Marcos o el símbolo de una seductora forma de luchar

La revolución no debe tener un rostro. Es un imaginario posible, un paisaje que se completa con el rostro amado, según Deleuze. Y es eso lo que precisamente ha venido haciendo sin querer queriendo –como diría el Chavo- el Subcomandante Marcos, devenido objeto del deseo sexual de cuanta mujer simpatiza con la causa y lo ve por televisión, como si en esto o contra esto también estuviera dirigida la lucha. ¿Acaso se puede amar una sombra, un medio rostro, un paisaje revolucionario?
Lo interesante del caso es que sinceramente dudo que su club de fans, incrédulo o ignorante de mayores ideologías más allá de la seducción que ejerce este mostrar apenas, velando el resto que (nos) fascina -porque permite imaginárnoslo-, esté preparado para ver su rostro descubierto, si en el fondo la clausura de lo real es la que revolotea nuestros suspiros. La clausura de todo, menos de aquellos ojos, y su voz. Ojalá nunca se quitara el pasamontañas, lo deseamos con toda sinceridad. Preferimos imaginarlo. Para qué verlo si sus ojos que cambian de color al compás de la luz –la prensa también lo ha dicho- nos bastan; si escuchándolo hablar ya hemos imaginado lo que quisiéramos escuchar, y más.
Es realmente interesante cómo se configura el deseo. No se me viene a la mente un símil femenino, una enmascarada que apure en grado similar los corazones, porque She-ra, Gatúbela, la Mujer Maravilla, etc., muestran -muestran mucho- y precisamente por eso son deseadas, pero Marcos no. Así, la figura del enmascarado es una figura que desde niñas hemos conocido con Batman, El Zorro, etc.; héroes que deben ocultar su identidad y nos enamoran pese o por eso mismo. Qué manía de amar lo incierto, lo desconocido, lo inaccesible y misterioso pero, si nos preguntan, la boca se nos llenaría de adjetivos para justificar esta loca atracción, porque al final de cuentas, lo cierto es que Batman y El Zorro eran hombres guapos, cuyo desenmascaramiento en todo caso servía para ganar adeptos, confirmando que la belleza de sus actos era el eco a una belleza física particular. Sin embargo, el caso de Marcos es distinto o, digamos, especial. Su rostro es el de un desconocido, por lo que le pediríamos encarecidamente, una vez más, no desprenderse de su pasamontañas, que así es perfecto. Perfecto en cuanto icono que sabe cubrir y velar para mantener el deseo.
Podemos, haciendo uso de nuestra imaginación irrestricta, soñar con que lo conocemos y que nos rapta (con la violencia justa y necesaria), y que le vemos la cara y que nos gusta, y que nos enamora, y que deja a todas sus posibles amantes por nosotras, y que deja de paso la guerrilla y se convierte en un amante, protector y ejemplo de compañero y padre, y… Ese sueño siempre terminaría descolgado y sin posibilidad de un final… agradable, porque la verdad es que esa última imagen no calza con la naturaleza de nuestro amado, por lejano, Marcos.
Sor Juana decía que el verdadero amor es el no correspondido, ya que en tanto no espera nada del otro, ninguna reciprocidad, ningún hacer, es perfecto. ¿Será entonces, que las seguidoras de Marcos nos perfeccionamos en el arte del deseo?, ¿que estamos un peldaño más arriba?, ¿que estamos aprendiendo a amar? Vaya uno a saber. Lo cierto es que el mito del amor cortés se repite hasta nuestros días y es carne en nuestras carnes. La imagen del enmascarado guerrillero postmoderno todavía es capaz de sacarnos de nuestra agobiadora cotidianeidad. Si yo llego a verlo en la tele o veo una foto suya en la prensa, lo admito: detengo todo afán para perderme en el misterio de lo que hoy en día es el símbolo de una seductora forma de luchar.

Oscar opinó:
Ojalá se sacara el pasamontañas y le viésemos una sonrisa alegre y victoriosa. Mario, yo no se si son necesarios pero no creo que sea algo tan malo tampoco. La imagen del che como luchador inclaudicable y símbolo vivo de los ideales de toda una generación, justamente, siguen vivos. Y si bien a veces son profanados y convertidos en la más vil mercancía, también para muchos son un símbolo verdadero y profundo. No por nada se difundió y redifundió la foto del Che muerto. En este sentido, se puede ver como que no lograron imponer el símbolo de la derrota.
Mario Siddhartha opinó:
Lo lamentable en todo caso es que la guerrilla se haya reducido a eso: el simbolo de Marcos. No quiero decir para los mismos zapatistas, sino para el resto del mundo. No nos olvidemos que se supo usar muy adecuadamente los medios de comunicación, en especial el internet, lo cual de alguna manera “vació” el contenido de la guerrilla zapatista, transformandose en simple mercancía y souvenir para el snob de izquierda.
Me pongo a pensar en la distorsión de la figura del Che, devenido a simple souvenir nostálgico del idealismo juvenil de muchos.
¿Tan necesarios nos son los símbolos y efigies que sin ellos no nos resulta comoda (cool) ninguna idea?