Enseñar a leer a un cerdo

Hace ocho años, aproximadamente, en sesión ordinaria del Concejo Municipal, alguien propuso iniciar una campaña de educación vial, indicando que “los conductores respetan poco o nada los semáforos, los transportistas se detienen en cualquier lugar para recoger o dejar pasajeros, los peatones no cruzan en las esquinas, nadie respeta las cebras…”. Tras esa última observación, los demás concejales se miraron boquiabiertos, sin entender a qué se refería su colega. “¿Qué cebras? Ni que La Paz fuera reserva africana”, han debido pensar algunos.
Entonces, se hizo evidente que nadie sospechaba para qué servían esa lineas paralelas, conocidas como “paso de cebra”, pintadas sobre la calzada en las esquinas del centro paceño. Después de una larga explicación, el concejal logró que los demás apoyasen su iniciativa y determinaran comenzar por lo más urgente: hacer conocer a la población el porqué de la existencia de los pasos de cebra.
Así, se inició la campaña de las cebras, reclutando a varios jóvenes que, disfrazados como esos animales y apostados en las esquinas, debían enseñar, tanto a peatones como conductores, a respetar esa señalización vial. En esa primera etapa, los disfraces requerían de dos personas; una para ocupar la cabeza y las patas delanteras, y la otra para las extremidades posteriores y la cola. Me imagino que quien iba detrás recibía mayor salario, no sólo porque debía permanecer agachado durante varias horas, sino también, y principalmente, porque debía hacerlo oliendo el trasero de su compañero.
En fin, más allá de esos detalles administrativos, el hecho es que las cebras comenzaron a hacerse parte del paisaje urbandino y, con el paso del tiempo, evolucionaron para adaptarse al entorno: redujeron su tamaño y se volvieron bípedas. Además, adquirieron un carácter alegre, de modo que no es raro verlas bailando, tomadas de las patas, pese al calor que deben sentir dentro de sus peluches, bajo la inclemencia del sol andino de mediodía.
Últimamente, he notado que los agentes de tránsito las han amaestrado, logrando que ellas puedan manipular los semáforos, lo cual permite a los varitas mayor movilidad para realizar su recaudación cotidiana. Lo que no sé, es si a las cebras les toca un porcentaje de “coimisión” por esa labor o si lo hacen por mera diversión.
Bueno, ocho años después de su aparición, las cebras han evolucionado y se han multiplicado (en algunas esquinas hay incluso media docena), pero los conductores siguen deteniéndose sobre las líneas blancas y los peatones siguen cruzando por donde les da la gana. Esto quizá se deba a la apariencia dócil y tierna de los peluches albinegros, cosa que no ayuda a su propósito, pues, como sabemos, el urbandino sólo aprende a la mala.
Puede que eso haya motivado que las autoridades edilicias apoyasen el plan con otro contingente animal: los burros. En efecto, hace algunos años, y durante pocos meses, en las esquinas más conflictivas las cebras contaban con la colaboración de un burro, quien estaba encargado de rebuznar al oído del infractor. Esta estrategia, sin embargo, no fue tomada a bien por la población, ya que, como también sabemos, el urbandino es bastante susceptible. No fueron pocos los ciudadanos que reaccionaron de mal modo al ser reprendidos por los burros (“¡Vaya a rebuznar a su birlocha, burro de mierda!”), como tampoco fueron escasos los burros que no soportaron tales vituperios, lo que originó acaloradas discusiones e incluso un par de enfrentamientos pugilísticos. Lógicamente, los burros siempre salieron airosos, pues su máscara acolchada les otorgaba protección ante la ira de los conductores agraviados y, además, no faltaban las cebras solidarias que los apoyaban en las refriegas, de forma que los infractores alterados que se atrevieron a descender de sus vehículos, para pasar de las palabras a los hechos, fueron sometidos a salvajes waykasos équidos.
Quién sabe si fue amenaza, advertencia o simple coincidencia, pero el caso es que los jumentos de peluche abandonaron las esquinas luego de que la Alcaldía descubriera que muchas carnicerías estaban comercializando carne de burro, proporcionada por mataderos clandestinos en los que las autoridades encontraron cadáveres de estos animales, con evidentes signos de tortura.
Si bien la presencia de las cebras fue tolerada en la mayoría de los lugares donde se apostaron, en el sector de la Pérez Velasco su labor no tuvo ningún impacto; básicamente, fueron ignoradas. Esa época, la Pérez presentaba un tráfico vehicular caótico en extremo, dado que muchas líneas de transporte público habían convertido ese sector en su parada. Como las simpáticas cebras no pudieron remediar el conflicto, la Alcaldía optó por una medida radical, iniciando la campaña “En la Pérez no se para, no se sube ni se baja”, con la colaboración de la Policía de Tránsito. Así, se instalaron carteles gigantes con el lema de la campaña y un nutrido contingente policial se encargó de hacerla efectiva.
Pocos meses después, se retiraron los carteles, se redujo el número de policías y se puso una cerca metálica a lo largo de todo el sector para evitar la indisciplina de choferes y pasajeros. Según fuentes extraoficiales, la campaña se interrumpió por presión de la Asociación de Propietarios de Lenocinios y Salas de Masajes, cuyos representantes habrían señalado que los locales ubicados en las inmediaciones de la Pérez no recibían el flujo habitual de clientes desde el lanzamiento de la campaña, ya que la frase de los carteles (“En la Pérez no se para”) afectaba negativamente la psiquis de la población masculina.
Hace un año, el municipio alteño dispuso la ejecución del plan “La Ceja se despeja”, para ordenar la circulación de coches y peatones en ese punto neurálgico, e inculcar, además, aspectos básicos de educación vial a la ciudadanía, especialmente lo referido a las señales de tránsito. Creyendo que las cebras de peluche eran las indicadas para encabezar el plan, las autoridades reclutaron a varios jóvenes que, tras un breve cursillo y debidamente disfrazados, conformaron una recua no muy numerosa, pero sí bastante entusiasta.
El 4 de diciembre, a las siete de la mañana, treinta cebras se ubicaron en las intersecciones más conflictivas de la Ceja para dar inicio a la campaña. Puesto que la iniciativa no había sido debidamente publicitada, la población alteña se vio sorprendida por la presencia de estos personajes y, tal vez por eso, no prestaron atención a su labor, haciendo caso omiso de las indicaciones que las cebras se esforzaban en pregonar. Al cabo de una hora, resultaba evidente que los peluches, lejos de lograr su objetivo, estaban entorpeciendo aún más el tráfico, ya que los conductores, intentando esquivarlas, hacían maniobras que originaban atolladeros peores a los habituales. La desesperación hizo presa de todos: las cebras, cada minuto más alteradas por su impotencia, comenzaron a arriesgarse de manera temeraria, parándose frente a los autos, incluso cuando estos aceleraban bruscamente; los choferes, por su parte, cada minuto más impacientes e irritados, dejaron de esquivar a las cebras, haciendo prevalecer la fuerza de sus motores.
Más que el inicio de un plan de educación vial, parecía el clímax de una batalla. Y la suerte de la batalla ya se había decidido en favor de los conductores. Las cebras, como buenos soldados, mantenían su posición, pero esperando, seguramente, que algún superior diese la orden de retirada. Sin embargo, la orden no llegó sino hasta que ocurrió la primera baja: a las 08:10, según una nota de prensa, “la cebra que responde al nombre de Cinthya Tarquino Salas fue atropellada por un minibús que circulaba por la calle 2 de la avenida 6 de Marzo y pasó en luz roja”.
Por suerte, en la Hoyada los conductores no llegaron a semejantes extremos, y hoy, ocho años después de su aparición, las cebras son parte del paisaje citadino, e incluso, del folclor urbano. Los niños que están empezando la escuela han crecido viéndolas en las esquinas; en el imaginario de las nuevas generaciones, las cebras son personajes típicos de La Paz. En este sentido, no me resultó extraño que mi sobrino (tiene siete años), cuando una doña le hizo la típica pregunta, “¿Qué quieres ser de grande?”, respondiese con absoluta seguridad y entusiasmo: “¡Cebra!”.
Pese a todo, los urbandinos seguimos demostrando, día tras día, que no tenemos educación vial, que las señales de tránsito nos valen un comino, que las normas son para los boludos, que, ¡pucha!, estamos genéticamente predispuestos a la indisciplina. Las cebritas, aunque son muchas, ya no se esfuerzan por enseñar nada y prefieren bailar u operar semáforos, probablemente porque se dieron cuenta de que, como dice el refrán chino, no hay que tratar de enseñarle a leer a un cerdo, pues perderás el tiempo y enojarás al puerco.

pietila opinó:
Saludos!
PAra mi las cebras siempre han sido personajes ya parte de La Paz, muy pintorescos, pero tienes razón ya no imponen respeto o autoridad, tal vez esa fue la idea inicial para no intimidar a la gente, pero ahora son como ositos de felpa que ya no aportan en nada, peor aún son vistas como las mascotas de la ciudad.
Cebras Vs Minis… terrible!
Y finalmente, has pensado que si las cebras en cierta forma funcionaron al principio, luego se convirtieron tan cotidianas al punto de ser mascotas, entonces tal vez se tenga que introducir otro personaje nuevo, además del burro que ya fué, y así poco a poco poblar las esquinas de más y más personajes salidos de fábulas. jajaja, y… tal vez con el tiempo.
abrazos!
Leslie opinó:
Todo un zoologico no?
Un abrazo querido Willy, te cuento q por motivos technocos…. si blog leslie-tigresa yas no existe, pero con ayuda de mis archivos lo abri de nuevo….. haber si te das una vueltita ahota es les-tigresa pero jeje.
http://www.les-tigresa.blogspot.com
Alexis Argüello opinó:
Yo creo que a los burros los hicieron desaparecer debido a la mayor aceptación que al final terminaban recibiendo. Por otro lado puede que este haya sido un preingreso para que luego los orejas largas ingresen a la institución verde olivo del orden.
Yo también quiero ser una cebra, pero como al final las aspiraciones no dan para serlo por más de un día, nada raro que termine creando una danza y la inscriba en la asociación de conjuntos folklóricos del Gran Poder.
Un abrazo queriu.
PD: Para lo de “Si acaso en Chuquiago…”, los sitios a los que recomiendo lo suban son Blip.tv y Viddler.com. Ambos permiten ingreses más de 10 min. de vídeo con alta calidad en diferentes formatos. El segundo además permite comentarios en partes específicas del vídeo y reproducción desde cualquier punto. Avisas pues cumpaye una vez lo suban.
estido opinó:
Lucybel: gracias por el halago. Que la Urbandina pueda servir como una especie de vínculo (virtual, emotivo, nostálgico, ficcional o imaginario) entre La Paz y los paceños que, como tú, radican en otras ciudades o países, es algo que me alegra mucho, aunque no habíamos pensado en eso cuando iniciamos el blog.
Sobre tu comentario, no sé si las nuevas generaciones tendrán una conducta distinta, pues aunque las cebras (o cualquier otro tipo de campaña educativa) hagan esfuerzos sobrehumanos por inculcar disciplina, el niño, a la larga, imitará la conducta de sus padres. En fin, el tiempo dirá…. Un abrazo.
Patricia: gracias por el comentario y por visitar la Urbandina; no dejes de pasar por aquí. Un abrazo.
Jr.: Como le dije a Lucybel, no creo que las nuevas generaciones tengan una conducta distinta a la que nosotros tenemos. Por eso mismo, la idea de los “toritos” no está mal; además, también podrían utilizar pepinos, para que agarren a matasuegrazos a los indisciplinados (tú podrías encabezar el escuadrón de pepinos). Un abrazo.
Citizen: Estoy de acuerdo contigo; hay que asumir medidas drásticas para lograr un cambio de actitud. Sin embargo, lo de la bomba ya me parece muuuuuy drástico, ja ja. Pero me hiciste recordar a un amigo que, hace unos seis años, intentó incendiar la Pérez y terminó internado en el psiquiátrico; la historia completa es muy divertida, voy a preparar un textito para contarla con lujo de detalle. Un abrazo.
Citizen opinó:
Cuando aun vivia en LPZ y aun estaban construyendo/destruyendo el centro con el tunel de la Potosi siempre llegaba hasta la Perez me entrsitecia saber que si bien el caos causaba stres en todos, los choferes sufrian ese stres digamos 8 veces al dia cada que pasaban por ahi, en cambio ese estres era constante todo el dia para las pobres cebras. Creo que la unica solucion salomonica, tomando en cuenta que los urbandinos aprenden a la mala es hacerlo al estilo europeo: “el que tiene la culpa paga” eso quiere decir que si un peaton malcriado cruza la calle a mitad del prado y un chofer lo atropella, pues el peaton tendra que pagar las abolladuras del ya abollado minibus y si el chofer se lleva por delante a un peaton en un paso de cebra el chofer tendra q amollar nomas.
Asi se aprendio en Europa y asi deberiamos aprender en LPZ o de una tirar una bomba a la Perez, tal vez con la explosion se ordene alguito esa pequenha Bagdad que tenemos ahi.
Saludos desde Apolo
Jr opinó:
Tal vez debamos ser pacientes por un par de años más, hasta que la nueva generación demuestre el esfuerzo de los queridos equinos, mientras tanto el centro urbano seguirá pareciendo que estamos de safari.
Como alternativa deberían considerar proveer de “toritos” (volverlas híbridas) para así poner orden con pata dura.
Patricia opinó:
Qué buen post! Me encanta la manera que escribes!
Lucybel opinó:
Estido:
Mentiría (por omisión) si es que no dijera que adoro como escribes, no se este fanatismo hacia tus escritos se debe a que AMO La Paz o a que EXTRAÑO La Paz (o a que extraño La Paz porque amo La Paz) .
Recuerdo que una vez (cuando trabajaba en el INRA La Paz) llegó el jefe seguido de un burro que, llevando un muy bien trabajado cartel que pregonaba: NO SEA COMO YO, tenía a mi jefe abrazado por el hombro, como si fueran GRANDES AMIGOS.
Ante la escena fue realmente difícil reprimir la risa (a pesar de que era el jefe y a pesar de que tenía cara de POCOS AMIGOS) . Siendo que nuestro jefe tenía fama de renegón la pregunta que nos venía a la mente (creo a todos) era… como así es que permitió que el burro lo acompañe?. La respuesta se daba solita cuando detrás del jefe y el burro asomaba la cabeza la hijita del jefe (que nos acompañaba todos los días hasta las 9, momento que la llevaba la secre al kinder) que, SUMAMENTE ORGULLOSA decía: Mi papá cruzó la calle en rojo y yo le reñi y me apoyó el burro que es MI AMIGO.
Es muy posible que a esta altura todos los paceños que pasamos los 15 la veamos difíiiiiiiiicil el re educarnos vialmente hablando pero… me late que otra historia tendrán los niños de 8 años para abajo.
Que vivan las cebras!!!!!!!!!
QUE VUELVAN LOS BURROS!!!
(cuando!, ahora!, cuando carajo! ahora carajo!)
Saludos!