Cuento: “Memorias al viento”- foro

Escrito por urbandino urbandino - 13/02/2010 - Una opinión

AUTOR: Melina Vázquez
PAÍS: España
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El sol bañaba mi ventana con su calor, a la par que evocaba en mi mente recuerdos fugaces, memorias de una vida pasada que a veces juraría que nunca había existido.

Aquella mañana desperté en un lugar desconocido… De hecho todo lo era, a excepción de pequeñas cosas primarias. Por ejemplo, sabía cómo pronunciar palabras, incluso como ordenarlas hasta dar significado a mis dichos. No obstante, no lograba revivir la figura de quien me había enseñado a hablar. Intuía que tenía hambre, pero no recordaba cual era mi comida favorita, ni con quien había compartido mis almuerzos durante los últimos 79 años… Insistían en que esa era mi edad. Y yo, indefenso y vacío, era como un recién nacido que acaba de conocer el mundo, un infante desprotegido al que han de recordarle hasta quién es…

Alzheimer… Ese parecía mi segundo nombre, ya que no hacían más que pronunciar ambos en la misma frase… ¿Cómo una sola palabra podía justificar lo que ni yo mismo alcanzaba a comprender?

Aquella mañana había alguien conmigo, una mujer que no vestía uniforme blanco. Su rostro era agradable, perlado como el mármol, enmarcado por sus largos cabellos castaños. Ella tocó mi hombro con la delicadeza con la que se rozaría un pedazo de cielo. Su semblante mostraba una sonrisa forzada, no secundada por sus ojos, vidriosos como si retuvieran el llanto tras sus pupilas esmeraldas. Sus labios temblaron como si luchasen por pronunciar unas palabras que finalmente no llegaron.

–¿Quién eres?–Le pregunté intrigado–

–¿Recuerdas que una vez amaste…? –Musitó ella–.

Fue como si el sonido de aquella voz hubiese abierto una puerta hace mucho cerrada. Su cara, que desde un principio había visto tan bella, evocó el rostro de mi único amor. Gabriela… Aquella a quien no sabía ni cuándo ni dónde había olvidado y perdido…

Rememoré el día en que nos conocimos, nuestros paseos por la playa, el anillo de diamantes que había escondido en su vino… Estaba tan feliz de haber recordado… Ahora que ella estaba a mi lado, que mis recuerdos habían regresado… podía ser al fin amo de mi propio tiempo perdido.

–Gabriela… Mi amada –Susurré mientras acariciaba con dulzura su cara– ¿Cómo pude haberte olvidado siquiera un instante?

La muchacha se abatió en medio de mi alegría, al igual que se derrite el hielo entre la calidez del día. Sus próximas palabras se clavaron en mí, tal y como haría una profunda espina.

–Así se llamaba también mi madre… La mujer a la que una vez amaste…

–¿Cómo es posible? –Exclamé consternado–

–Su cuerpo exhaló su último aliento hace ahora diez años… Y poco después, tu mente esparció sus memorias al viento para así olvidar tan amargo trago. Yo soy aquella hija a la que nunca conociste. Ahora que al fin te he encontrado, yo misma te relataré tus recuerdos pasados, y también te ayudaré a escribir otros nuevos…

Su mano se entrelazó a la mía, y entonces contemplé ambas extremidades contiguas. Una tersa, de largos dedos lisos. La otra, una pasa herida… No, de ninguna manera podía ser ella mi Gabriela. Mi amor había muerto ante mis propios ojos hacía ya mucho tiempo. Jamás pude vivir con ello y sin ella… Y por eso agradecí que mis memorias fuesen llevadas por el viento.

Era como si hubiese estado recorriendo un túnel desde hacía demasiado tiempo, tanto que había olvidado su principio, y si me dirigía hacia algún final. Mis ojos veían sin comprender porque aquella bella mujer lloraba a lágrima viva sobre mi hombro. Traté de consolarla… Pero ni siquiera recordaba cuando había llegado a mi lado…

Hoy fue mi nacimiento. Pero mis manos arrugadas pegadas al tibio cristal del ventanal, me indicaban burlonas que yo ya era un antiguo conocido del tiempo.

A mi lado, un niño de cabellos castaños y ojos verde esmeralda, jugaba en el suelo con su muñeco de trapo. No reconocía aquella estancia, pero era acogedora, cálida como el brillo del sol en la ventana, agradable como el mantón que alguien había colocado sobre mis adormecidas rodillas. Entonces irrumpió en la habitación una mujer muy agraciada. Su rostro sonriente se dirigió a mí tras tomar al niño en brazos. No sabía quién era… No había más recuerdos en mi cabeza que el calor del sol en el ventanal aquella nueva mañana.

Mis memorias debían hallarse muy lejos…diluidas en el propio viento. No se puede extrañar lo que se desconoce, aunque sí se pueda sentir su frío puñal en el alma. Clavado en el vacío de la mente, en ese lugar secreto en el que deberían alojarse recuerdos… Y sin embargo, no hay nada.

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Cuento: “Voyeur”- foro

Escrito por urbandino urbandino - 13/02/2010 - 2 opiniones

AUTOR: Javier Mariscal
PAÍS: Perú

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Ah, Marcela. No sabe que la observo desde aquí, no sabe que hace meses esta pequeña distancia entre nosotros es cada vez más breve. Pero algo distrae mi atención de su ventana: es el maldito olor, la exasperante náusea que me atrapa y que sacudo a manotazos sobre el cuerpo tumbado en la vetusta alfombra.

Este edificio es viejo, siempre ha sido viejo. Cuando llegamos recuerdo especialmente la cara de Néstor y Carlitos, haciendo gestos idiotas mientras iba de la mano de mi madre hacia las escaleras, casi conscientes de mi odio anticipado, de mi rabia. La puerta desvencijada no sabía contener los horribles murmullos, las largas tardes de niños corriendo y gritando en el pasillo, niños distintos, tan distintos a mí, decía mamá. Sé que mi palidez les asustaba o molestaba, huí más de una vez de una rencorosa y gratuita paliza en las escaleras, crecí eludiendo miradas de soslayo. Y mirando de soslayo también.

Néstor supo que lo odiaba el día que cayó por las escaleras y se fracturó el brazo. Recuerdo a mamá gritando, golpeando, diciendo algo sobre mi podrida herencia, la herencia de un padre que yo jamás vi. No le repliqué en ese momento, pero sabía de sus impulsos; la sorprendí con frecuencia cortándose el cabello a tirones con una gillette, o mordiéndose la mano izquierda, llorando sentada en el suelo de la cocina. Sabía que en esos momentos no debía dejarle verme; todavía llevo algunas huellas de su cólera en los brazos y en la espalda, y no me atrevo a entrar en su cuarto por las noches, aun cuando murió hace tres años. El cuarto está idéntico a como lo recuerdo de niño, incluso el agobiante aroma de incienso y madera vieja que no sé cómo arrancarme de las narices cuando se me impregna, y entonces froto mi rostro contra la tela de los muebles y las cortinas y el piso y descubro ese otro olor antiguo de la casa.

No me quedé nunca ciego, ¿eh, mamá? Por más que lo gritaras cien veces cada vez que entrabas a mi cuarto y me hallabas pegado a la ventana, mirando a través del tragaluz hacia la habitación del piso inferior, descubriendo los secretos de una niña convirtiéndose en mujer: ah, Marcela. Sé que sabías que observaba. Sé que te desvestías esperando que en el resquicio entre la cortina y la pared estuviera mi ansiosa mirada puesta en ti, sé cuanto te place torturarme. Nunca pude hablarte, nuestro único intercambio fue una imprecación tuya, al subir las escaleras y tropezar contigo, ¿recuerdas? Me insultaste sonriendo, maliciosa y segura de ti, de tu poder sobre mí. Corrí a mi cuarto, alcancé apenas a llegar para vomitar. Esa noche observé por primera vez tu entrega a un muchacho del edificio, obscenamente abiertas las cortinas y tu boca.

Todos odiábamos a tu madre: melindrosa y pérfida, arpía prestamista, peleaba con cada vecino por una razón distinta; le gritaba a quien pudiera gritarle y esparcía sucios rumores a diestra y siniestra, se solazaba en comentar la supuesta locura de mi madre. Sé lo que decía sobre el “cara pálida”, el niño con el ojo malo del último piso. ¿Qué le importaban mis ojos? Nunca hablé de los rumores que se gritaban casi, sobre su pasado promiscuo y esto y lo otro, sobre una hija que le seguía los pasos y se acostaba con medio edificio. Lo que no soporté fue que golpeara a mi puerta y que a voz en cuello me reclame, por fisgón y asqueroso y pervertido y no sé cuánto más, el día en que me descubrió robando tu ropa interior del tendedero. Me escabullí hacia mi cuarto velozmente, pero me persiguió con la voz chillona y angustiante que tan mal ponía a mamá, y no supe en qué momento la arrastré hacia dentro y la golpeé secamente contra la columna, oyendo ese ruido de tablón crujiendo, callándola por fin, casi satisfecho. Han pasado más de dos días, sé que la están buscando, hoy temprano espié la agitación en tus manos mientras hablabas con los dos hombres de verde.

He decidido dejar el cuerpo en el cuarto de mamá, vestirlo con las ropas que aún quedan de ella e imaginar que es una segunda muerte, un segundo e irónico suicidio. Tal vez el olor se entremezcle con los aromas de madera rancia y zapatos viejos que gobiernan la tétrica habitación. Y voy a quedarme pegado a la ventana. Si es que tengo poco tiempo para disfrutar de esta soledad, quiero que lo pasemos así, juntos (yo mirando, tú dejándote mirar). Si solamente pudiera contener la peste, y los impertinentes rumores que hoy temprano empezaron a colarse por debajo de mi puerta. ¡Claro que yo la odiaba!

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Cuento: “Verónica”- foro

Escrito por urbandino urbandino - 11/02/2010 - Una opinión

AUTOR: Danny Echerri
PAÍS: Cuba

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La barriga se infla como un globo. Las piernas están salpicadas por lunares de fango; unos lunares que van hasta los tobillos. Nadie sabe de donde salió Verónica. Con su mirada de perro san bernardo. Su pelo que sostenía basuritas y mostraba horquetillas de un rojo pálido, como de alambre fino.

Verónica se apareció en el antro hace más de cinco meses. Ajena a las miradas de burla. Con un brazo enyesado se paró en el centro. Se quitó la ropa y comenzó a cantar en su jerga. Levantaba el brazo del yeso hasta los ajustadores, y dejaba ver los garabatos, como tatuajes en una estatua.

Yo estaba atrás y retuve su voz, que se deslizaba por mi cabeza confundiéndose con risas y aplausos, otra, otra, otra, todos gritaban, hasta que la sacaron desnuda y le dijeron borracha, no hagas más esos espectáculos.

La mirada de Verónica no tiene matices. El contacto con los otros es a través de su voz desafinada, y de sus estridentes silbidos. Ella nunca me miró. Pero dejó que la tomara de la mano y permitió que le acariciara los tatuajes del yeso, que la levantara y la guiara hasta mi casa. A mi pedazo de tablas cubierto por tejas.

No puso resistencia cuando toqué sus muslos verdes, como pan enmohecido. Su sexo esponjoso. Avinagrado por el sudor y la fatiga. Dejó que el agua de la ducha recorriera su cuerpo, y poco a poco el brillo de su piel se fue apagando. El verde de sus muslos roció las losas del piso. Los lunares de las piernas saltaron como escarabajos nocturnos en la luz.

En la cama, Verónica cantaba sus letras incomprensibles. No me detuvo. La abracé y dejé su yeso en mi espalda, estrujándome. Ella repetía sus palabras. Cantaba en su idioma, en la lengua que se inventó. Su tono monocorde en mi oído, yo más adentro de ella.

La levanté. Ella se puso la ropa y se fue a la calle. Esperaría la noche para volver al antro. Para subir sus manos hacia los senos caídos, deprimidos por el tiempo.

Ahora canta de nuevo. Pero no la dejan quitarse la ropa. Nadie sabe lo que pasó. Tampoco Verónica sabe que me siento obligado a cantar en su idioma, la jerga que me dijo en el oído no me canso de repetirla. Estoy dentro de su globo, tal vez un poco más pequeño, pero ese globo también soy yo.

El yeso sigue en su brazo, y el piso del antro le devuelve los lunares que le quité. El tiempo la vuelve a cubrir de verdes, y micelios y esporas que invaden su anatomía. A mi dejó unos cuantos piojos que murieron en la primera cura.

En estos momentos, cuando todo el mundo ríe y pide otra, otra, otra, que se quite la blusa. Se convierte en la misma que conocí hace cinco meses, cantando desde dentro y aunque no lo entienda, no se va de mí.

No obstante. Su canto a ratos, se me confunde, no me parece el mismo. Detrás se escucha un metal diferente, bajo, como un eco que le sale por las orejas, los lagrimales. Un eco que voltea y se agita, preso entre el abdomen y la espalda.

Ella lo percibe también. Se tapa la boca, y escucha, debe estar escuchando ese eco que la hace parecer ventrílocuo. Solo yo lo noto. El eco logra articular palabras. Verónica me ha dejado su idioma en mi cabeza. Yo por mi parte le regalé el mío, que le infla su barriga como un globo. La gente se ríe: “quién habrá sido, verdad que hay gente para todo”. Nadie tiene por qué enterarse. El eco en su barriga no soy yo. Pero bueno, es casi como si lo fuera.

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Cuento: “El señor de los peces”- foro

Escrito por urbandino urbandino - 10/02/2010 - Nadie opinó aún

AUTOR: Zoran Vranjican
PAÍS: Bolivia

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No podía dejar de pensar en ella. En sus ojos, su voz, sus besos vibrando aún en mis labios y no sabía que fuese la última vez. El invierno azotaba la noche con una ventisca tormentosa que se sentía igual de gélida a pesar del calor que manaba del motor. Un relámpago iluminó la carretera mientras conducía hacia la casa del lago. Creo que la amaba.¿Lo notó? Me temblaban las extremidades y la lluvia copiosa no dejaba ver el camino cuando comencé a percibir que el mundo se volvía lento y la carretera se fluidificaba ante mis ojos. Mi cigarrillo se desintegró en plena mano y el cielo iluminado por otro rayo apagó mis sentidos. Pronto desperté de súbito en mi cama, sucio, mojado en transpiración a pesar del duro invierno en el sur y respirando agitadamente. Por la ventana amanecía. Vestí un pantalón y me abrigué lo suficiente como para salir a despejar la mente al lago. Baje las escaleras de húmeda madera y el olor fresco a mañana junto con el sol, que salía vergonzoso por entre las borrascosas nubes comenzaban a despertarme. Con el viento la puerta se golpeaba una y otra vez, y de la cocina se escuchaba la radio divulgando los desastres de la tormenta recién apaciguada. Se respiraba el típico aire frío, pero el lago se veía misteriosamente quieto. Sentí una especie de vibración en la boca, algo me decía que la llame, el lago podría esperar. Confundido marqué su número, y esperé en vano. Nadie contestaba. Probé repetidas veces hasta que la línea murió. Maldita tormenta y malditas conexiones. Golpeé el tubo telefónico frustrado, porque no contestaba y no recordaba nada de anoche. Recogí de la cocina la comida para peces porque no tenía nada más que hacer, cuando escucho al locutor en la radio: Esta mañana se ha encontrado una camioneta Chevrolet color verde volcada entre los árboles, al lado de la carretera… no se han encontrado a pasajeros… Salí escupido por la puerta para comprobar que mi camioneta había desaparecido. ¿Por que no podía recordar? Su nombre me daba vueltas en la cabeza una y otra vez, su rostro y su sonrisa, ella mirándome fijamente ¿por qué no respondía? Por la ventana se veía el enorme lago que de alguna manera me decía algo. Era como si su nombre se lo hubiera tragado la inmensidad del agua, su rostro quemaba en mi memoria. El timbre telefónico rajó el silencio secamente y me condujo a la realidad. ¿Ella? Corrí ridículamente desesperado a contestar, levanté el auricular y contesté nervioso. Nada. La línea muerta. Pensé en los peces al ver de soslayo la bolsa de alimento que había dejado, sentía una admiración tremenda hacia el mundo acuático, pero tenía una fijación especial por ciertas especies. Me disponía a alimentar los peces en el sótano cuando una prenda de vestir sobre el sofá me entumeció el cuerpo. Era su chaleco, en el sofá, donde nos habíamos besado ¿en la tormenta? Nada tenía sentido. No recordaba haberla traído acá, sin embargo aquellas imágenes sin sentido en mi mente de alguna forma insinuaban que me equivocaba. Me senté un momento, estupefacto, a recordar. El tiempo pasaba lentamente, y por la ventana las nubes auguraban lluvia nuevamente, y pronto. Permanecí inmóvil, por bastante tiempo, tratando de que algo tenga sentido mientras comenzaba la lluvia afuera. No podía hacer mas y decidí despejarme de toda esta confusión. Cogí el alimento para peces y bajé al sótano, prendí las luces y el acuario se iluminó de forma maravillosa. Los peces nadaban imperturbables, a pesar de los remordimientos, a pesar de la lluvia. Vi tirado en el suelo esta vez la ropa interior de Ema y los besos, las caricias, todo tuvo sentido. Un desagradable escalofríos recorrió mi espalda. Sin embargo, estaba orgulloso de mi acuario. Lucía simplemente hermoso. Brillantes y gallardas colas azules pululaban en el agua; rojos, amarillos, grandes, chicos, brillantes. La colección era exquisita. Fui poniendo alimento por encima de los tanques de agua que medían casi dos metros de alto, con ayuda de escaleritas laterales. Todos comían hambrientos, me causaba un extraño placer. Les di de comer hasta que llegué a las favoritas. Curiosamente no se abalanzaban al festín, casi como satisfechas. Entonces me senté a observarlas. Vi con repugnancia que una de las pirañas tenía un pedazo de ropa incrustada en sus dientecillos. Estaban satisfechas. Pensé en ella, en sus besos, su nombre y en la estrellada camioneta por el forcejeo de nuestro amor. Caminé al lago y pensé que las pirañas lucían hermosas hoy, simplemente hermosas.

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Tardes grises- poesía

Escrito por disfonia disfonia - 5/02/2010 - Nadie opinó aún

Una de nuestras jóvenes lectoras me ha enviado algunos poemas suyos y, como son de una calidad particular, he decidido publicar uno de ellos. Me complace que en su momento la Lagartija Emplumada haya sido el primer lugar donde Susan con 16 años, si no recuerdo mal, publicase por primera vez. “Mi vida siempre se ha resumido a sentir todo lo que se acerca, lo que se va y lo que vuela a mi alrededor”, afirma ella, y seguramente su escritura lo confirma.

TARDES GRISES
Por Susane Centellas

Me hundo en un conjunto de pliegues que borran el punto medio entre mi indiferencia y mi suicidio
No creo que existan límites dentro de este mundo de manchas blancas y negras
¿El color gris se habrá perdido en su propio recuerdo?

Siempre que vago por las calles veo rostros grises
ojos que caminan hacia la horca,
un destino disperso que se olvidó de escribir un final
la manzana que espera para concluir un árbol de ramas enredadas
¿Habrá alguien que mate al poeta que dejó inconcluso el verso que habla de la Vida?

Las manos del humano siempre despedazaron los gritos de los más débiles
anteponiendo sus deseos ante los excesos que ofrece la dama Noche
Viciosos del néctar prohibido incendiaron los pétalos de la misericordia
enterraron sus raíces al agua ácida y desahuciaron las lagrimas del sacrificio

Es para ellos que se afirma la existencia del destino
Es la cuerda que da vida al infortunio
las acciones humanas que dejaron frutos en desgracia;
la venganza, el odio, y la estupidez que se unieron al baile demoniaco
Esos bastardos hijos del paraíso perdido

Los ángeles nunca permanecieron vivos en este mundo,
es cierto, todos caminaron las veredas de nuestras mentes,
pero jamás lograron salvarse del despeñadero de los corazones podridos
No hay salvación para quien no es destructor,
No hay más que buscar que la desesperación dando su servicio nocturno

Cada amanecer estalla un veneno azul de nuestras entrañas
emociones que sólo logran escapar en ríos de sangre cristalina
ácido volátil que mata la garganta del hermoso gorrión de las mañanas
silenciando la canción que dibuja el paraíso
reemplazándola por la diabólica melodía que reúne mis instintos
Ésos que tocan noches de violín, los que dan pesadillas eternas

Ahora que la verdad ha sido revelada
que sea el color gris que, al fin, limite nuestra palabra
No será un beso para las heridas que la cadena ha dejado,
Ni el martillo que caiga en la burbuja de vidrio donde estamos refugiados,
Sólo la espada que limite nuestro camino,
la de los hombres grises que caminan en este mundo sin destino