Dos imágenes de la ciudad: Cerruto y Saenz
Rubén Vargas -poeta y literato paceño- nos ofrece una entrada de lectura a las poéticas de Óscar Cerruto y Jaime Saenz -paceños también-, considerados como los principales poetas de vanguardia en Bolivia.

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Ya que se trata de mirar-reflexionar sobre la ciudad, propongo, de modo muy sumario, dos imágenes de ésta en la poesía boliviana contemporánea. La primera corresponde a la poesía de Óscar Cerruto (1912-1981); la segunda, a la poética de Jaime Saenz (1921-1986). El referente de ambas imágenes es la ciudad de La Paz, aunque, casi no hay necesidad de decirlo, lo que estos poetas hacen es inventar, en el más alto sentido, una ciudad. Y el poder de esa invención se plasma en imágenes que pueden operar –de hecho la hacen– ese complejo proceso de reconocimiento y desconocimiento que mejor define la noción de imagen que aquí interesa.
1.

Estrella segregada (1973) es uno de los nudos más importantes de la obra poética de Óscar Cerruto. El libro se abre con el poema “El resplandeciente” (Illimani en lengua aymara) en el que emerge con toda nitidez una imagen de la ciudad. Esta imagen se construye con una lógica opositiva: la montaña, arriba, y a sus pies la ciudad. La montaña –“enigma de fulgor y escalofrío”, “pira mineral”, “casa de los hálitos astrales”, “ardua torre”– asiste a un “hervidero de la vehemencia” que se teje a sus pies, a la “comedia carcomida por el tiempo del disturbio”, al río del “débito y la fábula”, a las “cancerosas calles tatuadas por el orín y las blasfemias”, a la “plaza que huele a epitafios”. En esta imagen, la eternidad de la montaña se opone a la agonía de la ciudad. El tiempo del mito se contrasta con el tiempo de la historia, del poder, que todo lo degrada. Pero la contundencia de esta oposición –tiempo mítico / tiempo de la historia– no debería llevar a equívocos. No tienen una valoración positiva el primero y negativa el segundo. El tiempo mítico en la poesía de Cerruto también está definitivamente clausurado, como puede verse ya en Patria de sal cautiva (1958) donde la historia ha convertido a los hombres de esta tierra en una “raza de réprobos”, “alcurnia de proscritos”, los dioses han enmudecido y ha sido abrogada “la altura de la dicha por el légamo del tiempo” (“Los dioses oriundos”). El tiempo de la historia, de la caída, por su parte, es trabajado en toda su intensidad en Estrella segregada. La imagen de la ciudad en la poesía de Cerruto es, entonces, una imagen sombría, despiadada, acorralada entre un pasado que ya no puede decir nada y un presente carcomido por las “herramientas del dolo”. Frente a esto está la palabra poética, pero esta palabra no redime, testimonia: “Sólo publica el desprecio” (“Rayo contradictor”). Cerruto no cede al fácil expediente de mitificar la palabra poética. Si algún recurso hay contra el desastre de la historia es el silencio: “Una sola palabra / la no pronunciada / porque en ella está / inscrita / la dispersión de lo que amas” (“El pozo verbal”).
2.

La obra de Jaime Saenz –tanto su poesía como su prosa narrativa– está a travesada por una imagen de la ciudad. Esta imagen se construye y se desarrolla a partir de una oposición: exterioridad / interioridad. Pues, como lo dice en Imágenes paceñas (1980), “mientras una se exterioriza la otra se oculta”. Y casi no es necesario decir que a Saenz le interesa la última. En la poesía de Saenz, la imagen de la ciudad no es ni una geografía ni una historia, es un “estado” (como el Illimani, “se está”), aunque sin éstas esa ciudad no es posible: Saenz, sin localismos ni chauvinismos, es un poeta de la ciudad de La Paz. La ciudad para Saenz es el territorio de una búsqueda. Y esa búsqueda, como lo es por lo demás la dinámica de toda su obra, es la búsqueda de la realidad verdadera y de la unidad esencial. Así, para acceder a la realidad verdadera hay que atravesar el mundo de las apariencias y para llegar a la ciudad verdadera hay que atravesar la ciudad de las apariencias. Es un viaje o una peregrinación. Ya en su primer libro (El escalpelo, 1955), ese recorrido está motivado por la obediencia a las señales que hacen los espectros de la ciudad “que tienen el don del viaje y del olvido”. La imagen de la ciudad de Saenz está asociada a la interioridad –que no subjetividad, como se ha querido ver la poesía de Saenz–, a la noche –uno de sus libros esenciales se llama así–, a la oscuridad del cuerpo. La ciudad de Saenz es una ciudad interior, no marginal. La marginalidad supone una lógica horizontal, del centro a la periferia. La lógica de la ciudad de Saenz es, más bien, vertical (así se llama una de las revistas que dirigió): va de la superficie a la profundidad. Por eso la temporalidad de esta ciudad no es necesariamente la de la historia, si se entiende a ésta como una continuidad progresiva, sino más bien la del desplazamiento hacia un centro: “En las profundidades del mundo existen espacios muy grandes / –un vacío presidido por el propio vacío, / que es causa y origen del terror primordial, del pensamiento y del eco” (Recorrer esta distancia, 1973). La condición para emprender este recorrido, que llevaría a la revelación del “júbilo” y de la realidad verdadera es “saber decir adiós”, es el aprendizaje del “estar muerto”, que no es lo mismo que morir. Es, en suma, el despojarse de las apariencias para asumir la autenticidad. La imagen de la ciudad en la obra de Saenz es, entonces, una imagen “densa”: se construye por capas que progresan hacia la interioridad. Es también, en esta medida, una metáfora de su propia escritura: en esa interioridad, en el centro, aguarda una escritura, la verdadera. Esta escritura, sin embargo, es innombrable y sólo podemos saber de ella a través de las escrituras que la rodean.

Nadie se pronunció