Primerizos en la Tiquina- crónica

Escrito por estido estido - 6/03/2010 - Nadie opinó aún

Este texto es una versión editada del que fuera publicado hace casi cuatro años en el antiguo blog.

El par de adolescentes camina con paso nervioso, disimulando exageradamente un aire de “sólo estamos de pasada”. Miran todo lo que la calle les ofrece, como si nunca hubieran estado por ahí, aunque ya es la sexta vez, en menos de una hora, que recorren esa cuadra repleta de productos diversos, cosa que ya comienza a originar cierta suspicacia en los comerciantes informales que se han parcelado las aceras. “Mira estos llokallas –dice una vendedora de tangas– cada rato están vuelteando”. “Le diremos al seguridad –le responde su vecina, la de los cosméticos–, capaz son rateros”. Y los muchachos, sintiéndose observados, aumentan aún más el histrionismo del disimulo, preguntando, sin tener conciencia de lo que hacen, reacción defensiva ante la vigilancia informal: “¿Cuánto están las tanguitas?”. La vendedora los mira chueco, su desconfianza no ha desaparecido, pero más puede su instinto comercial, que le impulsa a responder automáticamente: “¿Cuálcita quieres, patroncito? De todo precio hay; mirá estita, con encaje, suavita es, 30 pesitos nomás sale. Esta otrita también tengo, más baratita, mirá, atocá nomás, imitación seda es, brasilera, a 20 te lo’hey de dejar”. Sin otra salida, los críos ven sus manos repletas de tangas multicolores S, M, X y XL, y se las pasan entre ellos, comentando con naturalidad fingida las bondades de cada prenda, mientras la sangre se aglomera en sus rostros y comienza a quemarles las mejillas. La vendedora, con la típica impaciencia del comerciante urbandino, vuelve a arquear las cejas a tiempo de gritarles: “¿Van a comprar o no? ¡Todito me lo están desordenando!”.

Las cosas comienzan a salirse de lo planeado; se alejan del puesto con sendas tangas en los bolsillos, caminando rápidamente para alejarse de las risitas que, en su huida paranoica, se han transformado en carcajadas acusadoras. Llegan a la esquina, cruzan a la acera del frente, la de la plaza Alonso de Mendoza, y se detienen, temblorosos, para recriminarse mutuamente. “Bien cojudo eres, para qué le has preguntado”. “Es que nos estaba vichando jodido, había que disimular”. “Nada que ver, sin motivo te has meado; por tu culpa hemos perdido 40 pesos”. “Yaaaaa, si más bien le he hecho rebajar, vos ya estabas pagando calladito”. La discusión continúa por algunos minutos, hasta que, ya relajados, comienzan a ver el lado graciosos del impase. “Grave se ha rayado la vieja, su cara parecía mocochinchi”. “¿Qué te has comprado vos? A mi me ha dado una de gordas”. “Ni me he fijado. A ver, yaaaaaa, mirá, con corazoncitos me había agarrado”. “Guardala, cojudo, nos están chequeando”. “Y quép’s, para mi ñata puede ser”. “Yaaaaaa, como si tuvieras ñata”. “¿Y acaso las gentes saben?”.

Repasan el plan nuevamente y se comprometen a cumplirlo de una vez por todas. Comienzan a bajar la cuadra, asumiendo el airecito de “sólo estamos de pasada”, teniendo mucho cuidado en ocultar la cara cuando pasan por el puesto de las tangas. Doblan a la derecha y entran a la Tiquina, breve calle que se ha convertido en pasaje peatonal, pues el comercio informal pudo más que los reglamentos municipales. Actúan según lo convenido, mirando sin mirar, tratando de ubicar el puesto que no tenga compradores. Al parecer, la suerte está con ellos: al lado de un vendedor de cables, han divisado un puesto sin clientela. Aceleran el paso, eludiendo cuerpos mulit/pluri que forman la multitud que congestiona esta calle. Se detienen en el puesto de cables y comienzan a preguntar por el precio de éste y de aquél, mirando de reojo al puesto vecino, aún carente de interesados, en cuya tarima se exhiben revistas pornográficas de todo calibre. Uno de los changos, diciéndose a sí mismo “ahora o nunca”, desliza sus pies, centímetro a centímetro, hasta ubicarse frente al cuarentón obeso que regenta esa pequeña isla del sexo gráfico. En voz baja, casi balbuceando, mordiéndose la lengua con cada palabra pronunciada debido al temblor que ha atacado sus mandíbulas, mirando sin mirar, pregunta: “¿A cuánto están las revistas?”. El gordo, que no ha escuchado nada o, si lo ha hecho, padece de sordera testicular (es decir: escucha perfectamente, pero se hace al boludo), yergue su cuerpo desde la minúscula banca –que una vez liberada del peso y volumen de cincuenta y seis quilos de nalgas, ya es visible y digna de reconocimiento– para acercarse al nervioso adolescente y gritarle un sonoro “¿Quéeee?”, obteniendo por respuesta un tímido índice que señanla las revistas, gesto acompañado por un, tímido también, aunque esta vez más nítido, “¿Cuánto?”. El gordo, ajeno a las vergüenzas de la pubertad, tal como la tanguera había hecho antes, colma las manos del muchacho con una decena de revistas, explicando, a voz en cuello, con lenguaje tres equis, las características de cada una de ellas. Antes de verse implicado en semejante escena, el otro chango se aleja unos cuantos metros, dejando solo a su compañero o, mejor dicho, en compañía de las varias personas que se han reunido al rededor del puesto luego de que hubieron escuchado el “marketing hardcore” del gordo malicioso que, de no ser porque perdería un cliente, ya se hubiera despanzado de risa por la situación en la que ha metido al primerizo ruborizado.

No hay posibilidad de escape, está rodeado por varios “voyeuristas” que levantan las revistas sin recato alguno y las hojean, desplegando, en las que la tienen, la página central para ver la fotografía tamaño póster de una pelada siliconeada. Ni se fija en la revista con la que se ha quedado, sólo atina a preguntar el precio y pagar el monto demandado. Sin embargo, a pesar de que el negocio ya ha sido realizado, el gordo no piensa privarse de una buena anécdota; entonces, simulando discreción, casi al oído, le dice al chango: “Tengo unas revistas con colegialas paceñas, ¿no quieres llevarte una?, te la doy a mitad de precio, para que seas mi casero”. Y el comprador debutante, cuyo nerviosismo no le impide imaginar desnudas a la Mary o a la Cuca, conocidas ninfómanas de su escuela, contesta sonriente, “¡Ya!”, animado por la calentura que alimenta su esperanza de ver ese par de cuerpos en las revistas ofrecidas. Pero la sangre, que por unos segundos había descendido de su rostro a su miembro, retorna presurosa a los cachetes del púber para dar color a la palidez que adquirieron cuando el gordo desgraciado, al ser aceptada su propuesta, gritara energúmenamente, mirando al revistero de la acera opuesta: “Oyeeeeees, Panchooooo, pasame las pornos bolivianaaaas, este chango quiere unaaaa”. Y el Pancho, dándose cuenta de la movida, con tono serio, gritara en respuesta: “¿Acaso es mayor de edaaad? A veeeer, que muestre su carneeet”.

“Y vos de qué te ríes, cojudo”, grita el crío, ya no colorado por la vergüenza, sino por la rabia que le ha producido ver a su cuate destornillándose de risa, sumando sus carcajadas a las de los espectadores coyunturales del chascarrillo mala leche ideado por el gordo. El joven Judas, sorprendido en su felonía, comienza veloz escape al advertir que el otro chango tiene un nosequé en la mirada, pero que supone es un irreprimible deseo de callarle la risa a puñetes. La persecución se extiende a lo largo de muchas cuadras, hasta que, jadeantes, ambos se detienen a la altura del Obelisco y se sientan en las graditas del correo para dar descanso a sus cuerpos y sus nervios. “Maricón de mierda, ¿por qué me has dejado?”, inquiere el que ha consumado el plan. “Yaaaaa, ¿acaso me he ido? Si a tu ladito estaba”, responde el traidor y recibe un revistazo en la cabeza. “Ya, che, no te rayes, disculpá, es que me ha hecho asustar ese gordo cuando ha gritado”. “Eres un marica, nunca más voy a venir contigo”. “Ya pues, no te rayes, más bien mostrame la porno; a ver, ¿cuál has comprado?”. “Ni–ca–gan–do, huevoncito. Ahora te jodes, sólo yo la voy a chequear”. Y el otro seguirá con la rogadera y las disculpas por más de una hora, hasta que, dándose cuenta de la firmeza del amigo, hará explicito su resentimiento, diciéndole: “Metete tu revista al culo, pajero de mierda”.

En fin, una peleíta normal entre adolescentes. Ya se abuenarán al día siguiente y programarán otro safari pornográfico, en el que, mucho más cancheros, hojearán las revistas sin vergüenza ni culpa, regateando el precio de las que comprarán y serán compañeras nocturnas durante sus fantasiosas, ardientes y solitarias noches de pubertad.

Canción de cuna- cuento

Escrito por urbandino urbandino - 1/03/2010 - Nadie opinó aún

Con este cuento, Yonnier Torres Rodríguez (Placetas – Cuba, 1981) ganó la primera versión del Concurso de Relato Breve “Tinta Fresca”, convocado por la revista Alejandría y Urbandina.

Canción de cuna

Caminarás despacio hacia el portal. Sentirás, durante ese atardecer de verano, la extraña frialdad de las baldosas en el suelo y lo interpretarás como una mala señal, quizás como el presagio de algo funesto que está a punto de suceder. Te sentarás en el desvencijado sillón de madera con el ánimo del que nada puede hacer contra lo inevitable y antes de comenzar a mecerte, el gato barcino subirá a tus piernas, te arrullará con su ronroneo tenue, que cada día se asemeja más a la vieja canción de cuna que tus padres te cantaban las noches de fiebre, bajo la luz de la lámpara en el techo. Recordarás a tu hijo, ese mismo hijo que dentro de media hora empujará la verja de hierro y subirá los tres escalones con la mirada fulgurante del que ha logrado algo, algo que lo asusta y a la vez lo reconforta.

Acariciarás la cabeza del gato que se tersa bajo tu mano, sin saber que tu hijo hace tres días decidió romper el silencio. Ya no podía aguantar otra caminata de tres kilómetros hasta el Instituto. Está cansado de que todos se burlen, pedaleen en sus bicicletas y se pierdan sobre la pendiente, mientras él camina cabizbajo y atraviesa los pantanos, donde el tramo se hace más corto. Pensarás en la tristeza de tu hijo reflejada en el plato de cristal sobre la mesa, en la impotencia, en su sueño de pedalear cuesta arriba, en la miseria y tu semblante cambiará hacia esa angustia leve de la madre que solo puede brindar un beso en la frente, un parche en el pantalón.

Sin darte cuenta habrás perdido, por los entresijos de las cavilaciones, la puesta de sol. Ya en el cielo no quedan manchas rojas, dentro de un rato todo el horizonte sobre la carretera será de un azul intenso y te preguntarás otra vez por qué tu marido aún no ha llegado del aserrío, si habrá entrado en el bar o vendrá pedaleando por la calle Independencia, cruzando la zona norte, doblando la esquina de los mercados. En cuanto llegue le dirás: “préstale la bicicleta a nuestro hijo un día, aunque sea uno solo, aunque el aserrío quede mucho más lejos que el Instituto”.

Dejarás que el gato barcino salte al suelo y entre a la casa cuando sienta el ruido de esos truenos secos, que tatúan de luz el pedazo de cielo que alcanzas a ver, entre la verja de hierro y el parteaguas del portal. Comenzarás a oler la lluvia en el viento, sentirás los maullidos del gato en la cocina, sin saber aún que tu hijo se oculta al amparo de las sombras junto al puente, agarra un tronco de madera y espera con paciencia, con esa paciencia que le enseñaste a tener, mira a lo lejos, trata de penetrar la oscuridad de la calle, pero la noche se ha tornado más oscura, el viento más fuerte, las baldosas más frías.

Sentirás el sonido de la lluvia sobre la acera, el olor de la tierra mojada y quedarás un poco adormecida sobre el sillón, pero solo un poco, porque tu hijo empujará la verja de hierro, subirá los tres escalones con la mirada fulgurante del que ha logrado algo, algo que lo asusta y a la vez lo reconforta. Te preguntará por su padre y le dirás: “tú debes saber, porque andas con su bicicleta”. Serán esas las últimas palabras antes del grito, verás cómo su rostro se tersa cual si fuera la espina dorsal de un gato barcino, su sonrisa se transforma en una mueca de pánico y suelta la bicicleta que desciende por los tres escalones en un estruendo que apaga el ruido de la lluvia.

Aunque tratarás de detenerlo, tus pies no te responderán, andarás a tumbos por el pasillo, sintiendo la extraña frialdad de las baldosas en el suelo, y cuando llegues al patio del fondo, lo encontrarás colgado de la viga, con el cuerpo moviéndose como las campanas de la iglesia que se disparan para anunciar las nueve de la noche, y tu grito, tu último grito, se tragará cada campanada.

No podrás imaginar, cuando camines despacio hacia el sillón del portal para ver la puesta de sol, que el gato barcino, en una prueba de fidelidad, se tersará bajo tu mano inerte y quedará dormido en tu regazo, con el arrullo de su propio ronroneo.

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Para conocer más detalles sobre el “Tinta Fresca”,
puedes visitar la
página o el foro del concurso.

¿Música clásica?- ensayo

Escrito por disfonia disfonia - 23/02/2010 - 2 opiniones

Si me preguntan qué tipo de música canto digo “lírica”, y supongo que queda perfectamente claro. Ahora, si le preguntan a mi pianista qué tipo de música toca, dice “clásica”, y lo que se entiende por esto –estoy segura– es que pasa horas frente a, por ejemplo, Mozart, Beethoven o Bach y que tuvo una formación académica, interpretando así el repertorio de “los grandes compositores”. Evidentemente, estoy hablando de la deducción que sería propia de un público no especializado, pero que también correspondería a uno igualmente conocedor de la materia, al estilo tradicional, claro. Lo que me da vueltas actualmente es el hecho de que el término “clásico”, tan comprensible por comunicable, es inexacto, inadecuado, o en el mejor de los casos ambiguo.

¿A qué hace referencia lo clásico? A un periodo histórico. Y justo ahí encontramos el primer tropiezo. ¿Tocas música del tiempo de Mozart? ¿Algo de Haydn tal vez? ¿Algunas sonatas de Beethoven? Y es que, en este sentido todo lo que no comprenda el período clásico deja, por lógica, de ser clásico (¿acaso?). Pero bien sabemos que por “clásico” se entiende también todo aquello que no pasa de moda. Segundo tropiezo, porque “Con tu pollera colorá” es un indudable clásico de la cumbia, o el archisupermegaconocido “Stayin’ Alive”, de los encantadores Bee Gees, por citar los dos primeros ejemplos que se me vienen a la cabeza, y que me bastan para dejar deslizar una inocente pregunta: ¿Clásico de qué es una Suitte de Bach?, ¿de Bach?

Existe, como consecuencia, otro término en circulación que pretende desmontar el error histórico instaurando otro, ahora de carácter social o antropológico, por decir lo menos: “Música culta” viene a ser un concepto que, puestos a pedir, puede llegar incluso a ofender, no digamos a un indígena andino y su tradición pentafónica, sino a la propia Celine Dion que no creo que esté de acuerdo en aceptar que ella hace música inculta ¡ni nosotros! De qué estamos hablando entonces. De, nuevamente, ¿un discurso de poder que nombra y se nombra a partir de lo que cree ser? ¿De una visión europeizada y europeizante que clasifica, selecciona y pretende culturizar su propia práctica? Pero la cosa no se queda ahí, porque, por si fuera poco, la noción de “Música contemporánea” dictada por la Academia ni siquiera roza a Alejandro Fernández –que yo sepa más vivo que nunca y cantando por aquí y por allá– sino solamente a la misma tradición que proclama que es “la música de hoy”, pretendiendo negar tácitamente el hecho de que el 80% de la música que acaricia mis oídos, y a veces los tortura, es música popular absolutamente contemporánea.

Finalmente, no falta quien percatado de dicha desavenencia historicolingüística, sugiere que mientras practica una buena lectura escucha música “selecta”, y yo me pregunto entre qué colección de éxitos eligió sus propios hits, ya que antes de empezar mi sesión de aeróbicos, yo también selecciono la música que considero apropiada. Selecta ante qué, contra qué, por quién.

Aunque lo he hecho, el sentido de estas reflexiones no apuntan a una crítica reivindicatoria del yugo que la Academia, y todo lo que ésta connota y ejerce sobre el mundo musical. En nuestro boliviano presente, no me interesa recalcar el hecho de una colonización –además– sonora (para eso tenemos que descolonizar nuestras mentes primero) y mi propuesta no va por ese terreno, sino por otro –modestia aparte– algo más general.

Extraña o previsiblemente, y si mi ignorancia no lo desmiente, el mundo entero está aquejado –digo yo– por la carencia de un concepto, digamos un término, que nombre a cabalidad de qué música estamos hablando si digo Schumman o Puccini en vista que, como hemos visto, ni clásico, ni selecto, ni culto ni… obedecen hasta ahora a un criterio que dé cuenta de líneas comunes al género y lo diferencie –para los fines que convengan– de otras vertientes musicales. El problema radica en la inexactitud de cualquier calificativo, puesto que evocando al opuesto correspondiente (música seria vs. música jocosa???) vemos que se cae por su propio peso, y si no es equivocado, es al menos insuficiente, ambiguo e impreciso.

Luego de dar vueltas a la idea, encuentro que una veta común de este tipo de música es su tradición escrita, frente al otro amplio mundo, llámese en el tiempo, “profano” o “popular” y que no se difunde gracias a un lápiz en mano. Hay un soporte gráfico en esta manera de pensar y explorar el sonido, aunque esté de más decir que no todo es o puede ser registrado por la escritura. El arte siempre deja en silencio (pero no por eso en ausencia) una parte importante –tal vez la más– de su esencia. Pesa más lo indecible que lo que se escucha, porque lo que no se dice emite una discursividad propia; es decir, se escucha también en la música. De igual forma, en este ejercicio de registrar hay cosas que siempre quedarán salvadas a la sensibilidad y el buen criterio del intérprete, pero siempre dentro de ese paradójico marco de libertad de la tradición que mencionamos. Me dijo el reconocido compositor boliviano, Javier Parrado, hace unos años en un i-mail:

Existe una tensión resuelta por los músicos de varias maneras entre el instante que nacen las cosas (algo como el “tinkazo”) y el olvido que crece, como la piedra de Prometeo. La notación-creación, una parte de la composición, se siente a veces como un paliativo para calmar esa tensión, y las notaciones abiertas (incluso una sonata o un lied) trasladan tal tensión al campo de lo-que-no-se-escribe-pero-se-toca.

De tal suerte que la escritura del “tinkazo” queda corta frente al impulso que lo lleva a la acción, en vista que estamos frente a una manifestación artística que por antonomasia va a, si no superar, al menos traspasar el lenguaje. En este sentido, el lenguaje musical se valdrá de signos que están soportados, a su vez, básicamente por cinco líneas que configuran un sistema sonoro –sea tonal o no, en cuanto se sirven de este ordenamiento. No menciono a toda la corriente atonal, serial, aleatoria, y las otras experimentales que prescinden de las cinco líneas, ya que no se los llama clásicos ¿no? Hablo esencialmente del ordenamiento tonal y las primeras rupturas atonales. No por nada clasificar a Piazzolla, por ejemplo, se torna una incertidumbre que no pocos han tratado de responder, en vista que en su caso tenemos una marcadísima tradición popular, es decir, ágrafa (el tango), pero imprescindiblemente ordenada, repensada y escuchada, al final, a partir un papel. De ahí que Piazzolla esté en un umbral interesante; es decir, entre el tango arrabalero y los sones… ¿de la Academia? (no, porque hoy por hoy también se enseña jazz y rock en la Academia (por lo que hoy por hoy hablar de “música académica” sea un doble sinsentido)), digamos mejor: los sones que toman distancia del arrabal.

Queda claro, entonces, que es el hecho de la escritura lo casi connatural a esta producción musical. Es su característica gráfica, mono, tetra o pentagrámica, en distintos momentos de la Historia, la que a diferencia de las otras creaciones cultas, selectas, clásicas etc., que guardan la manera de interpretar su música en la memoria y en el mismo tacto, la que en principio y final diferencia una forma de hacer música. Para quienes tratamos de ser fieles a la letra, mezzo forte no es mezzo piano y por poner el más simple ejemplo, una indicación así ya condiciona todo un espectro sonoro de la interpretación. Entonces, si de dar un adjetivo se trata, un adjetivo que a su vez nombre, y que nombrando promueva alternativas, es decir, que no se circunscriba a estilos determinados (el Clásico, el Barroco, el Expresionista, etc.), pero que a su vez siente una diferencia evidente y pueda acercarnos a la comprensión de una tradición, creo que la noción de música pentagrámica –o grámica simplemente– sería sumamente válida, ya que no sólo atiende a la escritura, sino a la importancia y valor del signo en el mismo pentagrama, vale decir, a todo lo que se decodifique en cuanto signo y nos dé, a partir del significado, una forma de entender la configuración de todas esas manchitas en el papel. Que esta música –que dicho orden– me suene claro, calmo, culto, serio o aburrido, no depende de nada excepto de mi propia concepción estética –creada, lograda o impuesta– y el buen manejo del marketing. Esta música tiene su partida real de nacimiento el día en que se la escribe; en que se la da a conocer, se la analiza, se la interpreta, se la pone en el mundo a partir de un papel, si bien puede haber estado años en la mente del compositor, y no de grabaciones o conciertos que son posteriores. Acá, diría Descartes: “leo, luego toco”. Wiettgestein: “los límites de mis dedos son los límites de mi visión” y Sócrates: “conoce tu partitura…”. Creo que hablar de una tradición grámica se acerca a la diferenciación que, insisto, para los fines que convenga, puede ser útil hacer.

¿Clásica? Sí, en algún sentido. ¿Culta?, ¿elitista?, ¿ seria? Son términos, gracias a Dios, demasiado subjetivos para nombrar algo que siendo subjetivo también permite nombrarse con mayor rigurosidad. Es rescatable, no lo niego, que sin embargo lleguemos a entendernos pese a estas inconcordancias de la lógica y el lenguaje; al final de cuentas, “subí arriba” también comunica, pero estoy segura que una opción para recrear el mundo de la lengua nunca está de más.

Entrar en El Paraíso- microrrelato

Escrito por Hefesto Hefesto - 18/02/2010 - 4 opiniones

A la entrada me recibe (me repele) un hombre que, derramándose sobre un taburete, levanta un índice nudoso y macizo como un mástil para indicar que no, que no puedo entrar, que es inútil insistir (en caso contrario, según me contaron, el índice, replegándose, vuelve al amasijo de dedos que, semejante a un llavero de carne y hueso, es depositado luego en el bolsillo de la pesada chaqueta de cuero). Hombre paquidérmico y parco, San Pedro (como le dicen, según me contaron, los pocos bienaventurados que logran el ingreso, agradeciéndole de paso el saludo de la noble papada que se inclina, completando otro gesto amistoso: el guiño del ojo grande y coronado por un párpado brillante de sudor, ese ojo como abrumado por el peso de telón que parece amenazar cada una de sus miradas de ballena), San Pedro, entonces, me ha cortado el paso con ese índice nudoso y macizo como un mástil, sin una sola palabra, sólo derramándose sobre el taburete cuyas patas, cortísimas, parecen empotradas en el piso de cemento, con el NO definitivo en la inmovilidad contundente de su grasa musculosa y en la fijeza opaca de sus ojos de mamífero marino. Y yo, pobre pecador, no menos inmóvil bajo la luz roja que promete (garantiza, según me contaron) tantas delicias sin nombre, me contengo a duras penas para no golpearlo en el cráneo rapado y áspero hasta sacarle (o dejarme sacar) sangre, limitándome cobarde y razonablemente a saborear briznas de la música gloriosa que, por las rendijas del portón prohibido, escapa impregnada de luces coloridas, resplandores tropicales y el picante perfume de los ángeles. Pero sé que estorbo, porque en el ojo negro del monstruo se adivina ya una impaciencia amenazante, y detrás de mí, hasta perderse de vista, ansiosamente oscura, soltando uno que otro suspiro estremecedor en la penumbra de la galería, se prolonga la cola de almas en pena, de almas que esperan penetrar, una noche al menos, en el paraíso de la carne.

Cualquier crítica es bienvenida- opinión

Escrito por estido estido - 13/02/2010 - 7 opiniones

Por fin pude comprimir el cortometraje como para que pueda ser visto en línea. Lamentablemente, la calidad no es óptima, pero es posible descargar una versión algo mejor aquí (pesa 105 MB y esta en formato flv). Dentro de poco, en la medioteca se podrá descargar una versión óptima (en varios formatos), aunque, eso sí, su peso excederá los 500 MB.

Sin embargo, ya que la entidad organizadora del concurso no ha manifestado ninguna intención de difundir “Si acaso en Chuquiago…”, queremos compartirla con todos a través de este medio y, así, recibir críticas que nos ayuden a mejorar en futuros proyectos.

Bueno, sin más preámbulos, he aquí nuestro cortito:

DESCARGAR EL GUIÓN DE “SI ACASO EN CHUQUIAGO…”