De lo asombroso a lo siniestro

Una breve reflexión sobre el talento

Acabo de tener conocimiento, gracias al youtube (http://www.youtube.com/watch?v=xwBww_pi1c0&feature=related), de estos niños rusos de ¿cuatro?, ¿cinco?, ¿seis años?, protagonistas de un espectáculo que circula como “maravilloso” en muchos sitios web. No sé si “maravilloso” sea el término, pero “impresionante”, seguro. Se trata de dos pequeños que realizan acrobacias, pruebas de fuerza levantándose de manera impresionante uno al otro, y bailando con la gracia levemente torpe de un niño de esa edad- esa que justamente los hace adorables- sumada, sin embargo, a una fuerza descomunal para criaturas tan pequeñas.

Hablando sobre el tema, he confirmado lo normal de estas prácticas en Rusia, China y algunos países, ex soviéticos en su mayoría. Aparentemente este duro entrenamiento desde edades así de cortas es común. No obstante, muy común no debe ser cuando estos nenitos se presentaron en un programa de televisión mostrado lo que eran capaces de hacer -y no ejercicios de entrenamiento para algún día llevar a cabo el espectáculo que presentan-, pretendiendo ganar un concurso en Rusia estilo American Idol, en su versión todo vale.

Bien merecido lo tendrían, porque es sin duda impactante; sin embargo, no dejo de percibir en medio de la inocencia y la, llamémosle, ternura que despiertan, un toque de lo siniestro. Lo que maravilla en realidad es la edad de los niños haciendo ejercicios a cualquier edad costosos, verlos comprometidos y responsables mostrando que es posible y que no cuesta nada ejercer ese domino sobre el cuerpo, la fuerza y el propio peso, a la manera de un juego disciplinadamente logrado: “Mira como levanto a mi hermanita con una mano, y de paso yo me sostengo con un solo pie”. Resulta que eso había sido posible -y nosotros tantos años sin saberlo-, así como posible es que una niña de once años quede embarazada y sea madre o que un niño de esa edad porte un arma y juegue a Rambo. De esta forma se abre un espacio entre la ingenuidad y la deformación de lo natural que alienta la cultura en su propio nombre.

Freud definía lo siniestro como aquello que siendo familiar debería permanecer oculto, demostrando que el ser humano se familiariza con las cosas a partir de aquello que ve, pero también, y de manera más profunda, a partir de aquello que no ve. Por lo tanto, las cosas que para nosotros son bellas, inocentes, sublimes, etc. lo son en vista de lo que no se ve, antes de lo que sí se ve en ellas. Borges decía al respecto que “el efecto estético es la inminencia de una revelación que no llega a producirse”. Es decir, las cosas bellas, nefastas, aceptables, crueles, etc., nos con-mueven más por lo oculto que guardan, por su propio misterio, que por lo evidente que manifiestan. Pero, qué ocurre si de repente esa fuerza última que produce un determinado efecto emerge a la luz. De acuerdo a Freud “una suerte de terror se adhiere a los objetos o lugares conocidos y familiares que pertenecen al periodo más precoz del sujeto” (“Lo siniestro”, 1919).

Ver a estas criaturas es darse cuenta que los niños pueden hacer esto, que no son seres del todo frágiles, ingenuos y desvalidos que precisan nuestra protección y guía, sino lo contrario también. Lo qué no sé, en todo caso, es si es precisamente placer lo que podemos sentir en esta contemplación, en este descubrimiento. No sé si es belleza. A mí, por el contrario, el espectáculo me proporciona cierto rechazo; me sorprende sin conmoverme, me trae a la mente, con una constancia molesta, que se trata de nenitos que aún no aprenden a multiplicar y están haciendo algo que no sé si les toca hacer, aunque para ellos se trate prácticamente de un juego. Tal vez es esa falta de conciencia en ellos la que me perturba, y en general me perturba en todos los seres que tienen en sus manos poderes y saberes que no terminan de entender cómo pueden ser usados.

Sólo una cosa es cierta, y al menos yo lamento desde ya: el trabajo que resta a las nuevas generaciones de gimnastas y bailarines luego de haber visto el nivel de estos hermanitos. Lograr hacer esto a los diez, doce o quince años no tendrá ninguna gracia.

2 opiniones

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  • 28/12/2009 - 9:03 am
    disfonia opinó:

    Hola Oscar,
    Al igual que tú, me parece asombroso lo que hacen esos niños, como lo expreso en el artículo, porque además, es indudable que lo hacen con gracia.
    Tu comentario me gusta, y por eso trataré de ser más específica al responderte. Creo que en realidad lo siniestro, su efecto -que en realidad es eso “lo siniestro”-, convoca a más de un sujeto. No es solamente siniestro para la cultura que la persona sobre la que recae una revelación que tal vez no debió producirse, siguiendo a Freud, tenga la experiencia, sino que el efecto permea a los seres que participamos en esa develación. Que ellos sean o no conscientes produce un efecto siniestro en mí o la cultura, no en su propia conciencia, evidentemente. Estos niños están al margen de estas consecuencias. Imagino que su voluntad está más relacionada con saberse asombrosos y maravillar con este espectáculo (que a esa edad el ego está absolutamente manifiesto) que con tratar de generar una postura sobre él.
    Parece que esta demostración no es más un juego para nosotros. No sé qué sea para ellos. No sé si ellos sepan o le den un sentido especial. Tampoco sé si se diviertan, pero a lo que apuntaba es que yo tampoco sé si es placer el efecto que en mí deja. En algún público, como tú, seguramente que sí. Pero quedar asombrado frente a algo no es siempre quedar lleno de luz, me parece. La molestia, en este sentido, la pesadumbre, está en lo que también señalabas: no sé si les toca hacer esto en nombre del aplauso y la admiración, pero ya puesta en el mundo la posibilidad (“esto sí se puede hacer, como acabamos de verlo”), no se puede pedir menos.

  • 25/12/2009 - 11:00 am
    Oscar opinó:

    Que curiosa interpretación; yo no me lo ubiese planteado asi. Personalmente, me gustó la armonia de los movimientos que al ser hechos a tan temprana edad es aun más asombroso. Yo definiria el atractivo de esto por una razonamiento economisista: No es comun, es escazo, entonces llama la atención dentro del oceano de cosas comunes.
    Yo no creo que su falta de conciencia sobre la dimensión de sus habilidades sea algo siniestro. Es parte del acto mismo, justamente gran parte de lo sorprendente está en la forma inocente, tipica de un niño, en que es realizado. Pero eso para mi, que en este caso particular no me causa dolor la falta de conciencia de los seres, es algo que me gustó.
    Buscandole un lado siniestro, creo que estaria en que para ellos esto ya dejó de ser un juego. A esa edad, juegar es divertirce correteando por la casa; sin responsabilidades ni preocupaciones. Jugar por el solo hecho de correr y gritar, como principio y fin de la acción. En cambió acá, tuvieron que haber practicado con una dedicación lejana a lo que es jugar… quizas lo disfrutaban, quizas hasta los motivaban para que crean que es un juego, pero ya no lo es. Probablemente, la infancia cada día termina mas rapido.

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