Libelorgasmis- Hibrido

Escrito por corigangar corigangar - 18/05/2011 - Nadie opinó aún

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Tu piel tiene un dejo a mostaza, mezclado con la amargura de un yogurt vencido y sin embargo me embriaga y  acompaña bien la agilidad con la que, dando pequeños saltitos, te mueves por el cuarto. De la cama al baño, del baño al estudio, como si insistieras en buscar las margaritas silvestres del deseo entre mis libros.

 Cuando en la memoria pase revista al repertorio de prosas melosas que te harán honor más tarde, mirarás mi silencio esparcido entre las sábanas con esa tu figura de Geisha de porcelana “made in China”. Con la timidez escondida en las uvas huecas que tienes por pupilas, alabarás vanamente el estilo tai en mis cortinas, el gato egipcio en mi mesita de noche.

Luego te acercarás realizando  pequeños círculos hasta verte acorralada entre la pared y el lado derecho de la cama. Mi lengua evadirá tus movimientos con cómicos aleteos, dibujando espinas en el aire para recibir a tus caderas pretenciosas. Yo escogeré perderme en las arrugas de las paredes y de reojo, acomodaré el  pliegue de tu nalga izquierda para que guarde simetría con la derecha, tú criticarás las sabanas, mis dientes, mi cabello y te zambullirás asfixiando con tu espalda los resortes del colchón.

Con la palabra cansada en la palabra, escucharé la forma en que dirás que eres radiante, deliciosa, una “bitch” envuelta en seda, luego, de un lenguetazo, amordazaré  tu bombardeo egocéntrico y dibujaré un verso en tu oreja más larga. Bajaré por tu cuello, tomaré aire en tu hombro afilado y en picada celebraré la humedad de la pepa de ciruela que tanto ama tu dedo medio derecho.

Tú hablarás y acariciarás con palabras tu ombligo, luego de un carajazo me pedirás que no suspire,  que succione tus muslos de papel salado, que repte con mi lengua de lija tu geografía de norte a sur, para luego celebrar el Ecuador de tu carne.

Cuando se evaporen los temblores de las sábanas, me mirarás con flojera y prepararás un  porro que adormezca las huellas de mi  orgasmo barroco. Luego, inevitablemente, ocurrirá lo siguiente:

Yo estudiaré la forma de tus aureolas, descomponiendo la acidez de lluvia de tu entrepierna entre mi paladar y mis amígdalas, luego mientras suspiro, te escucharé caminar por la casa.

Tú respirarás meciendo tus nalgas rojizas,  irás a la cocina, tomarás el sacacorchos de mi abuelo y abrirás una antigua botella de vino tinto. Estudiarás la foto de mi perro en el mueble de la sala, te soplarás la nariz, llenarás una copa, tomarás un pica hielo del bar y lo usarás para agarrarte el cabello y volverás bamboleante a la cama.

Yo, tomaré la copa de tus manos y seduciré con tres gotas a tu ombligo, luego de veinte minutos haré que  mi lengua  vuele inquieta, enumerando  cada vértebra tuya y despierte nuevamente al  rosa ácido de tu vientre.

Tú  esperarás que actúe y luego, en mitad de mi primera confesión, te sentarás, de golpe, sonreirás, sonreiré y luego, con el frío de acero, despertarás  a mi pierna derecha.

Yo no reclamaré,

tú tomarás la copa y  caminarás veinte pasos.

Yo pediré tú retorno,

tú abrirás la puerta.

Yo gritaré tú nombre,

tú romperás la copa.

Me levantaré,

te alejarás.

Me sacaré el pica hielos  de la pierna, miraré la herida en flor,

mirarás el pasillo y te pondrás mi abrigo.

Yo dibujaré gota a gota tú nombre en la huella de tus pasos,

tú, criticarás mi mala caligrafía.

Yo pediré disculpas,

tú dirás -no me gustan las mujeres.

Yo sentiré la sangre coagulándose en mi pierna,

tú, de un portazo, me sacarás de tu vida.

 

 

 

 

Dos tumbas- crónica

Escrito por corigangar corigangar - 11/04/2011 - Nadie opinó aún

Huidobro y Neruda, dos poetas chilenos, descansan espalda con espalda.

Los restos del primero yacen en una especie de mausoleo color mostaza, ubicado en un monte seco, en la colina una mezcla de colores sin gusto lo resguarda. Una lápida de piedra gris te advierte “abrid esta tumba, debajo está el mar”. Huidobro, poeta, antipoeta, culto, anticulto, murió como paria, peleado con los literatos, los jerarcas de la iglesia, los comunistas, los diputados de derecha y la aristocracia. Fue secando su poesía, haciéndola indomable a cualquier lectura de pueblo, ajeno a aplausos de la masa, vaciando sus versos de chilenos.

Sus huesos ya no abonan el campo seco, entre girasoles muertos reposan. Un viejo cuidador y un “quiltro” hacen guardia y son los guías. La entrada a la tumba es gratuita (de 9:00  a 14:00 de 15:00 a 17:00). Un letrero contundente dice “prohibido usar el lugar como parque para enamorados”.Cerca no es posible encontrar una  tiene tienda de souvenirs, o un bar para tomarse un ajenjo en el nombre del poeta renegado. Sólo aquel viejo perro, ladra cada noche a sus versos.

Llegas a Huidobro por las pistas escondidas en el ascenso de tierra, Letreros de madera mal colgados de los árboles son la guía a su tumba. En un alerce se puede ver  un grabado del poeta en sus años de burgués, imagen de sus días jóvenes en familia rica, es la memoria más o menos comercial que queda de su nombre. El poeta ha muerto en la pobreza, maldito y olvidado rechazado en la vergüenza patriotera, anarquista. En su auto exilio, vomitó para todos aquellos que besaron sus poemas con flores.

Lo llamaban el más europeo de los chilenos, poeta ajeno al pueblo, con juegos ácidos, surrealistas, con aires de Breton y Eluard; negro, contundente, ácido que los obreros no entendieron que los curas no soportaron.

Recibe la brisa del bosque seco en esta época del año y su compañero ladra en la noche a los espectros de su fama olvidada. Hoy dejó la estela, la brisa a la montaña, olvidado e ignorado por la gente, en el destino que labró con su irreverencia.

Cerca al mar, en el lugar de nombre Isla Negra, yace el cuerpo muerto de  Neruda. La entrada a verlo cuesta 10 $us y existen cinco guías para la visita a la casa, las cuales deben ser necesariamente en grupos pequeños. Isla Negra es una de las tres casas que tuvo el poeta, la misma se encuentra llena de fetiches (mascaras de proa, barcos en botellas, caracolas, conchas de mar), recuerdos bizarros y detalles costosos. Uno debe esperar sentado a que lo llamen por micrófono, en una antesala donde se encuentran las tiendas de souvenirs que ofrecen: libros, camisetas, tazas, lapiceros, postales, adornos para living, vasos, gorras, corbatas, replicas de fetiches, etc. Todo con la cara o los versos del poeta.

Cuando al fin se ingresa en la casa, el visitante respira nuevamente el aíre del poeta y el aroma a caldillo de congrio que tanto le gustaba. El lugar, un homenaje a la palabra, un canto a la vida, fue el último refugio de Neruda, el tercero en vida, la morada antes de su muerte.

En el jardín duerme hueso con hueso, enredado en Matilde su tercera esposa. No hay referencias en la casa a Malba Marina, la niña que murió a los 8 años de hidrocefalia, única hija, cuya memoria fue ahogada en litros de alcohol y whisky importado, detalle imperdonable para un verdadero hombre, pero comprensible para quien escribió Farewell.

La osamenta de Neruda y la de su última compañera, no tienen cruz que los resguarde. Sus besos ahora en textura de concha de mar, beben la caricia del pacífico en la proa de un  barco imaginado, privilegiada última morada, digna del histrionismo y el ego desbordados en vida por el poeta.

Le decían el poeta del pueblo, burgues de mantel rojo. Declarado discípulo de Whitman, con foto de Rimbaud en la mesita, Neruda escribía, entre copa y copa, regalo y regalo de los idolatras que chupaban gratis en sus fiestas. Pintaba poemas al color de las cebollas, la cola del caballo de la tienda de su infancia, las mascaras de barco, sus botellas, su ancla, su recurrencia obsesiva al pacífico, para luego mear feliz en el  inodoro floreado de la casa, aquel que tenía las paredes recubiertas de fotos de desnudos de los años veinte, para el deleite de los amigos borrachos y de él mismo, como decía.

En las vigas del bar de la casa se pueden ver, tallados con cuchillo, los nombres de los amigos muertos de Neruda aquellos que lo dejaron antes. El poeta, panza de calamar, pasaba de lado por las puertitas de sus cuartos, su cuerpo hacía crujir el catre donde dormía, bebía el mar en cada esquina. En el deleite de la amistad y la vida, disfrutó su residencia en la tierra rodeado de besos y aplausos hasta el día de su muerte.

La casa tiene un ancla de barco en el jardín y los restos de Neruda reposan entre flores, junto a Matilde. Al final del tour uno puede conversar  sobre el paseo en una cafetería, donde venden platos de comida y tragos el nombre del poeta. Un homenaje comercialmente bien logrado.

Quien primero o quien después en la cronología no interesa, cada quien decidió como vivir la poesía, como hacer de su vida obra o de su obra vida, cuentan  que Huidobro fue maestro, luego amigo y al final detractor de Neruda.

Neruda canto de alegría, a las cosas simples a la gente simple, adoptado por el comunismo como bandera en su poesía, digerible para mineros y obreros.

Huidobro empezó académico, aristocrático, muy europeo y terminó como escupitajo filudo para todos los que detestaba. Esparció una  acidez negra en sus últimos días, para aquellos que sentenciaron su imagen actual, aquella que hoy se va desvaneciendo y secando en la montaña, aunque el mar se escuche bajo su tumba.

Neruda con cada venta de souvenirs seguramente  infla la panza y ríe, en la bodega del lado oscuro en la que mora, seguro no le falta un  buen trago  y sigue seduciendo eternamente a sus amadas con poemas. Eso sí, en su limbo es consecuente y da la espalda a la imagen de Malba Marina, la que lo mira sin rencor y le manda besos de hija, desde otro lugar más puro.

El poeta decide la huella que querrá dejar en vida. Morir bien muerto, en tumba bebiendo del mar o negarse a morir y seguir vivo en una fiesta de risas y regalos, amistad, trago, pueblo y reverencias. Al final en un caldillo de congrio, las palabras de ambos en el litoral central se juntan: Canto General y los Cantos de Altazor son uno solo al otro lado del mar.

Salud poetas, en su muerte cada quien espera. Eso sí algo hay que reconocer, al primero lo visitan los que se las juegan, los que quieren perderse en el camino de tierra, por último aquellos que al poeta le da la gana. Al otro, lo fotografían a diario hordas de turistas, que luego se van con bolsa llena de recuerditos (yo también me traje unos cuantos)

¿Qué huella vale más dejar en muerte?

¿Qué trascendencia pesa más en la palabra?

Cartagena Litoral Central de Chile

Invierno 2008

El Pepino- Urbandina

Escrito por corigangar corigangar - 11/03/2011 - Una opinión

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Con la resaca carnavalera y a dos días de su entierro, les comparto una líneas sobre tan respetable personaje paceño, que fueron publicadas hace un tiempo en Aguas fuertes paceñas del periódico Página Siete:

 El Pepino es la caracterización paceña del arlequín o bufón de la clase alta y del Kusillo o bufón nativo. Ha construido a través de los años una identidad propia y se ha convertido un icono del carnaval paceño. Recoge del Kusillo su forma de bailar desordenada, sin coreografía y a la vez su alto sentido de improvisación. Del bufón la hilaridad, la alegría  y las ganas de burlarse y  provocar bromas a diestra y siniestra.

 Quien alguna vez se haya puesto un traje de pepino seguramente sintió en carne propia un proceso de mutación tanto en su cuerpo, como en su personalidad. La transformación empieza con el cambio del tono de voz que se llena de un agudo “pipiripi”, luego continua con  ganas de saltar y bailar desordenadamente y por ultimo el carácter se llena de un sentido de irreverencia, ironía y ganas de coquetear con cuanta señorita se cruce en tu camino.

 Un pepino que se respete debe tener el traje celeste y blanco o en su defecto amarillo y negro. Como buen paceño el pepino debe ser del Bolivar o del Stronguest. De igual forma no es un verdadero pepino aquel que no lleva un buen “chorizo” –arma letal elaborada con media nylon y rellena de arena- para defenderse otros pepinos y los globos a su paso por la entrada del carnaval, un buen matasuegras –especie de fuelle de cartón-indispensable para atacar a mansalva y de sorpresa a las señoras con pinta de suegras aburridas y celosas y por último una “chuspita” llena de mistura para dejar su huella en el bien peinado cabello de sus victimas.

El investigador Gonzalo Íñiguez cuenta que el nombre de Pepino probablemente proviene de Pepino Podestá, un trapecista que luego fue payaso y que se dedicaba a contar en su acto chistes y bromas vinculados a personajes de su época. Es probable que la llegada de los circos argentinos a La Paz dejó en la memoria colectiva paceña el nombre de Pepino como forma de referirse a un arlequín o payaso.

Independientemente de su origen el Pepino, en su proceso de mestizaje fue adoptando rasgos del Kusillo y el Arlequín, para convertirse en el referente paceño de diversión e ironía. ES detrás de una mascara de pepino que el paceño en carnaval es capaz de ser un galán y seductor y a su vez un agudo interpelador y crítico social.

La sociedad paceña, conocedora probablemente de la fuerza y energía que irradia el Pepino y de la peligrosidad que representa dejarlo suelto todo el año, sabiamente ha resuelto que cual vampiro paceño, sea desenterrado solamente en carnaval. El ritmo de la banda, el olor a pólvora de los cohetes generan en el pepino un efecto similar al de la sangre y cada carnaval se levanta de su ataúd ávido de diversión y de seducir a las mujeres solteras o casadas, con su hipnótica voz de pipiripi. Así como el pepino resucita cada carnaval, luego de una semana es enterrado solemnemente en el Cementerio General acompañado por el cortejo de viudas que entre ayes y no me dejes lo despiden hasta el próximo carnaval.

Como bien dijo un gran Pepino, serlo es cosa sería. No se trata de saltar y molestar con tu matasuegras sin ton ni son, si no de ser un verdadero representante de la alegría del carnaval paceño. Curiosamente la alegría del pepino sólo despierta con verdadera intensidad detrás de una máscara, ya que todos saben que pepino sin máscara es por que está borracho o porque no aguantó las ganas de besar a una paceña bandida.

Postales- Hibrido

Escrito por corigangar corigangar - 21/02/2011 - 3 opiniones

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Postal del Cerro

La cortina tiene persianas de bambú chino, lenguas largas y sedientas que esconden la ventana. Detrás del vidrio, en el cerro, inmóvil en el centro se observan un pino enano y tres eucaliptos mal podados. Un Edificio con ventanas chuecas y acabado de cemento visto cubre de mal gusto Següencoma; es la modernidad del barrio dicen, pueblerina noción de progreso en la que la inequidad se refleja en vidrios azules.

Afinando el ojo izquierdo y en el cuadrante superior derecho del ventanal se ven los ladrillos rodantes de Llojeta; más allá aparece Cotahuma y el camino a las mil gradas. Cerca al marco de la ventana y en línea recta hacia la lámpara de la sala se ve la Ceja de El Alto cubierta de nubes. Todo permanece y muta en cada mirada, la geografía de la ciudad “se está” y a la vez deja de ser en cada instante. Más tarde un colibrí aleteará cerca al vidrio y todo tendrá nuevamente sentido.

 Postal del Cerro II

Aquellas lenguas de bambú en forma de cortina de tres cuerpos se han retraído, lamiendo el aire fantasmal de la sala. Es de noche y al levantar el telón del ventanal del cerro, emerge la imagen lluviosa de una ciudad que no me nombra.

Sereno en el sofá que contuvo “notre petit morte”, reviso la mancha de Fernet que quedó en el pilar derecho de la pared, mancha que nace  de la fina rajadura, sangrando lo que rajan los fantasmas de un viejo coito.

Las sombras difusas de los árboles aletean como espectros atados a un lugar que no toleran, sus raíces-levanta cajas de desague- me confirman que deben quedarse para remover la ausencia, para hacer crujir las paredes.

La lluvia trae viento y picotea en la ventana, haciendo cosquillas en los cadáveres poco exquisitos de los que se amaron en la alfombra de paja, sábana sobre madera, sudario asiático de pieles de mar.

Las luces de la ciudad pestañean en la lluvia, celebrando la migraña que producen  las once nostalgias que pintan este gastado ventanal:

 Un par de labios gruesos palpitando ansias, dos muslos excesivamente blancos reteniendo la luz de la lámpara, un corazón de venas azules en un pecho con rubor en forma de mariposa (taparáco nocturno), una cadera con dos pistolas de hueso goteando agua de mar, dos vientres en nudo riso, un llanto, tres risas, un carajazo bien puesto, un te detesto tembloroso, una sonrisa de monaliza, una mirada de Lilith.

Las lenguas de bambú se cansan, tienen sed, se arrugan de tantas saudades; entonces, con el estruendo del estruendo, descienden y oscurecen el lugar y la sombra de su espalda en la alfombra sucia.

Postal del cerro III

El sillón dado la vuelta permite una butaca amplia para percibir los cambios de textura en las nubes, aquellos que empiezan a la hora de la muerte o 3 AM. No es viernes y no importa, no está el del bigote blanco en los parlantes,  tampoco importa.

Hay una vigilia instaurada por dos amantes mudos, permanecen con las manos aferrando el vaso, con las cabezas tambaleando (intoxicadas). Callan, velando ausencias paralelas y lejanas y enumeran sin decirse, sin palparse:

Los latidos sincopados que conforman el cambio de tonalidades en el amanecer paceño: Del negro al azul, del sepia al naranja, el cielo celebra el mutismo de cuatro pupilas solitarias.

Las manchas en las uñas entrelazadas, los cristales blancos palpitando en la ruta de la nariz al cuello, el carmín descascarado en bocas y mejillas. Los ombligos, uno amplio, otro largo, que si les diera la gana formarían una estrella, pero no quieren y punto.

Las hojas, el pasto, el dolor de estómago, el crujir de tripas adormecidas, las lágrimas ácidas, las nalgas heladas.

Ella odia enumerar cosas, él la retiene en los numeros. El   toma la manta que antes escondió su  taquicardia hecha rodillas, cubre con delicadeza la cabeza de su amante, invoca a Chavela Vargas, le llora, con su mariachi macorino y le dice:

-Quédate, duermete, el sol tarde o temprano llega. Guarda silencio, no beses la ventana, mañana, escucharás al colibrí en la ventana y verás que todo tuvo sentido.

Ekheko Camba Colla- Urbandina

Escrito por corigangar corigangar - 24/01/2011 - Nadie opinó aún

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Soy cruceño, un amigo gaucho me bautizó como Croto, que en lunfardo significa algo así como mendigo pero con más estilo. Llegué a esta ciudad hace años y soy un camba colla bien puesto y como todos los años voy a reencontrarme el 24 en Alasitas.

 La vida en la calle sigue, la lluvia como cada enero me humedece los callos y el barro seca mis uñas. Jode, hermano jode, ¿que querés que te diga? es la vida, así es esto de girar y girar la ruleta de calles, de laderas y plazas. Desde que vivo en La Paz, me pasa lo mismo cada 24 de enero, es como sí de pronto te golpeará la lluvia y algo de ganas de continuar volviera.

Llego a las “Alasitas”. A las 12 se abre el portal dicen, ese que comunica la realidad terrena, olor a meo de perro, con la fortuna de los andes. Luego, cuando sea de noche, volverá a empezar este gran circo, donde amuletos y fetiches harán realidad cualquier tipo de deseo, si lo crees, si le pones huevos al asunto.

Así es pariente cada veinticuatro de enero te acordás que tiene sentido lo criollo, lo mestizo, la tradición que escondés en el armario, pero sacás a relucir con desespero este día. Que payaso este ritual, los presos producen en serie chanchos de alcancía y camioncitos todo el año, empeñando los papeles de su celda, su negro futuro, para recuperar la plata que llene la panza luego de febrero y con suerte comprar un catre más decente y 20 gramos de base.

 Los de pinta fina, se matan por comprar euros, autos, pasajes para emigrar de este “país de indios”, como dicen. Gallos y gallinas para su harem. Todo a las doce, familias enteras venderán en las Alasitas el mismo producto, ejemplo de consumismo criollo y de poca creatividad, dirán algunos. Fuerza viva de la tradición que nos alimenta, dirán otros.

En la noche del primer día todo gira socio, en vueltas y vueltas, en calesitas tímidas, en puestos de churros sangrando aceite guardado. La vida, mil deseos, mil faltas, todos juntos acá en estas calles. En estas Alasitas camino como tantas noches paceñas, con la rabia en los zapatos huecos, como debe ser. Buscando tabaco con historia, no el limpio cigarro de paquete importado, aquel pisado, besado por más de una boca. Enciendo un pucho, de esos viejos a la mitad, olvidado o arrojado por alguna mina antes de subir al taxi que se yo y camino hacia el mercado místico de miniaturas.

La Paz regala esta noche de Alasitas sus historias a cada centímetro, sólo basta con salir a buscarlas en los basureros, con subirse a un micro y espiar las manos bailando en las entrepiernas a las diez de la noche. Con escuchar los insultos olor a “perro burguer”, en las discusiones de pareja con llantos de cebolla en la Pérez.

Si ponés atención escucharás el ritmo de la mierda coqueteando las piedras en el Choqueyapu, jugando con el agua pura que va perdiendo la virginidad en una orgía de cajas, latas y pañales. Esa que luego acabará regando una lechuga en Río Abajo. La misma que te alimentará mientras comes una Burguer King o una hamburguesa de a luca en la esquina.

Es así viejo, esta ciudad en las “Alasas” o en cualquier día, tiene un aire tan duro, tan caótico como el orden de sus calles, así tiene que ser. Te lo digo yo que me acuerdo cómo era cuando estaba al otro lado, cuando vivía el orden de libros y de horarios, con el terno bien planchado y el auto lleno de gasolina. Vivía el ruido, el estrés, los balances, las reuniones importantes, para temas importantes. Ingeniero de Yacimientos, rajándose doce horas diarias.

Hoy tu me mirás de reojo en esta esquina desde la ventana de tu auto y gritás que no joda cuando te digo -Soy un titiritero,  camba de las laderas, ¿te lo hago un poemita para tu mina?, ¡te enseño unos pasos de tango?, sí querés también te lo canto un taquirari. Por cinco lucas te adivino lo que sentís debajo la corbata y del calzoncillo-.

Te veo y me acuerdo de la bronca que antes yo tenía de los sucios de la calle, luego me cago de risa al ver cómo te cabrea que te diga, regálame para un trago. Se nota, todavía vivís esa tu tensión de oficina, eso de -tengo que sacarle el jugo a la minita antes de llegar a casa a aguantar a la gorda-. Sí, lo sé, te da arcadas mi presencia, cuando te muestro mis barbas ralas y blancas guiñándote mi ojo amarillo y cuando mi bilis te dice somos lo mismo.

Estas atrasado y ni me reconocés, porque es viernes, por que la mina espera en el telmo ese de Sopocachi, porque sólo hay dos horas y la vieja te hace trabajando en Yacimientos, en el mismo lugar que hace diez años se cansó de mis jodas y me mandó a rodar.

Te revienta mi cara sucia y mi hablar pausado, porque no te suena a político, te suena a ti mismo, a tu espejo, a la mirada de futuro. Pinche burguesito, “Dorian Grey de a luca”, dale, viví tu fiesta privada y paga el burdo sueño de tu “secre”. Al final sabés que en casa está ella, la real, la que te hará un asado con huevo y te escupirá un beso oliendo a grasa y luego, mientras ronque como perro, se masturbará mentalmente pensando en los huevos que tuvo la esposa del Coronel  de policía para meterle tres tiros mientras dormía.

Sigo subiendo, me encanta la mixtura caótica que se forma en Alasitas. El café con leche de pis y mierda que baja por su espalda de cemento me arrulla y el olor a anticucho me mueve las tripas. Me divierten los hijitos de papá de andar seguro que de un empujón me hacen a un lado, las changuitas de carne firme jugando al futbolín sin tener ni puta idea de cómo se hace.  Me gusta mirar a esos, más jóvenes, a su lado que viven un clásico paceño, -¡muera el Tigre Carajo! ¡callá choli de mierda!,“¿cómo es, sí te gano la manga, pagas 5 más?-.

Me encuentro un choclo y media chela tibia, luego una vieja de esas evangélicas me habla de Corintios 13 y me regala una invitación a su culto. Farisea no necesito el alma llena, quiero comida en mi panza vacía. Me siento a respirar la fortuna, para ver si llega algo de suerte en los gritos de júbilo de los niños que ganan peinetas y llaveros. -La puta esos rifles de pueblo con el caño en espiral, son la mejor mamada a la esperanza – pienso, mientras miro dos caderas de manzana bamboleantes tratando de acertar a una argolla.

Los rifles de espiral, el gordo de la tómbola, las paredes con graffitis urbanos. ”Goní Asesíno vas a volver, ¡El Gas es nuestro Carajo!”, “Nacionalicen Miss Bolivia”. Tanta esperanza rifada en esta tómbola y basura. Patrioteros, populistas, pedos falsos, cómo cuernos se come esto del cambio. -La Paz necesitas un buen trago, estoy reventado de que te violen tanto-.

De pronto me encuentro con la Sandra, la dama de porcelana que viene cada año el 24 a comprar en el puesto de flores.  La miro como cada año, se para, compra una rifa y dos plantas de hoja de Eva. Camina, cabello seco, rubor de seda y anemia rota a golpes, vestido lizo, pantaletas de escarcha. Se para y grita a la lluvia que venga, que moje su vida, zafada, pidiendo que el cielo le parta a granizos la memoria. Para qué, si seca igual no se mueve, pienso. Fue bella y de carne firme alguna vez, bella como la hija de sus sueños y ahora compra la misma planta cada año. Marchitada pero siempre acá en las Alasitas orando a la abundancia.

La Paz, esta ciudad tiene historias en cada centímetro, sólo hay que escucharla en su noche. Es así que anoche me acordé del Juan, aquel amigo de mis épocas de yacimientos. Hoy tiene la panza hinchada de tanto bicho que se mete al cuerpo por hurgar en la basura. El tipo era contador en el pasado y cómo son las cosas, era bajito, pequeño y regordete, igualito al Ekheko, por eso cada enero lo cargaban con eso de Dios de la Fortuna.

Cuando el enano del Juan tenía 4 hijos y andaba acogotado de deudas, era pobre de caricias, estaba jodido de plata, pero qué rico era, en su mundo de bromas. Vivía esperando el primer seco de chela fría del viernes, el cacho con los amigos de contabilidad. Luego, la misma rutina en la oficina, se lamentaba de lunes a jueves no tener ni una luca ahorrada para sus wawas y los viernes de no poder dejar la cerveza. Cómo amaba el vaso el loco éste, más que a sus hijos, lo amaba como a su propia muerte, por eso al final se divorció de la sin diente y se casó con la botella

El Juan, así se llamaba, se fue hundiendo, regalándose al tibio veneno, empeñando pega e hijos, para de un trancazo acabar en la lona. Ahora vive bajo la luna, como tantos de nosotros, buscando algo de fortuna en la basura, peleando con los kiltros un pan duro. No se quitó nunca el bigote, eso sí cada 24 de Enero se lo iguala con una lata afilada y se fabrica una panza de papel. Le encanta regalar billetitos de periódico, gritando ¡que viva la fortuna!

Subo, ya falta poco para el Silpancho en las velas, cuando de golpe, pensando en él, lo encuentro: ¡Juanito, el gordo! ahí gritando. -¡Gordo puto! -le grito y me mira de reojo, con su pinta de Ekheko desahuciado, mientras regala fortuna a la gente como en aquellos viernes de soltero.

Juanito entrega billetitos, hechos con papel del Loro de Oro, a la gente. Que aguante viejo, plantarse horas al sol y con el pulso sin trago durante tres semanas, recolectando periódicos y haciendo cientos de billetitos. Agarro uno, es una serpentina de presagios ”La Mansión, anal 2 x 150 bs.”, “todo lo que aguantes por 100 bs, foto real” “Angela Travestí Educada” “Se necesita electricista”, “Yong Fung Acupuntura china” “Yolanda Yung Terapeuta de Familia”. Todo mezclado en su bolsa de yute, labio con labio, teta contra teta, fibra con fibra. La vida juega en su bolsa a la fortuna.

Diez de la noche, mitad de las Alasitas, viejas vinagre, niñitas bien, oficinistas con ganas de chupar luego de un Api, changos prestos a rifar la vida en las canchitas. Todos pasmados viejo y luego cagando de risa, mirando cómo el Juanito regala papelitos. Ekheko de bigote ralo y mirada seca. ¡Buena Fortuna , Jallala a los achachis,  que viva el  paro cívico!.

Me mira agotado, después de la orgía de deseos, del baile de fortuna y lo abrazó. -Dale Juanito, estás cansado viejo, vení comeremos un anticucho con unas chelitas frías, una vieja me regaló diez lucas, dale gordo-.

Juanito me mira alegre, luego me dice, -vez camba opa, bien sonso y terco eres no me quieres creer, el Ekheko no falla, ya te dije, la fortuna siempre llega papacho-. Sí Juanito, tenés razón, tenés razón, vamos a comer que la panza jode.

-Oye cunumi ¿vas a venir mañana otra vez,? ¿Te animas a gritar fortuna por todos?-, -seguro que sí, mañana volvemos pariente. -Ya de la puta entonces camba incrédulo, ya vas a ver cómo la fortuna nos regala algo, apurá que es 24 y todavía falta conseguir unas pichochas, pero primero buscaremos un trago que esto de gritar cansa-.