¡Oh, linda La Paz! ¿Oh, bella ciudad?

“Objetos de la Balsa”, de David Weiss (1982). Según Sandro Alberti, la imagen refleja tensión entre belleza y fealdad.
Son las once de la noche, y lejos de tener sueño, una vez anestesiado el dolor de mi pierna rota, no puedo hacer más que pensar en lo aciago de este día.
¿Era simple fatalidad –o llamémosle destino– que haya yo tenido que salir de mi casa a la hora acostumbrada para subirme a un minibús que decidiría cambiar de ruta tras un “vamos tomar Kantutani, trancadostá la Arce”, haciendo oídos sordos a mi “pero, maestro, yo voy a la Capitán Ravelo…”, y mis peores pensamientos formando un remolino de malos deseos –“lo voy a denunciar, cómo que está trancada la Arce, y cómo sabe finalmente, ¿tiene un monitor o algo que le avisa qué calles están trancadas?”–, pero a nadie pareció importarle. Algunas quejas, más bien amagues de quejas, creí percibir y nada más: ¿resignación total en esas caras aparentemente meditabundas? No sé. A estas alturas, creo que detrás de todo lo sucedido durante el día hubo más que un mal de ojo, o un toque de mala suerte.
Tras el natural exabrupto luego de bajar donde pude para abordar la 6 de Agosto, no me quedó más remedio que apurar el paso, porque a quién le importa que se hayan cambiado las rutas de las calles con igual resultado –es decir, el mismo número de vías que suben y bajan, sólo que al revés– y tengamos los ciudadanos que adaptarnos como mejor podamos al orden del nuevo caos. Digo, bajaba apurando el paso y comprobando que no había ningún problema en la Avenida Arce para haber tenido que cambiar la ruta prevista, y que la única razón del chofer era subir más rápido, puesto que tenía el minibús completo, y más que completo, porque subí con un hombrecito pisándome los pies, sentado frente a mí –que iba en el primer asiento de atrás al lado de la ventana– acomodado como sea entre el voceador y yo, y con cara de felicidad por haber encontrado hueco en lo que, imagino, sería el único minibús que lo llevaba a destino. Inútil es negar que en ese momento una mezcla de molestia y pena se apoderó de mi garganta que no reclamó el atropello a los 25 cm. cuadrados de piso que me correspondían, y tuvo que conformarse con resoplar la injusticia y el eventual peligro de recargar así el vejestorio que ya va con alguien de más, que es el propio changuito voceador, para subir en el primer hueco que se encuentre a una cholita y su wawita y la muñequita de su wawita, pero qué se puede hacer…
Había resuelto, entonces, dejar de gastar mis dos neuronas tratando de encontrar las ventajas ocultas de nuestro modus vivendi, cuando ya en la Avenida 6 de Agosto, desplegando un paso apresurado hacia mi trabajo, tratando de adelantar a dos viejitos que avanzaban a uno por hora, meto mi pie, qué digo mi pie, ¡la pierna entera!, a un huecaso de casi un metro de extensión existente ahí, porque –luego sabría– a la Alcaldía se le había ocurrido sacar de trecho en trecho uno de esos bloques de piedras que forman las aceras para ¿plantar florcitas?, ¿arbolitos bebés? –sólo Dios sabe–, dejando esos semipozos para que gente como yo, que no adivina obstáculos, se rompa la pierna y vaya a llorar a su casa o alguna radio caritativa tamaña desgracia.
Fue dar un paso al vacío y, antes de que mi cabeza se agachara para ver dónde estaba el pedazo de suelo faltante, mi rodilla derecha ya había impactado contra el filo de la siguiente piedra, y yo, con el atontamiento, sólo me preguntaba cómo había llegado allí abajo en una calle con total apariencia de normalidad. Tenía toda la pierna izquierda metida, lo que es decir la mitad de mi humanidad, y la golpeada rodilla derecha, que molestaba cada vez más, me impedía asentar la pierna. Con todo el cuerpo torpe, no sabía ni qué parte mover para volver al nivel tierra; sin embargo, quedaba claro que algo grave estaba pasando porque un malestar desgarrante me llegaba hasta la sien. No exagero cuando digo que el golpe de pierna ha sido lo más doloroso que he sentido en mi vida.
Luego del calor que abruptamente sentí en la cara –fruto del papelón de la caída y posterior desaparición de medio cuerpo–, lo que realmente tuve fueron nauseas. Dos jóvenes me sacaron, literalmente, del hueco mientras la gente próxima me veía aletargando el paso. La herida sangraba, por lo que su “tienes nomás que ir al hospital” fue aceptado por mi cara ya deformada por el dolor, dolor que, reitero, se iba trasformando en unas especiales ganas de vomitar. Paré un taxi y le dije que me llevara al Hospital Virgen de Copacabana porque, recordando que tengo un tío paco, fue el primer lugar que se me ocurrió. Ahora que pienso, también podía haber enganchado alguna clínica de la 6 de Agosto, pero con el tráfico de esa hora, mi subconsciente captó que la ruta hacia la Plaza España podía ser la más despejada. Pese al padecimiento que sufría, mi mente, pulcra todavía, pensaba en que era mejor abstenerme de revolcarme de dolor en el asiento trasero, como hubiera querido, porque, pobre tipo, luego le tocaría limpiar la sangre o hasta podrían confundirlo con un cogotero al ver las manchotas sobre una tela bastante suciecita, para ser sinceros. No obstante, al chofer no le importó mis buenas intenciones que, ya sé, no las conocía, cuando, aun viendo que me desangraba por la pierna derecha, contestó una llamada a su celular. “¿Qué hijaaa? No todavía, con pasajero estoy… No… no, spera nomás pues, en 15 minutos voyastar… Queeé… ya…., pero llamalo pavisarle`ps, ya… ya…”, y yo, “¡Ya pues, maestro! Rápido, ¡estoy maaaal!!!”, y pienso si no habrá una ley de tránsito que prohíba hablar alegremente por celular a los conductores, pero en mi caso es el colmo, “ya, ya, después hablamos, ¿ya…?”, y frena en seco en el Hospital, estampando mi herida en el asiento de adelante. Busco, en un esfuerzo sobrehumano, monedas en mi bolsillo para pagarle, agradeciendo dentro de todo que esto no hubiera ocurrido de noche, porque evidentemente hubiera tenido que someterme a un regateo de nunca acabar, y en mi estado hubiera terminado pagándole lo que pida, y sin cambio, obviamente.
Bajo como puedo del taxi y no sé cómo no le he dejado ni una gota de mi preciosa sangre en todo el traqueteo, pero cada paso es un sufrimiento imposible de narrar. Le pregunto a un policía por dónde entro, y se limita a señalar con su dedote el camino hacia Emergencias, mientras pienso, “¿no será posible que avise a alguien para que me ayude a caminar o me consiga una silla de ruedas?”, y le digo casi llorando, “no puedo caminar, ¿me puede ayudar?”, y medio que me estira la jeta, pero se aproxima sin saber cómo darme el hombro.
Avanzar con el buen hombre fue más complicado que caminar agarrándome de la pared, pero cuando lo consigo y atravesamos la puerta de un consultorio mínimo, encuentro a dos enfermeras que me preguntan qué es lo que me había pasado, a lo que respondo a gimoteos que creía que me había roto la pierna. Ambas se limitan a mirar y no se atreven ni a tocarme el pantalón, mientras yo suplico que llamen a un médico o que me den algo para el dolor, pero ellas sólo dicen “sí… sí…”, y van y vienen no sé a dónde y me dejan con mi sola alma en la camilla, sintiendo una orfandad telúrica y un exceso de saliva en mi boca que pronto estalla en una franca vomitadera.
Luego de un rato, llega un tipo vestido de blanco, que asumo que es doctor, y ya a los gritos le digo que me dé algo por amor a Dios, que no puedo con el dolor, que ya hasta he buitreado; pero no, me engaño, porque el sujeto de blanco me dice que me calme, que va a llamar al doctor. “Entonces quién coño es este tipo”, pienso, y miro con ojos de perro a una de estas señoritas nerviosas y le digo que me dé algo, que sea buena, y casi me caigo de bruces cuando me dice comedida: “sí, no se preocupe, el doctor ya está llamando para ver qué le puede dar”. ¡Queeeé! ¡Cóoomo!, le digo, o al menos trato; ¡cómo que llamando!, ¿a quién?, ¿y le dice doctor? Y ahí me doy cuenta que todavía no me he muerto porque decido que nadie que esté vestido de blanco y se haga llamar doctor, y no sepa qué mierda darme, va a tocar mi pierna. Pero en eso vuelve a entrar ese nefasto ser y me dice “ya está… más bien no va a tener que comprar de una farmacia, habiámos tenido”, y abre una gaveta y saca algo que introduce en un catéter que luego clava en mi vena.
Unos minutos después creo haber recuperado la conciencia como para maldecirlos con las fuerzas que aún me quedan e incorporarme para salir. Las enfermeras hacen el intento de impedir que me levante y no me queda otra que mentarles la madre, sus dos dedos de frente, su inoperancia, su modo de ser, lo que creo que son sus mayores aspiraciones y lo que considero, tanto como deseo, sea el final de sus días. Al medicucho, ¡qué digo medicucho!, al aprendiz de inyectador le escupo en la cara mi dolor y todo el dolor del mundo juntos, culpándolo del sufrimiento del pobre y del que no puede gritarle como yo, y cual Cuasimodo vuelvo a, prácticamente, arrastrarme hasta la puerta, tirándoles 50 pesos, que es lo primero que veo en mi billetera –acto que hice con repudio y gozo, lo confieso–. Paré un taxi pidiéndole que me lleve a la Clínica Rengel, y dar la vuelta la Plaza España me costó la tarifa normal. Nadie se apiadó de mi miseria.
No puedo decir que este último recinto sanitario sea menos ruin que el anterior. Aunque terminaron poniéndome el hueso en su lugar, antes de preguntar por lo que me pasaba, me preguntaron si tenía filiación a algún seguro, y cuando yo clamaba por atención, otra vez al borde del derrumbe, replicaron que de eso dependía la habitación a asignarme. Supongo que tengo que celebrar el contar con una póliza que me cubre la consulta, y lamentar que por estar en periodo de carencia tendré que prestarme plata de mi primo para pagar la intervención. Mis siguientes cuatro sueldos estarán destinados a eso.
Es triste, pero de sentir, diría que ahora no siento nada, ni en el cuerpo ni en la mente. No hay dolor, no hay hambre, no hay rabia, ni ganas de nada que no sea mirar el plafón de esta habitación para dos. En unos meses podré usar mi pierna como antes, me dijeron, y olvidaré este momento. Mejor dicho, terminaré de darle un sentido irremediable, un sentido que ya comienza a gestarse y viene apoyado por la radio de algún gil que parqueó su auto cerca a la Clínica, y escucha a todo volumen esa canción lamentosa de los Enanos que, irónicamente, ahora empiezo a comprender.

disfonia opinó:
Quiquiris:
tienes razón; el amor al terruño debería concretarse en otros dichos y hechos. Yo creo que los paceños no somos pasivos, ni mucho menos pacíficos, sino cómodos y aguerridos precisamente en lo que deberíamos aceptar con tranquilidad por el bien de todos. Pero parece que hay en nosotros una necesidad de pelear, negociar, bloquear, etc., por “mayores ventajas” personales antes de entender que en el bien de todos hay un pedazo innegable de bien para cada uno, y hacer realidad esto amerita un cambio de visión de los habitantes de esta inclinada ciudad.
EntesAbstraktos opinó:
Antes que nada permitame presentarme. Mi nombre es
Sergio Angel y vivo en La Paz Bolivia. Dirigo una organizacion/comunidad
conocida
…como “Entes Abstraktos”, aca el link:
htttp://www.entesabstraktos.org
Y en este momento, como primer proyecto estamos diseñando una
revista, en la cual nos encantaria poder contar con su colaboracion. Dejo la invitacion aca, ya que no encontre un mail donde contactarme.
Le ruego me mande un email a cualquier de estas direcciones para darle mas informacion:
revista_abstrakta@gmail.com revista_abstrakta@hotmail.com
Sin mas, me despido.
quiquirisquiagara opinó:
Sería ideal que en estas fiestas julianas, lejos de tomar ponche, usar la city de urinario y enarbolar nuestro amor casi ridículo al collao mientras nos caemos de ebrios, analicemos estas cosas que día a día no nos dejan despegar.
Paceño no tiene que ser sinónimo de Pasivo. Hay que aprender a quejarse, a plumear, sin discriminar, al que hace mal las cosas sea de la zona sur o de la eloy salmón. Ojalá las frasesitas “no hagas lio”, “qué problemático”, “qué siempre está haciendo”, “así no mas dejalo” se terminen de quemar al encender la mentada tea de Murillo.
Arcenio opinó:
Es cierto, eso de las clínicas, son un desastre, la de los poliias es la peor, y la Rengel, son unos mercantilistas, suerte,
Arcenio opinó:
Es cierto, eso de las clínicas, son un desastre, la de los poliias es la peor, y la Rengel, son unos mercantilistas, suerte, te cuidas
felicidad opinó:
gracias, por escribir en forma bonita, lo que todos los días pasa en esta ciudad. Debías hacerles juicio a los de la Alcaldía, nadie hace nada, los micreros, son unos sucios, ni que decir de sus moviidades, gracias por escribir este tema, y bueno te cuidas.
Vania B. opinó:
Qué odisea! y es que a veces los días comienzan con un escupitajo de los dioses y todo nos sale al revés. Paciencia y buen humor es lo que queda en esta ciudad caótica en la que en el camino te puedes topar con cualquier cosa: una “entrada”, una manifestación, un ensayo de cualquier baile trucho, un desfile patriótico y hasta un hueco deshubicado en medio de una calle supercéntrica.
Fuerza, que todo pasa.