Anónima- microrrelato

Escrito por estido estido - 26/01/2010 - 7 opiniones

Dios –tan insignificante en el universo, tan enorme en el templo–, a través de las palabras que siglos atrás dictase a algunos diligentes secretarios –santos todos, ahora–, y que, mucho después, gracias al ingenio humano –específicamente de un alemán, que inventó la forma de reproducir el enunciado divino, y también el humano, para que fuese leído por los que supieran, pudieran y quisieran hacerlo– se tornasen libro –best seller, por cierto, intitulado Biblia–, le había hecho creer que los últimos serán los primeros; y ella, en su ingenuidad e ignorancia –pero también, y es importante reconocerlo, con una fe auténtica, inmensa, de esas que, si bien no pueden mover montañas, por lo menos hacen tener la certeza de que sí pueden hacerlo–, sin considerar los contextos, aceptando literalmente la sagrada sentencia, se regodeaba en su miseria, esperando, con seguridad plena y fervorosa –ya que siempre había sido la última en todo, incluso por voluntad propia–, ser la primera cuando Dios decidiera escuchar las peticiones de sus creaturas, sin considerar –o haciéndolo, pero inmediatamente rechazando– que la vida –o mejor dicho, lo que en ella se aprende, que no es otra cosa, al fin y al cabo, más que una sumatoria de obviedades, comúnmente llamada experiencia–, se había empeñado en demostrarle –día tras día, evidencia tras evidencia, hasta agotarlas todas y, aunque en distinto orden, repetirlas nuevamente, igual que los argumentos, también uno tras otro, una vez su número finito–, haciendo abuso de la redundancia –exceso, en este caso particular, tan innecesario cuanto insuficiente–, que los últimos siempre serán los últimos y los primeros serán siempre pocos, más aún si quien pertenece a los últimos –tal era su condición– es amante de uno de los primeros, por ende, condenada al anonimato eterno, sin que este adjetivo califique exageradamente al sustantivo previo, pues siendo anónima no figurará –gracias a las influencias del amante, privilegio de los primeros– en registro alguno, siendo enterrada en una fosa común, sin lápida que acredite su paso por el mundo, luego de que, cansada de su ignota condición de divertimento extramarital, llamase a la casa del amante, para contar a la esposa –también de los primeros, obviamente– que era ella, una de los últimos, la causante de esa sonrisa post eyaculatoria con la que su marido llegaba a casa, inundado de un extraño buen humor que –al enterarse él del diálogo/confesión/denuncia/venganza que ella, la anónima, con desatino perverso inició, sostuvo y terminó, ocasionando una, indigna de su condición, pelea épica entre la pareja de primeros– cambió radicalmente, transformando la sonrisa extasiada en mueca iracunda, y las caricias clandestinas, en golpes brutales, hasta que –ya desvariando, oscilando entre la furia y el placer–, con todo el poder que los músculos otorgaron a sus manos –obesas e inmisericordes–, él apretase el delicado cuello de la fervorosa última y, así, diese por terminada la relación furtiva.

Creo, luego existo- ensayo

Escrito por disfonia disfonia - 21/01/2010 - Una opinión

Una reflexión sobre la “eficacia simbólica”

Las leyendas no cuentan mentiras, sino verdades de otra manera, de tal suerte que cambiar el registro no significa cambiar la contundencia de los hechos. Pero ¿qué son los hechos en realidad? o, mejor dicho, qué es “real” para que nuestro afán en su búsqueda se justifique. Dice Thomas, en su famoso teorema, que “si los individuos definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias”, y sin duda esta afirmación podría ser una fácil manera de relativizar y oscurecer allí donde cabría aclarar si disciplinas como la Antropología, no demostraran desde su saber que las creencias organizadas de forma coherente dentro una cultura tienen consecuencias tangibles para sus individuos; consecuencias que están lejos de la autosugestión, las apariencias de realidad o los engaños, al fin y al cabo.

La Antropología Médica, por ejemplo, sostiene que las enfermedades no son extrapolables de un contexto a otro, por lo que estar enfermo en Hong Kong no es lo mismo que estar enfermo en Rio de Janeiro. La enfermedad -el hecho de estar enfermo- es distinta, entonces, porque está siempre vinculada a la cultura. Esto no supone que un cáncer no sea un cáncer al cambiar de cultura, sino que su comprensión, tratamiento y curación cambiará de un lugar a otro haciendo que algunos logren curarse o sufrirse menos, mientras que otros no. La interpretación que se dé a una enfermedad, entonces, sólo puede ser desactivada en contextos determinados, es decir, allí donde opere lo simbólico, y a esto se llama “eficacia simbólica”.

Cuando Lévi-Strauss dice que el chamán y el psicoanalista curan por el lugar que ocupan, lo que en realidad está diciendo es que “un chamán no se convierte en un gran hechicero porque cura a sus enfermos, sino que cura a sus enfermos porque se ha convertido en un gran hechicero”. (Antropología estructural). Para el antropólogo belga, la falta de correspondencia con la realidad objetiva es lo que menos importa, puesto que lo que hace eficaz el trabajo de los chamanes -la cura- es “volver pensable una situación dada al comienzo en términos afectivos y hacer aceptables para el espíritu los dolores que el cuerpo se rehúsa a tolerar”, pero esto no significa reducir el dolor o resignarse al mal, sino insertarlo coherentemente en el mundo en el que se cree y sustenta la propia existencia para poder combatirlo. Así, los monstruos que invaden el cuerpo, los fantasmas que demandan algo, los espíritus benevolentes, etc., son parte del mundo que se habita mentalmente, pero el dolor no lo es. El chaman, entonces, hace comprender al enfermo, mediante una serie de palabras, fabulaciones o mitos qué es lo que se está librando en su interior y qué es lo que hay que hacer para retornar al estado de equilibro, y eh ahí la principal diferencia y paradoja, como dice Strauss, con relación a lo que pasa en nuestra ciencia occidental: Para la medicina científica, estos seres animados son suplantados por secreciones, microbios o virus -existencias comprobadas-, pero saberlo no nos cura. Según nuestro antropólogo, la razón de la ineficacia de este conocimiento está en que “la relación entre microbio y enfermedad es exterior al espíritu del paciente, es de causa a efecto, mientras que la relación entre monstruo y enfermedad es interior a su espíritu, consciente o inconsciente: es una relación de símbolo a cosa simbolizada o, para emplear el vocabulario de los lingüistas, de significante a significado”. En otras palabras, lo que sana a un enfermo es generar una narrativa coherente, un escenario, un mito, una explicación aceptada por él mismo, que permita desbloquear el proceso fisiológico afectado, y para eso el Chaman, es la clave. Pero ¿qué es un chamán? ¿Cualquiera nos será igualmente útil? ¿Dónde encontraríamos uno en esta sociedad moderna, que lograra poner en marcha esa eficacia simbólica en los habitantes urbandinos? ¿Cómo evitar conformarnos con un elaborado ardid de sugestión o un placebo?

Seguramente el psicoanálisis es una de las respuestas actuales más inmediatas, puesto que el analista, al igual que el chaman, con las diferencias del caso, buscará facilitar en el paciente una narrativa propia que permita “formular” -diría Strauss- “una situación inicial que había permanecido informulada”; es decir, darle coherencia y orden dentro la mitología personal.

Lo interesante del caso, es que esta figura del encantador, absolutamente eficaz y completa en la persona del chaman, se replica en muchos sentidos en sociedades como la nuestra, puesto que tradicionalmente vivimos aceptando realizar encantamientos y ser encantados, o ¿es que vamos a negar ahora nuestras prácticas nada científicas y más bien sobrenaturales?

Así, Alasita, por ejemplo, es una fiesta que posibilita poner en ejercicio esta capacidad de manipular las ideas a través de símbolos. En nuestra fiesta paceña, todo está en lugar de algo, todo representa, todo es referente, y las cosas son reales en tanto estemos dispuestos a esperar que suceda lo que no solamente deseamos, sino creemos posible. La eficacia simbólica es algo más complejo que “tener fe”, la cual evidentemente es parte estructurante del hecho. No es ilusión, placebo o engaño, sino una forma determinada de creer que hace eficaz el resultado. Más interesante todavía es que incluso podemos ser creyentes practicantes de una religión, potenciando nuestra fe en la divinidad, a partir de una mitología propia que bien articulada refuerce el sentido de la llegada de lo que esperamos (Si yo hago y digo esto así, Dios me lo va dar…).

Estoy convencida que la gente que hace “realidad” sus sueños comprando en pequeñito, no es aquella simplemente creyó que esos objetos serían posibles porque su deseo era grande, sino quien dotó de coherencia a su deseo, viviendo el mito recibido o producido, como dice Strauss, de forma eficaz. Esa, además, es una de las características más interesantes de nuestras fiestas “paganas”; es decir, su capacidad de articularse a una cosmovisión mayor de forma feliz, para quien no se empeñe en encontrar entuertos, que incluso bien usados podrían hasta ser provechosos al agnóstico, poniendo a funcionar su propio mecanismo simbólico negado, y por tanto, hacerlo eficaz. ¿No decía Rimbaud que una metáfora podía cambiar el mundo?

Casi un sueño- microrrelato

Escrito por Hefesto Hefesto - 15/01/2010 - Una opinión

sueno-dali

Las personas, los muebles y las cosas que me rodeaban fueron desapareciendo hasta dejar aquel cuarto vacío. Pronto fue el turno de las paredes, que se fueron evaporando al tiempo que el suelo, hecho de tercos tablones de madera, resistía increíblemente. La noche, una noche universal, se hizo alrededor. Sobre los tablones se proyectaba una isla de luz, una columna de neón en la cual –fue una decisión instantánea– me metí de cuerpo entero. Me asombró el hecho de que mi cuerpo permaneciera allí, intacto, como si hubiese encajado una pieza de puzzle en la luz. En ese momento vi unas formas flotando en la oscuridad circundante: decían algo, movían manitas gelatinosas, sin atreverse a acercarse demasiado. Parecía una invitación a la noche, pero no me moví de mi sitio: yo también tenía miedo. De pronto, entre ellas, creí reconocer a un pariente querido. En vano traté de zafarme. Atenazado por la luz, impotente, vi alejarse esas formas ágiles mientras crecía un ruido de roldanas. Levanté la vista, pero entonces cayó algo duro, macizo. Pesadísimo. Los tablones del piso temblaron contra mi espalda. Luego, un ruido de clavos, los gusanos, estos huesos, tal vez la eternidad.

Menos amarillo, más ácido: el “Home sweet home” televisivo- microensayo, opinión

Escrito por estido estido - 11/01/2010 - 6 opiniones

Gabriel Arraya, boliviano, vive casi una década en Estados Unidos. Hace labores de jardinería en un poblado suburbio de Virginia, actividad que le permite ganar lo suficiente como para cubrir sus gastos y, además, mandar algunos dólares a su familia. Pero, ya que la vida de Gabriel no es muy interesante, aprovechemos el espacio para hablar de algo más.

Entre las antiguas series televisivas cuya temática gira entorno a la convivencia familiar, quizá “La pequeña casa de la pradera” ocupe un sitial de privilegio en la memoria del público, ya que en ella se explota al máximo el imaginario de la familia perfecta. Charles y Caroline Ingalls conforman la pareja ideal, son, como se dice, el uno para el otro; tan trabajador él como ella, tan bondadosa ella como él, tan amorosos, honestos y nobles los dos. Sólo Charles merece el amor de Caroline, y ella es la única a quien él podría amar; en cierto modo, los une la imposibilidad de querer a otro (como pareja). En la familia Ingalls todo es amor, comprensión y solidaridad; se prodigan afecto, se brindan ayuda… se aman, en resumidas cuentas.

La televisión gringa de esa época produjo varias series que reflejaban los “problemas” cotidianos de la típica familia norteamericana (“Ocho son suficientes”, “El show de Bill Cosby”, “Lazos familiares”, “Blanco y negro”, etc.). En todas ellas, además de la felicidad, el común denominador era el mensaje positivo que enaltecía valores humanos necesarios para la unión y estabilidad hogareña.

En ese contexto, fue una apuesta arriesgada producir y emitir “Married with children” (Matrimonio con hijos), serie que rompió esquemas al ofrecer una visión completamente opuesta al “Home sweet home”, combinando sátira y humor negro para representar la convivencia diaria de una familia norteamericana: los Bundy.

Si Charles y Caroline son la pareja perfecta, Al y Peggy son la antipareja perfecta. Como los Ingalls, los Bundy son el uno para el otro, pero por motivos inversos. Al es holgazán, desidioso, cínico, deshonesto, defectos que comparte con su esposa; ellos no están juntos por la imposibilidad de querer a otro, sino por la imposibilidad de que otro los pueda querer. En la familia Bundy, la mezquindad, las frases hirientes y las burlas son pan de cada día; entre sus miembros no parece existir ningún lazo afectivo; de hecho, Al repudia el cuerpo de su esposa y elude la intimidad conyugal constantemente. Sin embargo, nunca cede a la tentación de echarse una canita al aire, pues, más allá de la sátira, de los antivalores, de la mirada crítica, las transgresiones de “Married with children” tienen un límite: la santidad del matrimonio. Esto devela el mensaje subliminal de la serie: si cometiste la estupidez de casarte, ¡te aguantas las consecuencias!, pues un hogar jamás debe desintegrarse.

Dos años después de la aparición de los Bundy, la televisión nos presentó a otra familia poco convencional: los Simpson. Marge y Homero son la pareja dispareja; él es tonto, envidioso, egoísta, flojo, inculto… (añádanle cualquier defecto, seguro lo tiene), mientras que ella es, en resumen, todo lo contrario. A diferencia de los Ingalls y los Bundy, que sí son tal para cual, los Simpson no tienen nada en común (fuera de los hijos, claro). Entonces, ¿qué los mantiene unidos? El amor que se tienen, dirán algunos, pero me parece que eso no basta para soportar la vida con el cerdo de Homero (para amarlo, Marge debe tener mucho corazón; para acostarse con él, mucho estómago).

En cierto episodio, harta de las estupideces que comete, Marge expulsa de casa a su cónyuge. Al borde de la locura e indigencia, Homero realiza un último intento por recuperar a su esposa, diciéndole: “Te ofrezco lo que nadie más puede ofrecerte: ¡total y absoluta dependencia!”. Así descubrimos qué es lo que une a esta pareja dispareja: él depende de ella y, en realidad, todo depende de ella. Es decir, el pilar de ese hogar clase media norteamericano es la mujer que asume el rol de ama de casa, resignando sueños o ambiciones en pro de la unión y estabilidad familiar.

Con similar receta, una década después surgió otra familia “animada”: los Griffin. Peter –tan feo y defectuoso como Homero– junto a Lois –tan abnegada y cándida como Marge– son otra pareja dispareja, a la que se suman personajes inusuales –como Bryan, un perro que habla y posee gran cultura, y Stewie, el hijo menor, un sociópata en potencia que está empecinado en matar a su madre– para dar forma a “Family guy” (“Padre de familia”). La diferencia entre esta serie animada y su predecesora podría definirse, básicamente, tal como explican los productores: “Family guy” es “menos amarilla, más ácida”. Sin embargo, el punto en que convergen sus respectivas tramas es el rol que asignan a la esposa: ama de casa, pilar del hogar.

Si en “Married with children” el mensaje encubierto iba dirigido al hombre, en “Los Simpsons” y “Family guy” se dispara el dardo moralista contra la mujer, pero con un giro radical: si cometiste la estupidez de casarte con un estúpido… no lo abandones, pues él depende de ti; tú eres la reina del hogar, no abandones a tus súbditos. Al Bundy asumía el matrimonio como una condena que debía cumplir; Lois y Marge lo asumen como una elección que les proporciona algo próximo a la felicidad. En todo caso, las tres series mantienen la ilusión, cada cual a su modo, del “Home sweet home” gringo.

Lo cierto es que “Family guy” ofrece una visión más contemporánea, digamos, de las relaciones matrimoniales. El hogar se mantiene firme, pero sin que ello implique respetar a rajatabla los votos acordados ante el altar. De ahí, entre otras cosas, proviene su “acidez”. Por el contrario, “Los Simpsons” optan por una visión más conservadora (o más amarilla, como dirían los fanáticos de la otra serie). Comparemos dos episodios de ambas series para ejemplificar lo dicho:

1. Homero se siente atraído por Margo, una nueva compañera de trabajo, quien, además de ser bonita, tiene sus mismos gustos y vicios. Por una serie de casualidades, llegan a compartir la misma habitación de hotel, situación que hace crecer sus apetitos carnales, pero, en el último momento, Homero se echa atrás. El episodio termina mostrando a Homero y Marge, en el mismo hotel, a punto de hacer el amor. El giro moralista resalta y enaltece la fidelidad, el amor, el matrimonio, la familia…

2. Peter descubre en la cama a Lois y Bill Clinton. Ella, luego de pedirle disculpas, le dice que se debe acostar con otra para quedar a mano. Peter acepta, pero la mujer que elige es su suegra. Pese a no estar muy de acuerdo, Lois organiza la fantasía de Peter, convenciendo a su madre de participar en el enredo. Lois los deja solos y, cuando está a punto de salir de la casa, Peter la alcanza y le dice que no puede hacer el amor con nadie más que con ella, asegurándole que su infidelidad ha sido perdonada. El episodio finaliza mostrando a Bill Clinton y Peter en la cama; éste último dice: “Realmente eres bueno”. El giro ácido profana los valores inculcados y defendidos por el “establishment”, además de sacar ronchas a los moralistas, homofóbicos y demás; no obstante, es incapaz de amargar la dulzura del hogar ni corroer los cimientos del matrimonio.

Pese a que, en distintos grados, “Married with children” y las dos series animadas ofrecen una visión crítica respecto la sociedad estadounidense, jamás ponen en duda el “sueño americano”, sobrevalorado al extremo en sus respectivos argumentos, pues las tres plantean que un hombre inculto, sin educación, sin talento, sin buena apariencia, con un empleo mediocre, puede mantener a su familia sin apoyo económico de la esposa, tener casa propia, auto y todas las comodidades del mundo moderno.

Así, con amor o sin este, desde la dulzura empachosa de los Ingalls, hasta la acidez corrosiva de los Griffin, la televisión gringa produce enlatados que distribuye en varios países, especialmente en los del tercer mundo, promocionando el “sueño americano” implícito en el “Home sweet home” que reflejan.

Gabriel Arraya, vio todas esas series y, siendo él mejor parecido que Al Bundy, teniendo un título universitario e incluso gran cultura universal, asumió, hace ocho años, que en Norteamérica podría tener las oportunidades que su país natal no le había ofrecido. Allí trabajaría duro hasta pagar la primera cuota de una casa, donde volvería a estar junto con su familia para disfrutar las bondades del “establishment”. A fin de nunca olvidar esa meta, destinó cinco dólares de su primer salario a la compra de un adorno, que en cuatro o cinco años, calculaba, colocaría en el lugar más visible de la sala, ayudado por su esposa, cuando, ya reunidos, tomasen posesión de su nueva casa y el “sueño americano” pasase de lo onírico a lo real.

Hoy, como todas las noches, al volver al estrecho departamento que comparte con dos compatriotas, tres dominicanos y un panameño, miró el adorno durante algunos minutos: un cuadro que lleva inscrita la frase “Home sweet home”. Abrazándolo contra el pecho, cayó dormido profundamente; necesita descansar, pues mañana debe continuar arreglando los jardines de los Bundy, los Simpson, los Griffin…

Marcos o el símbolo de una seductora forma de luchar- microensayo, opinión

Escrito por disfonia disfonia - 7/01/2010 - 2 opiniones

La revolución no debe tener un rostro. Es un imaginario posible, un paisaje que se completa con el rostro amado, según Deleuze. Y es eso lo que precisamente ha venido haciendo sin querer queriendo –como diría el Chavo- el Subcomandante Marcos, devenido objeto del deseo sexual de cuanta mujer simpatiza con la causa y lo ve por televisión, como si en esto o contra esto también estuviera dirigida la lucha. ¿Acaso se puede amar una sombra, un medio rostro, un paisaje revolucionario?

Lo interesante del caso es que sinceramente dudo que su club de fans, incrédulo o ignorante de mayores ideologías más allá de la seducción que ejerce este mostrar apenas, velando el resto que (nos) fascina -porque permite imaginárnoslo-, esté preparado para ver su rostro descubierto, si en el fondo la clausura de lo real es la que revolotea nuestros suspiros. La clausura de todo, menos de aquellos ojos, y su voz. Ojalá nunca se quitara el pasamontañas, lo deseamos con toda sinceridad. Preferimos imaginarlo. Para qué verlo si sus ojos que cambian de color al compás de la luz –la prensa también lo ha dicho- nos bastan; si escuchándolo hablar ya hemos imaginado lo que quisiéramos escuchar, y más.

Es realmente interesante cómo se configura el deseo. No se me viene a la mente un símil femenino, una enmascarada que apure en grado similar los corazones, porque She-ra, Gatúbela, la Mujer Maravilla, etc., muestran -muestran mucho- y precisamente por eso son deseadas, pero Marcos no. Así, la figura del enmascarado es una figura que desde niñas hemos conocido con Batman, El Zorro, etc.; héroes que deben ocultar su identidad y nos enamoran pese o por eso mismo. Qué manía de amar lo incierto, lo desconocido, lo inaccesible y misterioso pero, si nos preguntan, la boca se nos llenaría de adjetivos para justificar esta loca atracción, porque al final de cuentas, lo cierto es que Batman y El Zorro eran hombres guapos, cuyo desenmascaramiento en todo caso servía para ganar adeptos, confirmando que la belleza de sus actos era el eco a una belleza física particular. Sin embargo, el caso de Marcos es distinto o, digamos, especial. Su rostro es el de un desconocido, por lo que le pediríamos encarecidamente, una vez más, no desprenderse de su pasamontañas, que así es perfecto. Perfecto en cuanto icono que sabe cubrir y velar para mantener el deseo.

Podemos, haciendo uso de nuestra imaginación irrestricta, soñar con que lo conocemos y que nos rapta (con la violencia justa y necesaria), y que le vemos la cara y que nos gusta, y que nos enamora, y que deja a todas sus posibles amantes por nosotras, y que deja de paso la guerrilla y se convierte en un amante, protector y ejemplo de compañero y padre, y… Ese sueño siempre terminaría descolgado y sin posibilidad de un final… agradable, porque la verdad es que esa última imagen no calza con la naturaleza de nuestro amado, por lejano, Marcos.

Sor Juana decía que el verdadero amor es el no correspondido, ya que en tanto no espera nada del otro, ninguna reciprocidad, ningún hacer, es perfecto. ¿Será entonces, que las seguidoras de Marcos nos perfeccionamos en el arte del deseo?, ¿que estamos un peldaño más arriba?, ¿que estamos aprendiendo a amar? Vaya uno a saber. Lo cierto es que el mito del amor cortés se repite hasta nuestros días y es carne en nuestras carnes. La imagen del enmascarado guerrillero postmoderno todavía es capaz de sacarnos de nuestra agobiadora cotidianeidad. Si yo llego a verlo en la tele o veo una foto suya en la prensa, lo admito: detengo todo afán para perderme en el misterio de lo que hoy en día es el símbolo de una seductora forma de luchar.