Presa y depredador- cuento

Escrito por disfonia disfonia - 25/11/2009 - 5 opiniones

El siguiente cuento pertenece a Pablo Soria-Galvarro, “un hombre alado caído, con horizonte entre páginas y acordes; como un caballero sin tiempo, viento o caballo, pero dispuesto a librar batallas en papel y notas, esperando, claro está, la recompensa como un pirata sin mar ni estrellas”, según palabras del propio autor, quien con 16 años nos presenta un particular imaginario urbano. Disfruten del talento de este narrador, y ayúdennos a celebrarlo.

Presa y depredador
Pablo Soria-Galvarro Gaillard

La densa neblina, espesa y crudamente gélida cubría por completo sus pequeños pies. Se había retrazado demasiado; se hizo demasiado tarde. Su casa estaba aún muy lejos y su corazón latía con el horroroso pensamiento de que no estaba sola recorriendo las calles. Sería más de medianoche en la ciudad y ella, buscaba con una euforia demente llegar a su hogar lo más pronto posible. ¿No era el miedo a los vampiros algo ridículo?

Aún así, correr la horrorizaba. Al verla correr, ese acechante ser en afán de apoderarse de ella la perseguiría y ella no podría huir. Caminaba lento, con los sentidos al máximo, alerta, en el más oscuro de los silencios, escuchando (¿o estaba demasiado asustada?) un respirar desprolijo y lento, como el de un depredador acechando paciente a su presa. Una luz rojiza, del eclipse de luna de aquella noche, lánguida como la sangre, penetraba entre los árboles que tenebrosos proyectaban muecas de espanto en las calles que ella transitaba, vacías y de un silencio insostenible y tosco, forzado. El frío había penetrado en sus pulmones; ella sabía que un palpitar ajeno al suyo estaba clavándole los ojos maliciosos en su cabellera negra que oscilaba temerosa. No, no se daría la vuelta. Le aterraba mirar; tal vez esa figura alta y oscura de desfigurado rostro, deseante de verla sufrir y agonizar asfixiada, que tanto temía ella, la esperaba al final de la calle o la seguía de cerca hasta que ella voltease. O peor, se daría la vuelta y no vería a nadie y, al volver a su camino, se la encontraría de frente, expectante. Su paso buscaba ser firme, pero un peso espinoso en su pecho le quitaba el único consuelo para calmarse en ese instante: respirar. Ella temblaba. El silencio la oprimía. Ni siquiera la revelación pavorosa de un grito a la distancia; ni siquiera el caer de gotas tímidas de rocío precipitándose en el enlozado. Nada. Sólo un mohoso silencio que amplificaba sus intimidados pasos, su triste palpitar. Estaba entrecortada su respiración. Ella reconoció milagrosamente el lugar tras la niebla, que casi lo cubría todo: La plaza Murillo. El aire se hizo más espeso y húmedo. Las calles fueron haciéndose más oscuras. La ciudad de La Paz sólo se alumbraba por tenues lámparas de fuego, que perdían fuerza bajo la inquietante niebla. Su luz se hacía difusa. Aún así, los pasos arrastrados de aquel ser maligno parecían destacarse, aunque sea un poco ante el silencio, entre las piedras, bajo la neblina cada vez más densa y pesada. La guardia de la Catedral había desaparecido, eso la espantó; la soledad inquietante de las calles le angustiaba, pero nada la detendría. Siguió lenta, con el sudor helado cayendole de la frente. Observó con ojos desorbitados la borrosa imágen de la calle siguiente, vislumbrando bajo sus pies temblorosos, entre las grietas del empedrado, siluetas humanas, desgarradas por el pánico, mirándola. Rostros agonizantes por el horror, casi repugnantes. Una figura furtiva parecía de los ojos escapársele, saltando por encima de los tejados, en las esquinas, en las puertas entreabiertas o en callejones en las más agobiantes tinieblas, como si gárgolas, monstruos malvados, la vigilaran desde las cornizas. A cada doblar de esquina le parecía escuchar susurros débiles, malignos. La ciudad parecía muerta. De pronto pensó en algo fatal: no era uno su perseguidor, sino muchos. Temió no escapar de ellos. Hundirse en las penumbras eternamente. Sintió hambre, sed. Ella comía lo que necesitaba comer. ¿Su perseguidor lo hacía así? ¿O sólo buscaba saciar un apetito sanguinario? Ella necesitaba a otros seres para vivir, sentía dolor. ¿Qué no comprendía eso su perseguidor? Le privaría a una familia el volver a ver a una de las suyas. Le quitaría la luz a unos ojos jóvenes, ingenuos, que nada malo habían hecho. Su familia era extranjera, eso era infame y cruel. ¿Eran tan crueles esos acechantes perseguidores para privarle a ella el derecho de ver la noche, de volver a ver a los que amaba tanto? ¿Sus enemigos acaso no comprendían la inocencia y naturalidad de sus actos, de sus desesperados pasos buscando un refugio al voltear la calle y escapar de él? ¿O quizá, de ellos? Dos lágrimas de impotencia le surcaron el hermoso rostro. Se sentía caminando en su cripta, en un callejón sin salida. Se dio cuenta de cuán fría estaba su piel; más fría que nunca. El cuello, tenso, no lo atrevía a girar. Sólo movía los ojos, aún así muy poco para no paralizarse por completo ni disminuir el ritmo de su marcha. La humedad parecía estrangularla. Desesperada, observó mientras aceleraba suavemente su quebradizo paso, que el cielo se nublaba y cubría la noche con un manto de profundas sombras. Comenzó a relampaguear. Las lágrimas ya no podía controlarlas, caían de sus ojos dolorosas, frías y llenas de amargura. Temblaba tras olas de fobia y fiebre. Su mente era presa del terror y se ahogaba en espanto. Las luces azuladas de los rayos iluminaban instantes de su mundo. En esos horripilantes momentos le parecía ver, sin excepción, figuras audaces y macabros perfiles que escapaban refugiándose en la oscuridad. Su vista siempre había sido óptima; esa noche, tras el terror, no. Estaba mareada, indispuesta tras esa maléfica batalla de luces y tinieblas.

Se detuvo. Cesaron los rayos; la oscuridad total y viscosa le dio a entender que estaba rodeada. El miedo y el dolor la habían encadenado a lágrimas mucho más frecuentes y desesperadas, aún sin sonido de llanto, pero con un pánico contenido, agobiante.

Allí, a su alrededor, sus enemigos bajo cobardes capuchones ocultaban sus rostros malvados, desfigurados seguramente en el placer de verla desaparecer. Frente a ella, la figura aquella, alta y oscura, que se le acercaba sin ningún remedio.

Una cruz que le pareció de fuego se le impuso en la cara. Gotas pequeñas le fueron arrojadas al rostro, quemándolo y arrugándolo. Entre voces y quién sabe qué rituales que practicaron haciendole sufrir, el ser al que temía gritó palabras que le atravesaron, que le dolieron: “Regresa al infierno, húndete en tinieblas, hija de Satanás, vampiro malvado”. Ella, poco a poco, dolorosamente, fue desapareciendo en las oscuras calles de la ciudad de La Paz. Realmente, sus enemigos no comprendían ese dolor.

Enseñar a leer a un cerdo- crónica

Escrito por estido estido - 19/11/2009 - 8 opiniones

Hace ocho años, aproximadamente, en sesión ordinaria del Concejo Municipal, alguien propuso iniciar una campaña de educación vial, indicando que “los conductores respetan poco o nada los semáforos, los transportistas se detienen en cualquier lugar para recoger o dejar pasajeros, los peatones no cruzan en las esquinas, nadie respeta las cebras…”. Tras esa última observación, los demás concejales se miraron boquiabiertos, sin entender a qué se refería su colega. “¿Qué cebras? Ni que La Paz fuera reserva africana”, han debido pensar algunos.

Entonces, se hizo evidente que nadie sospechaba para qué servían esa lineas paralelas, conocidas como “paso de cebra”, pintadas sobre la calzada en las esquinas del centro paceño. Después de una larga explicación, el concejal logró que los demás apoyasen su iniciativa y determinaran comenzar por lo más urgente: hacer conocer a la población el porqué de la existencia de los pasos de cebra.

Así, se inició la campaña de las cebras, reclutando a varios jóvenes que, disfrazados como esos animales y apostados en las esquinas, debían enseñar, tanto a peatones como conductores, a respetar esa señalización vial. En esa primera etapa, los disfraces requerían de dos personas; una para ocupar la cabeza y las patas delanteras, y la otra para las extremidades posteriores y la cola. Me imagino que quien iba detrás recibía mayor salario, no sólo porque debía permanecer agachado durante varias horas, sino también, y principalmente, porque debía hacerlo oliendo el trasero de su compañero.

En fin, más allá de esos detalles administrativos, el hecho es que las cebras comenzaron a hacerse parte del paisaje urbandino y, con el paso del tiempo, evolucionaron para adaptarse al entorno: redujeron su tamaño y se volvieron bípedas. Además, adquirieron un carácter alegre, de modo que no es raro verlas bailando, tomadas de las patas, pese al calor que deben sentir dentro de sus peluches, bajo la inclemencia del sol andino de mediodía.

Últimamente, he notado que los agentes de tránsito las han amaestrado, logrando que ellas puedan manipular los semáforos, lo cual permite a los varitas mayor movilidad para realizar su recaudación cotidiana. Lo que no sé, es si a las cebras les toca un porcentaje de “coimisión” por esa labor o si lo hacen por mera diversión.

Bueno, ocho años después de su aparición, las cebras han evolucionado y se han multiplicado (en algunas esquinas hay incluso media docena), pero los conductores siguen deteniéndose sobre las líneas blancas y los peatones siguen cruzando por donde les da la gana. Esto quizá se deba a la apariencia dócil y tierna de los peluches albinegros, cosa que no ayuda a su propósito, pues, como sabemos, el urbandino sólo aprende a la mala.

Puede que eso haya motivado que las autoridades edilicias apoyasen el plan con otro contingente animal: los burros. En efecto, hace algunos años, y durante pocos meses, en las esquinas más conflictivas las cebras contaban con la colaboración de un burro, quien estaba encargado de rebuznar al oído del infractor. Esta estrategia, sin embargo, no fue tomada a bien por la población, ya que, como también sabemos, el urbandino es bastante susceptible. No fueron pocos los ciudadanos que reaccionaron de mal modo al ser reprendidos por los burros (“¡Vaya a rebuznar a su birlocha, burro de mierda!”), como tampoco fueron escasos los burros que no soportaron tales vituperios, lo que originó acaloradas discusiones e incluso un par de enfrentamientos pugilísticos. Lógicamente, los burros siempre salieron airosos, pues su máscara acolchada les otorgaba protección ante la ira de los conductores agraviados y, además, no faltaban las cebras solidarias que los apoyaban en las refriegas, de forma que los infractores alterados que se atrevieron a descender de sus vehículos, para pasar de las palabras a los hechos, fueron sometidos a salvajes waykasos équidos.

Quién sabe si fue amenaza, advertencia o simple coincidencia, pero el caso es que los jumentos de peluche abandonaron las esquinas luego de que la Alcaldía descubriera que muchas carnicerías estaban comercializando carne de burro, proporcionada por mataderos clandestinos en los que las autoridades encontraron cadáveres de estos animales, con evidentes signos de tortura.

Si bien la presencia de las cebras fue tolerada en la mayoría de los lugares donde se apostaron, en el sector de la Pérez Velasco su labor no tuvo ningún impacto; básicamente, fueron ignoradas. Esa época, la Pérez presentaba un tráfico vehicular caótico en extremo, dado que muchas líneas de transporte público habían convertido ese sector en su parada. Como las simpáticas cebras no pudieron remediar el conflicto, la Alcaldía optó por una medida radical, iniciando la campaña “En la Pérez no se para, no se sube ni se baja”, con la colaboración de la Policía de Tránsito. Así, se instalaron carteles gigantes con el lema de la campaña y un nutrido contingente policial se encargó de hacerla efectiva.

Pocos meses después, se retiraron los carteles, se redujo el número de policías y se puso una cerca metálica a lo largo de todo el sector para evitar la indisciplina de choferes y pasajeros. Según fuentes extraoficiales, la campaña se interrumpió por presión de la Asociación de Propietarios de Lenocinios y Salas de Masajes, cuyos representantes habrían señalado que los locales ubicados en las inmediaciones de la Pérez no recibían el flujo habitual de clientes desde el lanzamiento de la campaña, ya que la frase de los carteles (“En la Pérez no se para”) afectaba negativamente la psiquis de la población masculina.

Hace un año, el municipio alteño dispuso la ejecución del plan “La Ceja se despeja”, para ordenar la circulación de coches y peatones en ese punto neurálgico, e inculcar, además, aspectos básicos de educación vial a la ciudadanía, especialmente lo referido a las señales de tránsito. Creyendo que las cebras de peluche eran las indicadas para encabezar el plan, las autoridades reclutaron a varios jóvenes que, tras un breve cursillo y debidamente disfrazados, conformaron una recua no muy numerosa, pero sí bastante entusiasta.

El 4 de diciembre, a las siete de la mañana, treinta cebras se ubicaron en las intersecciones más conflictivas de la Ceja para dar inicio a la campaña. Puesto que la iniciativa no había sido debidamente publicitada, la población alteña se vio sorprendida por la presencia de estos personajes y, tal vez por eso, no prestaron atención a su labor, haciendo caso omiso de las indicaciones que las cebras se esforzaban en pregonar. Al cabo de una hora, resultaba evidente que los peluches, lejos de lograr su objetivo, estaban entorpeciendo aún más el tráfico, ya que los conductores, intentando esquivarlas, hacían maniobras que originaban atolladeros peores a los habituales. La desesperación hizo presa de todos: las cebras, cada minuto más alteradas por su impotencia, comenzaron a arriesgarse de manera temeraria, parándose frente a los autos, incluso cuando estos aceleraban bruscamente; los choferes, por su parte, cada minuto más impacientes e irritados, dejaron de esquivar a las cebras, haciendo prevalecer la fuerza de sus motores.

Más que el inicio de un plan de educación vial, parecía el clímax de una batalla. Y la suerte de la batalla ya se había decidido en favor de los conductores. Las cebras, como buenos soldados, mantenían su posición, pero esperando, seguramente, que algún superior diese la orden de retirada. Sin embargo, la orden no llegó sino hasta que ocurrió la primera baja: a las 08:10, según una nota de prensa, “la cebra que responde al nombre de Cinthya Tarquino Salas fue atropellada por un minibús que circulaba por la calle 2 de la avenida 6 de Marzo y pasó en luz roja”.

Por suerte, en la Hoyada los conductores no llegaron a semejantes extremos, y hoy, ocho años después de su aparición, las cebras son parte del paisaje citadino, e incluso, del folclor urbano. Los niños que están empezando la escuela han crecido viéndolas en las esquinas; en el imaginario de las nuevas generaciones, las cebras son personajes típicos de La Paz. En este sentido, no me resultó extraño que mi sobrino (tiene siete años), cuando una doña le hizo la típica pregunta, “¿Qué quieres ser de grande?”, respondiese con absoluta seguridad y entusiasmo: “¡Cebra!”.

Pese a todo, los urbandinos seguimos demostrando, día tras día, que no tenemos educación vial, que las señales de tránsito nos valen un comino, que las normas son para los boludos, que, ¡pucha!, estamos genéticamente predispuestos a la indisciplina. Las cebritas, aunque son muchas, ya no se esfuerzan por enseñar nada y prefieren bailar u operar semáforos, probablemente porque se dieron cuenta de que, como dice el refrán chino, no hay que tratar de enseñarle a leer a un cerdo, pues perderás el tiempo y enojarás al puerco.

El callado descendimiento de la nieve- reseña

Escrito por Hefesto Hefesto - 14/11/2009 - Nadie opinó aún

Sobre Los vivos y los muertos, de Edmundo Paz Soldán

Advertencia: esta reseña revela el final de la novela.

Fragmento de la contratapa:

“Los jóvenes habitantes de Madison han construido un mundo de aspiraciones truncadas, secretos inconfesables y pasiones desatadas. En un breve espacio de tiempo las muertes de varios adolescentes convertirán la aparente armonía del pueblo en algo cercano a una maldición.”

No creo que sea extraliterario afirmar que si una novela nos agarra y no nos suelta hasta el alivio de la última página, tiene que ser buena. Antes de darnos cuenta, estamos “apueblados”, como diría Ortega y Gasset, de manera que no nos damos tregua hasta llegar al final de ese mundo que, por unas horas o unos días, nos ha habitado. Y aun después de la última página, ese mundo sigue presente en nosotros, como una huella, como una terca brasa verbal. Los vivos y los muertos, del escritor boliviano Edmundo Paz Soldán, provoca ese efecto.

Novela construida a través de distintas voces pertenecientes a los habitantes de Madison, no funciona con capítulos ni grandes unidades, sino con una sucesión de monólogos breves. A la brevedad –e intensidad– de los monólogos, se suma la brevedad e intensidad de la obra. Es destacable este rasgo. Uno echa de menos el trabajo de síntesis en las novelas contemporáneas, en las cuales la extensión parece predominar sobre la densidad. No es el caso de esta novela. Además, la disposición tipográfica, a veces más cercana de la poesía que de la prosa –en la medida en que rompe el efecto “bloque” de los párrafos y opta muchas veces por las líneas sueltas o bien los párrafos de dos o tres líneas– no es ajena tampoco a la sensación de deslizarnos suavemente, sin esfuerzo, por el río de palabras y el hilo nunca interrumpido de la historia de las muertes en Madison.

Cercana por su forma a cierta narrativa de Faulkner y, por su contenido, al cine negro y a cierto cine americano que denuncia el modelo estadounidense –del cual American Beauty es un ilustre paradigma–, esta novela, me parece, acierta en el uso sistemático de los monólogos, por un lado, y, por otro, en el empleo casi exclusivo de los tiempos pretéritos. Efectivamente, los monólogos refuerzan, es más, encarnan la soledad y el aislamiento existencial de los adolescentes de Madison; los espacios en blanco al inicio y al final de cada monólogo marcan barreras elocuentes entre los personajes. Así, la evocación de cuerpos destrozados es, a mi ver, una mise en abîme de algo ya sensible en la forma global del libro: corpus fragmentado, elíptico, hecho de soliloquios en que se habla casi solamente de reminiscencias. En efecto, que los personajes “hablen” en pasado no es extraño; sí lo es, en cambio, que el pretérito se emplee aun en momentos en los cuales, usualmente, se impone el presente –cuando se declara una verdad general o se describe el otoño en Madison, por ejemplo–. Creo que hay dos razones: los personajes hablan de lo que ya no existe para poner de relieve la irreversibilidad destructiva del tiempo, la fragilidad de las personas, los lugares, las vivencias; y algunos lo hacen, aun al referirse a sí mismos, porque están muertos, produciendo de esta forma una atmósfera fantasmal sobrecogedora. En este sentido, la nieve que cae sin tregua sobre Madison es también el olvido que, implacable, desciende sobre las vidas bruscamente interrumpidas, pero también sobre las otras, que prosiguen, como sombras, del otro lado de las ventanas escarchadas. El pueblo ficticio de Madison se revela entonces como una página en blanco que aguarda el aliento, la escritura, ya sea de sus vivos o de sus muertos. Pero en el último párrafo de la novela, caemos en la cuenta, a posteriori, de que esas voces no salen del limbo, sino de que es Amanda, una de las adolescentes protagonistas, quien les insufla la vida:

Amanda, me digo, Amandita, tienes diecisiete años y lo único que quieres es salir con vida de Madison. Y luego, algún día, escribir de los que dejaste atrás, enterrados bajo la nieve, algunos bajo tierra y otros mirando a la calle detrás de una ventana cubierta por la escarcha. Sí, sólo eso quieres, escribir sobre los vivos y los muertos.

En realidad, lo que hace Amanda no consiste en escribir sobre, sino desde los vivos y los muertos. Y a la referencia al juego de máscaras de Webb, el pederasta asesino, se suma, a mi ver, otro juego de máscaras: el de Amanda, la autora. Amanda, efectivamente, debe llevar una máscara distinta para hablar desde los diferentes personajes. Sólo así logra expresarlos por bocas muertas o cerradas por el dolor. Paradójicamente, sólo con esa distancia –identitaria y temporal– parece posible hablar desde lo sucedido, desde las intimidades inconfesables, el horror indecible e incluso el desequilibrio mental.

Este final no es anodino, pues nos invita a releer el libro desde otra óptica: como invención, como artificio literario que se reivindica como tal; pero es inobjetable que constituye, a la vez, una memoria urgente de la banalización de la violencia, del horror y el absurdo en la sociedad estadounidense posmoderna, ese gran cuerpo despedazado. Y por fin, de un modo más universal –pienso aquí en el epígrafe de Orhan Pamuk y en el leitmotiv del libro–, tal vez nos hable también de esa nieve tenaz que desciende día y noche, tan callando, sobre nuestras cabezas, y que tarde o temprano nos borra de la página.

Proyección de “Si acaso en Chuquiago…”- anuncio

Escrito por estido estido - 10/11/2009 - 10 opiniones

Este jueves, 12 de noviembre, en el Cine Municipal “6 de Agosto”, se proyectará por primera vez (quién sabe si única) el cortometraje Si acaso en Chuquiago…, con el que ganamos el XX Concurso Audiovisual “Amalia Gallardo”. Quedan todos invitados (la entrada es libre), a las 19:15 del mencionado día, para compartir con nosotros esta alegría.

En las bases del concurso, se pedía una carta en la que se justificara/explicara la propuesta. A continuación, transcribo el texto que enviamos, de modo que ustedes puedan comprender por qué decidimos hacer este homenaje fílmico a La Paz:

Habitamos una ciudad bulímica, que vomita febreros y octubres para volvérselos a tragar, de tan hambrienta. Sí, pero también habitamos una ciudad mágica, cuenca de cíclope tuerto, construida con ingenio y, sobre todo, con imaginación. Y aunque no tuvimos un Arzáns que nos fundara en la ficción, tenemos una memoria colectiva que se encarga de erigir imaginarios, de crear una verosimilitud que hace posible la vida en medio del caos de esta ciudad con nombre, más que irónico, farsante. Sí, La Paz, desde su nombre, es ficción. Ficción que habitamos y que nos habita, que es escape y retorno, y que nos reclama, a aquellos que hemos sido embaucados por sus coqueterías, perpetuar en el lenguaje la imposibilidad de lo absoluto.

Así, pues, del Illimani, ahicitos, no sólo habrá un hueco lleno de hormigas multicolores, sino también universos enteros, prestos a ser explorados, conquistados y colonizados. Porque habrá acaso en la nasal voz de los postmodernos copilotos andinos algo más que la promesa de un destino, algo similar a un coro polifónico que irrumpe en medio de la sinfonía bocinesca, en medio de un escenario caótico repleto de extras y efectos de humareda, para conjurar el hechizo del frío, que entumece piernas y corazones, con la naturalidad que impone el hambre a los 3600 días de vida.

Habrá acaso debajo de los toldos multicolores algo más que frutas de temporada, ropas chilenas made in Bolivia o radio grabadoras Panatonic, algo más cercano al ingenio que al contrabando, una especie de picardía regida por las leyes de sobrevivencia, que manda al carajo los miles de artículos del aparato legislativo/justiciero.

Habrá acaso en las paredes algo más que blancura monopol, algo parecido a versos clandestinos, a memorias de poetas anónimos que plasman su impotencia, frustración, alegría, desengaño, esperanza, furia, ideología, ánimo, amor, odio, calumnias, verdades, amenazas o declaraciones, en ese maravilloso e inacabable papel que se extiende por cuadras y cuadras y se ofrece, tentador/seductor, a las brochas o aerosoles de la creatividad urbana, que no se cansa de escribir cosas tales como: Cristo viene… ¡Hazte pepa!

Habrá acaso en la ínclita ciudad algo más que el reflejo del Illimani, algo más que calles orinadas, crucificados en pelotas, marchadores de tiempo completo, burócratas que esperan el viernes para ocultar el aro de matrimonio y gastarse la quincena con una negra interesada, minibuses–sardineras contagiadores de gripe, discos de Julio Iglesias con tapa de Los Panchos, perros cagadores/cogedores/mordedores, travestis cuarentones con minifaldas fucsias, bailarines de tilín, carteristas/albertos/monreros/campanas/juglares que han aprendido las historias del tío. Habrá acaso algo más que eso –y también eso, por qué no–, junto –revuelto–, en paz –¿será?– y amor –¿será?–, para cantarlo, contarlo, pintarlo, gritarlo, archivarlo y hacerlo conocer para perpetua memoria.

O desmemoria, quién sabe, pues La Paz no representa un concepto unívoco, ni un recuerdo cerrado. Esta ciudad es, ante todo, potencia; La Paz no necesariamente es la que se refleja en prensa, literatura, música, cuadros o malas lenguas, ya que es eso y, sobre todo, lo que todo ello insinúa. Chuquiago Marka, La Paz, La Hoyada, no tiene sentido en un solo discurso, sino en el entramado inter/multidiscursivo que las expresiones artísticas posibilitan configurar a partir de lecturas y representaciones individuales/metonínmicas.

En ese sentido, nuestra propuesta no pretende dar cuenta de uno o varios aspectos de La Paz, sino de La Paz misma, entendida como la ciudad posible, no como la ciudad concreta. No nos interesa que La Paz sea como la reflejamos, ya que centramos nuestra visión en la ficción; es decir, no somos tan insensatos como para reproducir una ciudad irreproducible, ni tan insensibles como para conformarnos con la realidad. Nuestra ciudad ficcional no es lo que La Paz es en la realidad, sino lo que podría ser.

De ahí el título de la propuesta: Si acaso en Chuquiago… ¿Qué más podemos decir?

Para terminar, les dejo los avances del corto:

Más allá del bien y del mal- opinión

Escrito por disfonia disfonia - 3/11/2009 - 6 opiniones

Joven guineano devuelve 800 euros a nadie, en realidad

Hace unos días quedé conmovida con esta noticia. La escuché mientras comía, con el mínimo interés con el que suelo escuchar por la televisión cualquier cosa mientras como, y no me quedó más remedio que levantar los ojos también para tratar de, esta vez, comprender. Un joven de Guinea, que “trabaja de lo que puede”, y a juzgar por lo que se veía, realmente pobre, encontró en un cajero automático 800 euros cuando fue a sacar dinero. Más que “encontrar”, diría que el cajero le escupió 800 euros antes de sacar su dinero, como producto de un error, evidentemente.

Este inmigrante, confundido, tomó el dinero y lo llevó a la policía por si alguien lo había perdido y claro, la policía estupefacta, no pudo hacer más que pedirle algún teléfono por si el dueño aparecía -como si se tratase de un paraguas olvidado- y quisiera recompensarlo.

Mamdou Njouma, de 33 años, esposo y padre de una nenita de tres años, dijo con toda naturalidad que si a él le hubiera ocurrido algo así, habría vuelto al lugar del hecho esperando encontrar el monto perdido, lo que puede hacernos creer que estamos frente a un hombre de otra época, que todavía cree que las cosas están donde se las deja, o un ingenuo de tallas mayores, que por gil bien merecido tendría perder todo y más, pero bueno, cada cual con sus expectativas y deseos irrealizables.

Lo que me tocó enormemente de esta noticia -más allá de la bondad intrínseca y bien pensada del hombre- hasta lograr desconectarme verdaderamente de mis habituales urgencias, es escuchar lo que considero la verdadera razón que tuvo él para tomar esta decisión: “Este dinero no me vale para nada. Yo tengo que buscar el mío”.

Sí, insisto, más de uno debe pensar que fue un tonto al cometer tamaña honradez. Tal vez ese dinero sigue esperando al dueño que quizá ni se enteró que algo anda faltando en su cuenta, pero la situación es clave: Mandou encuentra en el dinero un plusvalor sólo manifiesto en la propiedad legítima; más allá de esto, es casi un ornamento que carece de utilidad. Pero… ¿será esto posible? ¿En qué medida la utilidad está supeditada al sacrificio? ¿A la propiedad? ¿A la búsqueda?

A una semana y más del hecho, sigo escuchando estas razones en mi cabeza, y no me pregunto qué hubiera hecho yo con un fortuito encuentro, que eso lo tengo claro… creo.