Presentacion del libro de cuentos El fuego y la fabula- anuncio

Escrito por Hefesto Hefesto - 29/07/2010 - Nadie opinó aún

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QUERIDOS URBANDINOS:

LA EDITORIAL GENTE COMUN Y EL ESPACIO SIMON I. PATIÑO TIENEN EL HONOR DE INVITARLOS A LA PRESENTACION DEL LIBRO DE CUENTOS -GANADOR DEL PREMIO NACIONAL DE LITERATURA SANTA CRUZ DE LA SIERRA 2009- EL FUEGO Y LA FABULA, DE GUILLERMO-AUGUSTO RUIZ. LA PRESENTACION SE LLEVARA A CABO EN EL ANEXO DEL ESPACIO SIMON I. PATIÑO (AV. ECUADOR, ESQ. BELISARIO SALINAS), EN LA CIUDAD DE LA PAZ, HOY JUEVES 29 DE JULIO A PARTIR DE LAS 19H. HABRA VINO DE HONOR Y, DESPUES, VELADA EN LA CHOPERIA. LOS ESPERAMOS!

Un recorrido por la Periférica Blvd.- entrevista

Escrito por urbandino urbandino - 29/07/2010 - Una opinión

Hace varios años, la revista literaria “La lagartija emplumada” entrevistó al escritor paceño Adolfo Cárdenas, autor de varios libros de cuentos y de la exitosa novela Periférica Blvd.. En dicha entrevista, Adolfo, fiel a su estilo y personalidad, formuló algunas declaraciones que, en su momento, motivaron distintas reacciones. Transcribo unas cuantas:

Lo chicha, para mí, es apenas una de las categorías del barroco, entonces, al ser La Paz barroca, en algunos de sus estratos tiene que ser necesariamente chicha, pero no al revés.

Nosotros, que nos sentimos habitantes de la urbe por excelencia, evidentemente nos vamos a sentir pisoteados por un escritor bonaerense que vendrá a decir: “Pero viejo, este, Buenos Aires es la tutti”. Al mismo tiempo, vendrá un británico y le dirá al argentino: “Qué te pasa a vos, pobre muchacho, Europa es el gran mundo”. Pero eso no le quita categoría a La Paz, digamos, como la urbe mayor de esta republiqueta.

…una de las cosas que debería haber mantenido La Paz es esa centralidad en el término de la oferta cultural, pero ahoritita, la única oferta cultural que tiene La Paz son los prostíbulos de la Pérez Velasco…

…la entrada del Gran Poder es una triste parodia de lo que es Oruro.

Tristemente, en nuestro medio todavía no tenemos psicópatas que se dediquen a balear a la gente.

Retomando algunos puntos de aquella entrevista, días atrás dialogamos con Adolfo sobre ciertos aspectos de La Paz, mientras hacíamos un recorrido por la Periférica Blvd. real. He aquí las palabras del escritor más representativo de esta ciudad:

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1. Grabación de la entrevista a Adolfo Cárdenas en “La lagartija emplumada” (2004):

2. Transcripción editada de la entrevista a Adolfo Cárdenas en “La lagartija emplumada” (descargar AQUÍ).

3. Un cuento de Adolfo: “Hoy Fricasé hoy” (descargar AQUÍ o en nuestra Biblioteca Pirata)

Algunas miradas de y sobre La Paz- ensayo

Escrito por urbandino urbandino - 27/07/2010 - Nadie opinó aún

Omar Rocha Velasco, literato y docente de la Carrera de Literatura de la UMSA, nos ofrece este ensayo sobre dos grandes escritores paceños que dieron vida a esta ciudad en sus textos.

Algunas miradas de y sobre La Paz I

Una ciudad es lo que se dice de ella y quienes mejor dicen de las ciudades son, sin duda alguna, los poetas, los escritores, los artistas, los que construyen las ciudades desde lo simbólico, los que le dan nombre a las cosas, los que permiten que habitemos desde las palabras espacios que, de lo contrario, sólo otorgarían mudez e impasibilidad.

Una reconstrucción de las ciudades desde la literatura, permite repensar nuestro origen como habitantes de un espacio donde confluyen muchas dimensiones –geografías, paisajes, lenguas, tiempos históricos, etc. Es manifiesto que la literatura indaga la condición urbana del hombre contemporáneo, consigue cartografiar construcciones simbólicas colectivas. Así, el lenguaje es capaz de expresar la conciencia y sentimientos de la ciudad, incluso hasta cifrar ciudades: su historia, su presente y futuro.

Cada ciudad tiene su impronta, su marca, ciertas imágenes las gobiernan, cierta aura, en palabras de Walter Benjamin, las rodea. Así, Portugal es la ciudad fundada míticamente por Odiseo, la ciudad de los viajeros, la ciudad que mira de frente al mar y observa en él la posibilidades del navegar. Granada es la ciudad que reúne culturas, que fusiona lo musulmán con lo católico, es la ciudad en la que se respira un aire moro bajo el dominio de los reyes católicos. La impronta de Potosí es el pasado colonial. ¿Cuál es el caso de la ciudad de La Paz? Algunas ideas:

Sáenz y la doble fisonomía de la ciudad de La Paz

Se ha criticado mucho la lectura que se limita a un entrampamiento en la imagen de Sáenz como el bohemio y borracho de la ciudad: poca lectura, mucha identificación, mucho mito. Cada vez esa imagen está quedando más lejos, las personas que lo han conocido y han seguido una imagen, una impronta, siguen vivas, pero otros lectores que no lo han conocido se van añadiendo a los seguidores no ya de un mito, sino de un lenguaje, de una forma de conocimiento que tiene que ver con la literatura, con preocupaciones por el imaginario de la ciudad de La Paz.

Los alcances simbólicos nos remiten a la creación de imágenes que inventan, y no sólo describen, la forma de habitar un lugar. La vivencia poética que se nos regala, determina un tipo de imaginación que nos enfrenta a la “cara invisible de la ciudad”.

La frase con la que Jaime Saenz inicia la novela Felipe Delgado, considerada por él mismo su obra más importante, es: “Llovía a torrentes”, y la imagen nos proporciona una condensación de lo que en todos sus escritos se encuentra. No se trata de una garúa o una llovizna, es una caída de agua radical que empapa y compromete, sin dar lugar a vacilaciones ni a sequedades, como dice una evocación de Sergio Suárez Figueroa, “Aquí no hay tutías, las cosas se arreglan a bala”. Es una novela que tiene garra. Felipe Delgado comparte con un personaje poético de Nicanor Parra y con Armando Costas, personaje de la novela Aguafuertes de Roberto Leytón el irse a tomar unas copas dejando a sus padres enfermos en el lecho de muerte. El personaje de Nicanor Parra termina dormido debajo de una mesa y Armando Costas se va con una señorita en vez de ir a la botica a comprar la receta que esperaban en la casa. Felipe Delgado se va a tomar unas copas y llega tarde al último pedido de su padre que era morir en gracia divina. Sin embargo, Felipe Delgado llega con un cura, antes de la muerte de Vitoretti, un italiano loco.

En La Paz, se nos presenta el umbral de una nueva forma de conocer una ciudad, en la que es posible descubrir “una cara que se muestra y otra que se esconde a nuestros ojos”. Cada palabra puede ser un germen que regala algo: pensemos en aquella hermosa identificación del río Choqueyapu con la avenida Montes “dejándose escuchar su estruendo en la alta noche y, como lejanamente, a ciertas horas del día, cuando el ruido de la ciudad disminuye” (Sáenz). Este “lugar” que precisamente Jaime Saenz recoge es una de las tantas evidencias del tiempo persiguiendo a una palabra, transfiriéndole los infinitos deseos de un escritor que la comienza a imaginar.

Asumir esta doble fisonomía como un conocimiento que se abre, esta vez desde la literatura, a la posibilidad de un cambio de perspectiva en la construcción de una ciudad, no sólo engendra un cambio de perspectiva, sino que nos devuelve la posibilidad de habitar un espacio todavía no conquistado y por ende nuevamente fundado.

…algo tan terriblemente desconocido que, al no poder ocultarse más allá de lo desconocido, busca la forma de lo conocido, tornándose tanto menos conocido, cuanto más desconocido bajo la forma de lo conocido. A lo que yo me pregunto: ¿podrá haber maravilla más espantable que el hacerse invisible una cosa a fuerza de volverse visible? (Saenz).

La narrativa de René Bascopé Aspiazu

Toda la narrativa de René Bascopé Aspiazu tiene un solo escenario: la ciudad de La Paz, y más todavía, los conventillos de la ciudad de La Paz. Cada uno de sus cuentos y cada una de sus novelas es la historia de lo que acontece en alguno de los cuartos de ese conventillo grande que es su obra misma. René Bascopé Aspiazu no se propuso precisamente una reflexión sobre la escritura, sin embargo, y a pesar de ello, se puede establecer que Bascopé Aspiazu fusiona la escritura y la posibilidad de ser “artista” con la ciudad de La Paz. Él encontró una particular forma y un particular lugar de creación como si surgieran de los caprichos de la ciudad misma. Esto lo vemos, por ejemplo, en el relato de su encuentro con el ciego Macario Lugones, este hombre, mendigo por convicción y profundamente artista, había alcanzado una apariencia que armonizaba con su ciudad, tenía el rostro habitado por la viruela, usaba lentes de carey envejecido y portaba un violín. Por otro lado, Bascopé observa que Macario Lugones se pertenecía a sí mismo y a las plazuelas de Chijini, a sus callejuelas y al portal de la iglesia del Gran Poder, donde arrancaba a su violín sonidos que reunían todas las posibles variedades del lamento (1994, 71-72). Bascopé encuentra un artista en Lugones, no sólo por la pulsación del instrumento, sino por su armonía con la ciudad, por la mendicidad lograda. Macario Lugones es parte de la ciudad, logra “engranar” en ella, es parte de los lugares que habita.

La escritura para René Bascopé Aspiazu, por otro lado, está poblada de nostalgia, no sólo como recuerdo o memoria, sino como posibilidad de prolongar infinitamente las plenitudes, una especie de detención arrancada al paso del tiempo. Y esta posibilidad de escribir desde la nostalgia, no es otra cosa que la mirada que el artista construye desde su espacio habitado. Así, la puerta de la iglesia es inseparable de la pulsación y la detención del tiempo, efectos, ambos, de la mirada nostálgica. “En ese sentido la nostalgia es la búsqueda del tiempo perdido –del amor perdido– por Proust o Macario Lugones (…) Y en esa búsqueda uno hace cosas como tocar el violín en la puerta de una iglesia o escribir un poema. Y uno toca el violín hasta alcanzar insospechados matices y variantes. Y uno escribe poemas eternizando –sin querer– imágenes y sensaciones”. El cuento Niebla y Retorno expresa en la frase de la abuela del protagonista toda esta forma de enfrentarse al paso del tiempo: “ella sabía que mis primeros años no eran sólo ceniza”. Los objetos –una pila que servía a todos los vecinos, por ejemplo–, las personas, los cuartos, son generadores de una escritura que se sostiene en recoger aquello que la ciudad ofrenda desde una falta, una pérdida, un vacío poblado.

Sería un error, pues, calificar la narrativa de Bascopé como una aventura “épica” que cruza las fronteras de lo social y lo urbano, llevándonos a explorar, al mejor estilo boy scout, tierras novedosas, no descubiertas, marginadas. La insistente oscilación en el borde, y aquí se vislumbra un movimiento de dos caras (más allá y más acá del sauce), nos muestra que el abismo no es ni eterna, ni necesariamente un espacio vacío. Está habitado por aquellos que poseen la llave de sus secretos: las prostitutas en su desplazamiento (de la Conde Huyo a Caiconi), trazan y cambian los destinos de la ciudad y viceversa. La visión de La Paz, convoca, en Bascopé, a los colores del adobe mojado: “Sus primeras y últimas luces se encienden y es inevitable que una absurda y vaga tristeza lo invada a uno, más aún cuando ha escampado”. Los sonidos de la ciudad después de la lluvia, los juegos de los niños en el patio, la señora separando el cabello para hacerse una trenza, el señor a punto de echar agua al inodoro, todo cobra una significación diferente, vistas las cosas desde la calle del conventillo, donde está el patio, desde donde se ve el cuarto que habita René Bascopé Aspiazu.

Tu nombre- cuento

Escrito por anig anig - 25/07/2010 - 3 opiniones

–¿Vamos al Valle de las Ánimas?
–Ok.

Partimos con una botella de vino en noche de “auto de buen gobierno”. En la tranca escondí la botella debajo de mis pies. Al llegar al lugar preciso las dos montañas, los dos apus, el Illimani y el Mururata, nos miraban brillantes. Las estrellas les regalaban su luz o al revés. Hacía frío. Nos abrazamos. La Cruz del Sur estaba casi sobre la ciudad. Se dice que el 3 de mayo al amanecer, la Cruz del Sur se sitúa sobre el Illimani. Hablamos, contamos, nos abrazamos y luego felices bajamos al auto para tomarnos el delicioso vino y para charlar y enamorar. La ciudad nos mira, nos interroga, los apus están detrás de nosotros. Pregunto por el nombre de la ciudad. Nada responde, nadie habla, hemos quedado mudos de luces, vino y viento helado.

Busco tu nombre, lo despierto en los olores, lo respiro en la neblina. Corro a buscarlo, me tropiezo en el adoquín, me sumerjo en la alcantarilla, me columpio en tus heladas. No lo encuentro, no lo habito. Cinco de la mañana, hiela. Tu voz se me niega. Siete de la mañana, el sol sobre mí, los apus amanecen nublados, su ausencia es tu nombre. La noche sabe de tu voz, tu nombre lo dice. La neblina cruje, tu nombre suena escondido en los dos Apus que nos bautizaron.

Estoy sentada aquí, en el mismo lugar, con el mismo cigarrillo y con el miedo de poder contarte en un cuento, de querer enterrarte mis uñas en tu costado, porque si te cuento, si te escribo, te puedes quedar en estas páginas y no salir nunca más. Es el miedo, dueño de mis ficciones, que quiero exorcizar y quitar de estas letras que te escriben para convertirlo en profecía, nuestra profecía. El vino se ha acabado, nuestras bocas se han cansado de ahogar silencios. El nombre de la ciudad sigue siendo la incógnita que nos ha derrumbado, que ha terminado en alud de casas derrumbadas como naipes, nos hemos enterrado en lodo, en granizo, en ausencias.

Si busco tu nombre en las palabras, me voy a volver sorda. No es tu nombre, tiene que ser tu voz. Gritas, murmullas, callas y la voz que te conoce está ausente. No sé llamarte, no sé escucharte, no te conozco sino a partir de mí misma cuando busco tus rincones para llorar. Te miro de noche, te respiro.

Hay algunas cosas que se han quedado en mi retina, (no en mis oídos, vivo sorda a tu voz): una vez bajando a pie desde la Ceja, las quebradas, los perros y los basurales. Otra vez en Alpacoma, el lugar desde donde se miran dos ciudades, la sin nombre y Alpacoma, y desde allí sólo la luz de las montañas mirando. Tú sin sonar, sólo estándote, mirándonos.

Me abismas los ojos, los oculto en mi vértigo, los descuelgo desde tus alturas, me abismas los dientes, los tiemblo de frío, los lleno de viento. Quieres nombrarnos antes de que descubramos tu nombre, antes de que descubramos la grieta que separa, antes que nuestros propios nacimientos te puedan dar nombre.

¿Qué puedo reclamarte? ¿La piel de los otros? ¿El cúmulo de recuerdos que me habitan por propio deseo de no olvidarlos? ¿Puedo reclamarte tu silencio cuando muchas voces me están hablando y yo las hablo? ¿Qué te puedo decir que no te hayan dicho mis gestos? ¿Cómo puedo nombrarte si ya te han nombrado? Me suenas en todas tus calles, espero tu grito. Me sumerjo en este ruido que no deja de sonar en mi cabeza. No puedo ni siquiera disculparme porque yo soy todas esas voces, todos esos golpes, todas esas pieles y las traigo a tu lado porque así es como me siento completa, así es como espero que me alcances y me digas tu nombre. ¿Cómo hago para callar el ruido? Cómo hago desaparecer todos los sentimientos, todos los amores. ¿Cómo hago para esperarte en silencio? No puedo reprocharte tu repentina ausencia, tu falta, tu lejanía hecha montañas.

Tal vez nunca te escriba un cuento, tal vez nunca te dicte unos versos de amor. Tal vez no te dé nunca puñaladas, ni te quite la grasa de tu costado; tal vez nunca te imagine asesinada por mis manos. Tal vez. Pero eso es lo que me mueve a amarte y nunca te lo voy a decir, sólo lo voy a mirar en tus ojos.

No sé qué nos hemos hecho, tal vez nos hemos encontrado y listo; tal vez las montañas, los achachilas, no sé…

De la literatura, su carrera- crónica

Escrito por estido estido - 23/07/2010 - Nadie opinó aún

Río Fugitivo, qué esp’s eso”, decía un crítico de retaguardia, refiriéndose al nombre de una ciudad ficcional imaginada por un escritor cochabambino de cuyo nombre no quiso acordarse, añadiendo a la ninguneada: “Macondo, Comala, esos son nombres que quedan grabados, esos son nombres que realzan la ficción”. Y yo, para mis adentros, soliloquiando, “Caraspas –me dije–, este señor nunca ha debido escuchar de La Paz, seguro en su carnet dice nacido en Chuquiago”. Porque si de ficción hablamos, qué mejor nombre que “La Paz”, así con mayúsculas hasta en el artículo; ¿acaso hay alguna ciudad que se llame “El Amor”, “La Felicidad” o, en el peor de los casos, “El Odio”, “La Venganza”? No pues, así con tanta alharaca, sólo se llama esta ciudad. Claro que para nosotros es común, ni le damos bola a todo lo que implica el nombrecito; particularmente yo, nunca había reparado en las connotaciones del ínclito nombre; pero sucedió que una noche, hace algunos años, durante una guitarreada internacional en un boliche cusqueño de mala muerte, un sujeto me preguntó a quemarropa: “Y, tú, men, en dónde vives”. Con absoluta naturalidad, aunque también con un aire de soberbia, respondí: “Yo vivo en La Paz”, haciendo que el sujeto abriera sus achinados ojos y, mirando a su vecino, exclamase: “Puuuuucha, pata, este men está avanzado, nosotros sólo vivimos en la gloria”, e inmediatamente me ofreciese un porro babeado, como para sellar una amistad que les asegurara pasaporte libre a mi terruño. Y a pesar de que traté de remediar el malentendido, “Paceño soy”, diciendo, el sujeto ya no quería bienentender: “No, men, no eres paceño –me decía–, eres gurú”.

Y hasta metafísico ha resultado tal apelativo, pudiendo incluso ganarse un lugarcito en la garganta pisquera del Papirri, es decir, una vez incorporado a la metafísica popular, ¡uy cará!, pues méritos para engrosar la letra de ese tema no le faltan; si no, cómo se puede explicar que un comentarista deportivo, en un programa femenino matinal, durante el segmento de opinión política, haya expresado, hace tiempo ya, de manera enfática e incluso con gesto poético denotado por una sutil rima: “Con mucha tristeza, distinguida teleaudiencia, debo referirme a un luctuoso suceso que está ocurriendo en estos momentos, precisamente en este instante, hoy mismo, mientras les hablo, debo comunicarles, repito, con mucha congoja, que en La Paz hay guerra del gas”. ¡Uy cará!

Como el nombre de la ínclita puede asumir distintos sentidos en distintos contextos, alguito de esa virtud, de alguna manera, ha debido nomás heredarnos a todos los cholos que hemos nacido en este hueco. Sólo así se puede entender que un cruceño, que ya vive cincuenta años en La Paz, hable siempre como camba, y que un paceño, que apenas vive dos semanas en Santa Cruz, hable siempre como camba también. Inconciente virtud camaleónico–lingüística poseen los urbandinos. Como si nada, de repente, sin querer queriendo, a uno ya se le pega el acento de otro. Y no es una exageración de esta virtud paceña; bástenos con recordar lo ocurrido durante la visita del príncipe Felipe de Borbón, quien había llegado para presenciar la posesión del primer presidente indio de Bolivia. Un promisorio valor del servicio diplomático, distinguido alumno de la academia del rubro, fue pomposamente designado “jefe de protocolo, con carácter exclusivo, para y durante la visita de la delegación española”. Es decir, en lenguaje más corriente, lo pusieron de llevaytrae del Delfín. Labor que no tuvo que desempeñar por más de tres horas, ya que el futuro Rey de España llegó acompañado por un selecto grupo de viejos diplomáticos, entrenados, específicamente, para coordinar esas tareas de manera profesional y eficiente. Sin embargo, durante esas tres horas, nuestro promisorio diplomático hizo las presentaciones de rigor, indicó dónde quedaban los baños, se tomó unas siete fotos con el príncipe, se hizo autografiar la camisa, en fin, convivió nomás con los españoles, hasta que, dado que ni sospechaba que los bostezos, las consultas continuas al reloj y las cabeceadas del mimado de doña Sofía eran indirectas para que ahuecara el ala, tuvo que ser un corpulento guardaespaldas quien de buena forma le dijera: “Os pido un favor, id hacia la puerta y cerradla, pero ¡por fuera, coño!”. Nuestro jefe de protocolo, meditando esas palabras por unos segundos, comprendió la indirecta y, guiñándole el ojo al gorilón, le respondió: “Hoztiaz, creo que ya ze me hizo tarde”, y avanzó, seguramente con la intención de despedirse, y de una última foto, hacia el príncipe, pero la enorme masa del guardaespaldas le bloqueó el paso, por lo que no tuvo más remedio que sacar una fotito desde ahí nomás, al estilo paparazzi, y despedirse casi a gritos de Felipín: “Ea, zu alteza, que ya me voy, que fue un guzto conocedle, bienvenido zoiz en mi paiz, y bueno, hazta mañana”. El gorila español, pensando que el indiecito se estaba burlando de su castellano acento, a punto estuvo de partirle la crisma, mientras que Felipe respondió, a guisa de recompensa, con una sonrisa, pues pensó que el indiecito se estaba esforzando por pronunciar adecuadamente el idioma de Cervantes.

El peligro de esta virtud paceña es que lo camaleónico se extienda de la lengua al cerebro; y eso, la experiencia cotidiana lo demuestra. Así lo expusieron, en diálogo público, a través de las ondas de una radioemisora, un par de sindicalistas empeñados en demostrar lo incoherente de las autonomías. “De qué pueblo cruceño se puede hablar –señalaba uno– si estadísticamente está demostrado que el cuarenta por ciento de la población en Santa Cruz es colla, el cincuenta por ciento es descendiente de collas, el ocho por ciento son chinos y el dos por ciento son croatas. Entonces, ¿de qué cruceñidad hablan?”. “Es que con engaños hacen que nuestros hermanos nos odien –apuntó el otro sindicalista–. Como los maltratan, rápido tienen que hablar igual que los cambas, para camuflarse, y así se vuelven come collas, o sea, antropófagos, caníbales, a–cha–ca–che–ños, y para convencerlos, les hacen gritar ‘viva la autonomía’, diciéndoles que la autonomía es la ley para la legalización de autos chutos”. Y acaso estas afirmaciones puedan tener asidero en un graffiti aparecido en una pared cruceña, en el que, con letras enormes y verdes, dejaba leer: “Mueran los collas de mierda”, y debajo de esta frase, entre paréntesis y con letra menuda, aclaraba: “(menos papá y mamá)”. [Leer el texto completo]