Tu nombre

–¿Vamos al Valle de las Ánimas?
–Ok.
Partimos con una botella de vino en noche de “auto de buen gobierno”. En la tranca escondí la botella debajo de mis pies. Al llegar al lugar preciso las dos montañas, los dos apus, el Illimani y el Mururata, nos miraban brillantes. Las estrellas les regalaban su luz o al revés. Hacía frío. Nos abrazamos. La Cruz del Sur estaba casi sobre la ciudad. Se dice que el 3 de mayo al amanecer, la Cruz del Sur se sitúa sobre el Illimani. Hablamos, contamos, nos abrazamos y luego felices bajamos al auto para tomarnos el delicioso vino y para charlar y enamorar. La ciudad nos mira, nos interroga, los apus están detrás de nosotros. Pregunto por el nombre de la ciudad. Nada responde, nadie habla, hemos quedado mudos de luces, vino y viento helado.
Busco tu nombre, lo despierto en los olores, lo respiro en la neblina. Corro a buscarlo, me tropiezo en el adoquín, me sumerjo en la alcantarilla, me columpio en tus heladas. No lo encuentro, no lo habito. Cinco de la mañana, hiela. Tu voz se me niega. Siete de la mañana, el sol sobre mí, los apus amanecen nublados, su ausencia es tu nombre. La noche sabe de tu voz, tu nombre lo dice. La neblina cruje, tu nombre suena escondido en los dos Apus que nos bautizaron.
Estoy sentada aquí, en el mismo lugar, con el mismo cigarrillo y con el miedo de poder contarte en un cuento, de querer enterrarte mis uñas en tu costado, porque si te cuento, si te escribo, te puedes quedar en estas páginas y no salir nunca más. Es el miedo, dueño de mis ficciones, que quiero exorcizar y quitar de estas letras que te escriben para convertirlo en profecía, nuestra profecía. El vino se ha acabado, nuestras bocas se han cansado de ahogar silencios. El nombre de la ciudad sigue siendo la incógnita que nos ha derrumbado, que ha terminado en alud de casas derrumbadas como naipes, nos hemos enterrado en lodo, en granizo, en ausencias.
Si busco tu nombre en las palabras, me voy a volver sorda. No es tu nombre, tiene que ser tu voz. Gritas, murmullas, callas y la voz que te conoce está ausente. No sé llamarte, no sé escucharte, no te conozco sino a partir de mí misma cuando busco tus rincones para llorar. Te miro de noche, te respiro.
Hay algunas cosas que se han quedado en mi retina, (no en mis oídos, vivo sorda a tu voz): una vez bajando a pie desde la Ceja, las quebradas, los perros y los basurales. Otra vez en Alpacoma, el lugar desde donde se miran dos ciudades, la sin nombre y Alpacoma, y desde allí sólo la luz de las montañas mirando. Tú sin sonar, sólo estándote, mirándonos.
Me abismas los ojos, los oculto en mi vértigo, los descuelgo desde tus alturas, me abismas los dientes, los tiemblo de frío, los lleno de viento. Quieres nombrarnos antes de que descubramos tu nombre, antes de que descubramos la grieta que separa, antes que nuestros propios nacimientos te puedan dar nombre.
¿Qué puedo reclamarte? ¿La piel de los otros? ¿El cúmulo de recuerdos que me habitan por propio deseo de no olvidarlos? ¿Puedo reclamarte tu silencio cuando muchas voces me están hablando y yo las hablo? ¿Qué te puedo decir que no te hayan dicho mis gestos? ¿Cómo puedo nombrarte si ya te han nombrado? Me suenas en todas tus calles, espero tu grito. Me sumerjo en este ruido que no deja de sonar en mi cabeza. No puedo ni siquiera disculparme porque yo soy todas esas voces, todos esos golpes, todas esas pieles y las traigo a tu lado porque así es como me siento completa, así es como espero que me alcances y me digas tu nombre. ¿Cómo hago para callar el ruido? Cómo hago desaparecer todos los sentimientos, todos los amores. ¿Cómo hago para esperarte en silencio? No puedo reprocharte tu repentina ausencia, tu falta, tu lejanía hecha montañas.
Tal vez nunca te escriba un cuento, tal vez nunca te dicte unos versos de amor. Tal vez no te dé nunca puñaladas, ni te quite la grasa de tu costado; tal vez nunca te imagine asesinada por mis manos. Tal vez. Pero eso es lo que me mueve a amarte y nunca te lo voy a decir, sólo lo voy a mirar en tus ojos.
No sé qué nos hemos hecho, tal vez nos hemos encontrado y listo; tal vez las montañas, los achachilas, no sé…

Rolando Costa opinó:
El amor, el amar no es fácil, nommbrarlo peor y contarlo no es fácil. Enamorado cuento que en su lejanía hace esperanzas amando, hace bien. Me gusta la distancia entre esos párrafos de esa otra voz (intensos) y la manera de introducirlos o encadernolos.
A mi gusto otro debería ser el título, , y otro el final. Pero eso es otra historia…
Anima opinó:
La ciudad como telón de fondo, como escenario. Otros aíres se mueven en el Valle de las Animas…otra historia se tejería en el llano.
Lo telúrico de la montaña se filtra en el amor
disfonia opinó:
Lindas imágenes, lindo cuento.