El invierno urbandino- crónica

Escrito por estido estido - 16/09/2009 - 15 opiniones

Ya está haciendo calor en La Paz. Sí, “¡aunque usted no lo crea!”, los últimos días ya se siente un cambio en la temperatura. Claro que es un cambio que sólo notamos los urbandinos, pues para la gente del oriente y los valles, este hueco sigue siendo una heladera.

Es que, en realidad, La Paz tiene una sola estación: invierno. Pero es un invierno con matices, que va desde el “jodidamente frío” (junio, julio y agosto), pasando por el “no tan frío” (de septiembre a marzo), hasta el “friecito” (abril y mayo). Y los habitantes de estas altitudes nos hemos acostumbrado a esas leves variaciones, de modo que podemos identificarlas con sólo sacar un pie de las frazadas. Así, entre sueños, antes de estar completamente despiertos, ya planificamos qué ropa vamos a vestir durante la jornada.

Esta extrema “sensibilidad climática” del urbandino origina que algunos cholos quejumbrosos sólo estemos contentos cuando hace “friecito”, que envidiemos a los cruceños, benianos o pandinos cuando el clima está “jodidamente frío”, y que deseemos emigrar a Charaña cuando está “no tan frío”.

Cabe aclarar que, invariablemente, todos los días del año, de tres de la madrugada a siete de la mañana, la temperatura es “jodidamente fría”, lo cual representa una incomodidad para los urbandinos que se levantan temprano para ir al trabajo o a clases, ya que el pie fuera de la frazada les indica que deben vestir calzón de diablo, camiseta térmica, chompa, chamarra y chalina, sin embargo, si es la época de “no tan frío”, durante el resto de la jornada deberán ir despojándose de sus prendas y, hacia media tarde, andarán por las calles como vendedores de ropa usada, haciendo malabares para caminar sin dejar caer ninguna pertenencia.

Hace algunos años, precisamente cuando el clima estaba “no tan frío”, comprobé de manera dolorosa lo “jodidamente frío” de las madrugadas paceñas. Resulta que el poderoso Tigre (Papá The Strongest, para los cholis) había logrado el bicampeonato de la Liga de Fútbol Profesional de Bolivia, de forma que, una vez más, el paseo de El Prado se convirtió en cantina para celebrar el acontecimiento. Lógicamente, yo estaba ahí, festejando el logro junto con miles de estoicos hígados atigrados, capaces de soportar (y procesar) ingentes cantidades de metanol camuflado en ponche.

Luego de los abrazos, los vítores, las jodas a los cholis, las peleas, el llanto, la reconciliación, etc., en El Prado sólo quedábamos los estronguistas más fanáticos (o más alcohólicos, dependiendo del punto de vista), cantando a todo pulmón y con hondo sentimiento: “Condorcitoooooo quisiera seeer…”. Hasta ahí llega mi memoria (el metanol es cosa seria). Mi siguiente recuerdo corresponde a la última parte de un sueño devenido en pesadilla: estaba en el estadio, saltando con toda la gente de la Ultra Sur (barra brava del Tigre), mofándonos de los cholis, quienes estaban semi-derretidos en la curva norte, achicharrados por el inclemente sol altiplánico; de repente, mis carcajadas burlonas comenzaron a desesperarme y se transformaron en gritos de auxilio, pues un choli me estaba haciendo cosquillas en las plantas de los pies, a tiempo que el sol traicionero cambiaba de posición, ensañándose con la barra atigrada.

Entonces desperté y casi pierdo la vista, pues al abrir los ojos mis pupilas fueron vejadas por un haz de luz solar que, filtrándose entre dos edificios, iluminaba, como reflector de concierto, el espacio donde había me quedado dormido: la puerta de Pollos Copacabana. Eran las siete menos cinco del lunes 22 de diciembre de 2003; debido a la época navideña, ya había mucho movimiento de comerciantes y peatones, pese a ser tan temprano. Las miradas curiosas, entre despectivas y compasivas, me avergonzaron de tal manera, que sentí un ardor indescriptible en el rostro, aunque esto, probablemente, pudo haber sido efecto de las quemaduras provocadas por el sol mañanero.

En fin, el caso es que, avergonzado y con el rostro ardiente, me paré y comencé a caminar sin rumbo fijo, sólo por diluir la vergüenza, mimetizándome entre los peatones. Si bien el sol había calentado mi cuerpo, sentí un frío glacial en los pies, por lo que aceleré el paso, con la esperanza de que la fricción y el ejercicio remediarían esa sensación térmica. Sin embargo, luego de tres cuadras de marcha intensa, sentí que mis pies, lejos de entrar en calor, estaban acalambrados y, por primera vez en mi vida, experimenté el dolor que puede provocar el frío extremo.

Olvidándome de la vergüenza, detuve la caminata, con la intención de darme un masaje, y recién entonces comprendí el problema… ¡me habían robado los zapatos mientras dormía! Todo cobró sentido: el sueño, la pesadilla, las cosquillas, etc. Indignado, irritado, con el rostro ardiente y los pies congelados, inmediatamente tomé un taxi para volver al hogar.

De esa experiencia, me quedaron tres certezas: el metanol embrutece, envilece, enajena y adormece (en ese orden); los cholis roban los calzados de los ciudadanos de bien que, por cansancio o cualquier otro motivo, se ven en la necesidad de pernoctar en plena vía pública; y, finalmente, en cualquier época del año, de tres a siete de la mañana, La Paz es “jodidamente fría” (en especial sus aceras).

Hospital británico- ensayo

Escrito por disfonia disfonia - 8/09/2009 - 2 opiniones

Una aproximación a la escritura mística de Héctor Viel Temperley

Estamos frente a un poeta Argentino de cuya vida se sabe menos que de su propia obra, lo que en sí no vendría a representar ningún problema, si es que su escritura recibiese la atención que su calidad demanda, lo que hace de su nombre al menos una relativa incógnita. En casos como éste -de desconocimiento masivo- suele decirse que nos encontramos frente a un “poeta menor”. Como contraparte, lo que sí se sabe, y es acaso la nota biográfica más conmovedora, es que murió en 1987 poco después de una intervención quirúrgica por un tumor en la cabeza en el Hospital Británico, donde escribió parte de su poesía más importante. Algunos críticos, los pocos que se han ocupado de su obra, consideran que este aparente olvido responde más a la dificultad de entender su obra, interpretarla y clasificarla -ya que su poesía es difícilmente precisable- que a una calidad subordinada. Su escritura promueve un estado poético que al tiempo de consagrar la plasticidad de las imágenes y los sonidos, -“¿Toda la arena de esta playa quiere llenar mi boca?/ ¿Ya todo hambre de Rostro ensangrentado quiere/comer arena y olvidarse?”- deja al lector perplejo entre cristos, hospitales y profecías, que rayando en el surrealismo construyen una mística transgresora, como veremos a continuación.

El libro que en esta oportunidad propongo considerar es el último que escribe Temperley hacia 1986, un año antes de su muerte y que, según la edición, contiene versos de 1984, 1985 y una recopilación de otros publicados en obras anteriores, pero que son incluidas en Hospital Británico – título homónimo al espacio “inspirador” de la escritura final- porque responden a este estado especial místico-epifánico que se hace columna vertebral del libro.

Si la forma de un poemario es siempre importante, en el caso de Hospital Británico es medular, ya que su composición determina la lectura de los poemas como partes que van construyendo sentido por medio de la repetición. Temperley maneja unos cuantos títulos, simplemente, que son la catapulta de varios versos a lo largo de los años. Así, poemas cuyo título se repite en 1978, 1984, 1985 constituyen de algún modo un espiral, un aparente estar en lo mismo -habitando un pequeño espacio y modo de ser- que a partir de un minimalismo evidente intentara contener la realidad ahí y no más allá. Como si se tratase del cuidado amoblado de un mundo que datara de hace varios años, y por eso mismo él pudiese llamar “mi mundo”.

Este espacio aparentemente simple y repetitivo está compuesto por títulos como: Hospital Británico, Pabellón Rosetto, Larga esquina de verano, Tengo la cabeza vendada, Me han sacado del mundo, La libertad, el verano, Yace muriéndose, Para comenzar todo de nuevo. Frases que, como puede verse, leídas de corrido son en sí un poema que sustenta a otros poemas.

El estilo de Temperley refleja en primera instancia una concreción radical, un referente, una descripción inmediata, que poco a poco, en cada verso que se suma a dicha construcción, consigue estabilizar una atmósfera cada vez más alejada de este referente inicial para llegar a poblar un mundo básicamente surreal.

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Los “discordes en concordia”… ¡yaaaaa!- crónica

Escrito por estido estido - 7/09/2009 - 16 opiniones

“La Paz, desde su nombre, es ficción…” acompaña, a modo de epígrafe, el título de este blog. Y no se trata de una frase que pretenda darle cierto aire literario a este espacio virtual, sino más bien, de una afirmación basada sobre la experiencia personal y la historia paceña. Es que, ¿acaso hay algo de pacífico en esta ciudad? Bastaría con recordar asonadas, golpes de Estado, marchas, bloqueos, enfrentamientos, etc., que sucedieron en sus calles (y seguramente seguirán ocurriendo) para demostrar la validez del “epígrafe”. Ya que todos esos hechos son por demás conocidos, prefiero hacer un intento de crónica sobre algo que pasó hace dieciséis años, a modo de justificar la presencia de dicha frase en la cabecera del blog.

El 8 de agosto de 1993, la selección nacional de fútbol batió a la uruguaya por tres tantos contra uno. Demostrando disciplina táctica, realizando gran despliegue físico y tocando el balón con precisión, nuestro equipo exhibió un juego que, por momentos, tuvo destellos de genialidad, opacando por completo a las estrellas del seleccionado rival. “Platini” Sánchez, el “Diablo” Etcheverry y “Maravilla” Melgar anotaron los goles que sellaron una victoria inobjetable, en nada empañada por el tanto del honor que los charrúas convirtieron poco antes del pitido final.

El típico silencio dominguero fue profanado por el bullicio de los miles de hinchas que tomaron las calles para expresar su euforia, cantando, gritando, bocineando o haciendo explotar petardos, confluyendo, finalmente, todo este caos sonoro, en el paseo de El Prado, donde las poncheras habían armado una cantina de dimensiones colosales para alimentar y acrecentar la algarabía del tumulto.

Pero no sólo el comercio de alcohol se benefició de la victoria nacional, ya que –como indica la sabiduría popular: “cuando llueve, moja a todos”– otros rubros también obtuvieron provecho de la pasión futbolera. Sandwicheras, anticucheras, perrogueseros –y demás exponentes de la gastronomía de acera– vendieron, durante esa jornada, todos los alimentos que mantenían en “stock”, y hasta tuvieron que recurrir a ingredientes frescos para satisfacer la inusual demanda. Los vendedores de souvenirs, igualmente, “hicieron su agosto” (talvez este sea el origen de dicha expresión), pues ninguno de los que participaba del festejo quería hacerlo sin lucir algún distintivo boliviano, de modo que adquirieron chalinas, camisetas, sombreros, banderas, huinchas y cualquier otra chuchería verde o tricolor que simbolizase el orgullo de sentirse ganadores… por un día, al menos.

Y cuando algún negocio va viento en popa, el urbandino siempre quiere sacar tajada (si alguien abre una churrasquería –por ejemplo– y le va bien, al poco tiempo, con toda seguridad, no faltará quien abra otra al lado y, probablemente, con un nombre similar, pero, eso sí, con una ligera variación que, según el razonamiento urbandino, hará que el boliche clonado parezca superior, tal como ocurrió con la peluquería “777 pelos”, instalada a la derecha de la “77 pelos”, misma que, a su vez, se había inaugurado tres meses después de la apertura y exitoso funcionamiento de la “7 pelos”). Así, no resulta difícil comprender la mañudería de un cholo pícaro que, llevando al límite el dicho “en río revuelto, ganancia de pescadores”, ofrecía, a voz en cuello, “Fotoooooos, fotos de los jugadoreeeees, autografiadaaaas…”, asegurando que Etcheverry, Sánchez, Ramallo, Cristaldo, Melgar, Peña, etc., habían estampado, de puño y letra, sus firmas en las instantáneas. Muchos fanáticos desembolsaron sin regatear los treinta bolivianos que el comerciante pedía por cada foto, y no fueron pocos quienes aprovecharon la promoción de “dos por cincuenta”, rebuscando, entre los cientos de retratos amontonados sobre la acera, el par con la rúbrica de sus ídolos. Un choli –en ese entonces soltero y no tan panzón–, entusiasmado por la oferta, compró dos fotografías –la de Etcheverry para él y la de “Platini” para su novia– y corrió donde su futura esposa para mostrárselas: “¡Mirá, Vania, mirá! ¡Y están autografiadas!”. Ella, menos impresionable y más perspicaz, notó que había algo raro en las firmas: “Vladi, fijate, la letra es igualita en los dos autógrafos”. Luego de una exhaustiva comparación, el choli comprendió que había sido timado y, más avergonzado que molesto, fue a pedirle al vendedor que le devolviese su dinero; éste, sin embargo, asumiendo un aire de indignación, replicó con toda seriedad: “¡Señor, me ofende! ¡Cómo cree que voy a engañar a mis clientes! ¡Las firmas son ciento cincuenta por ciento originales! Lo que pasa es que Etcheverry y Sánchez estudiaron en la misma escuela, ¿comprende? La misma profesora les enseñó a escribir, por eso sus letras son parecidas”. Completamente convencido, el choli no sólo aceptó los argumentos, sino que adquirió un par de fotos más, seguro de que estaba haciendo un buen negocio. Una vez que el choli se hubo alejado del lugar, el vendedor se dio la vuelta y le propinó un coscorrón a su hijo, a tiempo de decirle, en voz baja, pero con tono amenazador: “¡Carajo, ya te he dicho que hagas las firmas con letra diferente, llokalla de mierda!”.

El ombligo del festejo estaba en la fuente de El Prado, dentro de la cual, los más fanáticos –o quizás los menos “tacos”– demostraban su pasión futbolera, brincando abrazados al ritmo de “¡El que no salta es uruguayo…!”, empapados pese a la gelidez del agua y las frías caricias del viento otoñal. En los alrededores, los friolentos –aunque no menos entusiastas– empapaban sus hígados con ponches o “té con té”, en un afán desenfrenado por preservar caliente el recuerdo de ese domingo de gloria, conversando amenamente sobre el partido, comentando las jugadas con lujo de detalle y alabando el esquema táctico del Bigotón.

De esa manera, hermanados por el orgullo y la alegría de la tercera victoria consecutiva del seleccionado, la celebración transcurrió en calma –que no es lo mismo que en paz– hasta la medianoche, momento en el que algún borracho patriota, haciendo gala de un vozarrón digno de gondolero veneciano, comenzó a entonar “las sagradas notas del himno nacional”, con introducción incluida: “¡Chaaan chachán chachán chachán chan chaaaaan, chaaaan chachán chachán chachán… Boliviaaaaaanos el haaado…!”. El civismo fue contagioso, de modo que, al llegar al estribillo, el himno estaba siendo cantado, a coro general, por todos aquellos que aún podían articular palabras, y balbuceado por el resto, que eran la gran mayoría. El problema se desencadenó cuando tocó cantar la segunda parte, cuyas estrofas, dado que no son entonadas habitualmente, son conocidas por muy pocos. El coro redujo el volumen hasta convertirse en murmullo de tarareo, lo cual indignó a un ciudadano que seguramente tenía el civismo tan robusto como su físico, y ciertamente, el carácter tan fiero como su apodo –Perro Rabioso–, pues luego de intentar, vanamente, que sus vecinos cantaran de forma correcta la letra que Ignacio de Sanjinés escribiese un siglo atrás, corrigiendo al vuelo los balbuceos irrespetuosos, empezó a repartir sopapos a diestra y siniestra, avanzando, como demonio de Tasmania, hacia el centro de la peatonal, donde finalmente fue sometido por una veintena de agredidos, no sin dar dura pelea, quebrando narices, mordiendo cuellos y arrancando cabellos, incluso suyos. El alma de este Perro patriota habría sido recogida por San Roque –y su cuerpo magullado, por funcionarios de la morgue– si no hubieran intervenido en su defensa miembros de la jauría o, mejor dicho, de la pandilla a la que pertenecía: la temible Triple K.

Así, la celebración fraternal devino pelea campal, transformando, una vez más, las calles de La Paz en campo de batalla. Como la PTJ (hoy FELCC) estaba a media cuadra de El Prado, en pocos minutos apareció un nutrido contingente policial, que logró contener la violencia haciendo uso de… más violencia: a fuerza de puñetes, puntapiés y golpes de laque, los uniformados consiguieron que “los discordes en concordia” olvidasen sus diferencias y, formando un grupo compacto, dirigiesen su bronca hacia la institución del orden, gritando a todo pulmón, “Qué se necesita para ser policía: ser hijo de puta de noche y de día. Qué se necesita para…”. De modo que, ante el repentino giro de los acontecimientos, los policías decidieron cortar el problema de raíz: a la voz de “¡Fuego!”, comenzaron a disparar balas de goma y cartuchos de gas lacrimógeno contra la multitud tricolor, que se dispersó en pocos segundos, para gran desasosiego de las poncheras, quienes, llorando y tosiendo, clamaban por la paz: “¡Basta! ¡Ya no tiren gases! ¡No disparen! ¡Quién nos va a consumir ahora!”.

No obstante, ni bien se disipó la nube de gas, varios borrachos de cepa volvieron a los puestos de las poncheras, donde continuaron la ingesta de alcohol metílico, conversando amenamente, ya no sobre la victoria nacional, sino sobre los pormenores de la trifulca previa, hasta que el sol del nuevo día los ahuyentó, haciéndolos regresar, veloces, a sus respectivas madrigueras.

El lunes, a las nueve de la mañana, el Perro Rabioso asistió a la universidad con el rostro pintado de rojo, amarillo y verde, no por demostrar orgullo boliviano, sino para maquillar los moretones de la pateadura. Viendo su cara tricolor y, además, notando que cojeaba al caminar, un compañero de curso le dijo, “¿Creo que recién te estás recogiendo? Seguro has estado brincando en El Prado hasta ahorita. ¡Bien ha debido estar el festejo!”, a lo que el can iracundo replicó, “¡Bien va estar el lapo que te voy a dar si no te haces gamba!”, provocando la retirada del inocente comentarista, no tanto porque lo hubiese intimidado la amenaza, como por la indisposición que le causó el tufo metílico que exhaló el quiltro magullado al ladrar su advertencia.

Mientras tanto, en El Prado, una cuadrilla de aseo público llevaba más de dos horas recogiendo los residuos de la celebración, vestigios de la euforia y la furia: latas de cerveza, vasos plásticos, bolsas de nailon, servilletas, envoltorios de perroguesa, fotos autografiadas, casquillos, muelas, vómito, sangre coagulada… “Parece que aquí ha habido una guerra”, comentó uno de los barrenderos. “Siempre es así en La Paz”, agregó otro, acostumbrado –¿resignado?– al caos urbandino y al hecho de que el nombre de esta ciudad –más que irónico, farsante– es pura ficción.

Realismo histérico, la condición vertiginosa de la literatura- crítica, ensayo

Escrito por V. V. - 7/09/2009 - 3 opiniones

Hace ya algunos años, la sensual y enormísima bestia crítica que es Harold Bloom indicó que cuatro son los autores de ficción vivos más importantes de Estados Unidos: Philip Roth, Cormac McCarthy, Don DeLillo y Thomas Pynchon. No sé si en la ficción y en la crítica se da un fenómeno de seguimiento parecido al de la música, pero en este caso no puedo hacer más que declararme un groupie total: concuerdo con Bloom con muchísima emoción, a un paso del onanismo. De Roth es prácticamente imposible decir algo nuevo y halagador que no se sume a la montaña de premios y distinciones que se le vienen haciendo hace años. Lo único que se le podría reclamar es tal vez su falta de amor hacia Larry David, motivada por una comprensible aversión a la caricatura racial que, considera, David hace del judío estadounidense en Curb Your Enthusiasm. De McCarthy, recientemente más en boga gracias a los hermanos Coen, no puede dejar de mencionarse su tremenda violencia, cruda y apabullante como nada en la literatura actual, y quizás mejor que nunca expresada en su arrolladora totalidad en la figura cruel y seductora del Judge Holden en Blood Meridian, tal vez junto a The Road su mejor novela. Don Delillo, por su lado, el único de los cuatro que ha tocado abiertamente el tema del 9/11 y el terror en Falling Man, ha sido también el único que lo predijo con clarividencia pasmosa, en novelas como White Noise y Libra, en las que la magnificencia de la prosa resalta una temática fantasiosa y conspirativa que reinventa incluso el papel de Lee Harvey Oswald en la historia. Pynchon, por último, tal vez para mi gusto el mejor de los cuatro, es quien quizás expresa de mejor forma la que ha sido llamada la novela postmoderna, sobre todo en Gravity’s Rainbow, V. e incluso en la miniatura que es The Crying of Lot 49: mucho juego, mucha meta-narrativa, parodia y la profunda inmersión de la ficción en una risueña e intelectualmente provocativa crítica de la cultura que, para serlo, se vale de elementos tradicionalmente considerados menores. ¡Cosas del azar! Los dos primeros exponentes de este tremendo cuarteto, Roth y McCarthy, tienen ambos 76 años. Los segundos, DeLillo y Pynchon, tienen 72. Es en éste último en quien quiero concentrarme.

Pynchon es uno de los autores que consolidó la inclusión en la ficción de elementos como teorías de conspiración, cyberpunk, trash culture, pulp fictions, comics, distopía, ciencia ficción, tecnología, matemáticas, ingeniería, literatura policial y una ironía corrosiva nacida de una profunda erudición pop. Quizás, de esta manera, su mayor gesto se encuentre en aquella firma que en un sólo movimiento destila humor negro y consagra al exceso, la exploración sin límites. La suya es una vitalidad desbocada que se traduce en la intrusión de episodios y personajes que desafían y provocan los límites de la posibilidad. Así, en V. (1963), V es una mujer que recorre la historia del siglo XX y pasa de ser una jovencita desflorada en El Cairo a una cyborg espía durante la Segunda Guerra Mundial, de una rata en las alcantarillas de New York a una lesbiana en París; en The Crying of Lot 49 (1966), Oedipa Mass descubre una conspiración a nivel mundial entre dos compañías de correo; en Gravity’s Rainbow (1973), Tyrone Slothrop, rozando el absurdo, sufre de erecciones asociadas con el lanzamiento de misiles V.2 por parte del ejército Nazi, etc. A la par del realismo mágico que encuentra su auge en Latinoamérica en las décadas de los sesenta y setenta, la literatura de habla inglesa de la época encuentra en escritores como Pynchon a sus mejores exponentes. Las diferencias de esta literatura con el boom, sin embargo, son notables. Mientras que la ficción Latinoamérica parece alejarse de la crítica social y cultural directa, la literatura norteamericana encuentra en ella su fundamentación. Mientras la primera abole las convenciones del realismo, Pynchon -y la seguidilla de figuras que viene detrás o a su lado- las trabaja y explota hasta el límite. Mientras un movimiento es reconocido y celebrado como realismo mágico, el otro es difícil de clasificar y sus efectos llegan a lugares y cimas insospechadas. Mientras el boom fue sobre todo un fenómeno editorial concentrado en una década, lo que pasa en U.S.A. se fue dando a cuentagotas desde los sesenta y continúa hasta hoy.

La crítica ha reaccionado de diversas maneras frente a esto. Desde Harvard y desde principios de la década, el crítico inglés James Wood ha venido dando un palo severo e ininterrumpido a lo que considera una especie de enfermedad de la novela postmoderna. Wood, atento a las ondulaciones de la historiografía literaria, para desde principios de 2000 la oreja y entorna los ojos concentrado en detectar en la lectura los rasgos de lo que bautiza, tal vez algo ingeniosamente, como realismo histérico. And he’s got a point! No se crea que no. De alguna manera siguiendo al Bloom de The Western Canon, motivado por lo que considera una falta de preocupación por “la estética, lo contemplativo, por novelas que no nos digan cómo el mundo funciona sino cómo alguien se siente frente al mundo”, dice: “El realismo histérico no es exactamente realismo mágico, sino el siguiente paso del realismo mágico. Está caracterizado por el miedo al silencio, es una máquina de movimiento perpetuo que parece haber sido forzada a aumentar todo el tiempo de velocidad. Historias y sub-historias nacen a cada página. Hay una persecución de la vitalidad a cualquier costo. Algunas novelas recientes de Rushdie, Pynchon, DeLillo, Foster Wallace y otros nos han presentado a un magistral músico de rock que tocaba air guitar desde la cuna (Rushdie); un perro que habla, un pato mecánico y un queso gigante y octogonal (Pynchon); una monja obsesionada por gérmenes que podría ser una reencarnación de J. Edgar Hoover (DeLillo); un grupo terrorista dedicado a la liberación de Quebec que se mueve exclusivamente en sillas de ruedas (Foster Wallace)…”. Hasta aquí la afinidad con el dinosaurio de Yale.

Pese a que se trata de nada más que de una estructuración basada en una falacia de principio, una separación no existente, algo de cierto hay en ella, en la crítica de Wood. La segunda mitad del siglo XX hasta hoy ha sido la cúspide de una literatura consagrada a desarrollar y profundizar la condición vertiginosa de nuestra humanidad. Casi no hemos descansado, no hemos parado un solo momento, ocupados en escribir y leer historias que muestren las luces claras y oscuras de nuestra edad, muchas veces valiéndonos de extremos cercanos a la pirueta y el artificio. En las páginas de estas novelas casi unánimemente extensas (la intensidad del proyecto puede verse también en su extensión, casi ninguna baja de 500 o 600 páginas) la ciencia ficción se ha convertido así en ciencia, el pastiche en original puro y prístino, y la multiplicación de historias bajo una sola trama se ha convertido casi en el gesto postmoderno por excelencia. Esto, sin embargo, no es síntoma de un mal. Es la propuesta de una realidad mucho más dinámica, urgente, consciente de sí misma. ¿Cómo narrar honestamente un mundo, una persona, una escena de la vida, sino tomando en cuenta y trabajando el complejísimo tejido histórico-social-económico-cultural-informativo que nos precede? La mentira de que el mundo se reduce a los dos metros del baño y el dormitorio, y de que todo lo que vale la pena en la vida se encuentra allí, ejemplifica una flojera patológica, una pereza terrible de abrir la puerta de la calle y salir de la casa. Pese al mareo y la aparente tendencia hacia lo artificioso que posiciones como la de Wood quieren ver en la literatura actual, lo más entrañable se encuentra precisamente allí, entre el estatismo y la velocidad, en el punto de intersección, en la exploración de esa necesidad doble tendida entre los polos del desarrollo y la justeza, el giro evolutivo febril y descentrado, y la intimidad. Esa es la apuesta, la ilusión de totalidad como forma de vida y escritura. El vértigo es el tamaño de su esperanza y también su ambición.

Valga esto como introducción a la llegada de la última novela de Thomas Pynchon, ese gran maestro de la ficción postmoderna y la ficción sin etiquetas. El autor recluido y huidizo de la prensa, sólo comparable a Salinger en su afición de incógnito, del que se conocen sólo un par de fotos de su adolescencia y juventud, sobre cuya locación y verdadera identidad se han dicho muchas cosas y formulado múltiples teorías conspirativas (que en realidad no existe y es el nombre común de un grupo de escritores negros, que en realidad es el mismo J. D. Salinger, que en realidad es Ted Kaczynski, el Unabomber, etc.), el mismo que ha aparecido dos veces en Los Simpsons, publicó este 4 de agosto Inherent Vice, sobre la que la página de Penguin Press dice: “Part noir, part psychedelic romp, all Thomas Pynchon — private eye Doc Sportello comes, occasionally, out of a marijuana haze to watch the end of an era as free love slips away and paranoia creeps in with the L.A. fog”.

Aquí ya la esperamos con la lengua fuera.

La música del asombro- ensayo

Escrito por Hefesto Hefesto - 7/09/2009 - Una opinión

Qué haríamos, pregunto, sin esta enorme oscuridad.
Blanca Varela

Ni un género, ni una línea literaria, ni mucho menos una moda, lo fantástico es una ética, una estética y una poética. Una ética, porque da nuevo filo a la mirada; una estética, porque otorga nuevos rostros al cielo y al infierno; una poética, porque lo fantástico es un acto incesante.

En efecto, no somos testigos de lo fantástico: lo hacemos palpable, le damos contornos, trazos, líneas, sangre: es nuestra creación. Borges intuyó la estrecha relación entre los misterios fundadores de la metafísica(1) y el misterio suscitado la fisura fantástica(2). En cierto modo –dedujo–, las elucubraciones del hombre en su ignorancia no son más que arquitecturas fantásticas; en cierta forma, el universo, desde su origen, es fantástico. Así, elige el símbolo del laberinto que, en sus resonancias más íntimas, revela la perplejidad del hombre ante su propia creación.

Si el arte, en general, nace del asombro frente al ser, la especificidad de lo fantástico sería que, más allá de esta perplejidad elemental, estremece o inquieta la invención humana; paradójicamente, la creación de un fenómeno fantástico implica una fisura del lenguaje o de la imagen que, por mínima que sea, hace temblar el edificio entero de lo que, a priori y arbitrariamente, llamamos realidad.

La empresa pictórica de René Magritte es la ilustración por excelencia de una búsqueda por evocar, no lo real, sino el misterio de lo real. Un huevo y una jaula son objetos cotidianos; vinculados –el huevo dentro de la jaula–, suscitan en el espectador el extrañamiento (que, en cada hombre, es primitivo y final) frente a las cosas(3). También la obra de Magritte crea fisuras en el espectador: dudas, vacilaciones, temblores del marco seguro, habitual, de la percepción y el pensamiento. No otra cosa busca el pintor cuando funde dos objetos en uno solo: así, el pájaro-hoja de La saveur des larmes (1948) es la traducción plástica de una metáfora(4). Nunca la pintura estuvo tan cerca de la poesía. Cuadros como La clef des songes (1927) alumbran como relámpagos el abismo –de ordinario, tan discreto– entre las palabras y las cosas, recordándonos la arbitrariedad, pero también el misterio, del lenguaje de todos los días.

Vemos, pues, cómo la poesía, la narrativa y la pintura pueden ser abarcadas en esta definición de lo fantástico, cuyo efecto no estaría necesariamente vinculado a la aparición de un fenómeno sobrenatural, sino más bien a la extraña luz que el poeta(5), sutilmente, deja brotar de la realidad cotidiana.

El verdadero misterio no es lo invisible, sino lo visible, decía Wilde. Lo fantástico nos lo recuerda a cada instante: el asombro no es exclusivo de nuestro origen y destino; no, el misterio nos acecha a cada paso, en cada esquina, en cada palabra. Quien no recuerda este silencio medular, esta fértil humildad, está condenado a hundirse en la anestesia de los días.

¿Y el fuego en todo esto? No es la imagen, sino la encarnación misma del misterio. Según Bachelard, la ciencia es incapaz de explicar qué es el fuego; de este modo, desarma las teorías y “definiciones” propuestas hasta entonces, señalando el origen intuitivo, y a veces, mítico, de todas ellas(6).

Una anécdota: un amigo mío, de espíritu científico, me confió, en una charla apasionante, que la ciencia ha definido ya, por fin, el fuego. “Y, ¿qué es?”, le pregunté asombrado. Mi amigo contestó: “Es una oxidación rápida de la materia”. “¿Ésa es una definición o una descripción?”, respondí con malicia. “Es una descripción –convino él–, pero lo importante son los términos empleados”. “Entonces –repuse–, la ciencia no ha aportado nada al misterio del fuego, que, desde que el mundo es mundo, es un símbolo de lo efímero”. No sólo es el emblema de nuestra vida, sino de la destrucción y regeneración del mundo. Así, Heráclito escribió, con magnífica poesía, que el fuego es la materia misma de que está hecho el universo.

Heidegger afirma que el misterio es inherente la esencia de la verdad; no pocos científicos se han inclinado, en las últimas décadas, sobre los problemas filosóficos –cuya raíz, como se sabe, es la duda–, manifestando así un distanciamiento elocuente con respecto a la sagrada certeza que domina las ciencias exactas. Así, el premio Nobel de física, Ylia Prigogine, demuestra que las teorías son insuficientes frente a la complejidad del ser y que la certeza científica es solamente válida en una “ínfima parte de la realidad”(7). En efecto, “se ha tardado casi tres siglos en alcanzar los límites de los conceptos clásicos mediante el descubrimiento de la inestabilidad”. El tiempo, que ya no es el homogéneo y previsible de Newton, introduce inestabilidad en los fenómenos físicos y destruye así las teorías racionales, cuya petición de principio es, precisamente, la estabilidad de cualquier fenómeno. No es anodino que esta concepción del tiempo corresponda con la formulada por el mayor filósofo del siglo veinte, Bergson.

En efecto, la toma de conciencia sobre la complejidad y el carácter imprevisible del universo y los seres que lo habitan es, según Prigogine, un primer paso hacia una “nueva racionalidad”. No sería ésta otra máquina de certezas, sino un pensar profundamente humano. En efecto, La Nueva Alianza propuesta por el físico estriba no sólo en la reconciliación del hombre moderno con el misterio de la naturaleza, sino también en la dialéctica entre el saber y la incertidumbre –característica inequívoca de la filosofía–.

Ahora bien, este giro no es una renuncia, ni mucho menos una resignación, sino, como yo lo veo, una manifestación de lucidez, pues la filosofía, desde Sócrates, antes de ser el goce de las invenciones conceptuales y, como la poesía, un juego infinito con el lenguaje, es la esperanza, no de la certeza infundada, sino de la verdad.

Y la verdad es que el fuego constituye las cosas, porque nadie, ni siquiera la ciencia, ha llegado a explicar el fuego. A este respecto, Prigogine coincide con Bachelard cuando pone de manifiesto la arbitrariedad de las teorías establecidas por la física, debido a la falta de información sobre “las condiciones iniciales” –es decir, sobre el origen– de los fenómenos.

Y el laberinto sigue ardiendo.

Lo fantástico, el fuego y el juego se enlazan, encarnan el eterno movimiento del pensar y el hacer. Sólo la costumbre, el embrutecimiento, que, como decía Girondo, nos teje telarañas en los ojos, puede alejarnos de esta ética. Si la poesía moderna se propuso, en su impulso creador, luchar contra la indiferencia y la comodidad burguesa, lo fantástico ofrece, quizá de modo más universal, aguijonear al hombre moderno recordándole que, a cada paso, se abre un abismo, pues no somos menos misteriosos que las cosas que tocamos. Si el hombre es un ser de palabras(8), lo fantástico nos enseña que, en la raíz de aquéllas, no rige el vacío, sino la música del asombro.

Notas:

(1) ¿Adónde vamos? ¿De dónde venimos? ¿Qué es el tiempo? ¿Qué es el hombre? ¿Qué es el universo?

(2) Esta “fisura” nace gracias al fenómeno, ya extraño, ya sobrenatural, que, en el texto fantástico, perturba el marco cotidiano en que se inscribe la narración. Así, es el efecto de la duda, creada en el lector, entre una explicación racional o irracional del fenómeno. Esta fisura –inquieta y, a la vez, apertura hacia la otredad– es, según Todorov, la característica fundadora del género fantástico.

(3) Les affinités électives (1933).

(4) El pájaro no es como una hoja: es una hoja y ésta, a su vez, es un pájaro.

(5) Etimológicamente, poeta no es el que escribe poesía, sino, de modo general, “el que hace“: el hacedor. Quizá René Char pensaba en ello cuando escribió que poeta es un término infinito, que alberga una multitud de identidades: “Rimbaud le Poète, cela suffit, cela est infini“, prólogo a la Obra Completa de Rimbaud (1965)

(6). El libro en cuestión es, desde luego, La psychanalyse du feu (1949)

(7). Todas las citas de Prigogine provienen de su ensayo titulado “¿Qué es lo que no sabemos?” (1995) (traducido por Rosa María Cascón), que empieza así: “¿Qué es lo que sé? Mi respuesta a esta pregunta es clara: muy poco. No digo esto por modestia excesiva, sino por una convicción profunda”. Valga la analogía, mutatis mutandis, con la célebre sentencia de Sócrates –Todo lo que sé es que no sé nada–, ilustre perplejidad formulada frente a las certezas de los Sofistas.

(8) “El hombre es un ser de palabras”, Octavio Paz, El arco y la lira.