Lubricar la burocracia

Por cumplir con un requisito laboral, tuve que conseguir una fotocopia legalizada de mi título profesional. Pagué el monto correspondiente y me dirigí a la oficina de registros para dejar el fólder con los documentos exigidos. Como en la ventanilla no había ningún funcionario, golpee el mostrador varias veces, durante varios minutos, hasta que apareció una señora, quien, con evidente mal humor, me preguntó: “¿Qué quiere?” “Necesito una copia legalizada…”, expliqué, tratando de ser lo más cortés posible. La señora prácticamente me arrancó el fólder de las manos y, humedeciendo la punta de sus dedos con saliva, comenzó a revisar los papeles. “Parece que está todo”, comentó en voz baja. “¿Cuándo puedo recoger el documento?”, le pregunté. “El encargado de recepción le va a informar sobre eso. Espérelo un rato”, contestó, a tiempo de devolverme el archivador. “¿Usted no puede recibir mi fólder?”, volví a preguntar. Ella, indignada, me miró de pies a cabeza y gruñó: “¡Yo no soy encargada de recepción! ¡Soy jefe de reclamos!”.

Después de hacerme la aclaración de rangos, la “jefa” desapareció detrás de la mampara sin darme tiempo para presentar un reclamo sobre la mala atención de esa oficina. En fin, el caso es que, luego de unos diez minutos, apareció el encargado de recepción con un enorme paquete en las manos. “¿Tiene que iniciar algún trámite?”, me preguntó mientras entraba en la oficina. “¡Sí! Y estoy esperando hace mucho”, contesté casi gritando. “Ah, va a disculpar. Ahorita lo atiendo”, replicó y se perdió detrás de la mampara cargando el paquete voluminoso, cuyo inconfundible olor delataba su contenido: salteñas.

Quince minutos después, el encargado reapareció, haciendo desagradables muecas en el afán de limpiar su dentadura con movimientos linguales. “¿Cuál es la urgencia, joven?”, preguntó sin asomo de vergüenza, y empezó a escarbar sus molares con la uña del meñique. Sabiendo que de nada servía demostrar mi enfado, respiré hondamente y le expliqué, con tono humilde, lo que necesitaba. “Ya, vuelva pasado mañana”, me dijo, luego de revisar la carpeta y entregarme un recibo.

“No capan dos veces al toro”, reza el dicho popular; de modo que volví a recoger la copia legalizada cinco minutos antes del mediodía, calculando que el descanso salteñero ya habría terminado. Y, en efecto, así fue, pero lo que no había terminado era mi trámite: “Todavía no está, joven. Vuelva mañana o… más seguro, el lunes”.

Para evitarme dolores de cabeza y ataques biliares, retorné una semana después, creyendo, ingenuamente, que el trámite ya estaría concluido. “No, todavía no ha salido su copia. ¿Seguro que presentó todos los papeles?”, expresó el encargado, tras revisar el cuaderno de registros. Ya no pude aguantar más; solté mi rabia a viva voz: “¡Usted mismo revisó que los papeles estuviesen completos! ¡Cómo es posible que hagan perder el tiempo…!”. Sin inmutarse, el tipo escuchó todo mi desahogo, incluso asintiendo con la cabeza. “Le entiendo”, dijo cuando me callé, “pero estos trámites son así; a veces se estancan por macanitas”, e inclinándose hacia mí, continuó en voz baja: “para que salgan rápido, haya que meterle aceite…”. A buen entendedor, pocas palabras: saqué el aceite de mi billetera.

Con cinismo inaudito, el encargado revisó a contraluz el billete de 50 pesos para comprobar si no era falso; recién entonces lo guardó en su bolsillo y el aceite hizo efecto inmediato: de un cajón extrajo mi fólder, ubicó la fotocopia de mi título y le estampó el sello seco de la UMSA. “Ya está, joven”, me dijo sonriendo, a tiempo de entregarme la carpeta.

Me fui de allí con sentimientos encontrados: por un lado, estaba contento por finalmente haber obtenido el documento; por otro, estaba indignado por haber tenido que aceitar un trámite por el cual ya había pagado. No es que nunca antes hubiese tenido que lubricar los engranajes de la burocracia, pero no creía que incluso en la universidad la “aceiteada” fuese necesaria.

Lo peor de todo fue que, al compartir la mala experiencia con un amigo, este me dijo con tono burlón: “Y… ¿no te está ardiendo?”. “No entiendo, ¿qué quieres decir?”, repliqué confundido. “Es que la aceiteada para esas cosas es 10 pesos o dos salteñas, pero nunca cincuenta mangos”, me explicó, “o sea que te la metieron doblada… ¡y sin aceite!”. A punto estuve de mandar a la mierda al chistosito, pero sus palabras habían hecho efecto en mi psiquis, por lo que tuve que correr a la farmacia para comprar un ungüento que me quitase el ardor en el… ánimo.

Ya que la “aceiteada” está prácticamente institucionalizada, considero que es necesario el establecimiento de un “tarifario oficial”, de modo que los usuarios no lubriquemos más de lo debido ni tengamos escaldaduras dolorosas. Presentaré, por escrito, esta sugerencia a la jefa de reclamos y, lógicamente, adjuntaré a la nota un paquete de salteñas.

8 opiniones

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  • 3/11/2009 - 4:58 am
    estido opinó:

    Albanella: Tienes razón, si la lubricada ya es una norma, debería aportar al fisco emitiendo factura. Pero, como no es así por el momento, no queda más que aceitar y evadir. Un abrazo.

    Citizen: En La Paz también es prohibido aceitar… claro que la mayoría nos cagamos en la prohibición, y lo digo con vergüenza. Sin embargo, tampoco se puede desconocer que la lubricada resulta conveniente algunas ocasiones. Un abrazo.

    Vania: Efectivamente, fuiste muy antipática, por no decir discriminadora; ¿cómo se te ocurre ningunear una notaría por el simple hecho de su desorden y limpieza? Tienes que considerar a los pobres notarios, que no sólo deben trabajar atendiendo asuntos ajenos, sino también soportando el mal humor de algunas doñas impacientes. Un abrazo.

    Ale: Bueno, vos ya estás complicando la cuestión. Si normamos todo, incluyendo códigos e incisos, va a aparecer una nueva especie de funcionario público: el experto en tarifación aceitera, quien, a su vez, va a exigir su dosis de lubricante para determinar la cantidad de lubricante que el trámite requiere… Muy jodido. En todo caso, bienvenido el aporte. Un abrazo.

    Augus: Si Kafka hubiera sido paceño, Gregorio Samsa no habría despertado convertido en cucaracha, sino en oficial de tránsito, valga la redundancia. Un abrazo.

    Sergio: Ocurre en todas partes, pues el aceite es un elemento indispensable de la canasta familiar. Un abrazo

  • 28/10/2009 - 11:35 am
    Sergio Leon Lozano opinó:

    Es la pura verdad, de la misma manera sucede acá en Cocha y más si tienes un pinta nada burocrata y peor si eres estudiante.

  • 28/10/2009 - 11:29 am
    Sergio Leon Lozano opinó:

    Es la pura realidad e incluso es peor acá en Cochabamba y más si tienes una pinta nada burocratica.

  • 25/10/2009 - 6:00 pm
    Hefesto opinó:

    Willy, por un lado, esta crónica me lleva a pensar que si Kafka hubiera nacido en Bolivia, su obra habría sido más prolífica, también más cómica. Más prolífica, porque hubiese tenido un material ilimitado para sus historias de esperas sin fin y laberintos burocráticos; más cómica, porque, ante situaciones como la que cuentas, hay que elegir nomás entre reír y llorar –o matar. Y, por otro lado, entrando en cuestiones menos ficticias, te cuento que tu historia me ha dado un antojo de salteñas del que pienso desquitarme apenas baje del avión. Por cierto, ¿has pensado en enviar, junto con tu sugerencia, una olla bien caliente de “Cabeza de cordero”? Curando el ch’aki de los encargados, quién sabe, hasta se podría agilizar los trámites nuestros de cada día.

  • 23/10/2009 - 6:04 pm
    flacazul opinó:

    Ja, totalmente de acuerdo! Habría que de una vez terminar de aclarar esto de los “códigos”, para tenerlos claros y no dejarnos tomar el pelo con las aceitadas respecitvas: -De acuerdo al trámite, lo suyo joven, es código 50 (50bs); o código 10 + 2 (10bs con sus dos salteñas respecitvas).
    Se pueden añadir incisos a cada código, para especificar el gusto del aceitoso al otro lado del mosotrador… onda, picante o sin aceituna, joven, por favor.

    Un abrazo Estido!! Votemos porque escuchen esto las más altas esferas de la burocracia así, por lo menos, aceitamos lo “correcto” para cada trámite.

  • 23/10/2009 - 10:49 am
    Vania B. opinó:

    A parte de las aceitadas odiosas, otra cosa que deprime es ir a las oficinas públicas. La mayoría son tan descuidadas que deprimen hasta al más optimistas. Hace un tiempo me tocó hacer un Testimonio en una Notaría que era de película: adornada de pared a pared con unos búhos de todo material más feos que pegarle a la madre, inciensos, una alfombra más empolvada que momia de pirámide falsa, las paredes pintadas de un “tumbo” mugre como cocina de fonda, las sillas incómodas y un desoredn de papeles que no entendía cómo alguien podía ubicar un trámite entre tanto despepe. Quizá fui muy antipática, pero me negué a hacer cualquier trámite en ese recinto que más que Notaría parecía la cueva de alguna bruja jubilada, así que conseguí otro Notario con un poco más de gusto para la decoración y ORDEN.

    Cambiando de tema, hoy leí la noticia del Premio de Video en el periódico, Felicidades chicos!!!!!! me muero por ver el corto, y más con el Humito como protagonista.

    Un enorme abrazo.

  • 22/10/2009 - 3:00 am
    Citizen opinó:

    Yo soy mailisimo para lubricar o aceitar tramites, la unica vez que tuve q hacerlo fue para la licencia de conducir y recuerdo que temblaba de nervios ante las bromas de la policia q era acreedora de dicha aceitada. Entre sus bromas dijo “apurese joven, pucha con ud. dificil debe ser robar” o la otra que si me hizo reir fue “joven me quiere acompanar a un seminario? yo le pregunte de que era y ella respondió -sobre como eliminar la corrupcion”

    Siempre se ha dicho q en sudamerica el que no afana es un gil y tb se aplica la de el que no soborna no sobrevive, debe ser por eso q me he venido a tierras mas frias en la que los tramites tardan pero si es prohibido aceitar.

  • 22/10/2009 - 1:50 am
    Albanella opinó:

    Ay.. esas “aceitadas”!! Coincido con vos, sería necesario elaborar un tarifario de coimas y poder recibir facturas o recibos por los pagos. Ya me ocurrió que cuando estaba haciendo un trámite para mi C.I. tuve que “empujar el proceso” y para el pago correspondiente, me dieron tal descripción del destino de las partes del dinero que estaba “donando a la agilidad de la institución”, que casi casi pido factura. Pasada esa experiencia y no exactamente por gusto, ya he tenido que utilizar “el lubricante” varias veces más.

    Saludos civiles!!

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