Rendez-vous

Un cuento de la sección “Viajes”

Rendez-vous
Toulouse, 25 de abril
Querido amigo:
Aunque no lo creas, hoy he visto al diablo.
No es una mujer hermosa. No es un anciano venerable, ni mucho menos uno de esos engendros que pueblan la Biblia y los tratados de demonología.
Es una nena; sí, una nena que espera frente a la panadería. Lleva un vestido raído, unos zapatitos negros, el pelo recogido, y esos ojos como brasas miran fijos la vitrina llena de panes y de dulces. Me inclino sobre ella, le pregunto: “¿Y tu papá?”
Entonces, en un relámpago de hambre, me mira y mira las bolsas llenas de pan y de dulces. Esos ojos me miran, amigo, y me sujetan de inmediato las entrañas. “Quiero…”, dice, y señala las bolsas.
Nada más decirlo –me pregunto si en verdad lo dijo o si lo adiviné en su mirada–, meto la mano en una de las bolsas y saco lo mejor del pan y de los dulces.
La impaciencia de los mordiscos, del tragar ansioso, sin tregua, me llega al estómago hastiado, trabajado por los jugos gástricos. “¿Y tu papá?”, insisto.
Por toda respuesta, ella me tiende una mano tímida primero, torpe después, y finalmente tembleque –no sé si de goce o de vergüenza–. Y he aquí el sol de mediodía sobre nosotros, haciendo más desiertas las calles del domingo polvoriento.
No puedo evitar un estremecimiento al ver esas uñas negras, llenas de un emplasto parecido a la tierra y a la sangre, agarrarse del pan como de una rama en su caída hacia el abismo. “Me las comí”, dice ella, casi roja de vergüenza.
Más rojo yo, echando vistazos significativos hacia el interior de la panadería, le tiendo finalmente la mano, decidido a llevarla al albergue o a la gendarmería o al hospital o adonde sea que uno debe llevar a una nena así.
Pero le gustó mi casa. ¿De qué habrá servido que le dorara la píldora a la puerta de la gendarmería, frente al albergue, a las gradas marchitas del hospital? Un llanto incontenible, salido de madre y lleno de unos chillidos de la entraña del alma, regaba las aceras, la calzada vacía, trepaba como yedra hasta los balcones abiertos, publicando mi desgracia. En cambio, a la vista de mi pobre apartamento, de nuevo las brasas encendidas –agradecidas– y los zapatitos sobre el parqué antes de balancearse suspendidos del sillón de mis lecturas.
Tú sabes mejor que nadie, amigo mío, el vacío que tengo en las manos, en los pasos, desde hace tanto tiempo. La presencia puede borrarse –no la ausencia. Y te confieso que las manos y los pasos de mi hija y de su madre poblaron mi casa, casi físicos, hasta el día de hoy.
Tú sabes mejor que nadie que sería incapaz de hacerle daño a nadie –y menos a una niña–. Fíjate bien, entonces, en cómo sucedieron las cosas.
Bueno, llega la hora de cenar y la nena no se ha movido de su sitio. Mira fijamente el parqué, sin pestañear, casi sin respirar. Se derraman las sombras del anochecer y parece extasiada.
Unos escriben que el demonio habla latín; otros, que mezcla el italiano y el español. Lo cierto es que el demonio no habla. Desdeñoso del lenguaje humano, no condesciende a las palabras. No obstante, sabe hacerse oír mágicamente.
La prueba: susurrante cada sílaba, impregnada la voz por la saliva, sale de sus finos labios, sí, de su boquita inocente, una terrible amenaza. Se dirige a mí, lo sé. Estoy preparando la cena y levanto la vista y sorprendo sus ojos fijos en mis ojos. Bajo la vista; hago de cuenta que no he oído nada. Y el cuchillo sigue cortando los instantes en nerviosas rajas de silencio. “¿No quieres ducharte?”, me animo después de un silencio lleno hasta el borde.
Y, al volver en mí, la nena sale ya de la ducha, con una toalla envuelta en el cuerpecito, y otra, a manera de turbante, en la cabeza. Al quitársela, me deslumbra la cascada rubia de su pelo. ¡Cómo estaría de sucia para engañar a estos ojos mortales!
A la mesa, veo que agarra una muñeca. No es sólo una muñeca. Siento vértigo de sólo verla, después de años, a la mesa. “¿No tienes hambre?”, le pregunto.
Por toda respuesta, la nena aprieta –estruja– la muñeca contra su pecho. “¿No tienes hambre?”, repito con un hambre sin nombre.
Por toda respuesta, la nena balancea sus piernas desnudas. Entonces se oye, extraño tictac, el sonido pegajoso de sus pies descalzos sobre el parqué. “¿Tienes papá?”, le pregunto.
No contesta. Mira fijamente el salero y balancea las piernas desnudas. A unos metros, veo los zapatitos rotos, vacantes. Al volver la vista me doy cuenta de lo irremediable.
Ya le ha abierto la boca a la muñeca. Ya le ha abierto, con la punta del cuchillo, una brecha que sangra su inocente contenido. Y sin mover los labios, la llama por su nombre: “Josefina”, dice (pero sin decirlo) y le mete sal por la pobre boca de trapo. “¿Cómo sabes su nombre?”, le grito, eufórico de pronto.
Fogatas prendidas por un viento infernal, esos ojos me miran como si quisieran crucificarme. En un impulso ciego, el diablo destapa el salero y derrama toda la sal sobre la comida. Me asalta entonces (aún me atormenta) el penetrante olor del azufre. Y aunque no lo creas, en la montaña de sal humeante, distingo el rostro de mi hija que grita desaforada.
Pero me despierta el ruido de un plato hecho añicos y el llanto –el rugido– que atrae como un imán a la vecina. Y cuando me fijo, veo a la nena con la toalla en los pies y un alarido implacable en el pecho desnudo. Y cuando me fijo, tengo al vecindario a la puerta, que me mira con asco, al tiempo que los gendarmes me sacan a empellones de mi propia casa.
Nadie quiere oír lo que tengo que contar. Hasta el abogado me dijo con sorna: “Siga así: el asilo es mejor que la cárcel”. Como si fuera poco, soy latino. Y para colmo de males, todos creen que no existes, sólo porque no contestas al teléfono. Ya lo sé, no he dado signos de vida en meses, pero no olvides, François, que eres mi único amigo.
Seré viudo, huraño, todo lo que tú quieras; pero eso sí: no estoy loco. Locos están aquellos que se persignan al oír el nombre de Satán de mi boca ensangrentada por los golpes. Porque cuando lo has visto cara a cara, sabes –en un relámpago– que Dios no existe. Y en la noche de la celda brilla como nunca Su terrible ausencia.
REFERENCIA
Guillermo-Augusto Ruiz, EL FUEGO Y LA FABULA, La Paz, Editorial Gente Común, 2010.

Hefesto opinó:
Gracias, Carlos, por tus comentarios. Y por tu visita.
Un abrazo.
carlos opinó:
hola hefesto, t cuento q la pase muy bien leyendo tu libro, encima fue una sorprera ya q es el primer libro totalmente fantastico q leo dentro de la literatura boliviana pero capaz digo ésto por ignorante en todo caso felicidades esta bueno. un saludo pa los urbandinos y otro especial pa las urbandinas, tan simpaticas carloncho
Hefesto opinó:
Claro, Óscar, mandame tu texto, buena onda. Tienes razón, en ese ensayo hay varias reminiscencias y citas, de autores como Borges, claro, pero también como Bergson, Bachelard, Camus, etc. Creo que el ensayo no hace más que repetir lo que todos sabemos pero que, en esta época de revolución tecnológica y de información masiva, se nos olvida con frecuencia: que no sabemos nada. Pero son pajas también, ¿no? Por otra parte, buena cosa que te hayan dicho “bendito seas”, así estás recomendado desde ahorita
¡Un abrazo!
perrorabioso opinó:
He terminado el libro y La Música del asombro es el texto que me gusta más; como te dije, me da no más unas reminiscencias Borgianas, ahora que yo no soy ningún especialista, pero creo que se podría relacionarlo muy bien con la nueva refutación del tiempo; si no te molesta, lo voy a escribir y te lo envío.
Saludos.
Che hermano, esto del artículo… no sé, se está saliendo un poco de contexto. (hasta me han dicho: “que dios te bendiga” pero ese no es el punto pues jajajajaja) Veremos que pasa.
Hefesto opinó:
Aurora, Café Negro, gracias por sus comentarios. Es raro publicar estas cosas cuando Oscar, nuestro compañero urbandino, acaba de abrirnos los ojos sobre realidades tan jodidas (y no tan lejanas). Uno se siente raro, como inútil. La ficción es vanidad y persecución del viento nomás. Nada que hacer. Pero supongo que hay cosas peores…
Un abrazo y gracias por visitar la página.
Aurora opinó:
Luego de un comentario en este mismo blog compré el libro y me ha gustado mucho. felicidades. Por otro lado urbandinos, este mes es medio chenco no? jajaja
Saludos y sigan adelante!…
café negro opinó:
me gustó el cuento, tempranito en la mañana es como un café bien negro. (y al final no se sabe si la changa es lucifer o una víctima de pedofilia, o entendí mal?)