Creo, luego existo
Una reflexión sobre la “eficacia simbólica”

Las leyendas no cuentan mentiras, sino verdades de otra manera, de tal suerte que cambiar el registro no significa cambiar la contundencia de los hechos. Pero ¿qué son los hechos en realidad? o, mejor dicho, qué es “real” para que nuestro afán en su búsqueda se justifique. Dice Thomas, en su famoso teorema, que “si los individuos definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias”, y sin duda esta afirmación podría ser una fácil manera de relativizar y oscurecer allí donde cabría aclarar si disciplinas como la Antropología, no demostraran desde su saber que las creencias organizadas de forma coherente dentro una cultura tienen consecuencias tangibles para sus individuos; consecuencias que están lejos de la autosugestión, las apariencias de realidad o los engaños, al fin y al cabo.
La Antropología Médica, por ejemplo, sostiene que las enfermedades no son extrapolables de un contexto a otro, por lo que estar enfermo en Hong Kong no es lo mismo que estar enfermo en Rio de Janeiro. La enfermedad -el hecho de estar enfermo- es distinta, entonces, porque está siempre vinculada a la cultura. Esto no supone que un cáncer no sea un cáncer al cambiar de cultura, sino que su comprensión, tratamiento y curación cambiará de un lugar a otro haciendo que algunos logren curarse o sufrirse menos, mientras que otros no. La interpretación que se dé a una enfermedad, entonces, sólo puede ser desactivada en contextos determinados, es decir, allí donde opere lo simbólico, y a esto se llama “eficacia simbólica”.
Cuando Lévi-Strauss dice que el chamán y el psicoanalista curan por el lugar que ocupan, lo que en realidad está diciendo es que “un chamán no se convierte en un gran hechicero porque cura a sus enfermos, sino que cura a sus enfermos porque se ha convertido en un gran hechicero”. (Antropología estructural). Para el antropólogo belga, la falta de correspondencia con la realidad objetiva es lo que menos importa, puesto que lo que hace eficaz el trabajo de los chamanes -la cura- es “volver pensable una situación dada al comienzo en términos afectivos y hacer aceptables para el espíritu los dolores que el cuerpo se rehúsa a tolerar”, pero esto no significa reducir el dolor o resignarse al mal, sino insertarlo coherentemente en el mundo en el que se cree y sustenta la propia existencia para poder combatirlo. Así, los monstruos que invaden el cuerpo, los fantasmas que demandan algo, los espíritus benevolentes, etc., son parte del mundo que se habita mentalmente, pero el dolor no lo es. El chaman, entonces, hace comprender al enfermo, mediante una serie de palabras, fabulaciones o mitos qué es lo que se está librando en su interior y qué es lo que hay que hacer para retornar al estado de equilibro, y eh ahí la principal diferencia y paradoja, como dice Strauss, con relación a lo que pasa en nuestra ciencia occidental: Para la medicina científica, estos seres animados son suplantados por secreciones, microbios o virus -existencias comprobadas-, pero saberlo no nos cura. Según nuestro antropólogo, la razón de la ineficacia de este conocimiento está en que “la relación entre microbio y enfermedad es exterior al espíritu del paciente, es de causa a efecto, mientras que la relación entre monstruo y enfermedad es interior a su espíritu, consciente o inconsciente: es una relación de símbolo a cosa simbolizada o, para emplear el vocabulario de los lingüistas, de significante a significado”. En otras palabras, lo que sana a un enfermo es generar una narrativa coherente, un escenario, un mito, una explicación aceptada por él mismo, que permita desbloquear el proceso fisiológico afectado, y para eso el Chaman, es la clave. Pero ¿qué es un chamán? ¿Cualquiera nos será igualmente útil? ¿Dónde encontraríamos uno en esta sociedad moderna, que lograra poner en marcha esa eficacia simbólica en los habitantes urbandinos? ¿Cómo evitar conformarnos con un elaborado ardid de sugestión o un placebo?
Seguramente el psicoanálisis es una de las respuestas actuales más inmediatas, puesto que el analista, al igual que el chaman, con las diferencias del caso, buscará facilitar en el paciente una narrativa propia que permita “formular” -diría Strauss- “una situación inicial que había permanecido informulada”; es decir, darle coherencia y orden dentro la mitología personal.
Lo interesante del caso, es que esta figura del encantador, absolutamente eficaz y completa en la persona del chaman, se replica en muchos sentidos en sociedades como la nuestra, puesto que tradicionalmente vivimos aceptando realizar encantamientos y ser encantados, o ¿es que vamos a negar ahora nuestras prácticas nada científicas y más bien sobrenaturales?

Así, Alasita, por ejemplo, es una fiesta que posibilita poner en ejercicio esta capacidad de manipular las ideas a través de símbolos. En nuestra fiesta paceña, todo está en lugar de algo, todo representa, todo es referente, y las cosas son reales en tanto estemos dispuestos a esperar que suceda lo que no solamente deseamos, sino creemos posible. La eficacia simbólica es algo más complejo que “tener fe”, la cual evidentemente es parte estructurante del hecho. No es ilusión, placebo o engaño, sino una forma determinada de creer que hace eficaz el resultado. Más interesante todavía es que incluso podemos ser creyentes practicantes de una religión, potenciando nuestra fe en la divinidad, a partir de una mitología propia que bien articulada refuerce el sentido de la llegada de lo que esperamos (Si yo hago y digo esto así, Dios me lo va dar…).
Estoy convencida que la gente que hace “realidad” sus sueños comprando en pequeñito, no es aquella simplemente creyó que esos objetos serían posibles porque su deseo era grande, sino quien dotó de coherencia a su deseo, viviendo el mito recibido o producido, como dice Strauss, de forma eficaz. Esa, además, es una de las características más interesantes de nuestras fiestas “paganas”; es decir, su capacidad de articularse a una cosmovisión mayor de forma feliz, para quien no se empeñe en encontrar entuertos, que incluso bien usados podrían hasta ser provechosos al agnóstico, poniendo a funcionar su propio mecanismo simbólico negado, y por tanto, hacerlo eficaz. ¿No decía Rimbaud que una metáfora podía cambiar el mundo?

Agustin opinó:
La gente no solo hace la realidad sino que la vive, la disfruta y hasta la sufre.
Llegué hasta acá porque usé el “Creo, luego existo.” sin intención pero desde otra mirada. En el fondo las palabras son de todos y solo es un juego de ordenes. Igual que el mundo.
Muy bueno el post.