Omar Rocha Velasco, literato y docente de la Carrera de Literatura de la UMSA, nos ofrece este ensayo sobre dos grandes escritores paceños que dieron vida a esta ciudad en sus textos.
Algunas miradas de y sobre La Paz I

Una ciudad es lo que se dice de ella y quienes mejor dicen de las ciudades son, sin duda alguna, los poetas, los escritores, los artistas, los que construyen las ciudades desde lo simbólico, los que le dan nombre a las cosas, los que permiten que habitemos desde las palabras espacios que, de lo contrario, sólo otorgarían mudez e impasibilidad.
Una reconstrucción de las ciudades desde la literatura, permite repensar nuestro origen como habitantes de un espacio donde confluyen muchas dimensiones –geografías, paisajes, lenguas, tiempos históricos, etc. Es manifiesto que la literatura indaga la condición urbana del hombre contemporáneo, consigue cartografiar construcciones simbólicas colectivas. Así, el lenguaje es capaz de expresar la conciencia y sentimientos de la ciudad, incluso hasta cifrar ciudades: su historia, su presente y futuro.
Cada ciudad tiene su impronta, su marca, ciertas imágenes las gobiernan, cierta aura, en palabras de Walter Benjamin, las rodea. Así, Portugal es la ciudad fundada míticamente por Odiseo, la ciudad de los viajeros, la ciudad que mira de frente al mar y observa en él la posibilidades del navegar. Granada es la ciudad que reúne culturas, que fusiona lo musulmán con lo católico, es la ciudad en la que se respira un aire moro bajo el dominio de los reyes católicos. La impronta de Potosí es el pasado colonial. ¿Cuál es el caso de la ciudad de La Paz? Algunas ideas:
Sáenz y la doble fisonomía de la ciudad de La Paz
Se ha criticado mucho la lectura que se limita a un entrampamiento en la imagen de Sáenz como el bohemio y borracho de la ciudad: poca lectura, mucha identificación, mucho mito. Cada vez esa imagen está quedando más lejos, las personas que lo han conocido y han seguido una imagen, una impronta, siguen vivas, pero otros lectores que no lo han conocido se van añadiendo a los seguidores no ya de un mito, sino de un lenguaje, de una forma de conocimiento que tiene que ver con la literatura, con preocupaciones por el imaginario de la ciudad de La Paz.
Los alcances simbólicos nos remiten a la creación de imágenes que inventan, y no sólo describen, la forma de habitar un lugar. La vivencia poética que se nos regala, determina un tipo de imaginación que nos enfrenta a la “cara invisible de la ciudad”.
La frase con la que Jaime Saenz inicia la novela Felipe Delgado, considerada por él mismo su obra más importante, es: “Llovía a torrentes”, y la imagen nos proporciona una condensación de lo que en todos sus escritos se encuentra. No se trata de una garúa o una llovizna, es una caída de agua radical que empapa y compromete, sin dar lugar a vacilaciones ni a sequedades, como dice una evocación de Sergio Suárez Figueroa, “Aquí no hay tutías, las cosas se arreglan a bala”. Es una novela que tiene garra. Felipe Delgado comparte con un personaje poético de Nicanor Parra y con Armando Costas, personaje de la novela Aguafuertes de Roberto Leytón el irse a tomar unas copas dejando a sus padres enfermos en el lecho de muerte. El personaje de Nicanor Parra termina dormido debajo de una mesa y Armando Costas se va con una señorita en vez de ir a la botica a comprar la receta que esperaban en la casa. Felipe Delgado se va a tomar unas copas y llega tarde al último pedido de su padre que era morir en gracia divina. Sin embargo, Felipe Delgado llega con un cura, antes de la muerte de Vitoretti, un italiano loco.
En La Paz, se nos presenta el umbral de una nueva forma de conocer una ciudad, en la que es posible descubrir “una cara que se muestra y otra que se esconde a nuestros ojos”. Cada palabra puede ser un germen que regala algo: pensemos en aquella hermosa identificación del río Choqueyapu con la avenida Montes “dejándose escuchar su estruendo en la alta noche y, como lejanamente, a ciertas horas del día, cuando el ruido de la ciudad disminuye” (Sáenz). Este “lugar” que precisamente Jaime Saenz recoge es una de las tantas evidencias del tiempo persiguiendo a una palabra, transfiriéndole los infinitos deseos de un escritor que la comienza a imaginar.
Asumir esta doble fisonomía como un conocimiento que se abre, esta vez desde la literatura, a la posibilidad de un cambio de perspectiva en la construcción de una ciudad, no sólo engendra un cambio de perspectiva, sino que nos devuelve la posibilidad de habitar un espacio todavía no conquistado y por ende nuevamente fundado.
…algo tan terriblemente desconocido que, al no poder ocultarse más allá de lo desconocido, busca la forma de lo conocido, tornándose tanto menos conocido, cuanto más desconocido bajo la forma de lo conocido. A lo que yo me pregunto: ¿podrá haber maravilla más espantable que el hacerse invisible una cosa a fuerza de volverse visible? (Saenz).
La narrativa de René Bascopé Aspiazu
Toda la narrativa de René Bascopé Aspiazu tiene un solo escenario: la ciudad de La Paz, y más todavía, los conventillos de la ciudad de La Paz. Cada uno de sus cuentos y cada una de sus novelas es la historia de lo que acontece en alguno de los cuartos de ese conventillo grande que es su obra misma. René Bascopé Aspiazu no se propuso precisamente una reflexión sobre la escritura, sin embargo, y a pesar de ello, se puede establecer que Bascopé Aspiazu fusiona la escritura y la posibilidad de ser “artista” con la ciudad de La Paz. Él encontró una particular forma y un particular lugar de creación como si surgieran de los caprichos de la ciudad misma. Esto lo vemos, por ejemplo, en el relato de su encuentro con el ciego Macario Lugones, este hombre, mendigo por convicción y profundamente artista, había alcanzado una apariencia que armonizaba con su ciudad, tenía el rostro habitado por la viruela, usaba lentes de carey envejecido y portaba un violín. Por otro lado, Bascopé observa que Macario Lugones se pertenecía a sí mismo y a las plazuelas de Chijini, a sus callejuelas y al portal de la iglesia del Gran Poder, donde arrancaba a su violín sonidos que reunían todas las posibles variedades del lamento (1994, 71-72). Bascopé encuentra un artista en Lugones, no sólo por la pulsación del instrumento, sino por su armonía con la ciudad, por la mendicidad lograda. Macario Lugones es parte de la ciudad, logra “engranar” en ella, es parte de los lugares que habita.
La escritura para René Bascopé Aspiazu, por otro lado, está poblada de nostalgia, no sólo como recuerdo o memoria, sino como posibilidad de prolongar infinitamente las plenitudes, una especie de detención arrancada al paso del tiempo. Y esta posibilidad de escribir desde la nostalgia, no es otra cosa que la mirada que el artista construye desde su espacio habitado. Así, la puerta de la iglesia es inseparable de la pulsación y la detención del tiempo, efectos, ambos, de la mirada nostálgica. “En ese sentido la nostalgia es la búsqueda del tiempo perdido –del amor perdido– por Proust o Macario Lugones (…) Y en esa búsqueda uno hace cosas como tocar el violín en la puerta de una iglesia o escribir un poema. Y uno toca el violín hasta alcanzar insospechados matices y variantes. Y uno escribe poemas eternizando –sin querer– imágenes y sensaciones”. El cuento Niebla y Retorno expresa en la frase de la abuela del protagonista toda esta forma de enfrentarse al paso del tiempo: “ella sabía que mis primeros años no eran sólo ceniza”. Los objetos –una pila que servía a todos los vecinos, por ejemplo–, las personas, los cuartos, son generadores de una escritura que se sostiene en recoger aquello que la ciudad ofrenda desde una falta, una pérdida, un vacío poblado.
Sería un error, pues, calificar la narrativa de Bascopé como una aventura “épica” que cruza las fronteras de lo social y lo urbano, llevándonos a explorar, al mejor estilo boy scout, tierras novedosas, no descubiertas, marginadas. La insistente oscilación en el borde, y aquí se vislumbra un movimiento de dos caras (más allá y más acá del sauce), nos muestra que el abismo no es ni eterna, ni necesariamente un espacio vacío. Está habitado por aquellos que poseen la llave de sus secretos: las prostitutas en su desplazamiento (de la Conde Huyo a Caiconi), trazan y cambian los destinos de la ciudad y viceversa. La visión de La Paz, convoca, en Bascopé, a los colores del adobe mojado: “Sus primeras y últimas luces se encienden y es inevitable que una absurda y vaga tristeza lo invada a uno, más aún cuando ha escampado”. Los sonidos de la ciudad después de la lluvia, los juegos de los niños en el patio, la señora separando el cabello para hacerse una trenza, el señor a punto de echar agua al inodoro, todo cobra una significación diferente, vistas las cosas desde la calle del conventillo, donde está el patio, desde donde se ve el cuarto que habita René Bascopé Aspiazu.