Presa y depredador- cuento
Escrito por disfonia
- 25/11/2009 - 5 opiniones
El siguiente cuento pertenece a Pablo Soria-Galvarro, “un hombre alado caído, con horizonte entre páginas y acordes; como un caballero sin tiempo, viento o caballo, pero dispuesto a librar batallas en papel y notas, esperando, claro está, la recompensa como un pirata sin mar ni estrellas”, según palabras del propio autor, quien con 16 años nos presenta un particular imaginario urbano. Disfruten del talento de este narrador, y ayúdennos a celebrarlo.
Presa y depredador
Pablo Soria-Galvarro Gaillard
La densa neblina, espesa y crudamente gélida cubría por completo sus pequeños pies. Se había retrazado demasiado; se hizo demasiado tarde. Su casa estaba aún muy lejos y su corazón latía con el horroroso pensamiento de que no estaba sola recorriendo las calles. Sería más de medianoche en la ciudad y ella, buscaba con una euforia demente llegar a su hogar lo más pronto posible. ¿No era el miedo a los vampiros algo ridículo?
Aún así, correr la horrorizaba. Al verla correr, ese acechante ser en afán de apoderarse de ella la perseguiría y ella no podría huir. Caminaba lento, con los sentidos al máximo, alerta, en el más oscuro de los silencios, escuchando (¿o estaba demasiado asustada?) un respirar desprolijo y lento, como el de un depredador acechando paciente a su presa. Una luz rojiza, del eclipse de luna de aquella noche, lánguida como la sangre, penetraba entre los árboles que tenebrosos proyectaban muecas de espanto en las calles que ella transitaba, vacías y de un silencio insostenible y tosco, forzado. El frío había penetrado en sus pulmones; ella sabía que un palpitar ajeno al suyo estaba clavándole los ojos maliciosos en su cabellera negra que oscilaba temerosa. No, no se daría la vuelta. Le aterraba mirar; tal vez esa figura alta y oscura de desfigurado rostro, deseante de verla sufrir y agonizar asfixiada, que tanto temía ella, la esperaba al final de la calle o la seguía de cerca hasta que ella voltease. O peor, se daría la vuelta y no vería a nadie y, al volver a su camino, se la encontraría de frente, expectante. Su paso buscaba ser firme, pero un peso espinoso en su pecho le quitaba el único consuelo para calmarse en ese instante: respirar. Ella temblaba. El silencio la oprimía. Ni siquiera la revelación pavorosa de un grito a la distancia; ni siquiera el caer de gotas tímidas de rocío precipitándose en el enlozado. Nada. Sólo un mohoso silencio que amplificaba sus intimidados pasos, su triste palpitar. Estaba entrecortada su respiración. Ella reconoció milagrosamente el lugar tras la niebla, que casi lo cubría todo: La plaza Murillo. El aire se hizo más espeso y húmedo. Las calles fueron haciéndose más oscuras. La ciudad de La Paz sólo se alumbraba por tenues lámparas de fuego, que perdían fuerza bajo la inquietante niebla. Su luz se hacía difusa. Aún así, los pasos arrastrados de aquel ser maligno parecían destacarse, aunque sea un poco ante el silencio, entre las piedras, bajo la neblina cada vez más densa y pesada. La guardia de la Catedral había desaparecido, eso la espantó; la soledad inquietante de las calles le angustiaba, pero nada la detendría. Siguió lenta, con el sudor helado cayendole de la frente. Observó con ojos desorbitados la borrosa imágen de la calle siguiente, vislumbrando bajo sus pies temblorosos, entre las grietas del empedrado, siluetas humanas, desgarradas por el pánico, mirándola. Rostros agonizantes por el horror, casi repugnantes. Una figura furtiva parecía de los ojos escapársele, saltando por encima de los tejados, en las esquinas, en las puertas entreabiertas o en callejones en las más agobiantes tinieblas, como si gárgolas, monstruos malvados, la vigilaran desde las cornizas. A cada doblar de esquina le parecía escuchar susurros débiles, malignos. La ciudad parecía muerta. De pronto pensó en algo fatal: no era uno su perseguidor, sino muchos. Temió no escapar de ellos. Hundirse en las penumbras eternamente. Sintió hambre, sed. Ella comía lo que necesitaba comer. ¿Su perseguidor lo hacía así? ¿O sólo buscaba saciar un apetito sanguinario? Ella necesitaba a otros seres para vivir, sentía dolor. ¿Qué no comprendía eso su perseguidor? Le privaría a una familia el volver a ver a una de las suyas. Le quitaría la luz a unos ojos jóvenes, ingenuos, que nada malo habían hecho. Su familia era extranjera, eso era infame y cruel. ¿Eran tan crueles esos acechantes perseguidores para privarle a ella el derecho de ver la noche, de volver a ver a los que amaba tanto? ¿Sus enemigos acaso no comprendían la inocencia y naturalidad de sus actos, de sus desesperados pasos buscando un refugio al voltear la calle y escapar de él? ¿O quizá, de ellos? Dos lágrimas de impotencia le surcaron el hermoso rostro. Se sentía caminando en su cripta, en un callejón sin salida. Se dio cuenta de cuán fría estaba su piel; más fría que nunca. El cuello, tenso, no lo atrevía a girar. Sólo movía los ojos, aún así muy poco para no paralizarse por completo ni disminuir el ritmo de su marcha. La humedad parecía estrangularla. Desesperada, observó mientras aceleraba suavemente su quebradizo paso, que el cielo se nublaba y cubría la noche con un manto de profundas sombras. Comenzó a relampaguear. Las lágrimas ya no podía controlarlas, caían de sus ojos dolorosas, frías y llenas de amargura. Temblaba tras olas de fobia y fiebre. Su mente era presa del terror y se ahogaba en espanto. Las luces azuladas de los rayos iluminaban instantes de su mundo. En esos horripilantes momentos le parecía ver, sin excepción, figuras audaces y macabros perfiles que escapaban refugiándose en la oscuridad. Su vista siempre había sido óptima; esa noche, tras el terror, no. Estaba mareada, indispuesta tras esa maléfica batalla de luces y tinieblas.
Se detuvo. Cesaron los rayos; la oscuridad total y viscosa le dio a entender que estaba rodeada. El miedo y el dolor la habían encadenado a lágrimas mucho más frecuentes y desesperadas, aún sin sonido de llanto, pero con un pánico contenido, agobiante.
Allí, a su alrededor, sus enemigos bajo cobardes capuchones ocultaban sus rostros malvados, desfigurados seguramente en el placer de verla desaparecer. Frente a ella, la figura aquella, alta y oscura, que se le acercaba sin ningún remedio.
Una cruz que le pareció de fuego se le impuso en la cara. Gotas pequeñas le fueron arrojadas al rostro, quemándolo y arrugándolo. Entre voces y quién sabe qué rituales que practicaron haciendole sufrir, el ser al que temía gritó palabras que le atravesaron, que le dolieron: “Regresa al infierno, húndete en tinieblas, hija de Satanás, vampiro malvado”. Ella, poco a poco, dolorosamente, fue desapareciendo en las oscuras calles de la ciudad de La Paz. Realmente, sus enemigos no comprendían ese dolor.


