Y el Tinta Fresca 2010 es para…- anuncio

Escrito por urbandino urbandino - 15/05/2011 - 12 opiniones

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¡VOLVEREMOS!- Urbandina

Escrito por urbandino urbandino - 9/08/2011 - 3 opiniones

Estimados amigos y lectores de URBANDINA, una serie de lamentables acontecimientos cibernéticos donde se han visto envueltos robots hackers de IP y otras yerbas malignas del vasto mundo de las redes, han terminado por desbaratar la continuidad de las entregas que nos propusimos poner en su consideración con la frecuencia y calidad que ustedes se merecen.

Dadas estas circunstancias, nos propusimos mejorar URBANDINA, convirtiéndola en un espacio más amplio que un blog y menos vulnerable que el mismo. Dentro de poco, relanzaremos una URBANDINA renovada como una revista literaria de la ciudad de La Paz, que abra espacio desde sus páginas virtuales a todos aquellos que cultivan la pasión de la palabra.

¡HASTA PRONTO!

Leer: Dicese de cierto movimiento ocular- ensayo

Escrito por disfonia disfonia - 4/07/2011 - Nadie opinó aún

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Víctor Hugo Quintanilla en su artículo “La piratería de libros y la ausencia de lectura: en contra del mercado, en defensa de la vida”, publicado en El Hablador No. 11 (www.elhablador.com) sostiene que lo que la sociedad – seguramente boliviana- lee es “lo que puede ser constitutivo para su cotidiano devenir” y no “lo que la academia o las editoriales quisieran que se lea”, por lo que, según él, “lo que no se lee son ciertos libros que no son del interés de ciertos estratos de la sociedad. Y esta afirmación supera ideas excesivamente ingenuas como la creencia de que no se lee por ser parte de una familia analfabeta o porque no se tiene recursos económicos para comprar libros”.

Según el autor, no solo los intelectuales y personas relacionadas con la cultura ofertan libros y señalan qué leer, sino también los comerciantes que eligen qué libros piratear, siendo estos, por lo general, libros light y de autoayuda. Esta oferta sería, al parecer, ampliamente consumida por un público ávido de contenidos que no responden a lo que Pierre Bourdieu, citado por el autor, llamaría “nobleza cultural” dado que, según Quintanilla afirma, somos países del tercer mundo con una fuerte influencia indígena, lo que -se deduce de la lectura- impide poder acceder a dicha nobleza cultural. En suma, según Quintanilla, en “estos países” se lee mucho ya que “no hay que infravalorar la decisión de las personas que entre leer una ‘buena’ obra literaria, optan por leer el horóscopo, por leer las letras de las canciones del momento o simplemente leer libros que ayudan, por ejemplo, a despertar la sexualidad”; en ese sentido,  “ver como ‘menos’ el interés por el contenido de los libros pirata o light solo remarca una severa ausencia de eticidad para con los otros que son distintos a la racionalidad moderna de la educación humanística”.

 Cuando leí estas afirmaciones, lo primero que vino a mi mente es qué es lo que su autor entiende por “leer” o por la expresión “en tal país se lee” o no se lee, ya que bajo las nociones que se manejan en el artículo cualquier cosa que implique recibir información a través de los ojos, entiéndase libros de autoayuda, el horóscopo, letras de canciones, un cartel o una señal de tránsito (acordemos que éstas también se “leen”) puede ser entendida como lectura. Bajo tal situación, en estos países sin duda se lee, y creo que podemos sentirnos satisfechos quienes estamos vinculados de alguna forma a la educación, literaria específicamente. De hecho, leemos como pocos el futuro en coca.

 Sin embargo, si por leer se entiende: “entender o interpretar un texto de determinado modo”, como señala la RAE, y creo que es la más básica definición de donde podemos partir,  la situación es desalentadora, puesto que, evidentemente, no se trata de esperar que la población lea literatura especializada en un tema, digamos ficción -Quintanilla se refiere muchas veces a literatura light-, sino lea cierta literatura que implique un ejercicio de criterio y trascienda la mera información. Ya que este acto en Bolivia es comprobadamente pobre, y lo sabemos, insisto, quienes tenemos al menos algo de contacto con el sistema educativo, entonces, es de echar en falta mucho más el acto hecho hábito; es decir, la acción de leer de forma crítica, continua y sistematizada.

 Quintanilla afirma que como hay demanda de títulos que, dicho sea de paso, son, según el autor, “elegidos por los mismos comerciantes” (cosa que hasta donde mi sospecha hecha investigación ha llegado, no es cierta, puesto que lo que se piratea son libros ya “canonizados” por los lectores en mercados de donde viene la piratería (en nuestro contexto, Perú)) puede afirmarse que en Bolivia se lee. Entonces, nuevamente  me pregunto: ¿podrá inferirse que porque alguien compró un libro o dos o diez a lo largo de los últimos años este alguien “lee”? De ser así, mi última adquisición de octubre a la fecha (Por qué los hombres aman a las cabronas”) afortunadamente me pone del lado lector. Suspiro aliviada.

Pero hay más. El  autor sostiene que respetar esta preferencia en la población es un acto ético, y en eso coincido plenamente; el punto es que  no está en cuestión si hay o no que respectar esa preferencia, sino si esa preferencia (lectura de “literatura light”, horóscopos, letras de canciones o carteles) que, dicho sea de paso, no sabemos si implica un ejercicio habitual en la población, puede ser considerada “lectura” en el sentido que ahora nos ocupa.

Por último, recordemos que Quintanilla afirma que es ingenuo creer que “no se lee por ser parte de una familia analfabeta o porque no se tiene recursos económicos para comprar libros”, sino que sí se lee según el interés del estrato social y este acto o su aceptación implica una defensa de la vida (lo que se interpreta desde el título de su artículo). Retomo esta afirmación porque de ella se desprenden al menos dos hechos: primero, su validez depende de que estemos de acuerdo en aceptar que el nivel económico de ese estrato social es estupendo y la inmensa mayoría de la población no solo está alfabetizada, sino goza de niveles comunicativos y de comprensión que le permiten acceder a un rango importante de libros; de esta forma  podría pensarse  que no se leen ciertos libros (coincidentemente los que deberían leerse, no por ser occidentales o colonialistas o modernos o como se los quieran llamar, sino por lo que son capaces de producir en los lectores, en tanto seres universales, por decir lo más básico), porque no son del interés de la inmensa mayoría, que podría comprarlos si no los encontrara, digamos, poco útiles o fuera de contexto. Atribuir la falta de lectura a una falta de interés es, creo, también ingenuo. . Al menos en Bolivia, no se lee porque comprar libros resulta caro, a menos que sean piratas, pero incluso estos resultan costosos para cualquier lector que quiera leer una cantidad significativa, esa que nos llevaría a decir , “este sujeto lee”. Por otro lado: no hablemos de Foucault, sino de Adolfo Cárdenas; ¿Quiénes lo leen? ¿Será que los que no lo hacen  ignoran sus cuentos y novela por falta de interés? ¿No será por desconocimiento? Preguntémonos, ¿por qué se ignora cierta literatura, incluso pirateada? Porque no hay nadie que la presente al consumidor; sea la crítica que no hace bien su tarea, como dice Quintanilla, sean los centros de enseñanza que por desconocimiento o dejadez no presentan a los estudiantes nuevas posibilidades, y no de vez en cuando, sino constantemente.

Segundo, creo que es exagerado pretender defender la vida a través de la defensa de la piratería, no porque esté en contra de ésta, todo lo contrario; sino porque cualquier defensa debería pasar más bien por una apertura de horizontes antes que por una celebración de lo vital que parece resultar para Quintanilla  leer  lo que sea con tal de leerlo. Pero, en realidad, me parece que el autor, cuando habla de la defensa de la vida y su ética, apunta a la importancia que tiene un plato de comida frente a un libro en un contexto como el nuestro, de donde deduzco que: o al contradecirse demuestra que el factor económico y, por tanto, las prioridades, siguen siendo clave para la carencia de una lectura habitual que nos libere de lo que podríamos considerar limitaciones contextuales o históricas, o se le olvidó nombrar en su texto revistas y folletos sobre recetas de cocina como fuente de lectura fuertemente consumida.

En suma, concuerdo con que leer no significa solamente comprar, interpretar y dar un sentido a la literatura occidentalmente canonizada, (lo que daría pie a otro ensayo para tratar de definir qué es “literatura occidentalmente canonizada”; según qué academia, según qué editoriales, etc.), si vamos a hablar de literatura en sentido estricto, pero no creo que pueda afirmarse que ciertos estratos de la sociedad, en Bolivia mayoritarios, “leen” porque de vez en cuando adquieren un libro pirata de autoayuda o mitigan sus angustias consultando a los astros, o repasando con los ojos la etiqueta de una cerveza.

Las letras digitales en el país pirata- ensayo

Escrito por urbandino urbandino - 3/07/2011 - Nadie opinó aún

Desde Santiago de Chile, el poeta y cuentista boliviano Eduardo Alvarez Sanchez, nos presenta un artículo sobre las letras digitales, los blogs y el uso de  las nuevas tecnologías que han permitido que los autores se acercan a los lectores de una forma en la cual, el papel impreso ha dejado de ser el mediador entre los imaginarios vividos, la crítica, la opinión y la exploración de las diferentes realidades a través de la democracia de la red o la alternativa (válida o no) de la piratería .

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En mis no tan lejanos tiempos de universidad era algo bastante común que el docente eligiera a algún alumno para que se encargue de las fotocopias. Se hacía responsable del libro original, las más de las veces de la fotocopia original, la dejaba en uno de los tantos centros de copiado de los alrededores, y los alumnos nos anotábamos en una lista que definiría el número de copias a sacarse. No faltaban los fotocopiadores que aprovechaban su mostrador para publicitar los títulos más vendidos, exhibiendo la tapa en una mala fotocopia blanco y negro. Así, ya en afán de estudio u ocio, la fotocopiadora de la U era una alternativa más barata que la librería.

En ciudades como La Paz el contrabando tiene que ver con una forma de vida. DVD’s, música, ropa y juguetes nuevos o de segunda mano obtenidos de manera dudosa por los vendedores. Un agujerito en la parte de la camisa que no se ve, una leyenda de “copia para prensa, prohibida su venta” a lo largo de la película, un par de páginas que no se leen. Con tal de ahorrarse plata algunos aprenden a sobrellevarlo, otros están acostumbrados, siempre fue así. “En un país con un ingreso per cápita tan bajo, solo pirateando se puede otorgar al pueblo la posibilidad del acceso a la cultura”, opina Willy Camacho.

Así, con parche en el ojo, el libro digital va encontrando la manera de acomodarse a los lectores de ciudades como La Paz. En Santiago de Chile, donde ahora vivo, el método de las fotocopias se alterna con el del libro digital. No falta el compañero de buena voluntad que usa el scanner en casa o en la oficina para digitalizar los libros de mayor interés, entonces el estudiante opta por leerlo directamente en el computador o por imprimirlo a un bajo costo en el mismo centro de copiado.

Sin duda el Ipad y demás artefactos solucionan problemas como cargar con la fotocopia en la mochila y malgastar la vista leyendo en la pantalla, además les puede caer el café encima y siguen funcionando. Dado que esta tecnología todavía no es accesible para muchos, tendremos que conformarnos con fotocopiar o seguir leyendo desde la pantalla del PC hasta que los precios de la tinta electrónica bajen.

Y de todas formas la digitalización de un texto da espacio a situaciones impensables, como la transcripción de libros antiguos que se perderían de otro modo. Recuerdo el proyecto inconcluso de Paul Tellería: transcribir el Felipe Delgado de Jaime Sáenz en un blog editado colectivamente. Las grandes compañías proponen clásicos en versiones especiales diseñadas para sus dispositivos, Alicia en el país de las maravillas y Drácula por ejemplo. En el blog para educación en nuevas tecnologías Xarxa TIC, el autor pone en discusión la calidad de los libros digitales que ofrecen a las escuelas en España por ser presentaciones de power point o simples archivos pdf, señalando que el lector debería exigir más calidad por parte de los comerciantes de este tipo de libro.

A ritmo y manera particulares el libro digital está cambiando la manera de leer, y muchos ven en el libro impreso un objeto obsoleto o un artículo de arte. Paz Soldán cuenta la decadencia de las librerías de Ithaca y menciona que casi 300 de las más de 600 de los Estados Unidos han cerrado, advierte que los libros digitales van convirtiéndose en los subsidiarios de los impresos. Por otro lado la facilidad para publicar en la red permite que autores emergentes puedan difundir su obra sin pasar por el filtro de las editoriales tradicionales. Se ofrecen servicios de corrección de estilo, diseño y hasta mercadeo. Así como hay cosas que de hecho no vale la pena leer, uno encuentra blogs y libros con gran calidad tanto de autores consagrados como de personas que apenas empezamos en el camino de las letras impresas y digitales. Y aquí es donde me detengo con la siguiente pregunta: ¿cómo influye internet y su omnipresencia en los que nos estamos formando en el oficio de escribir?

El 2006 se armó una red social de blogueros en Bolivia, empezó a raíz de que el ganador del premio de cuento Franz Tamayo de ese año abrió un blog y convocó a un encuentro entre los que se comentaban mutuamente y quienes quisieran unirse. Yo lo supe cuando mi amigo Oscar me invitó a asomar por ahí las narices. Claro, los dos hubiésemos querido ganarnos el premio y ahora queríamos conocer a Willy Camacho. Él ya era un escritor sólido y desde entonces compartimos varias farras y conversaciones. El Perro Rabioso estaba haciendo sus primeras armas, Oscar abrió ese blog en coincidencia con una célebre etapa de su vida en que no tenía trabajo y pasaba sus mejores horas en la hemeroteca, dedicado a rescatar crónicas periodísticas de principios del siglo XX en Bolivia y otras latitudes. Los comentarios, que son la sangre del bloguero, fueron aumentando y se dispararon luego del encuentro “bloguivianos 2007” en Santa Cruz. El auditorio se desternillaba de risa cuando el Perro Rabioso exponía su ponencia sobre el movimiento urbandino de la ciudad de La Paz. “Después del encuentro (…) todos me decían perro, he empezado a sospechar que el blog estaba teniendo una identidad propia entre la gente, es decir, ya era el perro el que escribía, no Oscar Martinez”. Le escribían mails con críticas y felicitaciones.

Es que el concepto de su blog es suculento: “me fascinaba el uso tan solemne del lenguaje que utilizaban los periodistas de la época para referirse a temas tan burdos y cotidianos como la falsificación de marcas de leche o la expulsión de ciudadanos “indios” de bares de clase alta”. Para él La Paz ahora es tan surreal como podía haberlo sido antaño:

“…cuando llego a esa conclusión veo que la crónica te ayuda a escribir sobre el cotidiano del siglo XXI, pudiendo utilizar casi el mismo lenguaje de las crónicas del 1900; entonces pienso que sería bueno experimentar crónicas de un perro vagabundo que todo lo ve.”

Lo de rabioso viene a propósito de los blogs que odiaba y hería mortalmente con sus comentarios, y lo fundamental no era eso: “me parecía una buena forma de dar a conocer tus textos y sobre todo una buena forma de practicar la escritura y compartirla con otros lectores y bloggers”. La experiencia ha ido más allá de lo que el autor creía:

“Varias veces pensé dejar el blog, pero me he dado cuenta que normalmente lo decidía estando deprimido, como queriendo matar un alterego o algo así… lo que me ha desanimado a hacerlo definitivamente es que hay gente que no conozco y que me manda emails contándome cosas que les recuerdan los textos que escribo, gente de otros países que dice que les gusta el blog o bolivianos que viven en otros países. De todos modos, pienso que ha tenido un tiempo y una razón de ser y como este año cumple seis años el blog, de repente es mejor ya dedicarse a otro público, aún no lo decido, en el facebook hay más gente comentando y retroalimentando tu trabajo (…), me parece que podría dejar el perro rabioso. Lo tengo en mente, pero ya tomaré la decisión final.

En el ensayo “Hipervínculo o hipertexto: la nueva textualidad”, hallamos esta reflexión sobre la experiencia en que puede convertirse leer en internet: “la voz de autor se funde con el auditorio conformándose una literatura sincrónica que desplaza los determinismos y recompone todo argumento”, un texto llama a otro y a otro y lo más importa es la obra, no el que la escribió. En este blog el autor/personaje pudo haber sido moldeado a través de la tensión con el lector/autor en un intercambio constante. Con razón afirma que en cuestión de escritos al Perro Rabioso le va a costar ser otra vez Oscar Martinez:

Una vez, en un bar, un chico borracho me estaba diciendo que le gustaba la literatura, le dije que a mí también y que a veces escribía. Me contó que iba a abrir su blog, le respondí que los blogs son buenos para practicar escritura y que la gente te conozca, pero que ya no hay mucha gente leyendo blogs, por lo menos en Bolivia. Él me dijo que lea el blog de elperrorabioso; un tipo que parece que es un borracho medio loco pero que escribe bien… Le quería decir que era yo el perro rabioso, pero en fin, me alegró su comentario y que se decida a abrir un blog.

Eduardo Alvarez Sanchez. Santiago de Chile, abril de 2011.

Infidelidad, morir de morder el pecado.- Urbandina

Escrito por perrorabioso perrorabioso - 9/06/2011 - 5 opiniones

Ramón Rocha Monroy dijo en ocasión de una entrevista, que ciertos amigos le piden ayuda para corregir textos que les gustaría mucho publicar algún día, textos que al igual que su publicación, la mayor parte de las veces no ven la luz, jamás.

Para no repetir la maldición de que lo que se quiere hacer no se haga,  es que hemos decidido invitar a gente interesada en realizar reseñas de libros o ensayos literarios, a fin de que, los y las jóvenes que practiquen la actividad literaria más allá de las necesidades catárticas e introspectivas que son tan características de cierta etapa de nuestra vida, puedan encaminarse a trabajar la palabra con la pasión y la creatividad que amerita el caso, arriesgando su “yo creador (a)” en el camino al exponerse a las críticas, sabiendo que eso también hace parte de su oficio. Como decía Julio Ramón Ribeyro en “La tentación del fracaso”:

…escribir es una inmolación consciente y razonada que el escritor —el verdadero— hace de su tiempo, de su salud, de sus intereses materiales, de su vida, en suma, para crear un orden de palabras que lo satisfaga… hasta qué punto la labor creativa implica la autodestrucción del creador.

Por esto, nuestra invitada en esta ocasión, Adriana Magariños que se define “… barragana indiscutible de cuentos y aventuras fantásticas, que está en su auge cuando siente el olor a libros antiguos.” demuestra, con la ironía de la buena observadora, que en el limbo de las relaciones y el amor, no hay recetas salvadoras, sólo historias que contar y maldiciones que gritar o ahogar. Conclusiones de un proceso de reflexión que tal vez sólo se pueden hacer a cierta edad, antes de que cualquier desgracia nos parezca tan cotidiana y normal, o mejor dicho, antes de que la convicción de conseguir al menos una respuesta ante las miles de interrogantes que nos atormentan a diario, desaparezcan eternamente por la costumbre del tropiezo.

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Infidelidad, morir de morder el pecado.

…el amor, que por su propia vehemencia vive más allá de posesiones tan irrelevantes como el bienestar y la cordura, solo puede perderse con la vida. No he muerto, luego amo…

Xavier Velasco

Más allá de mi consciente limitación a la hora de escribir, como se dice, “legalmente”, con puntos en las íes y sangría de 5 espacios, he pensado en, más bien, dar un testimonio, tal vez una vivencia o, quien sabe, una interpretación acerca del mal platicado tabú de la infidelidad.

Siendo como soy y dejando de lado mis anteriores ideas de escribir sobre cosas lindas, y harta de leer cosas sobre cachorritos, elección de colores o test onda vanidades, es que el tema del empapamiento de  realidad me llega de sopetón reclamando su lugar…

Ésta es la cruda verdad, sin tapones ni vendas, a calzón quitado. Es lo que es. Los ofendidos (que somos varios, seguramente) ya estarán pensado alguna respuesta brillante, coherente y acertada, pero infidelidad es infidelidad… so pena.

“La sexualidad, cataclismo iniciático de la aventura   humana, con significados escindidos para hombres y mujeres, que ancló en la figura de Eva, la causa de la “perdición” del hombre hasta nuestros días, confirmado en los marcos de la Literatura, la Historia, la Mitología, la Religión, la Ciencia y de manera coercitiva incluso, por el Derecho. (Péres H., Hernández Y., 2007)

¡Pero claro! Todo comenzó desde mucho antes de lo esperado, y más esperado aún, toda la culpa es de Eva, la perdición del hombre.

Según Eisenberg Glantz, la infidelidad ocurre por diferentes factores, como  “la privación sexual, la búsqueda de aventura, curiosidad o insatisfacción sexual, aburrimiento, falta de novedad, pasión e intimidad.” Al leer esto por primera vez creí haber entendido el aburrimiento fatal. ¿Lapsus? Probablemente.

¿Pasión? ¿Aburrimiento? ¿Falta de novedad? Mirá, si nos aburriéramos de todas las personas a las que conocemos y con las cuales tenemos ya años de relación, entonces nuestras relaciones dentro de la sociedad serían algo así como “úselo y tírelo”. Y pasión ¿por qué? ¿Pasión por la pasión? Pasión por uno o varios individuos, pasión por la cosquillita esa que se siente cuando estás haciendo algo idiota “malo”, pasión…

“El amor y el deseo se parecen, gritaba el condenado”, dice un verso del poeta Miguel Oscar Menass. Y evidentemente, del deseo puede nacer el amor, y del amor el deseo, pero cuando el deseo termina, el amor se queda sin su buena pata de palo que hacia andar al pirata, cojo y avergonzado: pone punto final a la historia.

La mayoría de las personas, creo yo, y según lo que he podido vivir,  van más por la idea de aventura; se crean una doble vida, como si de alguna manera fueras menos mortal; así, eres una persona, por un lado; por el otro, eres alguien completamente diferente. No necesariamente cambias de forma conscientemente; todos actuamos de manera diferente de acuerdo con las personas con las que nos juntamos:  no eres igual con tu chico que con tu papá (espero). No es que se mienta, nada más cambias la actitud.

Pienso que es posible que de alguna manera nos guste la forma de cómo actuamos cuando estamos con “un alguien” más que con “otro alguien”. ¿Me explico? ¿Estás agarrándote la cabeza y pensando “esta chica tiene problemas”?

Esta idea de saberte diferente con otra persona, es el principal factor para “sucumbir”  ante la tentación; como todos sabemos… la carne es débil, ¿no? Lo cual nos hace volver de nuevo a la pobre Eva, llevándose las flores de la infidelidad desde el comienzo de la era. Desde ahí que los hombres salen airosos de la situación.  (hombre=  p*ndejo, mujer = put*)

En todas las situaciones los hombres de alguna u otra forma parecen salir al paso, sea como sea, mientras que las mujeres nos estancamos en la misma miseria que viene desde Platón, que decía básicamente lo mismo que Freud, pero en otras palabras: “la mujer es un ser incompleto”, relegadas, imposibilitadas,  criticadas y por supuesto no a la par de los hombres.

La infidelidad se ha convertido en algo tan de moda que hasta se puede encontrar test para saber si te están siendo infiel: “Cuando la infidelidad es real, tarde o temprano se descubre. Ayúdate de este test para confirmar si tu pareja te está engañando”. ¿No es más fácil deducirlo porque ya no pasas tanto tiempo con tu pareja como antes? o ¿por mensaje extraños en el celular? o ¿el típico beso de labial dejado en la camisa blanca?

Según Ana Von Rebeur, una periodista, escritora, humorista e ilustradora gráfica argentina, para que se origine una infidelidad es necesario que se cumpla la “Regla de las tres C’s”: Curiosidad, Calentura y Confidencialidad. Es decir, una persona solo es infiel cuando sabe que tiene una potencial idea de con quién puede llegar a serlo, si se da la oportunidad; si llega esa persona que, al igual que tú, está buscando algo de aventura y, si en ese exacto momento estas pasando por un momento de “estancamiento” con tu actual pareja, es muy posible que veas la idea como muy antojada.

Si tuvieras la oportunidad de ser infiel a tu pareja, y además tienes la garantía que JAMAS nadie nunca se enterará del jueguito, dime tú, ¿la aceptarías? Si realmente nunca nadie se podría enterar de la infidelidad, el 99,9 % de nosotros ya lo habríamos hecho, varias veces. La mayoría no lo hacen porque saben que pueden ser descubiertos y que con esto pueden lastimar a otra persona, a la que amas o por la que  por lo menos te preocupas.

Además, dice, Von Rebeur, los infieles generalmente necesitan novedad en sus vidas, por eso mismo, la única diferencia palpable entre ambas es que una es predecible y la otra no, porque no es conocida.

Algo que me ha hecho sonreír y hasta casi reír es que, según esta escritora, una persona que está siendo infiel tiene algunos comportamientos extraños, como que elige su ropa cuidadosamente: se arregla más, se perfuma, incluso toma más duchas que nunca; jamás tiene hambre (obvio), y habla de cosas que antes ni le habías escuchado mencionar. También, según yo, cambia de modismos, adopta nuevos ademanes o palabras comodín, también cambia de gustos, como comida, o incluso música, y lo obvio claro, pasa menos tiempo contigo, se ofende si le insinúas que miente y además no quiere tener sexo. ¡Já! LOL.

Los hombres son tan poco cuidadosos que dejan huellas de su infidelidad a cada metro por el que caminan. Eso de los besos en la camisa o el cabello de un color rojo intenso en la ropa interior no es nada en comparación de la mirada a un lado y el titubeo cuando se le pregunta por qué llegó tarde a cenar, o el sonidito de mensaje del celular cada 5 minutos por las noches. Enfrentémoslo: los hombres definitivamente no saben mentir, sabrá Dios si lo hacen inconscientemente adrede.

Las mujeres, por otro lado, la piensan mejor; dan pasos cuidadosos, y según Von Rebeur, incluso son más gruñonas que nunca para que no se note que están siendo felizmente infieles. Algo bastante acertado que leí en este mini artículo es que las mujeres buscan a alguien que las mime y las abrace; en resumidas cuentas: alguien que las quiera. Mientras  que para los hombres, la infidelidad es uno más de sus juegos.

Al parecer no hay mucha salida que digamos luego de haber sido infiel, pues pedir perdón llegaría a ser una sucia manipulación post-traición. ¿Perdonar es olvidar? Definitivamente NO es este caso. Luego de que alguien nos ha sido infiel, e incluso con nuestra siguiente pareja, la paranoia nos gana, nuestra mente se desvive inventando cosas, desconfiando sin razón, o tal vez con razón.

Darle o no darle importancia, es la cuestión y medio difícil no hacerlo; inevitablemente, la infidelidad toca un punto débil en nuestro orgullo, pero de esto depende  si continua o no nuestra relación. La amas demasiado y por eso la perdonas, pero tal vez otra persona ama demasiado a la otra y por eso mismo no puede perdonarla. ¿Por qué seremos tan complicados?

¿La infidelidad es una burla a la confianza del otro? Bueno, en palabras textuales puede ser que sí, pero sinceramente no creo que tenga que ver mucho con lastimar al otro y burlar su confianza. Habiendo estado en los dos lados de la cancha me toca decir que un infiel, y siendo muy pero muy egoísta, rara vez piensa puntualmente en engañar a la otra persona para lastimarla. Por otro lado, confianza es confianza y la infidelidad  duele y por tanto puede considerarse traición a lo más delicado que uno tiene con otra persona, los sentimientos.

Aún así, la pareja perfecta en el mundo, incluso en toda la galaxia, no existe señores. La  idea onda Disney de “felices para siempre” es una publicidad mal estructurada y muy bien pagada para mi gusto.  Tampoco hay que desmadrarse llorando y mandando a Dios a la punta del cerro por haberte hecho esto, los problemas dentro de una pareja son normales, incluso después de una infidelidad. Ahora, depende de nosotros ahogarnos o no en nuestro pequeño vaso de agua.

Tal vez por todo lo dicho, la mayoría de las personas, hombres y mujeres, la justifican a morir, tal vez porque realmente están enamorados, o porque simplemente dar la razón a la verdad ya es de por sí demasiado doloroso.

Muchas de las personas que son “victimas” de la infidelidad saben, y saben muy bien y bastante conscientemente, que  la otra persona es madera 100% infiel, van y se meten de sopetón sin importarles tal o cual, pensando tal vez que algún día cambiará o peor aún, que ellas (la mayoría de las veces son mujeres con impulsos típicos en nosotras, lejos de ser mujer, ahora es madre, lo cual lo hace poco menos deseable que Susan Boyle) en algún punto podrán cambiarlos con su “amor”. Una zanahoria, decía una docente mía, siempre va a ser una zanahoria, no trates de volverla berenjena, eso solo pasa en las películas.

A veces, nos enamoramos de la proyección de la otra persona, de la idea, el sueño de lo que puede llegar a ser, nos enamoramos de un ideal,  y esa presión que siente la otra persona, de que es amado por algo que no es y que probablemente nunca será puede que lo haga huir de una u otra forma y que así vaya en busca de alguien que la ame siendo como es, va en busca de poder ser nada más él o ella mismo.

Nadie cambia por nadie, uno cambia por uno mismo, para bien o para mal. Ya uno dirá que si es “infiel una vez es infiel mil veces”, pero esto no es para nada una regla. Tranquilamente, alguien puede haber sido infiel una vez en su vida y nunca más serlo de nuevo, o redundar en lo mismo por el resto de sus días, depende de cada quien y de la situación por la que se esté pasando.

¿Quién no ha estado en la posición de “cuernudo” alguna vez en su vida? E inevitablemente sale la pregunta X: ¿qué hago?, y poco a poco dentro de uno se van cocinando un sinfín de emociones entrelazadas unas con otras. Primero es un dolor inexplicable, punzante, nauseabundo; luego, viene la rabia, lo quieres matar, maldices el puto momento en que lo conociste, le deseas la peor de las muertes, lo aniquilas, botas las cosas que te regaló, cantas la canción de paquita la de barrio  “rata de  tres patas, te estoy hablando a ti” y si ubicas a Alanis Morrisette, paras voz en cuello para cantar You Oughta Know Luego comienzas a preguntarte qué es lo que está mal en ti como para que el otro te haya sido infiel, cranéas la vida, te echas la culpa, latigueas tu espalda, algo… algo estás haciendo mal.

Pasa exactamente lo mismo cuando el infiel se pregunta por qué necesita de otra pareja para sentirse pleno; acaso será porque no es reconocido y, por ende, tal vez se malentienda el verbo amar con este otro algo que tal vez se traduzca a ser invisible. Se me ocurre a alguien viendo la televisión y a otro alguien al frente de él tratando de que el otro lo vea a él y no a la televisión; todo un circo ocurriendo ante sus ojos, y su parpadeo no muestra signos de que algo esté ahí, con una performance que tiene su nombre en letras color oro.

Sumergidos en un mar de preguntas, ideando para poder dejar en relativa paz a nuestra angustiosa mente, reclamando peros y por qués, volviendo nuevamente a la misma conclusión, nada. No hay estadísticas que muestren la subjetividad de cada  persona, la receta para la infidelidad no existe.

Adriana E. Magariños

Homenaje a las disonantes…- ensayo, reseña

Escrito por estido estido - 5/06/2011 - Nadie opinó aún

Ya que dentro de poco se celebrará otro Bloom’s Day, nos sumamos a la celebración con un…

Homenaje a las disonantes: a Mr. Leopold Bloom, in memoriam

La urbe moderna exige el acoplamiento de sus habitantes a su ritmo constante y circular. Así, el hombre se vuelve una pieza prescindible de un organismo en el cual la vida y la muerte no son antagonistas, sino meras variables estadísticas. En ese contexto, aparentemente, el ser humano común, aquel que no está en función de poder visible, ha perdido el sentido de la existencia. Sin embargo, la obra de Joyce, con ironía diabólica, a través de uno de sus personajes –Leopold Bloom– nos devela la trascendencia de la vida de cualquier ser humano.

La sonrisa se le desvaneció mientras seguía andando: una pesada nube cubría el sol lentamente, sombreando la ceñuda fachada de Trinity. Pasaban tranvías uno tras otro, al centro, a las afueras, campanilleando. Palabras inútiles. Las cosas siguen lo mismo día tras día: pelotones de policías saliendo, volviendo: tranvías yendo, viniendo. Aquellos dos chiflados vagando por ahí. Dignam, quitado de en medio a toda marcha. Mina Purefoy con la barriga hinchada en una cama gimiendo para que le saquen a tirones un niño. Nace uno por segundo en algún sitio. Otro muere cada segundo. Desde que eché de comer a los pájaros cinco minutos. Trescientos estiraron la pata. Otros trescientos nacidos, lavándoles la sangre, todos están lavados en la sangre del Cordero, balando meee.
Una ciudad entera pasa allá, otra ciudad entera viene, pasando allá también: otra viniendo, pasando. Casas, filas de casas, calles, millas de pavimentación, ladrillos en pilas, piedras. Cambiando de manos. Este propietario, ése. El dueño de la casa no se muere nunca, dicen. Otro se mete en su ropa cuando le llega el aviso de dejarlo. Compran todo el sitio a fuerza de oro y sin embargo siguen teniendo todo el oro. Hay una estafa ahí, no sé dónde. Amontonados en ciudades, erosionados siglo tras siglo. Pirámides en la arena. Construidas sobre pan y cebolla. Esclavos. Muralla de la China. Babilonia. Grandes piedras que han quedado. Torres redondas. El resto escombros, suburbios extendiéndose, chabolas. Las casas de Kerwan saliendo como hongos construidas de viento. Refugio para la noche.
Nadie es nada.
Ésta es realmente la peor hora del día. La vitalidad. Apagada, sombría: odio esta hora. Me siento como si me hubieran comido y vomitado. [Joyce, 1990: 202]

Dublín, 1 p.m.: La ciudad ha detenido su marcha circular para llenar el estomago. Una ligera pausa en el constante transcurrir de las horas que invariablemente serán las mismas cada día. La rutina agobiante, que puede causar enfermedades “posmo”, ha de reflejarse en Bloom como un sentimiento de hastío. De Bangkok a La Paz, de norte a sur, de oriente a occidente, las ciudades atrapan en su ritmo circular a los habitantes, obligándolos a marchar al compás de su batuta. Qué sentido puede tener la vida de un hombre común en tales circunstancias. Qué de especial puede tener ser una nota reemplazable de una sinfonía que se ejecuta a diario, y más aún, ser una nota disonante. Porque eso es Bloom, la nota disonante: el ser que no encaja en la partitura.

Poldy –como le llaman afectivamente– reflexiona sobre el fluir citadino, metonomizado en la figura de policías y tranvías. Un fluir que en ningún caso puede remitirnos a la metáfora del río, sino más bien a ese fluido sanguíneo, ese constante bombeo de la misma sangre que circula por las venas, consumiéndose y renovándose, partiendo del corazón y retornando a él. Pues sí, la urbe posee esas características, y de esa forma, podemos servirnos de William Humble, conde de Dudley, y Lady Dudley, quienes salieron en carroza de la residencia virreinal comenzando por la verja de abajo de Phoenix Park (p. 278), para recorrer las arterias de ese organismo viviente llamado Dublín. En este “tour”, patrocinado por Joyce, se nos devela la constante ebullición de los microorganismos que coexisten dentro del cuerpo mayor. Éstos, como cualquier otro de su condición, necesariamente deben adaptarse a la existencia del ente que los acoge. Bloom no es la excepción, pero a diferencia de los demás, no consigue adaptarse plenamente, a pesar del esfuerzo que pone en ello.

Como dijimos antes, Leopold es la nota disonante, es el ser que no termina de encajar en su entorno. Estigmatizado por su herencia judía y migrante, no consigue instaurarse en el imaginario colectivo como irlandés: el ciudadano –Ciudadano– no lo admite como igual. ¿Acaso no es la situación de millones de personas en cualquier urbe del mundo? Tal como dice Pound [1971: 408]: Los detalles del plano de las calles (de Dublín, en Ulises) son locales; pero Leopold Bloom es ubicuo. ¿No vemos lo mismo en ciudades como La Paz? Un Quispe se vuelve Quisbert –Virag se vuelve Bloom– para poder insertarse en la sociedad donde desea pertenecer. Este mismo ser deja sus costumbres y las cambia por otras que sean “mejor vistas”, todo con el fin de no discordar. ¿Logra su objetivo? No. La ciudad lo acoge, pero en la periferia. El judeocatólico del Ulises no acepta esa “hospitalidad”. Tal como él piensa, las ciudades son grandes piedras que han quedado, torres redondas, el resto escombros, suburbios extendiéndose, chabolas. Él no quiere ser de los suburbios, no quiere volverse escombros, no quiere vivir en una chabola; más bien quiere habitar en la torre, en el omphalos, en el núcleo, en el corazón mismo de donde fluye la vida. Así, nuestro israelirlandés se instala en la urbe, aunque eso significa sufrir un destierro –¿o entierro?– en el mismo lugar que él reclama y anhela como suyo.

La ciudad renueva su sangre: cada segundo uno nace y otro muere, piensa Bloom. En este día ordinario –16 de junio de 1904– Leopold asiste a un entierro y a un nacimiento. Paddy Dignam ha muerto y la señora Purefoy dio a luz. Vida y muerte conviviendo en un mismo espacio. Conviven en Dublín y también lo hacen en Bloom. Poldy carga sus muertos –Rudolph y Rudy–, pero también lleva consigo un enorme apego a la vida. En el entierro de Dignam explicita esto cuando piensa que hay mucho que ver y oír y tocar todavía. Sentir seres calientes cerca de uno (p. 161). Recordemos que la palabra “bloom” en español es “floreciente”. Pues nuestro personaje es un ser floreciente, un microcosmos en el cual, al igual que en la ciudad, la vida esta en constante ebullición. Y, ¿no es así cualquier persona? ¿No es acaso todo ser humano un fluir de vida? En ese sentido, todos son algo, o como lo expresa Bloom, nadie es nada.

Pero, ¿qué siente Bloom por Dublín? ¿Cuál es su relación con una ciudad tan ingrata con él? De hecho, es una relación caótica, pues a pesar de que él quiere pertenecer a esa ciudad –ese país– no puede desligarse de su herencia judía. Recordemos que en el accidentado encuentro que tiene con el Ciudadano, éste le pregunta a quemarropa: ¿Cuál es su nación? A lo que Bloom responde: Irlanda. Yo nací aquí. Irlanda. Pero más adelante aclara: Y yo pertenezco a una raza, también, que es odiada y perseguida. También ahora. En este mismo momento. En este mismo instante (pp. 344–345). A partir de este momento, el pacífico y siempre controlado Leopold, comienza a responder a las agresiones verbales y será salvado de una golpiza por Martin Cunningham. Antes habíamos mencionado que la historia transcurre durante un día común y corriente, por lo tanto, podemos inferir que es común también que Bloom enfrente agresiones diariamente. Él quiere pertenecer a un organismo, cuyos anticuerpos –ciudadanos de pura cepa– lo rechazan constantemente. El Ciudadano encarna ese repudio hacia Bloom, y en sus discusiones podemos apreciar, en alguna medida, la relación de Poldy con Dublín. Se podría decir que lo único que une a Bloom con Dublín es la necesidad de pertenecer a algún lado, la necesidad de no ser un paria. El hecho de que le haya tocado vivir en esa ciudad hace que él la quiera asumir como suya y, probablemente, lo mismo habría ocurrido si hubiera vivido en Tokio o Milán; es decir, Bloom no es irlandés, a pesar de haber nacido en Irlanda, pues él no se siente como tal. Y eso no solamente se debe a la exclusión de que es objeto por parte de los dublineses, sino también a su herencia cultural. En efecto, el pueblo judío, aunque desparramado por el mundo, es siempre un solo pueblo, por lo cual, Leopold pertenece a él. Pero claro, tal como se va observando en todo el libro, Bloom está ligado a la materia, a lo corpóreo, a lo tangible. Él no puede concebir pertenecer a un pueblo abstracto, a un pueblo que no tiene una determinada posición geográfica. Una nación es la misma gente viviendo en el mismo sitio (p. 344), dice en su conversación con el Ciudadano; y el pueblo, o la nación judía, no queda enmarcada dentro de esa idea. Pues bien, Bloom no quiere pertenecer a ese pueblo, aunque los dublineses así lo consideren; él quiere pertenecer a Irlanda, un país tangible, concreto. Es por eso, tal vez, que él se muestra respetuoso en extremo con los dublineses, pues respeta esa pertenencia auténtica, eso que él no goza.

La idea de pertenencia es muy importante para él, así lo demuestra cuando le dice a Stephen que tiene derecho a vivir de su pluma a la busca de su filosofía como pueda tenerlo el campesino, ya que ambos pertenecen a Irlanda, por lo que ambos son igualmente importantes (p. 550). Stephen ironiza sobre la idea de ser importante simplemente por pertenecer Irlanda, cosa que queda lejos del entendimiento de Bloom. Obviamente, pues Leopold sólo tiene la necesidad de pertenecer, de sentirse parte de. Y qué mejor forma de pertenecer a una ciudad que siendo su empleado. Quizá por eso, en medio de las fantasías que se viven en la zona de los prostíbulos, Bloom se “convierte” en burgomaestre: el empleado principal de la ciudad.

Pero volvamos al sendero original. Nuestro personaje es un microcosmos dentro de un cuerpo mayor –vida dentro de la vida–. Cierto que es rechazado, mas eso no le resta vitalidad. De cierta forma, la ciudad se nutre de esa vida individual, pequeña, insignificante a sus ojos, pues, parafraseando a Broch, podríamos decir que ella se construye sobre los millones y millones de existencias individuales anónimas y, sin embargo, concretas que la pueblan [Broch, 1970: 34]. Claro que esa individualidad se pierde con el anonimato, pues esas millones de existencias se convierten en una masa uniforme, un especie de batería cuya energía es consumida por la ciudad; mas no por eso dejan de ser el espíritu de la urbe, ya que, como dice Loayza, la ciudad es, sobre todo, sus habitantes [1982: 51]. Y en ese sentido, Bloom es parte de la ciudad, pues la habita, aunque no es pertenencia de ella.

Entonces, ¿será que el sentido de la vida de un hombre común, absorbido dentro de una masa anónima por el apetito voraz de una ciudad moderna, es el orgullo de ser parte de ella? Tal vez la urbe misma se encarga de hacernos creer que es así. Sin embargo, aunque Bloom habita y, por eso, es parte de Dublín, él no se siente dublinés. Es decir, no tiene el orgullo de pertenecer a la ciudad. ¿Podríamos, entonces, afirmar que su vida no tiene sentido? Claro que no. Otras grandes obras de la literatura, como Bouvard y Pécuchet, nos han mostrado que lo importante no es de dónde se parte, ni a dónde se llega, sino el camino, el recorrido, la constante búsqueda y lo que en ella se encuentra. Así, la existencia de Bloom cobra sentido en su infatigable lucha por pertenecer a una ciudad ingrata y en las cosas que apre(h)ende en su recorrido. Todo ser humano, conforme con su existencia, orgulloso, desde su anonimato, de ser parte de un organismo poderoso, jamás emprenderá una odisea como la de Bloom, porque, precisamente, su propio conformismo, su ingenua credulidad en ser algo del todo, se lo impedirán. En ese sentido, tal como dice Jack Power –uno de los personajes del libro–, ese Bloom tiene algo de artista (p. 127).

La ciudad devora, absorbe, masifica, convierte a todos en notas de una partitura que ejecuta sin descanso, marcando el ritmo a placer con su batuta inmisericorde; pero, de tanto en tanto, aparece una disonante, aunque pase desapercibida en medio del bullicio circular; una “Bloom” que es mirada con desprecio por las que se hallan correctamente ubicadas en las líneas del pentagrama. En efecto, Bloom no es despreciado por judío, aunque así lo parezca, sino por ser distinto, por ser el eterno inconforme, el que busca el porqué a su existencia y, de esa manera, cuestiona lo establecido.

Sí, estamos de acuerdo, Bloom es un ser común, pero, paradójicamente, no es un común cualquiera. Como todos los demás, habita y, por lo tanto, es parte de la ciudad, pero a diferencia del resto, él no pertenece a ella. Y aunque no se dio cuenta, esa es su virtud: no tener dueño. Maliciosamente irónico, Joyce ha creado un personaje que lucha, sin saberlo, por vaciar de sentido su existencia, por su derecho al conformismo. Pero sólo tenemos un día de su brega, que, sin embargo, es un día que se repite cada vez que se lee el libro, por cuantos lectores tienen el privilegio de hacerlo. Y a fuerza de tanta lectura, su odisea se ha hecho inmortal, Bloom ha salido del anonimato y, además, su lucha ha tenido –para él– buen fin: pertenece a Dublín: cada 16 de junio, en esa ciudad, se celebra el “Bloom’s day”. Confieso que lo diabólico de Joyce para con su propio personaje me causa gracia, pero no por eso puedo dejar de rendir mi homenaje a todas las disonantes del mundo, a aquellas que han tenido la suerte de no pasar por la pluma de un escritor que las inmortalice y las vuelva propiedad de alguien, y especialmente a una: Mr. Leopold Bloom, quien muy lejos de nuestra realidad, de nuestra dimensión espacio-temporal, en ese mundo en el que seguramente terminó sus días, libre de la tiranía del autor y de las fantasías del lector, y ajeno –infelizmente para él– a todos los homenajes mundanos, luchando –ojalá sin conseguirlo– por pertenecer a la urbe, yace entre la tumba de Paddy Dignam y la de “el del Macintosh”.

Referencias bibliográficas:

BROCH, Hermann
1970     “James Joyce y la época actual”.

JOYCE, James
1990   Ulises. Madrid, Lumen.

LOAYZA, Luis
1982 “Sobre el Ulises”, en revista hueso húmero, Nos. 12–13, Lima.

POUND, Ezra
1971 “Ulysses”, en Sobre Joyce, Barcelona, Barral Editores.

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