SHOCK (literatura, sexo y ambulancias)- opinión

Escrito por V. V. - 28/09/2009 - 5 opiniones

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Vivimos en la indefinición. La metamorfosis y el nomadismo son hace ya mucho nuestro estado natural. Múltiples son los beneficios que nos ha traído la era informática. Muchos más, diría, que los consecuentes males de esta post-postmodernidad (¿quién sabe cuál es la sustantivo definitivo de nuestros días?). La literatura, claramente, no ha escapado a este fenómeno. Los textos, por ejemplo, que 200 años atrás le valieron la censura y la cárcel al Marqués de Sade son hoy moneda corriente de las letras y otras artes. Las manifestaciones de protesta, los happenings, la toma de fotografías multitudinarias, el mainstream cinematográfico y sobre todo la crítica cultural, se han ocupado de adoptar al cuerpo desnudo y la sexualidad explícita como banderas. Esto, sin embargo, en casi todos los casos ha venido acompañado de un sobreentendido: la abierta utilización del sexo está ahí para recrear y denunciar un desorden mayor (social, cultural, político, etc.), una crisis de la que se debe despertar mediante la violenta aceptación de nuestra humanidad sin tapujos, de nuestra humanidad que es humanidad también gracias al sexo, la masturbación, la sangre, las heces. E incluso en casos distintos, en casos en los que la sexualidad se presenta ya no como vehículo metafórico sino simplemente como sexualidad, ésta ha venido precedida por la premisa de que la estética de lo explícito debe ser asumida como natural, como parte trascendental, y por lo tanto común y corriente, de la vida. No debe haber censura, no debe haber prohibición, parece ser el lema bajo el cual marchan estos ejércitos. Y por lo tanto, podría añadirse, no debe haber sorpresas. En un presente en el que las formas más explícitas de la pornografía y los estudios académicos sobre sexualidad están por igual al alcance de la mano, en la que la democracia informática viene a la par, o dicta, la democracia estética, el sexo (y todas las formas de la sexualidad) ha dejado de ser un mito.

Pero éste, claramente, es un lugar común. El furor teórico feminista y la marea de los estudios de género parecen haberse alejado de nuestras orillas con el último reflujo de la década de los setenta. Ahora hay algo más. Ya no solamente la pornografía llevada a las masas como objeto de consumo, a las universidades como objeto de estudio y a las calles y las galerías de arte como llamada de atención, como objeto de alarma destinado a promover el carácter profundamente cotidiano de la sexualidad y la violencia. La filosofía de la libertad visible en los tratamientos sobre sexualidad en los dos últimos siglos parece haber devenido en un oscurantismo furibundo, la rebelión contra la mediocridad y la ortodoxia social y cultural, en una sobreexposición más cercana al plástico de una muñeca inflable que a la verdad social del cuerpo desnudo. ¿Qué pasa, entonces, cuando los seres humanos son representados únicamente por sus fluidos corporales? ¿Qué, cuando la transgresión de la censura se resuelve como un continuo primer plano en el que el colmo de la escatología se agarra a golpes con una sexualidad artificial manchada de sangre? Una de las respuestas posibles, una de las tantas ahora, es que pasan novelas como Snuff (2008).        

La penúltima novela de Chuck Palahniuk, el autor que produjo piezas como Fight Club (1996) y Choke (2001), narra la historia de Cassie Wright, legendaria actriz porno americana que pretende terminar su carrera rompiendo el récord mundial de sexo grupal teniendo sexo con 600 hombres y muriendo en el proceso (“the biggest gang-bang in history”). La premisa de inicio es dramática hasta la caricatura y el efecto de levedad latente en el texto no deja de estar presente pese a los intentos de profundidad y vueltas de tuerca que Palahniuk le da a la novela (uno de los hombres que espera en la larga fila de 600 participantes de esta terrible orgía es hijo de Cassie). A pesar del limitado uso del lenguaje y debido a hilarante o deprimente (eso a gusto personal) trama de la historia, Choke rezuma grandes cantidades de fluidos corporales y reiteraciones superlativas acerca de la cercanía de la pornografía y la violencia. Lo que no deja de ser sorprendente, sin embargo, es que Choke, como la mayor parte de las novelas de Palahniuk y todo su trabajo de cronista, es tomada de una experiencia real. Quizás es el mérito que Palahniuk tiene como cronista y reportero de las actitudes extremas de la época (alguien lo describió como un Tom Wolfe en anfetaminas) lo que lo ha llevado al éxito comercial masivo y a las aulas universitarias. Choke está inspirada por la experiencia de Annabel Chong, una actriz porno (que en la juventud estudió leyes en Kings College London y estudios de género en la Universidad de California) que en 1995, a los 22 años, marcó un récord mundial al tener 251 actos sexuales con 70 hombres en un periodo de 10 horas.

Pese a que Palahniuk se atribuye el calificativo de minimalista por su uso del lenguaje (parco, breve y cotidiano, un lenguaje casi oral), es más bien conocido por ser uno de los mayores representativos de la literatura de shock. En su narrativa, cuentos, novelas y crónicas, el primer plano lo ocupa la descripción explícita y visceral de una sexualidad obsesiva, sumergida en un mar de sangre y vómitos. Su estética, por donde se la vea, es la del panfleto amarillista, la del cine de explotación, la de las revistas porno mugrientas de grasa, pero quizás lo verdaderamente interesante, pese a lo innecesariamente hiperbólico, es que el quid de sus ejercicios textuales reside en una profunda y agresiva experiencia de shock, del trauma producido por el horror. La narrativa de Palahniuk es terrible pero funciona a pesar de eso. O más bien, funciona precisamente por eso.

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En 2004, Playboy Magazine publicó Guts, uno de los cuentos que compone el libro Haunted (2005). Ya un año antes, en 2003, mientras Palahniuk hacía un tour publicitario para la promoción de su novela Diary, Guts era parte de su repertorio en mesas de presentación y charlas públicas. El relato es uno de los textos icónicos del autor, no sólo por estar basado en experiencias reales y ser de naturaleza profundamente repulsiva, sino porque según se reporta en el sitio web dedicado a Palahniuk (The Cult) y según el mismo autor, hasta la última lectura pública del texto, el 28 de mayo de 2007 en Victoria, Canadá, 73 personas se desmayaron por efecto de la trama. No voy a hablar aquí del texto para no arruinar la sorpresa (porque también de eso se trata, Palahniuk le ha devuelto la sorpresa, el shock, a la misma sexualidad que la sobre-información y la crítica cultural habían calificado como parte del día a día) pero debo aclarar que en este caso no se trata simplemente de un estudio sobre sexualidad pasado de revoluciones. Palahniuk no es sólo sexo sino la amalgama del sexo con el asco, con el horror, en función de un efecto sumamente poderoso. Cuando uno ve videos o escucha archivos de sus lecturas en público se sorprende por igual por lo repelente de los textos y el gran nivel de hilaridad que consiguen en los espectadores y oyentes.

En una época en la que no hay nada prohibido, nada secreto, nada velado, Palahniuk muestra una literatura condensada hasta la simpleza insoportable, liberada de taras como la proposición de un proyecto estético, para entregar chispazos de horror, de sadismo, de accidentes sexuales explícitos. Su literatura es consciente de carecer de pretensiones artísticas, es honesta en sus deseos de abrirse paso entre la multitud a base de una violencia que provoca asco, y sin embargo, pese a la notoria superficialidad y el gran éxito comercial, no se encuentra al mismo nivel que, digamos, Dan Brown o Paulo Coelho. Lo que en el primero es una descarada tergiversación de la historia y el aprovechamiento del morbo ocultos bajo la máscara de la búsqueda de “la verdad”, y en el segundo nada más que la explotación del sentimentalismo en aras de la superación personal, en Palahniuk no quiere disfrazarse de nada. Desde la portada de los libros hasta la última letra el lector sabe que se va a encontrar con la misma provocación, los mismos intentos estrafalarios de escandalizar que no piden perdón ni permiso a nadie. Los desmayos que se produjeron hasta 2007 con la lectura de Guts no son casuales, aquí no se vende gato por liebre sino siempre el mismo producto, transparente y explícito en sus intenciones. E incluso así, pese a que el lector del autor de Fight Club sabe bien que se va a meter a un mundo en el que las tramas son casi ejercicios de resistencia, pruebas para ver hasta qué punto el lector puede aguantar el shock de la lectura sin tirar el libro al basurero o ponerse a vomitar, textos como Guts no dejan de crear víctimas. Palahniuk cuenta divertido cómo casi siempre, antes incluso de terminar la lectura pública del texto, podía escuchar desde los auditorios en los que leía el sonido de las ambulancias en la calle, que se acercaban rápidamente para socorrer a la gente que se desmayaba sentada sobre la sillas, a medio camino entre el auditorio y el baño, en las calles donde salía para tomar aire. Esa es también la literatura hoy. Una literatura que ha sido sorprendentemente aceptada incluso por la academia (pese a que se la vea nada más que como a una curiosidad y a que la crítica se haya encargado casi unánimemente de censurarla y mandarla al mismo basurero cultural donde descansan los libros de autoayuda y cierta música pop).

A continuación, dejo links a la versión original de Guts publicada en Playboy, a dos de las (más que mediocres) pocas traducciones al español que se consiguen por aquí, y un video (que en realidad es sólo audio) de Chuck Palahniuk en una de las lecturas de su infame texto. A ver qué dicen. Ojo que se necesita entrañas.

Original:           http://chuckpalahniuk.net/features/shorts/guts

Traducción 1:  http://www.taringa.net/posts/arte/2846179/El-Cuento-que-hace-desmayar-a-la-gente.html

Traducción 2:  http://nochesprohibidas.org/2006/06/14/tripas-guts-por-chuck-palahniuk/

Audio en Youtube, 1 de 3:   http://www.youtube.com/watch?v=I0ln9ZQY_V4

Realismo histérico, la condición vertiginosa de la literatura- crítica, ensayo

Escrito por V. V. - 7/09/2009 - 3 opiniones

Hace ya algunos años, la sensual y enormísima bestia crítica que es Harold Bloom indicó que cuatro son los autores de ficción vivos más importantes de Estados Unidos: Philip Roth, Cormac McCarthy, Don DeLillo y Thomas Pynchon. No sé si en la ficción y en la crítica se da un fenómeno de seguimiento parecido al de la música, pero en este caso no puedo hacer más que declararme un groupie total: concuerdo con Bloom con muchísima emoción, a un paso del onanismo. De Roth es prácticamente imposible decir algo nuevo y halagador que no se sume a la montaña de premios y distinciones que se le vienen haciendo hace años. Lo único que se le podría reclamar es tal vez su falta de amor hacia Larry David, motivada por una comprensible aversión a la caricatura racial que, considera, David hace del judío estadounidense en Curb Your Enthusiasm. De McCarthy, recientemente más en boga gracias a los hermanos Coen, no puede dejar de mencionarse su tremenda violencia, cruda y apabullante como nada en la literatura actual, y quizás mejor que nunca expresada en su arrolladora totalidad en la figura cruel y seductora del Judge Holden en Blood Meridian, tal vez junto a The Road su mejor novela. Don Delillo, por su lado, el único de los cuatro que ha tocado abiertamente el tema del 9/11 y el terror en Falling Man, ha sido también el único que lo predijo con clarividencia pasmosa, en novelas como White Noise y Libra, en las que la magnificencia de la prosa resalta una temática fantasiosa y conspirativa que reinventa incluso el papel de Lee Harvey Oswald en la historia. Pynchon, por último, tal vez para mi gusto el mejor de los cuatro, es quien quizás expresa de mejor forma la que ha sido llamada la novela postmoderna, sobre todo en Gravity’s Rainbow, V. e incluso en la miniatura que es The Crying of Lot 49: mucho juego, mucha meta-narrativa, parodia y la profunda inmersión de la ficción en una risueña e intelectualmente provocativa crítica de la cultura que, para serlo, se vale de elementos tradicionalmente considerados menores. ¡Cosas del azar! Los dos primeros exponentes de este tremendo cuarteto, Roth y McCarthy, tienen ambos 76 años. Los segundos, DeLillo y Pynchon, tienen 72. Es en éste último en quien quiero concentrarme.

Pynchon es uno de los autores que consolidó la inclusión en la ficción de elementos como teorías de conspiración, cyberpunk, trash culture, pulp fictions, comics, distopía, ciencia ficción, tecnología, matemáticas, ingeniería, literatura policial y una ironía corrosiva nacida de una profunda erudición pop. Quizás, de esta manera, su mayor gesto se encuentre en aquella firma que en un sólo movimiento destila humor negro y consagra al exceso, la exploración sin límites. La suya es una vitalidad desbocada que se traduce en la intrusión de episodios y personajes que desafían y provocan los límites de la posibilidad. Así, en V. (1963), V es una mujer que recorre la historia del siglo XX y pasa de ser una jovencita desflorada en El Cairo a una cyborg espía durante la Segunda Guerra Mundial, de una rata en las alcantarillas de New York a una lesbiana en París; en The Crying of Lot 49 (1966), Oedipa Mass descubre una conspiración a nivel mundial entre dos compañías de correo; en Gravity’s Rainbow (1973), Tyrone Slothrop, rozando el absurdo, sufre de erecciones asociadas con el lanzamiento de misiles V.2 por parte del ejército Nazi, etc. A la par del realismo mágico que encuentra su auge en Latinoamérica en las décadas de los sesenta y setenta, la literatura de habla inglesa de la época encuentra en escritores como Pynchon a sus mejores exponentes. Las diferencias de esta literatura con el boom, sin embargo, son notables. Mientras que la ficción Latinoamérica parece alejarse de la crítica social y cultural directa, la literatura norteamericana encuentra en ella su fundamentación. Mientras la primera abole las convenciones del realismo, Pynchon -y la seguidilla de figuras que viene detrás o a su lado- las trabaja y explota hasta el límite. Mientras un movimiento es reconocido y celebrado como realismo mágico, el otro es difícil de clasificar y sus efectos llegan a lugares y cimas insospechadas. Mientras el boom fue sobre todo un fenómeno editorial concentrado en una década, lo que pasa en U.S.A. se fue dando a cuentagotas desde los sesenta y continúa hasta hoy.

La crítica ha reaccionado de diversas maneras frente a esto. Desde Harvard y desde principios de la década, el crítico inglés James Wood ha venido dando un palo severo e ininterrumpido a lo que considera una especie de enfermedad de la novela postmoderna. Wood, atento a las ondulaciones de la historiografía literaria, para desde principios de 2000 la oreja y entorna los ojos concentrado en detectar en la lectura los rasgos de lo que bautiza, tal vez algo ingeniosamente, como realismo histérico. And he’s got a point! No se crea que no. De alguna manera siguiendo al Bloom de The Western Canon, motivado por lo que considera una falta de preocupación por “la estética, lo contemplativo, por novelas que no nos digan cómo el mundo funciona sino cómo alguien se siente frente al mundo”, dice: “El realismo histérico no es exactamente realismo mágico, sino el siguiente paso del realismo mágico. Está caracterizado por el miedo al silencio, es una máquina de movimiento perpetuo que parece haber sido forzada a aumentar todo el tiempo de velocidad. Historias y sub-historias nacen a cada página. Hay una persecución de la vitalidad a cualquier costo. Algunas novelas recientes de Rushdie, Pynchon, DeLillo, Foster Wallace y otros nos han presentado a un magistral músico de rock que tocaba air guitar desde la cuna (Rushdie); un perro que habla, un pato mecánico y un queso gigante y octogonal (Pynchon); una monja obsesionada por gérmenes que podría ser una reencarnación de J. Edgar Hoover (DeLillo); un grupo terrorista dedicado a la liberación de Quebec que se mueve exclusivamente en sillas de ruedas (Foster Wallace)…”. Hasta aquí la afinidad con el dinosaurio de Yale.

Pese a que se trata de nada más que de una estructuración basada en una falacia de principio, una separación no existente, algo de cierto hay en ella, en la crítica de Wood. La segunda mitad del siglo XX hasta hoy ha sido la cúspide de una literatura consagrada a desarrollar y profundizar la condición vertiginosa de nuestra humanidad. Casi no hemos descansado, no hemos parado un solo momento, ocupados en escribir y leer historias que muestren las luces claras y oscuras de nuestra edad, muchas veces valiéndonos de extremos cercanos a la pirueta y el artificio. En las páginas de estas novelas casi unánimemente extensas (la intensidad del proyecto puede verse también en su extensión, casi ninguna baja de 500 o 600 páginas) la ciencia ficción se ha convertido así en ciencia, el pastiche en original puro y prístino, y la multiplicación de historias bajo una sola trama se ha convertido casi en el gesto postmoderno por excelencia. Esto, sin embargo, no es síntoma de un mal. Es la propuesta de una realidad mucho más dinámica, urgente, consciente de sí misma. ¿Cómo narrar honestamente un mundo, una persona, una escena de la vida, sino tomando en cuenta y trabajando el complejísimo tejido histórico-social-económico-cultural-informativo que nos precede? La mentira de que el mundo se reduce a los dos metros del baño y el dormitorio, y de que todo lo que vale la pena en la vida se encuentra allí, ejemplifica una flojera patológica, una pereza terrible de abrir la puerta de la calle y salir de la casa. Pese al mareo y la aparente tendencia hacia lo artificioso que posiciones como la de Wood quieren ver en la literatura actual, lo más entrañable se encuentra precisamente allí, entre el estatismo y la velocidad, en el punto de intersección, en la exploración de esa necesidad doble tendida entre los polos del desarrollo y la justeza, el giro evolutivo febril y descentrado, y la intimidad. Esa es la apuesta, la ilusión de totalidad como forma de vida y escritura. El vértigo es el tamaño de su esperanza y también su ambición.

Valga esto como introducción a la llegada de la última novela de Thomas Pynchon, ese gran maestro de la ficción postmoderna y la ficción sin etiquetas. El autor recluido y huidizo de la prensa, sólo comparable a Salinger en su afición de incógnito, del que se conocen sólo un par de fotos de su adolescencia y juventud, sobre cuya locación y verdadera identidad se han dicho muchas cosas y formulado múltiples teorías conspirativas (que en realidad no existe y es el nombre común de un grupo de escritores negros, que en realidad es el mismo J. D. Salinger, que en realidad es Ted Kaczynski, el Unabomber, etc.), el mismo que ha aparecido dos veces en Los Simpsons, publicó este 4 de agosto Inherent Vice, sobre la que la página de Penguin Press dice: “Part noir, part psychedelic romp, all Thomas Pynchon — private eye Doc Sportello comes, occasionally, out of a marijuana haze to watch the end of an era as free love slips away and paranoia creeps in with the L.A. fog”.

Aquí ya la esperamos con la lengua fuera.