Buscando héroes: otra forma de vivir lo boliviano

Ser boliviano tiene una resonancia particular. Para bien o para mal hay en nosotros una actitud conflictuada siempre que tenemos que pensar o actuar como “bolivianos”, y en mi situación actual, viviendo otra cultura, me es frecuente ver rostros haciendo un gesto específico, indescriptible, pero tristemente parecido a quien pide perdón, cuando se dice “soy boliviano” trata frente a un extranjero, lo que me hace ver que pese al orgullo que proclamemos a gritos, el natural amor al terruño y el pecho inflado en los desfiles patrióticos, que personalmente me emocionan profundamente porque me traen a la piel un deseo unánime de ser algo más de lo que somos, concebimos en mayor o menor medida la bolivianidad como un problema. Desfilamos y cantamos y nos cuadramos frente a un anhelo, más que ante una representación mental, ya que “Bolivia” es para nosotros una noción compleja: el lugar que amamos, construimos y del que somos parte y el que, pareciera, terminamos aceptando a fuerza de costumbre, casi padeciendo un destino injusto que desde niños la Historia nos enseña y la vida, por lo general, va confirmando. Qué sentido tiene, entonces, sufrir lo que nos tocó en destino o gozarlo oportunistamente. Ninguno, pero lo qué sí tiene sentido, un vital sentido, es cambiar la imagen mental que nos hacemos de las cosas, las representaciones que construimos, lo que elegimos registrar y no registrar de las mismas. En este sentido, si el país de uno se representa como una cosa digna de reconocimiento y valoración, muy digna, y hasta más digna que otras, la vida –la intrascendencia en que aparentemente transcurre nuestra existencia todos los días- se vive con mayor optimismo. Y es que no hay nada como la aceptación de los errores y las limitaciones, pero también de la virtud de los actos y las decisiones, lo que para nosotros debe equivaler a ver el vaso más lleno que vacío, a fin de encarar la vida con la salud de un pueblo realmente libre; es decir, con la mente libre.

Sin duda, tenemos los bolivianos una tendencia hacia el dramatismo. Sólo hay que ver cómo pedimos las cosas, cómo las reclamamos, cómo representamos nuestros deseos, miedos y furia. En palabras fáciles podría hasta pensarse –y no sé si de forma completamente equivocada- que nos gusta sufrir. Nos gusta más nuestro futbol, por ejemplo -que internacionalmente nos aporta más rubor que alivio cuando empatamos, puesto que el triunfo es un regalo no sé si merecido, pero muy eventual, en todo caso- que el racket, deporte que muy pocos sospechan, traería a una país que apenas se entera que dentro sus fronteras se lo juega -y bien- más satisfacciones que dolores de cabeza (basta ver las puntuaciones y medallas conseguidas en los últimos años). No es que esté mal disfrutar de la pasión de multitudes, de la adrenalina, del consuelo de que la próxima vez –sólo Dios sabe cómo- será. El problema es que parece que nos place sufrir como multitud e ignorar acontecimientos que podrían aportar orgullo personal a nuestra existencia y a la de nuestros hijos. Al menos por puro conocimiento cabría saber que hay cosas que los bolivianos hacemos bien -y realmente bien- no porque así parezca, sino porque miradas fuera de las fronteras, a quienes poco les importa nuestra miseria, el subdesarrollo, nuestra memoria colonial y lo pobrecitos que somos los bolivianitos, lo afirman con dichos y hechos. A estos hechos, precisamente, habría que atender para vivir de otra forma una identidad más optimista. ¿La falta de costumbre nos da menos acción que esperanza?

Entre nuestras preferencias está el pensar, por ejemplo, que el bajo nivel académico de los estudiantes en general, junto a su desmotivación viene de problemas familiares y sociales -que pueden ser absolutamente ciertos, si bien no suficientes- y que de las próximas generaciones se espera tanto lo mejor como lo peor, según se mire. Sin embargo, la falta de propósito de estos chicos que en sus casos más extremos luego apelarán a la huelga de hambre –medida tan cara a nosotros- para una plaza en la Universidad, no tendría que quitar inspiración a nuestra tarea formadora, sino todo lo contrario, porque hubo un boliviano –seguramente entre muchos casos similares- aparentemente insignificante que transformó la mentalidad y la vida de cientos de jóvenes problemáticos y de escasos recursos, que tenían serios problemas con el álgebra y el cálculo. No sospecho qué habrá pensado Jaime Escalante cuando se vio frente a ellos. No sé si hubiese torturado sus noches pensando en lo que haría frente a esos chicos complicados y mal llevados, si profesores norteamericanos con “gran preparación pedagógica e investigativa” no habían conseguido nada de ellos. Pero de lo que estoy segura, y no por haber hecho espiritismo, es que él pensó que podría hacerlo porque es lo que se esperaba de él, y lo hizo como nunca nadie. Por qué, entonces, no lo tenemos más presente como referente didáctico en la educación si tenemos medios para emularlo y para actualizar su logro, una y otra vez: testimonios de autoridades norteamericanas que visitaron su clase, un libro sobre su influencia en la educación, una película como testimonio de su obra. Por qué no recordar con vehemencia que más allá de lo espectacular de su vocación –como la de muchos- hay cifras que confirman el grado de aprobación masiva de sus estudiantes a la Universidad.

Un hecho, sin embargo, resulta más contundente aún en mi actual interés por vindicar la percepción de lo nacional, y pertenece al terreno de la Historia, al mismo que por lo general nos trae más complejo e insatisfacción que referentes claros de triunfo. No puedo dejar de mencionarlo, puesto que me ha servido de inspiración luego de haber superado la indignación primera. Sí, indignación plena al confirmar que esta acción, aún más importante que la matemática, la física o el deporte para nuestras vidas de todos los días, está prácticamente ignorada cuando como pueblo que se reconstituye culturalmente de forma importante nos es tan necesario integrarla a la memoria consciente y activa para sacudirnos de ese complejo que a todos, en mayor o menor medida, nos invade, especialmente al medirnos con un adversario de otras tierras, en absolutamente todos los campos. Como consecuencia, como falta de registro de éxitos –y no de su inexistencia-, nuestra derrota mental precede cualquier excusa de inferioridad real. “Es que soy boliviano” –por lo tanto, no tuve suficiente preparación, entrenamiento, medios, tiempo, competencia, etc.- parece ser la razón que de entrada justifica todo antes de haber, efectivamente, perdido nada.

En este sentido, me sorprende el olvido injustificado en la vida práctica de un acto que si no se omite en la enseñanza escolar, apenas se lo menciona, y que se actualizó en mí gracias a la carta de William Camacho al Presidente, cuando hablaba del valor de la “Cañada Strongest” en la Guerra del Chaco, como razón suficiente para incluir a alguno de sus miembros en la lista de “los mejores” diez escritores, que equivale a decir, las diez mejores novelas bolivianas, recientemente elegidas por un jurado especializados, como sabemos. Evidentemente, la posición de Camacho es una abierta ironía que hace referencia a motivos extratextuales para avalar la calidad de una obra literaria, pero dentro de toda la broma he vuelto a recordar el valor de los bolivianos vueltos soldados a la mala, es decir, improvisados y adiestrados a las apuradas, para defender lo que se consideraba justo. Hago énfasis en “bolivianos vueltos soldados” y no en los soldados bolivianos, porque aunque la idea me es igualmente válida, se torna restrictiva. Me interesa hablar de hombres de a pie, padres de familia, hermanos y amigos con vidas normales, que se enfrentaron el 31 de Julio de 1932 con un ejército que era más de 6 veces superior a él en número y armamento en defensa del Fortín Boquerón. Estamos hablando de cerca de 600 bolivianos frente a 14000 paraguayos.

Lo que nosotros consideraríamos un suicidio, una inconsciencia, un acto de patriotismo ejemplar que se recuerda por costumbre en conmemoraciones pertinentes, está considerado por varios estudiosos, según explica el historiador Pablo Michel, director de Siglo y Cuarto, como “la sexta acción más valerosa y dramática de la Historia Militar, sólo comparable a la Batalla de las Termópilas en Grecia, la Batalla de Cartago en Túnez; la Batallas del Álamo en México; el sacrificio del pueblo israelí en la Masada y la de Camarones, Legión extranjera, en México” (Documental sobre la Guerra del Chaco, Boquerón indomable). Los bolivianos, nuestros abuelos, no se detuvieron a medir fuerzas y luego salir huyendo, como el sentido común lo hubiese demandado. Tampoco se rindieron ante la apabulladora probabilidad de morir, o simplemente lucharon para partir con algo de dignidad, sino que siendo más de seis veces menor en número y teniendo las municiones contadas, mataron a 7000 paraguayos – lo que significa que cada boliviano tuvo que eliminar a 12 paraguayos para vencer esa batalla- mientras que nosotros perdimos 150 vidas, lo que según los datos aportados en este valioso documental de Michel, significa un grado de efectividad de tiro del 97.5%, promovido por el adiestramiento militar, seguramente, pero también por una consciencia especial de que no había balas para desperdiciar (sí, también entonces éramos pobres). Reconozco que es sin duda triste hacer mención de vidas perdidas en relación a lo que llamamos un triunfo, pero lo que pretendo recordar, en vista de la fragilidad de la memoria boliviana, es que esos hombres eran en su mayoría familiares nuestros, parte de lo que somos.

Estoy convencida que este acto heroico no obedece a un descenso de ángeles o a alguna eficaz milluchada, sino a una entrega total a la causa. No voy a discutir acá sobre la convicción de esos hombres, sobre su idea de patria, sobre la justicia de la guerra, etc. Lo que me interesa mostrar es que ellos tenían una misión en el desierto y la llevaron a cabo de forma extraordinaria. Tal vez no tenían la autoestima tan maleada, como nosotros; posiblemente no se sentían menos que nadie y aun viendo el número del ejército enemigo se lanzaron con todo, actuando sin lamentos ni complejos. Haciendo lo que simplemente tenían que hacer.

La situación está clara. También nosotros tenemos algo que hacer. Felizmente no estamos en tiempo de batirnos a balas para emular este valor, pero necesitamos rescatar héroes para proponer otra versión de Historia, no menos cierta, de lo que somos como nación y de lo que podemos llegar a ser. Necesitamos investigar un poco y conocer mejor nuestros éxitos; recordar menos inmolaciones y más triunfadores; saber cuánto se parecen a nosotros; creer que hicieron lo que hicieron -y lo que hacen- en circunstancias nada favorables porque no dejaban lugar a las excusas. Precisamos sentir un orgullo desmedido que compense siglos de “mala suerte” y todos los retrasos a los cuales atribuimos nuestro infortunio.

Ojalá esta nueva Bolivia que pretende construirse, y que sin duda se está armando poco a poco, sea capaz de revisar históricamente no sólo acciones de indígenas valientes que murieron por lo que consideraban justo y digno, sino las de mestizos, blancos y negros que vivieron triunfando y que viven enseñándonos a vivir con orgullo lo que ofuscados en nuestro “lamento boliviano” no terminamos de ver.

2 opiniones

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  • 2/12/2009 - 3:11 pm
    disfonia opinó:

    Gracias por tu opinión Gabriel. Verás, lo que me llevó a escribir esto, es sin duda una lectura distinta de la historia que tiene una especial predilección, en nuestros paises, según veo, por enfatizar la fatalidad, los martirios y demás etcéteras que pretenden mostrarnos valientes. Pero mi mayor preocupación es la cobertura que se sigue dando a lo que falta, a las desgracias, a las pérdidas sobre las casi anónimas alegrías que, insisto, no sé por qué legado -colonial, tal vez- preferimos ignorar. Claro, esto no va a cambiar sólo con notarlo, porque tenermos un surco neuronal que nos recuerda desde lo más profundo el lastre de derrotas que acarreamos, pero la consciencia, oh, la siempre útil consciencia, comienza en silencio a hacer su parte.
    un saludo!

  • 2/12/2009 - 12:43 pm
    Gabriel opinó:

    Escribo desde Argentina. Comparto lo que escribís en tu artículo. Muchas veces el relato de nuestras naciones olvidan a los verdaderos héroes, olvidan las masacres y tegiversan nuestra historia. Me da mucha tristeza observar cómo nuestra historia (la argentina) olvida la masacre de nuestros aborígenes, en favor de una “civilización”, que en realidad no era más que “europeización”.
    La verdad, resulta triste. Creo que ya es tiempo de sacar de la oscuridad algunos hechos que nos ayudarían a comprender quiénes somos y por qué somos lo que somos hoy.

    Sólo quería aportar un simple punto de vista. Pienso que es tiempo de romper con los viejos relatos “europeizantes” de nuestras naciones latinoamericanas, en beneficio de una nación que nos incluya a todos y que nos respete como somos.

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