Cuento: “El señor de los peces”
AUTOR: Zoran Vranjican
PAÍS: Bolivia
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No podía dejar de pensar en ella. En sus ojos, su voz, sus besos vibrando aún en mis labios y no sabía que fuese la última vez. El invierno azotaba la noche con una ventisca tormentosa que se sentía igual de gélida a pesar del calor que manaba del motor. Un relámpago iluminó la carretera mientras conducía hacia la casa del lago. Creo que la amaba.¿Lo notó? Me temblaban las extremidades y la lluvia copiosa no dejaba ver el camino cuando comencé a percibir que el mundo se volvía lento y la carretera se fluidificaba ante mis ojos. Mi cigarrillo se desintegró en plena mano y el cielo iluminado por otro rayo apagó mis sentidos. Pronto desperté de súbito en mi cama, sucio, mojado en transpiración a pesar del duro invierno en el sur y respirando agitadamente. Por la ventana amanecía. Vestí un pantalón y me abrigué lo suficiente como para salir a despejar la mente al lago. Baje las escaleras de húmeda madera y el olor fresco a mañana junto con el sol, que salía vergonzoso por entre las borrascosas nubes comenzaban a despertarme. Con el viento la puerta se golpeaba una y otra vez, y de la cocina se escuchaba la radio divulgando los desastres de la tormenta recién apaciguada. Se respiraba el típico aire frío, pero el lago se veía misteriosamente quieto. Sentí una especie de vibración en la boca, algo me decía que la llame, el lago podría esperar. Confundido marqué su número, y esperé en vano. Nadie contestaba. Probé repetidas veces hasta que la línea murió. Maldita tormenta y malditas conexiones. Golpeé el tubo telefónico frustrado, porque no contestaba y no recordaba nada de anoche. Recogí de la cocina la comida para peces porque no tenía nada más que hacer, cuando escucho al locutor en la radio: Esta mañana se ha encontrado una camioneta Chevrolet color verde volcada entre los árboles, al lado de la carretera… no se han encontrado a pasajeros… Salí escupido por la puerta para comprobar que mi camioneta había desaparecido. ¿Por que no podía recordar? Su nombre me daba vueltas en la cabeza una y otra vez, su rostro y su sonrisa, ella mirándome fijamente ¿por qué no respondía? Por la ventana se veía el enorme lago que de alguna manera me decía algo. Era como si su nombre se lo hubiera tragado la inmensidad del agua, su rostro quemaba en mi memoria. El timbre telefónico rajó el silencio secamente y me condujo a la realidad. ¿Ella? Corrí ridículamente desesperado a contestar, levanté el auricular y contesté nervioso. Nada. La línea muerta. Pensé en los peces al ver de soslayo la bolsa de alimento que había dejado, sentía una admiración tremenda hacia el mundo acuático, pero tenía una fijación especial por ciertas especies. Me disponía a alimentar los peces en el sótano cuando una prenda de vestir sobre el sofá me entumeció el cuerpo. Era su chaleco, en el sofá, donde nos habíamos besado ¿en la tormenta? Nada tenía sentido. No recordaba haberla traído acá, sin embargo aquellas imágenes sin sentido en mi mente de alguna forma insinuaban que me equivocaba. Me senté un momento, estupefacto, a recordar. El tiempo pasaba lentamente, y por la ventana las nubes auguraban lluvia nuevamente, y pronto. Permanecí inmóvil, por bastante tiempo, tratando de que algo tenga sentido mientras comenzaba la lluvia afuera. No podía hacer mas y decidí despejarme de toda esta confusión. Cogí el alimento para peces y bajé al sótano, prendí las luces y el acuario se iluminó de forma maravillosa. Los peces nadaban imperturbables, a pesar de los remordimientos, a pesar de la lluvia. Vi tirado en el suelo esta vez la ropa interior de Ema y los besos, las caricias, todo tuvo sentido. Un desagradable escalofríos recorrió mi espalda. Sin embargo, estaba orgulloso de mi acuario. Lucía simplemente hermoso. Brillantes y gallardas colas azules pululaban en el agua; rojos, amarillos, grandes, chicos, brillantes. La colección era exquisita. Fui poniendo alimento por encima de los tanques de agua que medían casi dos metros de alto, con ayuda de escaleritas laterales. Todos comían hambrientos, me causaba un extraño placer. Les di de comer hasta que llegué a las favoritas. Curiosamente no se abalanzaban al festín, casi como satisfechas. Entonces me senté a observarlas. Vi con repugnancia que una de las pirañas tenía un pedazo de ropa incrustada en sus dientecillos. Estaban satisfechas. Pensé en ella, en sus besos, su nombre y en la estrellada camioneta por el forcejeo de nuestro amor. Caminé al lago y pensé que las pirañas lucían hermosas hoy, simplemente hermosas.

Nadie se pronunció