Una vergüenza- microrrelato

Escrito por Hefesto Hefesto - 27/03/2010 - Nadie opinó aún

Muerte

Cuando llegó la Muerte, el hombre se puso de todos los colores para finalmente quedarse pálido. No me lleve, no me lleve, por favor, gemía arrodillado a los pies de su cama, llorando o bien tenaz y quedo como un niño, o bien de forma teatral como una plañidera, dando sacudidas de pecho y tosiendo entre las plegarias y el llanto. La Muerte se cuidó de tocar al hombre, haciendo durar –un minuto más, un minuto menos, qué importa si la lista es larga y agotadora, pensó– el placer, insospechadamente poderoso, que le producía aquella inesperada victoria sobre la raza humana.

Por supuesto, había conocido cobardes, pero cobardes dóciles, que se quedaban de piedra apenas su funesta sombra se alargaba sobre ellos. También había conocido moribundos teatrales, pero siempre resignados, que soltaban sentencias a último minuto como profunda aceptación de su destino. Así, se quedaba siempre con un regusto amargo, un vacío entre los huesos cada vez más desportillados, una sensación de frío que parecía provenir del acero de su guadaña, del pesado pergamino que sostenía con la otra mano, de su cargo mismo, siempre exigente y difícil, y sin embargo ya mecánico, ya lejos de toda implicación personal, de todo aprovechamiento de esos encuentros. No, no había topado nunca con un moribundo tan rebelde y a la vez tan sincero, tan caóticamente sincero como éste. Jamás había tenido esa suerte.

Entonces, frente a aquel despliegue de lágrimas y toses, de golpes en el pecho y por favores guturales, la Muerte sintió subir algo desconocido por su cuerpo milenario, algo duro y chispeante, algo como orgullo o fuego: sentía que por fin la reconocían. Esa sumisión patética –a todo esto, las súplicas y los lamentos del hombre ya no formaban sino un solo gemido animal– era nada menos que el reconocimiento de su labor –esa labor limpia de trámites, de hipocresías y vanaglorias, esa labor puntual y sigilosa, y que sin embargo, o tal vez precisamente por eso, era siempre atribuida al azar o a Dios… Pero ahora, por fin, era el reconocimiento de su autoridad, de su aura radiante. Era la culminación… Se sobresaltó con una terrible carcajada. De pie, frente a ella, casi más grande que ella, el hombre le decía entre risas: ¿Te la creíste? No me quedaría ni aunque me pagaran… Flaca de mierda. ¿Te apuras? No tengo todo el día.

El orgullo se transformó en una vergüenza que le quemó los pómulos y enseguida le bajó por la espina dorsal, haciéndole temblar las tibias como una descarga eléctrica. No, este trabajo ya no es lo que era, se dijo cabizbaja, hundiéndose en la capucha demasiado grande para su cráneo relamido por las aguas torrenciales del tiempo. Tenía que reaccionar, la presión era enorme, y todo le pareció digno, excepto obedecer a esa orden como lo haría un perro.

Así fue cómo el bromista se salvó de la Muerte.

Himno a Abaroa- crónica

Escrito por estido estido - 23/03/2010 - 3 opiniones

Hace muchos años, cuando la quinta pared no era la más importante de la casa, los niños se reunían en la plaza o calles del barrio para dar rienda suelta a su energía, derrochándola en juegos que tenían temporadas específicas. Durante el otoño, por ejemplo, el cielo urbandino se poblaba de voladores, comandados desde tierra por aviadores autodidactas que maniobraban con el hilo para dirigir piruetas arriesgadas o simular combates aéreos; en invierno, las calles secas se convertían en escenarios ideales para hacer rodar las canicas, motivando duelos intensos que incrementaban o reducían las colecciones de esas esferas de vidrio.

Si había muchos changos, podían organizar juegos grupales, como el fútbol, oculta-oculta, pesca-pesca o, gracias a la influencia de películas y revistas, armar dos bandos para combatir entre vaqueros e indios o policías y bandidos. Acaso este último juego fuese el preferido de Alberto durante su infancia. Cuántas veces habrá apuntado con el índice a sus rivales de turno, imitando el sonido de los disparos para consagrarse vencedor en esa representación infantil del eterno combate entre el bien y el mal: “¡Pum, pum! ¡Estás muerto, policía!”.

Así, décadas después, es probable que sintiese algo similar a un déjà vu cuando, con el arma aún humeante, observó los cuerpos sin vida de los dos oficiales en el interior de su peta.

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Luego de colgar el teléfono, permaneció sentado durante varios minutos, meditando en silencio cómo iba a proceder para calmar la angurria de sus “benefactores”. Si no fuese por ellos, habría sido encarcelado hace mucho tiempo; de cierto modo, les debía gratitud y ellos esperaban que ésta se expresase en dólares. Pero el negocio no andaba bien, robar petas no era tan rentable como antes. Sabía que la extorsión era inevitable, de modo que sólo le quedaba negociar un monto más razonable. Fue a su dormitorio y, de la caja de zapatos que guardaba en el fondo falso del ropero, extrajo cuatrocientos dólares, la mitad de lo exigido por los policías. Antes de reponer la caja en su lugar, en un acto reflejo, también tomó el revólver y, tras ocultarlo entre su vestimenta, salió hacia el lugar acordado.

En la avenida Pasoskanki, recogió a los policías, que vestían de civil y no portaban sus armas reglamentarias. “Cómo es, chango, ¿has traído tu cuota?”, le preguntaron ni bien subieron al vehículo. Alberto les explicó la situación, apelando a su larga “amistad” para convencerlos: “Ya pues, quedaremos en 400, ¿bueno? Tanto tiempo trabajamos juntos…”. Mientras dialogaban cordialmente, Alberto condujo hasta un punto de la avenida Brasil, donde detuvo el coche para poder negociar mirando de frente a los sargentos. Nada de lo argumentado aplacó su codicia; peor aún, cambiaron de actitud y la negociación amigable se volvió discusión tensa: “Ya, carajo, soltá la plata de una vez, ¿o quieres dormir en la chirola?”. Alberto se quedó callado, hizo un gesto de resignación y, lentamente, llevó una mano hacia el pantalón. Los policías se miraron satisfechos, seguros de haber amedrentado al autero, pero en un santiamén sus sonrisas devinieron en muecas de terror.

A las cinco de la tarde del 21 de enero de 1999, los estruendos consecutivos de seis disparos alteraron el bullicio normal de Miraflores. Alberto descendió de la peta y, arma en mano, huyó del lugar, sin que nadie se animase a detenerlo. En el interior del vehículo, el olor a pólvora y sangre apenas disimulaba el hedor de la corrupción.

Dos días después, Alberto Abaroa, alias “el Petas”, fue detenido y presentado a la prensa. El caso ocupó la primera plana de varios periódicos; el Petas se convirtió en el personaje del momento, motivando debates que dividieron la opinión pública. Por un lado, estaban quienes condenaban un crimen tan sanguinario; por el otro, quienes consideraban que los policías recibieron su merecido. La atención mediática, además de promover la reflexión de la ciudadanía sobre la corrupción y la criminalidad creciente, protegió a Abaroa de una posible venganza policial. Fue remitido a la cárcel de San Pedro, donde los reclusos le dieron una cálida bienvenida, mientras el aparato judicial, con su típica lentitud, alistaba el escenario para juzgar al asesino.

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Durante su infancia, mientras corría en las calles de su barrio, escapando de policías imberbes o disparándoles a quemarropa con el índice inofensivo, lejos estaba de imaginar que terminaría su vida en un presidio altiplánico, degollado y molido a golpes por bandidos de verdad. No, ni siquiera cuando hubo experimentado el rigor de la vida carcelaria, Alberto sospechó que algún compañero de reclusión había de asesinarlo con tanta saña, menos aún considerando la popularidad que gozaba dentro del mundo criminal.

Alberto Abaroa se había ganado el estatus de leyenda o, al menos, eso se podría suponer luego del apoteósico recibimiento que le brindaron los reclusos de San Pedro, incluso entonando el Himno a Abaroa para honrar su hazaña, cuando fue recapturado tras un intento fallido de escape, en el que añadió a su récord criminal las muertes de dos policías más.

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Transcurría el mes de marzo del año 2000; el Petas, prácticamente olvidado por la opinión pública, volvió a acaparar titulares. Llevaba algo más de un año encarcelado, pero, pese a la abundante evidencia y la confesión de los crímenes, aún no había recibido sentencia. Su caso continuaba ventilándose en los tribunales, lo cual le dio tiempo para analizar los huecos en la seguridad del edificio judicial.

Nunca se supo cómo ni cuándo obtuvo el revólver. Las autoridades tampoco pudieron explicar por qué el Petas no fue cacheado antes de que ingresara al recinto judicial. Lo cierto es que Alberto Abaroa no dudó en disparar contra su custodio y emprender veloz fuga, hiriendo de muerte a otro oficial que tuvo la osadía de intentar detenerlo.

Según algunos testigos, intentó utilizar su arma contra un tercer policía, pero ésta se trabó y Abaroa fue detenido e, inmediatamente, remitido al penal de San Pedro. Los reclusos, anoticiados del hecho, se congregaron en el patio y, cuando el Petas llegó, entonaron el Himno a Abaroa, otorgándole el estatus de héroe que, más de un siglo atrás, Eduardo Abaroa había ganado matando invasores durante la Guerra del Pacífico.

Nunca más intentó escapar, ya no era necesario, pues debido a su fama y popularidad pudo operar desde el presidio, organizando una banda que se dedicaba al secuestro de vehículos, crimen que se convertía en robo si el propietario no pagaba el rescate en un plazo establecido. Además, el Petas controlaba el comercio de alcohol, drogas y mujeres en la cárcel, lo cual representaba una buena fuente de ingresos.

Ni siquiera cuando lo transfirieron al penal de Chonchocoro, cárcel de máxima seguridad situada en el altiplano paceño, Abaroa dejó de ejercer sus actividades, sólo que allá su prontuario no impresionaba a los reclusos, la mayoría condenados por crímenes violentos. Así, tuvo que aprender a competir contra peces más gordos y voraces, en un mercado cuya única ley válida era la del más fuerte.

Pero el Petas no era fuerte ni grande ni diestro con los puños; sin un arma o la protección pagada de otros reos, él no podía amedrentar a nadie. Por ello, siempre andaba en compañía de un guardaespaldas, el cual, además, era el encargado de realizar las cobranzas difíciles.

Durante algunos meses, en Chonchocoro hubo tranquilidad, parecía que los bandos habían decidido convivir y competir en paz. Quizá eso originara que Alberto Abaroa bajase la guardia y, sin tomar los recaudos habituales, el pasado 17 de noviembre se dirigiera a la lavandería del penal, donde fue golpeado y apuñalado varias veces por atacantes “desconocidos”. Herido de muerte, convulsionándose sobre el cemento frío teñido de sangre, el Petas fue encontrado por los guardias, quienes poco pudieron o quisieron hacer por salvarle la vida.

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Hoy 23 de marzo, se recuerda el Día del Mar. Los estudiantes desfilarán para honrar a los héroes que defendieron el litoral perdido, en especial, a Eduardo Abaroa, registrado en los anales de la historia como un símbolo de la valentía y el patriotismo. En todos los establecimientos educativos y militares se entonará el himno compuesto en memoria de ese héroe boliviano. Probablemente, la melodía del Himno a Abaroa también se escuche en la cárcel, silbada por algún recluso nostálgico que, ajeno a los actos cívicos oficiales, brindará un homenaje póstumo al legendario Petas.

Los matices del oro- entrevista

Escrito por disfonia disfonia - 19/03/2010 - Nadie opinó aún

Con motivo de la próxima publicación de Los matices del oro, Alan Castro(*), el autor de este exquisito entramado textual, nos comenta un poco sobre el proceso de su escritura y sobre lo que podríamos encontrar en una novela que demanda un lector comprometido, pero no sólo comprometido con el conocimiento que implica cierta erudición y algunas lecturillas como bagaje, sino un lector que quiera jugar, asociar, descubrir y ser parte de esta pesquisa que no sólo va tras el delincuente -sea quien sea-, sino y, principalmente, del sentido mismo de la escritura.

D: Qué cambios ha contemplado, exigido y promovido la experiencia como becario en la “Residencia Artística para Creadores de Iberoamérica y Haití en México”, es decir, en un espacio donde teóricamente uno va a trabajar, pero que tal vez invita precisamente a hacer otra cosa, o a entender el trabajo de otra forma.

A: Me gusta lo que dices. Todo trabajo auténtico es permanente, una constante punzada en el costado. Es imposible olvidar su sentido. Sin embargo todo transcurso revela matices: recorridos, vueltas, olvidos, decepciones, felicidades. En la situación muy específica de la residencia artística en México me tocó, sobre todo, un trabajo de reflexión. En marzo de 2008, cuando mandé mi candidatura para la Residencia, ya tenía la novela bien avanzada. Estaba inmerso en un proceso creativo del que no quería salir hasta tener el resultado esperado. En otras palabras: no podía parar de escribir. Por tanto, cuando llegó la noticia de mi viaje a México (cinco meses después), la novela ya estaba escrita; incluso ya la había corregido a nivel macro. Por tanto el viaje se me ofrecía como una oportunidad para detallar y ordenar la novela a gusto. La morosidad de la corrección me espantaba; pero como el tiempo de Residencia era de cuatro meses, no fue un trabajo tan pesado. Sin embargo ese trabajo de corrección era sólo el aditamento de un proceso más amplio: el enfrentamiento con la novela acabada. Entonces Los matices del oro se me presentó como un compendio esquemático (casi enciclopédico) de mis futuros trabajos y obsesiones; algo así como un mapa súbito del futuro. La residencia fue vital para ese reconocimiento. Al estar fuera de la ciudad donde la novela había sido escrita (La Paz), podía tomar una distancia mayor a la acostumbrada; por otro lado la soledad y el conocimiento de nuevas personalidades me mostraban la cercanía absoluta de mi modo de hablar con el estilo de la novela. Mi voz estaba ahí y, sin embargo, se formó la certeza de que nunca más escribiría algo así. Ahí me di cuenta de que realmente era un libro acabado.

Lo que más rescato de la experiencia en México es haber conocido a tantas personas de diferentes países: escucharlas, tratar de comprenderlas y comprenderme a mí mismo por ciertas diferencias y coincidencias con ellas. Sólo contando a los escritores que conocí allá, puedo decir que la relación que cada uno tiene con la escritura es muy diferente a la mía, pero nunca me sentí ajeno a sus preocupaciones y obsesiones. En este sentido hubo una ampliación de mi horizonte visual, que contrastó con una especie de encierro que a veces me tornaba huraño o cauto. Varias limitaciones y prejuicios cayeron por su propio peso; y eso causó que me llenara la cabeza de proyectos y deseos, sin por eso dispersar las energías que brotaban de esa renovación. De ahí surgieron varios escritos cortos que tengo guardados y que seguramente germinarán en un libro próximo.

D: Uno de esos escritos cortos es precisamente “La habitación de la muerte”, que fue publicado a raíz de la Segunda muestra de Arte Iberoamericano en el Centro Nacional de las Artes de México, pero que nació en un formato, digamos, diferente, es decir, como “instalación literaria”, ¿cierto? Sin duda, el concepto es novedoso, pero ¿en qué sentido aportó a la escritura de la novela?

A: “La habitación de la muerte”, aunque tiene mucha relación con la “instalación literaria” es un relato escrito poco antes de la Residencia y corregido en ella. Fue escrito por El Concursante, uno de los personajes de Los matices del oro. Me pareció rica la idea de publicar este cuento en México, porque es una curiosidad/suvenir de la propia novela, aunque separada de ella. Este cuento no es parte de Los matices del oro, no está ahí, pero el personaje que mencioné habla mucho sobre él, diciendo que es un cuento hecho específicamente para ganar un concurso, aunque el final del relato que es contado en la novela es diferente al del cuento publicado. Me gusta que “La habitación de la muerte” exista y ya esté publicado. El Concursante le dice al Investigador, en la novela, que su cuento sería premiado y publicado antes del nacimiento del Autor que es esperado en Los matices del oro, y que ese premio sería donado para publicar su pesquisa. En cierta medida algo así sucedió.

Pero, respondiendo a tu pregunta, en realidad no creo que haya un concepto preciso de “instalación literaria”. Resulta que después del trabajo en la Residencia, todos los residentes debíamos presentar un producto en la Segunda Muestra de Arte Iberoamericano. Los escritores, entonces, teníamos que hallar una manera de presentar nuestro trabajo en tal exposición. Algunos se decidieron por una lectura pública, otros por performances y otros por instalaciones artísticas. Para distinguir a los artistas que expresamente se habían dedicado a la realización de una instalación en su residencia (de ramas como Artes Visuales, Medios Audiovisuales, etc.), los organizadores pusieron el nombre de “instalación literaria” a todas las instalaciones producidas por los becarios de Letras, cuyo propósito fundamental no era hacer una instalación, sino escribir. Opté por hacer una instalación porque me estimulaba la idea de traspasar cierta metáfora muy íntima de la escritura al espacio; y también me provocaba internarme en ese ámbito del arte contemporáneo para mí desconocido. Era algo que quería ver: un lugar tramado por la escritura que había concluido, esperando que logre explicarse a sí mismo; más aun cuando lo expuesto en ese espacio era un reloj, un organismo del tiempo, al que uno podía ingresar como a una tumba vertical.

La instalación se llama “Tiempo vertical”. Es un reloj de péndulo, de dos metros de alto por uno de ancho. El cubículo es negro y el péndulo dorado. El reloj tiene una puerta de ingreso para que entre una sola persona. Adentro está todo escuro y sólo se ve una clepsidra fluorescente con el centro bastante alargado, como un tubo. El juego consiste en ingresar al interior del reloj y ahí escuchar fragmentos de la novela leídos por tres voces distintas: una voz profunda, una voz femenina neutra y una voz masculina neutra. –Las voces fueron grabadas por Melissa Cisneros, becaria mexicana de Danza, Giovanny Castro, becario colombiano de Letras, y por mí. Quería que todos los que ingresaran al Reloj/Tumba atiendan solitariamente a las voces que escuchaban, para así engendrar sus propias imágenes. Es una metáfora de la escritura: El tiempo vertical al espacio, gravitando en él, inmóvil, mientras el movimiento es sentido sólo como secuencia o proliferación de imágenes propias saliendo de la oscuridad más íntima.

D: Estas imágenes, asociación de ideas, de efectos y recursos, no son extraños a la estructura de la novela. ¿Qué la motiva?

A: La estructura me fue regalada en un sueño. Antes de empezar a escribir Los matices del oro ya había escrito una novela, pero no me gustó el producto final. También estaba trabajando constantemente, sin ninguna forma preestablecida (ningún recipiente que contuviera mi escritura), en algo que parecía un diario fantástico; pero sentía que nunca llegaría a ser un libro, sino sólo un gran cúmulo de papeles dispersos. Así que, para entonces, ya estaba completamente tenso y angustiado al creer que mi escritura nunca iba a encontrar una forma que pudiera englobarla. Pensaba que estaba destinado a escribir páginas infinitas de un libro sin nombre. Así que me puse a orar a mi Diosa porque mi desesperada situación requería una intervención sobrenatural. Había algo de desesperación en ese acto, pero también una confianza ciega. En la oración clamaba por la visualización precisa de un número con el que pudiera trabajar. Esa misma noche soñé con el 111, que también podría ser el número romano III. Este sueño aparece, aunque incompleto y algo transformado, en el capítulo 76, en el Libro III, llamado Los tres peces. La cosa es que comencé a darle vueltas a este número, y a las circunstancias que lo habían hecho aparecer, hasta crear la estructura sobre la cual se erige Los matices del oro. A muy grandes rasgos la explico: La novela tiene 111 capítulos y está dividido en tres libros. Cada libro tiene 37 capítulos. Hay muchas cosas implícitas en esa numeración, pero no podría decirlas todas porque no terminaría. Pero, por ejemplo, puedo adelantar que el número 37 es un número primo. Sin esta estructura nunca hubiera podido escribir la novela. Sé que para algunos amigos puede parecer arbitrario que lo haya fundamentado todo en un sueño, pero creo que todas las verdades y refutaciones son intuiciones. De ahí que halle tanto gusto en decir: “Mi capricho es ley.”

D: ¿Qué va a encontrar un lector en tu novela?

A: Me encantaría que el lector encuentre cosas que ya sabe hace tiempo, pero que nunca había podido compartir con alguien más. Los matices del oro trata de incluir al lector en la trama. La mayoría de los narradores que circulan por la novela hablan de rato en rato en segunda persona, teniendo en cuenta que el Investigador (el personaje invisible que recorre todo el texto) es un oyente de sus declaraciones. Creo que esta segunda persona de la novela será confundida de buena manera con cierta relación de los personajes con el lector. Creo que una obra literaria debe recordarte lo que ya sabes, sacar cierta certeza de una profundidad en la que todo se halla entrepapelado.

D: Sacarlo, pero también meterlo en otras profundidades, ¿no? Porque, gracias a los fragmentos a los que tenemos acceso, la lectura de la novela no será para el lector un acontecer superficial.

A: Esta pregunta prefiero dejársela a la crítica literaria seria. Puedo decir, sin embargo, que a veces me cuesta afirmar que Los matices del oro “sea una novela”. No creo en los géneros literarios. Me asombra que haya tantos encuentros de Poesía y en ellos sólo encontremos a gente que escribe “poemas”, como si la poesía estuviera únicamente reservada a una formalidad genérica. He encontrado más poesía en cierto tipo de narradores que en supuestos “poetas”. Estoy en contra de esa división, aunque entiendo que tal incisión es una audacia pragmática, teniendo en cuenta que hay muchos narradores que están penosamente alejados del sentido poético de la escritura. Como decía, no creo en los géneros literarios. Pero sí creo que hay diferentes aproximaciones a la escritura, y eso es lo que habría que trabajar para ser más preciso con nuestras apreciaciones críticas de arte y literatura. Por otra parte creo que la novela, al ser un género en formación, además de tener límites formales muy amplios, es un buen lugar para situar a Los matices del oro, porque la relación con la escritura que ahí se hace evidente es precisamente eso: una perpetua formación, siempre incompleta, infinita: un germen activo captado en el momento en que hace y deshace. ¿Dónde pondríamos a El loco, de Arturo Borda, por ejemplo? Yo creo que es justo incluirla en nuestra tradición novelística. También creo que ciertos textos de crítica literaria seria, reflexión filosófica, compendio de fragmentos, interpretación histórica, etc., tienen un gesto novelístico notable, aunque parezcan algo caóticos para los lectores de la novela tradicional. En todo caso es un tema para tratar extensamente.

D: Y ya que hablas de novela tradicional, el género policial, cada vez menos policial y más negro, en realidad, no ha tenido una tradición importante en nuestra literatura, y de hecho podría decirse que ha sido como “rescatado”, y más bien parodiado, sólo en escrituras recientes como Alguien más a cargo, American visa y obviamente, Periférica Blvd. ¿Te adscribirías en tu obra a esta corriente que retoma al policial como escenario para escribir la ciudad? ¿Hay una intención especial en esta elección tuya de develamiento a partir de pistas, datos, testimonios?

A: Seguro que no me adscribiría a ninguna corriente, porque eso me quitaría la levedad gravitante de moverme a mis anchas. Aunque las tres novelas que mencionas tienen como escenario la ciudad de La Paz, creo que cada una tiene un gesto muy distinto, ya sea con respecto a la escritura o en relación al lenguaje mismo (como en Periférica Blvd.). Definitivamente la novela policial tiene una maravillosa manera de hacer visibles los hilos oscuros que tejen la ciudad y mueven a sus personajes. De tal manera suele ser una exposición más o menos amplia de la sociedad en conjunto. Sin embargo la relación de Los matices del oro con la novela policial es de una intimidad introspectiva y, a pesar del vínculo con lo detectivesco, creo que difícilmente podrá ser considerada una novela policial. El Investigador aparece explícitamente sólo en tres capítulos. En los demás es una presencia invisible. No busca el oro en lugares específicos, tangibles, sino en el hilado de las palabras que escucha decir a los demás personajes narradores. Es un oyente que cifra el misterio que lo perturba en voces ajenas. Cree que comprendiendo todas esas voces logrará ver completamente lo que busca. El crimen aquí es una constante enajenación de lo simbólico; por tanto la forma específica de ese crimen se transforma inquietamente: se habla de asesinatos, desapariciones, robos, engaños, deformaciones, traumas, decepciones, pérdidas y enigmas. El investigador se encarga, a la hora de escuchar todas estas historias, de cifrar todo este cúmulo de imágenes en el misterio invisible (e íntimo) del oro, que se hace sensible en cuanto la voz del otro alude a su propio misterio. Entonces no hay un crimen particular que se quiera resolver. No importa mucho la forma de este crimen. El crimen sólo interesa como sentido que transforma lo que toca. Esto no quiere decir que Los matices del oro dé una importancia mayor al fondo, y no así a la forma. Sucede que cualquier forma muestra un nuevo fondo, y de ese fondo sale una nueva forma, la precisa para renovar el misterio; y así sucesivamente. La relación con el relato policial estaría, sencillamente, en lo incomprensible haciéndose visible para exigir incansablemente un nombre exacto y creíble.

(*) Escritor paceño nacido en 1981. Habitante de Miraflores. Pico verde. Gusta de las caminatas nocturnas. Le perturban las miradas distraídas. ”La escritura es mi único modo de religar espacio y tiempo”, dice.

Puede accederse a algunos “adelantos” de la novela en Nervio Ocular.

El principio de la inocencia- Hibrido

Escrito por Hefesto Hefesto - 12/03/2010 - 4 opiniones

Niño escritor

Papá no es Superman. Es un funcionario encorvado y panzón.

Papá Noel existe, pero sólo en los supermercados y en los anuncios de Coca-Cola.

No hay tal cosa como el Coco, pero un niño no debe hablar con extraños.

Ni mi abuelo ni mi abuela están en el cielo. Están bajo tierra, llenos de gusanitos, y cada mes envían, puntuales, una factura del cementerio.

A los bebés no los trae la cigüeña de París. A los bebés no los trae nadie. Se auto invitan y hay que recibirlos cualquier día, a las horas más incómodas.

Dios no existe. No existe o, digamos, está en veremos. En cambio sí existe la muerte. Es un hecho: mi propia muerte ya existe.

Primerizos en la Tiquina- crónica

Escrito por estido estido - 6/03/2010 - 3 opiniones

Este texto es una versión editada del que fuera publicado hace casi cuatro años en el antiguo blog.

El par de adolescentes camina con paso nervioso, disimulando exageradamente un aire de “sólo estamos de pasada”. Miran todo lo que la calle les ofrece, como si nunca hubieran estado por ahí, aunque ya es la sexta vez, en menos de una hora, que recorren esa cuadra repleta de productos diversos, cosa que ya comienza a originar cierta suspicacia en los comerciantes informales que se han parcelado las aceras. “Mira estos llokallas –dice una vendedora de tangas– cada rato están vuelteando”. “Le diremos al seguridad –le responde su vecina, la de los cosméticos–, capaz son rateros”. Y los muchachos, sintiéndose observados, aumentan aún más el histrionismo del disimulo, preguntando, sin tener conciencia de lo que hacen, reacción defensiva ante la vigilancia informal: “¿Cuánto están las tanguitas?”. La vendedora los mira chueco, su desconfianza no ha desaparecido, pero más puede su instinto comercial, que le impulsa a responder automáticamente: “¿Cuálcita quieres, patroncito? De todo precio hay; mirá estita, con encaje, suavita es, 30 pesitos nomás sale. Esta otrita también tengo, más baratita, mirá, atocá nomás, imitación seda es, brasilera, a 20 te lo’hey de dejar”. Sin otra salida, los críos ven sus manos repletas de tangas multicolores S, M, X y XL, y se las pasan entre ellos, comentando con naturalidad fingida las bondades de cada prenda, mientras la sangre se aglomera en sus rostros y comienza a quemarles las mejillas. La vendedora, con la típica impaciencia del comerciante urbandino, vuelve a arquear las cejas a tiempo de gritarles: “¿Van a comprar o no? ¡Todito me lo están desordenando!”.

Las cosas comienzan a salirse de lo planeado; se alejan del puesto con sendas tangas en los bolsillos, caminando rápidamente para alejarse de las risitas que, en su huida paranoica, se han transformado en carcajadas acusadoras. Llegan a la esquina, cruzan a la acera del frente, la de la plaza Alonso de Mendoza, y se detienen, temblorosos, para recriminarse mutuamente. “Bien cojudo eres, para qué le has preguntado”. “Es que nos estaba vichando jodido, había que disimular”. “Nada que ver, sin motivo te has meado; por tu culpa hemos perdido 40 pesos”. “Yaaaaa, si más bien le he hecho rebajar, vos ya estabas pagando calladito”. La discusión continúa por algunos minutos, hasta que, ya relajados, comienzan a ver el lado graciosos del impase. “Grave se ha rayado la vieja, su cara parecía mocochinchi”. “¿Qué te has comprado vos? A mi me ha dado una de gordas”. “Ni me he fijado. A ver, yaaaaaa, mirá, con corazoncitos me había agarrado”. “Guardala, cojudo, nos están chequeando”. “Y quép’s, para mi ñata puede ser”. “Yaaaaaa, como si tuvieras ñata”. “¿Y acaso las gentes saben?”.

Repasan el plan nuevamente y se comprometen a cumplirlo de una vez por todas. Comienzan a bajar la cuadra, asumiendo el airecito de “sólo estamos de pasada”, teniendo mucho cuidado en ocultar la cara cuando pasan por el puesto de las tangas. Doblan a la derecha y entran a la Tiquina, breve calle que se ha convertido en pasaje peatonal, pues el comercio informal pudo más que los reglamentos municipales. Actúan según lo convenido, mirando sin mirar, tratando de ubicar el puesto que no tenga compradores. Al parecer, la suerte está con ellos: al lado de un vendedor de cables, han divisado un puesto sin clientela. Aceleran el paso, eludiendo cuerpos mulit/pluri que forman la multitud que congestiona esta calle. Se detienen en el puesto de cables y comienzan a preguntar por el precio de éste y de aquél, mirando de reojo al puesto vecino, aún carente de interesados, en cuya tarima se exhiben revistas pornográficas de todo calibre. Uno de los changos, diciéndose a sí mismo “ahora o nunca”, desliza sus pies, centímetro a centímetro, hasta ubicarse frente al cuarentón obeso que regenta esa pequeña isla del sexo gráfico. En voz baja, casi balbuceando, mordiéndose la lengua con cada palabra pronunciada debido al temblor que ha atacado sus mandíbulas, mirando sin mirar, pregunta: “¿A cuánto están las revistas?”. El gordo, que no ha escuchado nada o, si lo ha hecho, padece de sordera testicular (es decir: escucha perfectamente, pero se hace al boludo), yergue su cuerpo desde la minúscula banca –que una vez liberada del peso y volumen de cincuenta y seis quilos de nalgas, ya es visible y digna de reconocimiento– para acercarse al nervioso adolescente y gritarle un sonoro “¿Quéeee?”, obteniendo por respuesta un tímido índice que señanla las revistas, gesto acompañado por un, tímido también, aunque esta vez más nítido, “¿Cuánto?”. El gordo, ajeno a las vergüenzas de la pubertad, tal como la tanguera había hecho antes, colma las manos del muchacho con una decena de revistas, explicando, a voz en cuello, con lenguaje tres equis, las características de cada una de ellas. Antes de verse implicado en semejante escena, el otro chango se aleja unos cuantos metros, dejando solo a su compañero o, mejor dicho, en compañía de las varias personas que se han reunido al rededor del puesto luego de que hubieron escuchado el “marketing hardcore” del gordo malicioso que, de no ser porque perdería un cliente, ya se hubiera despanzado de risa por la situación en la que ha metido al primerizo ruborizado.

No hay posibilidad de escape, está rodeado por varios “voyeuristas” que levantan las revistas sin recato alguno y las hojean, desplegando, en las que la tienen, la página central para ver la fotografía tamaño póster de una pelada siliconeada. Ni se fija en la revista con la que se ha quedado, sólo atina a preguntar el precio y pagar el monto demandado. Sin embargo, a pesar de que el negocio ya ha sido realizado, el gordo no piensa privarse de una buena anécdota; entonces, simulando discreción, casi al oído, le dice al chango: “Tengo unas revistas con colegialas paceñas, ¿no quieres llevarte una?, te la doy a mitad de precio, para que seas mi casero”. Y el comprador debutante, cuyo nerviosismo no le impide imaginar desnudas a la Mary o a la Cuca, conocidas ninfómanas de su escuela, contesta sonriente, “¡Ya!”, animado por la calentura que alimenta su esperanza de ver ese par de cuerpos en las revistas ofrecidas. Pero la sangre, que por unos segundos había descendido de su rostro a su miembro, retorna presurosa a los cachetes del púber para dar color a la palidez que adquirieron cuando el gordo desgraciado, al ser aceptada su propuesta, gritara energúmenamente, mirando al revistero de la acera opuesta: “Oyeeeeees, Panchooooo, pasame las pornos bolivianaaaas, este chango quiere unaaaa”. Y el Pancho, dándose cuenta de la movida, con tono serio, gritara en respuesta: “¿Acaso es mayor de edaaad? A veeeer, que muestre su carneeet”.

“Y vos de qué te ríes, cojudo”, grita el crío, ya no colorado por la vergüenza, sino por la rabia que le ha producido ver a su cuate destornillándose de risa, sumando sus carcajadas a las de los espectadores coyunturales del chascarrillo mala leche ideado por el gordo. El joven Judas, sorprendido en su felonía, comienza veloz escape al advertir que el otro chango tiene un nosequé en la mirada, pero que supone es un irreprimible deseo de callarle la risa a puñetes. La persecución se extiende a lo largo de muchas cuadras, hasta que, jadeantes, ambos se detienen a la altura del Obelisco y se sientan en las graditas del correo para dar descanso a sus cuerpos y sus nervios. “Maricón de mierda, ¿por qué me has dejado?”, inquiere el que ha consumado el plan. “Yaaaaa, ¿acaso me he ido? Si a tu ladito estaba”, responde el traidor y recibe un revistazo en la cabeza. “Ya, che, no te rayes, disculpá, es que me ha hecho asustar ese gordo cuando ha gritado”. “Eres un marica, nunca más voy a venir contigo”. “Ya pues, no te rayes, más bien mostrame la porno; a ver, ¿cuál has comprado?”. “Ni–ca–gan–do, huevoncito. Ahora te jodes, sólo yo la voy a chequear”. Y el otro seguirá con la rogadera y las disculpas por más de una hora, hasta que, dándose cuenta de la firmeza del amigo, hará explicito su resentimiento, diciéndole: “Metete tu revista al culo, pajero de mierda”.

En fin, una peleíta normal entre adolescentes. Ya se abuenarán al día siguiente y programarán otro safari pornográfico, en el que, mucho más cancheros, hojearán las revistas sin vergüenza ni culpa, regateando el precio de las que comprarán y serán compañeras nocturnas durante sus fantasiosas, ardientes y solitarias noches de pubertad.