
Vivimos en la indefinición. La metamorfosis y el nomadismo son hace ya mucho nuestro estado natural. Múltiples son los beneficios que nos ha traído la era informática. Muchos más, diría, que los consecuentes males de esta post-postmodernidad (¿quién sabe cuál es la sustantivo definitivo de nuestros días?). La literatura, claramente, no ha escapado a este fenómeno. Los textos, por ejemplo, que 200 años atrás le valieron la censura y la cárcel al Marqués de Sade son hoy moneda corriente de las letras y otras artes. Las manifestaciones de protesta, los happenings, la toma de fotografías multitudinarias, el mainstream cinematográfico y sobre todo la crítica cultural, se han ocupado de adoptar al cuerpo desnudo y la sexualidad explícita como banderas. Esto, sin embargo, en casi todos los casos ha venido acompañado de un sobreentendido: la abierta utilización del sexo está ahí para recrear y denunciar un desorden mayor (social, cultural, político, etc.), una crisis de la que se debe despertar mediante la violenta aceptación de nuestra humanidad sin tapujos, de nuestra humanidad que es humanidad también gracias al sexo, la masturbación, la sangre, las heces. E incluso en casos distintos, en casos en los que la sexualidad se presenta ya no como vehículo metafórico sino simplemente como sexualidad, ésta ha venido precedida por la premisa de que la estética de lo explícito debe ser asumida como natural, como parte trascendental, y por lo tanto común y corriente, de la vida. No debe haber censura, no debe haber prohibición, parece ser el lema bajo el cual marchan estos ejércitos. Y por lo tanto, podría añadirse, no debe haber sorpresas. En un presente en el que las formas más explícitas de la pornografía y los estudios académicos sobre sexualidad están por igual al alcance de la mano, en la que la democracia informática viene a la par, o dicta, la democracia estética, el sexo (y todas las formas de la sexualidad) ha dejado de ser un mito.
Pero éste, claramente, es un lugar común. El furor teórico feminista y la marea de los estudios de género parecen haberse alejado de nuestras orillas con el último reflujo de la década de los setenta. Ahora hay algo más. Ya no solamente la pornografía llevada a las masas como objeto de consumo, a las universidades como objeto de estudio y a las calles y las galerías de arte como llamada de atención, como objeto de alarma destinado a promover el carácter profundamente cotidiano de la sexualidad y la violencia. La filosofía de la libertad visible en los tratamientos sobre sexualidad en los dos últimos siglos parece haber devenido en un oscurantismo furibundo, la rebelión contra la mediocridad y la ortodoxia social y cultural, en una sobreexposición más cercana al plástico de una muñeca inflable que a la verdad social del cuerpo desnudo. ¿Qué pasa, entonces, cuando los seres humanos son representados únicamente por sus fluidos corporales? ¿Qué, cuando la transgresión de la censura se resuelve como un continuo primer plano en el que el colmo de la escatología se agarra a golpes con una sexualidad artificial manchada de sangre? Una de las respuestas posibles, una de las tantas ahora, es que pasan novelas como Snuff (2008).
La penúltima novela de Chuck Palahniuk, el autor que produjo piezas como Fight Club (1996) y Choke (2001), narra la historia de Cassie Wright, legendaria actriz porno americana que pretende terminar su carrera rompiendo el récord mundial de sexo grupal teniendo sexo con 600 hombres y muriendo en el proceso (“the biggest gang-bang in history”). La premisa de inicio es dramática hasta la caricatura y el efecto de levedad latente en el texto no deja de estar presente pese a los intentos de profundidad y vueltas de tuerca que Palahniuk le da a la novela (uno de los hombres que espera en la larga fila de 600 participantes de esta terrible orgía es hijo de Cassie). A pesar del limitado uso del lenguaje y debido a hilarante o deprimente (eso a gusto personal) trama de la historia, Choke rezuma grandes cantidades de fluidos corporales y reiteraciones superlativas acerca de la cercanía de la pornografía y la violencia. Lo que no deja de ser sorprendente, sin embargo, es que Choke, como la mayor parte de las novelas de Palahniuk y todo su trabajo de cronista, es tomada de una experiencia real. Quizás es el mérito que Palahniuk tiene como cronista y reportero de las actitudes extremas de la época (alguien lo describió como un Tom Wolfe en anfetaminas) lo que lo ha llevado al éxito comercial masivo y a las aulas universitarias. Choke está inspirada por la experiencia de Annabel Chong, una actriz porno (que en la juventud estudió leyes en Kings College London y estudios de género en la Universidad de California) que en 1995, a los 22 años, marcó un récord mundial al tener 251 actos sexuales con 70 hombres en un periodo de 10 horas.
Pese a que Palahniuk se atribuye el calificativo de minimalista por su uso del lenguaje (parco, breve y cotidiano, un lenguaje casi oral), es más bien conocido por ser uno de los mayores representativos de la literatura de shock. En su narrativa, cuentos, novelas y crónicas, el primer plano lo ocupa la descripción explícita y visceral de una sexualidad obsesiva, sumergida en un mar de sangre y vómitos. Su estética, por donde se la vea, es la del panfleto amarillista, la del cine de explotación, la de las revistas porno mugrientas de grasa, pero quizás lo verdaderamente interesante, pese a lo innecesariamente hiperbólico, es que el quid de sus ejercicios textuales reside en una profunda y agresiva experiencia de shock, del trauma producido por el horror. La narrativa de Palahniuk es terrible pero funciona a pesar de eso. O más bien, funciona precisamente por eso.

En 2004, Playboy Magazine publicó Guts, uno de los cuentos que compone el libro Haunted (2005). Ya un año antes, en 2003, mientras Palahniuk hacía un tour publicitario para la promoción de su novela Diary, Guts era parte de su repertorio en mesas de presentación y charlas públicas. El relato es uno de los textos icónicos del autor, no sólo por estar basado en experiencias reales y ser de naturaleza profundamente repulsiva, sino porque según se reporta en el sitio web dedicado a Palahniuk (The Cult) y según el mismo autor, hasta la última lectura pública del texto, el 28 de mayo de 2007 en Victoria, Canadá, 73 personas se desmayaron por efecto de la trama. No voy a hablar aquí del texto para no arruinar la sorpresa (porque también de eso se trata, Palahniuk le ha devuelto la sorpresa, el shock, a la misma sexualidad que la sobre-información y la crítica cultural habían calificado como parte del día a día) pero debo aclarar que en este caso no se trata simplemente de un estudio sobre sexualidad pasado de revoluciones. Palahniuk no es sólo sexo sino la amalgama del sexo con el asco, con el horror, en función de un efecto sumamente poderoso. Cuando uno ve videos o escucha archivos de sus lecturas en público se sorprende por igual por lo repelente de los textos y el gran nivel de hilaridad que consiguen en los espectadores y oyentes.
En una época en la que no hay nada prohibido, nada secreto, nada velado, Palahniuk muestra una literatura condensada hasta la simpleza insoportable, liberada de taras como la proposición de un proyecto estético, para entregar chispazos de horror, de sadismo, de accidentes sexuales explícitos. Su literatura es consciente de carecer de pretensiones artísticas, es honesta en sus deseos de abrirse paso entre la multitud a base de una violencia que provoca asco, y sin embargo, pese a la notoria superficialidad y el gran éxito comercial, no se encuentra al mismo nivel que, digamos, Dan Brown o Paulo Coelho. Lo que en el primero es una descarada tergiversación de la historia y el aprovechamiento del morbo ocultos bajo la máscara de la búsqueda de “la verdad”, y en el segundo nada más que la explotación del sentimentalismo en aras de la superación personal, en Palahniuk no quiere disfrazarse de nada. Desde la portada de los libros hasta la última letra el lector sabe que se va a encontrar con la misma provocación, los mismos intentos estrafalarios de escandalizar que no piden perdón ni permiso a nadie. Los desmayos que se produjeron hasta 2007 con la lectura de Guts no son casuales, aquí no se vende gato por liebre sino siempre el mismo producto, transparente y explícito en sus intenciones. E incluso así, pese a que el lector del autor de Fight Club sabe bien que se va a meter a un mundo en el que las tramas son casi ejercicios de resistencia, pruebas para ver hasta qué punto el lector puede aguantar el shock de la lectura sin tirar el libro al basurero o ponerse a vomitar, textos como Guts no dejan de crear víctimas. Palahniuk cuenta divertido cómo casi siempre, antes incluso de terminar la lectura pública del texto, podía escuchar desde los auditorios en los que leía el sonido de las ambulancias en la calle, que se acercaban rápidamente para socorrer a la gente que se desmayaba sentada sobre la sillas, a medio camino entre el auditorio y el baño, en las calles donde salía para tomar aire. Esa es también la literatura hoy. Una literatura que ha sido sorprendentemente aceptada incluso por la academia (pese a que se la vea nada más que como a una curiosidad y a que la crítica se haya encargado casi unánimemente de censurarla y mandarla al mismo basurero cultural donde descansan los libros de autoayuda y cierta música pop).
A continuación, dejo links a la versión original de Guts publicada en Playboy, a dos de las (más que mediocres) pocas traducciones al español que se consiguen por aquí, y un video (que en realidad es sólo audio) de Chuck Palahniuk en una de las lecturas de su infame texto. A ver qué dicen. Ojo que se necesita entrañas.
Original: http://chuckpalahniuk.net/features/shorts/guts
Traducción 1: http://www.taringa.net/posts/arte/2846179/El-Cuento-que-hace-desmayar-a-la-gente.html
Traducción 2: http://nochesprohibidas.org/2006/06/14/tripas-guts-por-chuck-palahniuk/
Audio en Youtube, 1 de 3: http://www.youtube.com/watch?v=I0ln9ZQY_V4