Los Brujos del Cono Sur
Los Brujos del Cono Sur
Hay todavía demasiados ‹‹adolescentes que hallan
placer en violar los cadáveres de hermosas mujeres
recién muertas›› (Lautreamont), sin advertir
que lo maravilloso estaría en violarlas vivas.
Alejo Carpentier

La Omnisciencia occidental y el descubrimiento del agua tibia
La visión occidental de la Historia establece dos rigurosos períodos para su estudio: la Pre-Historia y la Historia. La propia concepción del primer período admite una ausencia de hechos significativos que puedan formar parte de la categoría que recoge los principales acontecimientos del pasado. Para Europa, la Pre-Historia se engarza visualmente con dinosaurios, valles inmensos y hombres de las cavernas que cazan tigres de afilados colmillos a fuerza de palos. Sin embargo, según la visión occidental, para América, la Historia comienza con la llegada de los conquistadores, con el arribo de la civilización que en nombre de Dios desembarca espadas, armaduras y cruces. La cultura nativa sufre profundos cambios y la cosmovisión occidental comienza a apoderarse de los territorios conquistados. La colonización no solo es económica, política y social, sino además cultural: las artes, tradiciones y costumbres autóctonas son relegadas a un segundo plano. La mayoría de las colonias se convierten en pobres copias culturales de las metrópolis.
Desde entonces Occidente funda, bautiza y designa. Europa se ratifica como la cuna del arte, y los principales representantes latinoamericanos de corrientes artísticas y literarias, pasan largas temporadas en Francia, Italia y España, absorbiendo lo que, supuestamente, no encuentran en sus propias regiones. No es sino hasta las décadas de 1960 y 1970, que el trabajo de un grupo de novelistas latinoamericanos relativamente jóvenes es ampliamente difundido y distribuido en Europa (o sea, en todo el mundo). Este hecho es conocido como el Boom latinoamericano, fenómeno que, más que una explosión, fue un eco que recorrió varias regiones del Sur: Argentina (Julio Cortázar); México (Carlos Fuentes); Perú (Mario Vargas Llosa); Colombia (Gabriel García Márquez); Chile (José Donoso), etc.
El Boom latinoamericano no fue un movimiento que surgió como producto de la suerte, ni mucho menos como producto del éxito acumulativo de los conjuros lanzados durante siglos por los artistas de Latinoamérica. Los antecedentes históricos y el contexto resultaron fundamentales para el surgimiento y el desarrollo de este movimiento: las décadas de 1960 y 1970 fueron períodos de agitación política en toda América Latina. La Revolución cubana triunfa en 1959 y los Estados Unidos fracasan en su intento de derrocarla a través del desembarco por Playa Girón. Los regímenes militares autoritarios gobernaron Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Perú. En Chile, el presidente Salvador Allende fue derrocado y reemplazado por el general Augusto Pinochet. Se agudizó la lucha violenta y prolongada de las guerrillas urbanas, brutalmente reprimidas en Argentina y Uruguay. La violencia no encontraba fin en Colombia.
Sudamérica pasó del anonimato a la noticia.
Se produjeron cambios importantes en la percepción de la literatura latinoamericana, un aumento en la comunicación entre los países de América Latina, un cambio en la auto-percepción del español por los novelistas estadounidenses y, por encima de lo demás, las editoriales europeas centraron su atención en los autores latinoamericanos.
Existen desacuerdos en cuanto a la obra que debe ser considerada la primera novela del Boom. Para algunos sería Rayuela (1963) de Julio Cortázar; otros defienden La ciudad y los perros (1962) de Mario Vargas Llosa, Hijo de hombre (1959) de Augusto Roa Bastos, Hombres de maíz (1949) de Miguel Ángel Asturias, El túnel (1948) de Ernesto Sábato o El pozo (1939) de Juan Carlos Onetti. Lo fundamental es que las novelas del Boom son esencialmente modernistas. Tratan el tiempo de una manera no lineal, suelen utilizar más de una perspectiva o voz narrativa y cuentan con un gran número de neologismos (la acuñación de nuevas palabras o frases), juegos de palabras e incluso blasfemias.
Según la “Guía del boom hispanoamericano”, publicada por el sitio web español “Proyecto Aula”, las principales características de este movimiento radican en la ampliación de temas, indistintamente rurales o urbanos, la integración de lo real y lo fantástico, la renovación de las técnicas narrativas y la frecuente experimentación con el lenguaje. El Boom hace énfasis en la fusión de lo real, lo ideal y lo fantástico, con la urgencia de crear una literatura distinta, ajustada al avance de las comunicaciones y a la solución de problemas morales, psicológicos y sociales. Esta guía establece dos fases para el desarrollo del boom latinoamericano. Entre los más destacados autores de la primera fase, figuran los argentinos Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Ernesto Sábato, Manuel Mujica Láinez, Manuel Puig y Adolfo Bioy Casares; los colombianos Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis; los mexicanos Octavio Paz, Juan Rulfo y Carlos Fuentes; los cubanos Alejo Carpentier, José Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante; los peruanos Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce Echenique y José María Arguedas; los uruguayos Juan Carlos Onetti y Mario Benedetti; los chilenos José Donoso y Jorge Edwards; el paraguayo Augusto Roa Bastos; el guatemalteco Miguel ángel Asturias y el venezolano Arturo Úslar Pietri.
Una segunda fase, conocida también como el post-boom o el boom junior –según el libro Nueva narrativa hispanoamericana (1981) de Donal Shaw–, prosigue con los chilenos Roberto Bolaños e Isabel Allende, el argentino César Aira, el colombiano Fernando Vallejo, el cubano Reinaldo Arenas, el mexicano Jorge Volpi, el peruano Jaime Bayly y otros como Laura Esquivel, Rodrigo Fresán, Ángeles Mastretta, Luis Sepúlveda, Gioconda Belli y Cristina Peri.
Los términos para designar a esta segunda hornada de escritores han sido muy discutidos, algunos defienden que un nombre más justo sería el de ficción postmoderna, pues de algún modo estos creadores trataron de distanciarse de las características que enmarcaron la narrativa del Boom, por tanto, no constituyen una continuidad de los principios estéticos establecidos o popularizados por la narrativa precedente, a pesar de que sus autores se hayan servido de muchas de las innovaciones introducidas por ella.
La literatura del Boom rompe las barreras entre lo fantástico y lo mundano, transforma esta mezcla en una nueva realidad. Bajo el contexto del Boom se desarrolla y pone de moda el uso del “realismo mágico” y lo “real maravilloso”.
El crítico venezolano Alexis Márquez expresa que en la obra de García Márquez la magia está en el artista, en su óptica, en la perspectiva desde la cual, con su fantasía, con su imaginación, conoce la realidad, la subjetiviza y la hace objetiva en su obra. En el caso de Alejo Carpentier sucede lo contrario. El autor es un vehículo, un testimoniante de la realidad, que en sí misma es maravillosa. La magia, la fantasía, no parten del hombre que crea, sino del mundo que es recreado.
La realidad que circunda el mágico mundo en que vivimos
…la verdad no parece verdad simplemente porque
lo sea, sino por la forma en que se diga.
Gabriel García Márquez

La discusión, en términos de fechas y personajes fundacionales, siempre es diversa. Se conoce que la expresión “realismo mágico” fue usada inicialmente por un crítico de arte alemán, Franz Roh, para describir una pintura que demostraba una realidad alterada. Luego llegó a nuestra lengua con la traducción, en 1925, del libro Realismo mágico (Revista de Occidente, 1925) y fue introducido a la literatura hispanoamericana por Arturo Úslar Pietri en su ensayo El cuento venezolano.
El realismo mágico funde la realidad narrativa con elementos fantásticos y fabulosos, no tanto para reconciliarlos, como para exagerar su aparente discordancia. El reto que esto supone para la noción común de la “realidad” lleva implícito un cuestionamiento de la verdad que, a su vez, puede socavar de manera deliberada el texto y las palabras, y en ocasiones, la autoridad de la propia novela. El realismo mágico muestra lo irreal o extraño como algo cotidiano y común. No es una expresión literaria mágica, su finalidad no es suscitar emociones, sino más bien, expresarlas, y es, sobre todas las cosas, una actitud ante la realidad. Del mismo modo, comparte ciertas características con el realismo épico, como la pretensión de dar verosimilitud interna a lo fantástico o irreal, a diferencia de la actitud nihilista asumida originalmente por las vanguardias como el surrealismo.
Debemos tener en cuenta, además, que la tendencia a fundir lo real con lo fantástico no es algo privativo del realismo mágico en el contexto del boom latinoamericano. Ya existía en las obras de novelistas y escritores como François Rabelais, Laurence Sterne, Massimo Bontempelli –con sus novelas del ciclo La Vida intensa–; también funcionan como precedentes más inmediatos las novelas del ruso Vladimir Navokov o del alemán Gunter Grass.
Para muchos críticos, el florecimiento del realismo mágico se produjo a raíz de las discrepancias surgidas entre la cultura de la tecnología y la cultura de la superstición, elemento tácito de los pueblos latinoamericanos, y tenido en cuenta, por ejemplo, en la novela de García Márquez Cien años de soledad. Del mismo modo, como ya se apunta en el acápite anterior, el auge de las dictaduras políticas convirtió la palabra en una herramienta infinitamente preciada y manipulable. Se considera que la novela Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, es la iniciadora de esta corriente literaria en Latinoamérica, aunque hay muchos que aclaman como padres del realismo mágico a Juan Rulfo, con Pedro Páramo, y Arturo Úslar Pietri, con su cuento “La lluvia”.
Entre los brujos practicantes del realismo mágico se encuentran: Miguel Ángel Asturias, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y, sobre todo, Gabriel García Márquez, el sacerdote principal en esta cofradía de hechiceros. Sus conjuros e invocaciones, al decir de algunos críticos, han influenciado la obra de muchos autores universales, entre ellos, el italiano Ítalo Calvino, el checo Milán Kundera y el inglés Salman Rushdie.
La investigadora cubana Mercedes Santos Moray, en el prólogo a El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, expresa que el dictador (personaje central de la novela) –y toda la historia en la que se encuentra inmerso y que desde él se narra– permite ahondar en un sistema, en una realidad asentados en la violencia, en un entorno a veces verdaderamente inusitado para la lógica, donde los lectores que no han vivido, de alguna forma, esta historia, podrían considerar que están ante una obra de ciencia-ficción.
Esta idea, aunque un poco vaga y generalizadora, no deja de ser acertada. El otoño del patriarca trata de dar, al igual que otras novelas del propio autor –como Cien años de soledad (1967) o Crónica de una muerte anunciada (1981)– el hecho grotesco, pero real, fantástico, absurdo, pero cierto, de una gran farsa que es, a su vez, una gran verdad.
En una entrevista, Gabriel García Márquez dijo: “Mi problema más importante era destruir la línea de demarcación que separa lo que parece real de lo que parece fantástico. Porque en el mundo que trataba de evocar, esa barrera no existía. Pero necesitaba un tono inocente, que por su prestigio volviera verosímiles las cosas que menos lo parecían, y que lo hicieran sin perturbar la unidad del relato. También el lenguaje era una dificultad de fondo, pues la verdad no parece verdad simplemente porque lo sea, sino por la forma en que se diga”.
Hasta dónde los ojos de la realidad puedan ver el maravilloso horizonte: Lo real maravilloso en la obra de Alejo Carpentier
¿Pero qué es la Historia de América toda
sino una crónica de lo real maravilloso?
Alejo Carpentier
Quizás el aporte literario y filosófico más importante de Alejo Carpentier (La Habana, 1904-París, 1980), fue la concepción de lo real maravilloso como teoría y método de asumir la realidad, y representarla en su obra. El contacto directo de Carpentier con lo real maravilloso tuvo lugar durante su permanencia en Haití, donde millares de hombres ansiosos de libertad creyeron en los poderes licantrópicos de Mackandal, a punto de que esa fe colectiva produjera un milagro el día de su ejecución. Carpentier conocía la prodigiosa historia de Bouckman, el iniciado jamaicano; había estado en la ciudadela La Ferreire, obra sin antecedentes arquitectónicos y había respirado la atmósfera creada por Henri Christophe, monarca de increíbles empeños: a cada paso hallaba lo real maravilloso. Pensaba además, que la presencia y la vigencia de lo real maravilloso no era un privilegio único de Haití, sino patrimonio de la América entera.

Lo real maravilloso se encuentra a cada paso en las vidas de los hombres que inscribieron fechas en la Historia del Continente, desde los buscadores de la Fuente de la Eterna Juventud, de la dorada ciudad de Manoa, hasta ciertos héroes de nuestras guerras de independencia de tan mitológica traza, como la coronela Juana de Azurduy. A Carpentier le parecía significativo el hecho de que en 1780, unos cuerdos españoles, salidos de Angostura, se lanzaran todavía a la búsqueda de El Dorado y que en días de la Revolución Francesa, el compostelano Francisco Menéndez anduviera por las tierras de la Patagonia, buscando La Ciudad Encantada de los Césares.
Alejo Carpentier establece un principio básico para comprender su teoría acerca de lo real maravilloso: “la sensación de lo maravilloso presupone una fe”
De tal modo que los que no creen en santos no pueden curarse con milagros de santos, ni los que no son Quijotes pueden meterse, en cuerpo, alma y bienes, en el mundo de Amadís de Gaula o Tirante el Blanco. Carpentier hace referencia a ciertas frases de Rutilio en “Los trabajos de Persiles y Sigismunda” para fundamentar su idea de que lo maravilloso invocado desde el descreimiento (escepticismo o ateísmo) no es más que una artimaña literaria con sabor a falsedad, y por demás, aburrida.
En tiempos de Cervantes, explica Carpentier, se creía en gente aquejadas de manía lupina (se convertían en lobos); Marco Polo admitía que ciertas aves volaran llevando elefantes entre las garras; Lutero vio de frente al demonio y le arrojó un tintero a la cabeza; Víctor Hugo creía en aparecidos, porque estaba seguro de haber hablado, en Guernesey, con el fantasma de Leopoldina. De tal modo, para Carpentier (como también lo fue para el francés Emile Zolá, uno de los principales representantes del realismo) hay escasa defensa para poetas y artistas que loan el sadismo sin practicarlo, admiran el supermacho por impotencia, invocan espectros sin creer que respondan a los ensalmos y fundan sociedades secretas, sectas literarias, grupos vagamente filosóficos, con santos, señas y fines-nunca alcanzados-, sin ser capaces de concebir una mística válida ni de abandonar los más mezquinos hábitos para jugarse el alma sobre la temible carta de una fe
Intentando resumir la tesis carpenteriana: en la América nuestra (de la cual nuestra Isla no está exenta, al contrario, aporta rasgos significativos y muy particulares a la verosímil unión entre lo real y lo maravilloso-fantástico-onírico-absurdo-trepidante) lo maravilloso forma parte de la realidad cotidiana, mientras que en Europa, donde los discursos han sustituido a los mitos, lo maravilloso es invocado con trucos de prestidigitador.
Tal concepción se plantea de manera reiterada en la obra ensayística de Carpentier y anima la escritura de las seis novelas que sucedieron a El reino de este mundo: Los pasos perdidos (1953); El siglo de las luces (1962); Concierto Barroco (1974); La consagración de la primavera (1978) y El arpa y la sombra (1979). En todas ellas se presenta, aunque con las variaciones propias del caso, la contraposición de una América mítica y promisoria versus una Europa fatigada y racional. El centro del contraste se asienta en las diferentes maneras en que una y otra culturas conciben lo maravilloso. Según la tesis carpenteriana, en América lo maravilloso se suscita de manera objetiva en la propia realidad, gracias a la fe de la colectividad en el milagro, mientras que en Europa es el resultado de la inventiva personal del escritor y tiene, por tanto, un carácter fantasioso y necesariamente subjetivo.
Aunque por otra parte no debemos olvidar (según las teorías filosóficas que desacreditan la existencia de lo objetivo-la esencia y el sustrato de todas las cosas están permeadas por la subjetividad-) que tanto la fe colectiva, como la conciencia colectiva, la creencia, la premonición, el presentimiento, la intuición, la corazonada (yendo de un extremo al otro) poseen, sin dudas, un alto grado de visión subjetiva y propia de la persona que profesa esa fe (conciencia-creencia-premonición-presentimiento-intuición-corazonada).
Los amantes latinoamericanos de lo fantástico no necesitamos cinco temporadas de Supernatural ni un círculo analítico de lectura sobre las novelas de Harry Potter; solo nos basta abrir la ventana, acodarnos en los marcos de madera y estirar la vista hasta dónde los ojos de la realidad puedan ver el maravilloso horizonte.
¡Brujos de Latinoamérica; uníos como hermanos! (Juntos y revueltos, a fin de cuentas estamos en la era del turismo y la globalización)
El llamado “encuentro de dos culturas” (más que encuentro: encontronazo-invasión-resistencia-implantación-independencia-nacionalización-comercialización-globalización-folclorización-resignación) le otorgó forma y contenido, tanto mítico como maravilloso, ingenuo y vacuo, a una visión del nuevo continente.
Del Gran Almirante a Hegel, pasando por Amerigo Vespucci, Joseph de Acosta, el padre de Las Casas y Rousseau, le atribuyen a las Indias occidentales o al Nuevo Mundo los valores de la inocencia, la virginidad y la abundancia (elementos de los que en la actualidad carecemos casi por completo, o por completo, que no es lo mismo, pero es igual), -tierra de la eterna primavera (no soy tanto), país del noble salvaje (esta es la tierra de los mangos bajitos), generosa cornucopia- en tanto que caracterizan al Viejo Mundo por su decadencia y su decrepitud; sin saber que era solo cuestión de tiempo para que, bajo las leyes de la explotación y el mercado, el nuevo Mundo intentara copiar al viejo y se convirtiera en ese doble, que siguiendo la maravillosa historia de El Retrato de Dorian Grey, sea la imagen que lleve las arrugas como golpes de la Historia.
Después del boom y el post-boom, solo nos queda el eco retumbando en la cordillera de los Andes, en las montañas majestuosas de la nación andina y en las vanidosas lomas de nuestra Sierra Maestra; las cenizas de una maravillosa época en que la literatura latinoamericana, ya grande, se hizo visible para gran parte del mundo y nos abrió las puertas a una nueva representación como pueblos que mantenemos, a pesar de los pesares, y a pesares del pesar, nuestra propia cultura, como amplio abrevadero para las artes y nuestra Historia como fiel contexto en el cual ubicar el caudal de inventiva y creación.
El nuevo siglo impone retos para los escritores y los amantes de lo fantástico en Latinoamérica, a otros teóricos les dejo la tarea de definir hasta qué punto se puede hablar de una ciencia ficción, de una fantasía latinoamericana actual, propia, autóctona, que nos defina como somos y no como quieren que seamos. Hoy Latinoamérica es a la vez, un continente más unido y más diverso. Nuestras voces en defensa de una Historia propia, de un contexto propio y de una forma propia de hacer y decir siembran la esperanza para que el arte y la literatura de lo fantástico en nuestro continente dejen de ser amarre y espejo; para exorcizarnos de los dragones que en castillos medievales amenazan al… reino de este mundo; de cazadores primermundistas que dejan la cerveza y el video juego por un rato, para armarse de escudos ultramodernos, conquistar las estrellas y convertir en invierno el otoño del patriarca, o de alienígenas hostiles que pretendan condenar a la raza humana a morir bajo el designio de Cien años de soledad.
Hoy el frente unido de Latinoamérica puede dejar de ser solo un lema político y convertirse en palestra y tribuna para nuestra literatura. Europa, aunque lo sigue siendo, no es el único y necesario trampolín. El mito tiene la virtud de permanecer, según las palabras de ese Magno Sacerdote de la literatura bruja latinoamericana que es Alejo Carpentier: …por la formación, por la ontología, por la presencia fáustica del indio y del negro, por la Revelación que constituyó su reciente descubrimiento, por los fecundos mestizajes que propició, América está muy lejos de haber agotado su caudal de mitologías.
Nos queda mucho por contar y otro tanto por hacer. No debemos esperar un nuevo descubrimiento y mucho menos un encuentro cercano de tercer tipo. Lo maravilloso está allá afuera y acá dentro, solo necesitamos abrir nuestras ventanas, dejar que corra el aire que anuncia la nueva lluvia y mirar, todo el tiempo, mirar.

Pastor Torres Lima opinó:
Muy esclarecedor el ensayo sobre todo para los que no somos especialistas en Literatura, sólo simples lectores. Me gustaría que el autor abordara en otro trabajo que está pasando en estos momentos con la literatura más jóven en la región. Sabemos que la literatura de la nueva generación de escritores anda desperdigada fundamentalmente en cientos de sitios de internet y el lector está urgido de ser ayudado a encontrar lo mejor y a entenderlo. Gracias