Canción de cuna
Con este cuento, Yonnier Torres Rodríguez (Placetas – Cuba, 1981) ganó la primera versión del Concurso de Relato Breve “Tinta Fresca”, convocado por la revista Alejandría y Urbandina.
Canción de cuna
Caminarás despacio hacia el portal. Sentirás, durante ese atardecer de verano, la extraña frialdad de las baldosas en el suelo y lo interpretarás como una mala señal, quizás como el presagio de algo funesto que está a punto de suceder. Te sentarás en el desvencijado sillón de madera con el ánimo del que nada puede hacer contra lo inevitable y antes de comenzar a mecerte, el gato barcino subirá a tus piernas, te arrullará con su ronroneo tenue, que cada día se asemeja más a la vieja canción de cuna que tus padres te cantaban las noches de fiebre, bajo la luz de la lámpara en el techo. Recordarás a tu hijo, ese mismo hijo que dentro de media hora empujará la verja de hierro y subirá los tres escalones con la mirada fulgurante del que ha logrado algo, algo que lo asusta y a la vez lo reconforta.
Acariciarás la cabeza del gato que se tersa bajo tu mano, sin saber que tu hijo hace tres días decidió romper el silencio. Ya no podía aguantar otra caminata de tres kilómetros hasta el Instituto. Está cansado de que todos se burlen, pedaleen en sus bicicletas y se pierdan sobre la pendiente, mientras él camina cabizbajo y atraviesa los pantanos, donde el tramo se hace más corto. Pensarás en la tristeza de tu hijo reflejada en el plato de cristal sobre la mesa, en la impotencia, en su sueño de pedalear cuesta arriba, en la miseria y tu semblante cambiará hacia esa angustia leve de la madre que solo puede brindar un beso en la frente, un parche en el pantalón.
Sin darte cuenta habrás perdido, por los entresijos de las cavilaciones, la puesta de sol. Ya en el cielo no quedan manchas rojas, dentro de un rato todo el horizonte sobre la carretera será de un azul intenso y te preguntarás otra vez por qué tu marido aún no ha llegado del aserrío, si habrá entrado en el bar o vendrá pedaleando por la calle Independencia, cruzando la zona norte, doblando la esquina de los mercados. En cuanto llegue le dirás: “préstale la bicicleta a nuestro hijo un día, aunque sea uno solo, aunque el aserrío quede mucho más lejos que el Instituto”.
Dejarás que el gato barcino salte al suelo y entre a la casa cuando sienta el ruido de esos truenos secos, que tatúan de luz el pedazo de cielo que alcanzas a ver, entre la verja de hierro y el parteaguas del portal. Comenzarás a oler la lluvia en el viento, sentirás los maullidos del gato en la cocina, sin saber aún que tu hijo se oculta al amparo de las sombras junto al puente, agarra un tronco de madera y espera con paciencia, con esa paciencia que le enseñaste a tener, mira a lo lejos, trata de penetrar la oscuridad de la calle, pero la noche se ha tornado más oscura, el viento más fuerte, las baldosas más frías.
Sentirás el sonido de la lluvia sobre la acera, el olor de la tierra mojada y quedarás un poco adormecida sobre el sillón, pero solo un poco, porque tu hijo empujará la verja de hierro, subirá los tres escalones con la mirada fulgurante del que ha logrado algo, algo que lo asusta y a la vez lo reconforta. Te preguntará por su padre y le dirás: “tú debes saber, porque andas con su bicicleta”. Serán esas las últimas palabras antes del grito, verás cómo su rostro se tersa cual si fuera la espina dorsal de un gato barcino, su sonrisa se transforma en una mueca de pánico y suelta la bicicleta que desciende por los tres escalones en un estruendo que apaga el ruido de la lluvia.
Aunque tratarás de detenerlo, tus pies no te responderán, andarás a tumbos por el pasillo, sintiendo la extraña frialdad de las baldosas en el suelo, y cuando llegues al patio del fondo, lo encontrarás colgado de la viga, con el cuerpo moviéndose como las campanas de la iglesia que se disparan para anunciar las nueve de la noche, y tu grito, tu último grito, se tragará cada campanada.
No podrás imaginar, cuando camines despacio hacia el sillón del portal para ver la puesta de sol, que el gato barcino, en una prueba de fidelidad, se tersará bajo tu mano inerte y quedará dormido en tu regazo, con el arrullo de su propio ronroneo.
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Para conocer más detalles sobre el “Tinta Fresca”,
puedes visitar la página o el foro del concurso.

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