Infidelidad, morir de morder el pecado.- Urbandina

Escrito por perrorabioso perrorabioso - 9/06/2011 - 5 opiniones

Ramón Rocha Monroy dijo en ocasión de una entrevista, que ciertos amigos le piden ayuda para corregir textos que les gustaría mucho publicar algún día, textos que al igual que su publicación, la mayor parte de las veces no ven la luz, jamás.

Para no repetir la maldición de que lo que se quiere hacer no se haga,  es que hemos decidido invitar a gente interesada en realizar reseñas de libros o ensayos literarios, a fin de que, los y las jóvenes que practiquen la actividad literaria más allá de las necesidades catárticas e introspectivas que son tan características de cierta etapa de nuestra vida, puedan encaminarse a trabajar la palabra con la pasión y la creatividad que amerita el caso, arriesgando su “yo creador (a)” en el camino al exponerse a las críticas, sabiendo que eso también hace parte de su oficio. Como decía Julio Ramón Ribeyro en “La tentación del fracaso”:

…escribir es una inmolación consciente y razonada que el escritor —el verdadero— hace de su tiempo, de su salud, de sus intereses materiales, de su vida, en suma, para crear un orden de palabras que lo satisfaga… hasta qué punto la labor creativa implica la autodestrucción del creador.

Por esto, nuestra invitada en esta ocasión, Adriana Magariños que se define “… barragana indiscutible de cuentos y aventuras fantásticas, que está en su auge cuando siente el olor a libros antiguos.” demuestra, con la ironía de la buena observadora, que en el limbo de las relaciones y el amor, no hay recetas salvadoras, sólo historias que contar y maldiciones que gritar o ahogar. Conclusiones de un proceso de reflexión que tal vez sólo se pueden hacer a cierta edad, antes de que cualquier desgracia nos parezca tan cotidiana y normal, o mejor dicho, antes de que la convicción de conseguir al menos una respuesta ante las miles de interrogantes que nos atormentan a diario, desaparezcan eternamente por la costumbre del tropiezo.

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Infidelidad, morir de morder el pecado.

…el amor, que por su propia vehemencia vive más allá de posesiones tan irrelevantes como el bienestar y la cordura, solo puede perderse con la vida. No he muerto, luego amo…

Xavier Velasco

Más allá de mi consciente limitación a la hora de escribir, como se dice, “legalmente”, con puntos en las íes y sangría de 5 espacios, he pensado en, más bien, dar un testimonio, tal vez una vivencia o, quien sabe, una interpretación acerca del mal platicado tabú de la infidelidad.

Siendo como soy y dejando de lado mis anteriores ideas de escribir sobre cosas lindas, y harta de leer cosas sobre cachorritos, elección de colores o test onda vanidades, es que el tema del empapamiento de  realidad me llega de sopetón reclamando su lugar…

Ésta es la cruda verdad, sin tapones ni vendas, a calzón quitado. Es lo que es. Los ofendidos (que somos varios, seguramente) ya estarán pensado alguna respuesta brillante, coherente y acertada, pero infidelidad es infidelidad… so pena.

“La sexualidad, cataclismo iniciático de la aventura   humana, con significados escindidos para hombres y mujeres, que ancló en la figura de Eva, la causa de la “perdición” del hombre hasta nuestros días, confirmado en los marcos de la Literatura, la Historia, la Mitología, la Religión, la Ciencia y de manera coercitiva incluso, por el Derecho. (Péres H., Hernández Y., 2007)

¡Pero claro! Todo comenzó desde mucho antes de lo esperado, y más esperado aún, toda la culpa es de Eva, la perdición del hombre.

Según Eisenberg Glantz, la infidelidad ocurre por diferentes factores, como  “la privación sexual, la búsqueda de aventura, curiosidad o insatisfacción sexual, aburrimiento, falta de novedad, pasión e intimidad.” Al leer esto por primera vez creí haber entendido el aburrimiento fatal. ¿Lapsus? Probablemente.

¿Pasión? ¿Aburrimiento? ¿Falta de novedad? Mirá, si nos aburriéramos de todas las personas a las que conocemos y con las cuales tenemos ya años de relación, entonces nuestras relaciones dentro de la sociedad serían algo así como “úselo y tírelo”. Y pasión ¿por qué? ¿Pasión por la pasión? Pasión por uno o varios individuos, pasión por la cosquillita esa que se siente cuando estás haciendo algo idiota “malo”, pasión…

“El amor y el deseo se parecen, gritaba el condenado”, dice un verso del poeta Miguel Oscar Menass. Y evidentemente, del deseo puede nacer el amor, y del amor el deseo, pero cuando el deseo termina, el amor se queda sin su buena pata de palo que hacia andar al pirata, cojo y avergonzado: pone punto final a la historia.

La mayoría de las personas, creo yo, y según lo que he podido vivir,  van más por la idea de aventura; se crean una doble vida, como si de alguna manera fueras menos mortal; así, eres una persona, por un lado; por el otro, eres alguien completamente diferente. No necesariamente cambias de forma conscientemente; todos actuamos de manera diferente de acuerdo con las personas con las que nos juntamos:  no eres igual con tu chico que con tu papá (espero). No es que se mienta, nada más cambias la actitud.

Pienso que es posible que de alguna manera nos guste la forma de cómo actuamos cuando estamos con “un alguien” más que con “otro alguien”. ¿Me explico? ¿Estás agarrándote la cabeza y pensando “esta chica tiene problemas”?

Esta idea de saberte diferente con otra persona, es el principal factor para “sucumbir”  ante la tentación; como todos sabemos… la carne es débil, ¿no? Lo cual nos hace volver de nuevo a la pobre Eva, llevándose las flores de la infidelidad desde el comienzo de la era. Desde ahí que los hombres salen airosos de la situación.  (hombre=  p*ndejo, mujer = put*)

En todas las situaciones los hombres de alguna u otra forma parecen salir al paso, sea como sea, mientras que las mujeres nos estancamos en la misma miseria que viene desde Platón, que decía básicamente lo mismo que Freud, pero en otras palabras: “la mujer es un ser incompleto”, relegadas, imposibilitadas,  criticadas y por supuesto no a la par de los hombres.

La infidelidad se ha convertido en algo tan de moda que hasta se puede encontrar test para saber si te están siendo infiel: “Cuando la infidelidad es real, tarde o temprano se descubre. Ayúdate de este test para confirmar si tu pareja te está engañando”. ¿No es más fácil deducirlo porque ya no pasas tanto tiempo con tu pareja como antes? o ¿por mensaje extraños en el celular? o ¿el típico beso de labial dejado en la camisa blanca?

Según Ana Von Rebeur, una periodista, escritora, humorista e ilustradora gráfica argentina, para que se origine una infidelidad es necesario que se cumpla la “Regla de las tres C’s”: Curiosidad, Calentura y Confidencialidad. Es decir, una persona solo es infiel cuando sabe que tiene una potencial idea de con quién puede llegar a serlo, si se da la oportunidad; si llega esa persona que, al igual que tú, está buscando algo de aventura y, si en ese exacto momento estas pasando por un momento de “estancamiento” con tu actual pareja, es muy posible que veas la idea como muy antojada.

Si tuvieras la oportunidad de ser infiel a tu pareja, y además tienes la garantía que JAMAS nadie nunca se enterará del jueguito, dime tú, ¿la aceptarías? Si realmente nunca nadie se podría enterar de la infidelidad, el 99,9 % de nosotros ya lo habríamos hecho, varias veces. La mayoría no lo hacen porque saben que pueden ser descubiertos y que con esto pueden lastimar a otra persona, a la que amas o por la que  por lo menos te preocupas.

Además, dice, Von Rebeur, los infieles generalmente necesitan novedad en sus vidas, por eso mismo, la única diferencia palpable entre ambas es que una es predecible y la otra no, porque no es conocida.

Algo que me ha hecho sonreír y hasta casi reír es que, según esta escritora, una persona que está siendo infiel tiene algunos comportamientos extraños, como que elige su ropa cuidadosamente: se arregla más, se perfuma, incluso toma más duchas que nunca; jamás tiene hambre (obvio), y habla de cosas que antes ni le habías escuchado mencionar. También, según yo, cambia de modismos, adopta nuevos ademanes o palabras comodín, también cambia de gustos, como comida, o incluso música, y lo obvio claro, pasa menos tiempo contigo, se ofende si le insinúas que miente y además no quiere tener sexo. ¡Já! LOL.

Los hombres son tan poco cuidadosos que dejan huellas de su infidelidad a cada metro por el que caminan. Eso de los besos en la camisa o el cabello de un color rojo intenso en la ropa interior no es nada en comparación de la mirada a un lado y el titubeo cuando se le pregunta por qué llegó tarde a cenar, o el sonidito de mensaje del celular cada 5 minutos por las noches. Enfrentémoslo: los hombres definitivamente no saben mentir, sabrá Dios si lo hacen inconscientemente adrede.

Las mujeres, por otro lado, la piensan mejor; dan pasos cuidadosos, y según Von Rebeur, incluso son más gruñonas que nunca para que no se note que están siendo felizmente infieles. Algo bastante acertado que leí en este mini artículo es que las mujeres buscan a alguien que las mime y las abrace; en resumidas cuentas: alguien que las quiera. Mientras  que para los hombres, la infidelidad es uno más de sus juegos.

Al parecer no hay mucha salida que digamos luego de haber sido infiel, pues pedir perdón llegaría a ser una sucia manipulación post-traición. ¿Perdonar es olvidar? Definitivamente NO es este caso. Luego de que alguien nos ha sido infiel, e incluso con nuestra siguiente pareja, la paranoia nos gana, nuestra mente se desvive inventando cosas, desconfiando sin razón, o tal vez con razón.

Darle o no darle importancia, es la cuestión y medio difícil no hacerlo; inevitablemente, la infidelidad toca un punto débil en nuestro orgullo, pero de esto depende  si continua o no nuestra relación. La amas demasiado y por eso la perdonas, pero tal vez otra persona ama demasiado a la otra y por eso mismo no puede perdonarla. ¿Por qué seremos tan complicados?

¿La infidelidad es una burla a la confianza del otro? Bueno, en palabras textuales puede ser que sí, pero sinceramente no creo que tenga que ver mucho con lastimar al otro y burlar su confianza. Habiendo estado en los dos lados de la cancha me toca decir que un infiel, y siendo muy pero muy egoísta, rara vez piensa puntualmente en engañar a la otra persona para lastimarla. Por otro lado, confianza es confianza y la infidelidad  duele y por tanto puede considerarse traición a lo más delicado que uno tiene con otra persona, los sentimientos.

Aún así, la pareja perfecta en el mundo, incluso en toda la galaxia, no existe señores. La  idea onda Disney de “felices para siempre” es una publicidad mal estructurada y muy bien pagada para mi gusto.  Tampoco hay que desmadrarse llorando y mandando a Dios a la punta del cerro por haberte hecho esto, los problemas dentro de una pareja son normales, incluso después de una infidelidad. Ahora, depende de nosotros ahogarnos o no en nuestro pequeño vaso de agua.

Tal vez por todo lo dicho, la mayoría de las personas, hombres y mujeres, la justifican a morir, tal vez porque realmente están enamorados, o porque simplemente dar la razón a la verdad ya es de por sí demasiado doloroso.

Muchas de las personas que son “victimas” de la infidelidad saben, y saben muy bien y bastante conscientemente, que  la otra persona es madera 100% infiel, van y se meten de sopetón sin importarles tal o cual, pensando tal vez que algún día cambiará o peor aún, que ellas (la mayoría de las veces son mujeres con impulsos típicos en nosotras, lejos de ser mujer, ahora es madre, lo cual lo hace poco menos deseable que Susan Boyle) en algún punto podrán cambiarlos con su “amor”. Una zanahoria, decía una docente mía, siempre va a ser una zanahoria, no trates de volverla berenjena, eso solo pasa en las películas.

A veces, nos enamoramos de la proyección de la otra persona, de la idea, el sueño de lo que puede llegar a ser, nos enamoramos de un ideal,  y esa presión que siente la otra persona, de que es amado por algo que no es y que probablemente nunca será puede que lo haga huir de una u otra forma y que así vaya en busca de alguien que la ame siendo como es, va en busca de poder ser nada más él o ella mismo.

Nadie cambia por nadie, uno cambia por uno mismo, para bien o para mal. Ya uno dirá que si es “infiel una vez es infiel mil veces”, pero esto no es para nada una regla. Tranquilamente, alguien puede haber sido infiel una vez en su vida y nunca más serlo de nuevo, o redundar en lo mismo por el resto de sus días, depende de cada quien y de la situación por la que se esté pasando.

¿Quién no ha estado en la posición de “cuernudo” alguna vez en su vida? E inevitablemente sale la pregunta X: ¿qué hago?, y poco a poco dentro de uno se van cocinando un sinfín de emociones entrelazadas unas con otras. Primero es un dolor inexplicable, punzante, nauseabundo; luego, viene la rabia, lo quieres matar, maldices el puto momento en que lo conociste, le deseas la peor de las muertes, lo aniquilas, botas las cosas que te regaló, cantas la canción de paquita la de barrio  “rata de  tres patas, te estoy hablando a ti” y si ubicas a Alanis Morrisette, paras voz en cuello para cantar You Oughta Know Luego comienzas a preguntarte qué es lo que está mal en ti como para que el otro te haya sido infiel, cranéas la vida, te echas la culpa, latigueas tu espalda, algo… algo estás haciendo mal.

Pasa exactamente lo mismo cuando el infiel se pregunta por qué necesita de otra pareja para sentirse pleno; acaso será porque no es reconocido y, por ende, tal vez se malentienda el verbo amar con este otro algo que tal vez se traduzca a ser invisible. Se me ocurre a alguien viendo la televisión y a otro alguien al frente de él tratando de que el otro lo vea a él y no a la televisión; todo un circo ocurriendo ante sus ojos, y su parpadeo no muestra signos de que algo esté ahí, con una performance que tiene su nombre en letras color oro.

Sumergidos en un mar de preguntas, ideando para poder dejar en relativa paz a nuestra angustiosa mente, reclamando peros y por qués, volviendo nuevamente a la misma conclusión, nada. No hay estadísticas que muestren la subjetividad de cada  persona, la receta para la infidelidad no existe.

Adriana E. Magariños

Algunas evocaciones de Vidas y Muertes- crónica, reseña

Escrito por perrorabioso perrorabioso - 5/05/2011 - Nadie opinó aún

vidasymuertesEl Orestes Caese

Este hombre adivina sus olvidos y también sus recuerdos y dolores, pero sabe olvidar lo que adivina… Así empieza el relato de la vida del Orestes Caese.

Cuando he leído este cuento me he acordado del Orestes Dámaso Medina, el mensajero de la oficina de mi mamá. Era un tipo de nariz eternamente roja, seguramente porque era un borracho. Por eso mismo salía de la oficina y sin titubear se entraba directo al bar restaurant que estaba al frente. Ese bar estaba en una casa vieja; en la puerta había un letrero que decía: “Radio Chuquisaca” tiempo después, me he enterado que esa era la radio más vieja de la ciudad y que ese restaurant bar que se llamaba “El Patio”, estaba siempre lleno de hombres divorciados, viudos, separados o abandonados.

Tal la cosa, yo nunca me animaba a hablar con el Orestes Dámaso Medina, aunque me daban muchas ganas de preguntarle cómo era esa casa tan vieja y misteriosa de la calle Colón esquina Indaburo donde todos los días entraba a las seis de la tarde. Si no le hablaba era por el simple hecho de que siempre he sido un cobarde para hablar con la gente sin tener nada que preguntar y sobre todo porque me daban miedo sus ojos rojos y su nariz de resfriado.

Mi mamá sentía mucha antipatía por él (como la siente por todos los borrachos en realidad) y cuando lo echaron a la calle, arguyendo que su tufo mareaba a la gente y que nadie se sentía cómodo ni seguro con su presencia en la oficina, el Orestes Dámaso Medina se fue.

Meses después nos lo chocamos en la calle. Mi mamá me jaló del brazo para que no me quede mirándolo, mientras él, queriendo mostrarles a sus ex compañeros que igual no más le daba a la vida, se fue a vender archivadores, cartapacios, fundas para carnets, pasaportes y papel con timbre a la puerta de la contraloría… Me gustaría decir que se murió, pero simplemente desapareció cuando cerraron el Restaurant.

He leído este libro por primera vez cuando tenía 22 años y no he podido dejar de pensar que todos los Orestes se deben parecer, como tal vez todos los Oscares se parecen y que yo… si un día sufriría de la soledad absoluta, me pondría el nombre de Hermenegildo Fernández o Andrés Calderón, pero esos son los próximos cuentos.

El Hermenegildo Fernandez.

Un día se me ha ocurrido que no valía la pena vivir sin ají y ahora sé, que eso ya se le ocurrió a alguien antes que a mí, pero sobre todo, ahora entiendo que no vale la pena vivir sin fanatismos. Yo no entendía esto de los fanatismos hasta que he visto el monólogo “No le Digas” de David Mondacca, donde interpreta a varios personajes de Jaime Saenz en una obra que tal vez dura unas dos horas y es espectacular…

“Muele que te muele, machaca que te machaca, pica que te pica” Pobre Hermenegildo, se ha muerto comiendo picantes, porque era un fanático ¿ves? No es que era un sonso. Hay que saber que se puede renunciar y tal vez la certeza de saber eso va a hacer que siempre lleguemos al final de todo sin vacilar… aunque para los que nunca han sabido renunciar, esto debe ser simplemente terquedad.

Era el domingo 8 de octubre del año 2000 y yo no sabía que era el cumpleaños del Jaime Saenz y en la parte que David Mondacca está gritando sobre el Batán: Muele que te muele, machaca que te machaca… me quedaba pensando en que mi viejo se iba de mi casa cuando no había llajwa y que eso precisamente, era ser un boludo y no un fanático. Aquí lo picante no tiene nada que ver, sino la convicción de que cualquier otro lugar no podría ser sin los momentos que construimos. Somos en cuerpo entero en un lugar en una hora en un aroma y en un sabor. Somos puro sentido y aunque esté demás decirlo, eso es lo que le da sentido a la vida.

También he pensado largamente en el batán –casi- agujero que mi abuela tenía en el patio de su casa de la calle Rodriguez. Me acordaba que la piedra olía a quirquiña de una forma tan penetrante, que uno abría la puerta y ya estaba oliendo el batán. También he pensado que los viejos tenían un fanatismo tan jodido por la vida y las costumbres, que el convencimiento de que el hueco que ahondaba el batán tarde o temprano llegaría a ser un vacío total, aterraba a los viejos y los hacía suspirar pensando en los domingos, las sopas, las charlas y las marraquetas que habrá propiciado ese Batán, que al final nos mostraba que la piedra produce tantas emociones que se gasta hasta desaparecer, casi como cualquier corazón.

A mi abuelo (en realidad el abuelo de mi padrastro) lo han matado para robarle su joyería. Le decían Ubico, se llamaba Wencesleao y después de cien mil disputas familiares, han rematado su casa que ahora se vuelto un hotelucho de mala muerte donde a veces quisiera ir a dormir para acordarme de mis mayores, sus fanatismos y para ver si de repente, la piedra también ha muerto.

El Rafael Cordero

Debe ser por el apellido y lo otro debe ser porque era fabricante de camiones de juguete y mecánico, pero lo que me ha recordado este cuento es a una chica de mi curso y al chofer de un micro amarillo y negro del sindicato Litoral.

La chica estaba en mi curso cuando yo estaba en segundo medio. Se llamaba Janeth Cordero y su hermano se llamaba Angel Cordero. Sé que no tiene nada que ver, pero cuando escucho ese apellido, se me viene a la mente un buen y humeante plato de Thimpu y lo más raro es que a mí ni siquiera me gusta el Thimpu de cordero, es más, sólo me gusta el de carne (res) y ahora estaba pensando que “Res” en latín quiere decir “cosa” lo que me ha hecho acordar de mi amigo hippie Franz, que me decía que nosotros –los carnívoros- no comemos carne, que comemos cosa, cualquier cosa… en especial si son esas hamburguesas pre hechas que han venido a paliar el hambre de nosotros los hombres solitarios y ha salvado el tiempo de las amas de casa angustiadas por los extraños caprichos de sus hijos…

En fin, a mí, el apellido Cordero no me gusta porque se me viene a la mente un inmenso platón de fierro enlozado color verde claro, con una cuchara metálica gastada y una cholita que se me acerca candombeando sus polleras arrepolladas con el mandil salpicado de ají amarillo y grasa y sus zapatos rechinando escandalosamente en el piso de un local oscuro de la calle Illampu, cerca del Hotel Miltón.

¡Cholita, Thimpo, Illampu y Cordero! al parecer estas tres palabras están epistemológica, etimológica y sintácticamente relacionadas, ¿que habría dicho el Ferdinand Saussure de esta mi tesis? (Que en realidad podría ser el axioma de la Thimpulogia) yo creo que no hubiera dicho nada, porque el Saussure era un suizo que seguramente comía cordero flambeado en algún restaurant de Saint Germain de press, en sus horas de almuerzo cuando estaba en la École des Hauts Études de París y cuando comía, seguro lo hacía sin nada, pero nada de ají.

Freud, Lacán o mi amiga -la prestigiosa psicoanalista y vidente Carito Mallea “La divina” (¿Cómo divina de adivinar? O ¿marea la gallina?)- asumiendo intelectualoide aire de preocupación y superioridad, dirían que no tengo ganas de hablar de la Janeth Cordero y tantos años estudiando la siempre confusa y dificultosa psique humana, les daría finalmente la razón.

Aunque no habría nada de malo en acordarse de la Janeth, uno se pone a pensar en el destino y ahí la cosa se complica. La pobre Janeth que era más buena y saludable que una manzana, tenía el grave problema de que le gustaba amar, eso al parecer en el sentido físico de la palabra. Algún miserable seguramente le llamaría Ninfómana, pero no, una cosa es ser una ninfómana y otra diferente es ser una mujer a la que le gusta amar, pero claro, la suerte y el destino y sobre todo la gente insensible, no sabe diferenciar ambas cosas.

La Janeth era mamá de 2 chamacos y apenas tenía 17 años, el primero lo tuvo a los 14 años, el segundo a los 16 y su gran pecado –aparte de ser una niña- fue que ambos niños tenían padres diferentes. Te imaginarás que hubo todo un escándalo en el colegio cuando la quisieron expulsar y aunque personalmente no me consta, podríamos remitirnos al poeta de América (Ricardo Arjona yaaaaaaa poeta a ver) y decir que su reputación eran las seis primeras letras de esa palabra (otra vez: yaaaaa) por esta razón, la Janeth era el objeto de las habladurías de las mamás que depositaban el veneno de sus lenguas y sus frustraciones mojigatas en la vida de la pobre Janeth Cordero, que no tenía otro anhelo que el salir bachiller y estudiar derecho.

Ese deseo en el cual ella depositaba todas las fuerzas de su corazón, chocaba cada día contra las impenetrables murallas de las matemáticas, los estudios sociales, la biología, la filosofía y probablemente de todas las titánicas ramas del saber humano. Pobre Janeth, ni siquiera era floja o tonta, sólo que para pagar los gastos de sus vástagos, de su hermano y de su papá que era un señor muy viejito, no le quedaba otra que trabajar de lo que mejor podía, con lo que la atención que le daba a sus estudios quedaba en nada.

Una vez, se burlaron de ella por verla trabajando en el mercado negro vendiendo zapatos y en otra ocasión la acusaron injustamente de robar las calculadoras de todo el mundo… y ella, ya no tenía palabras para ofenderse ni para defenderse, así es que se quedaba en silencio y lloraba sin que nadie la consuele.

La gota que ha derramado el vaso, han sido los rumores que unos vagos de último curso han esparcido a los cuatro vientos, diciendo que la habían visto a la Janeth trabajando de puta en un burdel de la Avenida Sucre. Yo no lo creía; no me la imaginaba en un burdel bailando en un bikini fosforescente delante de una estufa a gas en uno de esos locales donde el olor a pucho y cerveza te hace sangrar la nariz. Pero bueno, ese chisme no lo tenía que creer yo y tal como llegó a mis oídos, llegó a los del director y creció y creció hasta que la Janeth Cordero no volvió al colegio para los exámenes finales. Su hermano, el Ángel, andaba cabizbajo y al que le preguntaba por su hermana le asestaba un puñetazo, por eso, porque soy un cobarde, jamás le pregunté por ella, sólo escuché que estaba enferma, muy enferma y que un día, desapareció.

El Andrés Calderón

Esta es la historia del hombre solitario que escribía a máquina y que su única distracción era ir al cine y que el Jaime Saenz lo ha conocido, no a él, sino a una hilacha de su saco en la calle Potosí.

Mi mamá ha empezado a trabajar en la contraloría el año 82; entonces, me llevaba a su oficina todos los días porque no tenía con quién dejarme, porque claro, era un mocoso llorón. La Contraloría General de la República (Hoy del Estado Plurinacional) está en la calle Colón Esquina Indaburo, tiene nueve pisos y mi madre ha trabajado en todos los pisos, menos en el noveno, porque ahí antes estaba el comedor.

La primera oficina que recuerdo de mi mamá era grande, como para unas 20 personas, tenía persianas grises como la de los hospitales públicos y los escritorios estaban perfectamente alineados uno delante de otro en cuatro filas de cinco escritorios. Cada escritorio tenía un tapete verde como el de una mesa de billar y en cada rincón del tapete, cada empleado ponía cosas tan diversas como calendarios, fotos de seres queridos, estampitas de la virgen, de Jesús o su santo protector y al lado la máquina de escribir.

Un día, antes de que el último presidente militar del gobierno llame a elecciones y vuelva la democracia, yo estaba jugando en el escritorio vacío que le correspondía al oficial de la policía coactiva que siempre estaba con sus lentes ahumados, durmiendo en el sillón de la recepción con su pistola en el cinturón, cuando de repente se ha armado revuelo y todos han empezado a gritar: “¡El contralor, el contralor!” y mi madre me cogió de los brazos y me escondió debajo de su escritorio tapándome la boca con sus pies.

El Contralor era un General del ejército, eso dice mi mamá. Yo solo le he visto los zapatos de charol y su pantalón verde grisáceo con franjas guindas y al lado miles de botas de soldados. Todos caminaban lentamente y los empleados en silencio… tac, tac, tac, sólo se escuchaban los golpes que le daban a las teclas de las máquinas de escribir. Un espanto para los pobre empleados y para mi madre porque los changos estaban prohibidos en la oficina y yo ya tenía escritorio y todo.

Como sea que me habían nombrado mascota oficial de la oficina de investigaciones coactivas de la oficina y eso no sé si era bueno o malo, tenía que salir a cumplir encargos para todo el mundo, por lo tanto mi vida era ir de la oficina a la tienda, al ministerio de hacienda y caminaba por la calle colón de aquí para allá, y también iba a la calle Potosí y me he dado cuenta que en la calle Potosí esquina Colón, siempre, siempre hay viento y hay cafés lleno de viejos y viejas, con mirada triste y mucha, mucha soledad…

Había una tienda en la calle Colón, esa tienda tenía un letrero que decía: “Se arreglan camisas” allí vivía una vieja de cabello canoso, que fumaba todo el día sentada en un banco de madera mirando a la gente pasara. A la tienda nadie entraba porque olía a pis de gato y cigarrillo; si olía a pis de gato, era porque habrá habido unos quince o veinte gatos, que deambulaban por la tienda ronroneando y rascando algunos maniquís, dándoles a la tienda un aspecto bastante grotesco. La cosa es que nadie sabía de qué vivía la vieja, que además decían que estaba loca y si estaba loca era porque su marido había muerto hace muchos años y sus hijos se fueron muy lejos y no se sabía nada de ellos. Eso, me lo ha contado la Esther, que era la señora de la tienda y que al igual que en todos los barrios de la ciudad, todo lo sabía y todo también lo adivinaba.

Un día o mejor dicho una noche, en la cena, mi mamá me ha contado que cerca de la oficina, en la tienda de la vieja se armó un jaleo terrible por motivo de la bulla que metían las sirenas de la policía y los bomberos y los curiosos que no podían abrir por nada del mundo la pesada y antigua puerta de madera que había estado cerrada por dentro con unos diez candados por lo menos… y todo porque los vecinos denunciaron que un olor fétido proveniente de la tienda no los dejaba dormir ni de noche ni de día. Ya te imaginarás a que se debía esa fetidez nauseabunda de cadáver y te imaginaras también, cuanto tuvieron que pelear los policías con los gatos para poder sacar el cuerpo de la vieja.

Hay más cuentos y más recuerdos que me provocan este libro… leer el libro y reescribirlo; reescribirlo y pensar que estamos rodeados de vidas y muertes.

El Triste oficio de mentir- cuento

Escrito por perrorabioso perrorabioso - 15/03/2011 - Nadie opinó aún

Honrado1 Al lado de mi oficina, hay un galpón, este galpón está lleno de perros -14 o 15 según pude contar- que cuidan un almacén de textiles. Cuando pasa una ambulancia o el camión de gas y el ruido de las sirenas y bocinazos enloquecen a los perros que empiezan a aullar y ladrar desesperadamente, la secretaria de mi oficina se irrita y angustia terriblemente porque ama a los perros y piensa que los están golpeando.

Me puse a mirar por la ventana mientras le decía a la Elisita (Así se llama la secretaria de mi trabajo) que es una barbaridad que los fiambres “La Española” (mejor decir “La Portuguesa” así no se enojan los de La Española) bueno, “La Portuguesa” tengan su fábrica de embutidos y chorizos justo al lado de la oficina, porque impregnan toda la oficina con el maldito olor a grasa de perro, y que en todo caso, para evitar que los perros estén ladrando todo el día, sería más humano sacrificarlos a patadas en vez de ahogarlos con gas licuado en una mini cámara de gas construida por el dueño de “La Portuguesa” que es un “Portugués” loco y republicano que en la época de la guerra civil “portuguesa”, era del bando del “Branquismo” y que -digamos que ese señor se llama juan Gironaíz- este era un viejo militante del partido nacional socialista alemán y de ahí que ha visto conveniente juntar sus dos grandes pasiones: usar una cámara de gas y hacer fiambres de calidad.

La Elisita es una buena mujer y no sabe mucho de esto de nacionalismos, cámaras de gases ni salchichas vienesas sin piel, sino que ama locamente a los perros que a decir de ella, le recuerdan a su marido, sobre todo porque Juan Carlos es tierno, cariñoso, leal y peludo y por esa razón, ha jurado no volver a comprar las salchichas de “La Portuguesa” en la fiesta de San Juan, ya que sus dos años de estudio de psicoanálisis la han convencido de que –simbólicamente- sería como comerse a su propio marido, que dígase lo que se quiera de su intachable calidad moral, su peor defecto es la falta de cuidado que le asigna a su aseo personal (es que es mecánico); Esto de la higiene de Juan Carlos es algo que Elisita ha tratado de solucionar de la forma más diversa y con todo tipo de marcas de jaboncillos y champús, que empero no han podido con la pestilencia que normalmente emana del fornido cuerpo de JC, por lo que se ha determinado que comer embutidos “La Portuguesa” sería doble o triplemente asqueroso.

Así, mientras yo le iba dando detalles a la Elisita de cómo este juan Gironaiz (el sanguinario empresario Portugués) salía por las noches de luna presagiosa en su camioneta dispuesto a diezmar a la gruesa población de perros callejeros armado únicamente de su valor y un bate de beisbol, la pobre se horrorizaba de semejante situación y solidarizándose con los pobres perros, me anunció su decisión de volverse vegetariana. Mientras tanto en el salón de la justicia, el chofer de mí oficina escucha atentamente nuestra conversación y como normalmente no tiene nada que hacer, le añadió algunos detalles que decía conocer de esta carnicería que resultaron una sorpresa hasta para mí que me había inventado esa mentira de cabo a rabo.

Fanor –el chofer del jefe- Decía que le constaba que este tal Juan Gironaiz usaba perros callejeros para preparar sus embutidos y que antes de que se ideara lo de la cámara, los mataba a palazos en la cabeza y que después de despellejarlos, vendía sus pieles a los peleteros de la calle Graneros… y la grasa del animal a los brujos de la calle Linares, ya que todo el mundo sabía que la grasa de perro –especialmente la de perro negro- es infalible para el tratamiento de un sinfín de maldiciones, embrujos y otras cosas metafísicas. Claro que hasta yo estaba a punto de creer mis propias patrañas, porque el Fanor tenía un montón de datos técnicos que ignoro si son ciertos o no.

A eso de las siete de la noche, dormitando en el bus que me lleva a casa, escucho en medio de los somnolientos vapores obreros, el programa radial que oye toda la ciudad: el “¡Proteste ya!” y como no hace mucho he visto en el noticiero de la televisión que han encontrado un matadero clandestino donde mataban burros y los vendían como si fueran carne vacuna, pienso en la candidez de la Elisita que me ha escuchado toda la historia como si nada e íntimamente me congratulo por mi creatividad y sentido del humor.

Pasando calles y avenidas, un ligero remordimiento me hace profundizar el juicio que tengo de mis defectos, así que decido que al día siguiente, llegaré a mi oficina con una sonrisota y diré abriendo los brazos: ¡Elisita, todo era una broma! Y le voy a regalar una libra de jamón de “La Portuguesa” para que hagamos un buen café y un par de sándwiches mientras feisbukeamos antes de que llegue el jefe y se acabe la diversión.

De improvisto, algo extraño sucedió: escuche la inconfundiblemente dulce voz de la Elisita protestando indignada “¡Ayer fueron los burros, hoy son los perros, mañana serán los gatos!” se lamenta, levanta la voz y hasta se pone a gimotear y yo pienso: ¿me estaré volviendo loco acaso? Pero no, la Elisita está al aire en el “¡Proteste ya!”, denunciando a los cuatro vientos y a la enorme audiencia de la Radio Americana (La voz del pueblo) como el desalmado portugués anda matando perros como si estuviera en pleno holocausto, perdón, en pleno apocalipsis (la mentirosa tiene el tupé de decir que lo ha visto con sus propios ojos) para luego volverlos salame.

Llegué a casa y la cena no me sabía a nada, o tal vez tenía un gusto a perro frío. Vi mi celular de reojo… y pensé en llamar para disculparme, pero mi cobardía me ganó, preferí ver qué sucedería mañana.

En la televisión, las sirenas de la policía y el escándalo de los activistas de Animales SOS están volviendo locos a los perros que ladran desesperadamente a las cámaras que les hacen primeros planos a sus fauces. Un Close Up atrapa el preocupado rostro del portero del galpón que es conducido a una patrulla policial, lo cual delata que finalmente estoy en un grave problema.

Quién pensaría que la única vez que la policía actúe eficientemente, sea para arrestar a un portugués que no existe y cerrar una fabrica que en realidad funciona en otro barrio…

A pesar de haberme arrodillado y llorado con disculpas infinitas, Elisita se las arregló para que no me den mi liquidación, así que me quedé otra vez en la calle.

Me han cerrado la puerta de tres bares, dos de los cuales eran mis favoritos. Se han cansado de mi falso cáncer, (de todos los tipos) de mi falso divorcio, de las variaciones de mi separación de un millón de mujeres que sólo existen en mi imaginación, de los horribles defectos de la esposa que no tengo, de mi falsa despedida de soltero, de la amante que me persigue por todas partes, se han cansado de mis falsas profesiones y mis falsos oficios, de mis falsas riquezas y falsas pobrezas.

Se han cansado de mí, ya no me hablan. La gente me ve con desconfianza, o mejor dicho ya ni me ven. Tal vez me lo merezco.

Desde niño, tengo un sentido del humor negro y horroroso y eso no es nada si le sumamos el hecho de que soy en mentiroso de primera. Estos defectos me han ocasionado un sinfín de problemas que en vez de hacerme popular (esporádicamente, he sido el payaso de todos los grupos e instituciones de los que he formado parte) me ha hecho ganar una serie de poderosos enemigos, que al día de hoy no cejan esfuerzos por hacerme la vida imposible y ver mis sueños convertidos en cenizas.

Me he dado cuenta que me he vuelto alcohólico casi sin darme cuenta y es que me cuesta mentir sobrio. Salgo en la noche y sé que apenas tengo lo suficiente en el bolsillo para volver a casa y quizá para un trago, el último de siempre.

Entonces, en voz alta, con un vaso lleno de whisky en la mano, con la esperanza de que alguien me escuche, digo: “Se me ocurre que la soledad es simplemente un invento de los hombres tristes; se me ocurre que la lluvia es el invento de unos ojos hechos polvo que vuelan hasta los confines de un horizonte gris y quieto. Se me ocurre que los pasos que ya no se oyen acercarse, son inventos de los hombres abandonados que ya no tienen locuras donde ampararse. Y los nombres que ya no se pueden nombrar, son inventos de hombres desesperados que ya no recuerdan lo que querían gritar….

Ella se acerca en la penumbra del bar y pregunta con inconfundible acento francés sobre el poema que acabo de recitar. Me presento, converso un poco con ella y decido decirle “la verdad”, cabe decir, mi verdad del momento: Soy un ingeniero agrónomo Boliviano becado por el gobierno de Irlanda del Sur para estudiar el Origen andino de la bacteria Phytophotora infestans en sus genealogías nucleares y mitocondriales, ya que esta plaga amenaza con destruir a toda la producción de papá en Europa Occidental, lo que significaría una catástrofe alimenticia de niveles inimaginables, por lo que pronto debo volver a la Universidad de Dublin con las muestras de cepas originarias de esta plaga, extraídas de los andes bolivianos y peruanos donde-por causa de unos ladrones- perdí todas mis pertenencias, incluidas mis tarjetas de crédito, así que debo marcharme al terminar este vaso de whisky; ¡salud! Ella y algunos de sus acompañantes me escuchan apenados y me invitan una copa que miro de derecho y de revés. Después de dudar un poco y poner afectada cara de Buda, me zampo el vaso entero, repongo mi aplomo, saco pecho y digo: Les voy a contar un secreto, pero no se lo vayan a contar a nadie, escuchen: a poco de llegar a Dublin, ciudad eternamente lluviosa y gris, descubrí que por mi facilidad con los diversos acentos ingleses y mi fisonomía neutral, había mucha gente interesada en conocerme, así que recibí una invitación para participar de una reunión que en un principio parecía de amigos interesados en las papás y las bacterias, pero no, pronto descubrí que –seguramente por mi devoción a la virgen- la reunión era para proponerme que sea parte de una célula del IRA…

El día de la Literatura y las Letras Paceñas.- opinión, poesía

Escrito por perrorabioso perrorabioso - 26/02/2011 - Nadie opinó aún

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Mariano Baptista Gumucio se lamenta que en la Ciudad de La Paz, exista una plaza y hasta un monumento dedicado a Confucio, pero no a Franz Tamayo. Seguramente, la mayoría de los paceños han escuchado hablar de Tamayo cuando se habla de la educación en Bolivia por el ser el autor del célebre libro “Creación de la Pedagogía nacional” libro escrito y publicado hace ya casi cien años y que en estos tiempos de revolución cultural y descolonización mental, puede leerse no con la óptica del tiempo que todo lo transforma, sino con la mirada de todos los que alguna vez han pasado por esa institución tan deteriorada, como es la educación boliviana.

Ya Franz Tamayo propugnaba que el boliviano debe ser el maestro del boliviano y dejar ese desprecio tan difundido que existe hacia lo nacional. Seguramente, es mejor leer el intercambio de artículos de prensa que intercambiaron con Felipe Segundo Guzmán acerca de la educación boliviana y el entendimiento que se tenia del papel que debería cumplir el boliviano en la construcción de su propia identidad nacional.

Difícil entender la Bolivia del siglo XX sin entender la figura de Franz Tamayo, aunque su pensamiento no haya llegado a traspasar los andes, dejando un legado andinocentrista que ha perdurado en la visión nacional a lo largo del siglo XX y que ahora intenta superarse y deconstruirse. Tamayo es grande, el Illimani lo ha dicho, así resume Jaime Saenz su admiración por el poeta, por el hombre, por el Boliviano, el único quizá.

En 1977 Mariano Baptista Gumucio, publicó la biografía “Yo fui el orgullo”  donde se pueden ver todas las facetas de un hombre amado, odiado, admirado y aborrecido por la gente de su época y como en la historia no se puede prescindir de las generaciones ni de los espejos en los que alguna vez nos hemos visto, esta es seguramente, la mejor oportunidad para revisitar a Tamayo en sus grandezas y ensimismamientos. Por esta razón, la Oficialía Mayor de Culturas de la ciudad de La Paz ha anunciado que el próximo lunes 28 de febrero, se celebrará el Día de la Literatura y Letras paceñas, en homenaje al poeta y político paceño Franz Tamayo, con varias actividades en diferentes centros culturales barriales y las actividades centrales se llevarán a cabo ese mismo día en la Cinemateca boliviana, donde se proyectará un documental sobre Tamayo que intenta acercar al mito para que las actuales generaciones puedan conocerlo.

Elegía a Tamayo

Por  Oscar Cerruto

Yo era el orgullo
la frente
alzada al viento de la injuria.
Yo era la roca,
el pensamiento que la hería.
Y era la herida.
Sangraba en mis palabras la rosa
incorruptible;
era yo quien sangraba.

Fatigué en largas jornadas
la noche,
extraje el cieno de mi propio abismo,
destilé el oro de los sueños.
Pronto supe con Píndaro
que el hombre
es el sueño de una sombra.

Gira su rueda el tiempo,
la dicha es como arena
entre los dedos
y hasta el olvido al fin se olvida
Sólo el dolor no se acaba.
Los actos, la indiferencia
Prescriben
y, como ellos,
los que tejieron escarnio.
Fueron legión
yo estaba solo,
pero eran viento y los dispersó
el viento.

Ansié partir con un adiós de bronce,
y si el odio calló
su turbulencia,
resuena el bronce todavía.
Ni la muerte que es muerte nos iguala.

Presentación Crítica para “Wara” un libro de cuentos de Ronald Vega.- crítica

Escrito por perrorabioso perrorabioso - 20/01/2011 - 6 opiniones

Ronald Vega en un bar de La Paz.

Ronald

Una presentación crítica, una presentación a secas, una crítica sin piedad, una crítica presentable; se fiel a ti mismo y siéntete libre de decir las cosas como las creas. Así, sin la grandilocuencia que parecería abrir esta presentación crítica, Ronald Vega me pidió que escriba una pequeña presentación para su reciente libro de cuentos “Wara” que se realizó la noche del 17 de enero en el conocido Etno Café de la calle Jaén, aquí, en la ciudad de Nuestra Señora de La Paz; ciudad que Ronald ha escogido para advenir finalmente en escritor, o por lo menos, un serio y verdadero intento por llegar a serlo.

Me parece difícil e incomodo hablar sobre una obra en particular sin conocer detalles de su autor, por lo demás, nunca he creído en el “lamebolismo” ni en los exaltados intercambios de mutua idolatría entre dos amigos que escriben, pintan, componen, cocinan, juegan futbol, beben o se peinan juntos, debido a que me parecen perjudiciales para la salud de la creación propiamente dicha, ya que palabras altisonantes y adulaciones extremas o innecesarias, suelen adormecer nuestra capacidad de hacer (lo que sea que hagamos) y nos acomoda en mullido Olimpo del conformismo, desde donde vemos, escuchamos y asimilamos la crítica de forma benevolente con los amigos y le atribuimos ignorancia y envidia a la del extraño.

Parecería que fertilizo el campo para sembrar oscuras perspectivas sobre mi juicio acerca del libro de cuentos de Ronald, pero no es así, y no lo es por el sencillo hecho de que no creo en la objetividad o por lo menos creo que esta mentada objetividad e imparcialidad esta siempre influenciada por más aspectos subjetivos de los que en verdad parece y además de eso, no soy crítico literario, sino un lector ávido de encontrar nuevos recursos narrativos.

Empecemos hablando  de algunos de los siete cuentos que componen el libro. Puedo empezar esta presentación crítica, diciendo que percibo que el escenario, los personajes y la situación del cuento con el que se abre esta publicación artesanal “La cena”, es un lugar que conozco; un snack, pensión o restaurant popular, tan peculiarmente paceño, que para nosotros, los habitantes nocturnos y solitarios que vagamos por las callejuelas de esta ciudad, en pos de un plato de comida y una palabra de afecto, ser espectadores de este teatro del absurdo que es La Paz, nos es más normal de lo que quisiéramos. ¿No le gusta la lechuga? No olvide que “quién no come la lechuga, sus problemas no apechuga” La ficción, el humor y ciertas actitudes surrealistas del relato, terminan mostrándonos que cenar en cualquier lugar, más allá de las consecuencias gástricas que puede acarrear para nuestra salud, también puede confrontarnos con incomodas experiencias existenciales en las que uno nota que al final, la soledad es el único postre que se digerirá con gusto.

Me imagino que si hubiese escrito esta presentación o reseña, sin que Ronald me lo pida y el la hubiese leído de forma casual, digamos en el Etno Café, estoy seguro que se hubiera sentido como Felix Carrillo, personaje que le da el nombre a uno de sus cuentos.  Consecuentemente, después de leer su propia vida y obra, Ronald cerraría el libro y sentiría un nudo en la garganta, ya que seguramente sentiría un justificado temor de salir a la calle en busca de un taxi y si ustedes no saben porque tendría miedo, no seré yo quien les arruine el final de uno de los mejores cuentos de la obra, pero basta decir que cuenta con lo que considero que hace de un cuento un género tan hermoso: un final inesperado y bien pensado.

Como usted, avispado lector, seguramente está entrenado en dilecciones filosóficas y dialécticas, dirá: si este individuo que se las da de crítico (sin serlo) dice que ese es “uno de los mejores cuentos de la obra”, por lo tanto debería existir otro cuento que se puede clasificar como uno de los peores de la obra, pues tiene razón a la vez que no. Personalmente, me parece que los cuentos se hacen y luego recién se escriben y ese es uno de los méritos de los cuentos de Ronald Vega lo que a la vez puede convertirse también en un defecto, me explico: Escribir cuentos, es según muchos entendidos, una tarea difícil dentro de la literatura ya que exige un manejo maestro del lenguaje y la creatividad, para lograr desenlaces que globalicen o cierren de manera creíble (aunque sea una ficción) una narración corta. Si podemos ejemplificarlo, diríamos que eso equivaldría a lograr un orgasmo simultaneo, copulando de pie sobre una hamaca en plena luz del día y con la ventana abierta. Mientras que escribir una novela sería intentar llegar al final de una maratón sexual en una cama de cuatro plazas en un hotel vacío con una botella de whisky, un frasco de viagra y dos paquetes de cigarrillos. Llego a esta conclusión después de haber escuchado una interesante ponencia entre varios novelistas en la feria del libro de La Paz del 2008, cuando se discutía porque la mayoría de las novelas ganadoras, eran novelas de La Paz, pero ese ya es otro tema.

Así las cosas y volviendo a las cuestiones de fondo y forma del cuento, yo siempre he creído que antes de escribirlo, uno va haciendo el cuento en su mente, se lo imagina, lo ve naciendo línea tras línea, párrafo tras párrafo, y de a poco va sumándole personajes, escenarios, escenas, diálogos y finales y esta tarea a uno le puede llevar toda la vida o quizá unos cuantos minutos, ya que seguro que hay muchos también, que escriben muy bien de forma impulsiva. Prefiero quedarme con lo que dice Willy Camacho: el mayor reto de un escritor un escritor, es estar frente a la hoja en blanco. Frente a esa hoja, uno recién cae en cuenta de la dificultad de la tarea o puede ocurrir que el argumento que antes parecía maravilloso, ahora sea cualquier huevada, quedando el cuento en nada, lo que vendría a ser su final o tal vez, para o dejarlo así no más, le damos el final más obvio y esperado: La muerte.

Para muchas personas, el final de la vida es la muerte, pero dentro de una vida hay tantos finales, que no puedo dejar de pensar que dentro del género del cuento, cuando la muerte pasa de ser el argumento central y primordial del relato y se convierte en el punto final de la narración, así porque si y porque no había otra que matar o morir no más, ha existido un corto circuito entre la creatividad del autor y las posibilidades que nos brindan las historias que son siempre infinitas. Dicho de otra manera, mucha gente ha dejado de ver películas de detectives porque ya tenían la certeza de que el mayordomo era el asesino.

“Wara” es el nombre del personaje del cuento “El reencuentro”; nombre que finalmente le da título al libro. Tengo la impresión de que existen más razones de orden simbólicas o íntimas para que Ronald haya escogido ese nombre para su primera producción netamente paceña (su primera publicación se titula “Intimaciones y otros relatos”, Lima 2006) y personalmente creo que ni el personaje ni el cuento se lo merecen, debido principalmente a las razones expuestas arriba.

Pero si de merecimientos se trata, entonces debemos ser ecuánimes (o por lo menos intentar serlo) y decir que tal vez el libro pudo llamarse “The Killer Payasos” titulo sugestivo para la mejor narración del libro; un cuento excelentemente logrado, donde la muerte, más que el final apresurado e intrascendental de un relato, es la invitada siniestra e irónica de una fiesta infantil. Sin duda, la concepción del cuento llena de simbolismos de ese conocido mundo adulto, absurdo e inútil, se ve sangrientamente complementado por los deseos íntimos, pequeños y lúdicos de la niñez, donde el jugar es –esta vez en serio- una cosa de vida o muerte. El inesperado desenlace de The Killer payasos es magistral e invita a la reflexión para la próxima vez que creamos que ya estamos viejos para jugar. Gracias a este cuento y a riesgo de estar equivocado, puedo pensar que no es la muerte la actriz principal de las líneas de “Wara”, sino la soledad.

En fin, debo concluir esta breve presentación recordando lo que una vez me contó un escritor peruano, que habiendo fracasado en su intento por llegar a la Argentina, se quedó atrapado entre las montañas de Chuquiago: “Una tarde estaba parado frente al Café Royal en la Avenida Mcal. Santa Cruz; era mi segundo día en La Paz, miré a la gente en el café desde el ventanal de la calle, metí las manos en los bolsillos y me dije, pensar que no tengo ni para un puto café” Ronald me dijo que en sus bolsillos no tenía ni una moneda, sólo bolitas de pelusas y muchas ganas de escribir.

Escribir como una decisión vital es la elección de Ronald Vega, decisión de dejarlo todo atrás y escribir. Esa decisión que a muchos nos hace falta, es algo por lo que ya vale la pena leer esta pequeña pero valiosa publicación.

Oscar Martínez

Elperrorabioso.