Lógica urbandina: el “caseriaje”

Todo urbandino tiene, o ha tenido, por lo menos una casera; sobra decir que yo no soy la excepción. De hecho, tengo varias caseras, incluso en una misma cuadra, lo cual es un riesgo enorme, aunque sus puestos de venta estén alejados lo suficiente como para que nunca se enteren de mis infidelidades. Es que el “caseriaje” es una relación posesiva, por tanto, abundante en suspicacias y recelos; implica un sentido de pertenencia, expresado en el uso indistinto de las personas gramaticales cuando se la declara: tú eres mi casero – yo soy tu casera – ella es mi casera – yo soy su casero – nosotros somos caseros.

Si la lógica funcional del “caseriaje” es interesante, la lógica comercial de las caseras resulta fascinante, por decirlo de algún modo. Pese a que se mueven muy bien dentro de la economía de libre mercado, no son comerciantes frías, como muchos creen, sino emocionales al extremo. Tal vez por ello, su lógica no se encuadra en los principios del marketing, como ese, por ejemplo, que señala: “Compartir clientes con la competencia es mejor que no tenerlos”.

Cuando trabajaba en Santillana, me hice casero de doña Julia, quien tenía su puesto de venta a pocos metro de la oficina. Diariamente, ella me proveía de empanadas, chocolates, papas fritas y demás golosinas. Nuestra relación, como suele suceder en el “caseriaje”, trascendió el ámbito de los negocios y llegamos a entablar algo muy próximo a la amistad; pero el idilio terminó la mañana que me vio salir de la tienda vecina con una botella de Coca Cola. Ignorando que había cometido un error imperdonable, me acerqué a su anaquel y, como de costumbre, le hablé con afecto a tiempo de pedirle unos dulces.

–Andá a comprarte de la tienda –respondió con rabia–, ¿para qué ya vienes donde mí?
–Pero, case…
–¿Acaso yo no tengo refrescos? –me interrumpió–. De la tienda nomás comprate todo.
–Case, tú no tienes refrigerador y yo quería Coca Cola fría…
–¡Aghh! –volvió a interrumpir–. ¡Ni que la calor estuviese fuerte!
–Ya pues, caserita, no te enojes –insistí casi suplicando–, vendeme unos chocolates.
–Deben estar derretidos –replicó sarcástica–, ¿acaso yo tengo refrigerador?

Inútil fue cualquier intento de reconciliación; doña Julia no volvió a hablarme, mucho menos a venderme nada. Había traicionado los vínculos sagrados del “caseriaje” y, aunque no fue de manera deliberada, eso es algo que ella jamás perdonaría, ni siquiera por conservar un cliente.

A parte de las reacciones hormonales, el encaprichamiento es otro factor que determina la conducta de las caseras, en cuya lógica no tiene cabida el principio universal del comercio, “El cliente siempre tiene la razón”, ni la noción económica que indica: “A mayor cantidad, menor precio”.

En la primera cuadra de la Av. 6 de Agosto tengo dos caseras, pues de cada “caseriaje” obtengo beneficios particulares: doña Julia, a quien le compro le compro refrescos, me presta botellas sin exigir garantía; doña Justi me vende cigarrillos y, como estaciono el auto en la esquina donde tiene su puesto, me hace el favor de cuidarlo. El caso es que cierta tarde, ya que el anaquel de doña Justi estaba cerrado, me vi en la necesidad de comprarle cigarrillos a doña Luisa.

–¿A cuánto está el L&M, case? –le pregunté.
–¡Wa! –expresó con sorpresa exagerada–. ¿Desde cuándo vos fumas?
–Hoy he comenzado –mentí.
–Ah… –Meneó la cabeza haciendo un gesto de reprobación, antes de indicar–: Cuatro por un peso.
–¿Y la cajetilla?
–Cinco cincuenta –respondió sin dudar.
–¡No puede ser! –exclamé, tras realizar un rápido cálculo mental–. Debería costar cinco pesos o menos.
–Así nomás es su precio –replicó–. ¿Acaso te voy a engañar?

Empleando un lenguaje sencillo y tono cordial, intenté explicarle que el precio de venta al por mayor, siempre es menor que al detalle, de modo que no podía ser correcto el precio que me había indicado. Con igual sencillez, pero tono opuesto, me hizo saber que, según la libre oferta y demanda, ella podía poner el precio que le diese la gana: “Yo vendo a cinco cincuenta; si no te conviene, puedes ir a comprar a otro lado”. No tenía sentido seguir discutiendo, pues, para la lógica del comerciante urbandino, “el vendedor siempre tiene la razón”.

–Ya, case –dije, simulando buen humor–, no te enojes.
–¿Vas a llevar o no? –preguntó ella, manteniendo la actitud agresiva.
–Sí, caserita, dame veinte sueltos –pedí, con ánimo de joder.
–Así debías haber pedido desde un principio –dijo la case, retornando a su habitual cordialidad–. Sin motivo te has hecho líos, ¿no ve?

En una cajetilla abierta, doña Luisa contó seis cigarrillos y, “aunque usted no lo crea”, abrió otra para extraer quince más y completar mi pedido, añadiendo uno de yapa, “sólo porque eres mi caserito”. Gracias al capricho de mi case, obtuve veintiún puchos por cinco pesos y ambos quedamos contentos.

Los anteriores ejemplos quedan en el ámbito de lo anecdótico, pero la lógica de las caseras va más allá, ya que les hace vulnerar las normas legales o, cuando menos, interpretarlas a su modo. Hace un par de años, por ejemplo, la Intendencia Municipal realizó inspecciones en los mercados, imponiendo sanciones a quienes fueron sorprendidas utilizando balanzas calibradas para engañar con el peso a los clientes. “Así siempre vendemos, si no, tendríamos que subir los precios, y no queremos perjudicar a nuestros caseros”, arguyó una de las afectadas por la medida.

En resumen, las doñitas tuvieron que calibrar sus balanzas, pero crearon una nueva categoría de precios. Así, cuando se quería comprar una libra de azúcar, digamos, la case preguntaba: “¿Peso completo o peso normal?”(obviamente, con peso completo el precio era mayor). Lo extraño es que la mayoría de los compradores optaba por el “peso normal”, de modo que, al cabo de unos meses, la “normalidad” se impuso a la legalidad, y todo retornó, valga la redundancia, a su cauce normal.

Los urbandinos nos hemos acostumbrado a la particular lógica comercial de las caseras, debido a que, como dice el refrán, “Si no puedes con ellos, úneteles”. A fin de cuentas, los beneficios del “caseriaje” son mayores a los perjuicios… ¿o no?

9 opiniones

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  • 14/01/2010 - 2:09 pm
    juana opinó:

    las caseritas en La Paz son las mejores licenciadas en marketing, pese a contar con grandes supermercados, los mercados de las caseritas siguen vigentes, aunque los precios son mas bajos en estos sabemos que nos lo restan en peso, si usted hace un analisis puede ser que en un supermercado sea peso exacto, mas limpio, le den factura, pero en la ciudad los mercados siguen llenos y con personas de toda clase economica desde la alta, hasta la baja, esto debido a que el supermercado es de autoservicio, en cambio la casera es servicio de calidad humana, lo que hace mas interesante comprar en un mercado

  • 12/12/2009 - 9:25 pm
    Alexis Argüello opinó:

    Yo soy mal tipo, de lo peor diría para con las caseras, esto debido a mi caracter de picaflor al consumir de todo, especialmente comida, siento como que si me estuviese perdiendo algo mejor por aferrarme a un solo proveedor. Pruebo aquí y allá.

    Pero eso si, en algunos mercados y ferias tengo caseras de verdad, tanto así que para evitar el saludo (que siempre obliga a comprar algo), rodeo a la calle paralela en un angulo de 180º tratando de esquivar el encuentro. ¿Y sabes? Apostaría a que no soy el único jajaja.

    Aunque tampoco creas querido Willy que todas/os tienen ese carácter. En plena esquina J.J. Perez, Federico Suazo, el casero que vende sopas de fideo con albondigas o silpancho, hace días no más mientras le pedí un plato me dijo “Se ha perdido joven, que ha pasado, espero que todo se encuentre bien”, y me dijo tal habiendo pasado más de un año sin que lo visite, ergo existen caseros que en verdad te saben valorar, caseros/as de verdad.

  • 12/12/2009 - 12:32 am
    estido opinó:

    Ronald: Tienes razón, a veces es mejor no tener caseras, porque los líos pueden ser graves. Mientras más confianza hay, más duro se enojan. Pero, también tienes razón en eso de que son “ricas changas”. Un abrazo.

    Vania: Es que en el supermercado no hay contacto humano, es todo demasiado frío. Por más jodidas que lleguen a ser, las caseras alegran la jornada de compras. Un abrazo.

    Edu: Mejor buscate dos, o más, porque de cada una obtendrás beneficios. Pero eso sí, cuidado te pesquen… Un abrazo.

    Oscarini: Las caseras y caseros del rubro “perroguesero” dan para otro texto. Creo que en ellos se nota más lo que dices sobre tener la sartén por el mango; su capricho es proverbial. Un abrazo. Ah, y antes de año nuevo tenemos que reunirnos.

    Palo: Claro, esa doñita también fue mi case. En sí, ese es el gran beneficio del “caseriaje”: el crédito. Pero tienes razón, a la hora de hacer cuentas, las caseras mezclan todo (no sé si a propósito) y el asunto puede salir salado. En fin, como dices, hay que pensar que son intereses. Un abrazo.

    Gustavo: Sí, deben ser jodidas en sus casas. Y es cierto que nos tratan como a niños, son como madres; pero también son como amantes cuando descubren una infidelidad. Por otra parte, me has hecho entrar antojo de leer de nuevo “La niña de sus ojos”. Un abrazo.

  • 11/12/2009 - 3:25 pm
    Gustavo opinó:

    Me recuerda al parrafo de la niña de sus ojos que explica tambien la “maestria autoritaria” con que las “recoveras” de los mercados populares mantenian advertidos y sentenciados a sus caseros -a mi parecer un buen parrafo en detrimento de toda la novela.
    Lo cierto, GUAY de que nuestras caseras nos pillen en franca infidelidad caseristica; no quiero ni pensar en el riguroso matriarcado que se destila en sus hogares.
    Por cierto, nos tratan como a niños y nos gusta que nos traten asi.
    Buen articulo.

  • 11/12/2009 - 3:20 am
    Paloma opinó:

    Willy! Amén por las caseras

    Me hiciste pensar en la Justi, la anterior semana fui a pagar las deudas anuales de mi hermana, claro que era un quinto de lo que yo tenía q pagar cuando estaba en el cole. Esa señora que ya tiene presbicia nietos y arrugas fue, es y siempre será mi madrina, mejor que la tenía cenicienta, definitivamente. Y es que desde que entré al colegio la querida Justi satisfacía mis vicios, ella me ofrecía siempre lo que justi-a-mente me antojaba. Ella me daba esos dulces que sólo podía pedirles a mis papás cuando ibamos al cine, solo necesitaba acercarme a su puestito, porque antes ni tiendita tenía, solo una mesita llena de dulces y cachibaches bajo una sombrilla, y voilá, bastaba decir Justi anotame? y listo los dulces eran míos…. lo mejor de todo fue que nunca anotaba el nombre de lo que pedía, solo números, hojas y hojas de números, así que cuando los viejos iban a saldar las deudas no podían decifrar que en verdad era lo q pedía, me salvó de grandes puteadas q podía haaber recibido si mi vieja se hubiese enterado de mis sobredosis semanales de azúcar… asi que la Justi y yo siempre tuvimos esa confianza, complicidad…. obviamente al anotar solo números, anónimos y atemporales porque ni fecha ponía, no se molestaba en invocar en las hojas unos números fantasmas… cuánto en verdad le aumentaría a mi cuenta? nunca lo sabré, pero tampoco me molesta, lo veo como… intereses…. no me conviene darle la espalda, si ella siempre tuvo la confianza de fiarme anualmente, sin garantías ni nada, ella fue capaz de venderme los puchos a ocultas de los guardias y profes cuando apenas estaba en primero de secundaria, o incluso ahora 3 años después de salir del colegio me la encuentro en las fiestas (y es que ella se las sabe todas) y todavía me fía y hasta me cuida la cartera para q no la pierda, luego voy al colegio a recogerla…. y los puchos q me presté en la fiesta? están sigilosamente ofuscados en la cuenta de mi hermana :) Un abrazo

  • 10/12/2009 - 6:36 pm
    elperroR opinó:

    Weno guili.
    Ya veo que estás queriendo incursionar en los pedregosos ámbitos de la Antropologia cultural, valiéndote de tus resabios dotes de economísta.
    Bueno, la descripción que haces de las caseras es no más el que es, eso sin contar que tenemos caseros para absolutamente todo y es mejor serle leal, porque como dices, a ellas lo que les importa no es vender, sino tener la sarten por el mango, sino preguntale a la casera de las hamburguesas de la colon que le vende al que le da la gana y al que no, no, por más que chille, zapatee o venga con el Evo; no y no shempre.
    _He dicho
    Cuando vamos a chupetear che.

  • 10/12/2009 - 12:42 am
    Edu opinó:

    jajja, que ricas historias de las caseras, me has hecho dar cuenta de que nunca he tenido una casera como Dios manda, voy a buscarme una…

  • 9/12/2009 - 11:05 am
    Vania B. opinó:

    Imprescindibles las caseras. Mis favoritas son las del mercado. No es lo mismo comprar un kilo de zanahorias de un frío conservador en el Supermercado, que una case te vaya poniendo las zanahorias una a una en una balanza engañosa diciéndote: “ahistá, dos libras, pero para vos mameta lenda las mejorcitas shempre te lo escojo, y con yapita más (aunmentando dos sendas zanahorias a la balanza tramposa)”.

    Abrazos, W.

  • 8/12/2009 - 2:32 pm
    Ronaldcito opinó:

    Huilhy querido:
    Ricas changas son las caseras, me encanta lo que se resienten hasta las últimas consecuencias, lo cual demuestra su racionalidad económica, pues su ingreso fijo depende de la cantidad de clientes que puedan fidelizar (los caseros) y su ingreso variable de los clientes eventuales (”no caseros”). Eso en economía se llama oligopsonio (la venta fija dependa de un número determinado de clientes). En mi caso, pocas caseras tuve en mi vida, desde los rayes de las doñitas decidí ejercer mi derecho a evitarme líos. Aunque se extraña eventualmente el: “ya has vuelto joven?, ya has llegado joven?” que refleja la picardía criolla tan particular nuestra ! Abraxos, che !

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