
Con motivo de la próxima publicación de Los matices del oro, Alan Castro(*), el autor de este exquisito entramado textual, nos comenta un poco sobre el proceso de su escritura y sobre lo que podríamos encontrar en una novela que demanda un lector comprometido, pero no sólo comprometido con el conocimiento que implica cierta erudición y algunas lecturillas como bagaje, sino un lector que quiera jugar, asociar, descubrir y ser parte de esta pesquisa que no sólo va tras el delincuente -sea quien sea-, sino y, principalmente, del sentido mismo de la escritura.
D: Qué cambios ha contemplado, exigido y promovido la experiencia como becario en la “Residencia Artística para Creadores de Iberoamérica y Haití en México”, es decir, en un espacio donde teóricamente uno va a trabajar, pero que tal vez invita precisamente a hacer otra cosa, o a entender el trabajo de otra forma.
A: Me gusta lo que dices. Todo trabajo auténtico es permanente, una constante punzada en el costado. Es imposible olvidar su sentido. Sin embargo todo transcurso revela matices: recorridos, vueltas, olvidos, decepciones, felicidades. En la situación muy específica de la residencia artística en México me tocó, sobre todo, un trabajo de reflexión. En marzo de 2008, cuando mandé mi candidatura para la Residencia, ya tenía la novela bien avanzada. Estaba inmerso en un proceso creativo del que no quería salir hasta tener el resultado esperado. En otras palabras: no podía parar de escribir. Por tanto, cuando llegó la noticia de mi viaje a México (cinco meses después), la novela ya estaba escrita; incluso ya la había corregido a nivel macro. Por tanto el viaje se me ofrecía como una oportunidad para detallar y ordenar la novela a gusto. La morosidad de la corrección me espantaba; pero como el tiempo de Residencia era de cuatro meses, no fue un trabajo tan pesado. Sin embargo ese trabajo de corrección era sólo el aditamento de un proceso más amplio: el enfrentamiento con la novela acabada. Entonces Los matices del oro se me presentó como un compendio esquemático (casi enciclopédico) de mis futuros trabajos y obsesiones; algo así como un mapa súbito del futuro. La residencia fue vital para ese reconocimiento. Al estar fuera de la ciudad donde la novela había sido escrita (La Paz), podía tomar una distancia mayor a la acostumbrada; por otro lado la soledad y el conocimiento de nuevas personalidades me mostraban la cercanía absoluta de mi modo de hablar con el estilo de la novela. Mi voz estaba ahí y, sin embargo, se formó la certeza de que nunca más escribiría algo así. Ahí me di cuenta de que realmente era un libro acabado.
Lo que más rescato de la experiencia en México es haber conocido a tantas personas de diferentes países: escucharlas, tratar de comprenderlas y comprenderme a mí mismo por ciertas diferencias y coincidencias con ellas. Sólo contando a los escritores que conocí allá, puedo decir que la relación que cada uno tiene con la escritura es muy diferente a la mía, pero nunca me sentí ajeno a sus preocupaciones y obsesiones. En este sentido hubo una ampliación de mi horizonte visual, que contrastó con una especie de encierro que a veces me tornaba huraño o cauto. Varias limitaciones y prejuicios cayeron por su propio peso; y eso causó que me llenara la cabeza de proyectos y deseos, sin por eso dispersar las energías que brotaban de esa renovación. De ahí surgieron varios escritos cortos que tengo guardados y que seguramente germinarán en un libro próximo.
D: Uno de esos escritos cortos es precisamente “La habitación de la muerte”, que fue publicado a raíz de la Segunda muestra de Arte Iberoamericano en el Centro Nacional de las Artes de México, pero que nació en un formato, digamos, diferente, es decir, como “instalación literaria”, ¿cierto? Sin duda, el concepto es novedoso, pero ¿en qué sentido aportó a la escritura de la novela?
A: “La habitación de la muerte”, aunque tiene mucha relación con la “instalación literaria” es un relato escrito poco antes de la Residencia y corregido en ella. Fue escrito por El Concursante, uno de los personajes de Los matices del oro. Me pareció rica la idea de publicar este cuento en México, porque es una curiosidad/suvenir de la propia novela, aunque separada de ella. Este cuento no es parte de Los matices del oro, no está ahí, pero el personaje que mencioné habla mucho sobre él, diciendo que es un cuento hecho específicamente para ganar un concurso, aunque el final del relato que es contado en la novela es diferente al del cuento publicado. Me gusta que “La habitación de la muerte” exista y ya esté publicado. El Concursante le dice al Investigador, en la novela, que su cuento sería premiado y publicado antes del nacimiento del Autor que es esperado en Los matices del oro, y que ese premio sería donado para publicar su pesquisa. En cierta medida algo así sucedió.
Pero, respondiendo a tu pregunta, en realidad no creo que haya un concepto preciso de “instalación literaria”. Resulta que después del trabajo en la Residencia, todos los residentes debíamos presentar un producto en la Segunda Muestra de Arte Iberoamericano. Los escritores, entonces, teníamos que hallar una manera de presentar nuestro trabajo en tal exposición. Algunos se decidieron por una lectura pública, otros por performances y otros por instalaciones artísticas. Para distinguir a los artistas que expresamente se habían dedicado a la realización de una instalación en su residencia (de ramas como Artes Visuales, Medios Audiovisuales, etc.), los organizadores pusieron el nombre de “instalación literaria” a todas las instalaciones producidas por los becarios de Letras, cuyo propósito fundamental no era hacer una instalación, sino escribir. Opté por hacer una instalación porque me estimulaba la idea de traspasar cierta metáfora muy íntima de la escritura al espacio; y también me provocaba internarme en ese ámbito del arte contemporáneo para mí desconocido. Era algo que quería ver: un lugar tramado por la escritura que había concluido, esperando que logre explicarse a sí mismo; más aun cuando lo expuesto en ese espacio era un reloj, un organismo del tiempo, al que uno podía ingresar como a una tumba vertical.
La instalación se llama “Tiempo vertical”. Es un reloj de péndulo, de dos metros de alto por uno de ancho. El cubículo es negro y el péndulo dorado. El reloj tiene una puerta de ingreso para que entre una sola persona. Adentro está todo escuro y sólo se ve una clepsidra fluorescente con el centro bastante alargado, como un tubo. El juego consiste en ingresar al interior del reloj y ahí escuchar fragmentos de la novela leídos por tres voces distintas: una voz profunda, una voz femenina neutra y una voz masculina neutra. –Las voces fueron grabadas por Melissa Cisneros, becaria mexicana de Danza, Giovanny Castro, becario colombiano de Letras, y por mí. Quería que todos los que ingresaran al Reloj/Tumba atiendan solitariamente a las voces que escuchaban, para así engendrar sus propias imágenes. Es una metáfora de la escritura: El tiempo vertical al espacio, gravitando en él, inmóvil, mientras el movimiento es sentido sólo como secuencia o proliferación de imágenes propias saliendo de la oscuridad más íntima.
D: Estas imágenes, asociación de ideas, de efectos y recursos, no son extraños a la estructura de la novela. ¿Qué la motiva?
A: La estructura me fue regalada en un sueño. Antes de empezar a escribir Los matices del oro ya había escrito una novela, pero no me gustó el producto final. También estaba trabajando constantemente, sin ninguna forma preestablecida (ningún recipiente que contuviera mi escritura), en algo que parecía un diario fantástico; pero sentía que nunca llegaría a ser un libro, sino sólo un gran cúmulo de papeles dispersos. Así que, para entonces, ya estaba completamente tenso y angustiado al creer que mi escritura nunca iba a encontrar una forma que pudiera englobarla. Pensaba que estaba destinado a escribir páginas infinitas de un libro sin nombre. Así que me puse a orar a mi Diosa porque mi desesperada situación requería una intervención sobrenatural. Había algo de desesperación en ese acto, pero también una confianza ciega. En la oración clamaba por la visualización precisa de un número con el que pudiera trabajar. Esa misma noche soñé con el 111, que también podría ser el número romano III. Este sueño aparece, aunque incompleto y algo transformado, en el capítulo 76, en el Libro III, llamado Los tres peces. La cosa es que comencé a darle vueltas a este número, y a las circunstancias que lo habían hecho aparecer, hasta crear la estructura sobre la cual se erige Los matices del oro. A muy grandes rasgos la explico: La novela tiene 111 capítulos y está dividido en tres libros. Cada libro tiene 37 capítulos. Hay muchas cosas implícitas en esa numeración, pero no podría decirlas todas porque no terminaría. Pero, por ejemplo, puedo adelantar que el número 37 es un número primo. Sin esta estructura nunca hubiera podido escribir la novela. Sé que para algunos amigos puede parecer arbitrario que lo haya fundamentado todo en un sueño, pero creo que todas las verdades y refutaciones son intuiciones. De ahí que halle tanto gusto en decir: “Mi capricho es ley.”
D: ¿Qué va a encontrar un lector en tu novela?
A: Me encantaría que el lector encuentre cosas que ya sabe hace tiempo, pero que nunca había podido compartir con alguien más. Los matices del oro trata de incluir al lector en la trama. La mayoría de los narradores que circulan por la novela hablan de rato en rato en segunda persona, teniendo en cuenta que el Investigador (el personaje invisible que recorre todo el texto) es un oyente de sus declaraciones. Creo que esta segunda persona de la novela será confundida de buena manera con cierta relación de los personajes con el lector. Creo que una obra literaria debe recordarte lo que ya sabes, sacar cierta certeza de una profundidad en la que todo se halla entrepapelado.
D: Sacarlo, pero también meterlo en otras profundidades, ¿no? Porque, gracias a los fragmentos a los que tenemos acceso, la lectura de la novela no será para el lector un acontecer superficial.
A: Esta pregunta prefiero dejársela a la crítica literaria seria. Puedo decir, sin embargo, que a veces me cuesta afirmar que Los matices del oro “sea una novela”. No creo en los géneros literarios. Me asombra que haya tantos encuentros de Poesía y en ellos sólo encontremos a gente que escribe “poemas”, como si la poesía estuviera únicamente reservada a una formalidad genérica. He encontrado más poesía en cierto tipo de narradores que en supuestos “poetas”. Estoy en contra de esa división, aunque entiendo que tal incisión es una audacia pragmática, teniendo en cuenta que hay muchos narradores que están penosamente alejados del sentido poético de la escritura. Como decía, no creo en los géneros literarios. Pero sí creo que hay diferentes aproximaciones a la escritura, y eso es lo que habría que trabajar para ser más preciso con nuestras apreciaciones críticas de arte y literatura. Por otra parte creo que la novela, al ser un género en formación, además de tener límites formales muy amplios, es un buen lugar para situar a Los matices del oro, porque la relación con la escritura que ahí se hace evidente es precisamente eso: una perpetua formación, siempre incompleta, infinita: un germen activo captado en el momento en que hace y deshace. ¿Dónde pondríamos a El loco, de Arturo Borda, por ejemplo? Yo creo que es justo incluirla en nuestra tradición novelística. También creo que ciertos textos de crítica literaria seria, reflexión filosófica, compendio de fragmentos, interpretación histórica, etc., tienen un gesto novelístico notable, aunque parezcan algo caóticos para los lectores de la novela tradicional. En todo caso es un tema para tratar extensamente.
D: Y ya que hablas de novela tradicional, el género policial, cada vez menos policial y más negro, en realidad, no ha tenido una tradición importante en nuestra literatura, y de hecho podría decirse que ha sido como “rescatado”, y más bien parodiado, sólo en escrituras recientes como Alguien más a cargo, American visa y obviamente, Periférica Blvd. ¿Te adscribirías en tu obra a esta corriente que retoma al policial como escenario para escribir la ciudad? ¿Hay una intención especial en esta elección tuya de develamiento a partir de pistas, datos, testimonios?
A: Seguro que no me adscribiría a ninguna corriente, porque eso me quitaría la levedad gravitante de moverme a mis anchas. Aunque las tres novelas que mencionas tienen como escenario la ciudad de La Paz, creo que cada una tiene un gesto muy distinto, ya sea con respecto a la escritura o en relación al lenguaje mismo (como en Periférica Blvd.). Definitivamente la novela policial tiene una maravillosa manera de hacer visibles los hilos oscuros que tejen la ciudad y mueven a sus personajes. De tal manera suele ser una exposición más o menos amplia de la sociedad en conjunto. Sin embargo la relación de Los matices del oro con la novela policial es de una intimidad introspectiva y, a pesar del vínculo con lo detectivesco, creo que difícilmente podrá ser considerada una novela policial. El Investigador aparece explícitamente sólo en tres capítulos. En los demás es una presencia invisible. No busca el oro en lugares específicos, tangibles, sino en el hilado de las palabras que escucha decir a los demás personajes narradores. Es un oyente que cifra el misterio que lo perturba en voces ajenas. Cree que comprendiendo todas esas voces logrará ver completamente lo que busca. El crimen aquí es una constante enajenación de lo simbólico; por tanto la forma específica de ese crimen se transforma inquietamente: se habla de asesinatos, desapariciones, robos, engaños, deformaciones, traumas, decepciones, pérdidas y enigmas. El investigador se encarga, a la hora de escuchar todas estas historias, de cifrar todo este cúmulo de imágenes en el misterio invisible (e íntimo) del oro, que se hace sensible en cuanto la voz del otro alude a su propio misterio. Entonces no hay un crimen particular que se quiera resolver. No importa mucho la forma de este crimen. El crimen sólo interesa como sentido que transforma lo que toca. Esto no quiere decir que Los matices del oro dé una importancia mayor al fondo, y no así a la forma. Sucede que cualquier forma muestra un nuevo fondo, y de ese fondo sale una nueva forma, la precisa para renovar el misterio; y así sucesivamente. La relación con el relato policial estaría, sencillamente, en lo incomprensible haciéndose visible para exigir incansablemente un nombre exacto y creíble.
(*) Escritor paceño nacido en 1981. Habitante de Miraflores. Pico verde. Gusta de las caminatas nocturnas. Le perturban las miradas distraídas. ”La escritura es mi único modo de religar espacio y tiempo”, dice.
Puede accederse a algunos “adelantos” de la novela en Nervio Ocular.