El peso de la gloria- cuento
Escrito por Hefesto
- 19/06/2011 - 2 opiniones

Habiendo escrito casi todos los libros que abarrotaban la gigantesca biblioteca de su mansión, Alain Bonnemort se extasiaba cada día en la contemplación de sus infatigables estanterías y, ligeramente mareado por el perfume de la gloria, apenas daba crédito a sus ojos cuando pensaba que la mayoría de esos tomos había salido de sus propias manos.
Se le comparaba con Proust, con Tólstoi. Ya ningún libro suyo aparecía sin la mención Obra maestra rotulada en la prestigiosa banda roja que cruza la portada de los libros galardonados por la crítica o, cuando menos, por el éxito de ventas.
Ya ninguna línea suya pasaba desapercibida. Cada una de sus palabras llevaba el sello del genio, según los lectores; para los críticos, Bonnemort era sencillamente el maestro perfecto de nuestro tiempo o, cuando alguno se dejaba vencer por el entusiasmo, de todos los tiempos.
Con todo, al cumplir setenta años, en un arranque de locura y audacia, Bonnemort decidió ir aún más lejos, romper todas las barreras, reescribir toda su obra, auto parodiarse, transgredirse y hundirse hasta tocar el cielo literario; en una palabra, escribir su Obra Maestra y ya, por fin, acostarse con la inmortalidad.
No demoró demasiado, sólo cinco años, pero cinco años marcados a hierro ardiente por el trabajo, el cual, día tras día, noche tras noche, lo llevaba a olvidar alimentarse o tomar sus medicinas. De modo que, pese a la diligencia de su enfermera personal durante ese tiempo, las manos se le volvieron frágiles y crujientes como hojas secas.
Aun esto, no obstante -pensó una vez acabada su obra-, había valido la pena.
Ni bien terminó de corregir el manuscrito original, su editor, tras una llamada telefónica de su parte, acudió a la mansión y se llenó los brazos con el enorme paquete antes de meterse en su Peugeot negro y perderse por los senderos del jardín.
Un mes más tarde, Bonnemort recibió un ejemplar de su libro, Antes de la muerte, vendido, como anotaba eufórico el editor en una nota adjunta, a más de un millón de ejemplares en su primera semana en las librerías. Bonnemort soltó un hondo suspiro de alivio, un suspiro salvaje como todas aquellas horas pasadas sobre el abismo salado de esa obra oleaje, quizá demasiado audaz para un viejo cansado como él, que había decidido arriesgarlo todo antes de refugiarse en el silencio.
El alivio le duró dos días; al tercero, abrió distraídamente el suplemento literario de Le Monde y halló una reseña sobre su libro. Firmaba Julien Grondel. No conocía al hombre, pero sí la reputación. Por supuesto, era un crítico, relativamente joven, pero muy respetado, adulado incluso –había quién lo había comparado nada menos que con Roland Barthes–.
Conforme Bonnemort leía la escueta reseña, su cara –esa cara de escritor impasible que tanto le había ayudado en sus afanes literarios–, iba sufriendo leves contracciones que le hacían fruncir el ceño y, un segundo después, abrir los ojos desorbitadamente. Sentía que le temblaban los labios, como cuando sentía miedo en la oscuridad, y toda su cara se arrugaba hasta que llegó a la última línea y cerró los ojos y apretó el periódico con tal fuerza, que no supo si eran sus manos o el papel periódico lo que había crujido de esa manera.
Fue un chasquido como si algo, no necesariamente orgánico, se hubiese roto en su interior.
Luego de vestirse, hizo un par de llamadas telefónicas, anotó una dirección en un sobre vacío y, antes de salir, sacó de un estante de la gigantesca biblioteca su ejemplar de Antes de la muerte.
Nunca antes había tenido el libro a cuestas: lo encontró bestialmente pesado. Ciertamente, el formato grande, las tapas duras, la lujosa edición, no aligeraban el mamotreto. Pero, ya en el taxi, le dolió haber pensado eso de su libro, que era “bestialmente pesado”, y además –desagradablemente– en los mismos términos que, en su reseña, había utilizado el despreciable Grondel para calificar su obra. Que era un libro bestialmente pesado, aplastante, soporífico. Que el título, tan banal como insípido, era lo mejor del libro. Que esas memorias, que se querían deliberadamente mentirosas, eran previsibles viniendo de un escritor que ya había dicho todo lo que tenía que decir. Que, desgraciadamente, tal desliz significaba, a corto o mediano plazo, la muerte literaria del que fuera un buen escritor. Y terminaba afirmando, tajante, que al libro le sobraban seiscientas páginas… cuando, desde luego, no tenía más que seiscientas páginas.
¿Cómo se atrevía? ¿Qué se había creído ese criticón en pañales? Era imposible que ignorara quién era él, Alain Bonnemort, la “leyenda viva del escritor arquetípico” –como escribiera deliciosamente, hacía sólo algunos años, el gran Roberto Viani. Y entonces, ¿cómo se atrevía ese hijo de puta?
Una cosa era cierta: esa ira íntima y a la vez desconocida que lo invadió de golpe, forzándolo a salir de su letargo de años, no podía durar mucho tiempo y él, Bonnemort, tenía que aprovechar hasta el último instante esa fuerza prodigiosa que sentía crecer en su interior conforme el taxi avanzaba por las calles del centro de París.
Como en un sueño, lo que siguió fue la visión de una escalera de caracol, de peldaños estrechos, que daba a rellanos igual de estrechos y penumbrosos, con una puerta a cada lado. En el cuarto piso, a la izquierda, halló la puerta con el número indicado en una deslucida placa de bronce.
Esos viejos edificios parisinos tenían un olor inconfundible a humedad y siglos.
Bonnemort respiró hondo, metió el sobre con la dirección en el bolsillo y llamó a la puerta sin recibir más contestación que unos pasos, los cuales, en ese preciso instante, subían haciendo crujir los peldaños de madera.
No lo dudó un instante: tenía que ser Grondel ese calvo rechoncho que subía penosamente la escalera. Era tan lento, que al escritor le pareció que dibujaba, en las curvas apretadas, un pálido gusano hecho de calvas que se sucedían bajo la luz amarillenta.
Un gusano, qué cosa más evidente, pensó Bonnemort mientras suspendía en el vacío su Obra Maestra, calculando el lugar exacto en que caería, letal, el peso de la gloria.






