Canon, cánones, posibilidades. Uno entra, ¿otro sale? Siempre en movimiento no sólo respecto al texto, sino a quien(es) lo mueven. Si el canon es ruta, hacia dónde realmente vamos.
Será por la eventualidad del desarraigo que me planteo constantemente qué debería leer frente a la angustia de la apabulladora oferta. Asumido no sin dolor el hecho de que la vida no me alcanzará para leer todo lo que quiero o querré en cualquier momento, pareciera que la salida más coherente es acudir a los clásicos o a lo contemporáneo, como forma de dar sentido a la existencia, pero surge en el acto una angustia mayor al tomar consciencia de la necesidad de un parámetro seleccionador que se adecue a lo que necesito o necesitaré; al placer que busco o buscaré, a una posición estética o ética que preciso afirmar.
Entonces, intuyo con mayor fuerza que mi necesidad está en concordancia con lo que soy, y huyendo todo cuando puedo de nociones identitarias es imposible no ver que lo “debería” leer no puede deshacerse de los códigos que me cruzan, tan cercanos y ajenos a la gente que actualmente me rodea. Entonces el tema identitario, la historia personal, el contexto, resurgen en mi cabeza cuestionando lo que se me ha propuesto o impuesto desde la educación primaria, pasando por la Universidad, los Postgrados y el actual contacto con la literatura que de este lado del mundo parece importante, lo que me lleva a reflexionar, más allá de la elección y la angustia que también experimento en los supermercados al comprobar que tampoco la vida me alcanzará para probarlo todo sin indigestarme, sobre qué nos lleva a elegir lo que leemos. Quién lo construye como necesidad, por qué hay que descartar lo que se pone de lado y abocarse a lo que de algún modo se considera útil; útil para quién o qué, además.
Si en este cruce, más bien cruz, de caminos y tradiciones y culturas, de valoraciones y creencias, hay que hacerse de un corpus compañero y posibilitador de diálogos extensos y de interpretaciones varias, no puedo dejar de pensar en la noción de canon que se hace fuente de valor o disvalor, principalmente en la formación universitaria. En este sentido, el espacio recorrido dentro de una distancia tan finita como infinita, si de intentos de canonización y su producto se trata, nos permite precisar que podemos visualizar a grosso modo tres ordenamientos distintos de los que somos y hemos sido parte, pero con varios puntos de contacto entre los mismos; vale decir, lugares donde las visiones se dan la mano, así sea para luego invertir el orden o la visión de las cosas. Digamos entonces: un canon didáctico, el que podríamos llamar “platónico”; uno clásico, el “aristotélico”, y uno “romántico”, el de Harold Bloom, expresado en su conocida obra, El canon occidental.
Del simple hecho de presentar esta posibilidad triple, puede inferirse que hay tantos cánones como puntos de vista sustentables acerca de lo que la literatura es y debe hacer. Si al final de cuentas el tema de qué leer guarda implícitamente también un cómo leer es porque, si bien no todo vale en el terreno de esta supuesta libertad. El corpus seleccionado tanto académicamente como a nivel personal responden a un interés específico, que sería una concepción cultural y todo lo que a ésta atañe, como señala Noé Jitrik en “El devenir de una palabra”. Es decir, al final, cualquier ordenamiento, selección o, al menos su intento, responden al propósito de una interpretación cultural y hasta ontológica de lo que es el ser humano. En ese sentido, no puede hablarse de “un” canon cuando se trata de un especial modo de situarse en el mundo para intentar precisamente tener luces sobre una cultura en cuestión y el hombre que intenta comprenderla y comprenderse, de tal suerte que un canon occidental no espedifica mucho tampoco. Que yo sepa, mis compatriotas aymaras no son orientales, como tampoco lo son los indios otavaleños y sin ir más lejos yo, por lo que intuyo que lo que Bloom entiende por “occidental” nos toca de lado solamente. De este modo, hablar del canon y de lo que debería leerse, no es solamente un intento de valoración sobre lo que está bien escrito y un guiño sobre cómo debería escribirse, tanto como encontrar (designar, diría Barthes) una “atinada” interpretación de la cultura que quiere vindicarse, cuestionarse, celebrarse, etc. y de la posición del hombre –lector- dador de sentido de todo en la misma cultura. Hecho esto, luego el canon señalaría cómo debe seguir escribiéndose y hacia dónde debería apuntar esta escritura, lugar que presenta al menos una paradoja: por un lado, el propósito del canon de señalar lo bueno como emulable, y por otro, esa tácita pretensión de que aquello que se considera bueno sea rebasado como condición que confirma la dignidad de la nueva obra.
Como vemos, es imposible huir de un contexto histórico para sustentar cualquier tipo de valoración, y esto no solamente porque la conciencia estética esté también condicionada, sino porque si a esta discusión subyace un tema cultural, es necesario el paso del tiempo para terminar o empezar a dar sentido a lo que posteriormente será una tradición o una conciencia humana, por lo que la brecha se hace un poquito más grande al permitir, mediante la razón crítica y la duda, que el transcurso de la historia y los hechos permitan incluir ciertas obras y quitar otras del canon que fuere, ya que el tiempo y la evolución de dicha conciencia deja o empieza a encontrar sentido ahí donde lo hubo o no existió nunca, respectivamente.
I
Reconozcamos que en cualquier postulación canónica, en la mera idea de pensar un canon, hay un principio de autoridad. Dice Jitrik en el artículo arriba mencionado que lo que queda fuera del canon es aquello que “no entiende la exigencia” de la regla. Sin duda podemos polemizar eternamente acerca del arte, sus principios libertarios, su negación de la autoridad y supuestas reglas, así como de eventuales expectativas morales o políticas, pero ya Platón hace miles de años hizo en su República un énfasis especial en la condena a la opinión por su falta de sustento -aunque también por cierta excesividad impertinente-, entendiendo por ésta la práctica de hablar sin ninguna autoridad sobre el tema, por lo que se ve que el peso del saber sigue siendo un aval de calidad pese a quien le pese, como panacea para no permanecer en el mero terreno de lo subjetivo. Algo, una entidad superior, indeterminada por naturaleza, situada entre los difuntos númenes de las letras y el sentido común, señala qué es digno y qué no lo es, y tal vez sea este el punto más conflictivo del tema: Quién determina cuál es la exigencia de la regla o, mejor dicho, cuál es la regla. Considero que esta cosa que aparece impregnada de misterio, y por eso reverenciable, es lo menos identificable quizá por ser lo más íntimo también. Pero volvemos al punto: lo que se lee y lo que no se lee es cualquier espacio de poder y en mi propio fuero interno, responde a una necesidad, al fin y al cabo; una necesidad tan cultural como personal. Una búsqueda, una unión con algo en la cosa literaria.
Si es que hay una exigencia que cumplir, una puerta que abrir, un lugar por donde transitar, también Jitrik afirma -aunque siempre abocado a la literatura latinoamericana, que por la sola mención a un canon transita este lugar con el suyo propio- que a este recinto que sería un supuesto canon trascedente, siempre se puede ingresar “por otra puerta”. Veamos bien: no dice cruzarlo, mirarlo, entenderlo o mostrarlo, sino habitarlo, pero ingresando por otra puerta. Lo que equivale a decir que siempre hay acceso; siempre hay posibilidad de estar ahí si se encuentra esa “otra puerta”. Además de ser una figura bella, la idea de otro acceso es una imagen radical, puesto que la brecha, el espacio a la excepción, se hace ya un ingreso a eso que se entiende como “la regla”, con todas las de la ley. Este otro ingreso no sólo es acceso o su posibilidad, sino principalmente umbral, porque al final de cuentas uno puede elegir entrar o no, o quedarse en el límite para los fines que convengan, lo importante es ver que ese recinto trascendente y aparentemente fosilizado, se descompacta a manera de un puente levadizo que permite el paso de los atrevidos para volver a cerrarse de nuevo.
En este contexto, no me parece del todo impensable admitir que la literatura latinoamericana tal como la entendemos a partir de la Modernidad, haya buscado más que cualquier otra pactar este ingreso a lo que sería un canon occidental -no precisamente el de Bloom. En este sentido, como en un negocio donde se cede y se ofrece, ha transado entre dos o más presencias este lugar umbralístico dentro de la “buena” y “menos buena” literatura, o dentro de la “oficial” y “la otra”, poniendo en escena el hecho de que el pacto no sólo es entre dos memorias culturales que confieren un lugar a algo, sino entre dos presencias, lector-escritor, que también pactan el sentido de algo. El tema, sin embargo, es el mismo: Si hablamos de la posibilidad de canonizar algo es porque queremos rescatar algo de ello. Qué.
Hemos llegado a un punto en que parecería fácil concluir que pueden existir cuántos cánones mis deseos y necesidades generen, pero la pregunta es más estimable que eso: Qué hace a una obra canónica y canonizable en un momento determinado de la Academia –ese ente abstracto y más imaginado que conocido-, el país o los círculos de poder. Qué es deseable leer y de qué manera. Lo qué es más importante para nosotros: Hoy en día, cómo se está construyendo un canon boliviano, latinoamericano o contemporáneo. Cuáles son realmente las razones que pesan en las elecciones.
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