¿Música clásica?

Si me preguntan qué tipo de música canto digo “lírica”, y supongo que queda perfectamente claro. Ahora, si le preguntan a mi pianista qué tipo de música toca, dice “clásica”, y lo que se entiende por esto –estoy segura– es que pasa horas frente a, por ejemplo, Mozart, Beethoven o Bach y que tuvo una formación académica, interpretando así el repertorio de “los grandes compositores”. Evidentemente, estoy hablando de la deducción que sería propia de un público no especializado, pero que también correspondería a uno igualmente conocedor de la materia, al estilo tradicional, claro. Lo que me da vueltas actualmente es el hecho de que el término “clásico”, tan comprensible por comunicable, es inexacto, inadecuado, o en el mejor de los casos ambiguo.
¿A qué hace referencia lo clásico? A un periodo histórico. Y justo ahí encontramos el primer tropiezo. ¿Tocas música del tiempo de Mozart? ¿Algo de Haydn tal vez? ¿Algunas sonatas de Beethoven? Y es que, en este sentido todo lo que no comprenda el período clásico deja, por lógica, de ser clásico (¿acaso?). Pero bien sabemos que por “clásico” se entiende también todo aquello que no pasa de moda. Segundo tropiezo, porque “Con tu pollera colorá” es un indudable clásico de la cumbia, o el archisupermegaconocido “Stayin’ Alive”, de los encantadores Bee Gees, por citar los dos primeros ejemplos que se me vienen a la cabeza, y que me bastan para dejar deslizar una inocente pregunta: ¿Clásico de qué es una Suitte de Bach?, ¿de Bach?
Existe, como consecuencia, otro término en circulación que pretende desmontar el error histórico instaurando otro, ahora de carácter social o antropológico, por decir lo menos: “Música culta” viene a ser un concepto que, puestos a pedir, puede llegar incluso a ofender, no digamos a un indígena andino y su tradición pentafónica, sino a la propia Celine Dion que no creo que esté de acuerdo en aceptar que ella hace música inculta ¡ni nosotros! De qué estamos hablando entonces. De, nuevamente, ¿un discurso de poder que nombra y se nombra a partir de lo que cree ser? ¿De una visión europeizada y europeizante que clasifica, selecciona y pretende culturizar su propia práctica? Pero la cosa no se queda ahí, porque, por si fuera poco, la noción de “Música contemporánea” dictada por la Academia ni siquiera roza a Alejandro Fernández –que yo sepa más vivo que nunca y cantando por aquí y por allá– sino solamente a la misma tradición que proclama que es “la música de hoy”, pretendiendo negar tácitamente el hecho de que el 80% de la música que acaricia mis oídos, y a veces los tortura, es música popular absolutamente contemporánea.
Finalmente, no falta quien percatado de dicha desavenencia historicolingüística, sugiere que mientras practica una buena lectura escucha música “selecta”, y yo me pregunto entre qué colección de éxitos eligió sus propios hits, ya que antes de empezar mi sesión de aeróbicos, yo también selecciono la música que considero apropiada. Selecta ante qué, contra qué, por quién.
Aunque lo he hecho, el sentido de estas reflexiones no apuntan a una crítica reivindicatoria del yugo que la Academia, y todo lo que ésta connota y ejerce sobre el mundo musical. En nuestro boliviano presente, no me interesa recalcar el hecho de una colonización –además– sonora (para eso tenemos que descolonizar nuestras mentes primero) y mi propuesta no va por ese terreno, sino por otro –modestia aparte– algo más general.
Extraña o previsiblemente, y si mi ignorancia no lo desmiente, el mundo entero está aquejado –digo yo– por la carencia de un concepto, digamos un término, que nombre a cabalidad de qué música estamos hablando si digo Schumman o Puccini en vista que, como hemos visto, ni clásico, ni selecto, ni culto ni… obedecen hasta ahora a un criterio que dé cuenta de líneas comunes al género y lo diferencie –para los fines que convengan– de otras vertientes musicales. El problema radica en la inexactitud de cualquier calificativo, puesto que evocando al opuesto correspondiente (música seria vs. música jocosa???) vemos que se cae por su propio peso, y si no es equivocado, es al menos insuficiente, ambiguo e impreciso.
Luego de dar vueltas a la idea, encuentro que una veta común de este tipo de música es su tradición escrita, frente al otro amplio mundo, llámese en el tiempo, “profano” o “popular” y que no se difunde gracias a un lápiz en mano. Hay un soporte gráfico en esta manera de pensar y explorar el sonido, aunque esté de más decir que no todo es o puede ser registrado por la escritura. El arte siempre deja en silencio (pero no por eso en ausencia) una parte importante –tal vez la más– de su esencia. Pesa más lo indecible que lo que se escucha, porque lo que no se dice emite una discursividad propia; es decir, se escucha también en la música. De igual forma, en este ejercicio de registrar hay cosas que siempre quedarán salvadas a la sensibilidad y el buen criterio del intérprete, pero siempre dentro de ese paradójico marco de libertad de la tradición que mencionamos. Me dijo el reconocido compositor boliviano, Javier Parrado, hace unos años en un i-mail:
Existe una tensión resuelta por los músicos de varias maneras entre el instante que nacen las cosas (algo como el “tinkazo”) y el olvido que crece, como la piedra de Prometeo. La notación-creación, una parte de la composición, se siente a veces como un paliativo para calmar esa tensión, y las notaciones abiertas (incluso una sonata o un lied) trasladan tal tensión al campo de lo-que-no-se-escribe-pero-se-toca.
De tal suerte que la escritura del “tinkazo” queda corta frente al impulso que lo lleva a la acción, en vista que estamos frente a una manifestación artística que por antonomasia va a, si no superar, al menos traspasar el lenguaje. En este sentido, el lenguaje musical se valdrá de signos que están soportados, a su vez, básicamente por cinco líneas que configuran un sistema sonoro –sea tonal o no, en cuanto se sirven de este ordenamiento. No menciono a toda la corriente atonal, serial, aleatoria, y las otras experimentales que prescinden de las cinco líneas, ya que no se los llama clásicos ¿no? Hablo esencialmente del ordenamiento tonal y las primeras rupturas atonales. No por nada clasificar a Piazzolla, por ejemplo, se torna una incertidumbre que no pocos han tratado de responder, en vista que en su caso tenemos una marcadísima tradición popular, es decir, ágrafa (el tango), pero imprescindiblemente ordenada, repensada y escuchada, al final, a partir un papel. De ahí que Piazzolla esté en un umbral interesante; es decir, entre el tango arrabalero y los sones… ¿de la Academia? (no, porque hoy por hoy también se enseña jazz y rock en la Academia (por lo que hoy por hoy hablar de “música académica” sea un doble sinsentido)), digamos mejor: los sones que toman distancia del arrabal.
Queda claro, entonces, que es el hecho de la escritura lo casi connatural a esta producción musical. Es su característica gráfica, mono, tetra o pentagrámica, en distintos momentos de la Historia, la que a diferencia de las otras creaciones cultas, selectas, clásicas etc., que guardan la manera de interpretar su música en la memoria y en el mismo tacto, la que en principio y final diferencia una forma de hacer música. Para quienes tratamos de ser fieles a la letra, mezzo forte no es mezzo piano y por poner el más simple ejemplo, una indicación así ya condiciona todo un espectro sonoro de la interpretación. Entonces, si de dar un adjetivo se trata, un adjetivo que a su vez nombre, y que nombrando promueva alternativas, es decir, que no se circunscriba a estilos determinados (el Clásico, el Barroco, el Expresionista, etc.), pero que a su vez siente una diferencia evidente y pueda acercarnos a la comprensión de una tradición, creo que la noción de música pentagrámica –o grámica simplemente– sería sumamente válida, ya que no sólo atiende a la escritura, sino a la importancia y valor del signo en el mismo pentagrama, vale decir, a todo lo que se decodifique en cuanto signo y nos dé, a partir del significado, una forma de entender la configuración de todas esas manchitas en el papel. Que esta música –que dicho orden– me suene claro, calmo, culto, serio o aburrido, no depende de nada excepto de mi propia concepción estética –creada, lograda o impuesta– y el buen manejo del marketing. Esta música tiene su partida real de nacimiento el día en que se la escribe; en que se la da a conocer, se la analiza, se la interpreta, se la pone en el mundo a partir de un papel, si bien puede haber estado años en la mente del compositor, y no de grabaciones o conciertos que son posteriores. Acá, diría Descartes: “leo, luego toco”. Wiettgestein: “los límites de mis dedos son los límites de mi visión” y Sócrates: “conoce tu partitura…”. Creo que hablar de una tradición grámica se acerca a la diferenciación que, insisto, para los fines que convenga, puede ser útil hacer.
¿Clásica? Sí, en algún sentido. ¿Culta?, ¿elitista?, ¿ seria? Son términos, gracias a Dios, demasiado subjetivos para nombrar algo que siendo subjetivo también permite nombrarse con mayor rigurosidad. Es rescatable, no lo niego, que sin embargo lleguemos a entendernos pese a estas inconcordancias de la lógica y el lenguaje; al final de cuentas, “subí arriba” también comunica, pero estoy segura que una opción para recrear el mundo de la lengua nunca está de más.

disfonia opinó:
El tema es que una cueca, una diablada, un huayño, no se escribe en pentagrama, excepto cuando media una necesidad estilo Sinfónica acompañando a los Kajarkas. Tradicionalmente la música popular no se escribe, porque tanto en épocas remotas como en nuestros días, no se precisa escribir algo que se trasmite oralmente por los usos y la memoria colectiva y que, por lo tanto, llega a las masas sin mediar un soporte ni la necesidad de que esa masa sepa decodificar ese soporte. Cuando “lo popular” se codifica con reglas que naturalmente no le pertenecen porque afectarían su propia naturaleza rítmica y antiacadémica, estamos en ese terreno ambiguo del cual hablaba citando a Piazzolla donde el tango es y ya no es “el tango” En todo caso, los Kajarkas frente al señor Handel, son los Kajarkas nomás, aunque en otro formato. Cuestión de gustos es disfrutar o no de esa nueva mesura, y cuestión de interpretaciones llegar a retener la magia de un bolero “lirilizado”.
estido opinó:
No había pensado en las implicaciones de los adjetivos “clásica”, “selecta” o “culta”… Tienes razón, además de ser ambiguos (y, en cierto modo, eurocétricos), ningunean a la música popular. Sin embargo, no entendí bien lo que propones; al parecer, estarías planteando que a una suite de Bach, por ejemplo, se la denomine música “grámica” en vez de “clásica” para hacer una diferenciación-clasificación más exacta. Pero, digamos que un compositor de cuecas (Willy Claure, por ejemplo) utiliza el pentagrama a momento de componer, entonces, ¿sus cuecas también serían música “grámica”?
Un abrazo, Dani querida.