Quisiera poder cortarme la lengua, no hablar nunca más, no decir nada a nadie. Tal vez así, enterrándola pueda escupir la tierra en la que se va a quedar. Tal vez me entierre a mí misma y me escupa para siempre. ¿Cómo puedo evitar la locura que me camina por dentro, los huecos que se hacen cada vez más grandes y en los que me hundo insultando y maldiciendo? La incapacidad para la soledad me ha envuelto como lengua mortal que asfixia.
Odia que fume. Odia mi aliento a tabaco. Odia mi pelo impregnado. Se iba y pasó que de sólo mirarle la espalda se me hizo hueco el corazón. Caminé muy despacio por detrás y cuando tuve su cintura a mi alcance me prendí a ella, empujé su cuerpo contra la pared, me restregué, gemí y nada, ninguna respuesta. Yo a punto de arrancarle el cabello. Le mordía el cuello desesperadamente, acariciaba sobre su ropa, la abría, la jalaba, metía mis manos por todas partes… Me corría y nada, no le pasaba nada. Puse más presión, empujé con violencia y entonces por fin su respuesta, una especie de gemido-gruñido. Nuestros cuerpos respondían a la costumbre. Me puse al frente, le arranqué la camisa, busqué su boca y metí mi lengua. Todavía se resistía, pero sus manos eran independientes y hurgaban deseosas, se mojaban delirantes. Luego por fin en nuestra casa, ambos penetrados, por fin. Mientras sentía el engullimiento, mis ojos se chocaron asombrados con la risa burlona de una boca violeta en su hombro izquierdo hacia la espalda, cerca al cuello. Una marca grosera, ordinaria. Me detuve por centésimas de segundo, dudé, luego lamí. Obviamente no era una marca mía. Me dolió, pero aumentó mi ansiedad, apreté con mayor intensidad. Se corría y yo seguía mordiendo y apretando. Mis manos se volvieron garras. Apreté hasta terminar. La certeza.
Tú nada, sólo el camino cerrado a cal y canto. Tu crueldad fue nada más que una señal y yo tardé en darme cuenta. Aunque ahora que lo sé, te sigo esperando, pero sólo para rechazarte y lanzarte mil palabras de hierro y vengar mi humillación, porque no voy a dejar que vuelvas a tocar mi alma. Sólo quiero tratarte como tú lo hiciste para que sepas, para que te duela, para equilibrar la balanza, para creer que la sensación de poder también la tengo yo. Siento en la punta de mis dedos la memoria de tu espalda y lo único que quiero ahora es clavarte mis uñas para que sangres y luego dejarte.
Por eso me dio tanta vergüenza mi sangre, porque sabía que mi menstruación era como el cerebro de los conservadores entre los dientes de los indígenas. Sabía que era tu victoria, la supremacía de tu frío de montaña. Y aún así te dejé hacer, dejé que me penetraras engulléndote y tragando mi llanto contra la pared. Me odié. Quise lamer tu miembro, limpiarlo con mi propia boca para devolverme, para tragarme y engullirme, para encontrarme y sacarme de dentro tuyo. Entonces abriste la ducha.
El amanecer estaba frío como de costumbre. Me metí a la ducha y me gasté toda el agua del calefón. Así que ahora es la guerra. Bien, me viene bien. Sonreí feliz. No sé que hago todavía aquí, en esta cama, en este cuarto, en esta casa. Su espalda desnuda mostraba las dos marcas, los dos chupones en el hombro izquierdo hacia la espalda, cerca al cuello, uno al lado del otro. Ahora sí sé lo que hago aquí.
Hoy día tiene otra vez ensayo. Detesto a esa gente. Blancos, morenos, chinos, mezcladitos. Simplemente los detesto. No tardó en levantarse de la cama y meterse a la ducha. Yo estaba en la cocina y abrí la pila de agua caliente del lavaplatos. ¡¡Oye!! ¡Me has dejado sin agua, carajo! La guerra. Ese bailecito lo vas a sentir en carne propia. Podrías por lo menos haberte duchado menos largo. Tengo que ir al ensayo y ya estoy atrasado. ¿Dónde está mi pantalón café? Seguro que no le has dicho a la chola que me lo lave. Yo no sé qué te está pasando últimamente…, ¡toda esta casa está patas arriba! No le digo nada, sólo lo miro y agacho mi cabeza. Me mira extrañado. Levanto los ojos y le sonrío. Nunca más vas a leer mis ojos. Chau amor, qué tengas un lindo día y no vuelvas tarde. Me besa, me abraza por la cintura, le lamo la oreja, me mira asombrado. Esta noche voy a llegar temprano, me vas a esperar, ¿bueno?
Me acosté a la hora de siempre, sabía que no llegaría temprano. Me puse a ver tele, cualquier cosa en el cable. No quería estar pendiente de la hora. No sé a qué hora llegó, creo que amanecía. Esperé a que me diera el beso acostumbrado en la frente y luego yo le puse los brazos alrededor del cuello y lo empecé a besar. Trató de resistirse y con una sonrisa cariñosa me apartó. Luego se acostó y yo puse mi mano en su sexo. Qué deliciosa sensación. Lo empecé a masturbar lentamente. Tal vez fue la sorpresa o qué sé yo, pero me volcó violentamente de espaldas para penetrarme. Yo no lo dejaba. Jugaba y eso lo excitaba más. Busqué el interruptor de la lámpara mientras forcejeábamos y él me empujaba hacia arriba buscándome. Prendí la luz. Tenía que ver. Sabía que la lucha no iba a ser fácil. Y ahí estaba: la boca, el chupón, la marca. Estaba justo debajo de las otras dos, hacia la espalda. Era grande y roja, más grande que la anterior. Realmente sabía hacer su trabajo. Las tres formaban un triángulo. Pasé mi lengua por las marcas, le lamí el cuello, la oreja. Cuando ya estaba a punto de vencerme me hice a un lado y escapé hacia su cuello. Volví a mi batalla y mordí hasta hacerlo gritar. Nos dormimos. Hola amor. ¿Dormiste bien? Ya es tarde y tenemos que ir a la parrillada. Te traje un juguito. Gracias, tengo mucha sed.
Ahí estaban. Ahora eran cuatro. Pasé mi mano por encima y sentí la textura. Me estremecí de placer. La última era la más grande sin duda. Me habrás dejado agua esta vez… Antes de la parrillada podríamos darnos una vueltita por Chicani. Hace tiempo que no vamos por ahí. ¿Qué te parece? Así recordamos viejos tiempos…No sé. Creo que me gustaría más ir a ver los ensayos a San Miguel. ¿No dijiste que odiabas todos esos bailes? Creo que ya no. De tanto oírte hablar… Bueno, si quieres… Vas a ver que te va a gustar el Tinku. Ojala que sí.
El sol quemaba más que otros días. Los dos grupos, el de mujeres y el de hombres, se alineaban uno frente al otro. Realmente se veían cómicos todos de blue jean y polera. Lo único lindo de estos bailes es la ropa. Así todos parecen una parodia del baile y de lo que significa: una guerra.
El enfrentamiento danzante se hacía con sonrisas y cachondeos entre ambos grupos. Sólo los pies significaban. Las espaldas dobladas en son de impulso lanzaban los brazos como aspas, aspas que no tocaban más que el aire. Figuras de pelea, eso es lo que eran. Figuras nada más. El dolor de una batalla se volvía música, se volvía alegría y no lamento, no herida.
No se daba cuenta de las marcas en su cuerpo. Me sorprendí la noche siguiente con cuatro marcas que cruzaban las anteriores. Un rasguño grande y profundo. ¿Cómo iba responder? Me dejó sin aliento. Mientras lo veía desvestirse pensaba en mi próxima movida. Me estaba desgastando más de la cuenta. Tenía hambre de sangre en mi boca. Quería más. Quería comerme sus sesos, vaciarle las entrañas. El deseo de los dos me mojaba entera. Sentía que chorreaba.
Otra vez la noche, la cama, el cuarto, yo echada de espaldas mirándolo mientras se lavaba los dientes, desnudo como siempre. Empecé a acariciarme. Nunca lo había hecho antes. Mis manos empezaron a enloquecer, mis dedos se sumergían independientes, solos. Yo chorreaba, empezaba a gemir. Él ni cuenta. Sólo se sacudía con las embestidas del cepillo de dientes. Cerré mis ojos. ¡¿Qué haces?! Te esperaba. Mírame. Nunca lo habías hecho antes… ¿Te gusta? No sé… No podía creer lo que estaba viendo. Yo pensaba en la siguiente herida, en la siguiente marca. Me corría. No me detuve a pesar de su palidez y angustia. Miraba, pero ni siquiera se excitaba un poco. Después de mi orgasmo solitario me tapó y se fue a dormir a la sala.
¿Qué haces tan temprano en casa? Hace tiempo que no vemos una película. Traje un vídeo. ¿Estás bien? Claro que sí. ¡Como nunca! Encontré esto entre tus cosas del escritorio. Estaba ordenando. No sabía que eras también poeta. Ah… Sí, pero ya ni me acuerdo qué es… Es un poema de amor. Claro, así parece…, tú sabes, pura ficción… Escribí eso hace mucho tiempo, en verdad ni sé si yo mismo lo hice o copié de algún lado.
Lo miré impasible y puse el vídeo en el DVD. Oye, no estás enojada, ¿no? Era un invento mío, tratando de ser poeta, nada más… Tú sabes, siempre quise escribir… ¿Veamos la película? ¿Te gustaría comer una pizza? No respondí nada, me senté en el sofá. No te enojes, estemos bien, ¿ya? Ven, déjate abrazar, no seas así.
Me dejo abrazar, correspondo. Le acaricio el cuello, meto mi mano dentro de su camisa, siento sus hombros, la textura, la sangre, su espalda, la inconmovible.
Sólo pensaba en arrancarle la grasa de su cuerpo, abrirle una herida en el costado y dejar que muera. Grité de placer mientras me besaba el sexo, las marcas en su espalda también gritaban y le clavé mis uñas en el costado izquierdo hasta hacerlo sangrar. Él siguió con su afán. Tenía una tijera a mi alcance, la tomé justo en el momento de su orgasmo. Él no la vio hasta que abrió los ojos después de un rato. Me miró asustado, yo le di un beso en la boca y la puse sobre la mesa. Se tocó el costado.
Amor, no te olvides que esta tarde vendrá el mensajero de la oficina con mi ropa para el baile de mañana. No sabes lo hermoso que está. Sobre todo la montera. Le he hecho poner unas esponjitas por dentro para que no me lastime. No te preocupes, más bien trae la cámara para que te saque fotos. ¿En verdad vas a hacer eso? Me va a encantar, no tengo fotos de los años anteriores. Esta noche tengo una reunión súper importante, espero poder llegar temprano, ¿bueno?
Cuando se fue saqué cien fotocopias del poema y las pegué una por una en todas las ventanas de la casa. Luego cerré las cortinas. El mensajero llegó con el paquete cerca de las siete. Me preparé un sándwich y me puse a ver televisión. A eso de las diez de la noche abrí el paquete con la ropa. Tomé la tijera y empecé a cortar primero las mangas, luego desbaraté todas las lentejuelas, luego corté en pedazos muy pequeños los bordados. El pantalón de bayeta fue fácil de cortar, para la montera tuve que usar el cuchillo de la cocina. Sus esponjitas quedaron hechas trizas. Quedaban las abarcas. Encendí la chimenea y metí una de ellas, la otra la puse sobre el televisor. Luego me quedé con la tijera en mi mano sentada en el sofá, la vista clavada en la puerta.
(Te espero para alimentarte en un día de tormenta y sol. En mi parte más mojada voy a sopar mis dedos y los voy a meter a tu boca. Con un corte certero voy a arrancar tu entraña y la voy a triturar entre mis dientes para volverme tu vientre. Tus ojos van a mirar sólo mis manos y mis pies de adentro hacia fuera. Tu espalda lamida, mordida, rasguñada va a ser la tumba de mi lengua, mis dientes y mis uñas).