El hecho más importante del 2009- crónica, opinión

Escrito por estido estido - 29/12/2009 - 4 opiniones

Uno a uno, en la pantalla del televisor van desfilando los canales que ofrece el cable, hasta que la diminuta indumentaria de tres bailarinas (¿modelos?) me obliga a darle descanso al control remoto. Tras breves segundos recorriendo en primer plano las curvas de las muchachas, tal vez a la caza de algún un upskirt fugaz, la cámara se desliza bruscamente hacia un costado para enfocar al rollizo conductor del programa.

Estoy a punto de proseguir el zapping, pero el discurso –casi proselitista– del tipo capta mi atención: “¿Quién dice que los programas juveniles son vacíos? El que dice eso no está insultando al productor, al conductor o al canal, sino a los jó-ve-nes. Pero no hay que dar importancia a esos comentarios de la gente caduca; ellos creen que los jóvenes no podemos combinar música, danza, canto, diversión, con cosas serias. Pues están equivocados y ahorita mismo se lo vamos a demostrar. Hoy, ustedes, nosotros, todos los jóvenes que siguen este programa, vamos a elegir el suceso más importante del año que ya termina…”.

Sin explicar los criterios que determinaron su selección, el conductor enumera cinco eventos que serán sometidos a votación –vía SMS, como ya se ha vuelto norma, a un peso el mensaje–, para demostrar a la “gente caduca” que la teleaudiencia juvenil puede opinar sobre temas serios: “Si te parece que la muerte de Michael Jackson fue el principal acontecimiento del 2009, envía MJ al 1331; si crees que fue el sorteo del Mundial 2010, manda SM. Si opinas que lo más importante fue el concierto de Daddy Yankee, manda DY; MC, si crees que lo más relevante fue la inauguración del Megacenter. Finalmente, si te parece que la separación de PK2 fue el hecho más llamativo, envía PK”.

De inmediato, la juventud comienza a “opinar” y, al cabo de dos horas, el conductor treintañero del programa juvenil anuncia: “Atención, Bolivia, la juventud se ha pronunciado, ha hecho conocer su opinión, ha dado su parecer y, evaluando los sucesos que fueron noticia de portada durante el 2009, considera que el más importante ha sido… –redoble de tambores; las bailarinas hacen muecas de intriga; el conductor desdobla el papel que tiene en las manos y lee–: ¡La inauguración del Megacenter!”.

No sé qué es más absurdo: las cinco opciones planteadas por el programa, que dos mil setecientos dieciocho jóvenes (2718 SMS) eligiesen una de ellas o la interpretación que un psicólogo (si lo era) hizo del resultado de la votación: “Es evidente que los jóvenes ya tienen un criterio formado respecto al mundo que les rodea, por eso eligieron un suceso estrictamente económico y no aquellos que están relacionados con la música, por ejemplo. Está claro que los jóvenes rescatan la inversión privada en el país como el principal acontecimiento y eso habla muy bien de su madurez…”. Y claro, esa “madurez” fue premiada por el patrocinador del segmento: entre todos los mensajes, se sortearon 20 pares de entradas para el Megacenter.

Los adolescentes no son estúpidos, pero los productores de ese programa parecen creer lo contrario. Sólo así se explica que hayan propuesto eventos menores –por no decir intrascendentes–, omitiendo aquellos que sí representan hitos históricos –la reelección de Evo Morales, el primer presidente afroamericano de Estados Unidos o la cumbre mundial de Copenhague para decidir el futuro del planeta, por citar algunos ejemplos–, lo cual hace que el discurso introductorio del conductor se convierta en una triste paradoja, si es que, desde un inicio, no fue una ironía maliciosa.

Aunque lo anterior puede quedar en el ámbito de lo anecdótico y, por tanto, no merecer mayores comentarios, lo cité porque es un ejemplo que ilustra cuánto subestiman los medios de comunicación la capacidad mental del ciudadano común. Como nos consideran simios amaestrados, no se preocupan por ejercer su labor con el profesionalismo debido. Desde el vocabulario limitado de la mayoría de los conductores, pasando por los errores de redacción y ortografía en la prensa, hasta la falta de rigor investigativo en el seguimiento y difusión de noticias, los medios nacionales ningunean nuestra inteligencia cotidianamente.

Por otra parte, la “elección del hecho más importante del año” también es una pequeña muestra del escaso valor que los medios le asignan a la opinión del público. Como nos consideran simios amaestrados, creen tener el derecho o, es más, el deber de imponernos su punto de vista, de “encaminar” nuestra opinión. Así, los productores del programa juvenil tuvieron la gentileza de proponer cinco opciones, a fin de no provocar la fatiga mental de su teleaudiencia o evitar que algunos hicieran el papelón –si la encuesta hubiese sido abierta– de mencionar hechos insulsos, como el Nobel de la Paz otorgado al presidente norteamericano.

No obstante, en favor de esos productores, hay que destacar su sutil, cuasi respetuosa, forma de guiar la opinión del público, pues consiguieron que los jóvenes “opinaran” –sugestionados por la posibilidad de ganar entradas– que la inauguración del Megacenter fue lo más destacado del 2009, respetando su derecho a pensar de manera distinta (de cinco maneras distintas, específicamente). Esto es destacable si se considera que en programas “serios” no hay tantas opciones.

En la red Unitel, por ejemplo, tras la detención del entonces prefecto de Pando, Leopoldo Fernández, invitaron a varios “opinólogos” para que compartiesen sus sesudas reflexiones sobre el hecho; todos coincidieron en que el gobierno estaba actuando de forma dictatorial y condenaron unánimamente a las autoridades del Poder Ejecutivo. Entonces, el conductor del programa tomó el micrófono para dirigirse a la teleaudiencia: “Acabamos de escuchar el parecer de los analistas invitados, pero, como siempre, usted tiene la última palabra. A partir de este momento, pueden enviar mensajes de texto para expresar su opinión sobre el tema. Si le parece que el gobierno procedió contra las leyes, envíe S al 3434; si opina lo contrario, mande N”. De más está decir que, como era de esperarse, la mayoría “opinó” S.

Hace poco, días antes de las elecciones, en el programa “No mentirás”, de la red PAT, se consultó la opinión de los televidentes sobre un asunto que, seguramente, el canal consideró de suma importancia para el país: el supuesto juicio que el presidente Morales iniciaría a La Prensa, debido a la publicación de una nota sobre la precaria situación en que estaría viviendo el hijo del mandatario. Lógicamente, la conductora del programa hizo referencia a la libertada de prensa, al abuso de poder, etc., mientras el generador de caracteres presentaba en la pantalla extractos de dicha nota, como también frases sensacionalistas en letras mayúsculas (“EL HIJO DE EVO VIVE EN LA MISERIA”, por ejemplo). El programa se basó exclusivamente en la información publicada por La Prensa, sin preocuparse por realizar su propia investigación para constatar si, en primer lugar, lo dicho sobre el hijo del presidente era cierto, y en segundo, si Evo Morales, efectivamente, había amenazado con procesar a ese matutino.

Lo peor de todo es que en la televisión boliviana, y la prensa en general, es habitual que se transmita información parcializada, subestimando la inteligencia de la ciudadanía, como si no fuésemos capaces de darnos cuenta de las intenciones políticas que manifiestan. En este sentido, el caso más lamentable quizá sea el del canal estatal, que en realidad nunca fue “estatal”, sino gubernamental. Así, el canal 7 es un instrumento de propaganda y adoctrinamiento, cuando debería ser el principal ejemplo de conducta ética y objetividad periodística. Entonces, ¿qué se puede esperar del resto?, sobre todo, considerando que son mantenidos con capitales privados y no con recursos del Estado.

De alguna manera, la politiquería boliviana se traslada a las pantallas, hay un canal oficialista y varios canales de oposición, lo cual va en desmedro de la ciudadanía, ya que vivimos desinformados o, peor incluso, con la ilusión de saber todo lo que pasa, agradecidos por la libertad de expresión que la democracia ha generado, ignorantes del manoseo mediático al que nos someten a diario.

Quienes tenemos la suerte de contar con servicio de televisión por cable podemos evadir la mediocridad local, aunque eso representa no saber absolutamente nada de lo que ocurre en el país. No obstante, así como están las cosas, ¿quién puede asegurar que sabe algo? Los que saben, no nos lo dicen, o lo hacen, pero dándonos una versión parcial(izada) para que nuestra opinión sea la que ellos quieren que sea.

Entonces, resignémonos a saber que el evento más importante del año fue la inauguración del Megacenter. Total, si lo dijo la televisión, así debe ser, ¿verdad?

De lo asombroso a lo siniestro- microensayo, opinión

Escrito por disfonia disfonia - 25/12/2009 - 2 opiniones

Una breve reflexión sobre el talento

Acabo de tener conocimiento, gracias al youtube (http://www.youtube.com/watch?v=xwBww_pi1c0&feature=related), de estos niños rusos de ¿cuatro?, ¿cinco?, ¿seis años?, protagonistas de un espectáculo que circula como “maravilloso” en muchos sitios web. No sé si “maravilloso” sea el término, pero “impresionante”, seguro. Se trata de dos pequeños que realizan acrobacias, pruebas de fuerza levantándose de manera impresionante uno al otro, y bailando con la gracia levemente torpe de un niño de esa edad- esa que justamente los hace adorables- sumada, sin embargo, a una fuerza descomunal para criaturas tan pequeñas.

Hablando sobre el tema, he confirmado lo normal de estas prácticas en Rusia, China y algunos países, ex soviéticos en su mayoría. Aparentemente este duro entrenamiento desde edades así de cortas es común. No obstante, muy común no debe ser cuando estos nenitos se presentaron en un programa de televisión mostrado lo que eran capaces de hacer -y no ejercicios de entrenamiento para algún día llevar a cabo el espectáculo que presentan-, pretendiendo ganar un concurso en Rusia estilo American Idol, en su versión todo vale.

Bien merecido lo tendrían, porque es sin duda impactante; sin embargo, no dejo de percibir en medio de la inocencia y la, llamémosle, ternura que despiertan, un toque de lo siniestro. Lo que maravilla en realidad es la edad de los niños haciendo ejercicios a cualquier edad costosos, verlos comprometidos y responsables mostrando que es posible y que no cuesta nada ejercer ese domino sobre el cuerpo, la fuerza y el propio peso, a la manera de un juego disciplinadamente logrado: “Mira como levanto a mi hermanita con una mano, y de paso yo me sostengo con un solo pie”. Resulta que eso había sido posible -y nosotros tantos años sin saberlo-, así como posible es que una niña de once años quede embarazada y sea madre o que un niño de esa edad porte un arma y juegue a Rambo. De esta forma se abre un espacio entre la ingenuidad y la deformación de lo natural que alienta la cultura en su propio nombre.

Freud definía lo siniestro como aquello que siendo familiar debería permanecer oculto, demostrando que el ser humano se familiariza con las cosas a partir de aquello que ve, pero también, y de manera más profunda, a partir de aquello que no ve. Por lo tanto, las cosas que para nosotros son bellas, inocentes, sublimes, etc. lo son en vista de lo que no se ve, antes de lo que sí se ve en ellas. Borges decía al respecto que “el efecto estético es la inminencia de una revelación que no llega a producirse”. Es decir, las cosas bellas, nefastas, aceptables, crueles, etc., nos con-mueven más por lo oculto que guardan, por su propio misterio, que por lo evidente que manifiestan. Pero, qué ocurre si de repente esa fuerza última que produce un determinado efecto emerge a la luz. De acuerdo a Freud “una suerte de terror se adhiere a los objetos o lugares conocidos y familiares que pertenecen al periodo más precoz del sujeto” (“Lo siniestro”, 1919).

Ver a estas criaturas es darse cuenta que los niños pueden hacer esto, que no son seres del todo frágiles, ingenuos y desvalidos que precisan nuestra protección y guía, sino lo contrario también. Lo qué no sé, en todo caso, es si es precisamente placer lo que podemos sentir en esta contemplación, en este descubrimiento. No sé si es belleza. A mí, por el contrario, el espectáculo me proporciona cierto rechazo; me sorprende sin conmoverme, me trae a la mente, con una constancia molesta, que se trata de nenitos que aún no aprenden a multiplicar y están haciendo algo que no sé si les toca hacer, aunque para ellos se trate prácticamente de un juego. Tal vez es esa falta de conciencia en ellos la que me perturba, y en general me perturba en todos los seres que tienen en sus manos poderes y saberes que no terminan de entender cómo pueden ser usados.

Sólo una cosa es cierta, y al menos yo lamento desde ya: el trabajo que resta a las nuevas generaciones de gimnastas y bailarines luego de haber visto el nivel de estos hermanitos. Lograr hacer esto a los diez, doce o quince años no tendrá ninguna gracia.

El clima cambia, el hombre no- opinión

Escrito por Hefesto Hefesto - 19/12/2009 - 3 opiniones

Acaba de concluir la XV Cumbre del Cambio Climático –llevada a cabo en Copenhague del 7 al 18 de diciembre de 2009– con la noticia previsible de que los más de 180 países que participaron en la reunión no llegaron a ningún acuerdo mínimamente satisfactorio. De tanta verborragia para endulzar el oído –ninguno de los 130 presidentes presentes en Copenhague dejó de subrayar que se trataba de un momento “decisivo” y que resultaba urgente tomar decisiones “concretas” para salvar el planeta– sólo queda un acuerdo lo bastante débil e impreciso como para prometer la agravación del cambio climático en los próximos años. ¿En qué consiste el acuerdo firmado por 28 países, entre los cuales se halla Estados Unidos y China, los mayores emisores del CO2? Consiste en la auto determinación, en el seno de cada país, a partir de febrero de 2010, de la importancia de la reducción de gases con efecto invernadero. En buen cristiano, esto significa que cada gobierno en función debe mostrar buena voluntad, portarse bien, y fijar de forma autónoma, sin ningún tipo de presión internacional, un límite plausible a sus emisiones de CO2, lo cual, como todos saben, representa la pérdida de muchísimo dinero para las arcas de cualquier estado. De hecho, por lo que se deduce de este acuerdo, cada gobierno debe portarse bien y perder muchísimo dinero precisamente en periodo de crisis económica…

La verdad es que, sin leyes que regulen la reducción de las emisiones de CO2, resultaría excepcional que uno de estos países se las auto impusiera más allá de lo simbólico. El ejemplo más llamativo es de los Estados Unidos, el mayor emisor de dióxido de carbono en el mundo, pues Barack Obama tuvo –o se mostró con– las manos atadas en Copenhague. ¿Por qué? Al parecer, sus opositores políticos podrían explotar en su contra una hipotética ley juzgada como drástica –efectiva ecológicamente– en virtud de la crisis económica y la necesidad urgente de salir de ella, cuestionando y debilitando una vez más –como sucedió con el tan polémico seguro de salud– el poder del presidente. Mientras tanto, un estadounidense promedio produce más de 20 toneladas de CO2 al año, cuando el promedio mundial es de 5,5 toneladas anuales por persona… Y ni hablar de los gobiernos de China e India, países que concentran, solos, cuarenta por ciento de la población mundial. En Copenhague, en efecto, los representantes de dichos países rehusaron de plano entrar en el juego de los “países ricos”, pues como países en vías de desarrollo no pueden “darse el lujo” de reducir el crecimiento de su sector energético, su industria, etcétera, que hará de ellos –a imagen de los países occidentales que hoy los señalan como los principales culpables de que no se haya llegado a ningún acuerdo satisfactorio– países desarrollados y, por supuesto, felices. ¿Tal vez entonces, cuando hayan llegado a la cima de la pirámide del progreso, podrán al fin darse ese lujo? Un momentito: siempre y cuando, en ese momento, no haya crisis económica.

¿Salvar el planeta? No, salvar al hombre. Sí, se trata, una vez más, de nuestro propio interés. Menos listos que los animales –los cuales presienten el peligro con suficiente antelación–, tal vez solamente caigamos en la cuenta de que no se trata de salvar la Tierra, sino de salvar el pellejo, una vez que nos encontremos frente a los cataclismos anunciados.

Ciertos estudios científicos parecen indicar que el comportamiento humano en el planeta se asemeja, en gran escala, al de un virus en el cuerpo. ¿Seremos de verdad el virus de la Tierra? ¿Será el cambio climático una simple fiebre destinada, por mecanismos naturales, a eliminarnos?

Hace unos días, en un canal de la televisión francesa (TF1), pasaron una simulación de pronóstico meteorológico en diciembre de 2100. Basándose en cálculos muy serios, Météo France previo que, en esta época del año dentro de 90 años, hará un promedio de cuarenta y dos grados centígrados en el territorio hexagonal. ¡Nada mal para el periodo más frío del año! Tal vez yo ya no exista para entonces, pero me digo con horror que es muy probable que mis hijos, y los hijos de mis hijos, estén vivos en ese mes de diciembre infernal. Eso es a largo plazo; a corto plazo, Bolivia, que alberga cerca del 20 por ciento de los glaciares tropicales del planeta, puede conocer su propio infierno. Ciudades como La Paz y El Alto son particularmente vulnerables al derretimiento acelerado de los glaciares –por cierto, Chacaltaya ya es sólo un recuerdo–, pero el recalentamiento podría provocar inundaciones y sequías –más inundaciones, más sequías– en diversas regiones del territorio nacional.

Por todo lo dicho, el acuerdo anémico de Copenhague pone el dedo en la llaga de un problema antiguo: el del libre albedrío. ¿Se puede confiar en los gobiernos que firmaron el acuerdo? ¿Se puede confiar en los hombres de poder? ¿Se puede confiar en cualquier hombre? Platón critica el hecho de que la sociedad haya impuesto siempre la justicia y la responsabilidad, en lugar de enseñarla, y para ello utiliza una metáfora, la del anillo de invisibilidad. Razona que si un hombre tiene la posibilidad de salir impune tras cometer un acto ilegal, incluso un crimen –en este caso, siendo invisible–, es seguro que no dudará un instante en hacerlo –así como los gobiernos cuyas naciones se constituyen en los mayores emisores de CO2, libres de presiones, no dudarán en seguir velando por sus propios intereses–. De ahí que, para Platón, la ciencia suprema sea la ética: antes de cualquier otra enseñanza, inculcar en el hombre la necesidad de ser justo y responsable, ésa sería la verdadera educación. Por supuesto, la de Platón es una hermosa utopía. ¿Qué observamos hoy, después de la cumbre de Copenhague? El clima cambia, el hombre no. Ahora más que nunca se justificaría la sentencia de Plauto, recuperada más tarde por Maquiavelo, según la cual el hombre es un lobo para el hombre.

¿Qué hacer? ¿Manifestar? Siempre y cuando no aparezca la policía danesa –de lo contrario emitiremos CO2, con dolor seguramente, en una cama de hospital–. ¿Regocijarnos? Esta sería la actitud del cínico o la del misántropo –o la del verdadero ecologista: Buenas Noticias: / la tierra se recupera en un millón de años / somos nosotros los que desaparecemos, escribió, jocoso, Nicanor Parra (Ecopoemas, 1983). ¿Resignarnos a la tragedia? Según los clásicos, aun lo contrario resultaría inútil. ¿Tomar entre manos el problema, reducir –aunque sea un poco– nuestras emisiones diarias de dióxido de carbono? Si existe el libre albedrío, tal vez sea el momento de asumir la responsabilidad que éste implica; pero no por ello debemos perder la lucidez: mientras no se eleven a la altura del problema los acuerdos por limitar las emisiones de CO2 en los países industrializados, todos –también los países, como Bolivia, cuya responsabilidad en el cambio climático es ínfima, por no decir nula– formaremos parte de la crónica de una destrucción anunciada, fatalmente más allá de la problemática Norte-Sur, más allá de la historia y de la ética.

Hiroshima, primero, y más tarde la crisis mundial de los misiles, nos empujaron a mirar con pavor el poder destructor del hombre y a sentir horror sagrado ante una fuerza hasta entonces reservada a los dioses: la de borrar el mundo, nuestro mundo, con un gesto de la mano. Ironía: hoy el problema es otro y miramos, con las tripas llenas de incertidumbre y un miedo inconfesable, cómo la naturaleza –a la que creíamos amenazar– es quien amenaza con borrarnos de la faz de la tierra. Y vivimos años calurosos –los más calurosos registrados en la historia–, resignándonos –o no– a que la madre que nos parió nos devore de una vez por todas.

De literatura y matemáticas- microensayo

Escrito por estido estido - 13/12/2009 - 12 opiniones

Paul Tellería, escritor urbandino, me envió un mail cuyo subject, “Por eso me dediqué a la literatura”, se explica a partir de las imágenes que figuran en el cuerpo del mensaje. He aquí algunas de ellas:

Más allá de la jocosidad, lo anterior plantea una división o, mejor dicho, oposición entre la literatura y las matemáticas: si no eres bueno para los números, tu futuro está en las letras; o, los escritores son ineptos para las matemáticas. Me imagino que la mayoría de las personas considera esto como cierto; de hecho, antes de estudiar Literatura, yo mismo lo creía.

Es que, a priori, se asume que las ciencias exactas no están relacionadas con la labor literaria, a no ser como tópico aislado en algunos argumentos (El hombre que calculaba sería la excepción que confirma la regla). Sin embargo, los escritores que conformaron el Oulipo (Taller de Literatura Potencial, según sus siglas en francés), aparte de otros autores, demostraron que las matemáticas pueden aportar a la generación de literatura.

El Oulipo fue fundado por Raymond Queneau y François Le Lionnais en 1960; luego se les unieron diversos creadores, entre los que destacó Georges Perec. Este último, precisamente, llevó al límite el uso de las matemáticas en su monumental novela La vida instrucciones de uso. Tras hallar la solución al bi-cuadrado latino ortogonal de orden 10, empleó esa estructura matricial para narrar una historia centrada en las vidas de los habitantes de un edificio de departamentos, trazando un recorrido que, a través de 99 capítulos, emula los movimientos del caballo de ajedrez.

Por su parte, Queneau escribió un libro de diez sonetos cuyos versos, sometidos a operaciones de combinatoria, generan cien billones de poemas, todos ellos dotados de sentido propio y ajustados a la métrica particular del soneto. Menos espectacular, pero –a mi parecer– más compleja, es su novela Mi amigo Pierrot, en la cual, el desarrollo del argumento corresponde al planteamiento y resolución de un sistema de ecuaciones con cuatro incógnitas.

Como estos, varios ejemplos demuestran que las matemáticas no se oponen a la literatura. De manera similar, supongo que sería posible utilizar la lógica de la composición química o la forma de las constelaciones, por ejemplo, para generar estructuras narrativas. En este sentido, a la literatura le resulta útil y valioso cualquier conocimiento humano, pues puede aprovechar los lenguajes específicos de cada disciplina para potenciar la creación artística. Y esto es lógico, si se considera que la literatura da cuenta del ser humano y el mundo que lo rodea, por tanto, de todos sus saberes.

Por último, y volviendo al motivo de este texto, ser inepto para las matemáticas no implica ser apto para la literatura; pero, al contrario, el razonamiento matemático desarrollado puede ser una herramienta nada despreciable en la creación literaria.

Lógica urbandina: el “caseriaje”- crónica

Escrito por estido estido - 8/12/2009 - 9 opiniones

Todo urbandino tiene, o ha tenido, por lo menos una casera; sobra decir que yo no soy la excepción. De hecho, tengo varias caseras, incluso en una misma cuadra, lo cual es un riesgo enorme, aunque sus puestos de venta estén alejados lo suficiente como para que nunca se enteren de mis infidelidades. Es que el “caseriaje” es una relación posesiva, por tanto, abundante en suspicacias y recelos; implica un sentido de pertenencia, expresado en el uso indistinto de las personas gramaticales cuando se la declara: tú eres mi casero – yo soy tu casera – ella es mi casera – yo soy su casero – nosotros somos caseros.

Si la lógica funcional del “caseriaje” es interesante, la lógica comercial de las caseras resulta fascinante, por decirlo de algún modo. Pese a que se mueven muy bien dentro de la economía de libre mercado, no son comerciantes frías, como muchos creen, sino emocionales al extremo. Tal vez por ello, su lógica no se encuadra en los principios del marketing, como ese, por ejemplo, que señala: “Compartir clientes con la competencia es mejor que no tenerlos”.

Cuando trabajaba en Santillana, me hice casero de doña Julia, quien tenía su puesto de venta a pocos metro de la oficina. Diariamente, ella me proveía de empanadas, chocolates, papas fritas y demás golosinas. Nuestra relación, como suele suceder en el “caseriaje”, trascendió el ámbito de los negocios y llegamos a entablar algo muy próximo a la amistad; pero el idilio terminó la mañana que me vio salir de la tienda vecina con una botella de Coca Cola. Ignorando que había cometido un error imperdonable, me acerqué a su anaquel y, como de costumbre, le hablé con afecto a tiempo de pedirle unos dulces.

–Andá a comprarte de la tienda –respondió con rabia–, ¿para qué ya vienes donde mí?
–Pero, case…
–¿Acaso yo no tengo refrescos? –me interrumpió–. De la tienda nomás comprate todo.
–Case, tú no tienes refrigerador y yo quería Coca Cola fría…
–¡Aghh! –volvió a interrumpir–. ¡Ni que la calor estuviese fuerte!
–Ya pues, caserita, no te enojes –insistí casi suplicando–, vendeme unos chocolates.
–Deben estar derretidos –replicó sarcástica–, ¿acaso yo tengo refrigerador?

Inútil fue cualquier intento de reconciliación; doña Julia no volvió a hablarme, mucho menos a venderme nada. Había traicionado los vínculos sagrados del “caseriaje” y, aunque no fue de manera deliberada, eso es algo que ella jamás perdonaría, ni siquiera por conservar un cliente.

A parte de las reacciones hormonales, el encaprichamiento es otro factor que determina la conducta de las caseras, en cuya lógica no tiene cabida el principio universal del comercio, “El cliente siempre tiene la razón”, ni la noción económica que indica: “A mayor cantidad, menor precio”.

En la primera cuadra de la Av. 6 de Agosto tengo dos caseras, pues de cada “caseriaje” obtengo beneficios particulares: doña Julia, a quien le compro le compro refrescos, me presta botellas sin exigir garantía; doña Justi me vende cigarrillos y, como estaciono el auto en la esquina donde tiene su puesto, me hace el favor de cuidarlo. El caso es que cierta tarde, ya que el anaquel de doña Justi estaba cerrado, me vi en la necesidad de comprarle cigarrillos a doña Luisa.

–¿A cuánto está el L&M, case? –le pregunté.
–¡Wa! –expresó con sorpresa exagerada–. ¿Desde cuándo vos fumas?
–Hoy he comenzado –mentí.
–Ah… –Meneó la cabeza haciendo un gesto de reprobación, antes de indicar–: Cuatro por un peso.
–¿Y la cajetilla?
–Cinco cincuenta –respondió sin dudar.
–¡No puede ser! –exclamé, tras realizar un rápido cálculo mental–. Debería costar cinco pesos o menos.
–Así nomás es su precio –replicó–. ¿Acaso te voy a engañar?

Empleando un lenguaje sencillo y tono cordial, intenté explicarle que el precio de venta al por mayor, siempre es menor que al detalle, de modo que no podía ser correcto el precio que me había indicado. Con igual sencillez, pero tono opuesto, me hizo saber que, según la libre oferta y demanda, ella podía poner el precio que le diese la gana: “Yo vendo a cinco cincuenta; si no te conviene, puedes ir a comprar a otro lado”. No tenía sentido seguir discutiendo, pues, para la lógica del comerciante urbandino, “el vendedor siempre tiene la razón”.

–Ya, case –dije, simulando buen humor–, no te enojes.
–¿Vas a llevar o no? –preguntó ella, manteniendo la actitud agresiva.
–Sí, caserita, dame veinte sueltos –pedí, con ánimo de joder.
–Así debías haber pedido desde un principio –dijo la case, retornando a su habitual cordialidad–. Sin motivo te has hecho líos, ¿no ve?

En una cajetilla abierta, doña Luisa contó seis cigarrillos y, “aunque usted no lo crea”, abrió otra para extraer quince más y completar mi pedido, añadiendo uno de yapa, “sólo porque eres mi caserito”. Gracias al capricho de mi case, obtuve veintiún puchos por cinco pesos y ambos quedamos contentos.

Los anteriores ejemplos quedan en el ámbito de lo anecdótico, pero la lógica de las caseras va más allá, ya que les hace vulnerar las normas legales o, cuando menos, interpretarlas a su modo. Hace un par de años, por ejemplo, la Intendencia Municipal realizó inspecciones en los mercados, imponiendo sanciones a quienes fueron sorprendidas utilizando balanzas calibradas para engañar con el peso a los clientes. “Así siempre vendemos, si no, tendríamos que subir los precios, y no queremos perjudicar a nuestros caseros”, arguyó una de las afectadas por la medida.

En resumen, las doñitas tuvieron que calibrar sus balanzas, pero crearon una nueva categoría de precios. Así, cuando se quería comprar una libra de azúcar, digamos, la case preguntaba: “¿Peso completo o peso normal?”(obviamente, con peso completo el precio era mayor). Lo extraño es que la mayoría de los compradores optaba por el “peso normal”, de modo que, al cabo de unos meses, la “normalidad” se impuso a la legalidad, y todo retornó, valga la redundancia, a su cauce normal.

Los urbandinos nos hemos acostumbrado a la particular lógica comercial de las caseras, debido a que, como dice el refrán, “Si no puedes con ellos, úneteles”. A fin de cuentas, los beneficios del “caseriaje” son mayores a los perjuicios… ¿o no?