Si acaso en Chuquiago…- noticias

Escrito por estido estido - 24/10/2009 - 5 opiniones

Este ha sido un buen año para los urbandinos, a nivel general. Festejamos el Bicentenario de la Revolución Juliana con N actividades, sobre todo, en el ámbito de la cultura. Y aunque la Ínclita, como ciudad concreta, no haya progresado mucho, como ciudad imaginaria ha dado pasos importantes. Porque, finalmente, una urbe no se mide con parámetros económicos, sino culturales.

Y en esto, más allá de desaciertos en otras áreas, hay que felicitar a la Alcaldía, pues sus autoridades tuvieron una visión digna de elogios para lograr que La Paz, indudablemente, este año se convirtiera, o más bien, recuperase el sitial central como generadora de propuestas artísticas.

Si bien, en este aspecto, aún estamos muy lejos de otras capitales latinoamericanas, no es menos cierto que disponemos de menos recursos y fomento, a nivel estatal, para la formación de artistas, como también para la creación y difusión de sus obras. Baste recordar que sólo contamos con un teatro y sólo un espacio para conciertos (el estadio no cuenta en ello). Sin embargo, todas las carencias se compensan con creatividad.

Así, por ejemplo, haciendo buenas gestiones, hemos logrado convocar al primer (¿único?) certamen literario internacional, con la confianza y apoyo de una institución tan seria y respetable como el Centro de Formación Literaria Onelio Cardoso, de cuyas aulas han egresado varios de los mejores, y más premiados, narradores cubanos de la actualidad.

Y bueno, modestia aparte, otro ejemplo está en Si acaso en Chuquiago…, cortometraje que acaba de ser elegido como ganador del concurso Amalia Gallardo. Con poco presupuesto (pero grande para nosotros), pudimos filmar una historia compleja, en varias locaciones, con muchos actores, sorteando las dificultades que se presentaron en el proceso, como que se haya arruinado la cinta que contenía tres o cuatro escenas fundamentales, cuando apenas teníamos diez días para el límite de la presentación. “Al mal tiempo, buena cara”, nos dijimos, y volvimos a filmarlas, obteniendo tomas, en nuestro criterio, mejores a las perdidas.

En fin, ahora no voy a mencionar nombres, porque podría incurrir en la injusticia de omitir alguno, pero quienes participaron del proyecto saben que el logro es de todos. Por eso: ¡Muchas gracias!

Dentro de algunos días, compartiremos con los amigos de Urbandina el cortometraje. Mientras tanto, aquí les dejo algunas imágenes de esta aventura:

Lubricar la burocracia- crónica

Escrito por estido estido - 21/10/2009 - 8 opiniones

Por cumplir con un requisito laboral, tuve que conseguir una fotocopia legalizada de mi título profesional. Pagué el monto correspondiente y me dirigí a la oficina de registros para dejar el fólder con los documentos exigidos. Como en la ventanilla no había ningún funcionario, golpee el mostrador varias veces, durante varios minutos, hasta que apareció una señora, quien, con evidente mal humor, me preguntó: “¿Qué quiere?” “Necesito una copia legalizada…”, expliqué, tratando de ser lo más cortés posible. La señora prácticamente me arrancó el fólder de las manos y, humedeciendo la punta de sus dedos con saliva, comenzó a revisar los papeles. “Parece que está todo”, comentó en voz baja. “¿Cuándo puedo recoger el documento?”, le pregunté. “El encargado de recepción le va a informar sobre eso. Espérelo un rato”, contestó, a tiempo de devolverme el archivador. “¿Usted no puede recibir mi fólder?”, volví a preguntar. Ella, indignada, me miró de pies a cabeza y gruñó: “¡Yo no soy encargada de recepción! ¡Soy jefe de reclamos!”.

Después de hacerme la aclaración de rangos, la “jefa” desapareció detrás de la mampara sin darme tiempo para presentar un reclamo sobre la mala atención de esa oficina. En fin, el caso es que, luego de unos diez minutos, apareció el encargado de recepción con un enorme paquete en las manos. “¿Tiene que iniciar algún trámite?”, me preguntó mientras entraba en la oficina. “¡Sí! Y estoy esperando hace mucho”, contesté casi gritando. “Ah, va a disculpar. Ahorita lo atiendo”, replicó y se perdió detrás de la mampara cargando el paquete voluminoso, cuyo inconfundible olor delataba su contenido: salteñas.

Quince minutos después, el encargado reapareció, haciendo desagradables muecas en el afán de limpiar su dentadura con movimientos linguales. “¿Cuál es la urgencia, joven?”, preguntó sin asomo de vergüenza, y empezó a escarbar sus molares con la uña del meñique. Sabiendo que de nada servía demostrar mi enfado, respiré hondamente y le expliqué, con tono humilde, lo que necesitaba. “Ya, vuelva pasado mañana”, me dijo, luego de revisar la carpeta y entregarme un recibo.

“No capan dos veces al toro”, reza el dicho popular; de modo que volví a recoger la copia legalizada cinco minutos antes del mediodía, calculando que el descanso salteñero ya habría terminado. Y, en efecto, así fue, pero lo que no había terminado era mi trámite: “Todavía no está, joven. Vuelva mañana o… más seguro, el lunes”.

Para evitarme dolores de cabeza y ataques biliares, retorné una semana después, creyendo, ingenuamente, que el trámite ya estaría concluido. “No, todavía no ha salido su copia. ¿Seguro que presentó todos los papeles?”, expresó el encargado, tras revisar el cuaderno de registros. Ya no pude aguantar más; solté mi rabia a viva voz: “¡Usted mismo revisó que los papeles estuviesen completos! ¡Cómo es posible que hagan perder el tiempo…!”. Sin inmutarse, el tipo escuchó todo mi desahogo, incluso asintiendo con la cabeza. “Le entiendo”, dijo cuando me callé, “pero estos trámites son así; a veces se estancan por macanitas”, e inclinándose hacia mí, continuó en voz baja: “para que salgan rápido, haya que meterle aceite…”. A buen entendedor, pocas palabras: saqué el aceite de mi billetera.

Con cinismo inaudito, el encargado revisó a contraluz el billete de 50 pesos para comprobar si no era falso; recién entonces lo guardó en su bolsillo y el aceite hizo efecto inmediato: de un cajón extrajo mi fólder, ubicó la fotocopia de mi título y le estampó el sello seco de la UMSA. “Ya está, joven”, me dijo sonriendo, a tiempo de entregarme la carpeta.

Me fui de allí con sentimientos encontrados: por un lado, estaba contento por finalmente haber obtenido el documento; por otro, estaba indignado por haber tenido que aceitar un trámite por el cual ya había pagado. No es que nunca antes hubiese tenido que lubricar los engranajes de la burocracia, pero no creía que incluso en la universidad la “aceiteada” fuese necesaria.

Lo peor de todo fue que, al compartir la mala experiencia con un amigo, este me dijo con tono burlón: “Y… ¿no te está ardiendo?”. “No entiendo, ¿qué quieres decir?”, repliqué confundido. “Es que la aceiteada para esas cosas es 10 pesos o dos salteñas, pero nunca cincuenta mangos”, me explicó, “o sea que te la metieron doblada… ¡y sin aceite!”. A punto estuve de mandar a la mierda al chistosito, pero sus palabras habían hecho efecto en mi psiquis, por lo que tuve que correr a la farmacia para comprar un ungüento que me quitase el ardor en el… ánimo.

Ya que la “aceiteada” está prácticamente institucionalizada, considero que es necesario el establecimiento de un “tarifario oficial”, de modo que los usuarios no lubriquemos más de lo debido ni tengamos escaldaduras dolorosas. Presentaré, por escrito, esta sugerencia a la jefa de reclamos y, lógicamente, adjuntaré a la nota un paquete de salteñas.

Concurso de Relato Breve “Tinta Fresca”- anuncio

Escrito por urbandino urbandino - 16/10/2009 - 8 opiniones

Con el objetivo de promocionar a escritores jóvenes e incentivar la creación literaria, la revista Alejandría y el blog Urbandina convocan al Concurso de Relato Breve “Tinta Fresca”, de acuerdo a las siguientes bases:

PARTICIPANTES

Podrán participar personas de cualquier nacionalidad que no hubieren cumplido 30 años hasta el cierre de esta convocatoria, con relatos escritos en castellano, originales, inéditos y que no estén pendientes de fallo en otro certamen. Los concursantes asumen la responsabilidad por la autoría de los textos presentados.

OBRAS

El tema es libre y cada participante podrá presentar dos originales como máximo. La extensión de los relatos no deberá sobrepasar los 4500 caracteres ni ser inferior a 2500 (con espacios incluidos), escritos en página tamaño carta, con interlineado doble y tipo arial o times (punto 12).

PRESENTACIÓN

Los relatos se presentarán a través de correo electrónico, observando las siguientes indicaciones:

a. En el asunto (subject) del mensaje debe figurar:
CONCURSO TINTA FRESCA – PSEUDÓNIMO

b. En el cuerpo del mensaje:
TÍTULO DE LA/S OBRA/S

c. Un archivo adjunto (formato “doc” u “odt”) con el texto concursante (en caso de ser dos, se deberá adjuntar los cuentos en archivos separados), cuyo nombre debe ser:
TÍTULO DE LA OBRA – PSEUDÓNIMO(.doc)(.odt)

d. Otro archivo adjunto con los datos del concursante (nombre, apellidos, documento de identidad, dirección, teléfono y correo electrónico), cuyo nombre debe ser:
PSEUDÓNIMO(.doc)(.odt)

PLAZO

Los relatos deberán enviarse a urbandina@gmail.com, hasta el 31 de diciembre de 2009, impostergablemente. Urbandina enviará un mensaje a los concursantes confirmando la recepción de los relatos (si, pasados tres días del envío, el concursante no recibe esta confirmación, deberá volver a mandar sus relatos).

JURADO

El jurado estará conformado por un representante del Centro de Formación Literaria “Onelio Cardoso” (Cuba), un representante de la Carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés, un representante de la revista Alejandría, un representante de Urbandina, un escritor boliviano y un narrador latinoamericano. Las identidades de los mismos (así como sus datos bio-bibliográficos) serán dadas a conocer una vez dictaminado el fallo.

Además, un séptimo voto corresponderá a los resultados de la votación en línea realizada por los lectores de Urbandina.

FALLO

El jurado seleccionará tres relatos finalistas, de entre los cuales determinará al ganador del concurso.

El fallo del jurado se hará público el 1 de febrero de 2010, a través de Urbandina y otros espacios virtuales. Asimismo, el ganador y los finalistas serán notificados oficialmente por Urbandina, vía correo electrónico.

Dado que su objetivo es la promoción de nuevos escritores y el fomento a la creación literaria, este concurso no podrá declararse desierto.

PREMIOS

Se concederá un premio único de 500 USD (quinientos dólares americanos) al relato ganador.

Tanto el relato ganador como los finalistas recibirán diplomas de reconocimiento, lotes de libros y la colección completa de la revista Alejandría.

El relato ganador y los finalistas serán publicados en la revista Alejandría, como también en Urbandina (donde además pasarán a integrar, “en destaque”, la biblioteca virtual).

La ceremonia de premiación tendrá lugar en la ciudad de La Paz, el 7 de febrero de 2010. En caso de que el ganador (o los finalistas) no resida en La Paz, se le enviarán sus premios vía correo postal y giro bancario.

VOTACIÓN EN LÍNEA

Los relatos concursantes se publicarán en Urbandina (el primer párrafo para lectura en línea y el texto íntegro para descarga), según el orden de recepción, el 1 de enero de 2010, de modo que los lectores puedan emitir su voto por los tres relatos de su preferencia.

El voto de los lectores de Urbandina se realizará a través de la casilla de comentarios, en la página del concurso. Sólo se admitirá votos de lectores que indiquen su nombre completo y correo electrónico. Para este fin, los comentarios serán habilitados desde el 1 hasta el 31 de enero de 2010.

El resultado de la votación en línea será tomado en cuenta como un séptimo voto en la decisión del jurado.Los concursantes no podrán promover la votación por sus relatos de ninguna manera, por ningún medio.

OTROS

Dependiendo del número de relatos recibidos, los organizadores se reservan el derecho de conformar un comité de pre-selección, invitando a especialistas en corrección de estilo para que evalúen aspectos específicamente formales (gramática, ortografía, etc.).

El jurado tiene la potestad de resolver cualquier cuestión que no hubiese sido contemplada en esta convocatoria.

El hecho de participar en este concurso supone la cesión de los derechos de autor para la edición y publicación de las obras que resultaren finalistas durante un lapso de seis meses (hasta el 31 de julio de 2010), después del cual, los autores quedarán en libertad de publicar sus obras por cualquier medio.

Los relatos que no resultaren finalistas serán borrados de Urbandina un día después de emitido el fallo del jurado.

Cualquier consulta sobre las bases del concurso podrá hacerse escribiendo a urbandina@gmail.com o visitando Urbandina.

La participación en este concurso supone la aceptación de todos los puntos de la convocatoria, del mismo modo que el incumplimiento de alguno de ellos supone la descalificación inmediata.

AUSPICIAN

Embajada de Italia en La Paz, Centro de Formación Literaria Onelio Cardoso, Editorial Gente Común y Productora Tres Tribus.

El canon: ¿capricho o necesidad?- ensayo

Escrito por disfonia disfonia - 14/10/2009 - 4 opiniones

Canon, cánones, posibilidades. Uno entra, ¿otro sale? Siempre en movimiento no sólo respecto al texto, sino a quien(es) lo mueven. Si el canon es ruta, hacia dónde realmente vamos.

Será por la eventualidad del desarraigo que me planteo constantemente qué debería leer frente a la angustia de la apabulladora oferta. Asumido no sin dolor el hecho de que la vida no me alcanzará para leer todo lo que quiero o querré en cualquier momento, pareciera que la salida más coherente es acudir a los clásicos o a lo contemporáneo, como forma de dar sentido a la existencia, pero surge en el acto una angustia mayor al tomar consciencia de la necesidad de un parámetro seleccionador que se adecue a lo que necesito o necesitaré; al placer que busco o buscaré, a una posición estética o ética que preciso afirmar.

Entonces, intuyo con mayor fuerza que mi necesidad está en concordancia con lo que soy, y huyendo todo cuando puedo de nociones identitarias es imposible no ver que lo “debería” leer no puede deshacerse de los códigos que me cruzan, tan cercanos y ajenos a la gente que actualmente me rodea. Entonces el tema identitario, la historia personal, el contexto, resurgen en mi cabeza cuestionando lo que se me ha propuesto o impuesto desde la educación primaria, pasando por la Universidad, los Postgrados y el actual contacto con la literatura que de este lado del mundo parece importante, lo que me lleva a reflexionar, más allá de la elección y la angustia que también experimento en los supermercados al comprobar que tampoco la vida me alcanzará para probarlo todo sin indigestarme, sobre qué nos lleva a elegir lo que leemos. Quién lo construye como necesidad, por qué hay que descartar lo que se pone de lado y abocarse a lo que de algún modo se considera útil; útil para quién o qué, además.

Si en este cruce, más bien cruz, de caminos y tradiciones y culturas, de valoraciones y creencias, hay que hacerse de un corpus compañero y posibilitador de diálogos extensos y de interpretaciones varias, no puedo dejar de pensar en la noción de canon que se hace fuente de valor o disvalor, principalmente en la formación universitaria. En este sentido, el espacio recorrido dentro de una distancia tan finita como infinita, si de intentos de canonización y su producto se trata, nos permite precisar que podemos visualizar a grosso modo tres ordenamientos distintos de los que somos y hemos sido parte, pero con varios puntos de contacto entre los mismos; vale decir, lugares donde las visiones se dan la mano, así sea para luego invertir el orden o la visión de las cosas. Digamos entonces: un canon didáctico, el que podríamos llamar “platónico”; uno clásico, el “aristotélico”, y uno “romántico”, el de Harold Bloom, expresado en su conocida obra, El canon occidental.

Del simple hecho de presentar esta posibilidad triple, puede inferirse que hay tantos cánones como puntos de vista sustentables acerca de lo que la literatura es y debe hacer. Si al final de cuentas el tema de qué leer guarda implícitamente también un cómo leer es porque, si bien no todo vale en el terreno de esta supuesta libertad. El corpus seleccionado tanto académicamente como a nivel personal responden a un interés específico, que sería una concepción cultural y todo lo que a ésta atañe, como señala Noé Jitrik en “El devenir de una palabra”. Es decir, al final, cualquier ordenamiento, selección o, al menos su intento, responden al propósito de una interpretación cultural y hasta ontológica de lo que es el ser humano. En ese sentido, no puede hablarse de “un” canon cuando se trata de un especial modo de situarse en el mundo para intentar precisamente tener luces sobre una cultura en cuestión y el hombre que intenta comprenderla y comprenderse, de tal suerte que un canon occidental no espedifica mucho tampoco. Que yo sepa, mis compatriotas aymaras no son orientales, como tampoco lo son los indios otavaleños y sin ir más lejos yo, por lo que intuyo que lo que Bloom entiende por “occidental” nos toca de lado solamente. De este modo, hablar del canon y de lo que debería leerse, no es solamente un intento de valoración sobre lo que está bien escrito y un guiño sobre cómo debería escribirse, tanto como encontrar (designar, diría Barthes) una “atinada” interpretación de la cultura que quiere vindicarse, cuestionarse, celebrarse, etc. y de la posición del hombre –lector- dador de sentido de todo en la misma cultura. Hecho esto, luego el canon señalaría cómo debe seguir escribiéndose y hacia dónde debería apuntar esta escritura, lugar que presenta al menos una paradoja: por un lado, el propósito del canon de señalar lo bueno como emulable, y por otro, esa tácita pretensión de que aquello que se considera bueno sea rebasado como condición que confirma la dignidad de la nueva obra.

Como vemos, es imposible huir de un contexto histórico para sustentar cualquier tipo de valoración, y esto no solamente porque la conciencia estética esté también condicionada, sino porque si a esta discusión subyace un tema cultural, es necesario el paso del tiempo para terminar o empezar a dar sentido a lo que posteriormente será una tradición o una conciencia humana, por lo que la brecha se hace un poquito más grande al permitir, mediante la razón crítica y la duda, que el transcurso de la historia y los hechos permitan incluir ciertas obras y quitar otras del canon que fuere, ya que el tiempo y la evolución de dicha conciencia deja o empieza a encontrar sentido ahí donde lo hubo o no existió nunca, respectivamente.

I

Reconozcamos que en cualquier postulación canónica, en la mera idea de pensar un canon, hay un principio de autoridad. Dice Jitrik en el artículo arriba mencionado que lo que queda fuera del canon es aquello que “no entiende la exigencia” de la regla. Sin duda podemos polemizar eternamente acerca del arte, sus principios libertarios, su negación de la autoridad y supuestas reglas, así como de eventuales expectativas morales o políticas, pero ya Platón hace miles de años hizo en su República un énfasis especial en la condena a la opinión por su falta de sustento -aunque también por cierta excesividad impertinente-, entendiendo por ésta la práctica de hablar sin ninguna autoridad sobre el tema, por lo que se ve que el peso del saber sigue siendo un aval de calidad pese a quien le pese, como panacea para no permanecer en el mero terreno de lo subjetivo. Algo, una entidad superior, indeterminada por naturaleza, situada entre los difuntos númenes de las letras y el sentido común, señala qué es digno y qué no lo es, y tal vez sea este el punto más conflictivo del tema: Quién determina cuál es la exigencia de la regla o, mejor dicho, cuál es la regla. Considero que esta cosa que aparece impregnada de misterio, y por eso reverenciable, es lo menos identificable quizá por ser lo más íntimo también. Pero volvemos al punto: lo que se lee y lo que no se lee es cualquier espacio de poder y en mi propio fuero interno, responde a una necesidad, al fin y al cabo; una necesidad tan cultural como personal. Una búsqueda, una unión con algo en la cosa literaria.

Si es que hay una exigencia que cumplir, una puerta que abrir, un lugar por donde transitar, también Jitrik afirma -aunque siempre abocado a la literatura latinoamericana, que por la sola mención a un canon transita este lugar con el suyo propio- que a este recinto que sería un supuesto canon trascedente, siempre se puede ingresar “por otra puerta”. Veamos bien: no dice cruzarlo, mirarlo, entenderlo o mostrarlo, sino habitarlo, pero ingresando por otra puerta. Lo que equivale a decir que siempre hay acceso; siempre hay posibilidad de estar ahí si se encuentra esa “otra puerta”. Además de ser una figura bella, la idea de otro acceso es una imagen radical, puesto que la brecha, el espacio a la excepción, se hace ya un ingreso a eso que se entiende como “la regla”, con todas las de la ley. Este otro ingreso no sólo es acceso o su posibilidad, sino principalmente umbral, porque al final de cuentas uno puede elegir entrar o no, o quedarse en el límite para los fines que convengan, lo importante es ver que ese recinto trascendente y aparentemente fosilizado, se descompacta a manera de un puente levadizo que permite el paso de los atrevidos para volver a cerrarse de nuevo.

En este contexto, no me parece del todo impensable admitir que la literatura latinoamericana tal como la entendemos a partir de la Modernidad, haya buscado más que cualquier otra pactar este ingreso a lo que sería un canon occidental -no precisamente el de Bloom. En este sentido, como en un negocio donde se cede y se ofrece, ha transado entre dos o más presencias este lugar umbralístico dentro de la “buena” y “menos buena” literatura, o dentro de la “oficial” y “la otra”, poniendo en escena el hecho de que el pacto no sólo es entre dos memorias culturales que confieren un lugar a algo, sino entre dos presencias, lector-escritor, que también pactan el sentido de algo. El tema, sin embargo, es el mismo: Si hablamos de la posibilidad de canonizar algo es porque queremos rescatar algo de ello. Qué.

Hemos llegado a un punto en que parecería fácil concluir que pueden existir cuántos cánones mis deseos y necesidades generen, pero la pregunta es más estimable que eso: Qué hace a una obra canónica y canonizable en un momento determinado de la Academia –ese ente abstracto y más imaginado que conocido-, el país o los círculos de poder. Qué es deseable leer y de qué manera. Lo qué es más importante para nosotros: Hoy en día, cómo se está construyendo un canon boliviano, latinoamericano o contemporáneo. Cuáles son realmente las razones que pesan en las elecciones.

[...]

Prosas Sacras- poesía

Escrito por Hefesto Hefesto - 11/10/2009 - 2 opiniones

Prosassacras

Tres poemas de Prosas Sacras:

I.

Zénon! Cruel Zénon! Zénon d’Élée!
Paul Valéry

Abre los ojos. Ahí está la escalera: espiral de hierro en la oscuridad.

Y tus pasos resuenan en la noche de tu cuarto.

El hierro está frío. Sueltas el pasamanos. Y, tanteando con los pies, te concentras en subir. ¿Qué otra cosa importa en una escalera?

Ya sientes el calor en tus piernas. Ya has perdido la cuenta de los peldaños mudos como la arena. No importa. Perseveras.

Hasta que entiendes, anhelante, que es mejor bajar. Y entumecidas las manos, apoyándote en las paredes de humedad y sangre, confías en los peldaños cada vez más numerosos –y el aire hecho añicos revolotea en tus oídos.

Piensas: para llegar a la mitad, tengo que llegar primero a la mitad de la mitad de la escalera –y sientes las manos del horror en el cuello, la presión del silencio en la sangre.

Palpas, una vez más, la espiral sin edad. Y perseveras: ¿qué otra cosa importa en una escalera?

Pero aunque manches con sudor el hierro pálido de los días, el presente falta como un rellano en la oscuridad.

 

II.

Qué orgía, la ciudad milenaria. Orgía de los siglos. Solo el hombre desaparece, en medio del silencio. Y el río que somos pasa y refleja, por un instante, esa hoguera sagrada que ha durado mil veces sus aguas.

 

III.

Extase, sommeil dans un nid de flammes
Rimbaud

La lengua habla

Otra lengua en tinieblas.

Precioso es el silencio

Bajo las sábanas.

Precioso es tu cuerpo

Templo

De las profanaciones,

Discreto imperio

De piedras calcinadas.

Precioso es el instante

En que prenden los soplos

Y el pan se nos quema

En la ira nuestra

De cada oscuridad.

Y después de borrar

La ceniza el fuego

Precioso es tu sueño

Crepitar

Entre las últimas sombras.