El “Santa Cruz de la Sierra” 2009: sus ganadores, sus organizadores y su “maldición”- opinión
Escrito por estido
- 7/10/2009 - 7 opiniones
Sobre El fuego y la fábula
Como se puede deducir a partir del título, el fuego es el núcleo generador de las ficciones que pueblan el libro con el que Augusto Ruiz ganó la última edición del Concurso Nacional de Literatura “Santa Cruz de la Sierra”. El fuego en/desde/con el mito, los orígenes, las mujeres, los tiempos y los viajes; el fuego como presencia misteriosa o evidente, pero siempre ejerciendo fascinación sobre los protagonistas de los relatos.
En la mayoría de los cuentos de El fuego y la fábula se ha prescindido del narrador omnisciente en tercera persona, optando por la voz directa del personaje central. El uso del narrador-personaje tiene consecuencias sobre otro aspecto técnico-narrativo: la perspectiva. A mayor distancia del objeto narrado, mayor perspectiva, y viceversa; en ese sentido, los narradores de El fuego… transmiten al lector esa limitación “visual”, lo cual es algo totalmente planificado, pues Augusto apuesta por la participación activa del lector en la generación de sentidos, dotando de ambigüedad, intencionalmente, a las historias que componen el libro.
Otro aspecto digno de destacar es el cuidadoso trabajo de lenguaje, a través del cual construye imágenes precisas, diálogos pulcros y, en varios pasajes, frases que develan la sensibilidad poética del autor (recordemos que Augusto presentó, este año, el poemario Prosas Sacras, con el que obtuvo una mención de honor en el Concurso Nacional de Poesía “Yolanda Bedregal”).
Sobre su libro premiado, Augusto explica: “Me propuse que El fuego y la fábula fuese un pacto entre lo fantástico cotidiano y la poesía. Decidí exorcizar varias historias, fantasmas o simplemente imágenes –un reloj de caoba, una escalera tortuosa, un hueco, cosas que rodearon mi infancia y que, precisamente por ello, disfruté más tarde en mis narradores favoritos: Poe, Borges, Henry James, Faulkner, Dino Buzzati– en relatos más intensos que extensos, con un fantástico sutil, que no fuera estridente ni evidente. De hecho, varios de los quince relatos que componen el libro pueden leerse en un plano perfectamente realista. Se desarrollan bajo el signo del fuego porque ésta es la imagen más sugerente de lo indefinible, de lo inasible, origen del asombro y la duda que, a veces, entra y hace temblar el marco seguro de lo que, por conveniencia, llamamos realidad. Cuando ésta tiembla se produce el efecto fantástico, sucede la poesía”.
(En nuestra Biblioteca, hemos incorporado “El último viaje de César Díaz”, cuento que forma parte de El fuego y la fábula)
Sobre Malas palabras
Róger Otero ganó en la categoría novela con la obra Malas palabras. Es la primera vez que gana este concurso… en novela, ya que lo hizo en tres ocasiones anteriores en la categoría cuento. Esto probablemente es un hecho inédito a nivel mundial o, por lo menos, no muy frecuente, pues no creo que muchos escritores hayan ganado cuatro versiones de un mismo certamen literario.
De la prolífica producción de Róger, sólo tuve la oportunidad de leer Al otro lado del espejo, su primer libro de cuentos, y a base de esa experiencia, podría arriesgarme a opinar que los premios que ganó son merecidos. Y si en los premios se juzgara la calidad humana, Róger debería haberlos ganado todos, pues es una gran persona, y esto lo puede corroborar cualquiera que haya tenido la ocasión de conocerlo personalmente.
Desde la Urbandina, felicitamos a Róger por su “tetracampeonato”.
Sobre el Concurso Nacional de Literatura “Santa Cruz de la Sierra”
Esta fue la décimo segunda versión del Concurso Nacional de Literatura “Santa Cruz de la Sierra”; es decir, se trata de un certamen ya consolidado (en lo que se refiere a continuidad, por lo menos), con más de una década de vigencia. Por otra parte, es un concurso ambicioso, ya que su convocatoria se extiende (por lo menos así fue en esta versión) a seis categorías: novela, cuento, cuento infantil, poesía, teatro y ensayo. El monto del premio tampoco es despreciable: 16.500 Bs. a las obras ganadoras de cada categoría.
Pese a todo lo anterior, llama la atención que este año sólo se presentaran veintinueve obras al concurso. Sí, leyó bien, 29 obras en total, distribuidas de la siguiente manera: 10 en cuento, 5 en novela, 4 en cuento infantil, 6 en poesía, 4 en teatro y ninguna en ensayo. Esto no desmerece para nada los logros de Ruiz y Otero, ya que si sus obras no hubiesen merecido ser ganadoras, las categorías en las que participaron habrían sido declaradas desiertas, tal como ocurrió en las otras tres que recibieron textos concursantes.
De todas formas, causa sorpresa, repito, que un concurso nacional de literatura, con más de una década de vigencia y premios monetarios interesantes (por lo menos para nuestra economía), no generase mayor expectativa y, por ende, mayor participación. Bueno, quizás el único extrañado sea yo, ya que, al parecer, este certamen (convocado por el Gobierno Municipal de Santa Cruz de la Sierra) también registró escaso número de concursantes en algunas versiones previas.
La iniciativa del municipio cruceño es digna de destacar, pues, en realidad, lanza seis concursos simultáneos para igual número de géneros literarios (casi 100.000 Bs. en premios), lo cual avala la pertinencia de su denominación: concurso de LITERATURA. Pero, paradójicamente, tal vez esto representa una debilidad, más que una fortaleza (acaso en este caso se verifique el refrán: “Quien mucho abarca, poco aprieta”). De hecho, durante varias versiones consecutivas del certamen, hubo excesiva demora en el desembolso de los premios (en la del año 2004, incluso se puso en suspenso), cosa que habría podido desanimar a concursantes potenciales en las siguientes ediciones.
No obstante, lo más probable es que la promoción del concurso no haya sido adecuada (a nivel nacional, me refiero); probable, digo, porque no me consta lo contrario. Honestamente, no sé si la convocatoria se publicó en los principales diarios de cada departamento (tal vez no se lo hizo por falta de presupuesto); tampoco sé si se la difundió por medios alternativos (blogs literarios, e-mail o incluso Facebook), bastante efectivos para estos fines y prácticamente gratuitos.
Pero, si mi suposición es acertada y la convocatoria no fue difundida como lo exige un concurso nacional, la escasa participación pasaría a ser un asunto secundario, dejando en evidencia otra cuestión más importante: la necesidad de (re)definir el carácter mismo del certamen.
Sobre la “categoría” de los concursos literarios
Esto también atañe a otros concursos literarios de carácter “nacional” que se realizan en Bolivia (y debería motivar la reflexión de sus organizadores), pues casi todos adolecen, en mayor o menor medida, de las mismas falencias.
Si el fin último de estos certámenes es promover/descubrir nuevos valores, así como incentivar la producción literaria, deberían empezar por difundir amplia e intensamente sus convocatorias; si no, los “nuevos valores” jamás se enterarán del asunto. Por otra parte, se debe asumir con seriedad el carácter del concurso; es decir, no se trata de agregarle “nacional” o “internacional” al título, o establecer la cláusula de “podrán participar todos los escritores bolivianos…”, sólo por darle cierta “categoría”.
Un certamen literario no es “nacional” o “internacional” por el simple hecho de designarse como tal. Se puede considerar, por ejemplo, que un concurso es efectivamente internacional cuando el 30% (al menos) de las obras concursantes proviene del extranjero; similar parámetro se aplica a los concursos nacionales.
Lógicamente, es probable que el primer o los primeros años de existencia del certamen no se alcancen tales porcentajes, sobre todo en el caso de los “internacionales”, a menos que el premio ofrecido sea bastante tentador (de veinte mil euros para arriba). Pero, después de la quinta versión, el concurso debería poder demostrar su carácter (nacional o internacional) con respaldo estadístico. Se podría pensar que esto es algo que escapa al control de los organizadores; y quizás lo sea… en cierta medida.
En cierta medida, pues para alcanzar gran número de participantes, con los porcentajes mencionados, el concurso debe garantizar seriedad y ganar credibilidad, a través de una organización coherente con la “categoría” que presume. Así, en el caso de un concurso “nacional”, por ejemplo, los organizadores deberían considerar los siguientes aspectos:
a. El jurado tiene que ser “nacional”; esto es, conformado por personas de distintas regiones del país. Además, al menos uno de los miembros debería ser un escritor o editor de reconocida trayectoria.
b. La convocatoria debe ser difundida a nivel nacional, por medios de prensa y alternativos.
c. El tema debería ser libre; si no, universal (la guerra, la locura, la muerte, etc.); en el peor de los casos, “nacional” (la bandera, el Litoral perdido, las dictaduras… qué sé yo); pero jamás, regional (el Illimani, el Oriente, el carnaval de Oruro…).
d. Sea su periodicidad semestral, anual o quinquenal, el concurso debe tener continuidad a largo plazo.
e. No se debería extender el plazo de la convocatoria, ni retrasar la fecha del fallo.
f. La entrega del premio debe ser realizada en la fecha que la convocatoria indica, sin “trucos” de por medio (descuento por publicación, por promoción, por ilustraciones, etc.).
g. Si parte del premio consiste en la publicación de la obra ganadora, esta debería realizarse en un plazo no mayor a los tres meses después del fallo.
h. La entidad organizadora debería promocionar efectivamente al autor ganador (promover “nuevos valores” no se reduce a entregar un cheque), a través de presentaciones, lecturas, firma de libros, visitas a colegios, etc. Luego de este espaldarazo, la carrera del “nuevo valor” dependerá íntegramente de la calidad de su obra.
Si el concurso cumple con todo lo anterior y aún así no consigue generar expectativa ni incrementar el número de participantes, sólo hay una explicación posible: brujería. Los organizadores deberán contratar un equipo inter y multi disciplinario de asesores en asuntos paranormales (yatiris, chamanes, macumberas, etc.) para eliminar la maldición que, con toda seguridad, pesa sobre su certamen literario.



