Y el Tinta Fresca 2010 es para…- anuncio

Escrito por urbandino urbandino - 15/05/2011 - 12 opiniones

[Leer el texto completo]

¡VOLVEREMOS!- Urbandina

Escrito por urbandino urbandino - 9/08/2011 - 2 opiniones

Estimados amigos y lectores de URBANDINA, una serie de lamentables acontecimientos cibernéticos donde se han visto envueltos robots hackers de IP y otras yerbas malignas del vasto mundo de las redes, han terminado por desbaratar la continuidad de las entregas que nos propusimos poner en su consideración con la frecuencia y calidad que ustedes se merecen.

Dadas estas circunstancias, nos propusimos mejorar URBANDINA, convirtiéndola en un espacio más amplio que un blog y menos vulnerable que el mismo. Dentro de poco, relanzaremos una URBANDINA renovada como una revista literaria de la ciudad de La Paz, que abra espacio desde sus páginas virtuales a todos aquellos que cultivan la pasión de la palabra.

¡HASTA PRONTO!

Leer: Dicese de cierto movimiento ocular- ensayo

Escrito por disfonia disfonia - 4/07/2011 - Nadie opinó aún

fotodani

 

Víctor Hugo Quintanilla en su artículo “La piratería de libros y la ausencia de lectura: en contra del mercado, en defensa de la vida”, publicado en El Hablador No. 11 (www.elhablador.com) sostiene que lo que la sociedad – seguramente boliviana- lee es “lo que puede ser constitutivo para su cotidiano devenir” y no “lo que la academia o las editoriales quisieran que se lea”, por lo que, según él, “lo que no se lee son ciertos libros que no son del interés de ciertos estratos de la sociedad. Y esta afirmación supera ideas excesivamente ingenuas como la creencia de que no se lee por ser parte de una familia analfabeta o porque no se tiene recursos económicos para comprar libros”.

Según el autor, no solo los intelectuales y personas relacionadas con la cultura ofertan libros y señalan qué leer, sino también los comerciantes que eligen qué libros piratear, siendo estos, por lo general, libros light y de autoayuda. Esta oferta sería, al parecer, ampliamente consumida por un público ávido de contenidos que no responden a lo que Pierre Bourdieu, citado por el autor, llamaría “nobleza cultural” dado que, según Quintanilla afirma, somos países del tercer mundo con una fuerte influencia indígena, lo que -se deduce de la lectura- impide poder acceder a dicha nobleza cultural. En suma, según Quintanilla, en “estos países” se lee mucho ya que “no hay que infravalorar la decisión de las personas que entre leer una ‘buena’ obra literaria, optan por leer el horóscopo, por leer las letras de las canciones del momento o simplemente leer libros que ayudan, por ejemplo, a despertar la sexualidad”; en ese sentido,  “ver como ‘menos’ el interés por el contenido de los libros pirata o light solo remarca una severa ausencia de eticidad para con los otros que son distintos a la racionalidad moderna de la educación humanística”.

 Cuando leí estas afirmaciones, lo primero que vino a mi mente es qué es lo que su autor entiende por “leer” o por la expresión “en tal país se lee” o no se lee, ya que bajo las nociones que se manejan en el artículo cualquier cosa que implique recibir información a través de los ojos, entiéndase libros de autoayuda, el horóscopo, letras de canciones, un cartel o una señal de tránsito (acordemos que éstas también se “leen”) puede ser entendida como lectura. Bajo tal situación, en estos países sin duda se lee, y creo que podemos sentirnos satisfechos quienes estamos vinculados de alguna forma a la educación, literaria específicamente. De hecho, leemos como pocos el futuro en coca.

 Sin embargo, si por leer se entiende: “entender o interpretar un texto de determinado modo”, como señala la RAE, y creo que es la más básica definición de donde podemos partir,  la situación es desalentadora, puesto que, evidentemente, no se trata de esperar que la población lea literatura especializada en un tema, digamos ficción -Quintanilla se refiere muchas veces a literatura light-, sino lea cierta literatura que implique un ejercicio de criterio y trascienda la mera información. Ya que este acto en Bolivia es comprobadamente pobre, y lo sabemos, insisto, quienes tenemos al menos algo de contacto con el sistema educativo, entonces, es de echar en falta mucho más el acto hecho hábito; es decir, la acción de leer de forma crítica, continua y sistematizada.

 Quintanilla afirma que como hay demanda de títulos que, dicho sea de paso, son, según el autor, “elegidos por los mismos comerciantes” (cosa que hasta donde mi sospecha hecha investigación ha llegado, no es cierta, puesto que lo que se piratea son libros ya “canonizados” por los lectores en mercados de donde viene la piratería (en nuestro contexto, Perú)) puede afirmarse que en Bolivia se lee. Entonces, nuevamente  me pregunto: ¿podrá inferirse que porque alguien compró un libro o dos o diez a lo largo de los últimos años este alguien “lee”? De ser así, mi última adquisición de octubre a la fecha (Por qué los hombres aman a las cabronas”) afortunadamente me pone del lado lector. Suspiro aliviada.

Pero hay más. El  autor sostiene que respetar esta preferencia en la población es un acto ético, y en eso coincido plenamente; el punto es que  no está en cuestión si hay o no que respectar esa preferencia, sino si esa preferencia (lectura de “literatura light”, horóscopos, letras de canciones o carteles) que, dicho sea de paso, no sabemos si implica un ejercicio habitual en la población, puede ser considerada “lectura” en el sentido que ahora nos ocupa.

Por último, recordemos que Quintanilla afirma que es ingenuo creer que “no se lee por ser parte de una familia analfabeta o porque no se tiene recursos económicos para comprar libros”, sino que sí se lee según el interés del estrato social y este acto o su aceptación implica una defensa de la vida (lo que se interpreta desde el título de su artículo). Retomo esta afirmación porque de ella se desprenden al menos dos hechos: primero, su validez depende de que estemos de acuerdo en aceptar que el nivel económico de ese estrato social es estupendo y la inmensa mayoría de la población no solo está alfabetizada, sino goza de niveles comunicativos y de comprensión que le permiten acceder a un rango importante de libros; de esta forma  podría pensarse  que no se leen ciertos libros (coincidentemente los que deberían leerse, no por ser occidentales o colonialistas o modernos o como se los quieran llamar, sino por lo que son capaces de producir en los lectores, en tanto seres universales, por decir lo más básico), porque no son del interés de la inmensa mayoría, que podría comprarlos si no los encontrara, digamos, poco útiles o fuera de contexto. Atribuir la falta de lectura a una falta de interés es, creo, también ingenuo. . Al menos en Bolivia, no se lee porque comprar libros resulta caro, a menos que sean piratas, pero incluso estos resultan costosos para cualquier lector que quiera leer una cantidad significativa, esa que nos llevaría a decir , “este sujeto lee”. Por otro lado: no hablemos de Foucault, sino de Adolfo Cárdenas; ¿Quiénes lo leen? ¿Será que los que no lo hacen  ignoran sus cuentos y novela por falta de interés? ¿No será por desconocimiento? Preguntémonos, ¿por qué se ignora cierta literatura, incluso pirateada? Porque no hay nadie que la presente al consumidor; sea la crítica que no hace bien su tarea, como dice Quintanilla, sean los centros de enseñanza que por desconocimiento o dejadez no presentan a los estudiantes nuevas posibilidades, y no de vez en cuando, sino constantemente.

Segundo, creo que es exagerado pretender defender la vida a través de la defensa de la piratería, no porque esté en contra de ésta, todo lo contrario; sino porque cualquier defensa debería pasar más bien por una apertura de horizontes antes que por una celebración de lo vital que parece resultar para Quintanilla  leer  lo que sea con tal de leerlo. Pero, en realidad, me parece que el autor, cuando habla de la defensa de la vida y su ética, apunta a la importancia que tiene un plato de comida frente a un libro en un contexto como el nuestro, de donde deduzco que: o al contradecirse demuestra que el factor económico y, por tanto, las prioridades, siguen siendo clave para la carencia de una lectura habitual que nos libere de lo que podríamos considerar limitaciones contextuales o históricas, o se le olvidó nombrar en su texto revistas y folletos sobre recetas de cocina como fuente de lectura fuertemente consumida.

En suma, concuerdo con que leer no significa solamente comprar, interpretar y dar un sentido a la literatura occidentalmente canonizada, (lo que daría pie a otro ensayo para tratar de definir qué es “literatura occidentalmente canonizada”; según qué academia, según qué editoriales, etc.), si vamos a hablar de literatura en sentido estricto, pero no creo que pueda afirmarse que ciertos estratos de la sociedad, en Bolivia mayoritarios, “leen” porque de vez en cuando adquieren un libro pirata de autoayuda o mitigan sus angustias consultando a los astros, o repasando con los ojos la etiqueta de una cerveza.

Las letras digitales en el país pirata- ensayo

Escrito por urbandino urbandino - 3/07/2011 - Nadie opinó aún

Desde Santiago de Chile, el poeta y cuentista boliviano Eduardo Alvarez Sanchez, nos presenta un artículo sobre las letras digitales, los blogs y el uso de  las nuevas tecnologías que han permitido que los autores se acercan a los lectores de una forma en la cual, el papel impreso ha dejado de ser el mediador entre los imaginarios vividos, la crítica, la opinión y la exploración de las diferentes realidades a través de la democracia de la red o la alternativa (válida o no) de la piratería .

oso

En mis no tan lejanos tiempos de universidad era algo bastante común que el docente eligiera a algún alumno para que se encargue de las fotocopias. Se hacía responsable del libro original, las más de las veces de la fotocopia original, la dejaba en uno de los tantos centros de copiado de los alrededores, y los alumnos nos anotábamos en una lista que definiría el número de copias a sacarse. No faltaban los fotocopiadores que aprovechaban su mostrador para publicitar los títulos más vendidos, exhibiendo la tapa en una mala fotocopia blanco y negro. Así, ya en afán de estudio u ocio, la fotocopiadora de la U era una alternativa más barata que la librería.

En ciudades como La Paz el contrabando tiene que ver con una forma de vida. DVD’s, música, ropa y juguetes nuevos o de segunda mano obtenidos de manera dudosa por los vendedores. Un agujerito en la parte de la camisa que no se ve, una leyenda de “copia para prensa, prohibida su venta” a lo largo de la película, un par de páginas que no se leen. Con tal de ahorrarse plata algunos aprenden a sobrellevarlo, otros están acostumbrados, siempre fue así. “En un país con un ingreso per cápita tan bajo, solo pirateando se puede otorgar al pueblo la posibilidad del acceso a la cultura”, opina Willy Camacho.

Así, con parche en el ojo, el libro digital va encontrando la manera de acomodarse a los lectores de ciudades como La Paz. En Santiago de Chile, donde ahora vivo, el método de las fotocopias se alterna con el del libro digital. No falta el compañero de buena voluntad que usa el scanner en casa o en la oficina para digitalizar los libros de mayor interés, entonces el estudiante opta por leerlo directamente en el computador o por imprimirlo a un bajo costo en el mismo centro de copiado.

Sin duda el Ipad y demás artefactos solucionan problemas como cargar con la fotocopia en la mochila y malgastar la vista leyendo en la pantalla, además les puede caer el café encima y siguen funcionando. Dado que esta tecnología todavía no es accesible para muchos, tendremos que conformarnos con fotocopiar o seguir leyendo desde la pantalla del PC hasta que los precios de la tinta electrónica bajen.

Y de todas formas la digitalización de un texto da espacio a situaciones impensables, como la transcripción de libros antiguos que se perderían de otro modo. Recuerdo el proyecto inconcluso de Paul Tellería: transcribir el Felipe Delgado de Jaime Sáenz en un blog editado colectivamente. Las grandes compañías proponen clásicos en versiones especiales diseñadas para sus dispositivos, Alicia en el país de las maravillas y Drácula por ejemplo. En el blog para educación en nuevas tecnologías Xarxa TIC, el autor pone en discusión la calidad de los libros digitales que ofrecen a las escuelas en España por ser presentaciones de power point o simples archivos pdf, señalando que el lector debería exigir más calidad por parte de los comerciantes de este tipo de libro.

A ritmo y manera particulares el libro digital está cambiando la manera de leer, y muchos ven en el libro impreso un objeto obsoleto o un artículo de arte. Paz Soldán cuenta la decadencia de las librerías de Ithaca y menciona que casi 300 de las más de 600 de los Estados Unidos han cerrado, advierte que los libros digitales van convirtiéndose en los subsidiarios de los impresos. Por otro lado la facilidad para publicar en la red permite que autores emergentes puedan difundir su obra sin pasar por el filtro de las editoriales tradicionales. Se ofrecen servicios de corrección de estilo, diseño y hasta mercadeo. Así como hay cosas que de hecho no vale la pena leer, uno encuentra blogs y libros con gran calidad tanto de autores consagrados como de personas que apenas empezamos en el camino de las letras impresas y digitales. Y aquí es donde me detengo con la siguiente pregunta: ¿cómo influye internet y su omnipresencia en los que nos estamos formando en el oficio de escribir?

El 2006 se armó una red social de blogueros en Bolivia, empezó a raíz de que el ganador del premio de cuento Franz Tamayo de ese año abrió un blog y convocó a un encuentro entre los que se comentaban mutuamente y quienes quisieran unirse. Yo lo supe cuando mi amigo Oscar me invitó a asomar por ahí las narices. Claro, los dos hubiésemos querido ganarnos el premio y ahora queríamos conocer a Willy Camacho. Él ya era un escritor sólido y desde entonces compartimos varias farras y conversaciones. El Perro Rabioso estaba haciendo sus primeras armas, Oscar abrió ese blog en coincidencia con una célebre etapa de su vida en que no tenía trabajo y pasaba sus mejores horas en la hemeroteca, dedicado a rescatar crónicas periodísticas de principios del siglo XX en Bolivia y otras latitudes. Los comentarios, que son la sangre del bloguero, fueron aumentando y se dispararon luego del encuentro “bloguivianos 2007” en Santa Cruz. El auditorio se desternillaba de risa cuando el Perro Rabioso exponía su ponencia sobre el movimiento urbandino de la ciudad de La Paz. “Después del encuentro (…) todos me decían perro, he empezado a sospechar que el blog estaba teniendo una identidad propia entre la gente, es decir, ya era el perro el que escribía, no Oscar Martinez”. Le escribían mails con críticas y felicitaciones.

Es que el concepto de su blog es suculento: “me fascinaba el uso tan solemne del lenguaje que utilizaban los periodistas de la época para referirse a temas tan burdos y cotidianos como la falsificación de marcas de leche o la expulsión de ciudadanos “indios” de bares de clase alta”. Para él La Paz ahora es tan surreal como podía haberlo sido antaño:

“…cuando llego a esa conclusión veo que la crónica te ayuda a escribir sobre el cotidiano del siglo XXI, pudiendo utilizar casi el mismo lenguaje de las crónicas del 1900; entonces pienso que sería bueno experimentar crónicas de un perro vagabundo que todo lo ve.”

Lo de rabioso viene a propósito de los blogs que odiaba y hería mortalmente con sus comentarios, y lo fundamental no era eso: “me parecía una buena forma de dar a conocer tus textos y sobre todo una buena forma de practicar la escritura y compartirla con otros lectores y bloggers”. La experiencia ha ido más allá de lo que el autor creía:

“Varias veces pensé dejar el blog, pero me he dado cuenta que normalmente lo decidía estando deprimido, como queriendo matar un alterego o algo así… lo que me ha desanimado a hacerlo definitivamente es que hay gente que no conozco y que me manda emails contándome cosas que les recuerdan los textos que escribo, gente de otros países que dice que les gusta el blog o bolivianos que viven en otros países. De todos modos, pienso que ha tenido un tiempo y una razón de ser y como este año cumple seis años el blog, de repente es mejor ya dedicarse a otro público, aún no lo decido, en el facebook hay más gente comentando y retroalimentando tu trabajo (…), me parece que podría dejar el perro rabioso. Lo tengo en mente, pero ya tomaré la decisión final.

En el ensayo “Hipervínculo o hipertexto: la nueva textualidad”, hallamos esta reflexión sobre la experiencia en que puede convertirse leer en internet: “la voz de autor se funde con el auditorio conformándose una literatura sincrónica que desplaza los determinismos y recompone todo argumento”, un texto llama a otro y a otro y lo más importa es la obra, no el que la escribió. En este blog el autor/personaje pudo haber sido moldeado a través de la tensión con el lector/autor en un intercambio constante. Con razón afirma que en cuestión de escritos al Perro Rabioso le va a costar ser otra vez Oscar Martinez:

Una vez, en un bar, un chico borracho me estaba diciendo que le gustaba la literatura, le dije que a mí también y que a veces escribía. Me contó que iba a abrir su blog, le respondí que los blogs son buenos para practicar escritura y que la gente te conozca, pero que ya no hay mucha gente leyendo blogs, por lo menos en Bolivia. Él me dijo que lea el blog de elperrorabioso; un tipo que parece que es un borracho medio loco pero que escribe bien… Le quería decir que era yo el perro rabioso, pero en fin, me alegró su comentario y que se decida a abrir un blog.

Eduardo Alvarez Sanchez. Santiago de Chile, abril de 2011.

El peso de la gloria- cuento

Escrito por Hefesto Hefesto - 19/06/2011 - 2 opiniones

CoronaLaurelOro

Habiendo escrito casi todos los libros que abarrotaban la gigantesca biblioteca de su mansión, Alain Bonnemort se extasiaba cada día en la contemplación de sus infatigables estanterías y, ligeramente mareado por el perfume de la gloria, apenas daba crédito a sus ojos cuando pensaba que la mayoría de esos tomos había salido de sus propias manos.

Se le comparaba con Proust, con Tólstoi. Ya ningún libro suyo aparecía sin la mención Obra maestra rotulada en la prestigiosa banda roja que cruza la portada de los libros galardonados por la crítica o, cuando menos, por el éxito de ventas.

Ya ninguna línea suya pasaba desapercibida. Cada una de sus palabras llevaba el sello del genio, según los lectores; para los críticos, Bonnemort era sencillamente el maestro perfecto de nuestro tiempo o, cuando alguno se dejaba vencer por el entusiasmo, de todos los tiempos.

Con todo, al cumplir setenta años, en un arranque de locura y audacia, Bonnemort decidió ir aún más lejos, romper todas las barreras, reescribir toda su obra, auto parodiarse, transgredirse y hundirse hasta tocar el cielo literario; en una palabra, escribir su Obra Maestra y ya, por fin, acostarse con la inmortalidad.

No demoró demasiado, sólo cinco años, pero cinco años marcados a hierro ardiente por el trabajo, el cual, día tras día, noche tras noche, lo llevaba a olvidar alimentarse o tomar sus medicinas. De modo que, pese a la diligencia de su enfermera personal durante ese tiempo, las manos se le volvieron frágiles y crujientes como hojas secas.

Aun esto, no obstante -pensó una vez acabada su obra-, había valido la pena.

Ni bien terminó de corregir el manuscrito original, su editor, tras una llamada telefónica de su parte, acudió a la mansión y se llenó los brazos con el enorme paquete antes de meterse en su Peugeot negro y perderse por los senderos del jardín.

Un mes más tarde, Bonnemort recibió un ejemplar de su libro, Antes de la muerte, vendido, como anotaba eufórico el editor en una nota adjunta, a más de un millón de ejemplares en su primera semana en las librerías. Bonnemort soltó un hondo suspiro de alivio, un suspiro salvaje como todas aquellas horas pasadas sobre el abismo salado de esa obra oleaje, quizá demasiado audaz para un viejo cansado como él, que había decidido arriesgarlo todo antes de refugiarse en el silencio.

El alivio le duró dos días; al tercero, abrió distraídamente el suplemento literario de Le Monde y halló una reseña sobre su libro. Firmaba Julien Grondel. No conocía al hombre, pero sí la reputación. Por supuesto, era un crítico, relativamente joven, pero muy respetado, adulado incluso –había quién lo había comparado nada menos que con Roland Barthes–.

Conforme Bonnemort leía la escueta reseña, su cara –esa cara de escritor impasible que tanto le había ayudado en sus afanes literarios–, iba sufriendo leves contracciones que le hacían fruncir el ceño y, un segundo después, abrir los ojos desorbitadamente. Sentía que le temblaban los labios, como cuando sentía miedo en la oscuridad, y toda su cara se arrugaba hasta que llegó a la última línea y cerró los ojos y apretó el periódico con tal fuerza, que no supo si eran sus manos o el papel periódico lo que había crujido de esa manera.

Fue un chasquido como si algo, no necesariamente orgánico, se hubiese roto en su interior.

Luego de vestirse, hizo un par de llamadas telefónicas, anotó una dirección en un sobre vacío y, antes de salir, sacó de un estante de la gigantesca biblioteca su ejemplar de Antes de la muerte.

Nunca antes había tenido el libro a cuestas: lo encontró bestialmente pesado. Ciertamente, el formato grande, las tapas duras, la lujosa edición, no aligeraban el mamotreto. Pero, ya en el taxi, le dolió haber pensado eso de su libro, que era “bestialmente pesado”, y además –desagradablemente– en los mismos términos que, en su reseña, había utilizado el despreciable Grondel para calificar su obra. Que era un libro bestialmente pesado, aplastante, soporífico. Que el título, tan banal como insípido, era lo mejor del libro. Que esas memorias, que se querían deliberadamente mentirosas, eran previsibles viniendo de un escritor que ya había dicho todo lo que tenía que decir. Que, desgraciadamente, tal desliz significaba, a corto o mediano plazo, la muerte literaria del que fuera un buen escritor. Y terminaba afirmando, tajante, que al libro le sobraban seiscientas páginas… cuando, desde luego, no tenía más que seiscientas páginas.

¿Cómo se atrevía? ¿Qué se había creído ese criticón en pañales? Era imposible que ignorara quién era él, Alain Bonnemort, la “leyenda viva del escritor arquetípico” –como escribiera deliciosamente, hacía sólo algunos años, el gran Roberto Viani. Y entonces, ¿cómo se atrevía ese hijo de puta?

Una cosa era cierta: esa ira íntima y a la vez desconocida que lo invadió de golpe, forzándolo a salir de su letargo de años, no podía durar mucho tiempo y él, Bonnemort, tenía que aprovechar hasta el último instante esa fuerza prodigiosa que sentía crecer en su interior conforme el taxi avanzaba por las calles del centro de París.

Como en un sueño, lo que siguió fue la visión de una escalera de caracol, de peldaños estrechos, que daba a rellanos igual de estrechos y penumbrosos, con una puerta a cada lado. En el cuarto piso, a la izquierda, halló la puerta con el número indicado en una deslucida placa de bronce.

Esos viejos edificios parisinos tenían un olor inconfundible a humedad y siglos.

Bonnemort respiró hondo, metió el sobre con la dirección en el bolsillo y llamó a la puerta sin recibir más contestación que unos pasos, los cuales, en ese preciso instante, subían haciendo crujir los peldaños de madera.

No lo dudó un instante: tenía que ser Grondel ese calvo rechoncho que subía penosamente la escalera. Era tan lento, que al escritor le pareció que dibujaba, en las curvas apretadas, un pálido gusano hecho de calvas que se sucedían bajo la luz amarillenta.

Un gusano, qué cosa más evidente, pensó Bonnemort mientras suspendía en el vacío su Obra Maestra, calculando el lugar exacto en que caería, letal, el peso de la gloria.

Infidelidad, morir de morder el pecado.- Urbandina

Escrito por perrorabioso perrorabioso - 9/06/2011 - 5 opiniones

Ramón Rocha Monroy dijo en ocasión de una entrevista, que ciertos amigos le piden ayuda para corregir textos que les gustaría mucho publicar algún día, textos que al igual que su publicación, la mayor parte de las veces no ven la luz, jamás.

Para no repetir la maldición de que lo que se quiere hacer no se haga,  es que hemos decidido invitar a gente interesada en realizar reseñas de libros o ensayos literarios, a fin de que, los y las jóvenes que practiquen la actividad literaria más allá de las necesidades catárticas e introspectivas que son tan características de cierta etapa de nuestra vida, puedan encaminarse a trabajar la palabra con la pasión y la creatividad que amerita el caso, arriesgando su “yo creador (a)” en el camino al exponerse a las críticas, sabiendo que eso también hace parte de su oficio. Como decía Julio Ramón Ribeyro en “La tentación del fracaso”:

…escribir es una inmolación consciente y razonada que el escritor —el verdadero— hace de su tiempo, de su salud, de sus intereses materiales, de su vida, en suma, para crear un orden de palabras que lo satisfaga… hasta qué punto la labor creativa implica la autodestrucción del creador.

Por esto, nuestra invitada en esta ocasión, Adriana Magariños que se define “… barragana indiscutible de cuentos y aventuras fantásticas, que está en su auge cuando siente el olor a libros antiguos.” demuestra, con la ironía de la buena observadora, que en el limbo de las relaciones y el amor, no hay recetas salvadoras, sólo historias que contar y maldiciones que gritar o ahogar. Conclusiones de un proceso de reflexión que tal vez sólo se pueden hacer a cierta edad, antes de que cualquier desgracia nos parezca tan cotidiana y normal, o mejor dicho, antes de que la convicción de conseguir al menos una respuesta ante las miles de interrogantes que nos atormentan a diario, desaparezcan eternamente por la costumbre del tropiezo.

amoramistad-59

Infidelidad, morir de morder el pecado.

…el amor, que por su propia vehemencia vive más allá de posesiones tan irrelevantes como el bienestar y la cordura, solo puede perderse con la vida. No he muerto, luego amo…

Xavier Velasco

Más allá de mi consciente limitación a la hora de escribir, como se dice, “legalmente”, con puntos en las íes y sangría de 5 espacios, he pensado en, más bien, dar un testimonio, tal vez una vivencia o, quien sabe, una interpretación acerca del mal platicado tabú de la infidelidad.

Siendo como soy y dejando de lado mis anteriores ideas de escribir sobre cosas lindas, y harta de leer cosas sobre cachorritos, elección de colores o test onda vanidades, es que el tema del empapamiento de  realidad me llega de sopetón reclamando su lugar…

Ésta es la cruda verdad, sin tapones ni vendas, a calzón quitado. Es lo que es. Los ofendidos (que somos varios, seguramente) ya estarán pensado alguna respuesta brillante, coherente y acertada, pero infidelidad es infidelidad… so pena.

“La sexualidad, cataclismo iniciático de la aventura   humana, con significados escindidos para hombres y mujeres, que ancló en la figura de Eva, la causa de la “perdición” del hombre hasta nuestros días, confirmado en los marcos de la Literatura, la Historia, la Mitología, la Religión, la Ciencia y de manera coercitiva incluso, por el Derecho. (Péres H., Hernández Y., 2007)

¡Pero claro! Todo comenzó desde mucho antes de lo esperado, y más esperado aún, toda la culpa es de Eva, la perdición del hombre.

Según Eisenberg Glantz, la infidelidad ocurre por diferentes factores, como  “la privación sexual, la búsqueda de aventura, curiosidad o insatisfacción sexual, aburrimiento, falta de novedad, pasión e intimidad.” Al leer esto por primera vez creí haber entendido el aburrimiento fatal. ¿Lapsus? Probablemente.

¿Pasión? ¿Aburrimiento? ¿Falta de novedad? Mirá, si nos aburriéramos de todas las personas a las que conocemos y con las cuales tenemos ya años de relación, entonces nuestras relaciones dentro de la sociedad serían algo así como “úselo y tírelo”. Y pasión ¿por qué? ¿Pasión por la pasión? Pasión por uno o varios individuos, pasión por la cosquillita esa que se siente cuando estás haciendo algo idiota “malo”, pasión…

“El amor y el deseo se parecen, gritaba el condenado”, dice un verso del poeta Miguel Oscar Menass. Y evidentemente, del deseo puede nacer el amor, y del amor el deseo, pero cuando el deseo termina, el amor se queda sin su buena pata de palo que hacia andar al pirata, cojo y avergonzado: pone punto final a la historia.

La mayoría de las personas, creo yo, y según lo que he podido vivir,  van más por la idea de aventura; se crean una doble vida, como si de alguna manera fueras menos mortal; así, eres una persona, por un lado; por el otro, eres alguien completamente diferente. No necesariamente cambias de forma conscientemente; todos actuamos de manera diferente de acuerdo con las personas con las que nos juntamos:  no eres igual con tu chico que con tu papá (espero). No es que se mienta, nada más cambias la actitud.

Pienso que es posible que de alguna manera nos guste la forma de cómo actuamos cuando estamos con “un alguien” más que con “otro alguien”. ¿Me explico? ¿Estás agarrándote la cabeza y pensando “esta chica tiene problemas”?

Esta idea de saberte diferente con otra persona, es el principal factor para “sucumbir”  ante la tentación; como todos sabemos… la carne es débil, ¿no? Lo cual nos hace volver de nuevo a la pobre Eva, llevándose las flores de la infidelidad desde el comienzo de la era. Desde ahí que los hombres salen airosos de la situación.  (hombre=  p*ndejo, mujer = put*)

En todas las situaciones los hombres de alguna u otra forma parecen salir al paso, sea como sea, mientras que las mujeres nos estancamos en la misma miseria que viene desde Platón, que decía básicamente lo mismo que Freud, pero en otras palabras: “la mujer es un ser incompleto”, relegadas, imposibilitadas,  criticadas y por supuesto no a la par de los hombres.

La infidelidad se ha convertido en algo tan de moda que hasta se puede encontrar test para saber si te están siendo infiel: “Cuando la infidelidad es real, tarde o temprano se descubre. Ayúdate de este test para confirmar si tu pareja te está engañando”. ¿No es más fácil deducirlo porque ya no pasas tanto tiempo con tu pareja como antes? o ¿por mensaje extraños en el celular? o ¿el típico beso de labial dejado en la camisa blanca?

Según Ana Von Rebeur, una periodista, escritora, humorista e ilustradora gráfica argentina, para que se origine una infidelidad es necesario que se cumpla la “Regla de las tres C’s”: Curiosidad, Calentura y Confidencialidad. Es decir, una persona solo es infiel cuando sabe que tiene una potencial idea de con quién puede llegar a serlo, si se da la oportunidad; si llega esa persona que, al igual que tú, está buscando algo de aventura y, si en ese exacto momento estas pasando por un momento de “estancamiento” con tu actual pareja, es muy posible que veas la idea como muy antojada.

Si tuvieras la oportunidad de ser infiel a tu pareja, y además tienes la garantía que JAMAS nadie nunca se enterará del jueguito, dime tú, ¿la aceptarías? Si realmente nunca nadie se podría enterar de la infidelidad, el 99,9 % de nosotros ya lo habríamos hecho, varias veces. La mayoría no lo hacen porque saben que pueden ser descubiertos y que con esto pueden lastimar a otra persona, a la que amas o por la que  por lo menos te preocupas.

Además, dice, Von Rebeur, los infieles generalmente necesitan novedad en sus vidas, por eso mismo, la única diferencia palpable entre ambas es que una es predecible y la otra no, porque no es conocida.

Algo que me ha hecho sonreír y hasta casi reír es que, según esta escritora, una persona que está siendo infiel tiene algunos comportamientos extraños, como que elige su ropa cuidadosamente: se arregla más, se perfuma, incluso toma más duchas que nunca; jamás tiene hambre (obvio), y habla de cosas que antes ni le habías escuchado mencionar. También, según yo, cambia de modismos, adopta nuevos ademanes o palabras comodín, también cambia de gustos, como comida, o incluso música, y lo obvio claro, pasa menos tiempo contigo, se ofende si le insinúas que miente y además no quiere tener sexo. ¡Já! LOL.

Los hombres son tan poco cuidadosos que dejan huellas de su infidelidad a cada metro por el que caminan. Eso de los besos en la camisa o el cabello de un color rojo intenso en la ropa interior no es nada en comparación de la mirada a un lado y el titubeo cuando se le pregunta por qué llegó tarde a cenar, o el sonidito de mensaje del celular cada 5 minutos por las noches. Enfrentémoslo: los hombres definitivamente no saben mentir, sabrá Dios si lo hacen inconscientemente adrede.

Las mujeres, por otro lado, la piensan mejor; dan pasos cuidadosos, y según Von Rebeur, incluso son más gruñonas que nunca para que no se note que están siendo felizmente infieles. Algo bastante acertado que leí en este mini artículo es que las mujeres buscan a alguien que las mime y las abrace; en resumidas cuentas: alguien que las quiera. Mientras  que para los hombres, la infidelidad es uno más de sus juegos.

Al parecer no hay mucha salida que digamos luego de haber sido infiel, pues pedir perdón llegaría a ser una sucia manipulación post-traición. ¿Perdonar es olvidar? Definitivamente NO es este caso. Luego de que alguien nos ha sido infiel, e incluso con nuestra siguiente pareja, la paranoia nos gana, nuestra mente se desvive inventando cosas, desconfiando sin razón, o tal vez con razón.

Darle o no darle importancia, es la cuestión y medio difícil no hacerlo; inevitablemente, la infidelidad toca un punto débil en nuestro orgullo, pero de esto depende  si continua o no nuestra relación. La amas demasiado y por eso la perdonas, pero tal vez otra persona ama demasiado a la otra y por eso mismo no puede perdonarla. ¿Por qué seremos tan complicados?

¿La infidelidad es una burla a la confianza del otro? Bueno, en palabras textuales puede ser que sí, pero sinceramente no creo que tenga que ver mucho con lastimar al otro y burlar su confianza. Habiendo estado en los dos lados de la cancha me toca decir que un infiel, y siendo muy pero muy egoísta, rara vez piensa puntualmente en engañar a la otra persona para lastimarla. Por otro lado, confianza es confianza y la infidelidad  duele y por tanto puede considerarse traición a lo más delicado que uno tiene con otra persona, los sentimientos.

Aún así, la pareja perfecta en el mundo, incluso en toda la galaxia, no existe señores. La  idea onda Disney de “felices para siempre” es una publicidad mal estructurada y muy bien pagada para mi gusto.  Tampoco hay que desmadrarse llorando y mandando a Dios a la punta del cerro por haberte hecho esto, los problemas dentro de una pareja son normales, incluso después de una infidelidad. Ahora, depende de nosotros ahogarnos o no en nuestro pequeño vaso de agua.

Tal vez por todo lo dicho, la mayoría de las personas, hombres y mujeres, la justifican a morir, tal vez porque realmente están enamorados, o porque simplemente dar la razón a la verdad ya es de por sí demasiado doloroso.

Muchas de las personas que son “victimas” de la infidelidad saben, y saben muy bien y bastante conscientemente, que  la otra persona es madera 100% infiel, van y se meten de sopetón sin importarles tal o cual, pensando tal vez que algún día cambiará o peor aún, que ellas (la mayoría de las veces son mujeres con impulsos típicos en nosotras, lejos de ser mujer, ahora es madre, lo cual lo hace poco menos deseable que Susan Boyle) en algún punto podrán cambiarlos con su “amor”. Una zanahoria, decía una docente mía, siempre va a ser una zanahoria, no trates de volverla berenjena, eso solo pasa en las películas.

A veces, nos enamoramos de la proyección de la otra persona, de la idea, el sueño de lo que puede llegar a ser, nos enamoramos de un ideal,  y esa presión que siente la otra persona, de que es amado por algo que no es y que probablemente nunca será puede que lo haga huir de una u otra forma y que así vaya en busca de alguien que la ame siendo como es, va en busca de poder ser nada más él o ella mismo.

Nadie cambia por nadie, uno cambia por uno mismo, para bien o para mal. Ya uno dirá que si es “infiel una vez es infiel mil veces”, pero esto no es para nada una regla. Tranquilamente, alguien puede haber sido infiel una vez en su vida y nunca más serlo de nuevo, o redundar en lo mismo por el resto de sus días, depende de cada quien y de la situación por la que se esté pasando.

¿Quién no ha estado en la posición de “cuernudo” alguna vez en su vida? E inevitablemente sale la pregunta X: ¿qué hago?, y poco a poco dentro de uno se van cocinando un sinfín de emociones entrelazadas unas con otras. Primero es un dolor inexplicable, punzante, nauseabundo; luego, viene la rabia, lo quieres matar, maldices el puto momento en que lo conociste, le deseas la peor de las muertes, lo aniquilas, botas las cosas que te regaló, cantas la canción de paquita la de barrio  “rata de  tres patas, te estoy hablando a ti” y si ubicas a Alanis Morrisette, paras voz en cuello para cantar You Oughta Know Luego comienzas a preguntarte qué es lo que está mal en ti como para que el otro te haya sido infiel, cranéas la vida, te echas la culpa, latigueas tu espalda, algo… algo estás haciendo mal.

Pasa exactamente lo mismo cuando el infiel se pregunta por qué necesita de otra pareja para sentirse pleno; acaso será porque no es reconocido y, por ende, tal vez se malentienda el verbo amar con este otro algo que tal vez se traduzca a ser invisible. Se me ocurre a alguien viendo la televisión y a otro alguien al frente de él tratando de que el otro lo vea a él y no a la televisión; todo un circo ocurriendo ante sus ojos, y su parpadeo no muestra signos de que algo esté ahí, con una performance que tiene su nombre en letras color oro.

Sumergidos en un mar de preguntas, ideando para poder dejar en relativa paz a nuestra angustiosa mente, reclamando peros y por qués, volviendo nuevamente a la misma conclusión, nada. No hay estadísticas que muestren la subjetividad de cada  persona, la receta para la infidelidad no existe.

Adriana E. Magariños