Homenaje a las disonantes…- ensayo, reseña

Escrito por estido estido - 5/06/2011 - Nadie opinó aún

Ya que dentro de poco se celebrará otro Bloom’s Day, nos sumamos a la celebración con un…

Homenaje a las disonantes: a Mr. Leopold Bloom, in memoriam

La urbe moderna exige el acoplamiento de sus habitantes a su ritmo constante y circular. Así, el hombre se vuelve una pieza prescindible de un organismo en el cual la vida y la muerte no son antagonistas, sino meras variables estadísticas. En ese contexto, aparentemente, el ser humano común, aquel que no está en función de poder visible, ha perdido el sentido de la existencia. Sin embargo, la obra de Joyce, con ironía diabólica, a través de uno de sus personajes –Leopold Bloom– nos devela la trascendencia de la vida de cualquier ser humano.

La sonrisa se le desvaneció mientras seguía andando: una pesada nube cubría el sol lentamente, sombreando la ceñuda fachada de Trinity. Pasaban tranvías uno tras otro, al centro, a las afueras, campanilleando. Palabras inútiles. Las cosas siguen lo mismo día tras día: pelotones de policías saliendo, volviendo: tranvías yendo, viniendo. Aquellos dos chiflados vagando por ahí. Dignam, quitado de en medio a toda marcha. Mina Purefoy con la barriga hinchada en una cama gimiendo para que le saquen a tirones un niño. Nace uno por segundo en algún sitio. Otro muere cada segundo. Desde que eché de comer a los pájaros cinco minutos. Trescientos estiraron la pata. Otros trescientos nacidos, lavándoles la sangre, todos están lavados en la sangre del Cordero, balando meee.
Una ciudad entera pasa allá, otra ciudad entera viene, pasando allá también: otra viniendo, pasando. Casas, filas de casas, calles, millas de pavimentación, ladrillos en pilas, piedras. Cambiando de manos. Este propietario, ése. El dueño de la casa no se muere nunca, dicen. Otro se mete en su ropa cuando le llega el aviso de dejarlo. Compran todo el sitio a fuerza de oro y sin embargo siguen teniendo todo el oro. Hay una estafa ahí, no sé dónde. Amontonados en ciudades, erosionados siglo tras siglo. Pirámides en la arena. Construidas sobre pan y cebolla. Esclavos. Muralla de la China. Babilonia. Grandes piedras que han quedado. Torres redondas. El resto escombros, suburbios extendiéndose, chabolas. Las casas de Kerwan saliendo como hongos construidas de viento. Refugio para la noche.
Nadie es nada.
Ésta es realmente la peor hora del día. La vitalidad. Apagada, sombría: odio esta hora. Me siento como si me hubieran comido y vomitado. [Joyce, 1990: 202]

Dublín, 1 p.m.: La ciudad ha detenido su marcha circular para llenar el estomago. Una ligera pausa en el constante transcurrir de las horas que invariablemente serán las mismas cada día. La rutina agobiante, que puede causar enfermedades “posmo”, ha de reflejarse en Bloom como un sentimiento de hastío. De Bangkok a La Paz, de norte a sur, de oriente a occidente, las ciudades atrapan en su ritmo circular a los habitantes, obligándolos a marchar al compás de su batuta. Qué sentido puede tener la vida de un hombre común en tales circunstancias. Qué de especial puede tener ser una nota reemplazable de una sinfonía que se ejecuta a diario, y más aún, ser una nota disonante. Porque eso es Bloom, la nota disonante: el ser que no encaja en la partitura.

Poldy –como le llaman afectivamente– reflexiona sobre el fluir citadino, metonomizado en la figura de policías y tranvías. Un fluir que en ningún caso puede remitirnos a la metáfora del río, sino más bien a ese fluido sanguíneo, ese constante bombeo de la misma sangre que circula por las venas, consumiéndose y renovándose, partiendo del corazón y retornando a él. Pues sí, la urbe posee esas características, y de esa forma, podemos servirnos de William Humble, conde de Dudley, y Lady Dudley, quienes salieron en carroza de la residencia virreinal comenzando por la verja de abajo de Phoenix Park (p. 278), para recorrer las arterias de ese organismo viviente llamado Dublín. En este “tour”, patrocinado por Joyce, se nos devela la constante ebullición de los microorganismos que coexisten dentro del cuerpo mayor. Éstos, como cualquier otro de su condición, necesariamente deben adaptarse a la existencia del ente que los acoge. Bloom no es la excepción, pero a diferencia de los demás, no consigue adaptarse plenamente, a pesar del esfuerzo que pone en ello.

Como dijimos antes, Leopold es la nota disonante, es el ser que no termina de encajar en su entorno. Estigmatizado por su herencia judía y migrante, no consigue instaurarse en el imaginario colectivo como irlandés: el ciudadano –Ciudadano– no lo admite como igual. ¿Acaso no es la situación de millones de personas en cualquier urbe del mundo? Tal como dice Pound [1971: 408]: Los detalles del plano de las calles (de Dublín, en Ulises) son locales; pero Leopold Bloom es ubicuo. ¿No vemos lo mismo en ciudades como La Paz? Un Quispe se vuelve Quisbert –Virag se vuelve Bloom– para poder insertarse en la sociedad donde desea pertenecer. Este mismo ser deja sus costumbres y las cambia por otras que sean “mejor vistas”, todo con el fin de no discordar. ¿Logra su objetivo? No. La ciudad lo acoge, pero en la periferia. El judeocatólico del Ulises no acepta esa “hospitalidad”. Tal como él piensa, las ciudades son grandes piedras que han quedado, torres redondas, el resto escombros, suburbios extendiéndose, chabolas. Él no quiere ser de los suburbios, no quiere volverse escombros, no quiere vivir en una chabola; más bien quiere habitar en la torre, en el omphalos, en el núcleo, en el corazón mismo de donde fluye la vida. Así, nuestro israelirlandés se instala en la urbe, aunque eso significa sufrir un destierro –¿o entierro?– en el mismo lugar que él reclama y anhela como suyo.

La ciudad renueva su sangre: cada segundo uno nace y otro muere, piensa Bloom. En este día ordinario –16 de junio de 1904– Leopold asiste a un entierro y a un nacimiento. Paddy Dignam ha muerto y la señora Purefoy dio a luz. Vida y muerte conviviendo en un mismo espacio. Conviven en Dublín y también lo hacen en Bloom. Poldy carga sus muertos –Rudolph y Rudy–, pero también lleva consigo un enorme apego a la vida. En el entierro de Dignam explicita esto cuando piensa que hay mucho que ver y oír y tocar todavía. Sentir seres calientes cerca de uno (p. 161). Recordemos que la palabra “bloom” en español es “floreciente”. Pues nuestro personaje es un ser floreciente, un microcosmos en el cual, al igual que en la ciudad, la vida esta en constante ebullición. Y, ¿no es así cualquier persona? ¿No es acaso todo ser humano un fluir de vida? En ese sentido, todos son algo, o como lo expresa Bloom, nadie es nada.

Pero, ¿qué siente Bloom por Dublín? ¿Cuál es su relación con una ciudad tan ingrata con él? De hecho, es una relación caótica, pues a pesar de que él quiere pertenecer a esa ciudad –ese país– no puede desligarse de su herencia judía. Recordemos que en el accidentado encuentro que tiene con el Ciudadano, éste le pregunta a quemarropa: ¿Cuál es su nación? A lo que Bloom responde: Irlanda. Yo nací aquí. Irlanda. Pero más adelante aclara: Y yo pertenezco a una raza, también, que es odiada y perseguida. También ahora. En este mismo momento. En este mismo instante (pp. 344–345). A partir de este momento, el pacífico y siempre controlado Leopold, comienza a responder a las agresiones verbales y será salvado de una golpiza por Martin Cunningham. Antes habíamos mencionado que la historia transcurre durante un día común y corriente, por lo tanto, podemos inferir que es común también que Bloom enfrente agresiones diariamente. Él quiere pertenecer a un organismo, cuyos anticuerpos –ciudadanos de pura cepa– lo rechazan constantemente. El Ciudadano encarna ese repudio hacia Bloom, y en sus discusiones podemos apreciar, en alguna medida, la relación de Poldy con Dublín. Se podría decir que lo único que une a Bloom con Dublín es la necesidad de pertenecer a algún lado, la necesidad de no ser un paria. El hecho de que le haya tocado vivir en esa ciudad hace que él la quiera asumir como suya y, probablemente, lo mismo habría ocurrido si hubiera vivido en Tokio o Milán; es decir, Bloom no es irlandés, a pesar de haber nacido en Irlanda, pues él no se siente como tal. Y eso no solamente se debe a la exclusión de que es objeto por parte de los dublineses, sino también a su herencia cultural. En efecto, el pueblo judío, aunque desparramado por el mundo, es siempre un solo pueblo, por lo cual, Leopold pertenece a él. Pero claro, tal como se va observando en todo el libro, Bloom está ligado a la materia, a lo corpóreo, a lo tangible. Él no puede concebir pertenecer a un pueblo abstracto, a un pueblo que no tiene una determinada posición geográfica. Una nación es la misma gente viviendo en el mismo sitio (p. 344), dice en su conversación con el Ciudadano; y el pueblo, o la nación judía, no queda enmarcada dentro de esa idea. Pues bien, Bloom no quiere pertenecer a ese pueblo, aunque los dublineses así lo consideren; él quiere pertenecer a Irlanda, un país tangible, concreto. Es por eso, tal vez, que él se muestra respetuoso en extremo con los dublineses, pues respeta esa pertenencia auténtica, eso que él no goza.

La idea de pertenencia es muy importante para él, así lo demuestra cuando le dice a Stephen que tiene derecho a vivir de su pluma a la busca de su filosofía como pueda tenerlo el campesino, ya que ambos pertenecen a Irlanda, por lo que ambos son igualmente importantes (p. 550). Stephen ironiza sobre la idea de ser importante simplemente por pertenecer Irlanda, cosa que queda lejos del entendimiento de Bloom. Obviamente, pues Leopold sólo tiene la necesidad de pertenecer, de sentirse parte de. Y qué mejor forma de pertenecer a una ciudad que siendo su empleado. Quizá por eso, en medio de las fantasías que se viven en la zona de los prostíbulos, Bloom se “convierte” en burgomaestre: el empleado principal de la ciudad.

Pero volvamos al sendero original. Nuestro personaje es un microcosmos dentro de un cuerpo mayor –vida dentro de la vida–. Cierto que es rechazado, mas eso no le resta vitalidad. De cierta forma, la ciudad se nutre de esa vida individual, pequeña, insignificante a sus ojos, pues, parafraseando a Broch, podríamos decir que ella se construye sobre los millones y millones de existencias individuales anónimas y, sin embargo, concretas que la pueblan [Broch, 1970: 34]. Claro que esa individualidad se pierde con el anonimato, pues esas millones de existencias se convierten en una masa uniforme, un especie de batería cuya energía es consumida por la ciudad; mas no por eso dejan de ser el espíritu de la urbe, ya que, como dice Loayza, la ciudad es, sobre todo, sus habitantes [1982: 51]. Y en ese sentido, Bloom es parte de la ciudad, pues la habita, aunque no es pertenencia de ella.

Entonces, ¿será que el sentido de la vida de un hombre común, absorbido dentro de una masa anónima por el apetito voraz de una ciudad moderna, es el orgullo de ser parte de ella? Tal vez la urbe misma se encarga de hacernos creer que es así. Sin embargo, aunque Bloom habita y, por eso, es parte de Dublín, él no se siente dublinés. Es decir, no tiene el orgullo de pertenecer a la ciudad. ¿Podríamos, entonces, afirmar que su vida no tiene sentido? Claro que no. Otras grandes obras de la literatura, como Bouvard y Pécuchet, nos han mostrado que lo importante no es de dónde se parte, ni a dónde se llega, sino el camino, el recorrido, la constante búsqueda y lo que en ella se encuentra. Así, la existencia de Bloom cobra sentido en su infatigable lucha por pertenecer a una ciudad ingrata y en las cosas que apre(h)ende en su recorrido. Todo ser humano, conforme con su existencia, orgulloso, desde su anonimato, de ser parte de un organismo poderoso, jamás emprenderá una odisea como la de Bloom, porque, precisamente, su propio conformismo, su ingenua credulidad en ser algo del todo, se lo impedirán. En ese sentido, tal como dice Jack Power –uno de los personajes del libro–, ese Bloom tiene algo de artista (p. 127).

La ciudad devora, absorbe, masifica, convierte a todos en notas de una partitura que ejecuta sin descanso, marcando el ritmo a placer con su batuta inmisericorde; pero, de tanto en tanto, aparece una disonante, aunque pase desapercibida en medio del bullicio circular; una “Bloom” que es mirada con desprecio por las que se hallan correctamente ubicadas en las líneas del pentagrama. En efecto, Bloom no es despreciado por judío, aunque así lo parezca, sino por ser distinto, por ser el eterno inconforme, el que busca el porqué a su existencia y, de esa manera, cuestiona lo establecido.

Sí, estamos de acuerdo, Bloom es un ser común, pero, paradójicamente, no es un común cualquiera. Como todos los demás, habita y, por lo tanto, es parte de la ciudad, pero a diferencia del resto, él no pertenece a ella. Y aunque no se dio cuenta, esa es su virtud: no tener dueño. Maliciosamente irónico, Joyce ha creado un personaje que lucha, sin saberlo, por vaciar de sentido su existencia, por su derecho al conformismo. Pero sólo tenemos un día de su brega, que, sin embargo, es un día que se repite cada vez que se lee el libro, por cuantos lectores tienen el privilegio de hacerlo. Y a fuerza de tanta lectura, su odisea se ha hecho inmortal, Bloom ha salido del anonimato y, además, su lucha ha tenido –para él– buen fin: pertenece a Dublín: cada 16 de junio, en esa ciudad, se celebra el “Bloom’s day”. Confieso que lo diabólico de Joyce para con su propio personaje me causa gracia, pero no por eso puedo dejar de rendir mi homenaje a todas las disonantes del mundo, a aquellas que han tenido la suerte de no pasar por la pluma de un escritor que las inmortalice y las vuelva propiedad de alguien, y especialmente a una: Mr. Leopold Bloom, quien muy lejos de nuestra realidad, de nuestra dimensión espacio-temporal, en ese mundo en el que seguramente terminó sus días, libre de la tiranía del autor y de las fantasías del lector, y ajeno –infelizmente para él– a todos los homenajes mundanos, luchando –ojalá sin conseguirlo– por pertenecer a la urbe, yace entre la tumba de Paddy Dignam y la de “el del Macintosh”.

Referencias bibliográficas:

BROCH, Hermann
1970     “James Joyce y la época actual”.

JOYCE, James
1990   Ulises. Madrid, Lumen.

LOAYZA, Luis
1982 “Sobre el Ulises”, en revista hueso húmero, Nos. 12–13, Lima.

POUND, Ezra
1971 “Ulysses”, en Sobre Joyce, Barcelona, Barral Editores.

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El Buenos Aires posible: una producción arltiana- crítica, ensayo

Escrito por estido estido - 1/05/2011 - Una opinión

A pesar de que la obra de Arlt se enmarca dentro de lo que se considera literatura urbana, su visión es bastante singular, no sólo porque en su época fue uno de los primeros en incursionar en otra categoría, la literatura de los márgenes, sino también, y principalmente, porque a través de ella podemos advertir el bullir de una ciudad en crecimiento con las desventajas que esto acarrea para el citadino popular. Así, el progreso, económico y tecnológico, no es visto como medio para alcanzar mejores niveles de vida, sino como elemento que arremete contra los sectores marginales de la sociedad, alejándolos aún más del centro. Pero, más allá de eso, la narrativa arltiana consigue erigir un espacio ficcional, gracias a su particular uso del lenguaje, donde la ciudad es concebida como una posibilidad.

Con magistral ironía, la ficción arltiana construye un universo complejo, en el que la tecnología y el desarrollo económico son empleados por un puñado de marginales con el fin de realizar un cambio radical en la sociedad. Sin embargo, dicho empeño no es más que una farsa, que a la larga consigue alejar a los protagonistas incluso de los márgenes: extraordinaria marginalidad que connota una soledad llevada al límite. El marginal quiere dejar de serlo, quiere asestar un golpe al centro para ocupar su lugar. El centro no es bien visto por Erdosain ni por el Astrólogo, es una especie de enemigo invisible que los oprime y del cual quieren liberarse; sin embargo, su intención de dejar el margen y ocupar el centro es completamente paradójica, pues sólo denota el interés de ser aquello que repudian.

Al parecer, Erdosain está sumergido en un pozo oscuro del cuál no puede –o no quiere- salir: ha robado, ha sido traicionado por su mujer, humillado por un pariente, y está dispuesto a asesinar. Su relación con el Astrólogo le permite ingresar a una especie de sociedad secreta que planea cambiar el orden de la sociedad. De alguna manera, esto le permite albergar una esperanza, no precisamente del cambio general, sino más bien de un cambio personal que le permita la posibilidad de salir del pozo. El Astrólogo, por su parte, asume la figura de un profeta, del elegido, que tienen la capacidad de organizar el complejo plan de la creación. En esto se puede apreciar la negación de la divinidad: el destino no es obra de Dios, sino de los hombres. Erdosain no tiene un Dios a quien aferrarse para poder salir del pozo, es decir, no tiene fe; el Astrólogo no tiene un Dios y quiere asumir ese papel. De hecho, su plan consiste en mantener a la población en la ignorancia, haciéndoles creer en milagros que ellos mismos fabricarán. Otra vez se puede apreciar la ironía arltiana: los ateos quieren convertirse en dioses, quieren ser aquello en lo que no creen.

Sin embargo, la ironía no es el único elemento en juego en la narrativa de Arlt. Tal como expresan Ruth Pérez-Chaves y Beatriz Sarlo –cada una con distintos argumentos-, Arlt es altamente realista. De esta manera, para Pérez-Chaves, la narrativa de Arlt también configura un espacio donde la realidad es reflejada con crudeza. Sarlo, por su parte, indica que la violencia es el único medio, en los textos de Arlt, para liberarse; así, el extremismo cobra forma, pues ningún método que no destruya las condiciones existentes es válido. El argumento de Sarlo es más sólido, pues trasciende lo tradicional del realismo, despojando a Arlt de características que, en la tradición literaria latinoamericana, podrían resultar peyorativas. Pérez-Chaves se queda en lo convencional y sólo logra ver escenas de la vida porteña de los años treinta. El realismo de Arlt no consiste en reflejar las condiciones existenciales de los márgenes bonaerenses, sino que gracias a él logra presentar un complejo mundo interior de los personajes, representando así condiciones humanas degradadas, que redundan en el hastío, falta de esperanza y pasiones bajas, todo ello producto de la modernidad.

Pérez-Chaves hace una analogía entre el Buenos Aires arltiano y el tango, citando fragmentos de la obra del escritor y comparándolos con letras de reconocidos compositores tangueros, llegando a la conclusión de que, al igual que el tango, la ciudad presente en la narrativa de Arlt refleja de manera altamente realista a la verdadera Buenos Aires. Como ya se expresó, el análisis de la autora es bastante burdo, pero de alguna manera introduce una idea interesante que no llega a desarrollar. El tango, nacido en los márgenes, mezcla de ritmos diversos, producto del hibridaje cultural, crece paulatinamente hasta encaramarse en el centro –no por nada hoy se lo cono ce como la canción ciudadana- y alejarse de la marginalidad, convirtiéndose en música de élite. Algo así quiere conseguir la sociedad secreta creada por el Astrólogo; pero, más allá todavía, algo así también quiere conseguir Arlt con el lenguaje. En efecto, el lenguaje arltiano corresponde a los márgenes, al lunfardo porteño. Al emplearlo, Arlt logra desestabilizar el lenguaje hegemónico y, aunque él no asesta el golpe definitivo, poco a poco el lunfardo va ingresando al centro hasta apoderarse de él. Sin embargo, en este caso, no deja de pertenecer al margen, como el tango, sino que se convierte en una expresión de la totalidad urbana bonaerense. En Los siete locos, el plan del Astrólogo consiste en algo similar: llegar a dominarlo todo, tomar posesión del centro sin dejar de dominar el margen. Así, podemos apreciar que el lenguaje se yergue como personaje en la obra de Arlt. No se trata de quiebres o innovaciones estilísticas, sino de la revaloración de un lenguaje despreciado, marginado, que expresa el hibridaje cultural, por tanto, la diversidad cultural porteña.

Ahora bien, como ya se dijo, la narrativa de Arlt se enmarca en lo que se denomina literatura urbana. Arlt no trata de reflejar la ciudad cotidiana, sino la ciudad invisible. La urbe es el espacio que habitamos y que nos habita. Habitamos sus calles, plazas y edificios, mientras que ella habita en nuestra imaginación. La ciudad se instala en nuestra imaginación, se (re)crea con características tal vez alejadas de la cotidianeidad que observamos en su espacio físico. En este sentido, los sucesos citadinos dejan de ser hechos concretos, devienen posibilidades; ya no son, sino que podrían ser. De esta manera son configurados en la imaginación por los discursos que despiden los cuentos, graffitis, novelas, televisión, poesía, canciones, arquitectura, radio, crónicas, prensa y, por qué no, las malas lenguas. Así, el Buenos Aires Arltiano no sólo es la ciudad de los compadritos, de los cafishios, de los macrós, de los inmigrantes, sino también de lo que todo ello podría ser, pues si la ciudad se instala en nuestra imaginación, es obvio que también lo hacen sus habitantes. Y ese poder ser, esa potencialidad desquiciante, se manifiesta con mayor intensidad en la narrativa arltiana. En Los siete locos, no encontramos un documento histórico que da cuenta sobre aspectos de la vida porteña de antaño, sino que mediante el juego de la ficción, esta novela logra configurar una ciudad posible.

El Buenos Aires Arltiano es una urbe abigarrada, espacio donde la diversidad predomina, y esto se refleja en los nombres de los personajes –la mayoría posee apellidos europeos-. Este abigarramiento penetra en la escritura y se reproduce en ella, no tal como es, sino como lo imagina Arlt. Sin embargo, como se dijo, con ello no pretenden reflejar la realidad, representar discursos que ya han sido dichos por otras disciplinas, sino que el abigarramiento se manifiesta como criterio estético:

(…) La psicología de la mujer de la vida? Está encerrada en estas palabras, que me decía llorando una mujercita a quien largó un amigo mío: “Encore avec mon cul je peu soutenir un homme”. Eso no lo sabe ni la gente ni lo novelistas. Un proverbio francés ya lo dice: “Gueuse seule ne peut pas mener son cul”.
Erdosain lo contemplaba estupefacto. Haffner continuó:
-¿Quién la cuida como el cafishio? ¿Quién la cuida cuando está enferma, cuando cae presa? ¿Qué sabe la gente? Si un sábado a la mañana la oyera usted a una mujer decirle a su “marlu”: “Mon chéri, hice cincuenta latas más que la semana pasada”, usted se haría cafichio, ¿sabe? (…) [Arlt, Los siete locos]

El cafishio –por el apellido descendiente de alemanes- cuenta como le habló una mujer -por el idioma colegimos que la misma era francesa, o descendiente de franceses-, con una particular mezcla de idiomas -francés y español- y sociolecto –lunfardo- que el personaje emplea en una charla “común y corriente”. Un ambiente abigarrado que permea esa característica en la escritura. Sin embargo, no se trata de un mero ejercicio de reproducción de la oralidad o de descripción de espacios sociales marginales aculturalizados, sino más bien que es un elemento estético que da coherencia a todo el texto: los márgenes de la ciudad, al ser escritos, necesitan también de un lenguaje marginal; esto es, un lenguaje que ataca al centro. Así, la escritura arltiana no describe un lenguaje, lo destruye y lo vuelve a construir sin seguir las instrucciones; y esta labor consigue erigir un espacio ficcional donde no importa si los cafishios y las prostitutas son así, porque el lector se queda con la imagen de que así podrían ser.

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Reseñe el libro: Ninguna eternidad como la mía- reseña

Escrito por estido estido - 23/04/2011 - 22 opiniones

Apartir de hoy, contaremos con el estimado aporte de Alexis Argüello, quien gentilmente accedió a colaborar con Urbandina en la elaboración de reseñas bibliográficas. Así, una vez por mes, Alexis publicará reseñas que, a solicitud nuestra, no serán críticas literarias de corte académico, sino más bien textos breves y de fácil lectura que, además de exponer algunos detalles básicos de la obra (género, estilo, argumento, etc.), presentarán un juicio de valor –absolutamente subjetivo, obviamente– reflejado en el puntaje (entre cero y cinco) que Alexis le asignará a cada libro reseñado.

Tal como figuraba en la convocatoria que lanzamos el año pasado, esta nueva sección estará abierta al público, pues la intención es que sea un espacio donde el lector común pueda compartir opiniones respecto a algún libro, basadas solamente en las emociones, sensaciones, recuerdos, sentidos, etc. activados durante la experiencia de lectura de ese libro específico, y no en conceptos o teorías literarias, ni de otra disciplina académica.

Dicha convocatoria sigue en vigor, pero la sección ya no se llamará “(di)sección crítica”, sino “resEÑE el libro”, a sugerencia de Alexis, cuyas razones se podrán inferir al leer su primer aporte: una reseña sobre Ninguna eternidad como la mía, novela de la escritora mexicana Ángeles Mastretta (que, como es usual en Urbandina, puede ser descargada de la Biblioteca Pirata o desde el enlace que figura al final de esta entrada).

Ninguna eternidad como la mía

No tengo tiempo para releer, sin embargo, cada que un funcionario público ejerce sin negligencia su trabajo, me da por hacerlo. ¿Por qué? Por la simple promesa del placer de la repetición, promesa de placer que pierde fuerza con el tiempo, pero que aun así provoca reacción.

Con el párrafo anterior bien podría dar por concluida mi labor, no obstante, dado que los urbandinos esperan una reseña, me veo obligado a continuar.

Ninguna eternidad como la mía es, a la fecha, una de las pocas novelas cortas que he releído, precisamente por eso… porque es corta. Bueno, ya en serio, releí el libro de Ángeles Mastretta debido a que es una de esas historias de amor, pero de amor propio, y por favor, que no se entienda como “de superación personal, típica de la escuela best seller”. Corrijo, entonces, y aclaro la idea: es una novela que, al final, no es de amor, sino de esperanza y desesperanza, de relaciones de género, y que nos recuerda el derecho y deber de vivir la vida con intensidad, incluso a sabiendas de que ello tiene un precio; la vida como acto masoquista.

Para resumir, es una novelita cuya subjetividad permite más de una entrada de lectura: puede ser lo que el lector de turno quiera, especialmente si se encuentra en una de esas etapas existenciales… obligado a tomar decisiones… ¡Listo!, ahora deben estar creyendo que acabo de delatarme, que hace dos años estaba en crisis o que ahora estoy atravesando una… Mejor volvamos al libro de Mastretta, ¿les parece?

Muchas novelas son extensas porque tienen párrafos o capítulos de relleno. Y decepcionan. Cosa opuesta ocurre con muchas novelas cortas, pues te dejan con la impresión de que falta algo… quizá algunos párrafos o talvez capítulos. Sin embargo, no es el caso de Ninguna eternidad como la mía, cualidad que me recordó un poco a Pitigrilli, Baricco, Kundera y García Márquez.

El argumento es sencillo: Isabel Arango nace en una población costera. Con su nacimiento llegan los sucesos que dan pie a la revolución en México, allá por la primera mitad del siglo XX. Durante su juventud, desea no repetir la historia de sus padres y opta por trasladarse a la capital y formarse como bailarina. De esta manera, termina instalándose a los pies de dos volcanes, el Popocatépetl y la Ixtazíhuatl, confidentes y testigos del desarrollo de esa etapa de su vida. En la ciudad conoce a Javier Corzas, joven poeta del que se enamora perdidamente y ante el que recita un ensalmo que pasó de generación en generación, desde que su bisabuela lo escribiera y legara a sus descendientes; un texto que recita de memoria, a guisa de juramento, declarando que se compromete a pagar el precio de vivir con intensidad. Así, Isabel entabla una relación apasionada con Javier, a través de la cual comprenderá que la eternidad puede ser muy breve.

El desenlace del relato, aunque cerrado, deja una sensación a final abierto; permite que el lector tenga la opción de completar la ficción con el epílogo que mejor le parezca y, por ende, articular los sentidos que su lectura particular puede/quiere activar en el texto. Yo asimilé lo siguiente: No se está en condiciones de juzgar a los demás, porque nadie ha vivido lo que ellos, la misma historia. Nadie vivió lo que Isabel Arango; tal como ella misma afirma en un pasaje del relato: “Tengo a estos volcanes de testigos. Ninguna eternidad como la mía”.

¿La calificación? Cuatro eÑes sobre cinco, tomando en cuenta el argumento, personajes, los diálogos, el estilo y, sobre todo, el trabajo de edición. Debo confesarlo, Ninguna eternidad como la mía me sigue impactando, no como antes, pero impactando al final de cuentas.

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Aguafuertes paceñas: el Puente de las Américas- Hibrido

Escrito por estido estido - 7/04/2011 - Una opinión

A poco más de tres lustros de su inauguración, el Puente de la Américas se ha convertido en elemento inseparable del paisaje citadino. Su presencia resulta tan natural, que es como si siempre hubiese estado ahí, esperando que alguien lo hiciera visible. Pero, al mismo tiempo, la perfección geométrica de su estructura desentona con el armonioso fluir de la asimétrica topografía paceña.

Su bautizo oficial, con bombos, platillos y gran despliegue mediático, estuvo a cargo de las autoridades municipales. El bautizo de sangre no fue tan pomposo, pero mereció igual atención de la prensa, pese a que, en realidad, la sangre de quien ofició el ritual, lanzándose desde el puente, quedó sobre el pavimento de la avenida del Poeta.

Si no me equivoco, el bautizo literario es mérito de Erik Ortega, cuyo cuento, “El tesoro del pirata”, introdujo la figura del puente en la narrativa nacional. Cuándo y quiénes realizaron el bautizo simbólico, es algo que no se sabe, pero desde que alguna pareja de recién casados decidiera incluir el puente en su recorrido nupcial –con la fotografía de rigor–, esto se ha vuelto una costumbre y, más aún, se ha inscrito en el imaginario, ya que, actualmente, atravesar el puente, después del matrimonio religioso, se considera de buen augurio.

Así, el Puente de las Américas no sólo ha servido para acortar el tiempo y distancia de recorrido entre Miraflores y Sopocachi, sino también para construir nuevas tradiciones, ambientar ficciones y despedirse del mundo con más estilo que ingiriendo raticida –dizque–.

Instrucciones para comer salteñas- Hibrido

Escrito por estido estido - 1/04/2011 - 3 opiniones

Básicamente, hay dos formas de enfrentarse a una salteña: con cucharilla, los menos diestros, y a mano limpia, los expertos. El primer paso es común para ambos: sostener la salteña con una mano, en posición vertical, y quitar la punta del repulgo con los dedos de la otra mano (también se lo puede hacer con los dientes, siempre y cuando se tenga dentadura original y resistente). Por ningún motivo se debe realizar la mala (y acostumbrada) práctica de sacudir la salteña antes del primer mordisco, ya que esto es, prácticamente, como agitar una botella de gaseosa antes de quitarle la tapa.

Si no se emplea cucharilla, hay que levantar la salteña hasta la altura de la boca e inclinarla lentamente hasta que caigan las primeras gotas de su jugo sobre la lengua (demás está decir que para eso hay que tener la boca abierta). Si el jugo no está hirviendo, entonces se puede repetir el procedimiento sin tanta cautela y beber un buen sorbo, a fin de que al dar la primera mascada no se produzca un derrame prematuro.

Si se emplea cucharilla, esta debe sostenerse con una mano, y con la otra, inclinar la salteña suavemente, para que el jugo salga por el orificio hasta colmar la concavidad del utensilio. Se debe repetir el procedimiento de dos a cinco veces hasta que dar la primera mascada no implique riesgo de desangre. Bajo ningún motivo se debe comer el relleno con la cucharilla y dejar la masa, ya que eso equivale a comer el relleno del pavo y botar el ave.

En ambos casos, con o sin cucharilla, se debe comer el resto de la salteña realizando la extracción previa del jugo antes de la siguiente mascada. No hay que sentirse confiado ni siquiera en el último bocado, pues la aceitunas suelen funcionar a guisa de válvula, manteniendo en el fondo una buena cantidad de jugo.

Como en cualquier actividad riesgosa, se debe tomar los recaudos necesarios antes de emprenderla, que en este caso sería: tener más de cinco servilletas a la mano para remediar de inmediato un error de cálculo o un mal movimiento, sobre todo si quien come la salteña tiene barba y/o bigote.