Realismo histérico, la condición vertiginosa de la literatura

Hace ya algunos años, la sensual y enormísima bestia crítica que es Harold Bloom indicó que cuatro son los autores de ficción vivos más importantes de Estados Unidos: Philip Roth, Cormac McCarthy, Don DeLillo y Thomas Pynchon. No sé si en la ficción y en la crítica se da un fenómeno de seguimiento parecido al de la música, pero en este caso no puedo hacer más que declararme un groupie total: concuerdo con Bloom con muchísima emoción, a un paso del onanismo. De Roth es prácticamente imposible decir algo nuevo y halagador que no se sume a la montaña de premios y distinciones que se le vienen haciendo hace años. Lo único que se le podría reclamar es tal vez su falta de amor hacia Larry David, motivada por una comprensible aversión a la caricatura racial que, considera, David hace del judío estadounidense en Curb Your Enthusiasm. De McCarthy, recientemente más en boga gracias a los hermanos Coen, no puede dejar de mencionarse su tremenda violencia, cruda y apabullante como nada en la literatura actual, y quizás mejor que nunca expresada en su arrolladora totalidad en la figura cruel y seductora del Judge Holden en Blood Meridian, tal vez junto a The Road su mejor novela. Don Delillo, por su lado, el único de los cuatro que ha tocado abiertamente el tema del 9/11 y el terror en Falling Man, ha sido también el único que lo predijo con clarividencia pasmosa, en novelas como White Noise y Libra, en las que la magnificencia de la prosa resalta una temática fantasiosa y conspirativa que reinventa incluso el papel de Lee Harvey Oswald en la historia. Pynchon, por último, tal vez para mi gusto el mejor de los cuatro, es quien quizás expresa de mejor forma la que ha sido llamada la novela postmoderna, sobre todo en Gravity’s Rainbow, V. e incluso en la miniatura que es The Crying of Lot 49: mucho juego, mucha meta-narrativa, parodia y la profunda inmersión de la ficción en una risueña e intelectualmente provocativa crítica de la cultura que, para serlo, se vale de elementos tradicionalmente considerados menores. ¡Cosas del azar! Los dos primeros exponentes de este tremendo cuarteto, Roth y McCarthy, tienen ambos 76 años. Los segundos, DeLillo y Pynchon, tienen 72. Es en éste último en quien quiero concentrarme.

Pynchon es uno de los autores que consolidó la inclusión en la ficción de elementos como teorías de conspiración, cyberpunk, trash culture, pulp fictions, comics, distopía, ciencia ficción, tecnología, matemáticas, ingeniería, literatura policial y una ironía corrosiva nacida de una profunda erudición pop. Quizás, de esta manera, su mayor gesto se encuentre en aquella firma que en un sólo movimiento destila humor negro y consagra al exceso, la exploración sin límites. La suya es una vitalidad desbocada que se traduce en la intrusión de episodios y personajes que desafían y provocan los límites de la posibilidad. Así, en V. (1963), V es una mujer que recorre la historia del siglo XX y pasa de ser una jovencita desflorada en El Cairo a una cyborg espía durante la Segunda Guerra Mundial, de una rata en las alcantarillas de New York a una lesbiana en París; en The Crying of Lot 49 (1966), Oedipa Mass descubre una conspiración a nivel mundial entre dos compañías de correo; en Gravity’s Rainbow (1973), Tyrone Slothrop, rozando el absurdo, sufre de erecciones asociadas con el lanzamiento de misiles V.2 por parte del ejército Nazi, etc. A la par del realismo mágico que encuentra su auge en Latinoamérica en las décadas de los sesenta y setenta, la literatura de habla inglesa de la época encuentra en escritores como Pynchon a sus mejores exponentes. Las diferencias de esta literatura con el boom, sin embargo, son notables. Mientras que la ficción Latinoamérica parece alejarse de la crítica social y cultural directa, la literatura norteamericana encuentra en ella su fundamentación. Mientras la primera abole las convenciones del realismo, Pynchon -y la seguidilla de figuras que viene detrás o a su lado- las trabaja y explota hasta el límite. Mientras un movimiento es reconocido y celebrado como realismo mágico, el otro es difícil de clasificar y sus efectos llegan a lugares y cimas insospechadas. Mientras el boom fue sobre todo un fenómeno editorial concentrado en una década, lo que pasa en U.S.A. se fue dando a cuentagotas desde los sesenta y continúa hasta hoy.

La crítica ha reaccionado de diversas maneras frente a esto. Desde Harvard y desde principios de la década, el crítico inglés James Wood ha venido dando un palo severo e ininterrumpido a lo que considera una especie de enfermedad de la novela postmoderna. Wood, atento a las ondulaciones de la historiografía literaria, para desde principios de 2000 la oreja y entorna los ojos concentrado en detectar en la lectura los rasgos de lo que bautiza, tal vez algo ingeniosamente, como realismo histérico. And he’s got a point! No se crea que no. De alguna manera siguiendo al Bloom de The Western Canon, motivado por lo que considera una falta de preocupación por “la estética, lo contemplativo, por novelas que no nos digan cómo el mundo funciona sino cómo alguien se siente frente al mundo”, dice: “El realismo histérico no es exactamente realismo mágico, sino el siguiente paso del realismo mágico. Está caracterizado por el miedo al silencio, es una máquina de movimiento perpetuo que parece haber sido forzada a aumentar todo el tiempo de velocidad. Historias y sub-historias nacen a cada página. Hay una persecución de la vitalidad a cualquier costo. Algunas novelas recientes de Rushdie, Pynchon, DeLillo, Foster Wallace y otros nos han presentado a un magistral músico de rock que tocaba air guitar desde la cuna (Rushdie); un perro que habla, un pato mecánico y un queso gigante y octogonal (Pynchon); una monja obsesionada por gérmenes que podría ser una reencarnación de J. Edgar Hoover (DeLillo); un grupo terrorista dedicado a la liberación de Quebec que se mueve exclusivamente en sillas de ruedas (Foster Wallace)…”. Hasta aquí la afinidad con el dinosaurio de Yale.

Pese a que se trata de nada más que de una estructuración basada en una falacia de principio, una separación no existente, algo de cierto hay en ella, en la crítica de Wood. La segunda mitad del siglo XX hasta hoy ha sido la cúspide de una literatura consagrada a desarrollar y profundizar la condición vertiginosa de nuestra humanidad. Casi no hemos descansado, no hemos parado un solo momento, ocupados en escribir y leer historias que muestren las luces claras y oscuras de nuestra edad, muchas veces valiéndonos de extremos cercanos a la pirueta y el artificio. En las páginas de estas novelas casi unánimemente extensas (la intensidad del proyecto puede verse también en su extensión, casi ninguna baja de 500 o 600 páginas) la ciencia ficción se ha convertido así en ciencia, el pastiche en original puro y prístino, y la multiplicación de historias bajo una sola trama se ha convertido casi en el gesto postmoderno por excelencia. Esto, sin embargo, no es síntoma de un mal. Es la propuesta de una realidad mucho más dinámica, urgente, consciente de sí misma. ¿Cómo narrar honestamente un mundo, una persona, una escena de la vida, sino tomando en cuenta y trabajando el complejísimo tejido histórico-social-económico-cultural-informativo que nos precede? La mentira de que el mundo se reduce a los dos metros del baño y el dormitorio, y de que todo lo que vale la pena en la vida se encuentra allí, ejemplifica una flojera patológica, una pereza terrible de abrir la puerta de la calle y salir de la casa. Pese al mareo y la aparente tendencia hacia lo artificioso que posiciones como la de Wood quieren ver en la literatura actual, lo más entrañable se encuentra precisamente allí, entre el estatismo y la velocidad, en el punto de intersección, en la exploración de esa necesidad doble tendida entre los polos del desarrollo y la justeza, el giro evolutivo febril y descentrado, y la intimidad. Esa es la apuesta, la ilusión de totalidad como forma de vida y escritura. El vértigo es el tamaño de su esperanza y también su ambición.

Valga esto como introducción a la llegada de la última novela de Thomas Pynchon, ese gran maestro de la ficción postmoderna y la ficción sin etiquetas. El autor recluido y huidizo de la prensa, sólo comparable a Salinger en su afición de incógnito, del que se conocen sólo un par de fotos de su adolescencia y juventud, sobre cuya locación y verdadera identidad se han dicho muchas cosas y formulado múltiples teorías conspirativas (que en realidad no existe y es el nombre común de un grupo de escritores negros, que en realidad es el mismo J. D. Salinger, que en realidad es Ted Kaczynski, el Unabomber, etc.), el mismo que ha aparecido dos veces en Los Simpsons, publicó este 4 de agosto Inherent Vice, sobre la que la página de Penguin Press dice: “Part noir, part psychedelic romp, all Thomas Pynchon — private eye Doc Sportello comes, occasionally, out of a marijuana haze to watch the end of an era as free love slips away and paranoia creeps in with the L.A. fog”.

Aquí ya la esperamos con la lengua fuera.

3 opiniones

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  • 17/09/2009 - 3:26 am
    estido opinó:

    Pucha, yo jamás leí algo de Pynchon; supongo que se debe a lo que comentaron antes, que no se puede hallar sus textos en Bolivia. En fin, de todos modos, me dieron ganas de leerlo.
    Un abrazo, Chebas… perdón, quise decir: “V.”

  • 15/09/2009 - 9:05 am
    V. opinó:

    Así nomás es, Pablo. Lamentablemente, fuera de que Pynchon es bastante poco conocido en países como Bolivia, el grueso de las traducciones del inglés y otros idiomas (incluso de obras ya consagradas y escritas hace 30 o 40 0 50 años) no llegan a nuestro mercado editorial en miniatura. Tusquets ha editado ya al castellano una buena parte de la obra de Pynchon, pero hasta poder leer Inheret Vice seguro vamos a tener que esperar unos buenos años. Mientras tanto, a darle al original nomás, ppor internet o donde sea.
    Saludos y nos estamos viendo por aquí!

  • 10/09/2009 - 3:13 pm
    Pablo L opinó:

    Ay Pynchon! La diferencia es que a Roth lo conseguimos hasta en versiones piratas (”Elegía” y el primer libro que sacó cuyo nombre no recuerdo)…que delicia leer a Roth! Con Pynchon tendremos que conformarnos a leer las versiones digitales que circulan en internet (que no es poco) y en inglés. Tal vez una buena huelga de hambre de lectores ávidos, que como se saben tienen mucho tiempo libre, solucionaría el asunto.. Felicidades por el artículo y por el sitio en general! Estaremos atentos a todas las publicaciones, compañeros!

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