entrar en cuestiones éticas o legales (corrupción, cuoteo, tráfico de influencias, etc.), en la práctica se demostró que el camino que tomaron (y nos obligaron a tomar a todos) no era el adecuado para alcanzar los objetivos que cualquier boliviano anhela: cambio estructural, estabilidad, transparencia, desarrollo, bienestar, seguridad… Por lo tanto, ahora deberían ayudar a empujar el coche, aunque ellos no estén al volante.

Pero, ojo, eso no implica que no puedan criticar o hacer sugerencias al conductor de turno; por el contrario, su aporte fundamental, debería ser, precisamente, fiscalizar, supervisar y, sobre todo, aconsejar al chofer para que éste no cometa los mismo errores que ellos cometieron. El sentido común indica que así todos obtendrían réditos: el conductor, los ayudantes y, sobre todo, los pasajeros. Sin embargo, los cangrejos bolivianos no se guían por el sentido común.

Tal vez el “proceso de cambio” no tenga mucho sentido (o no avance con la celeridad deseada) si no contempla, como labor prioritaria, cambiar este aspecto negativo de la mentalidad boliviana. Lógicamente, no es algo que se pueda lograr de la noche a la mañana, pero será imposible si nunca se comienza a trabajar en ello. Y el primer paso debería ser dado por los gobernantes, por don Evo Morales y demás autoridades, como también por la militancia del partido que lidera, pues el MAS, dado que enarbola la bandera del cambio, tendría que manifestar actitudes coherentes con su discurso, dando ejemplo de la conducta, visión y mentalidad necesarias para transformar el país.

Hasta la fecha, lamentablemente, no hay señales que nos permitan albergar la esperanza de un cambio profundo. La oposición se empecina en poner trabas y objeciones al gobierno; este, por su parte, se empecina en ningunear cualquier propuesta ajena a la suya. Peor todavía, el gobierno asume una posición, cuando menos, contradictoria –traicionando el discurso anti imperialista que tanto pregona y defiende–, al expresar, explícita e implícitamente, que quienes no apoyan sus medidas son enemigos del “proceso de cambio”. Es decir, al mejor estilo de G. W. Bush, manifiesta que “están con nosotros o en contra nuestra”, negando la posibilidad de disentir o criticar, imponiendo, mediante la amenaza velada o directa, su lógica como la única válida y posible. Así, el presidente Morales no tiene pelos en la lengua, por ejemplo, para condenar la intención de votar por candidatos de otros partidos, dando a entender –o diciéndolo de frente– que el gobierno no trabajará con autoridades que no sean del MAS.

Hace poco elegimos alcaldes y gobernadores en todo el país; en algunos lugares ganó el partido gobernante, en otros, el pueblo dio su confianza a candidatos de otras tiendas políticas. Falta saber si habrá voluntad de trabajar mancomunadamente por el desarrollo de cada región, haciendo a un lado divergencias ideológicas y/o resentimientos de cualquier tipo. Falta saber si seguiremos actuando como los cangrejos del chiste, o si por fin el “proceso de cambio” comenzará a dar señales de una transformación profunda y necesaria para nuestro futuro.

El loco- microrrelato

Escrito por Hefesto Hefesto - 12/04/2010 - 3 opiniones

Sólo faltaba que el loco echara espumarajos por la boca. En un abrir y cerrar de ojos, se puso como un demonio, se quitó el cinturón y empezó a azotar a mi hijo con la hebilla. Nos salpicó de sangre. Mi hijo sólo atinaba a cubrirse la cabeza con las manos, como si se protegiera de la lluvia, y yo trataba en vano de acercarme a ellos. El loco (desde abajo, sólo pude distinguir la barba negra y los ojos endemoniados) no soltó a mi hijo hasta verme agarrada con uñas y dientes a sus piernas. Entonces se ensañó conmigo. Creo que me reventó algo, no sé, la astilla de un hueso, con esa maldita hebilla de hierro, ya negra de sangre. Sentí cómo me palpitaba el cuero cabelludo, y cómo se me desprendía la piel de la espalda con un golpe a traición cuando empecé a correr (acababa de oír los pasos precipitados de mi hijo bajando las gradas de piedra). Al volverme, vi por última vez toda nuestra mercancía regada por el suelo, los peines, las peinetas, los adornos, las cajas rotas de CD y DVD piratas.

Lo primero y lo último que oí del loco fue una orden a destiempo, una ironía salvaje después de tantos latigazos. Yo estaba bajando las gradas del pórtico, zambulléndome en la luz, cuando su voz resonó en muros y columnas y rompió el ruido monótono de la plaza. Que saliera de allí de una vez –gritó, ronco de ira, y recuerdo que me estremecí con esa voz casi femenina–. Que saliera de allí de una vez –repitió–, que eso no era un mercado, que era la casa de su padre