Natural de La Paz

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Cursé todo el ciclo básico en la Escuela México, una escuela fiscal fundada en 1917 que está en la calle Ingavi y Genaro Sangines  a tres cuadras de la Plaza Murillo y de la Iglesia San Francisco. Mi profesora desde segundo hasta quinto básico fue la Señorita Josefa Anzoátegui. Chuquisaqueña, amante de la historia y de la literatura, la  actividad mensual favorita de mi maestra, era llevarnos a los museos de la calle Jaén, cuando no de visita al periódico Hoy, Presencia o El Diario.

Flaca, alta y ojerosa, revisaba las carpetas una por una, encerrando con rojo todos los errores que encontraba. La profe Chepa (no le gustaba que le llamemos Josefa), nos enseñaba la honestidad de una forma bastante particular, ya que utilizaba la metodología de la autocrítica (muchísimos años después, al leer “La cuarta espada” supe que era un método de purgas en algunos partidos comunistas). Tener capacidad de autocrítica significaba que uno tenía que pararse en frente de la clase diciendo con voz fuerte y clara las razones por las cuales no hizo la tarea: “soy un flojo, estaba viendo los pitufos y tenía que cuidar a mi hermana, por eso no copié la tabla de multiplicar; quise hacer las oraciones yuxtapuestas pero después empezaron los transformes.” Mientras uno recitaba las razones de su pereza, la profe clavaba sus ojos verdes en la esmirriada figura de tu existencia que se veía menguada a cada instante por el odio con que te miraban tus compañeros, ya que, una falla personal significaba una fisura en el aprendizaje del grupo y tenía que ser corregida como tal. Todos teníamos que repetir la tarea.

No vamos a decir que la señorita Chepa era una alta exponente de la democracia o de los métodos pedagógicos de vanguardia, pero que se interesaba por nuestra educación era algo innegable. Como asesora del paralelo “D” lo mismo era la entrenadora del equipo de fútbol, enseñaba carpintería y algunas veces hacía visitas domiciliares sorpresa para ver como marchaban las cosas en nuestras casas. La profe Chepa era querida y reconocida por todos a pesar de su fama de comunista, extravagante y marimacha.

Quinto básico: en uno de nuestros ya famosos paseos culturales, fuimos al museo costumbrista Juan de Vargas, donde nos pasamos unos buenos minutos frente a la representación del descuartizamiento de Tupac Katari. La pobre profe se ha exasperado más de lo normal tratando de explicarnos quién era  ese hombre que había puesto en jaque a los españoles, cercando la ciudad de La Paz por más de ciento ochenta días en 1781. El error de la profe Chepa fue contarle a la clase que debido al hambre y la escases que reinaba en la ciudad a causa del cerco, algunos indígenas fieles sirvientes de familias españolas, burlando el cerco recibían alimentos provenientes de su gente, Desconcertados, los españoles acusaron de idólatras a los indios que atribuían esta abundancia a la posesión y culto que le rendían a un antiguo diosecillo aymara llamado Ekeko.

Por ese entonces, igual que ahora probablemente, el Ekeko y las Alasitas era una de las fiestas más esperadas por los niños; así que inclinamos todo nuestro interés al dios de la abundancia aymara en contraste con la historia de Tupac Katari que no le importaba a nadie.  Con la vena yugular a punto de estallarle, decidió llevarnos al museo  Casa de Murillo que estaba una cuadra más abajo. Una vez allí, después de que mi curso terminó la chacota pidiendo deseos e intentando robar monedas en la fuente de agua del patio, nos mostró la pintura de Avelino Nogales “El sueño de Murillo”, donde el héroe yace en un ófrico calabozo, sentado en un rincón con el codo derecho apoyado en la mesa y el puño en la sien; los ojos cerrados y los pies encadenados. Según la profe Chepa, ese cuadro fue inspirado pensando en la noche previa de la ejecución del prócer, el cual seguro se lamentaba no haber huido más lejos o quién sabe estaría reflexionando sobre el paradero de los otros “héroes” y sus últimas horas sobre la faz de la tierra antes de hacer de péndulo humano en el cadalso.

En mi niñez, Pedro Domingo Murillo era un héroe de la altura y talla de Simón Bolívar o Eduardo Abaroa; solemnes personalidades a las que les debíamos rendir culto en las fechas indicadas para cada caso. El misterio entonces era ¿por qué Tupac Katari era simplemente un indio revoltoso y el Pedro era un héroe mayor de la independencia no sólo boliviana sino americana? Eso era lo que nos intentaba explicar la profe Chepa. Se desgañitaba hablando sobre el racismo; explicaba inútilmente las causas de los Fernandistas y los Carlotistas; repetía muchas veces que la revolución de julio y mayo de 1809 eran una mamada histórica y que el cerco de Katari fue el verdadero inicio de la lucha independentista en el territorio de el Alto Perú. Cansada de chocarse con la pared ideológica que se había amurallado sólidamente en nuestras cabezas mediante las horas cívicas y la cultura paceñista que nos rodeaba  (algunos seguían preguntando si el Ekeko había peleado en la revolución) decidió que hagamos una composición sobre el cuadro de Nogales.

En medio del grave revuelo que provocaron los resultados de las composiciones dedicadas a Murillo el mentiroso, la hora cívica del lunes siguiente a la visita del museo, los padres estaban atentos las palabras de la Chuquisaqueña Josefa Anzoátegui. Sin duda, aguardaban una satisfacción pública por andar enseñando que el ilustre Pedro Domingo Murillo no era más que un impostor, cuando no oportunista, y que la revolución no era tal.

Con cuchicheos mal disimulados, las mamás y papás decían que la profe estaba loca por haberse quedado con el estado civil de abandonada y que ahora odiaba a los hombres. Otros decían que por ser de Sucre su odio por los paceños era natural; que por el cariño y la eficiencia que normalmente mostraba con sus pupilos, no merecía ser despedida, pero si exigieron que fuera severamente reprendida por el director.

Su castigo fue hablar de Murillo en la hora cívica del 21 de septiembre: día de la juventud, la primavera y el amor. Lamentablemente ya había pasado el 16 de julio por lo cual no había otra forma de dar la satisfacción que los padres pedían.

Con la cara seria e imperturbable, la profe Chepa se dirigió al atril preparado para la fecha y saco un papel del bolsillo de su guardapolvo blanco y comenzó a leer su discurso. Mentiría si digo que recuerdo todo el discurso, pero sí recuerdo que empezó diciendo algo así: “Querido alumnos, hoy en el territorio patrio festejamos el día de la primavera, de la juventud, de los estudiantes y sobre todo el día del amor, por eso hoy les voy a hablar sobre los amores más grandes: el amor a nuestro país, a nuestra familia y el amor a la verdad”.

¿Quién tiene o sabe la verdad? Nadie. La verdad es libre y nos hace libres. La profe Chepa dijo que para amar la verdad no bastaba con renunciar a la mentira, había que ser capaces de amar la libertad. Habló de Murillo, dijo que el héroe seguramente quería que el mundo sepa la condición en la que vivían los americanos, que bien o mal, se sacrificó por “algo” en lo que él creía. De este modo, el héroe quedo en su estatus de mito y el mundo siguió girando con la normalidad de siempre y el asunto quedó olvidado.

El año 2001, tardíamente y por cuestiones universitarias leí el libro “La mesa coja” de Javier Mendoza Pizarro. Javier Mendoza, Psicólogo Social e historiador, nos presenta una investigación seria basada en los apuntes y fichas bibliográficas de su padre, el señor Gunar Mendoza, quién fue director del Archivo y Biblioteca nacional de Sucre por muchos años. En este libro se cuestiona la primogenitura revolucionaria de la ciudad de La Paz, además del origen y autenticidad de la proclama de la junta tuitiva revolucionaria, firmada por Murillo y otros personajes. Se reconstruye una historia paralela a la historia oficial, donde el valor de la supuesta primogenitura que reclaman ambas ciudades, es en realidad el derecho de capitalidad que exigen como cunas de la libertad del país. Una historia por donde desfila Napoleón Bonaparte y su hermano que tiene preso a Fernando VII, dando pie a que la Emperatriz de Portugal Carlota reclame para su corona las posesiones de su hermano el rey español Fernando. En estas páginas se puede recorrer desde las conspiraciones de la academia Carolina hasta la guerra Federal donde el odio entre paceños y chuquisaqueños llega al paroxismo total. Tal vez, el escabroso asunto de las masacres de Mohosa, el asesinato de J.M Pando y de Zarate Willka, levantaron el humo suficiente en la época para que la historia de los “vencidos” se difumine en la turbulenta época previa a la guerra del chaco.  En suma, el libro muestra un panorama confuso donde los héroes no son tales, al contrario, son unos impostores y el cacareado civismo juliano, termina siendo una construcción tardía impulsada por Reyes Ortiz a la fuerza de representaciones teatrales de fines del siglo XIX.

Psicólogo social al fin y al cabo, Javier Mendoza Pizarro utiliza la teoría de la disonancia cognitiva de León Festinger para explicar la formación de la percepción y el sistema de creencias sociales de la sociedad paceña que a través de su intelectualidad y sus aparatos ideológicos, no acepta otra realidad contraria a la que ha servido como pilar de su hegemonía. Esta teoría explica el delicado sistema de percepciones individuales que se dan a partir del sistema de creencias, ideas y actitudes del entorno que hace que el sujeto constantemente necesite equilibrar estas percepciones cuando las mismas se encuentran en conflicto al encontrarse con otra realidad posible que amenaza a sus creencias personales y sociales. La disonancia en el sistema cognitivo de significación de experiencias, provoca que este conflicto genere nuevas ideas y creencias positivas dándole una significación valorativa de su sociedad y su posición dentro de su contexto inmediato como ser: familia, barrio, equipo de futbol, ciudad, país, etc.

¿Suena un poco jodido, no? simplifico: cuando uno se choca con una realidad innegable y amenazante para todo lo bueno que creemos de nosotros, nuestra “mente” (llamémosle así) reconstruye a partir de matices perceptuales una realidad alternativa en nuestro pensamiento que tiene como objetivo, no aceptar que somos una mierda. Sería fácil llegar a esa meta haciéndose a los locos, pero el chiste es creerlo, asumirlo y actuar con la convicción de dicha creencia, sin pensar ni estar “consciente” de que nos estamos automamando. Esta teoría explica por ejemplo el hecho de que a pesar de que existan evidencias tan contundentes que muestran lo contrario, los Stronguistas piensan y están convencidos de que su equipo es el mejor. Desde los altos atriles de la ciencia sólo podemos decir: Viva Festinger.

Desde esta oscura perspectiva, el resultado de la lectura de “La mesa coja” puede provocar que uno termine odiando a los Chuquisaqueños y se declare enemigo del mondongo, o que cada 16 de julio con el pecho inflamado de orgullo y mentisan, encienda la tea de la libertad y embriagado de té con té cante “Celebrando de julio el gran día”.

El debate está en el campo de los especialistas. A ellos les tocará resolver estos enredos y hacerse responsables de las consecuencias que las verdades o mentiras del caso concluyan, tomando en cuenta que ya se han llegado a las armas y la sangre por estas razones.

Personalmente, a don Pedro Murillo le tengo el aprecio de la costumbre ya que me recuerda a mi profesora Chepa, que por pena del destino, después de salir del quinto básico y dejar mi escuelita no volví a ver más.

Alguna vez, de camino a algún boliche o afín en el casco viejo de la ciudad, veo la escuela México. Recordando esos días siento una pena y nostalgia terrible. Pienso que he aprendido muchas cosas de La Paz ahí adentro, en sus aulas, aunque ninguna de ellas es parte de una teoría o de un libro. Simplemente es la gente, los detalles que no existen más que en mi memoria. Creo que ha sido una suerte que sin que medien chauvinismos regionalistas que he diferenciado hasta hace poco, he aprendido a amar naturalmente a estas calles, esta gente, este aire antiguo y esta atmósfera de eterna melancolía; júbilo, casi como el Ángel Solitario y jubiloso de la noche.

Yo no sé de héroes ni de historia; sé que cada día miro la locura y el frenesí de la ciudad y que me siento parte de aquí. A cada paso siento sus orgullos y sus vergüenzas; siento sus esperanzas y sus desilusiones. Después, con un poco de pena, se me ocurre que tal vez un hijo adoptivo del Illimani mal podría hablar de sus hijos legítimos, ahí me detengo. Cada vez que estoy pensando esto, mirando la plaza Murillo, el prado, los viejos leyendo el periódico, los lustrabotas o enloqueciendo con el tráfico, me doy cuenta que no necesito mucho para amar un lugar; caigo rendido a la evidencia: la ciudad me ha tragado y yo me he dejado digerir, soy de aquí, nada más. Soy Natural de La Paz.

8 opiniones

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  • 4/08/2010 - 10:02 pm
    perrorabioso opinó:

    Gustavo: Agradezco tu comentario y es verdad, debería escribir la historia de la profesora Chepa y no mis palabrerias ya que se bien que no sirvo para ello jajaja
    Saludos.

  • 14/07/2010 - 1:07 pm
    Gustavo opinó:

    No acabaste de contar la historia de la profesora sexy, que fue de ella -yo recuerdo que tenia una de ingles que nos trajo a todos por la calle de la angustia; sobre todo el dia que se caso con el guaperas del profe de Educacion Fisica, aquellos salvajes dias anduvimos borrachos de desamor y de vino de carton. Me gustan tus historias, no tanto tu palabreria metafisica.

  • 10/07/2010 - 2:38 pm
    perrorabioso opinó:

    Poli! gracias por el comentario. Moscovici lo leí hace tiempo, cuando hice mi tesis y Psicología de las minorías, era por entonces mi libro de referencia. He escrito un ensayo sobre la identidad de los jóvenes y la construcción de las hegemonías a partir de los capitales simbólicos. En cuanto tenga oportunidad te lo paso y luego lo discutimos.
    Un abrazo.

  • 9/07/2010 - 9:32 pm
    corigangar opinó:

    En cuanto a la forma creo que hay algunos errores que se pueden pulir. Se nota por las digresiones que has fluido con la intimidad y la carne que hay que ponerle al ponerle palabra a la memoria. Sería bueno una miradita a algunos errores de tiempos tiempos verbales y ortografía, sin embargo los mismos no dañan la esencia de tu texto. Creo que del mismo fácilmente puedes escribir un cuento sobre la profe Chepa, Una crónica de la infancia y Murillo y un Ensayo sobre Patriotismo y las figuras que guardamos en el inconsciente colectivo. A tu lectura desde Festinger yo añadiría una segunda desde Moscovici y el concepto de Representación Social, al final la noción de identidad, de pertenencia, de ciudad se construye y se representa…Te recomiendo al respecto una nueva visita al clásico de Sergei Moscovici “Psicología de las Minorías activas”…
    Un abrazo
    Paul

  • 9/07/2010 - 9:28 pm
    corigangar opinó:

    En cuanto a la forma creo que hay algunas digresiones que se pueden pulir, has fluido con la intimidad y la carne que hay que ponerle al fluir en la memoria. Sin duda hay algunos errores por ahi de tiempos verbales y gramaticales que no dañan la esencia intimista del texto. Creo que de el mismo facilmente puedes escribir un cuento sobre la profe Chepa, Una crónica de la infancia y MUrillo y un Ensayo sobre Patriotismo y las figuras que guardamos en el inconsciente colectivo. A tu lectura desde festinger yo añadiría una segunda desde Moscovici y el concepto de Representación Social, al final la noción de identidad, de pertenencia, de ciudad se construye y se representa…Te recomiendo al respecto un clásico de Moscovici “Psicología de las Minorías activas”…
    Un abrazo
    Paul

  • 8/07/2010 - 8:24 pm
    perrorabioso opinó:

    Querido Poli, después de re leer lo escrito me he dado cuenta que tiene una cantidad impresionante de errores, pero bueno, se me hace que me he puesto a divagar entre la famosa psicología social o la crónica… En fin. Algo se entiende, espero.
    Saludos.

  • 8/07/2010 - 6:31 pm
    corigangar opinó:

    Bine puesto, intimo, real…como es nomás pues la cosa

  • 7/07/2010 - 9:34 pm
    Mario Duran opinó:

    que interesante combinacion entre historias…

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