El invierno urbandino- crónica
Escrito por estido
- 16/09/2009 - 15 opiniones
Ya está haciendo calor en La Paz. Sí, “¡aunque usted no lo crea!”, los últimos días ya se siente un cambio en la temperatura. Claro que es un cambio que sólo notamos los urbandinos, pues para la gente del oriente y los valles, este hueco sigue siendo una heladera.
Es que, en realidad, La Paz tiene una sola estación: invierno. Pero es un invierno con matices, que va desde el “jodidamente frío” (junio, julio y agosto), pasando por el “no tan frío” (de septiembre a marzo), hasta el “friecito” (abril y mayo). Y los habitantes de estas altitudes nos hemos acostumbrado a esas leves variaciones, de modo que podemos identificarlas con sólo sacar un pie de las frazadas. Así, entre sueños, antes de estar completamente despiertos, ya planificamos qué ropa vamos a vestir durante la jornada.
Esta extrema “sensibilidad climática” del urbandino origina que algunos cholos quejumbrosos sólo estemos contentos cuando hace “friecito”, que envidiemos a los cruceños, benianos o pandinos cuando el clima está “jodidamente frío”, y que deseemos emigrar a Charaña cuando está “no tan frío”.
Cabe aclarar que, invariablemente, todos los días del año, de tres de la madrugada a siete de la mañana, la temperatura es “jodidamente fría”, lo cual representa una incomodidad para los urbandinos que se levantan temprano para ir al trabajo o a clases, ya que el pie fuera de la frazada les indica que deben vestir calzón de diablo, camiseta térmica, chompa, chamarra y chalina, sin embargo, si es la época de “no tan frío”, durante el resto de la jornada deberán ir despojándose de sus prendas y, hacia media tarde, andarán por las calles como vendedores de ropa usada, haciendo malabares para caminar sin dejar caer ninguna pertenencia.
Hace algunos años, precisamente cuando el clima estaba “no tan frío”, comprobé de manera dolorosa lo “jodidamente frío” de las madrugadas paceñas. Resulta que el poderoso Tigre (Papá The Strongest, para los cholis) había logrado el bicampeonato de la Liga de Fútbol Profesional de Bolivia, de forma que, una vez más, el paseo de El Prado se convirtió en cantina para celebrar el acontecimiento. Lógicamente, yo estaba ahí, festejando el logro junto con miles de estoicos hígados atigrados, capaces de soportar (y procesar) ingentes cantidades de metanol camuflado en ponche.
Luego de los abrazos, los vítores, las jodas a los cholis, las peleas, el llanto, la reconciliación, etc., en El Prado sólo quedábamos los estronguistas más fanáticos (o más alcohólicos, dependiendo del punto de vista), cantando a todo pulmón y con hondo sentimiento: “Condorcitoooooo quisiera seeer…”. Hasta ahí llega mi memoria (el metanol es cosa seria). Mi siguiente recuerdo corresponde a la última parte de un sueño devenido en pesadilla: estaba en el estadio, saltando con toda la gente de la Ultra Sur (barra brava del Tigre), mofándonos de los cholis, quienes estaban semi-derretidos en la curva norte, achicharrados por el inclemente sol altiplánico; de repente, mis carcajadas burlonas comenzaron a desesperarme y se transformaron en gritos de auxilio, pues un choli me estaba haciendo cosquillas en las plantas de los pies, a tiempo que el sol traicionero cambiaba de posición, ensañándose con la barra atigrada.
Entonces desperté y casi pierdo la vista, pues al abrir los ojos mis pupilas fueron vejadas por un haz de luz solar que, filtrándose entre dos edificios, iluminaba, como reflector de concierto, el espacio donde había me quedado dormido: la puerta de Pollos Copacabana. Eran las siete menos cinco del lunes 22 de diciembre de 2003; debido a la época navideña, ya había mucho movimiento de comerciantes y peatones, pese a ser tan temprano. Las miradas curiosas, entre despectivas y compasivas, me avergonzaron de tal manera, que sentí un ardor indescriptible en el rostro, aunque esto, probablemente, pudo haber sido efecto de las quemaduras provocadas por el sol mañanero.
En fin, el caso es que, avergonzado y con el rostro ardiente, me paré y comencé a caminar sin rumbo fijo, sólo por diluir la vergüenza, mimetizándome entre los peatones. Si bien el sol había calentado mi cuerpo, sentí un frío glacial en los pies, por lo que aceleré el paso, con la esperanza de que la fricción y el ejercicio remediarían esa sensación térmica. Sin embargo, luego de tres cuadras de marcha intensa, sentí que mis pies, lejos de entrar en calor, estaban acalambrados y, por primera vez en mi vida, experimenté el dolor que puede provocar el frío extremo.
Olvidándome de la vergüenza, detuve la caminata, con la intención de darme un masaje, y recién entonces comprendí el problema… ¡me habían robado los zapatos mientras dormía! Todo cobró sentido: el sueño, la pesadilla, las cosquillas, etc. Indignado, irritado, con el rostro ardiente y los pies congelados, inmediatamente tomé un taxi para volver al hogar.
De esa experiencia, me quedaron tres certezas: el metanol embrutece, envilece, enajena y adormece (en ese orden); los cholis roban los calzados de los ciudadanos de bien que, por cansancio o cualquier otro motivo, se ven en la necesidad de pernoctar en plena vía pública; y, finalmente, en cualquier época del año, de tres a siete de la mañana, La Paz es “jodidamente fría” (en especial sus aceras).


Valga esto como introducción a la llegada de la última novela de Thomas Pynchon, ese gran maestro de la ficción postmoderna y la ficción sin etiquetas. El autor recluido y huidizo de la prensa, sólo comparable a Salinger en su afición de incógnito, del que se conocen sólo un par de fotos de su adolescencia y juventud, sobre cuya locación y verdadera identidad se han dicho muchas cosas y formulado múltiples teorías conspirativas (que en realidad no existe y es el nombre común de un grupo de escritores negros, que en realidad es el mismo J. D. Salinger, que en realidad es Ted Kaczynski, el Unabomber, etc.), el mismo que ha aparecido dos veces en Los Simpsons, publicó este 4 de agosto Inherent Vice, sobre la que la página de Penguin Press dice: “Part noir, part psychedelic romp, all Thomas Pynchon — private eye Doc Sportello comes, occasionally, out of a marijuana haze to watch the end of an era as free love slips away and paranoia creeps in with the L.A. fog”.